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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Artículo publicado en la revista "Documentación social. Revista
de estudios sociales y sociología aplicada", editada por Cáritas
Española. 'Los movimientos sociales hoy', n. 90, enero-marzo
1993.
"Una ecosofía de nuevo cuño, a la vez práctica y especulativa,
ético-política y estética, debe reemplazar a las antiguas formas
de compromiso religioso, político, asociativo..."
Félix Guattari
'Las tres ecologías'
A lo largo de la presente reflexión, se han considerado los
movimientos sociales desde una doble perspectiva: como un
fenómeno social contradictorio y heterogéneo que se manifiesta
de muy diversas formas, y como un término o concepto utilizado
por la izquierda para tratar de describir dicho fenómeno sin
renunciar a las categorías esenciales propias del pensamiento
"emancipador" occidental.
El hilo conductor de la primera parte es la constatación de que
se ha producido una quiebra fundamental y definitiva en los
referentes que servían hasta ahora para explicar los movimientos
sociales como fenómeno social. La proposición esencial contenida
en las otras dos partes es que un momento de desconcierto como
es el presente puede ofrecer una oportunidad inigualable para
llevar a cabo un proceso de contrastación, de ruptura de códigos,
de ampliación de perspectivas por parte de todos aquellos que
consideran imprescindible una "reestructuración orgánica de la
sociedad" (Martín Buber).
En dicho concepto confluyen los planteamientos teóricos
espontaneístas y anti-partidistas de la izquierda no marxista y
del marxismo heterodoxo (Luxemburgo, Korsch, Pannekoek,
Castoriadis, Lefebvre, la Internacional Situacionista, etc.) así
como las experiencias históricas producidas durante los años
cincuenta y sesenta de "desbordamiento" de las autoproclamadas
vanguardias revolucionarias tanto por parte del movimiento obrero
tradicional como de sectores cada vez más alejados del mismo.
Tampoco es ajeno como concepto a los fenómenos de organización
social producidos durante estos años principalmente en torno a
la guerra de Vietnam y a los conflictos raciales en los Estados
Unidos, donde el poco arraigo del comunismo al estilo europeo
propició la aparición de movimientos de contestación más
pragmáticos y descentralizados, e incluso "despolitizados", muy
acordes con las formas tradicionales de asociacionismo
anglosajón.
Todo este cúmulo de fenómenos, unido al incuestionable anhelo de
una teoría global de la historia y la sociedad, ante la paulatina
pérdida de potencia del marxismo como herramienta capaz de
cumplir esa función, es lo que lleva a la sociología política de
izquierdas europea a acuñar el término de "movimientos sociales",
con el que se busca englobar toda una plétora de fenómenos de muy
diversa índole.
La aparición del término puede interpretarse así como un intento
de "aggiornamento" del modelo de interpretación de la sociedad
y de los fenómenos de transformación social que ha regido todos
los planteamientos teóricos desde la consolidación del socialismo
"científico" a partir de la Segunda Internacional. En este
sentido, el concepto sería el heredero directo del concepto de
"movimiento obrero" y su implantación no buscaría sino preservar
desde el punto de vista teórico dos paradigmas consustanciales
a dicho modelo interpretativo:
Sin embargo, y paradójicamente, parece que esta misma ambigüedad
es la que ha permitido alimentar la esperanza en un nuevo sujeto
de transformación, por mucho que el juego de muñecas rusas en que
se convierte el análisis de la realidad a partir de la
perspectiva de los movimientos sociales, complique enormemente
la elaboración de la anhelada teoría global.
En cualquier caso, lo que sí parecía medianamente claro durante
los años setenta desde el punto de vista político, era la
estrategia a adoptar ante aquella reestructuración aparentemente
nueva de la dinámica social: Para los partidos de la izquierda
parlamentaria, que ya habían asumido el concepto, los movimientos
sociales podían convertirse en fuente de votantes, asumiendo
algunas de sus reivindicaciones básicas, aunque fuera únicamente
sobre el papel. Para los partidos y organizaciones
extraparlamentarias eran principalmente foros en los que había
que "intervenir", concebidos como canteras que habrían de
proveerles de militantes fogueados en la lucha social.
