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Boletín CF+S 31-- Quinto Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n31/nlib.html
Libros
Carlos Jiménez Romera
Madrid (España), 14 de abril de 2005.

«Pero, ¡si está desnudo!», exclamó de pronto un niño[1]

Naredo, Jose Manuel  (1987)   La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico   Siglo XXI editores, Madrid 

Si la economía, puede definirse como una «ciencia para el gobierno de la casa» --del griego oikos y nomos-- conviene que analicemos el metabolismo de una casa, es decir, una familia, para observar más de cerca los fenómenos que trata esta ciencia.

Cualquier familia, al igual que los individuos que la conforman, se podría caracterizar por una serie de necesidades y un conjunto de estrategias para cubrirlas. Tiene necesidad de consumir una serie de recursos --alimentarios, textiles, culturales-- y desprenderse de una serie de residuos --alimentarios, textiles, culturales... Por supuesto, esta unidad no se encuentra aislada en el vacío, sino que está inmersa en un contexto altamente complejo del que se sirve para cubrir estas necesidades. Hasta ahora no hemos dicho nada que no resulte evidente por sí mismo; desde luego, el diablo se esconde en los detalles: ¿cómo se obtienen los bienes requeridos? ¿tienen algún coste? ¿cómo se mide dicho coste? ¿hay formas mejores o peores de lograr los mismos objetivos?

En la economía ortodoxa, cualquier intercambio se mide en unidades monetarias, una convención discutible pero legítima. Sin embargo, el problema surge cuando se ignoran todos aquellos intercambios que no pueden ser reducidos a dinero. Para justificarse, la economía se autorrestringe a estudiar aquellos recursos escasos que, por ello mismo, se hacen susceptibles de comercio monetario. Las cosas abundantes --al menos hasta hace poco-- como el aire, el agua, el sol, etc. y todos los servicios que nos prestan son simplemente ignorados: ¡no forman parte del restringido club de las cosas escasas! El coste de reciclar los residuos de nuestras ciudades sólo ha pasado a convertirse en un problema económico cuando ha sido necesaria la organización de un sistema de recogida, transporte y depósito; las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera, del mismo modo, sólo han sido tenido en cuenta por esta `ciencia' cuando han supuesto costes monetarios al sistema sanitario o cuando, en estos tiempos, amenazan con cambiar el clima del planeta con imprevisibles --aunque en cualquier caso catastróficas-- consecuencias. La respuesta de la economía ortodoxa es aún hoy intentar convertir a su unidad de medida todas estas realidades que se han esforzado en ignorar durante 200 años, aunque insistiendo en subordinar las leyes de la naturaleza a sus propias leyes humanas.

Efectivamente, al margen de los problemas de la contabilidad monetaria, que omite una parte importantísima del metabolismo de una familia --a saber: el aire que respiramos, los cuidados de una madre, los sabios consejos paternos...--, el principal problema de la economía ortodoxa reside en que confunde cosas cualitativamente distintas a base de igualarlas todas bajo una única variable monetaria. Hace poco más de doscientos años, cuando echó a andar la nueva ciencia económica, hubo de simplificar la compleja realidad del mundo para someterla a los limitados instrumentos científicos de la época. Lo increíble es que dicha concepción --castrante-- de la realidad se haya mantenido aún cuando los nuevos instrumentos, teóricos y prácticos, de las ciencias naturales han mostrado un mundo muy diferente --y en muchos aspectos contradictorio-- del asumido por los economistas.

Es bastante duro reconocerlo: la ciencia que guía nuestros pasos en la confusión de la globalización se asienta sobre una concepción del mundo simplificadora y parcial, que se sabe errada desde hace más de un siglo. ¿Cómo es esto posible? Hay toda una compleja red de razones para explicar este desenlace y que el libro que nos ocupa se encarga de destejer y mostrar al desnudo. A día de hoy, cuando los discursos de los economistas ortodoxos toman preeminencia sobre los de políticos y líderes mundiales, resulta imprescindible esta guía para entender la ciencia económica y a sus voceros, comprender la visión del mundo que se esconde tras sus herméticas fórmulas y confrontarla con nuestra experiencia cotidiana.

Mi conclusión personal tras leer este libro es que la economía ortodoxa (en sus diferentes versiones: clásica, marxista, neoclásica, keynesiana y neoliberal, si es que ésta es algo distinto a la neoclásica) hace tiempo que dejó de ser ciencia para convertirse en religión y mito, instrumento de manipulación política y justificación ideológica de un determinado proyecto de modernidad.

Por suerte --ya se habrá notado por el insistente uso del adjetivo ortodoxo-- hay otras economías, enfoques alternativos al tradicional que intentan aprehender la realidad del mundo mediante las herramientas de que disponemos en la actualidad, principalmente de los conocimientos aportados desde las ciencias naturales --especialmente la ecología, ciencia hermana de la economía, al menos en teoría-- y que quedan someramente retratadas en los capítulos finales de este libro. En este contexto es en el que hay que situar al autor, José Manuel Naredo, una destacable figura entre los diversos estudiosos --siempre desconocidos para los grandes medios de comunicación de masas-- que intentan rescatar a la economía de su burbuja y reincorporarla al mundo científico.


Notas


[1]: El traje nuevo del Emperador. Hans Christian Andersen. Texto completo: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/trajenue.htm


Edición del 24-4-2005
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