Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 34: Polémicas, reincidencias, colaboraciones... > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n34/aaram.html   
El arte de habitar. Una experiencia sobre vivienda y medioambiente urbano [1]
José Luis Fernández Casadevante
Alfredo Ramos
Madrid (España), 2006.

La verdadera respuesta a la crisis ecológica sólo podrá hacerse a escala planetaria y a condición de que se realice una auténtica revolución política, social y cultural que reoriente los objetivos de la producción de los bienes materiales e inmateriales. Esta revolución no sólo deberá concernir a las relaciones de fuerzas visibles a gran escala sino también a los campos moleculares de sensibilidad, de inteligencia y deseo.
Félix Guattari

1 De la ciudad a la metrópoli

Asistimos desde hace varias décadas a un proceso creciente a escala planetaria de concentración de la población en las grandes ciudades, según datos de la ONU actualmente la mitad de la población mundial se ubica en ciudades y metrópolis, siendo previsible llegar a los dos tercios en el 2050. El mundo rural se abandona y sus cosmovisiones decaen paulatinamente en medio de unos tremendos desequilibrios territoriales, los más agudos de la Unión Europea se registran en el caso español, provocando que, como dice J. M. Naredo (2004), zonas de Teruel o Guadalajara tengan una densidad poblacional similares a las del desierto lapón.

Un mundo que se urbaniza, creciendo imparable, tanto en la extensión de superficie dedicada a tales efectos, como en la intensidad subjetiva de los imaginarios urbanos. Un proceso de atracción a corto plazo irreversible, que nos obliga a repensar estrategias inmediatas que intervengan introduciendo criterios de sostenibilidad en términos ecológicos, culturales y económicos en el seno de las dinámicas metropolitanas.

Una metrópoli que actualmente como estructura formal contiene en su interior tres dimensiones. Una primera que podríamos llamar la ciudad histórica o monumental, que actúa como centro de referencia, es el emblema identificable que dota de sentido y singulariza. Además incluye la llamada ciudad moderna, con sus ensanches, y divisiones funcionales (la definición de zonas industriales y la creación de los barrios obreros). Y por último lo que podemos denominar actualmente área metropolitana, un modelo urbano en expansión, llegando incluso a ser áreas plurimunicipales, con una amplia diversidad de centralidades, profundizando en la especialización por zonas de la ciudad, aunando la máxima articulación y conectividad, con la fragmentación y la segregación espacial (Borja, 2003:35-52).

Si afirmamos con Lefebvre que «la ciudad es la sociedad inscrita en el suelo», podemos comprender que el proceso del que la metrópoli emerge desplazando a la ciudad-fábrica responde a una profunda mutación de carácter global. «Ya no es el taller industrial o la gran fábrica, sino el territorio mismo, como trama compleja de relaciones de cooperación y simbiosis, lo que supone el sustrato de la innovación social y de la producción empresarial. La industria cultural, las economías terciarizadas, la nueva centralidad del conocimiento parecen confirmar la veracidad de esta tesis» (Rodríguez, 2004:92). Esta gran transformación se produce tanto en el nivel macro de los macroprocesos productivos, como en el molecular de la proliferación de nuevas formas de vida y sociabilidad.

En la dimensión macro se producen las reconversiones industriales y las deslocalizaciones de empresas, la construcción de poderosas plazas financieras, grandes parques empresariales, centros de investigación tecnológica, grandes infraestructuras para el tráfico de personas y mercancías; generando un control de los procesos de producción de espacio que no deja espacio al azar y a la improvisación. Éstas son tendencias que responden a la necesidad de insertar a las metrópolis dentro de la red de ciudades globales que compiten por estar dentro de los flujos de información e inversión, construyéndose una jerarquía geográfica en la que las ciudades tratan de obtener la mejor posición posible dependiendo de su conectividad. Este fenómeno ha influido marcadamente en el profundo cambio en lo que podemos denominar como hábitat urbano.

Simultáneamente a estos procesos se suceden cambios a un nivel micro, destacando las nuevas formas de vida, una multiplicidad de temporalidades, usos y prácticas de la ciudad; las subculturas urbanas (bandas, comunidades étnicas o sexuales y movimientos sociales) que se apropian y territorializan en determinadas zonas de la metrópoli; una diversidad de horarios, itinerarios, prácticas y percepciones irreductible a cualquier intento de homogeneización; una severa modificación de las formas y pautas de habitar, entendiendo esto como una transformación en la forma de relacionarse entre las personas, y de éstas con la ciudad.

Esta mutación urbana global plantea dos cuestiones problemáticas de difícil resolución que afectan totalmente a la conformación del modelo metropolitano: por un lado la gobernabilidad y por otro la sostenibilidad ambiental.

Ingobernabilidad

La crisis de gobernabilidad tradicionalmente vinculada a la conflictividad social antagonista ha tenido en las ciudades los epicentros, sus campos de batalla. Baste recordar episodios como la Comuna de Paris, los soviets, las grandes huelgas generales o los movimientos vecinales a la salida de la dictadura. Expresiones de un siempre inacabado proyecto de autogobierno del territorio por parte de las personas que lo habitan, en tensión constante con el modelo de ciudad diseñado en base a su funcionalidad para generar valor de cambio.

Sin embargo, en las últimas décadas los procesos de ingobernabilidad principalmente se corresponden con un crecimiento de la criminalidad y la violencia, una conflictividad difusa vinculada mayoritariamente a cuestiones de marginación y exclusión social, así como a la pérdida de cohesión del tejido social. Influyendo también el fantasma del terrorismo como enemigo difuso e irreconocible.

Se produce así una dualización social basada en islas de seguridad y bienestar, que coinciden con las zonas más valorizadas, junto a un mar de inestabilidad y precariedad que abandona a su suerte a las zonas más degradadas de la ciudad. Un ejemplo sería, por un lado las urbanizaciones cerradas, con sus equipamientos deportivos y de ocio privatizados y protegidos por sofisticados sistemas de seguridad; el paradigma del urbanismo securitario. Por otro lado encontramos la aparición constante de guetos o banlieues, periferias donde la población carece de una esperanza en la vida (como sinónimo de prosperidad) y donde la esperanza de vida es inferior a la de países del tercer mundo.

Los dispositivos de control del territorio y la obsesión securitaria inciden cotidianamente en la conformación que va tomando el ecosistema urbano. Se pone de moda un urbanismo defensivo, bunquerizado, que busca la defensa de comunidades de propietarios relativamente homogéneas (solvencia económica, edad) frente a la amenaza de lo diferente, del otro, de ese magma de estilos de vida no unificables, de la efervescencia social, que amenaza potencialmente. Tanto es así que autores como Mike Davis (2004, 2001) emprenden en sus textos lo que han denominado una «ecología del miedo» para comprender estas tendencias sociales.

Insostenibilidad

La problemática de la insostenibilidad ambiental en ecosistemas urbanos, aun existiendo desde siempre, se ha agravado de una manera exponencial. En un primer momento las ciudades satisfacían del entorno más cercano su necesidad de surtirse de recursos materiales (alimentación, agua, vertido de residuos, energía, mano de obra) e inmateriales (información, saberes, diversidad subjetiva). Pero ahora existe una creciente dependencia del exterior, aumentando paulatinamente sus flujos no sólo en términos de una mayor cantidad, sino que su procedencia es cada vez más distante, reflejo de una economía global y planetariamente interdependiente. En la metrópoli se consumen verduras de la otra punta de Europa y combustibles fósiles de Oriente Próximo, trabajan personas procedentes de Mozambique y la información que la hace bullir llega desde los rincones más diversos del planeta.