Por otra parte, el concepto de movimientos sociales, impregnado
de matices libertarios, de resonancias de "espontaneidad
revolucionaria" y acción directa, permitía alimentar las
esperanzas "insurreccionales" del anarquismo. Y a este respecto,
no cabe duda que la propia historia parecía dar razón a los
planteamientos más organicistas que mecanicistas del movimiento
libertario, que ya en su mismo nombre revelaba una vocación
globalizadora de todos los demás movimientos, heredera de los
planteamientos de los "socialistas utópicos" y de la Primera
Internacional. Este conjunto de ideas, muchas de las cuales se
han ido generalizando posteriormente, podrían haber jugado un
papel aglutinador y vivificador en un momento clave como fueron
los años setenta y principios de los ochenta, pero los aspectos
más dogmáticos y mesiánicos del anarquismo como ideología
impidieron que cumpliera plenamente esa función.
Durante estos años de crisis económica se produce en Europa una
auténtica eclosión de fenómenos sociales que parecen confirmar
las esperanzas en la existencia de un conglomerado de movimientos
que, con una dinámica común, podrían tomar el relevo del
movimiento obrero como "sujeto revolucionario". Proliferan las
respuestas colectivas, organizadas y no organizadas, los foros
de debate, los medios de expresión, las agrupaciones de toda
índole...
La fulgurante consolidación del movimiento verde en Alemania
supone el culmen de estas esperanzas. La fuerza arrolladora de
esta formación ejerce sobre la izquierda europea una fascinación
no exenta de cierta perplejidad: el movimiento verde alemán, en
su dinámica, parece dar la razón a todas y a ninguna de las
corrientes que en aquel momento participan en el debate de la
izquierda europea; su presencia se hace patente al mismo tiempo
en la calle y en el parlamento, es electoralista y asambleísta,
anticapitalista e interclasista, toma sus ideas indistintamente
del marxismo, del anarquismo, del humanismo y del cristianismo,
pone sobre el tapete como cuestión primordial las relaciones
Norte-Sur e incorpora a su discurso teórico una plétora de
conocimientos científicos al socaire de la visión ecológica de
la realidad, aportando una nueva dimensión al debate ideológico.
No está de más recordar que este fenómeno social se produce en
un país en el que la oposición armada al estado, como expresión
máxima de la estrategia de una "vanguardia" separada del cuerpo
social, ha demostrado su futilidad. No cabe duda de que la
experiencia del movimiento verde alemán es de las de mayor
madurez y alcance político dentro de esta segunda mitad de siglo,
y aún tiene mucho que aportar como tal experiencia, pero el
desarrollo posterior de la misma no hace sino confirmar el
callejón sin salida con el que se enfrenta una parte de la
izquierda europea.
Simultáneamente a la consolidación del movimiento verde alemán,
las movilizaciones en el resto de Europa proliferan y adoptan los
aspectos más diversos: la experiencia de "Solidaridad" en Polonia
parece apuntar hacia una salida "progresista" para los países del
bloque oriental. Sin embargo, el papel de la Iglesia Católica en
dicha experiencia revela ya que no se pueden aplicar de forma
simplista los mismos esquemas que al otro lado del "telón de
acero"; los movimientos nacionalistas europeos se separan cada
vez más de los planteamientos socialistas que habían abrazado
durante un par de décadas, y adquieren ribetes cada vez más
autoritarios y estatalistas, confiando cada vez más en la lucha
armada como instrumento político; y, dentro de otro orden de
cosas, proliferan las sectas de todo tipo, e incluso algunos
equipos de fútbol y grupos de música parecen aglutinar en torno
suyo a muchos más seguidores que cualquier reivindicación social.
