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Boletín CF+S > 32/33: IAU+S: la Sostenibilidad en el Proyecto Arquitectónico y Urbanístico > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n32/ambla.html   
A1 Semillas arquitectónicas
Miguel Ángel Blanco[1]
Madrid (España), marzo de 2004.
A1 Semillas arquitectónicas| Lámina 1. Biblioteca del Bosque, 2005 >>>

Creador de muy importante trayectoria evolucionando hacia una emocionante actitud frente al medio ambiente y el paisaje desde la creatividad plástica. Actitud que deviene en acción e intervención, en la que Miguel Ángel Blanco se implica radicalmente con la naturaleza, mostrando con una inagotable fertilidad la belleza de lo que en ella descansa. Nos hace cómplices inteligentes y sensibles de su ceremonia creativa, y con ello incorpora su trabajo al patrimonio esencial que tantos creadores, desde todas las disciplinas, están construyendo en lo que ya es una nueva cultura, un nuevo conocimiento, una nueva civilización, en definitiva, en la que la ecología es razón de ser de lo ético, estético y técnico del pensamiento humano. (Andrés Perea).

Como artista, mi intervención en estas jornadas de arquitectura sostenible no puede aportar soluciones ni teóricas ni prácticas a los problemas planteados. Pero me gustaría pensar que puede tender puentes hacia la naturaleza, cuya conservación nos interesa a todos, y que puede sugerir, aunque sólo sea a nivel de proyecto utópico o como estímulo para la imaginación, nuevas formas arquitectónicas, nuevos materiales y revestimientos, y sobre todo, nuevas formas de habitar el mundo.

En primer lugar intentaré transmitir cuál es mi vivencia de lo natural, presentaré la Biblioteca del Bosque, que considero mi obra más importante, y a continuación explicaré por qué he elegido los libros individuales que después os mostraré en diapositivas, a través de los cuales abordaré aspectos relacionables con estas jornadas.

Creo que todavía es posible sumergirse en la vida secreta de la naturaleza. La tierra exhala en no pocos lugares un aliento denso que, al ser respirado por el hombre, le insufla de forma inmediata conocimientos y sensaciones que ya poseyó antes, cuando vivía en su seno. La sensibilidad telúrica del hombre antiguo puede recuperarse todavía. Nuestra capacidad de profundizar en lo antiguo para descubrir lo nuevo. La naturaleza se presenta así como una experiencia trascendente, un medio para que el hombre rescate su grandeza oculta, para que crezca espiritualmente y penetre en lo oscuro.

El bosque es uno de esos lugares privilegiados en los que se puede sentir la palpitación de la madre tierra. Es el punto en el que el cielo se enraíza en la tierra, un espacio sagrado cargado de misterios. Es, por tanto, un ámbito propicio para la creación artística. El hombre, como el árbol, busca allí el alimento necesario para el desarrollo del alma. Hace ahora veinte años que me retiré a los bosques del Valle de la Fuenfría, en la Sierra del Guadarrama, movido por la constatación de que la intensidad y la verdad de mi trabajo artístico dependían de la concentración y, especialmente, de la soledad y el silencio que sólo allí encontraría. La vida vegetal nos enseña que la muerte y el enterramiento son imprescindibles para el renacimiento. Yo quise germinar en los bosques.

Hasta alcanzar una forma de expresión propia, experimenté un arduo y lento proceso de maduración y de búsqueda de lo esencial, de la auténtica sencillez, que me hizo ver que el orden superior se manifiesta casi siempre en lo pequeño y en lo humilde. El arte es vivencia. La simple acción de caminar a lo largo de los senderos del bosque desarrolla una mirada para lo esencial, acrecienta la receptividad y afina los sentidos. El caminante está al acecho, en estado constante de alerta, intentando ver en el paisaje más allá de lo acostumbrado, extendiendo la realidad. El bosque comunica un estado interior de serenidad, de pureza y de optimismo. Lo que allí ocurre, esos acontecimientos que pasan desapercibidos para los extraños, es siempre razonable, justo y definitivo. Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado.