La crisis ambiental está evidenciada principalmente por la incapacidad del ecosistema urbano de garantizar ninguna de las necesidades primarias por sí mismo, tales como alimentación, agua, o energía; convirtiéndose en un dilapidador de recursos comunes, un generador de residuos incapaces de ser absorbidos y una fuente de contaminación (atmosférica, acústica). Es un modelo urbano que vive en una especie de presente perpetuo, abstrayéndose de los ciclos temporales necesarios para la regeneración de los recursos, y que se proyecta expansivamente más allá de todo límite, negando la evidencia de un territorio finito.

Ecología a la luz de las metrópolis

El crecimiento de las metrópolis se basa en actos desterritorializantes, intervenciones que niegan las singularidades paisajísticas, históricas y culturales que conforman los espacios que invade. Todo esto promueve una falta de sentimiento de pertenencia a un ecosistema, una desvinculación entre los habitantes y los territorios habitados, primero al arrancar a las personas de sus espacios de referencia y posteriormente al fundar nuevos espacios residenciales diseñados según tipologías homogéneas que nada tienen que ver con las identidades del territorio sobre el que se edifican.

La parcelación y especialización de las zonas metropolitanas, los amplios y diversos recorridos diarios (trabajo, estudio, ocio, hogar) y las múltiples pertenencias territoriales dificultan en exceso la intervención sobre un territorio inaprensible, no percibido como propio y desconocido en su complejidad. Esto, junto con todo lo señalado anteriormente, supone la ruptura de las relaciones entre habitantes y territorio, una ruptura que inhabilita para la comprensión del territorio, elemento esencial para diseñar estrategias de gobierno de lo local fundamentadas en la participación de quienes están ahí localizad@s.

El modelo actual de conurbación plantea así la paradójica existencia de un organismo colectivo que funciona físicamente sin que los individuos que lo componen conozcan ni se interesen por su funcionamiento global y, en consecuencia, sin que tal engendro colectivo posea órganos sociales capaces de ejercer un control responsable sobre el mismo. Reconstruir estos órganos resulta una condición necesaria para modificar el comportamiento físico y territorial de las conurbaciones con vistas a paliar su insostenibilidad global, y en ocasiones local.
Naredo, 2003:27

Partiendo de que los saberes generados a través de la co-evolución entre articulaciones humanas y medio ambiente constituyen uno de los fundamentos básicos para poner en marcha estrategias de desarrollo sostenible, uno de los ámbitos de la intervención en las metrópolis tiene que partir del rescate y desarrollo de estos saberes fundamentados para la percepción de la relación con el medio y de la interpretación de dicha relación.

Los barrios, como instituciones simbólicas donde se desarrollan formas de descripción y calificación de los valores y características peculiares de un territorio, serán el lugar donde, señalando las particularidades endógenas del mismo, se articulen modelos de transformación y respuesta a esta crisis ecológica, que es una crisis de los ordenamientos sociales que la generan. Modelos basados en la valorización de las complejas relaciones entre elementos antrópicos, construidos y medioambientales.

Al margen de los marcos legislativos más o menos hostiles y de los contextos socioeconómicos capaces de ejercer una mayor o menor presión sobre los territorios, la clave de una intervención sobre la sostenibilidad integral de los asentamientos humanos pasa por la integración consciente de los habitantes en el seno de un ecosistema del que conozcan el conjunto de interacciones. Los barrios son las primeras escalas a consolidar, desde las que posteriormente articular proyectos y asaltos más ambiciosos.

Y en esta situación, según estas premisas, nos enfrentamos a un barrio particular, donde se estaban dando muchos de estos fenómenos (inseguridad, especulación, ruptura de vínculos territorializados...). Un lugar donde todos estos elementos tenían una traducción concreta, que exigía maneras concretas de intervenir, lejanas a modelos abstractos que no mostraban ser válidos aquí, en el entramado urbano de Adelfas.

Aquí trazamos una breve descripción de parte de las estrategias que pusimos en marcha para recuperar el barrio como lugar de producción de unidades habitativas complejas, conformando relaciones sociales a partir de las cuales rescatar los saberes locales que convivirán con los saberes localizados (aquellos generados durante el proceso), rescatando pautas de co-evolución a partir de usos y tecnologías concretas (desde las fiestas del barrio al ambicioso Planeamiento Urbanístico Alternativo), e inventando una manera particular de entender la vivienda y recuperar su potencialidad para articular nuevas y viejas pertenencias. Un relato sobre cómo asumir la rehabilitación ecológica de una zona degradada, insertada dentro de una metrópoli, en la que no era posible intervenir más que creando un punto de referencia, una huella que en nuestro caso tendrá forma de «mancha rosa».

2 El Centro Social Seco y el barrio de Adelfas: recorridos compartidos

Sin los relatos los nuevos barrios quedan desiertos. Por las historias los lugares se tornan habitables. Habitar es narrativizar. Fomentar o restaurar esta narratividad es, por tanto, una forma de rehabilitación. Hay que despertar a las historias que duermen en las calles y que yacen a veces en un simple nombre, replegadas en ese dedal como las sedas del hada. Son las llaves de la ciudad: dan acceso a lo que ésta es, una visión mítica, una mitología.
M. de Certeau, Apuntes para una noción de barrio

El barrio acompaña a la ciudad desde la fundación de las polis griegas, como la zona privada de la ciudad que se diferenciaba de los edificios públicos y religiosos. Posteriormente en Roma, la primera ciudad que llega tener dos millones de habitantes, la diferenciación de clases y clanes pasa por su distribución espacial en barrios diferentes. La ciudad medieval y sus gremios parcelan los barrios por profesiones, en lo que probablemente sea el modelo de ciudad más compacto y perceptible como una unidad cultural. La modernidad asalta los muros y ensancha la ciudad, además atrae a las ciudades a la población proveniente del éxodo rural para trabajar en la industria, dando origen entre otros a lo que serán los barrios obreros. Hasta llegar a las metrópolis.

Hablar de barrios siempre nos remite a un nombre propio, un sustantivo que nombra una zona singular de la metrópoli, acotada y concretada, tanto para su gobernabilidad a través de la división administrativa, como para su uso y práctica, aunque muchas veces no coincidan ambas definiciones y límites. Territorios ubicados en medio de una trama urbana que aumentan la especialización de la ciudad por zonas (negocios, compras, marcha, culturales, marginales, barrios reconstruidos en base a referencias y criterios étnicos o sexuales, barrios populares) y profundizan en los mecanismos de segregación espacial por cuestión de poder adquisitivo.

Lo barrial conforma una esfera que condensa en su interior toda la complejidad de un espacio urbano que gravita entre lo local y lo global, en lo que siguiendo a Edgar Morin podríamos explicar como que «el todo está en la parte que está en el todo». La construcción de sentido sobre el mapa del barrio tiene que ver con su complejidad como espacio intermedio (Martín Barbero, 1987:218), como zona entre lo privado y lo doméstico, y la composición de la ciudad y sus espacios públicos. Esta forma intermedia se compone de una particularidad de trayectos, de agrupaciones y de usos, que permiten desarrollar conexiones que ponen en relación al individuo con su entorno; convirtiéndolo en un lugar privilegiado para ver cómo se concretan y encarnan los conflictos (culturales, sociales, ecológicos), y para observar la emergencia de nuevas figuras y sociabilidades. Un terreno ideal para diagnosticar a partir de indicadores óptimos la habitabilidad de la metrópoli.

Una historia con minúscula

Lo que a continuación exponemos es una modesta sistematización de la experiencia de participación ciudadana desplegada por el Centro Social Seco, a partir de la escala barrial como referencia de inicio para una intervención territorializada.