En el Sur, mientras tanto, el panorama está cada vez menos claro.
En aquellos países donde no son las dictaduras las que restringen
las posibilidades de participación social, es la miseria la que
reduce a una lucha desesperada por la subsistencia a amplios
sectores de la sociedad. En estas sociedades profundamente
dualizadas y desgarradas, no queda mucho espacio para los
movimientos sociales en el sentido que se le da en el Norte al
término. Aún así, a principios de los años ochenta, es en el Sur
donde se van produciendo muchas de las experiencias más
renovadoras de resistencia y participación social, muchas de
ellas relacionadas, y no accidentalmente, con aspectos
ecológicos: el movimiento de mujeres Chipko de la India, la lucha
de los seringueiros de Brasil, etc.
Sin embargo, es la aparición del movimiento integrista islámico,
que había de conducir al triunfo de la revolución iraní contra
el Sha y extenderse como un reguero ideológico por todo el mundo
árabe a principios de la pasada década, el fenómeno que más iba
a hacer tambalearse muchos de los conceptos esgrimidos por la
izquierda occidental. El primero de ellos, naturalmente, el de
movimientos sociales. Este movimiento parecía no encajar dentro
de ninguna de las categorías taxonómicas existentes y puso en
evidencia que la denominada izquierda no escapaba ni mucho menos
al discurso etnocentrista imperante en el Norte.
En un esfuerzo por evitar su colapso definitivo, se multiplican
las categorizaciones, se buscan las pautas y criterios para
distinguir los movimientos sociales progresistas de los que no
lo son y se aplican con ahínco el microscopio y el bisturí a la
realidad social a la búsqueda del "sujeto de la transformación
social" perdido. Mientras tanto, el capitalismo se ha recuperado,
a expensas del Tercer Mundo, y sus exégetas, que han conseguido
cambiarle el nombre por el de "economía de mercado", se alborozan
ante el inminente "fin de las ideologías". Los adalides de la
izquierda "desencantada" se unen al coro y contribuyen al mismo
con un remedo de pensamiento, construído aceleradamente a base
de materiales de desecho, la denominada filosofía posmoderna.
Este alborozo es más bien fugaz y, en menos de una década, hasta
los más vocingleros de entonces niegan haber sido partícipes del
mismo.
A partir de 1989, con el aplastamiento del contradictorio
movimiento estudiantil chino en la plaza de Tiannamen, el
vertiginoso desmoronamiento del bloque socialista y, sobre todo,
la Guerra del Petróleo, se va produciendo la paulatina y
definitiva quiebra de muchas de las certidumbres teóricas de la
izquierda occidental. Las luchas intertribales en Sudáfrica, las
organizaciones guerrilleras como Sendero Luminoso o el ejército
de Charles Taylor echan por tierra muchas de las concepciones más
simplistas de los procesos de transformación social en el Sur;
lo mismo ocurre con las sangrientas guerras civiles en la antigua
Yugoslavia y la antigua Unión Soviética con respecto a las
elucubraciones teóricas de los setenta sobre los movimientos
nacionalistas; y así podrían seguir multiplicándose los ejemplos
de procesos sociales que hacen palpable la insuficiencia de las
herramientas hasta ahora utilizadas para analizar la realidad
social por quienes pretendían transformarla.
Uno de los rasgos más representativos de esta "lectura" del mundo
es la hipertrofia de una forma de conocimiento basada en el
desmenuzamiento de la realidad. Detrás de esta concepción se
halla otro de los paradigmas fundamentales del pensamiento
occidental, junto con la ley de la casualidad: el todo es igual
a la suma de las partes. Esta proposición es causa de un
estallido del conocimiento, y de una acelerada fragmentación y
atomización del mismo en infinidad de parcelas especializadas,
de disciplinas, cada una de ellas generadora de un lenguaje
cerrado y, sin embargo, cada una de ellas con pretensiones de
globalidad.
