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Illich, Ivan (1973) Tools for conviviality Versión española de Matea P. de Grossmann: La convivencialidad, Barral Editores, Barcelona, 1974
La vacaHabía una vez, hace mucho tiempo, una vaca. No había en el mundo entero un animal que diera regularmente tanta leche y de tan alta calidad.
La gente llegaba de todas partes para ver este prodigio. Los padres les hablaban a sus hijos de la dedicación con que la vaca realizaba la tarea que tenía encomendada. Los ministros de la religión exhortaban a sus rebaños a que la emularan a su manera. Los funcionarios del gobierno se referían a ella como modelo de comportamiento adecuado, y planeaban y pensaban cómo podría aplicarse a la comunidad humana. Todo el mundo, en suma, podía beneficiarse de la existencia de este maravilloso animal.
Sin embargo, la mayoría de la gente, absorbida como estaba por las obvias virtudes de la vaca, no consiguió observar una de sus características. La vaca tenía la siguiente costumbre: en cuanto se llenaba un cubo con su inmejorable leche, le pegaba una coz.
Tradicional (cuento sufí)
Si Ivan Illich proviniese de la tradición sufí, podría haber empleado este cuento para condensar gran parte de su pensamiento. Sin embargo, en este caso al menos, Illich renuncia a la metáfora. Es perfectamente consciente de que el hombre contemporáneo tiene seriamente limitada su capacidad para la poesía y la metáfora; Illich le ofrece una exposición sistemática, sin concesiones a la galería. Las cosas que cuenta Illich son demasiado serias y sus potenciales lectores están especialmente predispuestos a malinterpretarle.
La convivencialidad es un libro denso, aunque en ningún momento se haga dura su lectura. Hay mucho que contar y hay que empezar desde el principio; porque en este libro se ponen en cuestión muchos de los fundamentos innegociables de nuestra civilización. Precisamente por tratar de cuestiones que se consideran cerradas y asumidas de forma acrítica, el libro es tan fácil de leer como difícil de digerir. Cualquiera puede entender lo que nos dice el maestro, es mucho más complicado admitir las consecuencias que tiene su mensaje.
Al mismo tiempo que aplicamos la más obscena racionalidad para solucionar cualquier problema de la vida cotidiana --muchas veces más allá de lo que recomendaría el sentido común--, hay ciertos aspectos de nuestro mundo que asumimos con naturalidad sin dedicarle una mínima mirada crítica; nuestro mundo racional se construye sobre una serie de mitos que Illich ataca sin piedad. Este ataque, a pesar de su evidente lucidez, difícilmente llega a su objetivo, protegido por una coraza de inconsciencia emocional, pero es un intento loable que apunta en la dirección correcta: el hecho de que los libros de Illich hayan virtualmente desaparecido del mercado editorial demuestra que su ataque es demasiado certero.
«Ciertas herramientas son siempre destructoras, cualesquiera que sean las manos que las detenten: la mafia, los capitalistas, una firma multinacional, el Estado o incluso una colectividad obrera. Es así, por ejemplo, en el caso de las redes de autopistas de vías múltiples, de los sistemas de comunicación a larga distancia que utilizan bandas anchas de frecuencias y también de las minas o de las escuelas. El instrumento destructor incrementa la uniformación, la dependencia, la explotación y la impotencia; despoja al pobre de su parte de convivencialidad, para frustrar más al rico de la suya.»
