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Boletín CF+S > 3 -- Especial sobre PARTICIPACIÓN SOCIAL > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n3/a2jalg.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Otros movimientos sociales para otro modelo participativo y otra democracia


Concha Denche y Julio Alguacil
Sociólogos

Lo que queda al margen del sistema formal está destinado a volver continuamente, a plantearse como problema. De nosotros depende no tratar como "irracional" todo lo que no es "calculable".

Pietro Barcellona
"Postmodernidad y Comunidad"

Adentrarse, una vez más, en la reflexión sobre la participación, la democracia y los movimientos sociales, conlleva siempre una notable dosis de incertidumbre, ya que nunca se tiene la certeza de rebasar el umbral del tedio, de lo ocioso, en la medida que a ese respecto se ha dicho ya casi todo aunque todos los indicios señalan en la dirección de que aún queda mucho por decir.

Cabe suponer entonces, en buena lógica, que la génesis del problema radica precisamente en ese desajuste definitorio de una práctica de mucho decir y poco hacer. Reinventar lo inventado (que no agotado) lleva en sí mismo un desafío: incidir en el tema desvelando códigos y claves, de esa tarea digna de una Penélope próxima y cotidiana que teje incesante sus urdimbres de vínculos, referentes, contextos y comportamientos sociales.

La participación, concepto manido como pocos, suele entenderse como un ornato, una formalidad, que antes expresa declaraciones de intenciones, que alude a puesta en marcha de procesos transversales acerca de la sociabilidad, que penetra las comunidades de parte a parte.

Por ello resulta obligado afirmar de la participación que es una semántica (dice del quehacer social y comunitario) y una pragmática (plasma formas de hacer) configurante de aquella secuencia en que a cada certeza le sigue un interrogante, lo que viene a situarnos en el epicentro de una historia interminable.



La participación ¿una entelequia?


Es este un concepto de uso (¿quizás abuso?) corriente que se ha ido vaciando de contenido, pasando a convertirse en una asignatura pendiente en nuestro sistema democrático, ya que si bien se ha reconocido y legislado (se ha legalizado su acción pero no se ha legitimado su práctica), la evidencia muestra la insuficiencia de un procedimiento que se cercena al no haber desarrollado apenas, los mecanismos y soportes materiales para que se hagan efectivos los procesos de participación.

Hay muy variadas formas de entender la participación, dependiendo del lugar que se ocupe respecto a la gestión de la ciudad, y por supuesto, de otros aspectos más ideológicos y subjetivos.

Puede hablarse con toda propiedad de un corolario de comprensiones del hecho participativo:


Ello compone un eje de desencuentro que contribuye a desvirtuar el que debiera ser un eficaz mecanismo de intermediación y dinamización social.

La participación en el contexto de una sociedad profundamente hilemórfica, que separa nítidamente los procesos de ejecución de los de decisión, resulta un instrumento bivalente que igualmente actúa como eficaz mecanismo de integración, como adquiere visos de útil modificador de pautas sociales y políticas.

Sirve precisamente por su vigencia, la definición acuñada por Christopher Alexander respecto a la participación, a la que designa como "cualquier tipo de proceso a través del cual los usuarios ayudan a diseñar su medio ambiente".

Descomponiendo el término Participación, puede hallarse una doble articulación de significados: ser-partícipe-de y tomar-parte-en. Ambos delimitan y componen un mecanismo de precisión (no siempre sincronizado y perceptible).

En la primera acepción tendremos:

Ser-partícipe-de: Recibir atención/prestación
Disponer de un servicio.

En clara alusión a mecanismo de integración.

En el segundo caso:

Tomar-parte-en: Capacidad colectiva para promover iniciativas
dinamizadoras de la vida social.

Que refiere el aspecto de profundización de la práctica participativa.

Rechazando cualquier reduccionismo simplista, encontraremos que la implicación y reconocimiento vecinal o ciudadano en las instituciones y canales habilitados para encauzar la vida social y política, alude al nivel de satisfacción de la demanda cotidiana: Ser perceptor de un servicio adecuado para el vecino-usuario, que de este modo se siente inmerso en un engranaje, acercar gestión al ciudadano, ha de medirse en pie de igualdad con la disposición o capacidad grupal para promover iniciativas que incorporar al discurrir del universo social, en una multiplicidad de procesos que tienden a permeabilizarlo.