Éste es un proceso del que no se ha librado, ni mucho menos, la
izquierda a la hora de interpretar lo social y ofrecer propuestas
para su transformación. A medida que se iba institucionalizando
de una forma u otra, ya fuera configurándose en organizaciones
políticas, entrando a formar parte del poder o constituyéndose
en poder, el pensamiento emancipador ha ido estrechando sus
perspectivas y desprendiéndose de todo un bagaje rico y creativo
de formas de ver el mundo que le eran consustanciales. Dichas
formas de ver el mundo, de interpretarlo y de transformarlo han
ido a su vez cristalizando en otros pensamientos y lenguajes
cerrados.
La sociología de izquierdas se ha centrado en aquellos fenómenos
que pueden generar "movimiento" en el plano de lo social, es
decir, aquellos fenómenos perceptibles a corto plazo, mensurables
de alguna forma, reductibles a algún esquema de representación
política, descuidando todos aquellos que se refieren a la mente
o al individuo, a los terrenos del placer y el deseo, de los
sueños y de la muerte, del dolor y el miedo. Después de setenta
años, la izquierda aún no ha sabido incorporar a su práctica los
ingentes conocimientos que ya se poseen sobre el funcionamiento
de la mente y sobre el "imaginario social" (Cornelius
Castoriadis).
Desde este punto de vista, el fracaso evidente de los procesos
emancipadores globales ya no se leería únicamente como el
producto de una batalla desigual entre fuerzas contrapuestas (en
este sentido, es interesante recordar lo impregnado de
vocabulario bélico que ha estado siempre el lenguaje emancipador:
vanguardia, estrategia, lucha...), sino también como el resultado
de la incapacidad por parte de los sectores que se han erigido
en representantes de las mayorías sociales tanto de saber
proveerse de instrumentos de conocimiento adecuados como de
conectar con las pulsiones y las inquietudes más profundas del
ser humano. En definitiva, los planteamientos predominantes que
consideraban la transformación social como solamente una cuestión
de cambio de poder o de mejor distribución de la riqueza han
hecho que la izquierda se haya visto arrastrada en la debacle del
pensamiento occidental. De alguna manera, estaba defendiendo la
misma forma de ver el mundo que había dado lugar al modelo de
poder y de distribución de la riqueza al que decía combatir.
A pesar de la fragmentación dominante, el pensamiento "abierto"
no ha desaparecido, y se ha ido generando en las periferias de
esas mismas disciplinas e ideologías cerradas, en los márgenes
y flecos del tejido supuestamente bien urdido de las mismas,
dando lugar a nuevas perspectivas.
La salida a la perplejidad, a la situación de bloqueo mental en
que se encuentra el pensamiento occidental ante la explosicón de
la realidad en toda su complejidad, no está, pues, en elaborar
una nueva teoría global, omnicomprensiva, que incorpore mediante
las correspondientes etiquetas todos los nuevos fenómenos y que
gener, en suma, un nuevo lenguaje cerrado y tautológico. Por el
contrario, se cifra en la superación de dichos lenguajes cerrados
desde dentro de ellos mismos, saltándoles las costuras, haciendo
hincapié en lo que los relaciona, no en lo que los separa. Para
hacer frente a la complejidad, no se pueden usar instrumentos
simplificadores, sino que hay que aplicar múltiples instrumentos
simultáneamente. La clave ya no está en los aspectos parciales
de la realidad que cada uno de esos instrumentos nos revela, sino
en las relaciones entre esos aspectos parciales, y es de esa
cambiante red de relaciones de donde puede surgir una visión más
global.
Para expresarlo por medio de dos proposiciones complementarias,
hay que ser conscientes al mismo tiempo de que "el mapa no es el
territorio" (Alfred Korzybski; o, tal como lo expresa Gregory
Bateson: "el nombre no es la cosa designada") y de que "el medio
es el mensaje" (Marshall, McLuchan). Se trata, por tanto, de usar
muchos mapas, teniendo en cuenta a la vez que los mapas
constituyen en sí mismos nuevas realidades parciales.
