Rifkin, Jeremy (2002) La economía del hidrógeno. La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra Paidós Estado y Sociedad (102), Barcelona
Parece ser que, nos guste o no, desde hace
algún tiempo, el hidrógeno flota en el ambiente mediático.
De esta situación seguramente sea en gran parte responsable
Jeremy Rifkin con su libro La economía del hidrógeno. En esta obra se
procuran dos hipótesis: por una parte se analiza cómo la
sociedad contemporánea ha llegado al final de una fase, la
etapa de los combustibles fósiles; y por otra parte, el
autor anticipa las características que él prevé (desea) para
un nuevo estadio energético basado en el hidrógeno.
El hidrógeno es el elemento más ligero, más básico y
más ubicuo del universo. Cuando se utiliza como forma de
energía, se convierte en el combustible eterno.
Nunca se termina y, como no contiene ni un solo átomo de
carbono, no emite dióxido de carbono. El hidrógeno se
encuentra repartido por todo el planeta: en el agua, en los
combustibles fósiles y en los seres vivos. Sin embargo,
raramente aparece en estado libre en la naturaleza, sino que
tiene que ser extraído de fuentes naturales.
A sus detractores, el tono de este párrafo, que subyace a lo
largo de todo el libro les pone los pelos como escarpias. Por otra
parte, aquellos
que han caído rendidos a los pies de Rifkin lo han hecho en
base a la seducción que produce, en quien quiere dejarse
seducir, una reflexión como la que acabamos de citar.
¿Cuál es el panorama energético actual? Según el autor, nos
encontramos ante un escenario frágil en el que se conjugan tres
circunstancias:
- «el descenso esperado de la producción global de
petróleo crudo convencional[...]»
- «el auge del fundamentalismo islámico en Oriente Medio
y el resto del mundo»
- «y el creciente calentamiento del clima de la Tierra
provocado por la quema de combustibles fósiles».
Nuestra sociedad comienza
a acusar los síntomas de la vejez: los rendimientos
marginales. En su momento inicial, cualquier proyecto (desde
una pequeña empresa hasta una civilización) posee un tipo
de energía muy explosiva: consume poco y los resultados se
dejan ver de forma espectacular. Con el tiempo, parte de la
energía destinada a la innovación y el crecimiento tiene que
cederse al mantenimiento de todo lo ya consolidado. Así,
«el desarrollo de nuevas herramientas y el aumento de
la complejidad de las estructuras institucionales tienen un
precio elevado: estructuras sociales más jerarquizadas,
especialización de tareas y concentración de poder en la
cúspide». Al mismo tiempo que esto ocurre, los recursos
energéticos se hacen cada vez más difíciles de encontrar y
de procesar. Así, poco a poco, el proyecto va perdiendo
impulso y acaba consumiendo cada vez más energía para
obtener cada vez menos resultados. Citando a Tainter,
Rifkin nos recuerda que
«el colapso
se produce cuando una civilización madura
llega al punto en que se ve forzada a destinar un porcentaje
cada vez mayor de sus reservas de energía simple a mantener
su compleja estructura social, al tiempo que experimenta un
descenso en el rendimiento de energía consumida per cápita».
Flota en el ambiente, sobre estos razonamientos, el
Segundo
Principio de la Termodinámica, del que nuestro autor es un
gran fan. Rifkin nos recuerda que este principio
dice lo siguiente:
«la energía disponible para realizar un trabajo útil
siempre disminuye». Esto ocurre de forma global, es decir,
podemos incrementar la energía útil en un lugar a
base de robarla de otro. En otras palabras:
«la evolución tiene como resultado la
creación de islas de orden cada vez más grandes a expensas
de la creación de océanos todavía mayores de desorden en el
mundo». La cantidad de desorden, la entropía, siempre crece.
Sobre este segundo principio se asientan
las ideas principales que articulan el concepto de
sostenibilidad:
- La sostenibilidad de algo no se puede evaluar
de forma aislada. Depende de las decisiones
políticas y estratégicas que hayamos tomado. El autor nos
ofrece el dato de que un objeto como la Torre Sears de
Chicago consume más energía por hora que una ciudad de
150.000 habitantes. Por lo tanto, se trata de una cuestión
de preferencias entre un tipo de objeto y el otro. Podríamos
decir que por cada torre que construimos eliminamos la
posibilidad de existencia de una ciudad completa.
Preguntarnos por la sostenibilidad requiere preguntarnos,
pues, ¿cómo de selecto es el club de los que construimos
torres? La incorporación de nuevos miembros (India y
China, por ejemplo) a este club (el del mundo occidental
industrializado) es pues, parte de la prueba
de carga a la que se está viendo sometido el sistema (Las
relaciones entre este segundo principio y la sostenibilidad
las explica Mariano Vázquez (1998) en «Ciudades
Sostenibles»).