La participación en su vertiente más integradora (funcionalismo tecnocrático) circunscribe su significado al referente del consenso ficticio, de cuya consecuencia resulta un repliegue a los requerimientos de la acción política institucional (disolución del conflicto). Si por el contrario se circunscribe al referente de la efectiva exclusión de los circuitos y servicios que la administración del poder debe procurar a los administrados, hallaremos una dimensión en absoluto desdeñable: aquella que insta a procurar servicios y materializar derechos, aspiración legítima y no consumada para amplios segmentos de la ciudadanía.

Esta noción referida a los ciudadanos ha de ser incorporada de pleno derecho, ya que sólo la inmersión en el mecanismo socio-comunitario se revela como excelente antídoto contra olvidos y exclusiones institucionales, sobre cuyo descrédito se propician actitudes y tentaciones populistas redentoras.

La práctica participativa que auna estas dos visiones, conlleva un carácter integral, que no solo rebaja prevalencias (valora cada una de ellas en su importancia) sino que se orienta a igualar instancias que hasta hoy han hecho de su diferenciación y tratamiento un punto definitorio (funcionarización de los servicios y recelos de las iniciativas).

La participación en sentido integral expresa tanto inducción de contenidos, como establecimiento de gradientes participativos acorde a una panoplia de posibilidades, que ha de tener en cuenta las coordenadas de los movimientos sociales, sus necesidades y los referentes implícitos. Antes que hablar de relevancias habría que hacer mención a la complementación que subyace en los diferentes umbrales participativos. Se constata en efecto, la existencia de distintos gradientes y disposiciones en la participación que irían en un amplio abanico desde ser el receptor de un servicio, hasta la incorporación voluntaria en temas de gestión compartida con las instituciones.

La participación es dinámica en sí misma, e invita a abordar las reglas de su propia dinamicidad, optimizando así recursos humanos, disposiciones y posibilidades de intervención en una secuencia que se proyecta hacia el futuro.

Si la participación se concreta hasta aparecer como un mecanismo con entidad de tal, sugerente catalizador de la realidad social, huelga preguntar ¿participar para qué?. Lo sustantivo será entonces el ejercicio práctico de profundización democrática y la plasmación de un socializador colectivo que no se circunscribe únicamente al conflicto con la administración.

Participar es un término polisémico que auna significados:


En el contexto actual enunciar participación supone instalarse en la dimensión de una triple confluencia que articula la réplica a la visión de irrupción/invitación: descentralización + capacidad de gestión + capacidad de decisión.

Ahora bien, si partimos de contextos previos habría que decir que persiste una cierta desconexión entre lo institucional y los grupos animadores ciudadanos, así como una desconexión entre éstos y los sectores activos vecinales. Se han perdido referentes en un proceso histórico de rápidos cambios sociales y políticos, que en gran medida se han traducido en una, también, pérdida de la cultura participativa en las ciudades y no porque no se quiera participar, sino que muchas veces los ciudadanos ya no saben cómo canalizar sus aspiraciones e inquietudes, manifestando persistentes su impotencia y desconfianza respecto a las ofertas institucionales y también de las asociativas. Se hace necesario, por tanto, redescubrir nuevos retos y potencialidades si no queremos acrecentar las distancias entre dirigentes y ciudadanos.



La adaptación de los movimientos sociales a los contextos cambiantes


Independientemente de los modelos y contextos que mediatizan las formas y contenidos de los movimientos sociales, nos interesa en primer lugar y especialmente, acotarlos, pensando en redes y en tejidos. Los MM. SS. son diversos por muy distintos motivos (contenidos, temáticas, objetivos, formas organizativas, actitudes, intensidad y extensidad del movimiento etc.), pero sólo los consideramos como tales movimientos cuando se hace consustancial lo formal y lo informal, lo irracional y lo racional, lo medible y lo inmensurable.

No podemos confundir, como se hace en ocasiones, el asociacionismo y los movimientos sociales, no son lo mismo. Una asociación puede encontrarse autoaislada en su contexto social, por impotencia o por vocación. Mientras que un movimiento social es tal porque es un sistema de comunicación en acción, es decir, porque establece una fluidez de mensajes a través de una estructura de red, donde distintos grupos formales en consonancia hacen la vez de nudos de conexión, de salida y de entrada de información que se derivan en actitudes y se resuelven en momentos álgidos de movilización y/o en procesos de desarrollo comunitario.

