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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Julio Alguacil Gómez Sociólogo
"El Consejo de la Comunidad de Cliffdale, que había estado
negociando letárgicamente con las autoridades municipales para
conseguir mayor poder en los asuntos locales, comenzó a pedir a los
residentes que pasaran a la acción directa, que levantaran calles
pavimentadas que no fueran estrictamente indispensables para el
tránsito y pusieran allí tierra de otras zonas donde había
excedentes, como los bosques cercanos. Se juntaron la basura y lo
excrementos para apoyo y fertilizante del terreno, y en la primera
temporada los jardines de la calle habían rendido ya sus verduras".
David Morris y Karl Hess [2]
Morris y Hess no sólo recogen un proceso de autogestión de barrio
en Norteamérica, sino que tras esa escogida cita podemos entrever
un modelo social alternativo que pone en relación aspectos de
índole cultural (identidad, apropiación, participación), ambiental
(medio ambiente urbano, reciclaje, ampliación verde) y económico
(desarrollo endógeno, local). Esta cita, nos permite adentrarnos en
un enfoque de carácter integral donde se manifiesta una búsqueda de
la potencialidad de las interdependencias entre sectores y
variables que inciden en ámbitos locales. ¿Utopía?, ¿Nuevos
fenómenos?. Este artículo no pretende sino ser una aproximación a
ambos interrogantes, ser un tanto utópicos quizás significa definir
el futuro. Pero también analizar, mejor expresado en este caso,
apuntar, la emergencia de fenómenos cualitativamente
significativos, estrategias, de compromiso y de análisis, que
debemos plantearnos.
Hay unos sentidos paradójicos irresueltos en los albores de la
sociedad postindustrial y en la nueva cultura de la postmodernidad,
y fruto de ella un complejo entramado de efectos perversos que
impelen a otro sentido de la reflexividad. La superación de lo
comunitario en su sentido arcaico no ha conseguido su correlato en
la alteridad, en la diversidad, en la solidaridad, en la sociedad
igualitaria del estado del bienestar. Se trata también, en estas
líneas, de ayudar a resolver los enigmas que encierran esas
contrariedades, y por tanto, nos queremos distanciar de antemano de
cualquier enfoque nostálgico del comunitarismo propio de períodos
pre-industriales. Si bien, ahora más que nunca hay que pensar en
una reconciliación de la ciudad con el hombre, y ese es el reto que
tenemos planteado. El sentido de redescubrir los nuevos retos desde
la ciudadanía, desde el sujeto integrante e integrado en su medio
territorial y social.
El sistema urbano como modelo y soporte en el contexto
socio-cultural en el que nos desenvolvemos representa un conjunto
de espacios geográficos múltiples y diversificados convenientemente
clasificados por el orden institucional. Pero estos espacios, son
también espacios sociales y están interrelacionados entre sí,
siendo cada uno de ellos parte integrada en un todo, siendo el todo
un conjunto de espacios en interacción, solapados y complementados.
El orden institucional es totalizador, imprime un modelo total que
llamamos metropolitano, de naturaleza global, donde pierden algo de
su esencia las partes que lo conforman. El orden institucional, es
un orden lógico, que aplica una organización del conocimiento
positivista que "separa (distingue o desarticula) y une (asocia,
identifica); jerarquiza (lo principal, lo secundario) y centraliza
(en función de un núcleo de nociones maestras). Estas operaciones
que utilizan la lógica, son de hecho comandadas por principios
"supralógicos" de organización del pensamiento o paradigmas,
principios ocultos que gobiernan nuestra visión de las cosas y del
mundo sin que tengamos conciencia de ello" [Morin, 1994].
La configuración del conocimiento asentado en una segmentación del
tiempo y de la información en compartimentos estancos establece de
facto una separación entre la conciencia del "yo" y la cosmología
sistémica, o lo que es lo mismo, se simplifica y se crean
escisiones en la concepción del mundo. La consiguiente
jerarquización de las distintas categorías del conocimiento supone
la prevalencia de unas ideas, de unos razonamientos, de unas
disciplinas sobre otras que quedan sometidas a la tradición y
centralidad imperativa de las primeras. Ese aprendizaje no sólo
rechazará la estructura integral de los procesos, la
interdependencia de las variables y de las diferentes disciplinas,
sino que con ello provocará intervenciones humanas lineales y
filtradas que, dando la espalda a otras lógicas y a otras
variables, provocarán efectos perversos y disfunciones en el
sistema.