- «El incremento del flujo de poder entre la
naturaleza y el entorno tiene como resultado inevitable un
flujo de poder vertical dentro de la sociedad». Es decir,
que como civilización el que ganemos o perdamos poder sobre la
naturaleza viene a ser una mentira, lo que ocurre es que
un grupo de personas gana o pierde poder sobre
otros grupos de personas. Para adentrarnos en este
planteamiento de la ecología política podemos consultar
«Tierra de Sombras: desafíos de la sustentabilidad
del desarrollo territorial y local ante la globalización» de
Roberto Guimarães (2003).
Estas dos vertientes nos permiten por tanto entender que
si algo suena demasiado
bien... es que tiene trampa. De esta forma,
deberíamos introducir como costes energéticos indirectos de
nuestro estilo de vida (como manifestaciones del
desorden que nosotros no vemos)
el efecto invernadero, la Guerra del Golfo, el terrorismo
islámico o la división Norte-Sur del mundo.
¿Cuáles son las
características de este modelo que ha entrado en crisis? Rifkin nos
recuerda los aspectos esenciales de nuestra
economía industrial de la era de la información:
«un sistema agrícola basado en
la industria petroquímica; una forma de vida urbana y
masificada; el modelo de transporte impulsado con
combustibles fósiles que permite la rápida circulación de
pasajeros y cargas entre las comunidades rurales, urbanas y
suburbanas, así como a través de continentes y océanos; y,
por último, la red eléctrica, el sistema nervioso
central que proporciona potencia, luz y calor y hace
posible la red de telecomunicaciones que coordina el
funcionamiento de todos los subsistemas que integran el
conjunto del organismo». Este modelo
«existe unicamente gracias al flujo continuado de
petróleo». El petróleo en sí no se está
acabando, se están agotando las «reservas de
petróleo barato necesarias para mantener el estilo de vida
industrial».
Ante esta crisis energética, ¿qué alternativas ofrece Rifkin?
Básicamente cuatro:
- La sustitución del petróleo por el gas natural. En
principio, podría resultar beneficioso, porque el gas
natural resulta menos contaminante. Pero parece ser que la
producción mundial de gas natural se encuentra a puertas de
tocar techo, poco después de que lo haga el petróleo, y el
aumento del consumo seguramente anularía el efecto
beneficioso que pudiera tener el cambio.
- La huida hacia
delante, buscando el refinado de petróleos no convencionales
(las arenas asfálticas, el crudo pesado, los yacimientos
situados en aguas profundas o polares y el petróleo de
esquisto) y del carbón.
- La economía basada en el hidrógeno.
- Caminar radicalmente hacia la sociedad
estacionaria: aquella que «aprende a vivir tan bien
como puede de acuerdo con el calendario de la naturaleza.
Los procesos se producen a un ritmo proporcionado con la
capacidad del entorno para reciclar residuos y restaurar
reservas de energía renovable».
Rifkin se concentra en la tercera opción.
El hidrógeno no supone más que un sistema de almacenamiento
de energía. Es un vector que podríamos utilizar como
intermediario entre la producción y el consumo de energía.
¿De dónde saldría este intermediario?
Existen dos posibilidades:
- Por
un lado, transformando el carbón o el gas natural en
hidrógeno y dióxido de carbono. Se trataría de transformar
cualquiera de estos dos recursos en algo con lo que
pudiéramos mover nuestros coches, por ejemplo. Resultaría un sistema
beneficioso para EEUU y para Europa, puesto que aun
asumiendo las pérdidas de energía producidas en el proceso,
situaría las fuentes energéticas en el suelo de
estos países. Sería lo mismo que utilizár el carbón
para obtener sucedáneos del petróleo.
- Por otro lado, la utopía de Rifkin que consiste en los
siguiente: en nuestra
casa o en nuestro barrio tenemos una planta solar o eólica,
a partir de ella, a través de la electrólisis del agua,
producimos el hidrógeno que nuestras necesidades demandan,
el excedente lo mandamos a través de la red eléctrica hacia
lugares donde sea necesario. De esta forma se abrirían las
puertas a un nuevo sistema energético que él dice compañero
de internet y de los nuevos modos introducidos por la
informática. Dos conceptos fundamentales: la generación
distribuida (sustitución de las grandes centrales
energéticas por pequeñas centrales que emplean energías
renovables vinculadas a los usuarios
finales de la energía) y la HEW (red mundial del hidrógeno
que permite poner en contacto a todos los
productores/usuarios posibilitando que compartan la energía
tal y como en internet se comparte la información). Los
hombres, integrados como usuarios/productores en la HEW
podrán por fin, controlando la producción energética,
ejercer plenamente la democracia.