Cuando el Siglo de las Luces determinó que debían abandonarse todos los mitos y creencias antiguos en favor de una racionalidad mecanicista y fragmentadora del mundo real se empezaba a levantar un nuevo mito bajo el nombre de progreso. Abandonados todos los fanatismos del pasado, el hombre podría seguir avanzando hacia su destino manifiesto gracias a la racionalidad científica (mal llamada desmitificadora) y al progreso técnico. El siglo XIX parecía suponer la confirmación de esta profecía, pero, de manera imprevista, el siglo XX sacó a la luz todas las sombras que habían permanecido ocultas bajo el fanatismo del progreso. Una vez puesto de manifiesto que la utopía tecnológica nos proporcionaba horrores no menores que los que nos ahorraba, era la hora de poner en cuestión todos los mitos sobre los que se asentaba. Durante cincuenta años aún se pudo mantener la ficción de que eran los hombres, malvados otra vez por naturaleza, y no la tecnología, los responsables de la barbarie; pero en la década de 1970 empezó a resquebrajarse la aceptación acrítica de la tecnología. Fue el deterioro ambiental y las propias contradicciones del sistema, cada vez más evidentes, las que hicieron imprescindible, y por primera vez viable, la crítica a las propias bases del sistema edificado a partir de la Ilustración.
Por primera vez se plantearon dudas respecto a la bondad de la apisonadora tecnológica que imponía el progreso en cada rincón del mundo. ¿Eran todas las tecnologías igualmente benéficas? La respuesta parecía evidente a todo el mundo: depende de cómo se usen... Esta neutralidad de la tecnología es puesta en cuestión por Illich de forma implacable en este libro que nos ocupa. Las tecnologías no pueden emplearse de cualquier modo, algo evidente por sí mismo; de hecho, ¡algunas tecnologías sólo pueden emplearse para aumentar la opresión sobre los hombres! Esta conclusión resulta sorprendente e incómoda especialmente para todos aquellos que nos hemos criado rodeados de un entorno progresivamente tecnológico, pero es una perogrullada para cualquier ser humano no inoculado por el mito del progreso que se ha instalado en la civilización occidental.
Llegado a este punto, algún lector ingenuo seguirá pensando que, aun admitiendo la malevolencia de ciertas tecnologías concretas, no se puede cuestionar el beneficio que, globalmente, ha proporcionado el deslumbrante desarrollo tecnológico de los últimos doscientos años. Illich no parece tenerlo tan claro; las tecnologías nocivas han alcanzado todos los ámbitos de nuestra vida:
«En el caso de los transportes, se ha necesitado el transcurso de un siglo para pasar de la liberación lograda a través de los vehículos motorizados, a la esclavitud impuesta por el automóvil. Los transportes a vapor comenzaron a ser utilizados durante la Guerra de Secesión. Este nuevo sistema dio a mucha gente la posibilidad de viajar en ferrocarril a la velocidad de una carroza real y con un confort jamás soñado por rey alguno. Poco a poco se empezó a confundir la buena circulación con la alta velocidad.
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Desde hace algunos años se empieza a admitir que los automóviles, en la forma en que se utilizan, no son eficaces. Se atribuye esta falta de eficiencia al hecho de que los vehículos se han concebido para la propiedad privada y no para el bien público. En realidad, el sistema moderno de transportes no es eficiente porque todo incremento en velocidad se asimila a un progreso en la circulación. Al igual que el imperativo de mayor bienestar a toda costa, la carrera por la velocidad es una forma de desorden mental. En el país capitalista el viaje largo es una cuestión de dinero. En el país socialista, es una cuestión de poder. La velocidad es un nuevo factor de estratificación social en las sociedades supereficientes.
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La industria de los transportes produce escasez de tiempo. En una sociedad en donde mucha gente emplea vehículos rápidos, todo el mundo debe consagrarles más tiempo y dinero. Una vez roto el equilibrio, sobrepasado el umbral de la velocidad, la rivalidad entre la industria del transporte y las otras industrias se hace feroz, tratando de controlar los espacios y la energía disponibles. Y mientras la velocidad crece en forma lineal, la confusión crece en forma exponencial. El tiempo consagrado a la circulación usurpa el tiempo de trabajo, como devora el tiempo de recreo . Los vehículos más grandes no deben estar vacíos nunca; los más rápidos, deben moverse continuamente. Las cápsulas individuales se vuelven ruinosas. Los transportes públicos no prestan servicios más que en las grandes arterias. Es necesario que esto se mueva cada vez más rápido. Mientras la velocidad aumenta, el vehículo se convierte en tirano de la existencia cotidiana. Se prevé un tiempo determinado, se necesita el doble. Se proyectan planes con meses y hasta con años de anticipación. Algunos de esos planes, realizados con gran costo, no pueden cumplirse. El sentimiento de fracaso es continuo. Se vive bajo tensión. El hombre no se deja programar a voluntad. Cuando se ha sobrepasado el umbral crítico para el equilibrio de la acción, viene el enfrentamiento de la industria de la velocidad con las otras industrias, para ver quién va a despojar al hombre de la parte de humanidad que le queda.»
