Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda | Buenas Prácticas | Documentos | Boletín CF+S | Novedades | Convocatorias | Sobre la Biblioteca | Buzón/Mailbox
 
Boletín CF+S 28 -- Transporte: ¿mejor cuanto más rápido? > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n28/nlib.html
Libros
Adrián Masip Moriarty
Madrid (España), 31 de enero de 2005.

El espectáculo debe continuar

Rifkin, Jeremy  (2002)   La economía del hidrógeno. La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra   Paidós Estado y Sociedad (102), Barcelona 

Parece ser que, nos guste o no, desde hace algún tiempo, el hidrógeno flota en el ambiente mediático. De esta situación seguramente sea en gran parte responsable Jeremy Rifkin con su libro La economía del hidrógeno. En esta obra se procuran dos hipótesis: por una parte se analiza cómo la sociedad contemporánea ha llegado al final de una fase, la etapa de los combustibles fósiles; y por otra parte, el autor anticipa las características que él prevé (desea) para un nuevo estadio energético basado en el hidrógeno.

El hidrógeno es el elemento más ligero, más básico y más ubicuo del universo. Cuando se utiliza como forma de energía, se convierte en el combustible eterno. Nunca se termina y, como no contiene ni un solo átomo de carbono, no emite dióxido de carbono. El hidrógeno se encuentra repartido por todo el planeta: en el agua, en los combustibles fósiles y en los seres vivos. Sin embargo, raramente aparece en estado libre en la naturaleza, sino que tiene que ser extraído de fuentes naturales.

A sus detractores, el tono de este párrafo, que subyace a lo largo de todo el libro les pone los pelos como escarpias. Por otra parte, aquellos que han caído rendidos a los pies de Rifkin lo han hecho en base a la seducción que produce, en quien quiere dejarse seducir, una reflexión como la que acabamos de citar.

Panorama energético actual

¿Cuál es el panorama energético actual? Según el autor, nos encontramos ante un escenario frágil en el que se conjugan tres circunstancias:

Nuestra sociedad comienza a acusar los síntomas de la vejez: los rendimientos marginales. En su momento inicial, cualquier proyecto (desde una pequeña empresa hasta una civilización) posee un tipo de energía muy explosiva: consume poco y los resultados se dejan ver de forma espectacular. Con el tiempo, parte de la energía destinada a la innovación y el crecimiento tiene que cederse al mantenimiento de todo lo ya consolidado. Así, «el desarrollo de nuevas herramientas y el aumento de la complejidad de las estructuras institucionales tienen un precio elevado: estructuras sociales más jerarquizadas, especialización de tareas y concentración de poder en la cúspide». Al mismo tiempo que esto ocurre, los recursos energéticos se hacen cada vez más difíciles de encontrar y de procesar. Así, poco a poco, el proyecto va perdiendo impulso y acaba consumiendo cada vez más energía para obtener cada vez menos resultados. Citando a Tainter, Rifkin nos recuerda que «el colapso se produce cuando una civilización madura llega al punto en que se ve forzada a destinar un porcentaje cada vez mayor de sus reservas de energía simple a mantener su compleja estructura social, al tiempo que experimenta un descenso en el rendimiento de energía consumida per cápita».

Flota en el ambiente, sobre estos razonamientos, el Segundo Principio de la Termodinámica, del que nuestro autor es un gran fan. Rifkin nos recuerda que este principio dice lo siguiente: «la energía disponible para realizar un trabajo útil siempre disminuye». Esto ocurre de forma global, es decir, podemos incrementar la energía útil en un lugar a base de robarla de otro. En otras palabras: «la evolución tiene como resultado la creación de islas de orden cada vez más grandes a expensas de la creación de océanos todavía mayores de desorden en el mundo». La cantidad de desorden, la entropía, siempre crece. Sobre este segundo principio se asientan las ideas principales que articulan el concepto de sostenibilidad:

Estas dos vertientes nos permiten por tanto entender que si algo suena demasiado bien... es que tiene trampa. De esta forma, deberíamos introducir como costes energéticos indirectos de nuestro estilo de vida (como manifestaciones del desorden que nosotros no vemos) el efecto invernadero, la Guerra del Golfo, el terrorismo islámico o la división Norte-Sur del mundo.

¿Cuáles son las características de este modelo que ha entrado en crisis? Rifkin nos recuerda los aspectos esenciales de nuestra economía industrial de la era de la información: «un sistema agrícola basado en la industria petroquímica; una forma de vida urbana y masificada; el modelo de transporte impulsado con combustibles fósiles que permite la rápida circulación de pasajeros y cargas entre las comunidades rurales, urbanas y suburbanas, así como a través de continentes y océanos; y, por último, la red eléctrica, el sistema nervioso central que proporciona potencia, luz y calor y hace posible la red de telecomunicaciones que coordina el funcionamiento de todos los subsistemas que integran el conjunto del organismo». Este modelo «existe unicamente gracias al flujo continuado de petróleo». El petróleo en sí no se está acabando, se están agotando las «reservas de petróleo barato necesarias para mantener el estilo de vida industrial».