El proceso químico utilizado para producir hidrógeno
según este segundo planteamiento es impoluto:
aportando energía, a través de nuestro molino de viento o de
nuestras células fotovoltaicas, descomponemos el agua en
hidrógeno y oxígeno. El hidrógeno lo metemos en nuestro
coche, o lo almacenamos en casa, y la energía que desprende
al reasociarse con el oxígeno en una pila de combustible es la que
nos permitirá desplazarnos o tener electicidad en días sin viento y sin
sol. La pérdidas de energía producidas en ambas reacciones se
compensan con creces dado que la cantidad de energía
manejada será infinita (el agua parece ser infinita)
y además, dada la limpieza de la
reacción, no importa demasiado desperdiciar
energía.
Parece ser que existe una solución mágica que
resuelve de golpe todos los problemas a los que se ha
enfrentado siempre la humanidad...
Pero... ¿No habíamos quedado en que es imposible
la existencia de nada que sea demasiado bueno?
Aplicando la Segunda Ley, frente a alternativas
energéticas, lo único que podemos
hacer es, calculadora en mano, echar números en todas las
direcciones: cuál es el proceso completo que sigue esta
forma de almacenar energía, cuáles son las pérdidas totales
de este proceso, qué residuos produce, cuáles son sus
consecuencias una vez se haya extendido su uso a escala
mundial, qué ocurre si lo utilizan unos 800 millones de
personas, qué ocurre cuando lo utilizan 6.000 millones de
personas, con qué materiales se hacen físicas estas teorías,
quién gana y quién pierde con su aplicación...Esta es la única forma de no caer en quimeras panfletarias.
El sueño de Rifkin suscita, pues, ciertas preguntas:
- El hidrógeno se produce de forma limpia a partir de agua y de
una corriente eléctrica producida con energías renovables.
Esto es lo que lo hace eterno.
En ningún momento se nos informa de la calidad que deberá
tener el agua utilizada a tal fin: ¿podemos utilizar agua
salada, aguas residuales... o agua limpia, en
condiciones especiales? ¿No es mucho suponer que un aparato que
basa su funcionamiento en la disponibilidad de agua hace
asequible por igual a todos los hombres el acceso a la
energía?
- Tanto un electrolizador como una pila de
combustible se componen no sólo de hidrógeno, oxígeno y agua:
contienen un ánodo, un cátodo, una serie de catalizadores,
una membrana de intercambio de protones... Todos
estos elementos son cosas materiales, tienen una fisicidad.
Se construyen con acero o con plásticos o con
grafito... todo hay que extraerlo de algún sitio,
combinarlo, montarlo... Supongamos que el tipo de agua no
es un problema y que incluso podríamos utilizar orina humana
y aguas fecales para la producción del hidrógeno, cada elemento
extraño al agua necesitará de unos filtros y producirá unos restos (cloro,
sodio, minerales precipitados...) Es de suponer
también que aunque estos elementos no afecten al propio proceso de
la electrólisis, sí afectarán el funcionamiento de las
partes físicas de las máquinas. Lo mismo ocurre con el aire
que se usará en la pila de combustible, no sólo contiene
oxígeno, sino otros gases, además de partículas en
suspensión, pólenes...
- El hidrógeno, una vez producido (damos por supuesto que de forma
limpia), hay que almacenarlo en algún sitio, además de lo
especial de los recipientes (necesitarán tener condiciones
especiales que impidan la evaporación del hidrógeno), para lograr
introducir nuestro gas en ellos, podremos aumentar su
presión, disminuir su temperatura o utilizar mezclas con
otros elementos (metales). Cualquiera de estas tres
opciones incrementa las pérdidas energéticas del proceso e
introduce elementos que no se encuentran en la ecuación
mágica de la que hemos partido. Cada mezcla del hidrógeno
con otro gas o con líquidos o metales, introduce nuevos
factores de funcionamiento en todas las máquinas así como nuevos
residuos.
- ¿Qué más procesos se producen en paralelo a la electrólisis
y la recomposición del agua? ¿Cómo son de importantes las
pérdidas de hidrógeno una vez producido y almacenado? ¿Se
producen también pérdidas de otros elementos, iones
hidroxilo (OH-), por ejemplo? ¿Cuáles son
las consecuencias de estas pérdidas y escapes cuando la
aplicación se realiza a gran escala (6.000 millones de
personas utilizando intensivamente el hidrógeno)?
- En cualquier caso, aunque las respuestas a todas estas
preguntas fueran a favor del hidrógeno, el aumento de la
energía disponible nos arrojaría a un incremento de nuestra
capacidad de consumo, esto dispararía todos los parámetros
que más allá de la energía produce nuestro estilo de vida:
residuos, huellas sobre el territorio, consumo de recursos
naturales (agua, alimentos...).