El lugar donde se desarrolla nuestra historia, el siempre cambiante decorado, será el barrio de Adelfas de Madrid, entre el puente de Pacífico y el Puente de Vallekas. Un barrio en el que una pequeña zona de casas bajas convive con edificios no muy altos, sus solares y casas medio derruidas, marañas de antenas de televisión que desafían al viento, los restos de lo que en su día fue un pequeño polígono industrial, un campo de fútbol, un parque muy cutre pero entrañable y escasos equipamientos colectivos conseguidos al calor de las luchas vecinales. Una descripción que lo asemejaría a bastantes de los barrios desfavorecidos de cualquier gran ciudad, porque al fin y al cabo el barrio es un concepto relacional, nos habla de unas determinadas relaciones sociales insertadas en un territorio y no meramente de un espacio topológico.

La composición de sus habitantes de toda la vida sería un núcleo menguante de gente muy mayor de extracción obrera, que tiene el barrio como espacio central de referencia para la vida cotidiana. El barrio como escenario de biografías compartidas donde el arraigo era la clave para asumir la pertenencia. Una anécdota de una asamblea vecinal en el barrio ilustraba esto último, cuando una vecina le dijo a otro «tú dices eso porque eres nuevo en el barrio. Sólo llevas 20 años». Por otro lado encontramos a las nuevas generaciones de habitantes con una mayor fragilidad en la adscripción espacial, debido a desplazamientos amplios y constantes ya sea por cuestiones de trabajo, estudios o de ocio. Repartimos el tiempo en distintos espacios, diversificando nuestros sentidos de pertenencia. A partir de los 14 años el mapa de referencia manejado no es el barrio sino el de la red de metro, donde conformamos un collage de fragmentos de ciudad en los que incluir al barrio.

Es un barrio olvidado al sur de un distrito, que concentra algunos de las zonas con mayor renta de la capital, y que en 1980 cuando nace la asociación de vecin@s no dispone de ningún equipamiento, ni de ninguna zona verde. Hecho que motiva a l@s habitantes a generar un sentido de pertenencia e implicación territorial, para lo que se creó una noción de barrio que era compartida por buena parte de quien allí habitaba. Las agrupaciones deportivas, el periódico, las actividades culturales y las fiestas de barrio son algunos de los elementos que, junto a las movilizaciones por conflictos concretos, hicieron de argamasa para dicha identidad. La idea de barrio elaborada por esta generación fue una ficción útil, una forma de decir nosotr@s, empleada como concepto central de discursos y prácticas políticas; cumpliendo la intención de aglutinar y movilizar a determinados sectores sociales urbanos que se sentían interpelados.

En Adelfas fueron años de luchas y movilizaciones que van arrancando pequeñas grandes conquistas para el barrio, como la erradicación del chabolismo, la construcción de un campo de fútbol, unas canchas de baloncesto, un parque y unas pequeñas zonas verdes, la iluminación de calles, la reconversión de los cuarteles militares en equipamientos públicos... El paso del tiempo y la modernización fueron dignificando las condiciones de vida en casi todo el barrio, asemejándolo al resto de la ciudad, excepto en una de sus esquinas, una zona de casas bajas conocida como Las Californias. Un rincón del distrito que ha permanecido relegado a la hora de que se realizara cualquier tipo de inversión en infraestructuras, desde que a principios de los 90 se supo que estaba afectado por un plan de remodelación urbana.

En una esquina de ese rincón se ubica el Centro Social Seco, que data su nacimiento en 1991, cuando un colectivo de jóvenes vinculado a la asociación de vecin@s y al movimiento ciudadano deciden okuparlo, como respuesta al fracaso que había supuesto la lucha por la consecución de una Casa de la Juventud en el barrio, que terminó excluyendo de la gestión de la misma a la gente joven que la venía reclamando.

El largo proceso del Centro Social nos obliga a verlo como un proyecto en construcción permanente, en constante cambio, huyendo de una definición lineal u homogénea. Sabemos que una foto no es la realidad, pero nos sirve para hacernos una idea de determinado paisaje; así la diferenciación de dos grandes etapas en la historia de Seco es una simplificación útil. La primera etapa durará hasta el año 1998, durante la cual se desarrollan actividades juveniles de un marcado carácter autorreferencial, ajeno a los problemas e inquietudes del vecindario, conectando en cierta medida con l@s jóvenes que lo utilizan como espacio de encuentro. Es en su segunda etapa cuando el centro social consigue un arraigo en el barrio, insertándose en la realidad cotidiana y trabajando desde ella, definiendo los problemas y las formas de abordarlos en sintonía con el vecindario que le rodea. El primer paso en este sentido es la integración de buena parte de la gente joven que participa de la gestión de Seco en un relevo generacional de la asociación de vecin@s, implicando al conjunto del centro social en las tareas que se desarrollan desde la asociación y viceversa.

Planeamiento Urbanístico Alternativo

Corría el año 1998, ya se había ejecutado la primera parte del PERI (un tecnicismo urbanístico que se ha ido popularizando en las grandes ciudades como un eufemismo, otra manera de decir tirar abajo un barrio y volver a reconstruirlo bajo otros patrones) encontrándonos, ante la escasa oposición vecinal, con las promociones privadas de urbanizaciones cerradas, el nulo mantenimiento de la actividad industrial por la presión especulativa, y que las dos parcelas destinadas a equipamientos han sido cedidas sin contar con la opinión y necesidades del vecindario.

Aquellas fechas de aterrizaje coinciden además con el derribo del poblado chabolista de La Rosilla, instalándose varios puntos de venta de drogas en las casas abandonadas del barrio, disfrutando de cierta permisividad y tolerancia policiales, lo que contribuyó a que el vecindario sufriera una progresiva degradación de sus condiciones de vida. Esta situación llevó a la convocatoria de diversas Asambleas Vecinales en torno al problema de la droga.

Un primer momento de encuentro supuso la fractura de nuestras perfectas teorías y visiones sobre la realidad, imponiéndonos una puesta en tensión constante de diferentes percepciones, obligadas a convivir y a dialogar si querían participar de la solución a la problemática que las afectaba. De entre el ruido y el caos fuimos capaces de construir un sentido colectivo, un consenso, que era afrontar el problema de la droga como la consecuencia derivada de las políticas urbanísticas en la zona. Este diagnóstico acabaría definiendo un plan de trabajo que exige el aceleramiento del proceso de remodelación del barrio, que en su versión oficial no garantiza la permanencia en el barrio del conjunto de personas afectadas, plantea el desalojo del Centro Social Seco al encontrarse en la zona a remodelar y sólo prevé la construcción de viviendas de mercado.

Ante la imposibilidad de confrontar la remodelación sin caer en el aislamiento, puesto que era la prioridad del vecindario, nos convertimos paradójicamente en el primer centro social que lucha por acelerar su proceso de desalojo. Debíamos de inventar una estrategia que nos permitiera luchar por nuestra permanencia y la de las personas afectadas en el barrio, ser reversiv@s, darle la vuelta al plan convirtiendo esa amenaza en una oportunidad. La apuesta era redactar y presentar un Planeamiento Urbanístico Alternativo (PUA) que introdujese las propuestas del vecindario y que a la vez sirviera como un dinamizador del tejido social de la zona.

El peso de llevar adelante esta propuesta recayó sobre la atípica asociación de vecin@s, que por aquel entonces era la máxima dinamizadora del centro social, inaugurando una proceso no sistematizado que posteriormente nos enteramos se asemejaba a una IAP (Investigación-Acción Participativa), generando una reflexión sobre las pertenencias, referencias y deseos del propio grupo promotor sobre sí mism@s y su entorno, incorporando los saberes y sugerencias de las redes formales e informales, junto a una necesaria reflexión sobre el proyecto con personas expertas en cuestiones de urbanismo que nos asesoraron en los asuntos técnicos.

