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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Lo que queda al margen del sistema formal está destinado a volver
continuamente, a plantearse como problema. De nosotros depende
no tratar como "irracional" todo lo que no es "calculable".
Pietro Barcellona
"Postmodernidad y Comunidad"
Adentrarse, una vez más, en la reflexión sobre la participación,
la democracia y los movimientos sociales, conlleva siempre una
notable dosis de incertidumbre, ya que nunca se tiene la certeza
de rebasar el umbral del tedio, de lo ocioso, en la medida que
a ese respecto se ha dicho ya casi todo aunque todos los indicios
señalan en la dirección de que aún queda mucho por decir.
Cabe suponer entonces, en buena lógica, que la génesis del
problema radica precisamente en ese desajuste definitorio de una
práctica de mucho decir y poco hacer. Reinventar lo inventado
(que no agotado) lleva en sí mismo un desafío: incidir en el tema
desvelando códigos y claves, de esa tarea digna de una Penélope
próxima y cotidiana que teje incesante sus urdimbres de vínculos,
referentes, contextos y comportamientos sociales.
La participación, concepto manido como pocos, suele entenderse
como un ornato, una formalidad, que antes expresa declaraciones
de intenciones, que alude a puesta en marcha de procesos
transversales acerca de la sociabilidad, que penetra las
comunidades de parte a parte.
Por ello resulta obligado afirmar de la participación que es una
semántica (dice del quehacer social y comunitario) y una
pragmática (plasma formas de hacer) configurante de aquella
secuencia en que a cada certeza le sigue un interrogante, lo que
viene a situarnos en el epicentro de una historia interminable.
Hay muy variadas formas de entender la participación, dependiendo
del lugar que se ocupe respecto a la gestión de la ciudad, y por
supuesto, de otros aspectos más ideológicos y subjetivos.
Puede hablarse con toda propiedad de un corolario de
comprensiones del hecho participativo:
La participación en el contexto de una sociedad profundamente
hilemórfica, que separa nítidamente los procesos de ejecución de
los de decisión, resulta un instrumento bivalente que igualmente
actúa como eficaz mecanismo de integración, como adquiere visos
de útil modificador de pautas sociales y políticas.
Sirve precisamente por su vigencia, la definición acuñada por
Christopher Alexander respecto a la participación, a la que
designa como "cualquier tipo de proceso a través del cual los
usuarios ayudan a diseñar su medio ambiente".
Descomponiendo el término Participación, puede hallarse una doble
articulación de significados: ser-partícipe-de y tomar-parte-en.
Ambos delimitan y componen un mecanismo de precisión (no siempre
sincronizado y perceptible).
En la primera acepción tendremos:
Ser-partícipe-de: Recibir atención/prestación
Disponer de un servicio.
En clara alusión a mecanismo de integración.
En el segundo caso:
Tomar-parte-en: Capacidad colectiva para promover iniciativas
dinamizadoras de la vida social.
Que refiere el aspecto de profundización de la práctica
participativa.
Rechazando cualquier reduccionismo simplista, encontraremos que
la implicación y reconocimiento vecinal o ciudadano en las
instituciones y canales habilitados para encauzar la vida social
y política, alude al nivel de satisfacción de la demanda
cotidiana: Ser perceptor de un servicio adecuado para el vecino-usuario, que de este modo se siente inmerso en un engranaje,
acercar gestión al ciudadano, ha de medirse en pie de igualdad
con la disposición o capacidad grupal para promover iniciativas
que incorporar al discurrir del universo social, en una
multiplicidad de procesos que tienden a permeabilizarlo.
La participación en su vertiente más integradora (funcionalismo
tecnocrático) circunscribe su significado al referente del
consenso ficticio, de cuya consecuencia resulta un repliegue a
los requerimientos de la acción política institucional
(disolución del conflicto). Si por el contrario se circunscribe
al referente de la efectiva exclusión de los circuitos y
servicios que la administración del poder debe procurar a los
administrados, hallaremos una dimensión en absoluto desdeñable:
aquella que insta a procurar servicios y materializar derechos,
aspiración legítima y no consumada para amplios segmentos de la
ciudadanía.
