Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 34: Polémicas, reincidencias, colaboraciones... > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n34/acver.html   
Ralph Erskine: la llama no se extingue
Carlos Verdaguer Viana-Cárdenas
Madrid (España), abril de 2005.

No cabe mejor constatación sobre el autismo que aqueja desde hace décadas al mundo de la élite mediática arquitectónica que el hecho de que Ralph Erskine haya muerto el 16 de marzo pasado a los 91 años sin haber recibido el Premio Pritzker, supuestamente el más prestigioso al que haya podido aspirar nunca un arquitecto vivo. Un premio joven, por cierto, creado en 1979 cuando Erskine ya había demostrado con creces ser una de las figuras más interesantes de la arquitectura del siglo XX. Claro que tal vez sea precisamente su manifiesta ceguera ocasional lo que coloca por fin al Pritzker a la altura de sus hermanos mayores en otras lides como son el Nobel y el Oscar, ya tópicamente famosos por los estruendosos olvidos que han ido minando paulatinamente su fatigoso prestigio. Por otra parte, se puede decir también que a la élite arquitectónica le ocurre cada vez más como al finado Juan Pablo II en estos tiempos descreídos: casi todo el mundo católico reconocía su autoridad y su carisma, especialmente los jóvenes congregantes, pero sólo los más incautos de ellos se sentían inclinados a seguir a pie juntillas sus rancios preceptos sexuales, en este caso estéticos.

Lo cierto es que Ralph Erskine pertenecía a la estirpe de esos arquitectos incómodos, como Lucien Kroll, Christopher Alexander, Herman Herztberger o Giancarlo de Carlo, por nombrar sólo a algunos de los de la siguiente generación que parecen dispuestos a cometer también la insolencia de seguir vivos hasta cerca de los 100 años, cuyas indagaciones y producciones se han mantenido tozudamente fieles al espíritu radical de la primera arquitectura moderna sin dejarse arrastrar por la empalagosa búsqueda de la belleza convulsa, disfrazada apenas de abstruso experimentalismo funcional de guardarropía, en la que lleva enfangada la arquitectura mediática, aburriendo a tirios y troyanos, desde que hace aproximadamente unos treinta años se hundió en la trampa posmoderna, sin enterarse de que aquello del fin de la historia había sido un fugaz espejismo. Y, lo que es más grave, estas viejas glorias han proseguido su búsqueda sin dejar de suscitar interés entre aquellos de las nuevas generaciones que, hartos de la dictadura perenne de las fugaces modas, han sentido curiosidad por revisitar sus propuestas.

En el caso de Erskine, además, esta incomodidad por parte de la élite se hacía más aguda por el hecho de haber sido autor de algunas obras, como la famosa promoción de viviendas de Byker, conocida por the Wall, el edificio de oficinas The Ark, ambas en Inglaterra, reconocidas oficialmente como obras maestras de la arquitectura del siglo XX entre otras cosas por sus cualidades formales y, por tanto, objeto de una consagración mediática de la que los otros autores citados nunca llegaron realmente a gozar en los últimos tiempos. Obras todas ellas que, por añadidura, han pasado mejor la prueba ineludible del tiempo que otras de arquitectos más jóvenes y de fama mucho más fugaz, como sin duda la pasará su proyecto para el Millenium Village de Londres, en el que trabajaba aún en el momento de su muerte, una propuesta que, a pesar de haberse visto desposeída de los elementos más innovadores propuestos por Erskine, sin duda se sitúa entre las más interesantes generadas desde ese sustrato cada vez más fértil de la arquitectura ecológica de la que el arquitecto anglo-sueco es sin duda uno de los más conspicuos pioneros.

Claro que cuando Erskine introducía la ecología y el respeto a la naturaleza en su práctica profesional no creía estar abriendo caminos, sino desarrollando los que algunas corrientes de la arquitectura moderna, como las representadas por Wright o por su admirado Alvar Aalto, ya habían desbrozado antes de que las historias oficiales de la arquitectura moderna empezaran a situar esas preocupaciones bajo la etiqueta vagamente ignominiosa de organicismo. Del mismo modo que, al disponer cuidadosamente sus edificios teniendo en cuenta la trayectoria solar, la temperatura y la humedad del aire, como en sus famosas propuestas para las zonas árticas, no creía estar haciendo arquitectura bioclimática sino avanzando en la lógica expresada en algunos de los preceptos de la Carta de Atenas o que, al situar en lugar prioritario la función social de la arquitectura y la responsabilidad del arquitecto no creía sino ser fiel a algunos de los principios fundamentales del primer Movimiento Moderno, indudablemente de izquierdas, reivindicados de forma postrera en el CIAM X. Pero eso era antes de que, tras los farragosos debates e indagaciones acaecidos entre los años cincuenta y los años setenta, «el juego magnífico de los volúmenes bajo la luz» y las catedrales blancas acabaran por dominar definitivamente el escenario, y el fascista exquisito Terragni, via Eisenman y compañía, llegara paulatinamente a convertirse con lógica ineludible en la quintaesencia del Movimiento Moderno, superando por la derecha al pobre Corbu...

Ralph Erskine, por su parte, era declaradamente de izquierdas, como lo son Kroll, Alexander o De Carlo y es preciso devolver a ese hecho su relevancia después de tantos años de oir hablar, por ejemplo, de los constructivistas sin mencionar que la mayoría de ellos eran bolcheviques convencidos o, en el mejor de los casos, otorgando a esa circunstancia un valor anecdótico. No hacerlo significa contribuir a esa perversa tergiversación que se ha instalado en el mundo del arte y de la arquitectura mediática mediante la cual se puede catalogar de progresista o reaccionaria una obra arquitectónica según se adecue o no a los criterios estéticos preestablecidos por el crítico. La idea de progreso en el ámbito de la estética nunca ha admitido muy bien un análisis conceptual mínimamente riguroso y ha tendido a obviar algo que tiene claro cualquier ciudadano de a pie: el talento plástico, el rigor técnico o la inteligencia pura no tienen ideología en sí mismos, pero sí la tiene el papel y el poder que se les asigna dentro de la construcción social, y en torno a ello ha girado siempre el debate entre la cultura de derechas y la de izquierdas.