La parcelación del conocimiento del llamado positivismo científico
tiene su correlato en las estrategias del orden institucional, y lo
que nos interesa, en las intervenciones humanas sobre el
territorio. Las distintas disciplinas que intervienen sobre el
territorio sufren igualmente de la jerarquía de las estructuras
dominantes. Mientras se complejizan las escalas mayores se
simplifican las escalas menores, mientras se apuesta por las
lógicas externas se dan de lado las lógicas internas. Así,
paradójicamente el pensamiento globalizador es un pensamiento
simple, el pensamiento total viene acompañado por un tratamiento
(análisis, actuación, acción) sectorial estratégicamente aislado
que pierde el sentido de su integración en un sistema más amplio al
que aporta esencia. Siguiendo a García Bellido en su propuesta de
convergencia transdisciplinar del conocimiento de las ciencias del
territorio aparece como reto la reconfiguración de los
conocimientos fraccionados para hacerlos más aptos para su
aplicación técnico-política "con la finalidad de satisfacer
necesidades y aumentar el bienestar social y la eficiencia de la
utilización de los recursos escasos" [García Bellido, 1994].
El sistema urbano, es eso, un sistema, es decir una asociación
combinatoria de elementos diferentes afectados y relacionados entre
sí. O mejor aún, aceptando la tesis de Salvador Rueda "la ciudad es
un ecosistema" según lo cual "los ecosistemas urbanos pueden
describirse en términos de variables interconectadas de suerte que,
para una variable dada exista un nivel superior o inferior de
tolerancia, más allá de las cuales se produce necesariamente la
incomodidad, la patología y la disfunción del sistema". Cada uno de
esos elementos que conforman el ecosistema urbano cumple sus
funciones complejas y no deben entenderse exclusivamente como meros
elementos cuyo sumatorio es igual al todo. La disyunción de los
elementos, la separación de los espacios en ámbitos
monofuncionales, el "zonning urbano" hasta sus más extremas
expresiones, representan una victoria de la simplicidad urbana
sobre la complejidad urbana, proclama un nuevo orden de lo
sectorial frente al orden de lo integral. Esa traslación de la
"complejidad" de los ámbitos urbanos de rango local a la
"complejización" de la metrópoli supone de facto la separación de
la acción urbana de los contextos y/o ámbitos concretos. Lo micro,
lo específico, lo local, se hace más dependiente de modelos
totalizadores, la esencia se diluye como azucarillo en vaso de
agua, en un sistema urbano reconvertido en modelo, en una ideología
justificada y apoyada por una gestión del desarrollo tecnológico y
unos usos energéticos que orientados en determinadas direcciones
unívocas favorece la movilidad, la difusión de las actividades y la
segregación de las funciones urbanas.
Este modelo totalizador es posible por el desbordamiento de la
urbanización en donde el concepto de ciudad pierde su propiedad
para expresar una realidad territorial y demográfica que
constituyen nebulosas multinucleares caracterizadas por la
discontinuidad del modelo de ocupación del territorio. Aparecen
así, nuevas acepciones sustitutivas del concepto de ciudad y de
desarrollo urbano para definir una urbanización cada vez más
indefinida e imprecisa: conurbación, aglomeración urbana, área
metropolitana, megalópolis... Es incuestionable que el avance del
modelo de la urbanización (metropolitano) va aparejado al retroceso
de lo urbano (la ciudad) lo que lleva inevitablemente a una
expansión en el terreno ideológico del pensamiento simple: entre
los ámbitos extremos del alojamiento y la metrópoli apenas hay
posibilidad de supervivencia para los ámbitos intermedios, tildados
inadecuadamente de preindustriales, y como consecuencia de ello no
hay lugar para la sociodiversidad, para las subculturas, para las
identidades diferenciadas.
Ese pensamiento simple es una lógica, que como tal es una
"dialógica" [Morin, 1994]. El principio de la "dialógica" mantiene
la existencia de la dualidad en cualquier razonamiento lógico,
dualidad que, por tanto, en última instancia podría ser reforzada
por la propia lógica. "Uno suprime al otro pero, al mismo tiempo,
en ciertos casos, colaboran y producen la organización y la
complejidad. El principio dialógico nos permite mantener la
dualidad en el seno de la unidad. Asocia dos términos a la vez
complementarios y antagonistas". La negación de algo posibilita su
potencial existencia cuando (en términos dialécticos) suponga que
podamos comprender la "tesis", descubrir la "antítesis" y llegar a
la reformular de la "síntesis". Si bien, será en la medida que el
sistema urbano se encuentre "tensionado", que aumente la escasez de
recursos, los conflictos y la insostenibilidad, los que obliguen -en palabras de S. Rueda- "a cambiar el modelo teleológico actual
por otro sistémico (holístico) que sustente la organización y la
complejidad de los sistemas urbanos" [Salvador Rueda, 1994].