Esta noción referida a los ciudadanos ha de ser incorporada de
pleno derecho, ya que sólo la inmersión en el mecanismo socio-comunitario se revela como excelente antídoto contra olvidos y
exclusiones institucionales, sobre cuyo descrédito se propician
actitudes y tentaciones populistas redentoras.
La práctica participativa que auna estas dos visiones, conlleva
un carácter integral, que no solo rebaja prevalencias (valora
cada una de ellas en su importancia) sino que se orienta a
igualar instancias que hasta hoy han hecho de su diferenciación
y tratamiento un punto definitorio (funcionarización de los
servicios y recelos de las iniciativas).
La participación en sentido integral expresa tanto inducción de
contenidos, como establecimiento de gradientes participativos
acorde a una panoplia de posibilidades, que ha de tener en cuenta
las coordenadas de los movimientos sociales, sus necesidades y
los referentes implícitos. Antes que hablar de relevancias habría
que hacer mención a la complementación que subyace en los
diferentes umbrales participativos. Se constata en efecto, la
existencia de distintos gradientes y disposiciones en la
participación que irían en un amplio abanico desde ser el
receptor de un servicio, hasta la incorporación voluntaria en
temas de gestión compartida con las instituciones.
La participación es dinámica en sí misma, e invita a abordar las
reglas de su propia dinamicidad, optimizando así recursos
humanos, disposiciones y posibilidades de intervención en una
secuencia que se proyecta hacia el futuro.
Si la participación se concreta hasta aparecer como un mecanismo
con entidad de tal, sugerente catalizador de la realidad social,
huelga preguntar ¿participar para qué?. Lo sustantivo será
entonces el ejercicio práctico de profundización democrática y
la plasmación de un socializador colectivo que no se circunscribe
únicamente al conflicto con la administración.
Participar es un término polisémico que auna significados:
Ahora bien, si partimos de contextos previos habría que decir que
persiste una cierta desconexión entre lo institucional y los
grupos animadores ciudadanos, así como una desconexión entre
éstos y los sectores activos vecinales. Se han perdido referentes
en un proceso histórico de rápidos cambios sociales y políticos,
que en gran medida se han traducido en una, también, pérdida de
la cultura participativa en las ciudades y no porque no se quiera
participar, sino que muchas veces los ciudadanos ya no saben cómo
canalizar sus aspiraciones e inquietudes, manifestando
persistentes su impotencia y desconfianza respecto a las ofertas
institucionales y también de las asociativas. Se hace necesario,
por tanto, redescubrir nuevos retos y potencialidades si no
queremos acrecentar las distancias entre dirigentes y ciudadanos.
Así, un movimiento social se proyecta en un "conjunto de acción"
en determinados momentos y ciclos contextuales en el que la
comunicación ("dar forma a", el "informar-informarse de",
confusión entre el receptor y el emisor) fluye horizontalmente
y verticalmente en una estructura de niveles de conciencia.
| Grupo formal 1 -------------> | Grupo formal 2 ------------> | Grupo formal n |
| Sectores Activos -----------> | Sectores Activos ----------> | Sectores Activos |
| Base Social ----------------> | Base Social ---------------> | Base Social |
Haciendo un breve repaso por el rápido proceso evolutivo podemos
comprobar como en apenas dos décadas se han sucedido distintos
escenarios sociales, que han procurado distintos modelos
participativos y contenidos de los movimientos sociales. Ello ha
procurado en ese período una pérdida de referentes, pero también
posibilita una rica reflexión sobre las experiencias de los
movimientos sociales y sobre los nuevos retos que les esperan y
deben afrontar.