No es posible describir la experiencia de la participación en el misterio de lo natural. Mi obra, que surge toda ella de esa participación, no es explicativa: es una recopilación, en crecimiento continuo, de descubrimientos, de revelaciones, de invocaciones, de conjuros, de ceremonias rituales, conservados, vivos, en los libros-caja que componen mi Biblioteca del Bosque. Aunque he hecho diversos tipos de dibujos, esculturas y grabados, considero que mi creación más importante es la Biblioteca, comenzada en el invierno de 1985 y compuesta en la actualidad por 906 libros-caja, en la que continuaré trabajando seguramente aún muchos años.

La Biblioteca, como proyecto escultórico y vital, obra abierta a la amplitud de la naturaleza, realizada con la lentitud y constancia con la que crece el árbol, simbiosis entre el ángulo recto y la forma biológica. Comparto con el arte oriental el deseo de alcanzar una composición orgánica, en la cual lo lleno encarna la sustancia y el vacío garantiza la circulación de los soplos vitales. Uniendo así lo finito a lo infinito, como la propia creación. Tal vez, el fin de la obra sea entender el lenguaje secreto del cosmos, crear un gran misterio partiendo de una hebra de helecho o una gota de resina. Ser eco de lo efímero. Lograr la correspondencia con el universo y que el universo responda.

El libro, instrumento por excelencia de transmisión de conocimientos, no está compuesto, en mi caso, de palabras. Es otro lenguaje el que habla. Es el fragmento de naturaleza capaz de comunicar todo un mundo al que las palabras sólo pueden aproximarse. Invocaciones silenciosas. Todos los componentes de mis libros proceden de los reinos de la naturaleza, incluso la madera de las cajas y los distintos papeles -transformación sutil del corazón leñoso- de las páginas sobre las que dibujo. Los libros tienen, de hecho, una gran relación con el árbol, incluso terminológicamente, pues liber es también la parte viva de la corteza de éste.

Las palabras libro, liber, byblos, biblia son sinónimos y designan, en botánica, la corteza del árbol, la corteza de la madera, el habitus, el revestimiento.

Cuando ejecuto un libro sigo un ritual. Para lograr una obra verdaderamente pletórica de la energía que percibo y que pretendo transmitir, es fundamental no salir en ningún momento de ese estado de concentración. La montaña interviene en la creación sugiriendo, a través de algún elemento del paisaje: es el momento en el que, en mis recorridos atentos, se produce la visión. Pero también participa en otro sentido: me proporciona los materiales que incluiré en la caja o que me servirán para hacer los dibujos de las páginas. Por ello, la naturaleza generosa, de la que dependo, ha de ser propiciada con gestos de agradecimiento que piden además su protección. Así ha ocurrido siempre, y de esos gestos de propiciación nació el arte.

La caja es un pequeño santuario recóndito, un sancta sanctorum. Sellada con vidrio, hermética, para mantener sus contenidos, es arca, esenciario, relicario y crisol todo a un tiempo. Musgos, líquenes, cortezas, acículas, piñas, pólenes, zarzas, hongos, cera, raíces, tierras, minerales o resinas son algunos de los materiales que he recolectado. Materiales que liberan imágenes ocultas. Dentro de una pequeña caja pueden abrirse abismos insondables, vislumbrarse lagos profundos, espacios infinitos, tormentas, arroyos, fuego... y hasta, a través de una gota de resina, la formación del Universo. Micropaisajes. El libro caja es la memoria de lo inmemorial. Pero nunca podremos abarcar la infinitud de la dimensión íntima.