«El Derecho y las Finanzas están detrás de la industria de la construcción, dándole poder para sustraer al hombre la facultad de construir su propia casa. Últimamente, en más de un país de América Latina se han lanzado programas destinados a dar a cada trabajador ``un alojamiento decente''. Al principio se establecieron nuevas normas para la construcción de unidades habitacionales. Éstas estaban destinadas a proteger al adquisidor de los abusos de la industria de la construcción. Pero, paradójicamente, estas mismas normas han privado a un número mayor de gente de la posibilidad tradicional de construirse su casa.
Este nuevo código habitacional dicta condiciones mínimas que un trabajador, al construirse su casa en el tiempo libre, no puede satisfacer. Aún más, el solo alquiler de una vivienda cualquiera construida industrialmente sobrepasa el ingreso del 80% de la población. Este ``alojamiento decente'', como se dice, no puede ser ocupado más que por gente acomodada o por aquellos a quienes la ley concede una subvención para vivienda.
Los alojamientos que no satisfacen las normas industriales se declaran peligrosos e insalubres. Se rehúsa ayuda pública a la aplastante mayoría de la población que no tiene medios para comprar una casa, pero que bien podría construirla. Los fondos públicos destinados al mejoramiento de las condiciones habitacionales en las barriadas pobres se destinan a la construcción de poblaciones nuevas cercanas a las capitales provinciales y regionales, en donde podrán vivir los funcionarios, los obreros sindicados y los que tienen conexiones. Toda esa gente es empleada del sector moderno de la economía, tiene trabajo. Se les puede clasificar entre los que hablan de su trabajo en sustantivo. Los que no trabajan o que trabajan de cuando en cuando, y los que apenas alcanzan el nivel de subsistencia, utilizan la forma verbal cuando, por casualidad, les es posible trabajar.
Sólo las personas que tienen trabajo reciben subvenciones para construir su casa; además todos los servicios públicos están organizados para hacerles la vida grata. En las grandes ciudades de América Latina, el 10% de la población consume alrededor del 50% del agua potable. La mayoría de esas ciudades están en los altiplanos, donde el agua es muy escasa. El código de urbanismo impone normas mucho más bajas que las de los países ricos, pero, al prescribir cómo se deben construir las casas, crea un ambiente de escasez de alojamientos.»
«Los médicos occidentales hacen ingerir medicamentos a la gente que, en su vida pasada, había aprendido a vivir con sus enfermedades. El mal que se produce es mucho peor que el mal que se cura, pues se engendran nuevas especies de enfermedad que ni la técnica moderna, ni la inmunidad natural, ni la cultura tradicional saben cómo enfrentar. A escala mundial, y muy particularmente en Estados Unidos, la medicina fabrica una raza de individuos vitalmente dependientes de un medio cada vez más costoso, cada vez más artificial, cada vez más higiénicamente programado. En 1970, durante el Congreso de la American Medical Association, el presidente, sin atraer ninguna oposición, exhortó a sus colegas pediatras a considerar a todo recién nacido como paciente mientras no haya sido certificada su buena salud. Los niños nacidos en el hospital, alimentados bajo prescripciones, atiborrados de antibióticos, se convierten en adultos que, respirando un aire viciado y comiendo alimentos envenenados, vivirán una existencia de sombras en la gran ciudad moderna. Aún les costará más caro criar a sus hijos, quienes, a su vez, serán aún más dependientes del monopolio médico. El mundo entero se va convirtiendo poco a poco en un hospital poblado de gente que, a lo largo de su vida, debe plegarse a las reglas de higiene dictadas y a las prescripciones médicas.