En esta última parte, se consideran los movimientos sociales
desde la otra perspectiva, como un conjunto de fenómenos sociales
heterogéneos, para tratar de dilucidar qué nuevos puntos de vista
nos ofrecen de cara al objetivo de entender y transformar la
sociedad.
En este sentido, quizás sea más revelador considerar estos
fenómenos desde la perspectiva de las "ideas-fuerza" y de los
"conflictos" o "vacíos" que los han generado.
Así pues, más que hablar del movimiento ecologista, el movimiento
feminista o el movimiento pacifista, por nombrar los tres que
suelen agruparse como pertenecientes a una misma "familia",
habría que referirse a las ideas-fuerza que han guiado el
conjunto variopinto de manifestaciones (formaciones políticas,
obras literarias y artísticas, movilizaciones puntuales,
instituciones, actitudes individuales, etc) que se engloban en
cada caso bajo la etiqueta de "movimiento": la "igualdad entre
el hombre y la mujer", la "igualdad entre las razas", la "armonía
del hombre con la naturaleza", el "rechazo de la violencia". Hay
otras ideas-fuerza, como la "necesidad de pertenencia del
individuo a un ente colectivo", o el "anhelo de trascendencia"
cuyas manifestaciones se solapan a menudo y, en general, son
mucho más heterogéneas. Tanto los nacionalismos como los
movimientos religiosos pueden interpretarse desde esta
perspectiva.
En el caso de los grandes movimientos globales, su carácter
ideológico permite también interpretarlos desde el punto de vista
de las ideas-fuerza que los conforman: "propiedad colectiva de
las riquezas", "oposición a toda forma de poder constituido", "el
amor como fuerza transformadora"; y también: "la autoridad como
principio máximo", "la superioridad racial", etcétera. Toda idea-fuerza genera su contraria y, en determinados momentos
históricos, son éstas las que han producido expresiones sociales
de mayor envergadura.
Estas ideas-fuerzas pertenecen a categorías y niveles de la
realidad diferentes y, por tanto, la comprensión de los fenómenos
sociales asociados a las mismas requiere el uso de instrumentos
de conocimientos diversos. La riqueza de solapes, impregnaciones
e interpenetraciones que se producen entre las mismas no es sino
una manifestaicón de la complejidad de relaciones entre la
naturaleza, la sociedad y la mente.
En el campo de lo político, la aparición de movimientos autónomos
asociados a muchas de estas ideas no indica sino el abandono o
la ignorancia de las mismas por parte de las formas organizativas
tradicionales de "lo político", que no las incorporan sino a
partir del momento en que pueden servir a los intereses propios
de dichas formas organizativas, y siempre convenientemente
codificadas para adecuarlas a las reglas del juego político.
Hay otro conjunto de fenómenos que suelen englobarse también bajo
la etiqueta de movimientos sociales y que no responden a ideas-fuerza, sino a conflictos y vacíos en áreas específicas de la
realidad, ya sea la del espacio físico (movimiento ciudadano,
movimiento "okupa") o la de la actividad productiva (movimiento
obrero, estudiantil, campesino...), en cuya expresión social
pueden intervenir o no cualquiera de las ideas-fuerza. Dentro de
este conjunto de fenómenos se podrían incluir también todos
aquellos que se producen dentro del área difusa de lo
"espectacular" en relación con el entorno urbano (tribus urbanas,
"hooligans", fans, etc), en los cuales confluyen tanto la
"necesidad de pertenencia a un ente colectivo" como el vacío de
cultura participativa en las grandes metrópolis.