Fue un punto de inflexión, ya que significó nuestra inserción en la vida cotidiana del barrio, en sus redes informales de comunicación y afectos, en las referencias; un punto de reflexión, pues aumentamos exponencialmente nuestros conocimientos sobre la complejidad de relaciones que intervenían y afectaban a nuestro barrio, además de la explicitación de una necesidad de autoformación permanente.

Una vez fue redactado el Planeamiento Urbanístico Alternativo, más conocido como PUA, se validó por el conjunto del vecindario. En sus páginas contiene un análisis de la realidad y varias recomendaciones en cuestiones de equipamientos y zonas verdes, centrándose en tres ejes fundamentales: el realojo de las personas afectadas en la zona, el realojo del Centro Social Seco y la creación de una cooperativa de vivienda pública en régimen de alquiler para jóvenes (COVIJO), aprovechando la titularidad pública del suelo tras la expropiación. Una herramienta que sirva de puente entre el pasado y el futuro, que nos ayude a recorrer el trayecto que va de la demolición a la reinvención del barrio.

En este proceso hemos pasado de ser okupas a ser l@s chavales/as, hemos dejado de trabajar con el barrio para convertirnos en barrio. Desde esta situación interna al ecosistema barrial participamos de las múltiples redes de información e intercambio, que componen un sentido colectivo difícil de comprender desde fuera. Una idea que refleja esto es aquella a la que hacía referencia Von Foerster cuando hablaba de lo fácil que es ver y controlar desde fuera un desfile, en oposición a lo difícil que es mirar un baile y comprender la estructura caótica que nos muestra en cuanto nos acercamos a él. Podemos encerrar la realidad de un barrio en el compás de un desfile, para tratar de explicarlo desde un esquema exterior a él, pero perdemos la posibilidad de comprenderlo en su complejidad.

En definitiva, nos hemos convertido en cómplices de una conspiración transparente que aspiraba a garantizar la realización efectiva de los derechos de l@s habitantes del barrio. Aplicando lo que metafóricamente llamamos «hacer como La Pantera Rosa», que ante una amenaza pintaba un agujero rosa en la pared y se metía dentro, desdibujando sus contornos a la vez que pintaba el mundo de rosa. De ahí que nuestra mascota sea ese simpático dibujo animado.

Simultáneamente a la configuración del PUA, para seguir haciendo barrio, recuperamos el periódico de la asociación y las fiestas, que no se realizaban desde que la asociación dejó de hacerlas algunos años antes del relevo generacional. Dos analizadores históricos, elementos relevantes en la historia del barrio, algo que todo el mundo conoce y valora de una determinada manera. Retomarlas como un gesto simbólico, un decir «estamos aquí y estamos para el barrio».

En solitario sacamos adelante las fiestas, pensándolas como la creación ritual de un pequeño acontecimiento en la comunidad, como la construcción de un espacio-tiempo propios donde la gente acude y se encuentra con sus vecin@s para ir a una comida popular, llevar a l@s más peques a actividades infantiles, participar de los campeonatos deportivos o echarse un bailecito. Las sucesivas ediciones de las fiestas posibilitaron la agregación de buena parte del mundo asociativo para la preparación de las mismas, dándole un carácter mucho más participativo. La coordinación entre las asociaciones terminaría haciéndose permanente en el tiempo, dando lugar a una red que permite la comunicación, el intercambio de informaciones y recursos, además de la coordinación de actividades entre el conjunto de las asociaciones del distrito.

Además sacamos tiempo para asistir a los Plenos municipales, dinamizar los Consejos de Participación Ciudadana, luchar junto a las AMPAs (Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos) por la rehabilitación de los colegios públicos o desarrollar actividades culturales como el Festival de Cine Social de Las Californias, del que se han realizado dos ediciones y está pendiente de celebrarse la tercera. Una bengala que por unos días ilumina y permite visibilizar nuestros trabajos cotidianos y la lucha que estamos llevando.

Conscientes de la inserción barrial en un ecosistema más amplio que lo condiciona y modifica, participamos también de diversas redes a escala metropolitana y estatal. Encuentros con experiencias similares que nos permiten compartir recursos, saberes e interrogantes, haciendo de las islas aisladas un archipiélago al ponerlas en conexión, como diría Jesús Ibáñez (1994:134). Una conversación desde nuestra singularidad con otros movimientos sociales, con las teorías y conocimientos con los que hemos tenido contacto, con los acontecimientos que hemos atravesado (desde el zapatour a la huelga general del 20-J, de las movilizaciones contra la guerra a los foros sociales o las contracumbres). Un atravesar que nos ha ido modificando y matizando.

Es una experiencia sostenida en el tiempo y que ha ido llenándose de contenido por las gentes y colectivos que actualmente dan vida al centro social, la Asociación de Vecin@s Los Pinos, el Colectivo Estrella, el grupo de Jóvenes B-612, el taller telemático del Kaslab, la cooperativa de producción y consumo agroecológico Bajo el Asfalto esta la Huerta (BAH), el colectivo de monitores/as del grupo scout Kigsai y la Cooperativa de Vivienda Joven (COVIJO). Contenidos de lo más diverso que nos insertan como nudo en una maraña de redes diferentes.

Esto nos lleva a ensanchar la noción de barrio para hacerla operativa políticamente, para que integre los vínculos de personas y realidades ajenas al territorio físico, generando la posibilidad de un arraigo disperso que permita el compromiso y la participación en proyectos territorializados sin tener que residir en el barrio como elemento determinante. Un barrio-mundo que acoja a est@s nuev@s habitantes, vinculad@s desde realidades ajenas al territorio físico. Un puente entre la frágil perdurabilidad de los sujetos e imaginarios que se identificaban con el barrio de ayer, y las dinámicas metropolitanas que van imponiéndose. Una labor de reactualizar el pasado y hacerlo conversar con las tendencias presentes que auguran el devenir abierto que es el futuro, mediante proyectos estables en espacios concretos.

La situación desde hace un par de años es que sobre el PUA se va avanzando por partes, en un proceso de negociación respaldado y auspiciado por la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid (FRAVM), en el que gracias a la movilización y presión ejercidas se ha garantizado ya el realojo de las personas afectadas en la zona. Y en las conversaciones mantenidas con el Ayuntamiento respecto al Centro Social Seco, éste afirma que hay que realojarlo, aunque a fecha de hoy no hay nada más que declaraciones de intenciones y buenas palabras. Tenemos entre manos una oportunidad histórica para paliar un problema de equipamientos colectivos en el distrito, una ocasión única para que la Administración reconozca, valore y apoye la participación ciudadana, apostando por la gestión participada de equipamientos públicos.

Ha sido un camino recorrido sin seguir, ni guiar a nadie. Un trayecto que nos sitúa ante un incierto futuro conscientes de que nuestros pasos son acompañados por un montón de gente dentro y fuera de las fronteras del barrio. «Nunca más un barrio sin nosotr@s».[2]

3 COVIJO: nuestro intento de asaltar los suelos

Las bestias tienen madrigueras; el ganado, establos; los carros se guardan en cobertizos y para los coches hay cocheras. Sólo las personas pueden habitar. Habitar es un arte. Únicamente los seres humanos aprenden a habitar. La casa no es una madriguera ni una cochera. En muchas lenguas en vez de habitar puede decirse también vivir.
Ivan Illich

Como hemos señalado anteriormente, tres son los ejes básicos del PUA: el realojo de l@s vecin@s del barrio y del Centro Social Seco, junto con la construcción de una cooperativa de vivienda pública para jóvenes en régimen de alquiler. A esta última propuesta la bautizamos COVIJO.