Así, un movimiento social se proyecta en un "conjunto de acción" en determinados momentos y ciclos contextuales en el que la comunicación ("dar forma a", el "informar-informarse de", confusión entre el receptor y el emisor) fluye horizontalmente y verticalmente en una estructura de niveles de conciencia.



Grupo formal 1 -------------> Grupo formal 2 ------------> Grupo formal n
Sectores Activos -----------> Sectores Activos ----------> Sectores Activos
Base Social ----------------> Base Social ---------------> Base Social


Una estructura del tejido social [1] caracterizada por la fluidez comunicacional puede ser mediatizada por los contextos sociales y económicos, y por tanto, deben adaptarse muy rápidamente a los cambios sociales para mantener una condición de potencia, de conexión y confusión entre los distintos niveles de conciencia. Así desde una lectura histórica algunos autores [2] apuntan un comportamiento cíclico de los movimientos sociales "se debilitan en número y poder durante los períodos de auge económico y reavivan durante períodos de recesión económica". Ese debilitamiento o reavivamiento no son sino procesos de rupturas y desconexiones en las propias estructuras del tejido social imbuidas, en nuestro sistema social, por unos rápidos cambios contextuales que han provocado una acumulación de inadecuaciones para el conflicto, pero que también sugieren adaptaciones de los movimientos sociales a nuevas problemáticas encaminándose hacia otros modelos de participación social.

Haciendo un breve repaso por el rápido proceso evolutivo podemos comprobar como en apenas dos décadas se han sucedido distintos escenarios sociales, que han procurado distintos modelos participativos y contenidos de los movimientos sociales. Ello ha procurado en ese período una pérdida de referentes, pero también posibilita una rica reflexión sobre las experiencias de los movimientos sociales y sobre los nuevos retos que les esperan y deben afrontar.

En un primer período predemocrático (hasta 1977) los movimientos sociales irrumpen en el escenario político de forma ofensiva y virulenta, con un fuerte contenido ofensivo y político- reivindicativo dirigido a satisfacer necesidades y déficits urbanos de corte material, en un contexto de aguda crisis urbana. Hay unas experiencias muy significativas (lucha por la vivienda, equipamientos, servicios, etc.) y un desarrollo pedagógico en el participar ciudadano que se desaprovecha en períodos posteriores.

Posteriormente el desenvolvimiento en un marco democrático ofrece un nuevo marco legal que canaliza y reglamenta la participación. Se produce un traspase de líderes ciudadanos hacia las instituciones (aparatos de partidos y administraciones) y se generan expectativas ficticias, que van derivando hacia una pérdida de referentes y sentidos a la propia existencia de las iniciativas ciudadanas. Ello se retroalimenta en el propio proceso de crisis económica que provoca el inicio de una profunda polarización social y una descomposición de los movimientos urbanos tradicionales.

Sin haber superado todos los elementos que venían a definir la crisis urbana y económica aparecen nuevos aspectos acumulativos que vienen a definir una crisis en cascada sin precedentes: Crisis urbana, crisis económica, social y ecológica de la ciudad que viene a crear nuevas condiciones. El estancamiento del modelo reivindicativo y la emergencia de modelos autovalorativos, se manifiesta más claramente en las dificultades generacionales y desconexión entre los intereses y valores de los más jóvenes y las ofertas institucionales y asociativas de corte tradicional u oficialista.

Frente a la descomposición de los movimientos sociales y el tejido asociativo tradicional, se contrapone en la etapa de repliegue de aquellos, una nueva etapa de fraccionamiento y dispersión con criterios más espontaneístas y localistas. En la actual coyuntura la atomización que prometía una reformulación, parece que imposibilita la articulación de una respuesta a la crisis civilizatoria que supere la obsolescencia de la oposición derecha/izquierda.

Superar las nuevas dificultades significa afrontar nuevos retos que vayan más allá de las prácticas de la confrontación social, pero que sobre todo, superen las prácticas que se derivan del modelo de participación por invitación: en un hacer de los movimientos sociales convidados de piedra en las instituciones. Ambas estrategias hoy pueden ser producto o motivo de frustraciones sociales que retroalimentan la propia desvertebración social y la devaluación del sistema democrático. Por otro lado, la fragmentación de la estructura social favorece el surgimiento de sentimientos de victimación y vulnerabilidad social que bien se pueden materializar en movimientos populistas e insolidarios.