En esa dialógica y en la oposición entre "local" y "cosmopolita" ya
señalaba M. Castells cómo el polo "local" se desdobla en un tipo de
comportamiento "moderno" y un comportamiento "tradicional", siendo
el segundo constituido por el repliegue de una comunidad
residencial sobre sí misma, con gran consenso interno y fuerte
diferenciación respecto al exterior, mientras que el primero se
caracteriza por una sociabilidad abierta, aunque limitada en su
compromiso, ya que coexiste con una multiplicidad de relaciones
fuera de la comunidad residencial [Castells, 1979]. Esta
ambivalencia, de repliegue y resistencia, de recomposición y de
afirmación de lo local, se revela también en distintos autores ya
clásicos, como Lefebvre, que no muestran con ello sino la continua
readaptación de esos espacios sociales intermedios y que en
expresión de H. Lefebvre significa que "este reparto está
determinado, por una parte, por la sociedad en su conjunto, y por
otra parte, por las exigencias de la vida inmediata y cotidiana".
Estos espacios intermedios ("el barrio") "no es más que una ínfima
malla del tejido urbano y de la red que constituye los espacios
sociales de la ciudad. Esta malla puede saltar, sin que el tejido
sufra daños irreparables. Otras instancias pueden entrar en acción
y suplir sus funciones y sin embargo, es en este nivel donde el
espacio y el tiempo de los habitantes toman forma y sentido en el
espacio urbano" [Lefevre, 1967].
La simplificación urbana y la complejización (cada vez más
incontrolable en un sentido democrático), que no complejidad, de la
mundialización nos insta a repensar el ámbito local como una
comunidad de conciencia global (en gran medida determinada
globalmente), pero con base local y con algún nivel y mayor
potencialidad de vertebración social propia. La recuperación de la
escala humana en la intervención humana pasa irrenunciablemente por
el cuestionamiento de los efectos negativos del sistema mundial a
la vez que nos desvela una primera cuestión a resolver: La
racionalidad separada que supone el distanciamiento y aislamiento
de los sujetos frente a la realidad social en la que se inscriben.
Persisten viejas necesidades y aparecen otras nuevas que en gran
medida son cuantificables. Fenómenos como la complejización de los
ciclos familiares, el envejecimiento demográfico, la incorporación
de la mujer al trabajo, la inmigración de extranjeros, la crisis
estructural del empleo, la crisis del modelo educativo, etc. son
fenómenos que se suceden con rapidez y que implican la necesidad de
crear y reconvertir actuaciones asistenciales. Pero también nuevos
valores sociales y formas de vida que se derivan de esos fenómenos
precisan de nuevas formas de uso y de gestión.
Desde la Teoría de las Necesidades [4] algunos autores han
establecido la distinción entre las "necesidades como carencia" y
"las necesidades como aspiración" [Chombart de Lauwe, 1971], las
primeras vienen a determinar lo que falta para alcanzar la
satisfacción de los niveles mínimos socialmente establecidos, se
inscribe en consecuencia más en un plano de lo cuantitativo, lo
distributivo, lo económico. Mientras, las necesidades como
aspiración de los sujetos definen la apertura de nuevas
expectativas motivadas tras la satisfacción de necesidades
fisiológicas y básicas, lo que nos lleva a entender -en el sentido
que establece Maslow- que las necesidades jamás se satisfacen
plenamente, permaneciendo continuamente bajo una condición de
carencia relativa [Maslow, 1982].
Las necesidades en forma de deseos se construyen por tanto en
función de dimensiones más desde las cualidades, más estructurales,
más determinados por valores emergentes y modelos culturales al
uso. Si el análisis ha discurrido tradicionalmente sobre la
ausencia de recursos que ha impedido la cobertura de mínimos
aceptables y la distribución de los mismos, ahora también lo es el
cómo la satisfacción de nuevas necesidades que superando esos
mínimos no supongan una degradación del medio ambiente más allá de
un determinado límite máximo, y con ello la quiebra de la
satisfacción de otras necesidades, de la satisfacción de las
necesidades básicas de determinados colectivos o en otros lugares.
