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Título original del taller: El paisaje como objetivo.
Directores del taller: José Miguel Alonso Fernández-Aceytuno y Susana Moreno.
Alumnos participantes: Noelia Álvarez García, Carlos Brage Tuñón, Marta Cordero Martínez, Jesús Garitacelaya, Margarita Laguno Domínguez, Paula Martín Rodríguez, Gabriela Martínez Vélez, Mercedes Peña Fernández, Berta Presas Javaloyes, Marta Rodríguez Gómez, Ana Cristina Rodriguez—Mendel del Aguila y Alvaro Marzán Díaz.
«La estética social del paisaje sin duda ha cambiado y las intensas migraciones internas y externas conllevan un periodo de tiempo en el que el paisaje no está apropiado, es decir, sentido como propio por sus nuevos usuarios. Es obvio que la dialéctica entre la identidad y la globalidad había existido también en el pasado, pero tal vez sus efectos nos fueron más ajenos o desconocidos»[2].
José Miguel Alonso Fernández-Aceytuno
Arquitecto, Las Palmas de Gran Canaria
28 de marzo de 1951—7 de junio de 2004
Es casi inevitable comenzar diciendo que volvió de Madrid marcado por el atroz atentado de aquel día 11. El taller —comentó— se tuvo que interrumpir, pero estoy seguro de que el tema les habrá interesado lo suficiente como para seguir trabajando en la propuesta planteada: el paisaje como objetivo[3].
Un título en absoluto casual, ya que, ahora más que nunca, sintetiza una constante de su trayectoria profesional: evidenciar el valor público de los paisajes. Buen ejemplo de ello son los textos de conferencias, artículos, entrevistas y publicaciones que tienen al paisaje como protagonista: «Paisaje y Metodología» (1982), «Aproximación a las técnicas de ordenación desde el proyecto del paisaje» (1983), «El paisaje del parque en la ciudad-isla» (1989), «El proyecto del paisaje o el paisaje del suicidio» (1993), «El paisaje domesticado» (1995), «El paisaje del Norte de Gran Canaria» (2002), «Arquitectura y paisaje» (2003), etc.
Arquitecto independiente y socialmente comprometido, siempre le interesaron los procesos más que los proyectos en sí mismos, y los equipos multidisciplinares más que el trabajo individual. Tras su periplo por Madrid, donde formó parte del equipo de Fernando Higueras, y por Barcelona, en cuya Escuela de Arquitectura fue miembro del Laboratorio de Urbanismo, regresó a su isla natal y, en 1981, fundó el Gabinete PRAC, en el que desarrolló la mayor parte de su trabajo, hasta que en junio de 2003 impulsó la constitución del Laboratorio de Paisaje de Canarias, como una forma de continuar la trayectoria iniciada desde el nuevo contexto abierto por la Convención Europea de Paisaje (Consejo de Europa, Florencia, 2000).
Si el paisaje está presente incluso en otros escritos de carácter más literario, la comprensión de que el paisaje constituye el principal objetivo y no el resultado de la transformación del territorio fue impregnando la totalidad de su trabajo, consolidándose también la necesidad de implicar nuevas formas para involucrar a todos los agentes que en él intervienen y en especial a los habitantes; conceptos que, en los últimos años, pudo reconocer en la Convención Europea de Paisaje a cuyos talleres y conferencias fue invitado a participar en calidad de experto.
Desde la perspectiva de esa nueva ley internacional, el taller «El paisaje como objetivo» pretendía facilitar una nueva comprensión sobre las políticas de paisaje, contribuir a la identificación cualitativa de objetivos de calidad paisajística y estimular la generación de instrumentos innovadores de cara a la protección, la gestión y la planificación del paisaje.
Como ámbito de exploración, percepción, acción y contraste de métodos de intervención en el paisaje, el trabajo práctico proponía, en síntesis, tomar el recorrido urbano realizado por los participantes —agrupados en equipos interdisciplinares— desde su casa hasta el taller, concretándolo a modo de conclusión en un máximo de 3 láminas formato DIN A1, complementadas con aquellos otros medios que cada grupo considerara necesarios para explicar la experiencia.