En el caso del arquitecto anglo-sueco fueron precisamente sus convicciones de izquierdas las que lo llevaron en 1939 a emprender un viaje en bicicleta a Suecia prácticamente sin retorno en busca de un escenario adecuado donde desarrollar al máximo su concepción integral de la arquitectura. Una concepción que, hay que recordarlo, ya había tenido ocasión de poner en práctica brevemente en Inglaterra trabajando con Louis de Soissons en el desarrollo de la Welwyn Garden City, en el momento álgido de aquel movimiento de origen anarquista fundado por Ebenezer Howard.

Entre 1939 y 1969, fecha en que, ya consolidada su fama como arquitecto nórdico, inició su breve y esporádica etapa inglesa con el proyecto del Clare Hall en Cambridge, la carrera de Erskine se desarrolló en Suecia, donde fue uno de los más interesantes traductores a términos arquitectónicos del famoso programa socialdemócrata de vivienda social que convertiría el país nórdico en lugar de peregrinación para todos los arquitectos y urbanistas de la época y demostraría que las tipologías desarrolladas por el movimiento moderno, convenientemente adaptadas y con una concepción prioritaria del espacio público, podían dar lugar a entornos muy diferentes que los de las terribles periferias europeas de la época. Entre sus numerosos proyectos de viviendas de aquel periodo destacan las realizadas en Gyttorp (1945-1955) o las de Brittgarden, en Tibro de 1959 y ya en Inglaterra, su famosa promoción de viviendas Byker (1969-1981), en Newcastle on Tyne, con el poderoso edificio lineal que había de protegerla del impacto de una carretera que nunca se llegó a construir, o sus viviendas en Eaglestone, de 1973, en la newtown de Milton Keynes. Su obra, sin embargo, no se limitó a la vivienda social, sino que abarcó toda la gama tipológica, desde viviendas unifamiliares, como la casa Gadelius (1961), en Lidingö (Estocolmo), escuelas y laboratorios hasta centros comerciales, fábricas e incluso iglesias. De hecho, uno de los criterios de su estudio para aceptar proyectos de vivienda era que llevaran asociados los correspondientes equipamientos como propuesta unitaria dentro del programa.

Convertido ya a principios de los años 70 en un arquitecto de renombre, y en un apasionado y mordaz ensayista, polemista y conferenciante, Erskine se instaló de forma definitiva en Suecia, generando desde su estudio-barco una obra prolífica y original, caracterizada por una enorme libertad formal en el uso de los recursos plásticos, pero siempre al servicio de los usuarios y el contexto, una obra que le hizo merecedor, entre otros galardones, del Premio Wolf en 1984 y de la Medalla de Oro de la RIBA en 1987 así como su reconocimiento público como auténtico pionero de la arquitectura ecológica en el seminal congreso Eco-Logical Architecture organizado por la AIA y celebrado en 1993 en Estocolmo y Helsinki. Entre su obra los últimos años, aparte del ya mencionado edificio de oficinas The Ark en Hammersmith (1988-1991) destacan el edificio para los estudiantes de derecho (1986-1990) y el Aula Magna (1994-1997), de la Universidad de Stocolmo sus propuestas de viviendas del año 2000 para el programa B0-01 en Malmö y el también mencionado proyecto para el Millenium Village (1998-2005) en Greenwich, Londres.

Al desperdiciar la ocasión de conceder el premio Pritzker a Ralph Erskine a pesar de la fructífera longevidad del maestro, los promotores del galardón han dejado clara una vez más su opción por la denominada innovación formal. Pero no está claro que sea una opción a favor de los tiempos. Entre los campos en los que Ralph Erskine profundizó a través de sus propuestas a lo largo de toda su carrera están algunos como el de la participación y el control de los usuarios, la versatilidad funcional, la adecuación al medio ambiente, el respeto al paisaje, la interfaz entre el espacio interior y el exterior, la función social del espacio público, la aplicación de las nuevas tecnologías al ámbito de la prefabricación, campos todos que resurgen con brío como respuesta a los retos actuales de la arquitectura y el urbanismo. Los signos son cada vez más palpables de que el pensamiento único en arquitectura puede estar llegando a su fin. La gran exposición monográfica dedicada por el centro Pompidou a Giancarlo de Carlo el junio pasado puede ser un indicador significativo de este interés renovado por la arquitectura en su sentido más amplio, como lo son el auge del urbanismo y del paisajismo desde la óptica de la sostenibilidad. Las élites arquitectónicas, con la excusa de su ánimo redentor, se apresuran a tomar partido con el fin de aplicar sus sofisticadas herramientas formales en estos campos pujantes y no perder la posición, siguiendo el ejemplo del pionero Richard Rogers en relación con la arquitectura ecológica. Otros no pueden evitar cierto nerviosismo crispado, como lo ha demostrado recientemente Rem Koolhaas en la primera edición del flamante ciclo The Urban Age celebrada en Nueva York el pasado febrero, descalificando por hiper-nostálgicos y opuestos al ‘progreso’ a quienes reivindicaban la obra y la actualidad de alguien no muy alejado en espíritu de Ralph Erskine, la teórica y activista del urbanismo Jane Jacobs, quien, por cierto, acaba de cumplir 89 años.


Edición del 30-9-2006
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