El acontecimiento que se recoge o se recuerda en la caja es introducido por las páginas que la preceden. El sucederse de las páginas es asimilable al movimiento del alma al caminar, relación que otorga al libro un carácter dinámico. La elección del papel es muy importante, pues su textura y su color están ya hablando antes de convertirse en dibujos. Que el papel se adapte al material. He utilizado una gran cantidad de variedades de papel: desde el humilde de estraza al suntuoso de pergamino, pasando por el vegetal, los japoneses de kozo, los nepalíes de corteza de lokhte, los indios de caña de azúcar, los tailandeses de fibra de morera y otros muchos. Las técnicas puestas en juego para la realización de los dibujos son también muy variadas: las aspersiones de tinta, las huellas positivas o negativas de materiales utilizados en la caja, las líneas de fuego, las marcas hídricas o distintas técnicas de grabado.

Una vez sellada la caja, procedo a encuadernar el libro y a realizar un estuche de madera para él. Es importante para mí el ejecutar yo mismo cada una de estas operaciones, lo que me proporciona una independencia creadora total y evita cualquier contaminación externa. Finalmente, el libro pasa a integrarse en mi gran escultura, la Biblioteca del Bosque, que concibo como una obra en proceso de crecimiento continuo. La Biblioteca es un pinar donde la escala variable de los árboles queda reflejada en los distintos formatos de los libros.

A pesar de que algunos libros han abandonado la Biblioteca, ésta tiene vocación de unidad y de permanencia. Es seguramente aún pronto para pensar en su destino, pero sí tengo claro que no debe desmembrarse y que en el futuro, debe reunirse en un pequeño museo que tendría que ubicarse en el medio natural. Un museo para paseantes, con arquitectura integrada en el paisaje, a través del cual se profundizara en el conocimiento y la sensibilidad hacia el entorno. Existe una primera idea, en colaboración con la Agencia de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, para llevarlo a los espacios que se están recuperando en el Monasterio de El Paular, en Rascafría, pero sólo se ha producido una primera conversación.

Hoy la Biblioteca está en mi estudio, junto al Pinar del Rey, un reducto de pinar salvaje en Madrid, salvado recientemente de la especulación urbanística y de la escasa sensibilidad de los gobernantes municipales hacia los espacios verdes, gracias a la presión que los vecinos ejercimos. Al ser invitado a esta conferencia, busqué en la Biblioteca las semillas arquitectónicas. No hay lógicamente nada en ella que pueda considerarse una construcción, pero sí es frecuente, como ahora he podido comprobar, pues había seguido esta dirección de forma inconsciente, la idea del refugio, del lugar protector, de las posibilidades de habitar en la naturaleza. He encontrado entre mis libros cuevas, espacios arbóreos, fortalezas, cabañas, vallados, formaciones de hielo...

Todo está en la naturaleza. Incluso los nuevos materiales tecnológicos parten de materias primas naturales, de procesos químicos o mecánicos con elementos que están ahí casi desde el principio de los tiempos. La piedra, el metal y el cristal forman parte de la corteza terrestre y son vehículo de energías. Lo mismo ocurre con las formas geométricas. La base de la geometría está en los modelos formales del crecimiento natural: en la espiral, la estrella, las ramificaciones, los factrales... Están en la arquitectura y están en mis libros.


Lámina 1. Biblioteca del Bosque, 2005


Lámina 2. Libro nº 631. El silencio constructivo


Lámina 3. Libro nº 661. Boj escurialense


Lámina 4. Libro nº 673. La higuera de la calle Málaga


Lámina 5. Libro nº 803. Línea de piritas


Lámina 6. Libro nº 866. Musgo y temple


Lámina 7. Libro nº 880. Laberinto de estafilitos


Lámina 8. Libro nº 911. En las pozas de Xilitla


Lámina 9. Libro nº 939. Camina a Bialowieza


Notas


[1]: Se puede encontrar más información acerca de la Biblioteca del bosque en la página personal de Miguel Ángel Blanco: http://www.bibliotecadelbosque.net


Edición del 1-3-2006
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