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Boletín CF+S > 26: Ivan Illich > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n26/ajrob.es.html   
En memoria de Ivan Illich
Jean Robert[1]
Cuernavaca (México), diciembre de 2002.

Versión original en francés

Ivan Illich murió este 2 de diciembre , como él lo deseaba: apaciblemente y rodeado de amigos.

En los días siguientes a su muerte, periódicos de todo el mundo publicaron artículos sobre él, mediocres en su mayoría. Esta mediocridad merece una explicación. El periodismo convencional forma parte del aparato de construcción social de la realidad. En palabras de Ivan Illich, contribuye a hacer desaparecer la realidad sensible bajo los mandamientos de ver, escuchar y sentir, y en consecuencia, a desacreditar la percepción libre y personal del mundo. Como era previsible, Ivan Illich, que recomendaba abiertamente no leer los periódicos, ha sido malinterpretado por los administradores profesionales de la representación de la realidad. Este malentendido es, paradójicamente, un homenaje a aquel cuyas conversaciones y escritos denunciaban toda construcción de la realidad por el poder, sea éste científico, administrativo o periodístico.

Esto no impidió que el nombre de Illich ocupara la primera página de los periódicos en los años setenta. En aquella época los poderes se disputaban sus consejos: Indira Gandhi, el shah, Pierre Trudeau, el presidente peruano Juan Velasco, Georges Pompidou, le invitaban sucesivamente a conversaciones en privado y en presencia de sus gabinetes. Pero, fuera de pocas excepciones, él rechazaba estas invitaciones. A partir de 1978, Illich parece haber puesto voluntariamente fin a esta celebridad. Sus amigos más recientes[2] comprenden que una ruptura existencial separa la carrera del personaje público Illich, de la vida de Ivan, el amigo atento, siempre dispuesto a escuchar, que disponía su mesa convivial -siempre cercana a una buena biblioteca, a una cocina con spaghettis y a una reserva de buenos vinos- tanto en State College, como en Filadelfia, en Kassel, o en Marburgo, Oldenburg o, finalmente, durante más de diez años, en Bremen.[3]

En efecto, la carrera del escritor Ivan Illich se divide grosso modo en dos periodos: el de lo que él mismo llamaba sus ‘panfletos’, que son los escritos que le llevaron a la fama, y el de las exploraciones en profundidad a partir de conversaciones entre amigos. Anteriormente se extiende la época (a la que sólo haré ciertas alusiones) de los estudios históricos de un creyente que ve la historia de la Iglesia como la del cuerpo del Cristo . Los escritos más conocidos de la primera época son La sociedad desescolarizada, Energía y equidad, y Némesis médica. Algunos ‘reconstructores sociales de la realidad’ han querido ver en estos ensayos recetas de reforma de la educación, los transportes y la medicina, recetas abortadas, puesto que las instituciones criticadas han evolucionado en un sentido diametralmente opuesto a las esperanzas de los lectores de Illich. Aún más que en 1972 o 1973, la escuela, los transportes, y la medicina se han convertido en instituciones que alejan a sus clientes de los objetivos que éstos dicen buscar a través de ellas. Los colegios te vuelven tonto, los transportes paralizan y la medicina, no te pone enfermo, pero te hace un obsesionado por la Salud e incapaz de aceptar la muerte. Estas afirmaciones, que todavía sorprendían hace treinta años, hoy son banalidades. Además, las palabras lanzadas por Illich, como ‘convivialidad’, ‘contraproductividad’ o ‘valores vernáculos’ o también ‘monopolio radical’ se han convertido en términos corrientes en la mayoría de las lenguas modernas.

Retrospectivamente, si tuviera que resumir en un párrafo el contenido de las obras ‘de la época de los panfletos’, diría esto: a principios de los años setenta, el Club de Roma popularizaba la idea de que más allá de ciertos límites, una industria fundada en la producción de bienes materiales sólo puede destruir la naturaleza, y sugería que la economía debía estar orientada hacia la producción de servicios inmateriales, supuestos no-contaminantes. Illich hizo oir entonces su voz para decir que más allá de ciertos límites, la producción de servicios será más destructiva aún de la cultura que la producción de mercancías lo es de la naturaleza. Los ‘panfletos’ no hacían más que ilustrar esta tésis a partir de tres ejemplos de la producción de los servicios educativos, de los servicios de transporte, y de los servicios de sanidad. Como las profesiones son esas formaciones sociológicas que ejercen un monopolio radical sobre la producción de todos los servicios, la crítica a estos se convirtió ipso facto en una crítica a las profesiones y una invitación a la libertad en forma de desprofesionalización y de desclientelización.