Se trata de reconstruir el concepto de necesidad desde la
sostenibilidad, no exclusivamente desde la carencia relativa.
El concepto de calidad de vida
La calidad de vida es un constructo social relativamente reciente
que surge en un marco de rápidos y continuos cambios sociales. Es
fruto de los procesos sociales que dirigen la transición de una
sociedad industrial a una sociedad postindustrial. Tras la
consecución, relativamente generalizada en occidente y socialmente
aceptada de las necesidades consideradas como básicas (vivienda,
educación, salud, cultura), se vislumbran aquellos efectos
perversos provocados por la propia opulencia del modelo de
desarrollo económico. Externalidades de carácter ambiental producen
nuevas problemáticas de difícil resolución bajo los presupuestos de
la economía ortodoxa, pero también a las tradicionales
externalidades sociales (pobreza, desempleo) hay que añadir otras
de carácter psico-social derivadas de los modelos de organización
y de gestión en la relación del hombre con la tecnología y las
formas de habitar. Las grandes organizaciones y la enajenación del
individuo de los proceso de decisión, la impersonalidad de los
espacios y de los modelos productivos, la homogeneización de los
hábitos y de la cultura a través de los mass media que refuerzan
estilos de vida unidimensionales, de individuación, de
impersonalidad, producen la pérdida de referentes sociales de
pertenencia y de identidad. Mientras que a la vez emergen nuevas
posibilidades en relación a la mayor disponibilidad de tiempo libre
que hace posible desarrollos personales y la emergencia de nuevos
valores sociales, otras dimensiones de la relación con la
naturaleza y con los demás.
Precisamente el concepto de calidad de vida en su vertiente más
cualitativa, subjetiva, emocional o cultural surge como
contestación a los criterios economicistas y cuantitativistas del
que se encuentra impregnado el denominado estado del bienestar. El
concepto de calidad de vida retoma la perspectiva del sujeto,
superando y envolviendo al propio concepto de bienestar. Por ello
es difícil acotar un concepto que se construye socialmente como una
representación social que un colectivo puede tener sobre su propia
calidad de vida. De ahí la necesidad de profundizar en los aspectos
más emocionales que se derivan del concepto, y más concretamente en
los procesos de desarrollo de la identidad social. El sentimiento
de satisfacción y la realización personal no pueden entenderse sin
introducir la noción de apropiación y la idea de la dirección
controlada conscientemente por los propios sujetos. Así autores
como Levi y Anderson describen como calidad de vida "una medida
compuesta de bienestar físico, mental y social, tal y como lo
percibe cada individuo y cada grupo, y de felicidad, satisfacción
y recompensa (...) Las medidas pueden referirse a la satisfacción
global, así como a ser componentes, incluyendo aspectos como salud,
matrimonio, familia, trabajo, vivienda, situación, competencia,
sentido de pertenecer a ciertas instituciones y confianza en los
otros" [Levi y Anderson, 1980]. Que llevan a E. Pol a la afirmación
que "esta definición nos acota una concepción de calidad de vida
como un constructo complejo y multifactorial, sobre el que pueden
desarrollarse algunas formas de medición objetivas a través de una
serie de indicadores, pero en el que tiene un importante peso
específico la vivencia que el sujeto pueda tener de él" [Pol,
1994].
Cuando nos referimos al concepto de calidad de vida estamos
haciendo referencia a una diversidad de circunstancias que
incluirían, además de la satisfacción de las viejas necesidades, el
ámbito de relaciones sociales del individuo, sus posibilidades de
acceso a los bienes culturales, su entorno ecológico-ambiental, los
riesgos a que se encuentra sometida su salud física y psíquica,
etc. Es decir, se esta haciendo referencia a un término que es
sinónimo de la calidad de las condiciones en que se van
desarrollando las diversas actividades del individuo, condiciones
objetivas y subjetivas, cuantitativas y cualitativas. La pieza
central de la calidad de vida es la comparación de los atributos o
características de una cosa con los que poseen otras de nuestro
entorno [Blanco, 1988]. Es un concepto que, por tanto, se encuentra
sujeto a percepciones personales y a valores culturales, pero que
hace referencia también a unas condiciones objetivas que son
comparables.
Por tanto, la diversidad de aspectos sectoriales y globales que
pueden incidir en la falta de calidad de vida hace que cada uno de
ellos obtenga su propia carta de naturaleza. Así, por ejemplo, la
calidad residencial o la calidad urbana, es por tanto, un aspecto
parcial como otros con los que se encuentra relacionado, pero en
ningún caso es periférico dentro de la calidad de vida.
La delimitación del concepto de la calidad de vida no tiene, por
tanto un único sentido. Su construcción precisa de la
autoimplicación de tres grandes perspectivas lógicas que se pueden
representar bajo una forma triangular (trilogía):
La relación solapada que se establece entre los distintos vértices
del triángulo nos marca diversas disciplinas en el tratamiento de
la calidad de vida. Igualmente el planteamiento complejo incide en
la idea de sostenibilidad en la medida que hay que buscar puntos de
equilibrio que no supongan una degradación de cada una de las
perspectivas:
| CALIDAD AMBIENTAL |
BIENESTAR |
IDENTIDAD CULTURAL |
| Habitacional-vivienda |
Empleo |
Tiempo disponible |
| Residencial-local |
Salud |
Participación-Apropiación |
| Urbana-territorio |
Educación |
Relaciones sociales |
| HABITABILIDAD (Calidad) | DESARROLLO-BIENESTAR (Cantidad) | IDENTIDAD CULTURAL (Cualidad) |
| Las ciudades son unos ecosistemas de escala | En las ciudades se establecen sinergías en el tiempo libre y la racionalidad integrada | Las ciudades son constelaciones de redes del tejido social superpuestas |
| HACIA LA SOSTENIBILIDAD | HACIA LA COOPERACIÓN | HACIA LA GOBERNABILIDAD |
La consideración del concepto de Calidad de Vida como un enfoque
multidimensional que aporta complejidad nos revela una segunda
cuestión a resolver: La fragmentación del tiempo y la
compartimentación del espacio que establecen la separación de las
cosas de las otras cosas, la falta de integración en lo
sectorial.
Desde ese carácter multidimensional e interdependiente de las
variables que permiten el acceso a la calidad de vida se sugieren
nuevas vías de incisión en el desarrollo social que introducen
nuevas formas y contenidos. A través del concepto de calidad de
vida se incorpora la sostenibilidad ambiental y se puede
recuperar el sentido de las necesidades culturales de identidad
(apropiación, participación, sociabilidad). La reacción de la
sociedad a las indicios del deterioro de las condiciones de
habitabilidad precisa de un cambio de sentido que sólo parece
posible con la democratización de las estructuras y la
concienciación de los ciudadanos. La emergencia de un tercer
sector con capacidad de control sobre los procesos aparece como
determinante, pero además atraviesa las distintas variables que
intervienen en los distintos aspectos que van definiendo el
sentido de la calidad de vida. Un nuevo elemento para asumir la
complejidad.
Ese modelo del crecimiento mercantil y las correspondientes
restructuraciones económicas no sólo no son capaces de resolver
las contrariedades con el ecosistema natural, sino que también
ha acrecentado las desigualdades sociales, y con ello han
procurado una fragmentación social hasta límites que no tienen
precedentes. Ello es más ostensible en las metrópolis americanas
(del Sur y también del Norte), pero también en Europa las
tendencias apuntan hacía una emergencia de la denominada "Ciudad
Dual" [Castells, 1991] donde son crecientes las contradicciones,
los conflictos entre instituciones y ciudadanos, y el
distanciamiento cada vez mayor entre los sectores con mayores
rentas y mayores oportunidades para la promoción social y acceso
a los mejores puestos y servicios, frente aquellos otros sectores
descualificados y excluidos de los procesos generadores de
riqueza. En todo caso, parece que la polarización "sólo se verá
contrarrestada por el impulso de la tendencia contraria
representada por una sociedad local movilizada, organizada y
consciente de si misma" [Castells, 1991].
Si bien parece que el debate debería superar la lógica
unidireccional entre Estado y Mercado e implicar la emergencia
de un tercer sector que ayude a descubrir la capacidad de
incisión y los compromisos que cada uno de los sectores puede
aportar desde una perspectiva de la calidad de vida. La crisis
del Estado del bienestar deja paso a otras dos posibles vías: el
mercado y/o lo comunitario. Se trata, por tanto, de reflexionar
sobre las nuevas necesidades sociales y que parte de
responsabilidad y compromiso puede adoptar cada uno de los
sectores (lo público, lo privado o lo comunitario) en su
definición.
