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Boletín CF+S > 36: Sexto Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n36/asagu.html   
Un concurso internacional sui generis
Susana Aguilar Fernández
Madrid (España), diciembre de 2006.

El Concurso Internacional de Buenas Prácticas para mejorar la calidad de vida —Best Practices in improving the living environment— que patrocina la ONU, y que este año entra en su sexto ciclo, tiene como objetivo principal seleccionar las mejores experiencias internacionales destinadas a afrontar problemas cotidianos del individuo en general y de los grupos marginales en particular, en su medio ambiente urbano, de forma que se contribuya a una mejora apreciable de la calidad de vida colectiva.

Me gustaría aquí recordar que resultan de especial interés en este concurso los siguientes aspectos:

En relación con el aspecto medioambiental del concurso, me gustaría destacar que se ha reducido el número de prácticas en este apartado y que, lo que puede ser más preocupante, éstas son menos innovadoras que las presentadas en la anterior edición. Tal situación puede deberse a la ‘normalidad’ de la política medioambiental en nuestro país, tras prácticamente una década de funcionamiento del Ministerio de Medio Ambiente y casi dos décadas de pertenencia a la Unión Europea e incorporación del acervo comunitario sobre la materia. Esta interpretación puede, sin embargo, ser completada con otra más negativa que incidiría en la rutinización a la baja de la gestión medioambiental de muchas administraciones locales y también regionales, cuando no en el descuido de los valores medioambientales en momentos en los que parece primar la especulación urbanística y la despreocupación por el cuidado de los recursos no renovables. Del total de dieciséis prácticas medioambientales presentadas, la mayoría se refiere a actuaciones urbanas globales, siguiendo en número aquellas relacionadas con la gestión de recursos y residuos y, finalmente, con la restauración de espacios naturales.

Dentro del apartado urbanístico, una parte importante de las prácticas se ha vinculado a actuaciones de mejora de barrios modernos y a procesos participativos en la gestión de las ciudades. Los elementos positivos de los casos estudiados se relacionan con la innovación, a diferencia del apartado medioambiental, y con el partnership. Por el contrario, se echa en falta un mayor ahínco por parte de los responsables de las prácticas por transferir o difundir las buenas experiencias llevadas a cabo.

En el apartado de inclusión social y género se han seleccionado once prácticas, de las cuales siete constituyen proyectos presentados por varias ONG y otras cuatro actuaciones son protagonizadas por administraciones regionales o locales. La gran diversidad de proyectos se concreta tanto en actuaciones como la integración social de colectivos de personas sin hogar, jóvenes e inmigrantes, como en aquellos otros centrados en la igualdad de género o la participación de los ciudadanos en el ámbito municipal.

En las prácticas españolas seleccionadas se han premiado, además del contenido o impacto de las propuestas, los aspectos de procedimiento que facilitan la participación en el proceso de toma de decisiones por los afectados, así como todos aquellos elementos que contribuyen a una mejor governance medioambiental, urbanística y social, tales como la relación transparente entre administración y administrados, la puesta en práctica de mecanismos de asignación de responsabilidades hacia quienes deciden —accountability— y la implantación de estrategias de evaluación y seguimiento —follow-up— de los programas aprobados. Por supuesto, todas aquellas experiencias no promovidas por las administraciones, sino por algunas ONG u otro tipo de organizaciones de la sociedad civil, que han tenido un impacto positivo en las poblaciones interesadas y que cumplen estos requisitos, han sido recogidas con especial interés.

Han sido rechazadas aquellas prácticas que se limitan a cumplir la legislación vigente. Tampoco se han considerado para la selección aquellas que estaban en un estado muy incipiente de desarrollo (con nulo o escaso impacto) o que no contaban con un grado de partenariado apreciable (falta de cooperación entre distintos agentes). Y es que, como la ONU ha reconocido en numerosas ocasiones, la participación, o la democracia participativa, no es sólo un medio para conseguir cosas sino un fin en sí mismo, ya que sirve para educar a la gente, hacer conscientes a los individuos de sus posibilidades y méritos y generar confianza colectiva a la hora de afrontar retos futuros.


Edición del 1-3-2010
Revisión: Carlos Prados Cano
Susana Simón Tenorio

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