Para la primera parte de cada sesión había previsto una breve exposición de algunos proyectos y procesos que consideraba útiles para ejemplificar estrategias de intervención en materia de paisaje desarrolladas en su trayectoria profesional: «Idea mirall» (1982), «La suite de El Parque de la Música» (1987), «El Parque Ecomuseo de Maspalomas» (1990), «La Salina del Bufadero» (Programa Regis, 1993), «El paradigma de Tindaya» (1994), «El Proyecto Guiniguada: la estrategia del Parque en la rehabilitación del paraíso» (Programa de Proyectos Piloto de la Comisión Europea, 1996), «Proyecto Paisagem» (Interreg IIIB, 2002), «Proyecto Macaronart» (2003) y «Proyecto EP@M» (2003).
Pero ni los acontecimientos permitieron que el taller se desarrollara tal y como estaba previsto, ni el contexto actual permite una mayor explicación que la sugerida por los propios títulos. Sin embargo, sí se ha creído oportuno incluir brevemente la descripción del «Proyecto EP@M», puesto que fue precisamente concebido para ampliar y reflexionar sobre la percepción del paisaje. Un proyecto que tiene además la especial significación de haber configurado la última ponencia de la trayectoria vital y profesional de JM Aceytuno (forma abreviada con la que solía firmar), realizada en Barcelona el 27 de mayo de 2004 en el transcurso del Encuentro Catalunya 2004 Paisaje.
«Seleccionado el Proyecto Paisagem por la Iniciativa Comunitaria Interreg IIIB, las Direcciones Generales de Ordenación Territorial de las regiones insulares participantes realizaron un reajuste del presupuesto disponible dejando fuera del marco financiero el «Programa D: Actuaciones singulares», que contemplaba el diseño del Sistema Piloto de Estaciones de Paisaje y el estudio de contenidos y estrategias para la promoción de un Museo Virtual del Paisaje de la Macaronesia, por entender que estas actuaciones no estaban directamente dirigidas a la ordenación territorial. No obstante, al tratarse de un programa de singular interés en el marco de la implementación de la Convención Europea de Paisaje, el Laboratorio de Paisaje de Canarias, alentado por el interés de entidades públicas y privadas en participar en su desarrollo, consideró idóneo preparar un proyecto específico, denominado EP@M (Sistema de Estaciones de Paisaje de la Macaronesia).
[...] Ir de paseo y detenerse para observar y percibir el paisaje abarcado por nuestra mirada, de estación a estación, constituye una de las experiencias más antiguas de los seres humanos. El movimiento y la quietud atenta de los paseantes —ya sean exploradores, viajeros, turistas o astronautas— ha permitido conocer paisajes próximos o lejanos, y dejar testimonios orales, escritos y gráficos de nuestros descubrimientos.
Anteayer, casi, aprendimos a grabar sonidos y a enviarlos a larga distancia sin necesidad de movernos, inventamos la radio, y poco después la fotografía y el cine. Ayer, la televisión y el fax. Hoy, los ordenadores e Internet retransmiten, en tiempo real, lo que está pasando y lo que estamos viendo. Es obvio que ninguno de esos avances tecnológicos nos ha permitido superar las cualidades integradas en la percepción de los paisajes a través de nuestros sentidos, pero hay que reconocer que han contribuido a evidenciar su existencia, a acercarlos a nuestra mirada, a conocerlos y conocernos mejor.
Gracias al uso de estas y otras tecnologías, la humanidad ha progresado hasta el punto de poner en peligro la biodiversidad del planeta, de uniformizar las diferencias naturales y culturales entre los países y los paisajes, y está comenzando a padecer catástrofes de alcance incierto y preocupante. Parece lógico, por tanto, utilizar también las nuevas tecnologías para facilitar el acceso de la sociedad a la puesta en valor de los paisajes, a la comprensión de los procesos que los modifican y a la participación democrática en las decisiones a tomar.