Siendo una idea que surge desde la Asociación de Vecin@s, la cooperativa va cobrando, con el paso del tiempo, una cierta autonomía. Se convierte en un colectivo más de los agrupados en el Centro Social, una manera de implicar nuevas energías en este particular proceso de desarrollo social. Un colectivo tejido a partir de las intervenciones de diversa índole que se hacían en el barrio y de las redes que éstas generaban. Así quedó patente cuando un día tejimos nuestro propio «sociograma humano» para ver de dónde habíamos salido y qué nos había llevado hasta allí[3], articulando un sin fin de subjetividades que han ido construyendo un sentido colectivo a esto de la vivienda desde puntos de partida muy diferentes.

De la convivencia entre los diferentes puntos de vista que encontramos entre los extremos de quienes sólo se asomaron a esta idea en busca de una vivienda barata, y de quienes veían esta iniciativa sólo como una forma de sumar actores al proceso que se estaba desarrollando, creamos esta cooperativa y nuestro modo particular de entender la vivienda y su relación con este singular barrio.

¿Cómo es esto del problema de la vivienda?

Existe una tendencia excesivamente generalizada a hablar del problema de la vivienda, reduciéndolo a una cuestión meramente cuantitativa sobre el número de viviendas que hay que poner en el mercado y si el precio es o no disparatado. Al final parece que todo es cosa de cuentas, de que los números nos cuadren. Podríamos empezar señalando que parte del problema de la vivienda empieza por el modo en el que se define dicho problema, una manera de entender la vivienda en la que impera su condición de mero consumo o de valor de cambio, un valor muy jugoso en la coyuntura económica actual.

Aunque pueda parecer un mero juego de palabras, esta idea es uno de los puntos a partir de los cuales articulamos nuestra manera de ver qué es eso de la vivienda. Preferimos entender la cuestión de la vivienda más como una problemática, es decir, como un elemento concreto a partir de cual reflexionar sobre los numerosos flujos que la atraviesan y los elementos con los que tiene relación.

Nuestra consideración se asemeja a la distinción que Illich (1981) trazaba entre estrategias inhabilitantes y habilitantes.[4] Las primeras son aquellas en las que las limitaciones a la participación vienen de tratar de dar soluciones simples a problemas complejos, mientras que las habilitantes tratan el asunto en toda su complejidad, favoreciendo la participación de las personas afectadas en dicha situación.

Rescatamos la multitud de elementos que atraviesan la vivienda y que conforman su problemática, para así aprovechar las potencialidades que puede tener su consideración integral. El resultado de enfocar la construcción de un edificio como una excusa para mantener un contacto con el entorno de relaciones sociales en el que nos insertamos se nos antoja difícil, pero los resultados y las posibilidades que se abren son demasiado seductoras como para echarnos atrás. Asumimos esa complejidad como invita a hacerlo Raúl Zibechi (2004), «complejidad no es sinónimo de parálisis, sino de creación de nuevas formas de acción para seguir avanzando».

Hablamos de una propuesta concreta: cooperativas de vivienda pública en alquiler para jóvenes, en régimen de gestión, un largo nombre lleno de elementos cuyo significado y sentido irán apareciendo a lo largo del texto. El primero a considerar tendrá que ver con ese aspecto de lo público y de comó la asignación de viviendas a través de mecanismos de listas de espera o sorteos genera procesos de desestructuración social.

Frente a esto, la fórmula que pone en juego el cooperativismo de vivienda es la de una asociación autónoma de personas que se han unido de forma voluntaria para satisfacer sus necesidades y aspiraciones mediante una forma de gestión democrática. La cooperativa permite abordar este problema más allá del individualismo, del «sálvese quien pueda» que propugna el mercado, fomentando la creación de nexos grupales y lazos de solidaridad.

Profundizar en lo colectivo supone apostar por una vertebración y organización de las personas afectadas para tratar de dar soluciones a sus problemas o presionar a los poderes públicos para que tomen medidas al respecto. Como señala Julio Alguacil (1995:70), «la vivienda desde lo social puede y debe ser, porque tiene esa oportunidad que le libera del mercado, una intervención para generar sociabilidad, para crear, reinventar y recuperar la ciudad», y con esa idea elaboramos esta propuesta.

Entendemos que la vivienda se convierte en una lente y un espejo. Una lente que nos ayuda a ver cómo interactúan determinados factores en la composición del lugar a habitar, y un espejo, en la medida en que nos permite ver cómo actuamos nosotr@s mism@s y cómo tratamos de resolver nuestras necesidades. Un primer ejemplo es cómo trabajamos uno de los ejes básicos de nuestro proyecto y que tienen que ver con la Arquitectura Bioclimática.

Una de las cuestiones que podemos rescatar como enseñanza de la arquitectura bioclimática es que no puede entenderse la vivienda separada del entorno ambiental que la rodea, en la medida en que, según los parámetros que defiende esta forma de construcción, su inserción dentro de ese entorno es el elemento clave a partir del cual pensarla morfológicamente; ya sea a través de sistemas activos, o de sistemas pasivos, la vivienda ha de levantarse teniendo en cuenta el modo en el que puede influir en los ciclos naturales y metabólicos de la ciudad y en cómo puede beneficiarse de su situación y orientación concretas para reducir el consumo de energía (teniendo en cuenta todo el ciclo de vida del edificio). La vivienda es dependiente de los flujos energéticos que atraviesan la ciudad, dependencia que incluye en todo su ciclo de vida y consumo de recursos, y no puede ser concebida de manera aislada a estos. La percepción de su pertenencia a un determinado sistema ambiental marcará su diseño.

Ésta es una manera de situar la vivienda en relación con ese bien común que es el medio ambiente, favoreciendo su equilibrio con el mismo desarrollando modelos de funcionamiento que valorizan y reconocen la pertenencia a un sistema ambiental concreto y a sus ciclos, pero que, sin embargo, en ocasiones, parten de una consideración insuficiente del ecosistema en el cual se insertan las propias viviendas. Podemos ser conscientes de los intercambios energéticos que desarrolla la vida de nuestra vivienda con el entorno, pero obviar el hecho de que toda problemática ambiental es, también, una problemática social, que se manifiesta en este caso en el hecho de que si queremos encarar el cuidado del ambiente como responsabilidad de las personas que lo habitan, el elemento esencial es poner en marcha procesos que realmente nos permitan habitar un territorio como un ecosistema generado a partir de las interacciones de un sistema humano con uno natural.

La comprensión del medio ambiente no puede limitarse a una mera consideración de la inserción de la vivienda en ciclos energéticos, sino que si asumimos la idea de la arquitectura bioclimática como de construcción de la vivienda enmarcada en la valorización y comprensión del entorno al cual pertenecerá, nos enfrentamos a la necesidad de verla en interacción con todos los componentes ambientales, culturales, antrópicos,... que generan el paisaje en el que pensamos esa construcción. La vivienda, por lo tanto, no sólo tiene que ver con comprender el ambiente natural, sino con entender el eco-sistema que componen las interacciones de éste con una determinada comunidad humana.

La arquitectura bioclimática nos ayuda a plantearnos el modelo de vivienda que estamos pensando. Podemos hablar de eco-compatibilidad, de una arquitectura respetuosa con el equilibrio medio-ambiental, pero que olvida el orden social que gira en torno a la configuración del espacio. Como señala Nicolás Sosa (1990:25), «la naturaleza no es algo puesto a nuestro servicio y dilapidación, sino que se rige por unas reglas cuyo conocimiento es imprescindible para predecir los resultados de las acciones humanas, [...] y es que la Ecología, como dirá Amós P. Hawley, --no se ocupa simplemente de las meras agregaciones de individuos, sino de su organización e integración en una comunidad. La hipótesis distintiva de la ecología es que la comunidad es el mecanismo adaptativo esencial--. Este sesgo comunitario que caracteriza cualquier planteamiento Ecológico, elimina por principio toda suerte de individualismo». La cuestión a analizar es si nuestra vivienda se construye sobre el mero respeto ambiental, y el conocimiento de sus reglas, pero imperando sistemas individuales de significación, o por el contrario, hemos conseguido poner en marcha procesos de construcción colectiva de conocimiento sobre el medio ambiente y las inseparables relaciones de éste con los grupos humanos.

