Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S 25 -- Cuarto Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n25/nlib.html
 
Libros
Alfonso Sánchez Uzábal
Madrid (España), 25 de febrero de 2004.

Bookchin, Murray  (1974)   The Limits of the City   Harper and Row, New York. 1ª ed. en español: Los límites de la ciudad; Herman Blume ediciones, Madrid, 1978 

La ciudad

«My philosophical conceptions were and are dialectical, based on Hegel, but without Hegel's teleological approach. I'm not a teleologist, I don't believe that any development is inevitable; but at the same time, I believe, some developments, like socialism, cannot be achieved without adequate material developments. I called my approach dialectical naturalism. I framed my ecological thinking around the problem of urbanization, particularly the dislocations between town and country. I wrote about alternative technology, arguing that technology should be as humanly scaled as possible.»
Bookchin entrevistado por Vanek (2002).

Un grupo de cazadores ha decidido dejar de moverse por el mundo para conseguir alimento y decide cultivar la tierra: fundan un asentamiento; su tamaño depende del número de personas que haga falta para trabajar los campos circundantes. Se hace necesario un lugar para intercambiar: aparece una ciudad. Empieza a haber excedente de mano de obra y nuevas necesidades: aparecen talleres familiares en los que las profesiones se transmiten de generación en generación. Hasta este momento la ciudad sirve para satisfacer necesidades básicas, como intercambiador de productos; prevalece el valor de uso.

Un grupo de emprendedores decide ahora echarse a la mar y llevar allá lo de acá y traer de allí lo que no hay aquí. Se crean así nuevas necesidades al aparecer productos exóticos de lugares lejanos. Han empezado a desarrollarse modos de vida que no tienen nada que ver con lo agrario: aparecen los comerciantes, la burguesía. Las ciudades crecen y ya no se dedican sólo a intercambiar lo producido en los campos de los alrededores.

Los negocios evolucionan y sus dueños no dan abasto, aparece una nueva mercancía: la fuerza de trabajo, y empieza a acumularse capital. Las relaciones comerciales no se basan en la unidad familiar, ya no son los hijos los que trabajan para los padres sino un obrero para un patrón, y se pierde la `moralidad' en lo laboral: aparecen las plusvalías. A partir de este momento sólo hay un nexo monetario en las relaciones sociales vinculadas al comercio; la sociedad civil es un subproducto de la sociedad económica. El objetivo del comercio ahora no es satisfacer necesidades básicas de consumo, es la acumulación de capital. Aparece la competitividad y el individualismo. En este momento la ciudad sirve como soporte para los intercambios económicos; el valor de cambio sustituye al valor de uso.

Hay unas reglas muy específicas que dicta el mercado para ganar más y más rápidamente; si se siguen se acumula capital. Y claro, todo el mundo las sigue. Por otro lado, la ciudad deja de ser el lugar donde se acumula capital para ser un producto más con el que se comercia, un bien de cambio. El resultado es una ciudad uniforme fruto de la optimización para lograr el máximo beneficio. A partir de ahora la ciudad está dentro del mercado y su crecimiento regido por éste, un crecimiento constante.

Un hijo que trabajaba con su padre en la tienda que tienen en la planta baja de su casa aprendía una profesión de principio a fin, la entendía globalmente, se sentía implicado. Su trabajo le servía para comer o para comprar algo que produjese otra familia. A un trabajador que alquila su fuerza de trabajo se le encomienda una tarea parcial dentro de una estructura que ha tenido que crecer para poder competir; así nunca comprenderá lo que está haciendo, ni se implicará en ello ni le verá sentido.

Un ciudadano que vive en una polis de la Grecia helénica la comprende a la perfección, sabe que puede ir al ágora y participar en el gobierno de su ciudad: la ciudad se forma a partir de cada individuo. Un ciudadano de una ciudad industrial o posindustrial deja en manos de `expertos' en política sus decisiones porque no es capaz de abarcar con su entendimiento la ciudad, que ha crecido siguiendo la escala del mercado sin tener en cuenta la escala humana; la ciudad sustituye al ciudadano, diluyendo su ego en la masa urbana.

Los límites

El límite de la ciudad siempre lo ha marcado lo rural. Hasta las ciudades medievales también lo definía el medio rural; es decir, el tamaño de la ciudad dependía de la cantidad de campo que hubiera alrededor. Luego la ciudad empezó a crecer saliéndose de los límites físicos que marcaban las murallas, urbanizando los terrenos apropiados para ser cultivados y los sustituyó por grandes áreas cultivables lejanas de las ciudades. Este crecimiento inexorable y constante es el límite de la ciudad contemporánea.

La ciudad es el hábitat más completo para el ser humano, donde se produce su desarrollo social, cultural e intelectual. En el momento que la ciudad no es construida por sus ciudadanos no está cumpliendo su cometido: su crecimiento fija su limitación.

Hay un síntoma claro de que la ciudad ha alcanzado su límite hace tiempo: la profesión del urbanista. Al igual que una fábrica no se rige por la escala humana y no es comprensible para un trabajador, la ciudad industrial se vuelve inabarcable y deja de poder construirse espontáneamente; se crea entonces la figura del experto en ciudades, el urbanista que empieza a planificar privando de este derecho a la ciudadanía. Como consecuencia se pierde la escala humana que tenían las ciudades medievales al introducir criterios geométricos que responden por ejemplo, a exigencias militares como en el caso del París de Haussman. Una consecuencia de la pérdida de espontaneidad es la disociación de la funcionalidad y la estética. En la Edad Media la estética estaba plenamente integrada en la vida cotidiana como demuestran los cascos antiguos; era una estética hecha para las personas, a escala humana.