En un primer período predemocrático (hasta 1977) los movimientos
sociales irrumpen en el escenario político de forma ofensiva y
virulenta, con un fuerte contenido ofensivo y político-
reivindicativo dirigido a satisfacer necesidades y déficits
urbanos de corte material, en un contexto de aguda crisis urbana.
Hay unas experiencias muy significativas (lucha por la vivienda,
equipamientos, servicios, etc.) y un desarrollo pedagógico en el
participar ciudadano que se desaprovecha en períodos posteriores.
Posteriormente el desenvolvimiento en un marco democrático ofrece
un nuevo marco legal que canaliza y reglamenta la participación.
Se produce un traspase de líderes ciudadanos hacia las
instituciones (aparatos de partidos y administraciones) y se
generan expectativas ficticias, que van derivando hacia una
pérdida de referentes y sentidos a la propia existencia de las
iniciativas ciudadanas. Ello se retroalimenta en el propio
proceso de crisis económica que provoca el inicio de una profunda
polarización social y una descomposición de los movimientos
urbanos tradicionales.
Sin haber superado todos los elementos que venían a definir la
crisis urbana y económica aparecen nuevos aspectos acumulativos
que vienen a definir una crisis en cascada sin precedentes:
Crisis urbana, crisis económica, social y ecológica de la ciudad
que viene a crear nuevas condiciones. El estancamiento del modelo
reivindicativo y la emergencia de modelos autovalorativos, se
manifiesta más claramente en las dificultades generacionales y
desconexión entre los intereses y valores de los más jóvenes y
las ofertas institucionales y asociativas de corte tradicional
u oficialista.
Frente a la descomposición de los movimientos sociales y el
tejido asociativo tradicional, se contrapone en la etapa de
repliegue de aquellos, una nueva etapa de fraccionamiento y
dispersión con criterios más espontaneístas y localistas. En la
actual coyuntura la atomización que prometía una reformulación,
parece que imposibilita la articulación de una respuesta a la
crisis civilizatoria que supere la obsolescencia de la oposición
derecha/izquierda.
Superar las nuevas dificultades significa afrontar nuevos retos
que vayan más allá de las prácticas de la confrontación social,
pero que sobre todo, superen las prácticas que se derivan del
modelo de participación por invitación: en un hacer de los
movimientos sociales convidados de piedra en las instituciones.
Ambas estrategias hoy pueden ser producto o motivo de
frustraciones sociales que retroalimentan la propia
desvertebración social y la devaluación del sistema democrático.
Por otro lado, la fragmentación de la estructura social favorece
el surgimiento de sentimientos de victimación y vulnerabilidad
social que bien se pueden materializar en movimientos populistas
e insolidarios.
| CONTEXTOS DE CRISIS | MODELOS DE PARTICIPACION | CONTENIDOS Y ACTITUDES | ESTRUCTURA SOCIAL | ESTRUCTURA DEL TEJIDO SOCIAL (*) |
| Crisis Urbana | Participación por irrupción | Reivindicativ o ofensivo | Contradicción fundamental: capital trabajo | Conexión entre GF y SA |
| Crisis económica | Participación por invitación | Repliegue defensivo | El ascenso y modelo emergente de las clases medias | Conexión entre GF y administración desconexión de los GF de los SA |
| Crisis social | Desencanto y Recomposición | Resistencia defensiva | Polarización social | Cierta desconexión entre los SA y la BP |
| Crisis ecologíca acumulació n en una crisis civilizato ria | Participación por cogestión y alter-acción | Autovaloració n atomizada por sectores | Fragmentación | Multiplicidad de redes sociales por sectores |
(*)
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+ + + |
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+ + + |
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+++++++++ Conexiones o desconexiones entre los distintos niveles de conciencia según contextos.