- Alguna de las partes del libro suena especialmente
extraña: el automóvil propulsado por hidrógeno parece una de las
mayores trampas. Rifkin es capaz de decir por una parte que
«el automóvil
es un gran consumidor de materias primas y energía y el
responsable de la aceleración del ritmo de vida y de que la
velocidad y la eficacia se hayan convertido en las virtudes
contemporáneas». Por otra parte, se apunta a la teoría de las
grandes empresas automovilísticas del coche como central
energética sin explicar en qué sentido ocurre tal milagro:
¿El coche se suministra con células fotovoltaicas capaces
de generar electricidad cuando éste está aparcado? ¿Con
sistemas de turbinas que giran con el movimiento? ¿Llenamos
el depósito de hidrógeno y luego, para no perder la energía
la vertemos a la red (lo cual sería como instalar un
generador de gasolina en el maletero de un coche
convencional)? ¿Es el dióxido de carbono el único problema
que producen los coches? ¿Cuánto asfalto consume un parque
de automóviles que dispone de un combustible infinito? ¿Cómo
se gestionan los flujos de tráfico y los atascos?
- ¿Cuál es la verdadera relación entre energía y democracia?
Hasta la llegada del carbón, el régimen energético que movió
el mundo fue básicamente el de la madera. ¿Es realmente el
hidrógeno más accesible, fácilmente manipulable,
descentralizado que la madera? ¿No es el factor energético
uno entre muchos en la ecuación de la distribución del
poder? ¿Realmente disminuye la inercia centralizadora del
modelo económico actual la generación distribuida de
hidrógeno? Por quedarnos con la analogía entre el nuevo
modelo energético e internet y la informática, ¿es nuestra vida cotidiana
(por no hablar de la capacidad de maniobra de nuestras
instituciones políticas) realmente independiente de lo que decida un
puñado de señores en los consejos de administración de
Microsoft, IBM, Toshiba...?
- ¿Y si antes de
invertir en nuevas fuentes de energía limitáramos el uso del coche
de nuestras vidas y moderáramos significativamente nuestros consumos pero
mantuviéramos el petróleo y el gas natural como fuentes de energía?
En otras partes parecía Rifkin (amante de los modelos y
de las grandes soluciones) algo más razonable. En sus
planteamientos sobre el consumo de carne y la distribución
de los alimentos en el planeta, aboga por transformar
nuestra dieta carnívora en otra vegetariana en la que la
carne tenga el papel de lo que es: un lujo. ¿No es este
planteamiento más prudente que el de el incremento masivo de
la producción a través de las modificaciones
genéticas? ¿No podría ser análoga la aplicación de esta idea
a las cuestiones energéticas?
Seguramente el libro de Rifkin forme parte, junto con la introducción de
flotas de transporte público hidrogénero, la presentación de
nuevos modelos de automóvil eléctricos...de la preparación de
cierto ambiente que vaya asentando en nuestro imaginario
esta nueva forma de almacenamiento energético. Así parecen indicarlo,
hasta el momento, las intenciones de los gobiernos europeo y
norteamericano. Los problemas técnicos encontrarán progresivamente soluciones más
y más refinadas a costa de consumos energéticos y
materiales. Puede que finalmente el hidrógeno no se imponga,
pero el mensaje está claro: el espectáculo
debe continuar. Nuestra sociedad depende demasiado de los
ambientes que se generan en ella, y no podemos permitirnos que la
idea de crisis se generalice.
El contraste entre los dos planteamientos contradictorios de
Rifkin nos hace pensar que ha sabido identificar los
argumentos idóneos con los que encandilar a cada uno de sus
lectores (clases medias, políticos, ecologistas,
personas preocupadas por las injusticias sociales...).
Nuestro mundo, con o sin hidrógeno,
en un futuro cercano se parecerá mucho a lo que hoy
conocemos a no ser que nos replanteemos seriamente nuestra
forma de vida. Es decir, de las cuatro alternativas
energéticas propuestas por Rifkin, la del hidrógeno se une
a las dos primeras como forma de perpetuar
nuestro modelo de vida hasta que éste aguante. A los tres
escenarios de crisis les resulta indiferente la implantación
o no, del hidrógeno: aunque éste no se agote, se agotarán el
agua adecuada o el silicio con el que se fabrican las
placas fotovoltaicas; el agotamiento y la concentración en
determinados lugares de los recursos materiales del planeta traerá
nuevas tensiones político-militares, y desde luego,
las tensiónes en Oriente Medio derivadas de la convulsa historia
a la que durante los últimos cincuenta años les ha provocado el petróleo,
se verían seriamente agravados de desaparecer la principal
fuente de ingresos de la región. Por último, la posible remisión
del efecto invernadero se verá compensada con nuevas huellas
y nuevos residuos. El hidrógeno sin más no cambia nada,
simplemente permite que todo pueda seguir igual.