Los límites de la ciudad vienen determinados en cada caso por los medios de producción y el proceso productivo. El modo de producción industrial monopoliza la producción en la mayor parte de las ciudades y en sus áreas de influencia. Actualmente vivimos en un mundo sin límites: no los hay para el desarrollo, ni para el crecimiento, ni para la actividad, ni para la acumulación...

Cuanto más mejor.

Los límites de la ciudad

«Los centros urbanos eran en gran medida puntos focales de las relaciones agrarias circundantes. [...] La única manera de poder comprender la vida urbana era a través de las relaciones económicas prevalentes en el entorno agrícola de la misma. Por más que la vida de la ciudad originase sus propias fuerzas sociales y entrase, además, frecuentemente en conflicto con la tierra, la economía agraria determinaba los límites históricos a cualquier desarrollo urbano.» (p. 16)

«Las ciudades primitivas no sólo dependían económicamente de la tierra, sino que con frecuencia incluían dentro del perímetro urbano un espacio para el cultivo de alimentos. [...] A tal fin se reservaban siempre parcelas para la producción de parcelas y pastos.» (p. 90)

«El gremio une hogares que también son talleres e imparten un caráter netamente doméstico a la comuna: convierte la ciudad en un hogar, en una auténtica comunidad humana que gradúa las relaciones y responsabilidades personales a nivel social. La fábrica, por el contrario, transforma la ciudad en una empresa comercial e industrial. Niega el rol de la ciudad como entidad personal y cultural y exagera sus funciones económicas hasta el punto de patología urbana. La comuna medieval era, ante todo, un lugar donde vivir; la ciudad burguesa es, ante todo, un lugar en el que trabajar. Los gremios convirtieron la ciudad en centro de solidaridad humana, comunión religiosa y vitalidad cultural; aunque el trabajo fuera necesario para lograr estos objetivos, sólo constituía un medio en la expresión de la habilidad artística y la energía creadora del hombre, no un fin en sí mismo. La fábrica, sin embargo, degrada la ciudad hasta convertirla en centro de la producción por la producción y consumo por el consumo. El que, a fin de trabajar, las personas deban `vivir' en una ciudad, resulta obviamente necesario para la existencia de una fábrica.» (p. 51)

«El hecho de que las entidades urbanas modernas puedan continuar creciendo a pesar de su decadencia espiritual y física evidencia la patología única de la ciudad burguesa: el colapso de las limitaciones autoconstituyentes que tradicionalemente dieron a la ciudad su definibilidad y vitalidad cultural. La paradójica descripción que hace Mumford de la metrópolis como la anti-ciudad es exacta; la expansión sin límites es un límite en sí misma, un proceso auto-devorador en el que el contenido es sacrificado a la forma y la realidad a la apariencia. Por tanto, si la expansión urbana es susceptible de continuar, el resultado de tal crecimiento desurbaniza al morador urbano reinstaurando en él todas las cualidades pueblerinas del habitante del campo pero sin las compensaciones de una vida en comunidad.» (p. 78)

«Para restaurar la urbanidad como medio significativo de asociación, cultura y comunidad es preciso destruir antes la megalópolis y reemplazarla por nuevas comunidades descentralizadas y cuidadosamente adaptadas al ecosistema en el que se sitúan. Podemos afirmar que tales ecocomunidades poseerán los mejores rasgos de la polis y la comuna medieval, sostenidos por ecotecnologías maduras que reescalen los elementos avanzados de la tecnología moderna (incluidas las fuentes de energía eólica y solar) a dimensiones locales. El equilibrio entre la ciudad y el campo será restaurado, no como en el suburbio que confunde el césped o un grupo de árboles estratégicamente situado con la misma naturaleza, sino como ecocomunidad funcional interactiva capaz de unificar industria con agricultura, trabajo mental con trabajo físico, individualidad con comunidad. La naturaleza no se verá reducida a un mero símbolo de lo natural, objeto espectatorial para la contemplación desde una ventana o durante un paseo, sino que se convertirá en parte integrante de los diversos aspectos de la experiencia humana, desde el trabajo hasta el juego. Sólo así se podrán integrar las necesidades de la naturaleza con las de la humanidad y generar una auténtica consciencia ecológica que trascienda el criterio `ambiental' del ingeniero social y sanitario.

Nuestra posición en la historia de las ciudades es única. Las ciudades precapitalistas se estancaron en sus propios límites o fueron desbordadas por la explosión de los mismos tras una fase de desarrollo tecnológico incompleto que perpetuó la escasez material: las últimas, por más que nunca congeladas (como en Asia o el Cercano Oriente) por castas hereditarias y jerarquías agrarias, vieron destruida su unidad por la mercancia y el mercado. La tecnología moderna ha alcanzado un nivel tal en su desarrollo como para permitir a la humanidad reconstruir la vida urbana de acuerdo con principios capaces de fomentar una comunidad de intereses equilibrada, madura y armoniosa entre las personas y entre la humanidad y la naturaleza. Esta ecocomunidad (más que una ciudad) no tendría otros límites que los instituidos por la creatividad y la razón humanas y por consideraciones ecológicas.» (p. 115-116)

Referencias bibliográficas

Vanek, David  (2002)   «Interview with Murray Bookchin»,   Harbinger. A Journal of Social Ecology, vol. 2, 1. Institute for Social Ecology. Ed. electrónica en http://www.social-ecology.org/harbinger/vol2no1/bookchin.html 


Edición del 24-05-2004

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