La devaluación del sistema democrático en un contexto de
valores postmodernos, pasa por la reinvención de la
vertebración del tejido social. En la postmodernidad lejos de
perderse, la sociabilidad persiste [3], y se desarrolla una
grupalidad relacional que se hace exclusiva, y que por tanto
parece superar el concepto de clases social o bloque social
con pretensiones de transformar lo global, para incidir más en
transformaciones parciales de la vida social, más locales,
más temáticas, y por tanto más controlables. Hay pues una
persistencia y una dispersión de unas iniciativas
"invisibles", de unos estructuras informales que se traduce en
unos movimientos sociales atomizados y en cierta medida
autoaislados en función de intereses y objetivos sectoriales y
temáticos.
Las pequeñas iniciativas autovaloradas en sí mismas,
autoaisladas, son también más vulnerables frente al sistema
democrático formal que imprime una rigidez normativa que les
excluye. "En la democracia liberaldemocrática -dice Pietro
Barcellona [4] - está implícita la renuncia a reconocer las
contradicciones incompatibles; así como las discontinuidades
que impongan la ruptura de la pura equivalencia ..." y son
precisamente las iniciativas de los movimientos sociales las
que producen de una manera u otra una "discontinuidad" en el
orden formal preexistente.
Pero no sólo desde las nuevas condiciones contextuales se
pueden vislumbrar las dificultades de desarrollo de los
movimientos, sino que también desde ahí se pueden resituar los
nuevos retos y potencialidades de los movimientos sociales.
Así retomando la propia naturaleza de los movimientos
(considerados como portadores de los mecanismos para la
superación de la explotación), desde perspectivas y contenidos
heterogéneos del concepto de explotación, tal y como
desarrolla Jesús Ibañez [5], remiten a nuevos factores que
vienen a definir lo que se han dado en llamar viejos y nuevos
movimientos sociales:
No obstante, "partiendo de la premisa de que una sociedad que
no quiera precipitarse en la anomia, esto es, en la creciente
ausencia de compromiso con las normas y las responsabilidades
colectivas, ha de permitir que todas tengan "un espacio en la
sociedad" (que también los desempleados, los marginados, y las
diversas subclases tengan algo que aportar a cambio de la
aceptación de los vínculos sociales)" [6]. Aparece una
oportunidad para encontrar o reinventar los espacios de
confluencia y solapados de las temáticas particulares, de
autoapoyo, donde se rompa el descompromiso entre conflictos,
en un sistema que tarde o temprano necesitará de
intermediarios sociales con proyectos autónomos capaces de
vehícular las aspiraciones sociales. Pero también se deriva de
todo ello, la necesidad de intervenir en conjunción en los
procedimientos, definiendo y potenciando nuevos modelos
participativos de cogestión y de autogestión en un "ser
conscientes" que son los movimientos los que tienen que
alterar con la acción, dar forma a, construir un tercer
sistema.
Desde esos contextos cambiantes ciertamente aparecen nuevos
retos y desde ambos se reinventan seudoparadigmas que desde
pensamientos globales se concretan en actuaciones de control y
autonomía local. Cabe preguntarse si los movimientos sociales
tienen capacidad para recrearse como paradigma en si mismos.
En el sistema social puede hoy hablarse de tres sistemas [7] o
escenarios que se entrecruzan y que deben contemplarse a la
hora de explicar la realidad social:
El sistema del mercado o business donde se trata de
producir para conseguir un salario en unos trabajos
heterogéneos que tanto por tecnología como por conciencia
social, nos sitúan ante el problema de la reducción y
distribución del trabajo.
El sistema del Príncipe o escenario convencional del
Estado, donde redistribución alude a un sistema representativo
basado en la delegación.
El sistema ciudadano o escenario autónomo o alternativo
donde organizaciones no gubernamentales tratan de desarrollar
sus propias iniciativas en tiempos y espacios disponibles, al
mismo tiempo que tratan de controlar que el capital y el
Estado reduzcan sus imposiciones oponiendo a la lógica de la
sociedad civil.
Este tercer sistema enfrenta la noción de potencia al poder
detentado por los otros dos sistemas. Gráficamente lo podemos
representar por medio de dos trilogías sobre la Racionalidad
Separada y la Racionalidad Integrada [8].