Ante esta crisis energética, ¿qué alternativas ofrece Rifkin? Básicamente cuatro:

La alternativa del hidrógeno

Rifkin se concentra en la tercera opción. El hidrógeno no supone más que un sistema de almacenamiento de energía. Es un vector que podríamos utilizar como intermediario entre la producción y el consumo de energía.

¿De dónde saldría este intermediario? Existen dos posibilidades:

El proceso químico utilizado para producir hidrógeno según este segundo planteamiento es impoluto: aportando energía, a través de nuestro molino de viento o de nuestras células fotovoltaicas, descomponemos el agua en hidrógeno y oxígeno. El hidrógeno lo metemos en nuestro coche, o lo almacenamos en casa, y la energía que desprende al reasociarse con el oxígeno en una pila de combustible es la que nos permitirá desplazarnos o tener electicidad en días sin viento y sin sol. La pérdidas de energía producidas en ambas reacciones se compensan con creces dado que la cantidad de energía manejada será infinita (el agua parece ser infinita) y además, dada la limpieza de la reacción, no importa demasiado desperdiciar energía.

Parece ser que existe una solución mágica que resuelve de golpe todos los problemas a los que se ha enfrentado siempre la humanidad... Pero... ¿No habíamos quedado en que es imposible la existencia de nada que sea demasiado bueno? Aplicando la Segunda Ley, frente a alternativas energéticas, lo único que podemos hacer es, calculadora en mano, echar números en todas las direcciones: cuál es el proceso completo que sigue esta forma de almacenar energía, cuáles son las pérdidas totales de este proceso, qué residuos produce, cuáles son sus consecuencias una vez se haya extendido su uso a escala mundial, qué ocurre si lo utilizan unos 800 millones de personas, qué ocurre cuando lo utilizan 6.000 millones de personas, con qué materiales se hacen físicas estas teorías, quién gana y quién pierde con su aplicación...Esta es la única forma de no caer en quimeras panfletarias.

El sueño de Rifkin suscita, pues, ciertas preguntas:

Conclusiones

Seguramente el libro de Rifkin forme parte, junto con la introducción de flotas de transporte público hidrogénero, la presentación de nuevos modelos de automóvil eléctricos...de la preparación de cierto ambiente que vaya asentando en nuestro imaginario esta nueva forma de almacenamiento energético. Así parecen indicarlo, hasta el momento, las intenciones de los gobiernos europeo y norteamericano. Los problemas técnicos encontrarán progresivamente soluciones más y más refinadas a costa de consumos energéticos y materiales. Puede que finalmente el hidrógeno no se imponga, pero el mensaje está claro: el espectáculo debe continuar. Nuestra sociedad depende demasiado de los ambientes que se generan en ella, y no podemos permitirnos que la idea de crisis se generalice. El contraste entre los dos planteamientos contradictorios de Rifkin nos hace pensar que ha sabido identificar los argumentos idóneos con los que encandilar a cada uno de sus lectores (clases medias, políticos, ecologistas, personas preocupadas por las injusticias sociales...).

Nuestro mundo, con o sin hidrógeno, en un futuro cercano se parecerá mucho a lo que hoy conocemos a no ser que nos replanteemos seriamente nuestra forma de vida. Es decir, de las cuatro alternativas energéticas propuestas por Rifkin, la del hidrógeno se une a las dos primeras como forma de perpetuar nuestro modelo de vida hasta que éste aguante. A los tres escenarios de crisis les resulta indiferente la implantación o no, del hidrógeno: aunque éste no se agote, se agotarán el agua adecuada o el silicio con el que se fabrican las placas fotovoltaicas; el agotamiento y la concentración en determinados lugares de los recursos materiales del planeta traerá nuevas tensiones político-militares, y desde luego, las tensiónes en Oriente Medio derivadas de la convulsa historia a la que durante los últimos cincuenta años les ha provocado el petróleo, se verían seriamente agravados de desaparecer la principal fuente de ingresos de la región. Por último, la posible remisión del efecto invernadero se verá compensada con nuevas huellas y nuevos residuos. El hidrógeno sin más no cambia nada, simplemente permite que todo pueda seguir igual.


Edición del 31-1-2005
Boletín CF+S 28 -- Transporte: ¿mejor cuanto más rápido? > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n28/nlib.html
 
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda | Buenas Prácticas | Documentos | Boletín CF+S | Novedades | Convocatorias | Sobre la Biblioteca | Buzón/Mailbox
 
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid -- Universidad Politécnica de Madrid -- Ministerio de Vivienda
Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio