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Boletín CF+S > 26: Ivan Illich > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n26/ajnar.html   
Illich frente al discurso económico dominante
José Manuel Naredo
Madrid (España), 26 de marzo de 2003.

Pese a que Illich no tiene publicaciones específicas de economía, su crítica al discurso económico dominante recorre, a mi juicio, implícitamente toda su obra. Ello es así porque la amplitud de sus enfoques socava muchas veces, sin decirlo, las bases de la economía estándar. Esto ocurre, por ejemplo, cuando señalaba la ineficiencia del automóvil como medio de transporte, al advertir que si se divide el tiempo que el americano medio le dedicaba, como conductor o trabajando para poder pagarlo y utilizarlo, no conseguía ir a más velocidad que la de una persona andando, desinflando así la funcionalidad como medio de transporte generalizado de este artefacto tan emblemático del progreso. Observaciones de este tipo desmontan la presunta racionalidad del consumo y la consiguiente mejora de la calidad de vida sobre la que reposa la idea usual de sistema económico, con su carrusel de la producción y del consumo. Pero en lo que sigue agruparé las aportaciones y críticas más explícitas de Illich al mencionado discurso que, a mi juicio, apuntan sobre todo hacia las supuestas bondades de la llamada sociedad de consumo y del desarrollo. A ellas se añade la crítica a la noción de trabajo, constitutiva también de la idea usual de sistema económico, y muy en particular a la dicotomía trabajo-ocio, en su libro Shadow Work (El trabajo fantasma), de la que no me ocuparé porque será objeto de reflexión independiente en estas Jornadas.

Críticas relacionadas con la sociedad de consumo

Illich pensaba que la especie humana ha dominado el «arte de convivir con las limitaciones del entorno» durante toda su historia, sin por ello sentirse pobre o necesitada. La adaptación de la agricultura tradicional a las vocaciones del territorio o de la arquitectura vernácula a los materiales del entorno, hacían que la población se alimentara de las cosechas, o habitara las edificaciones, propias de cada lugar, como lo normal y lo correcto, sin añorar ni requerir las que tenían lugar en otros territorios. Sin embargo, Illich subraya que la sociedad actual ha destruido ese arte de saber convivir con limitaciones, desatando en los individuos humanos deseos ilimitados de determinados bienes y servicios, cuya carencia no sólo es motivo de frustración, sino que se considera que atenta contra la propia dignidad de las personas: el ascetismo voluntario, tan valorado socialmente en otras culturas ya no tiene cabida en la nuestra, en la que la condición de pobre se ha convertido en insulto.

Illich analiza los mecanismos ideológicos que multiplican los deseos y desatan la emulación de ciertos patrones de vida representativos de status, transmutando las limitaciones en necesidades sentidas y sufridas por la mayoría de la población en términos de carencias y aceptadas sin discusión por los Estados y los técnicos como requisitos sistémicos a resolver en nombre del bienestar y del progreso. Siguiendo la línea argumental anticipada por Veblen (1989), concluye que el afán de emulación desatado conduce a un «estado de insatisfacción crónica», en el que la meta de las necesidades se desplaza más rápidamente que los medios de que dispone la mayoría de la población para alcanzarla, cosa que ocurre desde los EE.UU hasta los más paupérrimos países africanos. Illich llega a presentar así al homo economicus como un eslabón intermedio en la transfiguración de la naturaleza humana desde el homo sapiens hasta el homo miserabilis: «Al igual que la crema batida se convierte súbitamente en mantequilla, el homo miserabilis apareció recientemente, casi de la noche a la mañana, a partir de una mutación del homo economicus, el protagonista de la escasez. La generación que siguió a la Segunda Guerra Mundial fue testigo de este cambio de estado en la naturaleza humana desde el hombre común al hombre necesitado (needy man). Más de la mitad de los individuos humanos nacieron en esa época y pertenecen a esta nueva clase.» (Illich, 1992)

Críticas a la mitología del desarrollo económico

En consonancia con lo anterior Illich recuerda que los cerca de cinco mil millones de individuos pertenecientes al homo sapiens que vivieron en la Tierra desde los comienzos de la Edad de Piedra hasta la Segunda Guerra Mundial, «constituyeron diez mil generaciones y vivieron miles de estilos de vida diferentes, hablando innumerables lenguas distintas. Fueron esquimales y pastores, marineros y nómadas cada modo de vida encuadró de modo distinto la condición única de ser humano: en torno a la azada, al huso, a las herramientas de madera, bronce o hierro. Pero en cada caso ser humano significó la aceptación de las limitaciones del entorno y las reglas comunitarias» (Illich, Ibidem). En este contexto, la multiplicación de las necesidades mencionada en el apartado anterior vino a proporcionar una fundamentación filantrópica a la superdestrucción de culturas que diariamente se practica en nombre del desarrollo, a la vez que explica el fracaso de éste para erradicar la pobreza. En efecto, Illich constata que el desarrollo no mejora de entrada las condiciones de vida de las sociedades tradicionales periféricas al capitalismo, sino que provoca su crisis, sin garantizar alternativas solventes para la mayoría de la población implicada, originando situaciones de penuria y desarraigo mayores de las que se prometía corregir al principio. Desde esta perspectiva Illich imagina «el desarrollo como una ráfaga de viento que arranca al pueblo de sus pies, lejos de su espacio familiar, para situarlo sobre una plataforma artificial, con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este expuesto y arriesgado lugar, la gente se ve obligada a alcanzar nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo, en educación formal, sanidad hospitalaria, transporte rodado, alquiler de vivienda...»(Illich, Ibidem). Y para ello es necesario disponer de unos ingresos que el desarrollo escatima a la mayoría de la población, desatando el proceso de miserabilización antes indicado. Proceso que se acentúa porque las nuevas necesidades aparecen como algo ajeno a los desarraigados individuos y a sus posibilidades directas de hacerles frente (como antes hacían mediante huertos, animales domésticos, caza o recolección de frutos silvestres, autoconstrucción tradicional, etc.); se generan millones de fugitivos que intentan escapar hacia esos escaparates de la sociedad de consumo que son las metrópolis y los países metropolitanos de nuestro tiempo, donde las personas carentes de trabajo e ingresos caen con facilidad por la pendiente de la marginación social, quedando a expensas de la beneficencia pública o privada.

Al extenderse a escala planetaria este proceso, que acompaña al funcionamiento expansivo de la máquina económica, se desencadenan al decir de Illich no sólo cuatro, sino muchos más «jinetes del Apocalipsis». Estos «jinetes» se sintetizan en un deterioro ecológico y una polarización social cada vez más acrecentadas que, a juicio Illich, indican que «la época del desarrollo ha llegado a su fin»: postula que el planteamiento de las necesidades apuntado más arriba «es un hábito social adquirido en el siglo XX, y un hábito que tendrá que ser abandonado en el próximo siglo XXI». El reconocimiento de este hecho supone catastrofismo. Su ignorancia supone cinismo. De ahí que la presente encrucijada nos lleve, según Illich, hacia el dilema de señalar el actual avance hacia un horizonte a la vez inviable e indeseable o de cerrar los ojos a esa evidencia; un dilema que nos induce a fomentar el pánico o a abrazar el cinismo (Illich, Ibidem).

Referencias bibliográficas

Ivan Illich  (1992)   Needs,   en The Development Dictionary: A Guide to Knowledge as Power, Sachs, W. (Ed.), Londres, Nueva Jersey: Zed Books, hay traducción en español del Centro de Aprendizaje Intercultural (CAI), Cochabamba, Bolivia 

Edición del 21-06-2004
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