Figura 1: Racionalidad Separada y Racionalidad Integrada.
La alternativa a desarrollar sería más desde la racionalidad
integrada (economía -rojo-, ecología -verde-, antropología -morado-) e integral dando la vuelta al esquema.
Hablamos de acción, de reformulación y capacidad de respuesta,
o sea, estamos refiriendo mecanismos generadores-inductores de
cambio social, de réplica a un sistema, hablamos en definitiva
de filosofía, de ética y estética de la transformación como
proceso y premisa.
Desde la resituación de conflictos, actores y contenidos,
hemos de apostillar los nuevos significados que acotan y
definen la redistribución como perspectiva y umbral para la
emancipación.
Frente a la comprensión unívoca de redistribución, en sentido
económico, referencia de la contradicción capital/trabajo, hay
que contraponer una efectiva redistribución del trabajo
(socialmente útil y necesario). La referencia de la renta y el
plusvalor pasarán a ser una parte del todo, no el todo mismo.
En segundo lugar, redistribución política y cultural, lugar de
emergencia del substrato ciudadano, espacio de confluencia de
la acción social, los derechos civiles y cualesquiera de las
múltiples manifestaciones de lo informal. Alude a
desacralización de la instancia política y sus protocolos
representativistas, apuntando a la participación como
impregnación en el cuerpo social.
En tercer término, redistribución en la dimensión ecológica,
lo que hace referencia a liberar el término de su exclusiva
connotación economicista. Ligado hasta ahora al campo de la
relación/depredación hombre-medio ambiente, se mediatiza su
alcance real por criterios de eficacia, rentabilidad y
productivismo, haciendo de tal modo que el logro de cotas de
progreso se acomete mediante un proceso sistemático de
desigualdad y expolio de los recursos.
El campo de lo ecológico constituye un excelente indicador de
los límites y costes del progreso concebido en una determinada
dirección, expresa un disproducto: lo que se destruye (acaso
irreversiblemente) al producir.
Junto a estas líneas de incursión a las que los movimientos
sociales no pueden seguir ajenas, le llega el turno a la
reformulación del concepto democracia que ha experimentado una
universalización espectacular. Espectacular por cuanto el
término ha devenido en talismán o patente de corso, un estado
o condición bueno en sí mismo a lo que parece, que ha hecho de
su bondad su predicamento o a la inversa, previo vaciamiento
de su contenido.
Sólo así cabe explicarse su validez en cualquier coordenada
(oriente-occidente) y en idénticos términos, o el celo por
parte de los detentadores del substrato democrático por
imponerlo ya sea mediante invasiones o acciones beligerantes.
Esa noción de la democracia como alternancia y representación
resulta la sacralización de un rito, cuyo substrato es el de
legitimar un estado de cosas, pero se trata de retomar en el
término una práctica, aquella que le da nombre: poder del
pueblo o de los ciudadanos, de lo contrario estaremos
convirtiendo una aspiración en simple fetiche. Todos estos
enunciados se inscriben a su vez en el ámbito de recuperación
de la ideología como instrumento emancipador, que sintetiza y
expresa aspiraciones de cambio social en base a una
interpretación del mundo.
Cuando más se habla del hundimiento de las ideologías, es
necesario mostrar la imprecisión de la afirmación: la no-
ideología explícita es en sí misma una interpretación del
cosmos y el orden social (aunque sea para perpetuar lo
existente) y de otro lado, es más exacto hablar de pérdida de
la confrontación entre bloques ideológicos (por extinción del
que se decía alternativa).
Frente al paradigma ideológico al uso, encontramos para
contraponer rigidez y fracaso por un lado y dispersión
molecular en la fragmentación por otro, hechos que vienen a
plantear la inaplazable tarea de amalgamar una cosmovisión que
supere, el inmovilismo de sus enunciados y acuñe desde la
dinámica y la relación dialéctica una orientación al paradigma
del cambio.
Fecha de referencia: 30-11-1997
Considera tres tipos de explotación:
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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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