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Ivan Illich: historiador y crítico de la sociedad moderna
Hernando Calla
La Paz (Bolivia), 9 de diciembre de 2002.

Ivan Illich, conocido crítico de la educación en los años setenta --y de un amplio espectro de instituciones de la modernidad industrial en las últimas décadas del siglo XX-- falleció a la edad de 76 años. Había nacido en Viena el 4 de septiembre de 1926 y murió el 2 de diciembre, mientras dormía, en la ciudad de Bremen donde seguía dando conferencias de semestre regular en la Universidad del mismo nombre.

«He aquí un hombre al que se recordará cada vez más, con reconocimiento y pesar, a medida que las consecuencias desastrosas del crecimiento descontrolado se tornen insoportables», dice su amigo Jacques Dufresne en un homenaje póstumo publicado en L'Encyclopédie de L'Agora. ¿Cuáles las razones para una apreciación semejante?

Habría que remontarse a la década de 1960 en que las ideas de Ivan Illich empezaron a desafiar abiertamente las certidumbres incorporadas en las instituciones de la sociedad moderna. En aquel entonces, Illich publicó en inglés un ensayo llamado «La futilidad de la escuela en Latinoamérica» (Illich, 1968) y, con posterioridad, La sociedad desescolarizada (Illich, 1971). En ambos, él cuestionaba la supuesta necesidad de la escuela obligatoria dado su fracaso en el proyecto modernizador de llevar la educación a las grandes mayorías. El resultado del enorme esfuerzo educativo realizado por casi todos los Estados-naciones, cualesquiera fuese su signo ideológico, no había sido, según Illich, una mayor educación para todos ni una mayor igualdad social sino, al contrario, el encogimiento de la imaginación de los sujetos escolarizados y una nueva discriminación de los desertores escolares que venía a añadirse a otros tipos de discriminación social más tradicionales.

De la misma época datan sus seminarios en el Centro Intercultural de Documentación en Cuernavaca (CIDOC), que había fundado en 1966 con Valentina Borremans, y donde discutió sus tesis sobre las alternativas institucionales en la sociedad tecnológica con pensadores de la talla de Eric Fromm, Paulo Freire, Paul Goodman, Heinz von Foerster, André Gorz, Jean Robert, Jean-Pierre Dupuy, Augusto Salazar Bondy, entre otros. Uno de estos seminarios, en el que Illich compartió sus ideas con un grupo de latinoamericanos en enero de 1972, planteaba la siguiente hipótesis: «existen características técnicas en los medios de producción que hacen imposible su control en un proceso político. Sólo una sociedad que acepte la necesidad de escoger un techo común a ciertas dimensiones técnicas en sus medios de producción tiene alternativas políticas».

De la discusión de esta hipótesis surgió su libro La convivencialidad (Illich, 1973) en el que Illich realizó una crítica general de la sociedad industrial en un marco conceptual que permitía analizar conjuntamente la degradación ambiental de consecuencias imprevisibles, la marcada polarización social en un mundo de violencia descontrolada y la creciente impotencia e ineptitud de la gente para moldear su entorno como consecuencia del monopolio radical ejercido por las instituciones modernas. Como alternativa al desequilibrio múltiple de la sociedad industrial, propuso una reinstrumentación de la sociedad con herramientas convivenciales que el hombre pueda efectivamente controlar. En la acepción algo novedosa que le dió al término, la herramienta convivencial sería aquella que, al ampliar el radio de acción del individuo, no degrada su autonomía personal. Se trata de una instrumentación o una tecnología orientada a la generación de valores vernáculos (por contraposición a la producción de mercancías) que saque el mejor partido de la energía e imaginación personales, no de una tecnología que avasalle y programe a las personas.

En años anteriores, Illich había hecho severos análisis de la Iglesia Católica mostrándola como la burocracia no gubernamental más grande del mundo, equiparable a la General Motors en términos de eficiencia, pero cuestionando particularmente que se estuviera sofocando el mensaje evangélico como consecuencia paradójica de la creciente institucionalización de la caridad y los sacramentos a cargo de clérigos profesionales, tanto éstos como otros burócratas eclesiásticos, principalmente preocupados por la reproducción de la iglesia institucional.

Además, criticó abiertamente la adscripción de las iglesias al credo desarrollista y modernizador de estilo occidental y cuya exportación a los países del llamado Tercer Mundo había sido instruida por admonición papal. En efecto, el CIDOC se había instituido inicialmente (en 1961) con la idea de atenuar el impacto de esta cruzada por el desarrollo alentada por el Vaticano, confrontando a los misioneros y voluntarios del Norte mediante programas de aprendizaje intensivo del español que incorporaban el bagaje cultural de los países del Sur a los que estaban destinados. Su propósito, veladamente subversivo, era desalentar los objetivos desarrollistas de sus iglesias mandantes. La reacción no se dejó esperar, en 1967, la Iglesia censuró al CIDOC y, poco después, Illich decidió abandonar su carrera sacerdotal y los privilegios de su condición de eclesiástico.

De cualquier manera, el análisis de Illich en el contexto de aquella universidad libre que fue el CIDOC puso de manifiesto la existencia de ciertos umbrales más allá de los cuales, aparecía lo que denominó la contraproductividad de las instituciones modernas, es decir, que estas empiezan a generar resultados contrarios a los esperados: las instituciones educativas ya no suscitan la cultura sino la confusión y una atrofia de la sensibilidad; los médicos y hospitales dejan de brindar socorro al que se encuentra en necesidad de auxilio, más bien se especializan en recetar tratamientos contraindicados que merman la salud o resultan fatales; el tráfico vehicular no significa más un ahorro de tiempo sino una movilidad entrabada y la permanente frustración de los usuarios.

Las investigaciones de Illich, antes de cerrar voluntariamente el CIDOC en 1976, resultaron en otras obras importantes como Energía y equidad (Illich, 1974) en la que desenmascara la ilusión de pretender, al mismo tiempo, un crecimiento ilimitado del consumo energético y una mayor equidad social; utilizando como ejemplo el sistema de transporte de pasajeros demostró que el usuario gasta más tiempo de su vida manteniendo dicho sistema que el tiempo que supuestamente ahorra usando los vehículos motorizados veloces. O como Némesis médica (Illich, 1975), cuya principal preocupación consistía en poner de manifiesto la iatrogénesis cultural, es decir, el daño ocasionado por la expansión de los servicios médicos a toda matriz cultural que sostiene al arte vivir y sufrir característico de un determinado lugar y época.

En los ochenta, a partir de su actividad docente como historiador y filósofo en universidades europeas y americanas, Illich publicó una colección de ensayos bajo el título de Trabajo en sombras (Illich, 1981), categoría con la que analizó el enorme submundo de actividades que se había formado a la sombra de la expansión de la economía moderna, esta última basada en la premisa de la escasez. Para arrojar mayor luz sobre esta economía en sombras cuyo paradigma es el trabajo doméstico de las mujeres en la sociedad industrial emergente, se embarcó en un proyecto de historia de las ideas que resultó, en primera instancia, en El género vernáculo (1982), un polémico libro en el que ponía en perspectiva algunas metas supuestamente incuestionables de la sociedad contemporánea como la igualdad entre los sexos. Su principal objetivo, sin embargo, era subrayar la heterogeneidad radical que nos diferencia de un pasado en que las sociedades estaban constituidas por un tipo de complementariedad hombre/mujer que se había perdido en Occidente, en su tránsito hacia una economía homogeneizante de competencia entre los sexos.

El proyecto derivó más tarde en una exploración de la historicidad de la materia misma, en un primer caso, del recurso más preciado en estos prolegómenos del siglo XXI como es el agua (H2 O), pero diferenciándola del agua arquetípica de los mitos y los sueños en un memorable texto titulado H2 O y las aguas del olvido (Illich, 1985). En otro momento, Illich investigó con su colega Barry Sanders el surgimiento y difusión de la mentalidad alfabetizada (o cultura escrita lega) como algo enteramente distinto del mundo o cultura de la oralidad, dando cuenta de sus hallazgos en ABC: la alfabetización de la mentalidad popular (Illich & Sanders, 1988).

Entre esos hallazgos se planteaba también la posibilidad de que dicha mentalidad (alfabetizada) esté tocando a su fin, desde mediados de los ochenta, a consecuencia de la singular aparición de la máquina universal de Turing (la computadora actual concebida en la década de 1930) en el horizonte mental de la sociedad contemporánea. Ello habría alentado la propagación de un tipo de mentalidad cibernética ya no anclada en las palabras del libro sino conectada con los códigos de la máquina --«Tecnoalfabetización y el sueño cibernético», en En el espejo del pasado (Illich, 1992)--, a partir de lo cual el individuo moderno estaría autogestionando su transición al mundo de los sistemas al tener que adaptarse a ellos como otro subsistema inmunológico más.

En las últimas décadas, y hasta el final de su peregrinaje por este mundo, Ivan Illich se dedicó a desafiar a diversos auditorios a que pongan en cuestión las premisas no examinadas de su actividad institucional e incitarlos a que enfrenten la historicidad de sus preconceptos modernos. Su acceso a las fuentes primarias para la indagación de la sensibilidad particular de épocas pasadas le deparó amigables sorpresas que no dudó en transmitir al público --como en el caso de los escritos de Hugo de San Victor, un autor del siglo XII que podemos leer en En el viñedo del texto (Illich, 1993)-- y fue uno de los caminos privilegiados de su inspiración para situar las certidumbres modernas en una perspectiva histórica liberada de los prejuicios del presente. De ahí que haya sido considerado por algunos de sus amigos, más que teólogo o filósofo que seguramente también fue, como un historiador del presente.

Referencias Bibliográficas

Illich, Ivan  (1968)   «The futility of schooling in Latin America»,   Saturday Review, 20 de abril. Saturday Review Magazine Co., New York. Ed. española: En América Latina ¿Para qué sirve la Escuela?; ed. Búsqueda, Buenos Aires, 1973 

Illich, Ivan  (1971)   Deschooling Society   Harper & Row, New York. Ed. española: La sociedad desescolarizada; Joaquín Mortiz, México, 1985 

Illich, Ivan  (1973)   Tools for Conviviality   Calder & Boyars, London. Ed. española: La convivencialidad; Barral Editores, S.A., Barcelona, 1973 

Illich, Ivan  (1974)   Energy and Equity   Marion Boyars Publishers, London. Ed. española: Energía y equidad; Barral Editores, S.A., Barcelona, 1974 

Illich, Ivan  (1975)   Némesis médica: la expropiación de la salud   Barral Editores, S.A., Barcelona. Ed. inglesa: Limits to medicine: Medical Nemesis: the Exploration of health; Penguin Books, New York, 1977 

Illich, Ivan  (1980)   Shadow Work   University of Cape Town, Cape Town. Ed. española: «El trabajo fantasma» en El Viejo Topo, 66 (1982); pp. 32-39. Barcelona 

Illich, Ivan  (1981)   «Vernacular gender»,   Tecnopolitica, 7. Cuernavaca (México). Ed. española: El género vernáculo; Joaquín Mortiz / Planeta, México/Barcelona 

Illich, Ivan  (1985)   H2O and the Waters of Forgetfulness: Reflections on the Historicity of Stuff   Dallas Institute Publications, Dallas. Ed. española: H2O y las aguas del olvido; ed. Cátedra, Madrid, 1989 

Illich, Ivan  (1992)   In the Mirror of the Past. Lectures and Addresses 1978-1990   Marion Boyars Publishers, New York / London 

Illich, Ivan  (1993)   In the Vineyard of the Text: A Commentary to Hugh's Didascalicon   University of Chicago Press, Chicago 

Illich, Ivan & Sanders, Barry  (1988)   ABC: the alphabetization of the popular mind   Marion Boyars Publishers, London 

Edición del 21-06-2004
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