CONTEXTOS DE CRISIS MODELOS DE PARTICIPACION CONTENIDOS Y ACTITUDES ESTRUCTURA SOCIAL ESTRUCTURA DEL TEJIDO SOCIAL (*)
Crisis Urbana Participación por irrupción Reivindicativ o ofensivo Contradicción fundamental: capital trabajo Conexión entre GF y SA
Crisis económica Participación por invitación Repliegue defensivo El ascenso y modelo emergente de las clases medias Conexión entre GF y administración desconexión de los GF de los SA
Crisis social Desencanto y Recomposición Resistencia defensiva Polarización social Cierta desconexión entre los SA y la BP
Crisis ecologíca acumulació n en una crisis civilizato ria Participación por cogestión y alter-acción Autovaloració n atomizada por sectores Fragmentación Multiplicidad de redes sociales por sectores

(*)
TEJIDO SOCIAL INFORMAL
TEJIDO SOCIAL FORMAL
SECTORES ACTIVOS
+++++++++++++++++++
GRUPOS ANIMADORES
+
+
+
+
+
+
+
+
BASE POTENCIAL
GRUPOS FUNCIONALES


+++++++++ Conexiones o desconexiones entre los distintos niveles de conciencia según contextos.





Los movimientos sociales como paradigma en otra democracia


En la presente situación los proyectos políticos van perdiendo su carácter transformador-moralizador de la vida pública social y se revisten como comportamiento proveedor un acomodado modus vivendi, una escapatoria personal a una realidad a la que no se dan posibilidades de cambios profundos. Ello se traduce en una saturación de lo político, (que deja de ser percibido como desembocadura de lo social) en una crisis de los valores democráticos que deviene de una desconfianza y alejamiento de los ciudadanos de todo lo que lleva la etiqueta de institucional e instituido. Lo que remite a un replanteamiento, en un sentido de fortalecimiento, de los movimientos sociales como potenciales mediadores sociales entre un Estado éticamente "débil" y una base social cada vez más victimizada.

La devaluación del sistema democrático en un contexto de valores postmodernos, pasa por la reinvención de la vertebración del tejido social. En la postmodernidad lejos de perderse, la sociabilidad persiste [3], y se desarrolla una grupalidad relacional que se hace exclusiva, y que por tanto parece superar el concepto de clases social o bloque social con pretensiones de transformar lo global, para incidir más en transformaciones parciales de la vida social, más locales, más temáticas, y por tanto más controlables. Hay pues una persistencia y una dispersión de unas iniciativas "invisibles", de unos estructuras informales que se traduce en unos movimientos sociales atomizados y en cierta medida autoaislados en función de intereses y objetivos sectoriales y temáticos.

Las pequeñas iniciativas autovaloradas en sí mismas, autoaisladas, son también más vulnerables frente al sistema democrático formal que imprime una rigidez normativa que les excluye. "En la democracia liberaldemocrática -dice Pietro Barcellona [4] - está implícita la renuncia a reconocer las contradicciones incompatibles; así como las discontinuidades que impongan la ruptura de la pura equivalencia ..." y son precisamente las iniciativas de los movimientos sociales las que producen de una manera u otra una "discontinuidad" en el orden formal preexistente.

Pero no sólo desde las nuevas condiciones contextuales se pueden vislumbrar las dificultades de desarrollo de los movimientos, sino que también desde ahí se pueden resituar los nuevos retos y potencialidades de los movimientos sociales. Así retomando la propia naturaleza de los movimientos (considerados como portadores de los mecanismos para la superación de la explotación), desde perspectivas y contenidos heterogéneos del concepto de explotación, tal y como desarrolla Jesús Ibañez [5], remiten a nuevos factores que vienen a definir lo que se han dado en llamar viejos y nuevos movimientos sociales:


Desde la reflexión del concepto de explotación se puede explicar la fragmentación de los movimientos como un enriquecimiento complejizado, que en el fondo proviene de una adaptación a las diferentes necesidades y sensibilidades emancipatorias. De alguna forma, ello viene a superar la abstracción de la transformación global indeterminada para pasar a plantearse pequeños espacios de autonomía hiperdeterminados, desde donde tampoco parece posible unificar y consolidar un modelo de alter-acción (capacidad para crear alternativas nuevas dando forma a los conflictos).

No obstante, "partiendo de la premisa de que una sociedad que no quiera precipitarse en la anomia, esto es, en la creciente ausencia de compromiso con las normas y las responsabilidades colectivas, ha de permitir que todas tengan "un espacio en la sociedad" (que también los desempleados, los marginados, y las diversas subclases tengan algo que aportar a cambio de la aceptación de los vínculos sociales)" [6]. Aparece una oportunidad para encontrar o reinventar los espacios de confluencia y solapados de las temáticas particulares, de autoapoyo, donde se rompa el descompromiso entre conflictos, en un sistema que tarde o temprano necesitará de intermediarios sociales con proyectos autónomos capaces de vehícular las aspiraciones sociales. Pero también se deriva de todo ello, la necesidad de intervenir en conjunción en los procedimientos, definiendo y potenciando nuevos modelos participativos de cogestión y de autogestión en un "ser conscientes" que son los movimientos los que tienen que alterar con la acción, dar forma a, construir un tercer sistema.

Desde esos contextos cambiantes ciertamente aparecen nuevos retos y desde ambos se reinventan seudoparadigmas que desde pensamientos globales se concretan en actuaciones de control y autonomía local. Cabe preguntarse si los movimientos sociales tienen capacidad para recrearse como paradigma en si mismos.

En el sistema social puede hoy hablarse de tres sistemas [7] o escenarios que se entrecruzan y que deben contemplarse a la hora de explicar la realidad social:

El sistema del mercado o business donde se trata de producir para conseguir un salario en unos trabajos heterogéneos que tanto por tecnología como por conciencia social, nos sitúan ante el problema de la reducción y distribución del trabajo.

El sistema del Príncipe o escenario convencional del Estado, donde redistribución alude a un sistema representativo basado en la delegación.

El sistema ciudadano o escenario autónomo o alternativo donde organizaciones no gubernamentales tratan de desarrollar sus propias iniciativas en tiempos y espacios disponibles, al mismo tiempo que tratan de controlar que el capital y el Estado reduzcan sus imposiciones oponiendo a la lógica de la sociedad civil.

Este tercer sistema enfrenta la noción de potencia al poder detentado por los otros dos sistemas. Gráficamente lo podemos representar por medio de dos trilogías sobre la Racionalidad Separada y la Racionalidad Integrada [8].

Figura 1: Racionalidad Separada y Racionalidad Integrada.

La alternativa a desarrollar sería más desde la racionalidad integrada (economía -rojo-, ecología -verde-, antropología -morado-) e integral dando la vuelta al esquema.

  1. Eje Sector Privado-Sector Público: En este eje se inscriben iniciativas de economía social, pequeñas estructuras, sectores invisibles, que contraponen lo que J. Galtung [9] ha dado en llamar el sistema Beta (pequeñas iniciativas autogestionadas) y el sistema Alfa (grandes estructuras económicas sin posibilidad de control social).

  2. Eje Sector Público-Sector Comunitario: La profundización de la democracia y los canales de participación, lo que viene a significar una descentralización y deconcentración política efectiva que genere autorresponsabilidades ciudadanas y capacidad de toma de decisiones. Confluencia y equilibrio de la democracia representativa con la democracia directa.

  3. Eje Sector Privado-Sector Comunitario: Democratización del mundo laboral. Desarrollo del cooperativismo. Redistribución del trabajo y de las rentas. El ocio frente al paro.

Pues bien, siendo estos los mimbres se hace preciso empezar a entretejer el cesto de abordar los nuevos retos planteados, en contexto y objetivos para los movimientos sociales.

Hablamos de acción, de reformulación y capacidad de respuesta, o sea, estamos refiriendo mecanismos generadores-inductores de cambio social, de réplica a un sistema, hablamos en definitiva de filosofía, de ética y estética de la transformación como proceso y premisa.

Desde la resituación de conflictos, actores y contenidos, hemos de apostillar los nuevos significados que acotan y definen la redistribución como perspectiva y umbral para la emancipación.
Frente a la comprensión unívoca de redistribución, en sentido económico, referencia de la contradicción capital/trabajo, hay que contraponer una efectiva redistribución del trabajo (socialmente útil y necesario). La referencia de la renta y el plusvalor pasarán a ser una parte del todo, no el todo mismo.

En segundo lugar, redistribución política y cultural, lugar de emergencia del substrato ciudadano, espacio de confluencia de la acción social, los derechos civiles y cualesquiera de las múltiples manifestaciones de lo informal. Alude a desacralización de la instancia política y sus protocolos representativistas, apuntando a la participación como impregnación en el cuerpo social.

En tercer término, redistribución en la dimensión ecológica, lo que hace referencia a liberar el término de su exclusiva connotación economicista. Ligado hasta ahora al campo de la relación/depredación hombre-medio ambiente, se mediatiza su alcance real por criterios de eficacia, rentabilidad y productivismo, haciendo de tal modo que el logro de cotas de progreso se acomete mediante un proceso sistemático de desigualdad y expolio de los recursos.

El campo de lo ecológico constituye un excelente indicador de los límites y costes del progreso concebido en una determinada dirección, expresa un disproducto: lo que se destruye (acaso irreversiblemente) al producir.

Junto a estas líneas de incursión a las que los movimientos sociales no pueden seguir ajenas, le llega el turno a la reformulación del concepto democracia que ha experimentado una universalización espectacular. Espectacular por cuanto el término ha devenido en talismán o patente de corso, un estado o condición bueno en sí mismo a lo que parece, que ha hecho de su bondad su predicamento o a la inversa, previo vaciamiento de su contenido.
Sólo así cabe explicarse su validez en cualquier coordenada (oriente-occidente) y en idénticos términos, o el celo por parte de los detentadores del substrato democrático por imponerlo ya sea mediante invasiones o acciones beligerantes.

Esa noción de la democracia como alternancia y representación resulta la sacralización de un rito, cuyo substrato es el de legitimar un estado de cosas, pero se trata de retomar en el término una práctica, aquella que le da nombre: poder del pueblo o de los ciudadanos, de lo contrario estaremos convirtiendo una aspiración en simple fetiche. Todos estos enunciados se inscriben a su vez en el ámbito de recuperación de la ideología como instrumento emancipador, que sintetiza y expresa aspiraciones de cambio social en base a una interpretación del mundo.

Cuando más se habla del hundimiento de las ideologías, es necesario mostrar la imprecisión de la afirmación: la no- ideología explícita es en sí misma una interpretación del cosmos y el orden social (aunque sea para perpetuar lo existente) y de otro lado, es más exacto hablar de pérdida de la confrontación entre bloques ideológicos (por extinción del que se decía alternativa).

Frente al paradigma ideológico al uso, encontramos para contraponer rigidez y fracaso por un lado y dispersión molecular en la fragmentación por otro, hechos que vienen a plantear la inaplazable tarea de amalgamar una cosmovisión que supere, el inmovilismo de sus enunciados y acuñe desde la dinámica y la relación dialéctica una orientación al paradigma del cambio.

Fecha de referencia: 30-11-1997


1: Referente a la estructura del tejido social y los distintos niveles de conciencia ver: T.R. Villasante, J. Alguacil, C. Denche y otros Retrato de chabolista con piso. Análisis de redes sociales en la Remodelación de Barrios de Madrid (Madrid, Cuadernos de Vivienda. Edit. Alfoz/IVIMA/SGV, 1989)
2: M. Fuentes, A.G. Frank Diez tesis acerca de los movimientos sociales (Rev. Alfoz n. 54/55)
3: M. Maffesoli El tiempo de las tribus (Edit. Karia, 1990)
4: Pietro Barcellona Postmodernidad y Comunidad. El regreso de la vinculación social (Edit. Trotta. Madrid, 1992)
5: Jesús Ibañez [1991] El regreso del Sujeto (Edit. Merinda. Santiago de Chile) .

Considera tres tipos de explotación:

  1. Explotación del medio o contexto o ecosistema por el organismo o texto o sistema (explotación de la naturaleza por el hombre.
  2. Explotación transitiva de unas por otras partes del organismo o texto o sistema (explotación del hombre por el hombre).
  3. Explotación reflexiva del organismo o texto o sistema por sí mismo (autoexplotación).

6: Pietro Barcellona. Ibidem pág. 133, 1992.
7: Entre otros autores Marc Nerfin Ni Príncipe, ni Mercader, Ciudadano: Una introducción al Tercer Sistema. (Rev. Socialismo y participación n. 41)
8: En el sentido que propone T. R.-Villasante [1985] Espacio, cotidianeidad, saber y poder (Rev. Alfoz n. 21/22, 1985)
9: J. Galtung El desarrollo, el medio ambiente y la tecnología. Hacia una tecnología autonómica (UNCTAD y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente)

Boletín CF+S > 3 -- Especial sobre PARTICIPACIÓN SOCIAL > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n3/a2jalg.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
 
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