Esta medicina burocratizada se expande por el planeta entero. En 1968, el Colegio de Medicina de Shanghai tuvo que inclinarse ante la evidencia: ``Producimos médicos llamados de primera clase... que ignoran la existencia de quinientos millones de campesinos y sirven únicamente a las minorías urbanas... adjudican grandes gastos de laboratorio para exámenes de rutina... prescriben, sin necesidad, enormes cantidades de antibióticos... y, cuando no hay hospital, ni laboratorios, se ven reducidos a explicar los mecanismos de la enfermedad a gentes por quienes no pueden hacer nada, y a quienes esta explicación a nada conduce.''»
«El modo industrial de producción fue plenamente racionalizado, por primera vez, con motivo de la fabricación de un nuevo bien de servicio: la educación, la pedagogía agregó un nuevo capítulo a la historia del Gran Arte.
Dentro del proceso alquimista, la educación se convierte en la búsqueda de aquello de donde nacerá un nuevo tipo de hombre, requerido por el medio, moldeado por la magia científica. Pero sea cual haya sido el precio pagado por las sucesivas generaciones, se reveló cada vez de nuevo que la mayoría de los alumnos no eran dignos de alcanzar los más altos grados de la iluminación, y era preciso excluirlos del juego, por ineptos para llevar la `verdadera' vida, ofrecida en ese mundo creado por el hombre.
La redefinición del proceso de adquisición del saber, en términos de escolarización, no sólo ha justificado a la escuela, al darle apariencia de necesidad, sino que también, simultáneamente, ha creado una nueva especie de pobres, los no escolarizados, y una nueva clase de segregación social, la discriminación de los que carecen de educación por parte de los orgullosos de haberla recibido. El individuo escolarizado sabe exactamente el nivel que ha alcanzado en la pirámide jerárquica del saber, y conoce con precisión lo que le falta para alcanzar la cúspide. Una vez que acepta ser definido por una administración, según su grado de conocimientos, acepta después, sin dudar, que los burócratas determinen sus necesidades de salud, que los tecnócratas definan su falta de movilidad. Una vez moldeado en la mentalidad de consumidor-usuario, ya no puede ver la perversión de los medios en fines, inherente a la estructura misma de la producción industrial tanto de lo necesario como de lo suntuario. Condicionado para creer que la escuela puede ofrecerle una existencia de conocimientos, llega a creer igualmente que los transportes pueden ahorrarle tiempo, o que en sus aplicaciones militares, la física atómica le puede proteger. Se apega a la idea de que el aumento de salarios corresponde al del nivel de vida y que el crecimiento del sector terciario refleja un alza en la calidad de la vida.
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Esta ceguera es el hecho del desequilibrio en la balanza del saber. Los intoxicados por la educación resultan buenos consumidores y buenos usuarios. Consideran su crecimiento personal bajo la forma de una acumulación de bienes y de servicios producidos por la industria. Antes que hacer las cosas por sí mismos, prefieren recibirlas embaladas por la institución. Rechazan su capacidad innata de captar lo real. El desequilibrio del balance del saber explica cómo el despliegue del monopolio radical de bienes y servicios es casi imperceptible para el usuario. Pero no nos dice por qué éste se siente hasta tal punto impotente para modificar las disfunciones en la medida en que las percibe.»
«La paradoja es que, actualmente, hemos alcanzado un nivel anteriormente impensable en nuestra habilidad de instrumentar la acción humana y que, por lo mismo, es justamente en nuestra época cuando resulta difícil imaginar una sociedad de herramientas simples, en donde el hombre pudiera lograr sus fines utilizando una energía puesta bajo su control personal. Nuestros sueños están estandarizados, nuestra imaginación industrializada, nuestra fantasía programada. No somos capaces de concebir más que sistemas de hiperinstrumentalización para los hábitos sociales, adaptados a la lógica de la producción en masa.»...