Atendiendo a algunas de las sugerencias que plantean Gudynas y Evia (1991:26-27), «la delimitación del ambiente se hace desde el sistema humano. El sistema ambiental es concebido como todo aquello que interacciona con el sistema humano [...] la delimitación y reconocimiento del ambiente se hace desde una persona o un grupo de personas (el sistema humano). Por ello la delimitación de ese ambiente depende siempre de cómo se definió ese grupo humano», podemos señalar uno de los elementos de nuestra manera de entender estas relaciones. Lo que hemos intentando hacer es añadir densidad y complejidad al sistema humano, de forma que el medio ambiente percibido se haya modificado también, dentro de procesos de interacción, que han pivotado sobre las distintas relaciones entre sistemas humanos y medio-ambiente, en la composición de eco-sistemas.

Nuestra metodología de trabajo se basa en estrategias de rehabilitación, mientras que la propuesta que nos llega desde las instituciones es la de remodelar el barrio, eliminar todos sus cimientos, construir otro en base a unos parámetros edificatorios acordes con la situación estratégica de la zona en Madrid, que darán lugar a un avispero de urbanizaciones de lujo imposibilitando el mantenimiento de las relaciones que antes caracterizaban a este universo de casa bajas.

Si hablamos de prácticas de rehabilitación, hablamos de construir sobre lo construido, valorizar las peculiaridades y las identidades del entramado social de Adelfas, partir del habitar como «un planteamiento integral de la vida desde lo concreto cotidiano, desde la complejidad más inmediata, y desde donde se puede construir espacios ciudadanos, desde espacios de con-vivencia [...]. La vivencia con otros, la con-vivencia supone unas redes muy complejas nunca reductibles a mediciones cuantitativas» (Villasante, 1995:105).

Considerando el territorio como el marco en el que interactúan las relaciones humanas, el patrimonio construido y los elementos culturales, constituyendo un eco-sistema fruto de la coevolución de esos factores, el trabajo desde el sistema humano, desde su identidad y sus maneras de valorizar el lugar, desde el habitar, es el anclaje de este intento de rehabilitación. El saber local del que partimos está inmerso en esas relaciones en las que hemos de introducirnos a través del proceso del planeamiento urbanístico alternativo, en las cosmovisiones y los elementos compartidos que quienes vivían en el barrio produjeron fruto de la convivencia y del encuentro.

«El habitar tiene su base en los valores de uso» (Villasante, 1995:106); se trata entonces de considerar y poner a dialogar las diferentes maneras en las que se interpreta el patrimonio a generar (construcciones, redes y saberes prácticos localizados). Un diálogo sobre interpretaciones, que se enmarca en un contexto situacional específico: las gentes y el barrio de Adelfas, y los posibles usos que se puedan articular para el desarrollo local de ese entramado. Se conforman así actos re-territorializantes, que vuelven a proyectar el territorio desde la interacción entre sistemas humanos y ambientales, valorizando el propio patrimonio. A la vez que se socializa el conocimiento, se van produciendo saberes particulares, localizados sobre la descripción, la identificación, la representación y las reglas compartidas para la transformación de un lugar.

Éste es el sustrato a partir del cual se piensan las traducciones que hagamos de las diferentes temáticas que abordaremos en el proceso de diseño de la cooperativa. En él se integra el imaginario que permea la puesta en marcha de esta cooperativa en el marco del PUA. En la medida en que las relaciones que se dan con el entorno, conformando ese territorio al que llamamos barrio, son cambiantes, mantenemos esa idea de continuar construyendo sobre lo construido y sobre lo que vamos construyendo, dentro de un proceso autoreflexivo que va conformando un estilo concreto que atraviesa todas las esferas de la cooperativa. La cooperativa nace participativamente, así se diseña, se mantiene y se plantea su vida.

Podríamos haber diseñado este edificio de muchas maneras; por ejemplo, dividiéndonos en diferentes comisiones que en poco tiempo elaboraran cada una el segmento de la cooperativa que les fuese adjudicado, el régimen jurídico, el diseño,... incluso las estrategias de desarrollo comunitario a poner en marcha una vez construido el edificio. Pero son muchas las razones por las cuales no trabajamos así.

La primera y quizás la más importante, es que la participación se ha convertido en nuestras zapatillas de andar por casa, desgraciada o afortunadamente, nos resulta muy difícil funcionar de otra manera. Creemos que asumiendo las interrelaciones entre los problemas dentro de procesos de construcción colectiva de conocimientos, de reflexividad, de dinamización de redes sociales,... generamos un valor añadido en forma de creatividad social que no podríamos generar desde el conocimiento parcelado o la imposición de los dictámenes de expert@s. La metodología participativa que aplicamos en su funcionamiento supone un momento real de cooperación en sí mismo, fortaleciendo la sensación de formar parte de algo colectivo, favoreciendo el encuentro y conocimiento mutuo de l@s cooperativistas y socializando el conocimiento del proyecto. En definitiva, una manera de escapar a la separación progresiva de las redes sociales y su hábitat. «Como en otras actividades en las que el profesional ha venido sustituyendo al usuario, en la arquitectura y el urbanismo, se le ha suplantado como configurador de su entorno. Las metodologías clásicas han pretendido ser más científicas en tanto más se alejaban del fenómeno (entiéndase gente, medio natural, medio transformado) y, con esto, el habitante cada día se reconoce menos en su espacio privado, en sus espacios públicos, en su ciudad» (Morales, 2002:35).

Otro de los elementos es la participación cotidiana en las actividades de la cooperativa, más allá de los momentos de reflexión sobre determinados ejes. Nos referimos a su funcionamiento en forma de asambleas, sus comisiones que no determinan el sentido de la cooperativa, sino que se encargan de determinadas tareas a nivel de gestión interna, de trabajo local, de generar redes relativas al problema del urbanismo en nuestra ciudad, etc. Participación en la preparación de numerosos actos (especialmente celebrados son los carnavales que llevamos años montando), nuestra presencia junto a las gentes del Centro Social Seco en algunas manifestaciones, las fiestas del barrio.... En definitiva, los elementos que generan nuestra red interna, aquellas pequeñas cosas que construyen en el imaginario cual es nuestro marco de convivencia, una participación que trata de enriquecer la estructura informal que permea la asamblea de la cooperativa.

Estos son los factores que permiten un cierto cierre interno, una densidad de contacto que conforma el particular enrede covijista, y la necesaria apertura constante a los problemas y las virtudes que gravitan en el eco-sistema del que formamos parte. Así, participamos de redes con las que compartimos en otra dimensión más amplia la necesidad de ser tenid@s en cuenta en los asuntos que nos afectan (políticas locales, fiestas de barrio, consejos de participación ciudadana, eventos culturales...). Aplicando a un nivel más amplio nuestra forma interna de trabajar, profundizando en lo participativo más allá de unos proyectos concretos.

Todo este trabajo previo, sostenido en el tiempo, es la mejor garantía para poder asumir la hipotética gestión del edificio, que es lo que se reclama. De hecho, la demanda de una pequeña promoción de 50 viviendas y no un número superior, se basa en la persecución de que toda la gente que vaya a convivir haya sido partícipe del proceso.

Los ejes temáticos

Ésta ha sido la manera de trabajar, bueno, mejor dicho, ésta sigue siendo. Pero a lo largo de este tiempo, junto con la Arquitectura Bioclimática, hemos ido incorporando varios ejes de debate para entender la relación de la vivienda y el medio ambiente urbano. Como decía Jesús Ibáñez, «en vez de solucionar problemas, problematizamos soluciones», y estos han sido los temas utilizados para problematizar, primero la forma en la que se intenta solucionar el problema de la vivienda desde las administraciones públicas y el mercado inmobiliario, pero también la que nosotr@s mism@s estábamos configurando. Los ejes han sido:

  1. Programa Arquitectónico.

    En este caso, el elemento sobre el cual reflexionar son las correspondencias entre determinadas tipologías edificatorias y las funciones sociales a las que debe responder COVIJO. Para que pudiera adaptarse a dichas funciones, debe responder a la articulación de tres cuestiones, vertebrándolas de manera efectiva en un espacio físico:

    Para poder realizar esta reflexión contamos con la inestimable ayuda de la asociación Laboratorio Urbano, junto a quienes empezamos a reflexionar sobre algunos de nuestros estilos de vida, para establecer, posteriormente las necesidades funcionales derivadas y sus consecuencias en el modelo de disposición de los espacios del edificio. De este taller parte la división que será completada posteriormente con otros encuentros, entre espacios individuales, espacios comunes para l@s inquilin@s y espacios a compartir con la población del barrio.

  2. Accesibilidad.

    Este proceso aún no ha sido desarrollado, en la medida en que es uno de los temas que la evolución de la cooperativa ha señalado como un elemento a tratar, pero que no estaba considerado inicialmente. No se trata sólo de un taller para personas discapacitadas, sino que es un prisma que nos ayuda a mirar la vivienda a través de la perspectiva de algunos de los sujetos que están excluidos de la planificación y del diseño convencionales.

    A la hora de plantearnos el diseño de la cooperativa, hemos de reflexionar sobre el modo en que sus elementos de construcción influyen en nuestra vida diaria, en nuestras pautas de comunicación y movilidad dentro de la vivienda particular y en el conjunto del edificio. La supresión de las barreras arquitectónicas se convierte en un elemento indispensable para el desarrollo de una vivienda que pueda ser habitada por todas aquellas personas que puedan desearlo, sin que se convierta en una competición diaria de superación de obstáculos imposibles.

    Es necesario, de la misma forma que ocurre con el resto de aspectos señalados anteriormente, reflexionar sobre la infinidad de obstáculos que condicionan la experiencia de nuestros cuerpos a la hora de habitar un espacio. No sólo pensar en las barreras más habituales, sino en elementos más complejos del diseño que pueden escapar a nuestra percepción directa si no tenemos las discapacidades motoras o sensitivas a las que afectan estos elementos, pero que, de igual forma, estamos condicionad@s por ellos.

  3. Desarrollo Local y Comunitario.

    Éste es uno de los muchos momentos en los que la auto-reflexividad de l@s futur@s inquilin@s con respecto al entorno y al proceso en el que están enmarcad@s cobra una importancia fundamental. Pensar en las herramientas metodológicas, los saberes prácticos, las formas de intervención desarrolladas hasta ahora y ese territorio concreto que es el barrio de Adelfas y las gentes que lo habitan, sitúa la cooperativa como un referente barrial que tiene en su memoria y en su identidad las necesidades diagnosticadas dentro de ese territorio.

    El desarrollo local es un término que remite a las condiciones de vida de un espacio concreto, generalmente ubicado en un contexto desfavorable atravesado por fenómenos como el desempleo, la precariedad, las dificultades a la hora de acceder a una vivienda, la drogodependencia; que aceleran los procesos de exclusión social de numerosos sectores de la población. Partimos de las particularidades que singularizan lo local frente a la homogeneidad abstracta de la globalidad, puesto que son las que dan pie a los modelos de intervención y a las apuestas prácticas. Reconocer las especificidades de nuestro barrio, de nuestro territorio de intervención, nos permitirá incidir en él con mayor competencia y eficacia. Para ello resulta imprescindible la máxima implicación por parte del vecindario, que debe aportar su experiencia y sus plurales formas de vivir y soñar la realidad.

    El desarrollo local consiste, pues, en recomponer las relaciones comunitarias, en articular el contacto entre el mayor número posible de agentes sociales (instituciones, movimiento social y asociativo y bases sociales afectadas) y generar una definición compartida de las necesidades, los problemas comunes y sus posibles soluciones. El diagnóstico de la realidad es la condición sine quanon sobre la cual actuará la ciudadanía en un proceso participativo de transformación de sus condiciones de vida.

    A través de esta perspectiva los sentidos de la cooperativa se trasladaron a la importancia de dos tipos de espacio: las salas de uso polivalente, abiertas a la población del barrio, como espacios compartidos con l@s inquilin@s, y los bajos del edificio, destinados a poner en marcha proyectos de empleo según la perspectiva de la economía social, a través de los cuales satisfacer algunas de las necesidades detectadas en el análisis de la realidad.

  4. Género.

    El tema de género se convirtió en otro lugar desde el que analizar la composición y las interdependencias de esas diferentes categorías de espacios con las que trabajamos. Superando, por un lado, la aparente neutralidad que parece existir en la configuración física del espacio privado, a través de nuestra propia experiencia, y la invisibilidad de los trabajos domésticos, valorizándolos como uno de los factores que nos ayudarán a vertebrar la vida en común.

    Desde esta perspectiva, superamos la mirada del adulto, varón y con coche como el patrón a partir del cual se configura la ciudad. Retomando las diferentes sensibilidades que emergen de las otras maneras de habitar, de las mujeres, la infancia, tercera edad, jóvenes,... y los conflictos con los que se encuentran (inseguridad, movilidad, conciliación). Para trazar líneas de intervención marcadas por la importancia de los espacios públicos como espacios de socialización, contacto y desarrollo de pertenencias.

Estos elementos nos han ayudado ha ir construyendo la cooperativa. Viendo cómo habrían de ser las diferentes viviendas, variadas para adaptarse a las nuevas tipologías de habitantes que no tienen que ver, solamente, con la estructura típica de la familia nuclear. Nos han servido de base para detectar las potencialidades de los espacios comunes de l@s inquilin@s, de su significado a la hora de configurar ese nosotr@s que articula una vida en común, y que tratamos de practicar desde mucho antes de que se ponga la utópica primera piedra de este edificio. Cocinas compartidas, comedores, salas de estar, lavanderías colectivas para ahorrar espacio y energía, cuarto de taller, un lugar donde guardar las bicicletas... estancias que marcan el plano de otro modo de vida.

Pero, a la hora de hablar de la relación de la vivienda con el medio ambiente urbano al que pertenece, dos son las cuestiones sobre las que hacemos más hincapié: los espacios comunes con la población del barrio y los bajos comerciales. Estos dos elementos marcan parte del sentido de esta propuesta. El significado de esos espacios intermedios, de los mecanismos de apropiación que pueden implicar y los usos a facilitar, tiene que ver con la manera de articular las relaciones que determinan la complejidad de esa estructura situacional que llamamos barrio.

La cooperativa es, además de muchas cosas, un puente, un lugar de encuentro entre las nuevas energías de quienes empiezan a llegar al barrio y las viejas generaciones que lo han ido conformando. Si, como dice Ariel Gravano (2003:256) , «el espacio vivido renueva permanentemente las claves para su legibilidad e identificación, siempre dependiendo de los actores en situación», ese puente tiene que tener como base la habilitación de instancias que nos permitan ir construyendo y re-construyendo esas relaciones y esos significados; para eso, para recuperar interacciones que permiten la construcción colectiva de un territorio, de su medio ambiente, articulamos espacios intermedios.

Una vivienda ¿ecológica?

Estamos hablando de relaciones y actores, de primar la perspectiva relacional con el entorno para construir una vivienda, porque además de ser el sentido de esta intervención, nos permite escapar de la trampa de la que tanto nos hablan nuestr@s mayores, aquell@s que protagonizaron las luchas por la vivienda en esta ciudad. Siempre nos recuerdan la paradoja de los movimientos por la vivienda, que están condenados a morir de éxito en el caso de que alcancen sus demandas, siempre y cuando éstas se limiten a la consecución de un mero bien, únicamente de una vivienda (aunque las viviendas sean miles...). Alcanzar la vivienda es el objetivo último, el fin a conseguir, una perspectiva de futuro parcial que limita las potencialidades que la lucha por la vivienda puede llegar a tener.

Una orientación para escapar de esta trampa la podemos obtener de las sugerencias que nos aporta la agroecología cuando dice que «se apoya en la acción social colectiva de determinados sectores de la sociedad civil vinculada al manejo de recursos naturales en un proceso de interacción con determinados grupos y movimientos sociales» (Ottman et al, 2003:206). Partimos de una forma concreta de acción colectiva; todas las sinergias e interacciones que se crean dentro de la iniciativa barrial de Adelfas y que tiene uno de sus puntos clave en la relación del Planeamiento Urbanístico Alternativo. Esta situación es la que dota de sentido al manejo de determinados recursos: naturales (el medio natural con el que nos relacionamos), paisajísticos (una cooperativa de vivienda) y humanos (determinadas redes sociales y estilos concretos de funcionamiento de las mismas).

Estamos hablando de los usos que le damos a una tecnología, a una vivienda, vista como un elemento para la comprensión del territorio del que formará parte. Una tecnología es un elemento mediador y sus usos nos hablan de una determinada cosmovisión. Seguir el imperativo ético de Von Foerster (1996:139) «actúa siempre como para aumentar el número de alternativas», es el componente básico de cómo hemos manejado esta tecnología. La cuestión es que, en el marco de la paradójica relación de nuestra autonomía con la dependencia del entorno, del territorio en el que se desarrolla nuestra particular acción colectiva, el sentido viene dado porque las alternativas que aumentemos sean, no sólo las de quienes vivirán en esas viviendas, sino, de todas las de las personas con las que compartiremos el habitar.

La finalidad de esta vivienda es convertirse en un punto más de un recorrido de transformación, de rehabilitación de un barrio. Una baldosa más en una calzada por construir, no un fin en sí misma, sino una intervención dentro de las relaciones de un ecosistema particular, de una diversidad de actores, que son quienes determinan las finalidades a construir.

Es desde este lugar desde el que se hace comprensible el por qué de una vivienda en alquiler, para jóvenes, y de lo que implica en un contexto en el que la vivienda esta mediatizada por su valor de cambio. Aquí lo importante es su valor de uso. Apostamos por generar un parque público de viviendas en alquiler, un patrimonio colectivo que asegure su continuidad y su disponibilidad para la gente joven del barrio. La posibilidad de la redistribución de su uso es fundamental, así como el hecho de imposibilitar que pueda convertirse en propiedad privada con el paso del tiempo, engrosando el número de viviendas que han pasado de ser públicas a convertirse en otro engranaje más del mercado de la especulación inmobiliaria. Su uso no tiene que ver con la adquisición de un activo de inversión financiera, por mucho que para algunas de las personas que nos rodean sea incomprensible pasar años reivindicando una vivienda que nunca será de nuestra propiedad.

Otro de los elementos clave de todo este proyecto de vida cooperativa, como señalábamos más atrás, tiene que ver con el desarrollo de emprendimientos de economía social en los bajos del edificio de viviendas. Hemos hecho referencia a la idea de que el territorio y el paisaje se han ido desarrollando según una idea de funcionalidad económica. Imperando un modelo concreto de comprensión de la economía, que ha implicado la separación progresiva de las figuras del habitante y del productor.

Entendemos nuestra propuesta económica dentro de una aproximación a la idea de economía ecológica, desde una perspectiva en la que no hablamos de la compatibilidad de determinadas formas de producción con el cuidado del medio ambiente, sino de la puesta en marcha de alternativas de desarrollo sostenible acordes con las necesidades de la población y su entorno. Se trata, tomando prestados estos conceptos de la propuesta de la Asociación In Loco de Portugal, de formación e inserción profesional territorializadas, que construyen una economía inseparable de las características y particularidades del territorio en el que se inserta y que:

Asociación In Loco, 2003:28

Esta apuesta es ecológica en cuanto que parte de las relaciones entre el orden social y el medio-ambiente, de la comprensión integral de la economía en su interacción con un contexto especifico. De forma que genera un valor añadido que tiene que ver con la dinamización de esos recursos endógenos, a través de la construcción de un paisaje en el que los equilibrios medioambientales tienen que ver con la diversidad de actores que definen de manera participativa sus escenarios de vida.

Puesto que un eco-sistema urbano está compuesto de distintas percepciones sobre él, la cuestión es analizar cómo incrementar las posibilidades de intercambio de información, considerando la topología de grupos y redes sociales que toman parte en ese proceso y que «el número y variedad de portadores de información en un territorio limitado, [...], nos permite aproximarnos a algunas de sus disfunciones potenciales, así como a los elementos que le confieren estabilidad, ya que nos da idea de quien ocupa el espacio y la probabilidad de intercambios y relaciones» (Rueda, 1996:7). Por eso ligamos las tareas de producción (empleo) y habitar, porque la diversidad de perspectivas y de relaciones que podemos desarrollar es de una complejidad mucho mayor, porque enriquecemos los intercambios, profundizando en la manera de «dar sentido (en sus dos acepciones: encaminar en una dirección y hacerlo inteligible)» (Encina et al, 2003:260). Sentidos que tienen que ver con la habilitación de canales que desde la diversidad de actores y la densidad de sus interacciones revalorizan el lugar en el que viven, permitiendo diseñar procesos de producción social del territorio.

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Notas


[1]: Artículo publicado en

Encina, Javier & Iñaki Barcena (coord)  (2006)   Democracia Ecológica. Formas y experiencias de participación en la crisis ambiental   Editorial Atrapasueños-UNILCO, Sevilla 

El presente texto es un esfuerzo por narrativizar y compartir la experiencia de participación ciudadana del Centro Social Seco y de COVIJO, enmarcándola en el seno de un ecosistema que las contiene y del que forman parte. Una aproximación desde la ecología social, que arranca definiendo el marco general en medio de un proceso de urbanización mundial, representado principalmente por las metrópolis. Posteriormente se sitúa la historia de nuestra experiencia y su entorno, para acabar profundizando en la lucha por la vivienda y el amplio abanico de oportunidades que brinda a la hora de reinventar unos barrios y unas ciudades sustentables.
[2]: Bajo este lema más de 3.000 personas se manifestaron el 5 de marzo de 2005 (en la manifestación más numerosa de la historia del distrito) para pedir el realojo del Centro Social Seco en la llamada «Marcha/Mancha Rosa», en alusión a la pantera y sus agujeros
[3]: Con este «sociograma humano» pudimos observar cómo sólo una de las personas que integran la cooperativa había llegado como consecuencia de la campaña de publicidad más clásica (carteles y folletos). El resto de incorporaciones surgían de las fiestas del barrio, de las plataformas construidas con otros colectivos del distrito...
[4]: El tratamiento de este término lo recogemos de Hernández Aja (2003:253).


Edición del 30-9-2006
Boletín CF+S > 34: Polémicas, reincidencias, colaboraciones... > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n34/aaram.html   
 
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