A la luz de los objetivos de la Convención Europea de Paisaje[4], es evidente que necesitamos lugares pensados, diseñados y acondicionados para facilitar a las personas nuevas formas de percibir y sentir su relación con el entorno; lugares concebidos para ver, oír y tocar —quizás también para oler y degustar el paisaje desde puntos panorámicos especialmente elegidos para estimular esa experiencia y reflexionar sobre ella. Por otra parte, resulta obvio que estando ya incorporadas a nuestra vida cotidiana las nuevas tecnologías de la comunicación, entre sus múltiples aplicaciones pueden perfectamente facilitar la accesibilidad de los ciudadanos a la percepción no presencial de los paisajes, así como a la información de bases de datos específicas y de fondos documentales públicos y privados.
A partir de estas premisas, una Estación de Paisaje (EP)
sería un lugar acondicionado para la percepción presencial
del paisaje, equipado con una cámara, un sensor acústico, un
ordenador (con acceso a Internet) y una o dos pantallas, con
el fin de permitir acceder además, en tiempo real, a la
información virtual de dicha Estación y a la de las otras
Estaciones conectadas a la Red del Sistema de Estaciones de
Paisaje de la Macaronesia
. Es importante tener en cuenta
que las EP deben emplazarse tanto en los paisajes cuyo
estado y evolución son valorados positivamente como en
aquellos valorados de forma negativa.
En principio, no se pretende promover Estaciones de Paisaje con infraestructuras e instalaciones muy costosas y sofisticadas, sino muchas y diversas estaciones elementales distribuidas por las islas de la Macaronesia, integradas a miradores, centros de interpretación y lugares comunes familiares a la población. Tampoco son necesarias bases de datos muy especializadas y complejas. Lo importante es que la información registrada permita al público en general la interpretación y el análisis del paisaje abarcado por cada EP y que, mediante juegos interactivos de simulación (retroactivos y prospectivos), evidencien los efectos que han tenido y que tendrán sobre dichos paisajes determinadas políticas, proyectos y actitudes.
La creación progresiva de la Red de Estaciones de Paisaje de la Macaronesia induce la promoción de un nuevo concepto de museo: el Museo (virtual) del Paisaje. En su materialización arquitectónica en cada región insular podríamos denominarlos Museos del Paisaje de la Macaronesia, o bien, de Canarias, Madeira, Azores o Cabo Verde, e incluso de cada isla, comarca o localidad.»
Si inevitable era comenzar diciendo que regresó a Canarias triste por tanta muerte, también lo es tener que transmitir con palabras que no son las suyas lo ilusionado que se sintió cuando Susana Moreno lo invitó a preparar el taller, y la energía que le produjo su participación en el mismo para seguir trabajando, un poco más, con la honestidad de su eterno entusiasmo. Seguramente José Miguel hubiera acabado el texto diciendo simplemente... «gracias a todos y que el paisaje como objetivo no se pierda».
[1]: J.M. Aceytuno falleció durante el verano
de 2004. El presente texto se dedica a su memoria. Isabel
Corral es vicepresidenta del Laboratorio de Paisaje de
Canarias (http://www.laboratoriodepaisaje.org).
[2]: De
la Ponencia «La experiencia de las regiones insulares de la
Macaronesia», realizada en la Segunda Reunión de los Talleres
para la puesta en marcha de la Convención Europea de
Paisaje. Tema 2: Paisaje y bienestar individual y social
organizada por el Consejo de Europa y celebrada en
Estrasburgo entre el 27 y el 28 noviembre de 2003.
[3]: A excepción de
algún comentario puntual en el intento de sintetizar su
trayectoria profesional, el texto ha sido resumido por el
Laboratorio de Paisaje de Canarias a partir de notas
realizadas por el autor para el desarrollo del taller y de
otros documentos anteriormente elaborados.
[4]: En relación al acceso a la información, a
la participación pública en la toma de decisiones y a la
justicia en materia medioambiental, la Convención es una
extensión de la Convención de Aarhus (1998), a la cual cita
en su preámbulo.
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