«Ha llegado la hora de elegir entre la constitución de una sociedad hiperindustrial, electrónica y cibernética, y el despliegue en un amplio abanico de las herramientas modernas y convivenciales. La misma cantidad de acero puede servir para producir tanto una sierra y una máquina de coser como un elemento industrial: en el primer caso se multiplicará por tres o por diez la eficacia de mil personas; en el segundo, gran parte del savoir-faire perderá su razón de ser.»
El análisis de Illich sobre la tecnología le lleva a una conclusión que se puede resumir de la siguiente manera: existen dos umbrales que suponen un cambio cualitativo en cualquier tecnología, el primero implica que una herramienta, tras un periodo inicial de pruebas y experimentaciones, comienza realmente a ser útil (esta conclusión no dejará de ser obvia para la mayoría de los lectores); el segundo umbral se alcanza cuando una herramienta alcanza una complejidad tal que su mantenimiento requiere un esfuerzo mayor que el beneficio que produce. Aunque este segundo umbral resulta perfectamente concebible, parece irracional llegar hasta dicho punto... ¡Mucho antes debería abandonarse dicha herramienta! Todo cobra sentido, sin embargo, cuando entra en juego la distribución desigual de los costes y de los beneficios (recordar que no sólo las carreteras se pagan entre todos los ciudadanos, sino también todas las infraestructuras que dan soporte a esta inmensa red, pero que sólo las disfrutan aquellos que disponen de un automóvil mientras que el conjunto de la ciudadanía debe soportar el humo, el ruido, la destrucción del paisaje rural, la invasión de la ciudad, etcétera). Efectivamente, el bienestar de unos pocos, apoyado sobre unas herramientas ineficientes, se sustenta sobre el esfuerzo del conjunto de la humanidad y del planeta, de forma que cada vez son más los excluidos.
Este análisis desmitificador, porque este es el calificativo que mejor lo define, viene acompañado de una propuesta en positivo que da título al libro: la convivencialidad. ¿En qué consiste? Muy sencillo: seleccionar las herramientas a la medida del hombre, y no el hombre a la medida de las herramientas. Se trata de una propuesta plenamente humanista (el hombre como medida de todas las cosas) que nos hace conscientes, de repente, de la lejanía de este humanismo abandonado en el siglo XVIII en favor de la máquina. La propuesta es sencilla, pero no su puesta en práctica; la segunda mitad del libro se dedica a analizar las posibles estrategias para llevar a cabo una transformación social que tiene muchos obstáculos que vencer, empezando por las reticencias de los propios hombres, domesticados por la educación institucionalizada.
En este punto, es mejor permitir que el propio maestro cierre esta modesta guía de lectura:
«La reconstrucción convivencial supone el desmantelamiento del actual monopolio de la industria, no la supresión de toda producción industrial. Exige que sea reducida la polarización social de la herramienta, a fin de que coexista una pluralidad dinámica de estructuras complementarias en la fuerza productiva y que haya lugar para una pluralidad de ambientes y de élites. Reclama la adopción de herramientas que pongan en acción la energía del cuerpo humano, no la regresión hacia una explotación del hombre. Exige la reducción considerable de la serie de tratamientos obligatorios, pero no impide a nadie ser enseñado o asistido si así lo desea. Una sociedad convivencial tampoco es una sociedad congelada. Su dinámica es función de la amplitud en el reparto del control de la energía, es decir, del poder de operar un cambio real. En el sistema actual de obsolescencia programada en gran escala, algunos centros de decisión son los que imponen la innovación al conjunto de la sociedad y privan a las comunidades de base para elegir su porvenir. De hecho, es el instrumento el que impone la dirección y el ritmo de la innovación. Un proceso ininterrumpido de reconstrucción convivencial es posible a condición de que el cuerpo social proteja el poder de las personas y de las colectividades para modificar y renovar sus estilos de vida, sus herramientas, su ambiente; dicho de otra forma, su poder para dar a la realidad un rostro nuevo. Dentro de esta amenaza industrial al pasado y al futuro, a la tradición y a la utopía, reside la quinta dimensión para salvaguardar el equilibrio.»
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