Surgen nuevas iniciativas, fundamentalmente en espacios de
periferia social, que son una respuesta al sentido perverso de
la metropolitanización. Inscritas en el ámbito local son, sin
embargo, experiencias que recogen las nuevas perspectivas de la
problemática global. Son iniciativas que adoptan nuevos valores
y otro tipo de necesidades de corte más radical, ya no se trata
tanto de reivindicar como de poner en práctica aquello que se
plantea. Se interrelacionan necesidades materiales con las
culturales de ejercer una presencia directa de los afectados.
Importa más la autovaloración, la apropiación, la autogestión o
el control a pequeña escala que unos logros cuantitativos
espectaculares. Son nuevos movimientos que se recrean en nuevos
aspectos como la sostenibilidad ambiental, la calidad de vida y
la corresponsabilidad, aspectos todos ellos que refuerzan el
sentido de la complejidad.
Si la emergencia de las denominadas iniciativas invisibles en los
análisis sobre contextos de subdesarrollo, periferia o
dependencia [Elizalde, 1986] se fundamentan en la debilidad del
Estado y del Mercado, en el contexto de los países occidentales
esas pequeñas iniciativas que se plantean la "rehabilitación
urbano ecológica" (Hanh , 1994) de las ciudades vienen de la mano
de la necesidad de afrontar la problemática social y ambiental
de las grandes conurbaciones a través de nuevos formas de hacer
política, de nuevos modelos de gestión, de la integración de los
sujetos en el espacio y en los procesos.
Más bien la mayor complejidad social precisa de análisis
complejos y debe ir acompañada de modelos integrales de
intervención capaces de revelar permanentemente las necesidades
cambiantes, y de establecer las modificaciones de las estructuras
de definición y de gestión de los recursos. Ello pasa
necesariamente por una mayor implicación de los sujetos en el
descubrimiento y determinación de sus propias necesidades, y en
la participación y decisión sobre los mecanismos adecuados para
satisfacerlas.
En definitiva, el denominado Tercer Sector emerge como un nuevo
componente de la complejidad que nos muestra la tercera cuestión
a resolver: La concentración y jerarquización del poder que
condena la enajenación del sujeto del control de los procesos
sociales.
Ello sentaría las bases que podrían alentar mecanismos para una
participación real y directa en los aspectos de la gestión de los
procesos sociales, de las intervenciones y de las prestaciones
del sistema urbano. En definitiva se trata de articular la
potencialidad y la capacidad de los usuarios para autogestionar
los servicios y los espacios como objetivo estratégico para
alcanzar mayor rentabilidad social y mayor calidad de vida.
Precisamente ello nos lleva finalmente a considerar la necesidad
de integrar adecuadamente los análisis y a incorporar métodos de
evaluación, y nuevos indicadores de gestión, de manera que se
pueda evaluar el rendimiento social en relación a las
prestaciones y los recursos disponibles.
En síntesis desde los nuevos retos (nuevas externalidades
sociales y ambientales) que debe de afrontar el Estado de
Bienestar se derivan la necesidad de una nueva cultura de la
intervención en los procesos sociales. Pero también desde ahí y
desde la vertiente de las necesidades más radicales aparecen
nuevas posibilidades que desde lo local den respuesta a
problemáticas globales. Frente a las políticas sectoriales (para
la reproducción, producción y la distribución) que requieren de
una única función y unos instrumentos de gestión que resuelven
efectos primarios y se encuentran enajenados del sujeto, son
necesarios nuevos instrumentos capaces de afrontar los efectos
secundarios (Desvertebración social, simplicidad urbana,
incomunicación, distanciamiento de los ciudadanos de las
instituciones, crisis ambiental, crisis de empleo...) desde una
vertiente cualitativa. Se trata de rellenar espacios de actividad
social, recuperación y ampliación ambiental mediante herramientas
que recreen los sentimientos de pertenencia y de identidad, que
permitan la apropiación de los espacios y la participación en la
toma de decisiones. En definitiva, completar la trilogía del
concepto de la calidad de vida afrontando problemas sectoriales
autoimplicados con y para el sujeto, en donde la sociabilidad se
inscribe como un factor de primordial importancia.
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Fecha de referencia: 30-11-1997
| Boletín CF+S > 3 -- Especial sobre PARTICIPACIÓN SOCIAL > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n3/a1jalg.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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