Si es cierto que las premoniciones de Illich han sido alcanzadas por la realidad, la obra de Ivan, el filósofo itinerante, el huesped, el échanson de la Convivialidad, el amigo, es demasiado desconocida. Me alegra anunciar que en el 2003, el conjunto de su obra se está volviendo a publicar simultáneamente en Francia (por Fayard) y en México (por el Fondo de Cultura Económica).

Los libros, conferencias y artículos del Ivan de después de 1978 abordan sucesivamente: el género vernáculo (como dualidad antitética del sexo económico), la arqueología de las certezas modernas (los eslogans con los que está construida la representación social de la realidad), el análisis de lo que dice la tecnología a diferencia de lo que hace, la transición de la era de las profesiones dominantes a la de la tiranía de los Sistemas, la historia del cuerpo, la de la materia (en memoria de Gaston Bachelard), la de las percepciones en general y de la visión en particular, la historia de la hospitalidad y la de la amistad, el estudio del sentido de la justa medida o ‘proporcionalidad’, la visión del presente en el espejo del pasado, la desaparición del suelo bajo los pies.

A primera vista, la diversidad de estos temas es desconcertante. Para comprender su unidad hace falta retroceder a la época anterior a los ‘panfletos’: Illich, el historiador de la Iglesia, comprendió rápidamente que las instituciones seculares de la sociedad moderna eran incomprensibles sin el antecedente histórico de una comunidad de vivos y de muertos que se concebía como cuerpo del Cristo.

El punto del que se revela la unidad de las excursiones recientes de Ivan es su confianza en la ensarkosis logou. Mencionar el término francés equivalente serviría de poco a los jóvenes lectores, cuya dificultad no se debe tanto a la falta de confianza como a la desencarnación de su experiencia del mundo y de ellos mismos. Para Ivan, la ensarkosis vuelve la palabra y la carne proporcionales o, como decía Tomás de Aquino, análogos. En este punto el historiador toma el relevo del hombre de fe. La sociedad moderna es el residuo desencarnado de comunidades reunidas entorno a la fe en la ensarkosis: esta es una realidad histórica independiente de la fe. La lenta marcha hacia la modernidad puede describirse como una pérdida progresiva de la proporcionalidad o analogía entre la palabra y la carne, el hombre y la mujer, el cuerpo y el mundo, el sentido y la materia, los pies y el suelo. Es esta pérdida la que Ivan comparaba en sus conversaciones con David Cayley, a ese peor que es la corrupción de lo que hay de mejor. El resultado de esta corrupción es la inhospitalidad de la modernidad que nosotros conocemos, el divorcio entre la palabra y la carne (cf el ruido cotidiano de palabras no pronunciadas), la desencarnación de la experiencia del mundo y de sí mismo en una sociedad nacida de una fe bimilenaria en la encarnación del verbo e incomprensible históricamente sin esta fe traicionada. Sólo la práctica de la amistad puede hacernos capaces de afrontar este abismo sin caer en él.


Notas


[1]: Arquitecto suizo, emigrado a Cuernavaca en 1972, Jean Robert era un amigo íntimo de Illich. Se ha interesado en analizar fenómenos relacionados con el transporte. Parte de su bibliografía se puede consultar en la red: http://www.pudel.uni-bremen.de/whoarewe/participants/jean_robert.html. Para más información sobre el autor se puede leer su autobiografía intelectual.
[2]: Se puede visitar su página en internet:http://www.pudel.uni-bremen.de
[3]: Aquí habrá debates sobre la forma alemana de estos nombres de ciudades. Marburgo tiene forma alemana porque ahí estudió, creo, Ortega y Gasset, en cambio Oldenburg no se conoce (creo) como ‘Oldenburgo’. Pero gracias a los hermanos Grimm y a sus músicos, Bremen se conoce también como Brema, pero poca gente lo sabe. N. del A.


Edición del 21-06-2004
Traducción: Natalia Rieznik Lamana
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