Considerados bajo este enfoque los movimientos sociales, se hacen
patentes dos conclusiones:
Lo que sí se han producido son separaciones y divergencias entre
ideas-fuerza que, en determinado momento, han estado unidas o
cercanas. Un ejemplo de esto es la divergencia que produjo entre
las corrientes dominantes "socialistas" y los planteamientos
"proto-ecologistas", que en un principio habían confluido en las
propuestas del mal llamado socialismo primitivo o utópico,
algunas de cuyas soluciones sólo hoy comienzan a ser consideradas
en toda su importancia.
Con respecto a los movimientos generados en torno a conflictos,
la constatación de que, con la aparición de nuevos problemas y
nuevas actividades sociales, se generan movimientos "nuevos" es
equivalente a la afirmación de que cada nuevo sector social que
aparece trata siempre de mejorar sus condiciones de vida dentro
del modelo productivo, dotándose para ello de los instrumentos
que tiene a su alcance, sean nuevos o no. En ese sentido, está
clara la aparición de nuevos movimientos en el Sur producidos al
socaire de una división internacional del trabajo al servicio de
la "economía-mundo", que genera un "nuevo" tipo de super-explotación y una aguda degradación ecológica.
Con respecto a los movimientos generados en torno a conflictos por sectores específicos de la sociedad, la historia ha demostrado que las expectativas de Marx con respecto al papel que había de cumplir el proletariado como motor de la transformación social, realizadas en base a una trasposición mecanicista del papel que había cumplido la burguesía, estaban basadas en una visión de la realidad firmemente atada al espíritu de su época, una visión que había pasado por alto demasiados aspectos de crucial importancia. Ya hemos visto cómo la trasposición de este concepto de "sujeto de la transformación social" al campo de los movimientos sociales no ha contribuido sino a incrementar la perplejidad.
Una perspectiva como ésta de los fenómenos sociales nos permite
entender de una forma diferente la tarea de la transformación
social. Ya no se trata tanto de detectar cuál es el fenómeno, la
idea o el sector social que "posee" la capacidad de
transformación de lo social, sino de llevar a cabo un proceso de
"elección continua" individual y colectiva entre aquellas
manifestaciones de lo social que más corresponden a nuestros
anhelos de transformación social, contribuyendo a su extensión
con toda la gama de instrumentos disponibles.
Desde este enfoque global vamos a contemplar ahora ese conjunto
vivo y cambiante de fenómenos heterogéneos que se han venido en
llamar movimientos sociales, nuevos o no, para tratar de buscar
en ellos aquellos síntomas, claves y criterios comunes, que han
aflorado en el pensamiento y la práctica social al margen de los
cauces institucionalizados, "eligiendo" los que más responden a
la visión de la transformación social descrita en estas
reflexiones.
La que antecede es sólo una lectura incompleta y conscientemente
parcial (política, por tanto) del conjunto de aportaciones de ese
conjunto de fenómenos sociales en el que se han centrado estas
reflexiones.
La tarea a la que se enfrentan las llamadas ciencias sociales es
la de ampliar sus vías de diálogo entre sí y con las demás
ciencias y formas de conocimiento, y ofrecer nuevas herramientas
para descubrir tanto en la historia como en la realidad social
aquellos aspectos que contribuyan a una visión más rica del magma
social, en la convicción de que la difusión libre del pensamiento
y el conocimiento es la vacuna más segura contra los peligros de
la degradación del entorno social y físico y el triunfo de las
muy reales fuerzas oscuras.
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Guattari, Félix (1989): Les trois écologies (Editions Galilée,
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Gunder Frank, André y Fuentes, Marta (1988): Diez Tesis sobre los
movimientos sociales ("Alfoz" n. 54-55, Madrid)
Martínez Alier, Joan (1988-1991): De la economía ecológica al
ecologismo popular (Icaria, Barcelona, 1992)
Mestier, Albert (1971): Participación social y cambio social (Monte
Ávila Editores, Caracas/Venezuela)
Fecha de referencia: 30-11-1997
| Boletín CF+S > 3 -- Especial sobre PARTICIPACIÓN SOCIAL > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n3/acver.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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