Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda | Buenas Prácticas | Documentos | Boletín CF+S | Novedades | Convocatorias | Sobre la Biblioteca | Buzón/Mailbox
 
Boletín CF+S > 25: Cuarto Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n25/ajfar.html   
Ciudades menos insostenibles
José Fariña Tojo
Madrid (España), 2000.


Índice General

 

1 Construir ciudades menos insostenibles

Vista la tendencia constante de crecimiento urbano, conseguir que nuestra civilización sea sostenible pasa por lograr ciudades menos insostenibles. Según datos del Population Reference Bureau[1], en el año 2001 la población mundial era de 6.137 millones de personas de las cuales el 46% vivían en ciudades. Si fijamos nuestra atención en los países desarrollados (aquellos con un ingreso nacional bruto per cápita ajustado según la paridad de poder de compra de 20.520 US$) veremos que de una población de 1.193 millones de personas vivían en ciudades el 75%. Además, de los 4.944 millones restantes, con un PPP del GNI de 3.300 US$, residían en ciudades el 40%. Esto significa, obviamente, que la civilización urbana ha pasado a tener una importancia de primera línea no solamente por la cantidad de urbanitas que existen, sino por su capacidad de impacto sobre la totalidad del planeta.

Por otra parte, después de los trabajos pioneros de Rees y Wackernagel (1996) que en el año 1996 proponen el concepto de huella ecológica, no parece haber duda de que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.

Según estos autores la huella ecológica es «el área de territorio productivo o ecosistema acuático necesario para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población definida con un nivel de vida específico, donde sea que se encuentre este área». Se trata justamente del negativo fotográfico de otro concepto muy usado en ecología y que se conoce con el nombre de capacidad de carga que suele definirse como la población máxima de una especie que puede sobrevivir en un territorio sin deteriorar los recursos de los que se nutre. Tanto en un caso como en otro existen tres factores directamente relacionados: la capacidad del territorio, el número de habitantes y el uso que estos habitantes hagan de ese territorio.

1.1 La explotación del territorio

Mathis Wackernagel, Alejandro Callejas, Diana Deumling, María Antonieta Vázquez, Ina Susana López y Jonathan Loh, calcularon la huella ecológica de la totalidad del planeta atendiendo a siete indicadores y los resultados son espectaculares(Wackernagel et al., 1997): en la revisión del año 2000, que cubría el 99,7% de la población mundial, calcularon una bio-capacidad de 125 millones de Km2, pero ¡se usan 164 millones!, lo que significa un exceso del 31%.

Esto no siempre ha sido así. En realidad el problema es bastante reciente. Los cálculos indican que en los años sesenta del pasado siglo (el XX) la actividad humana consumía el 70% de lo que el planeta era capaz de producir, pero ya a principios de los años ochenta se alcanzaba el 100%, y en estos momentos estamos por encima de nuestras posibilidades, es decir utilizando los ahorros obtenidos a lo largo de los siglos.

Con ser grave el problema habría que añadirle otro: esta excesiva explotación del medio no se hace de forma uniforme en la totalidad del planeta. Por poner ejemplos extremos: los Estados Unidos de Norteamérica tienen una biocapacidad de 15 millones de km2 equivalentes, y una huella de 33 millones, lo que implica una sobreutilización del 120% de su capacidad, mientras que Perú sólo usa el 14% de su biocapacidad o Gabón el 6%.

Si se analiza más detalladamente cómo contribuyen las ciudades al ensanchamiento de esta huella ecológica el problema se magnifica. Por ejemplo, un estudio sobre Santiago de Chile (Wackernagel, 1998) indica que la huella ecológica total de la ciudad es 10 veces más amplia que la de su área metropolitana (incluyendo las reservas ecológicas metropolitanas) ó 195 veces más grande que el espacio consolidado de la ciudad. Es por ello que en el prólogo del informe puede leerse:

«La batalla por la sustentabilidad será ganada o perdida en las ciudades. Ya que las ciudades son los más altos contribuidores al Producto Mundial Bruto, también son los más grandes consumidores de recursos y productores de desechos. Esto es particularmente crítico, en un mundo que está sobrecargado de actividades humanas y, en suma, es rápidamente urbanizado.»

Existen, por tanto, dos problemas diferentes pero perfectamente interrelacionados: el primero se refiere a que hemos sobrepasado la capacidad de carga del planeta y el segundo a que esta explotación excesiva se hace, además, en parte, de unas áreas territoriales (países y ciudades) a costa de otras [2].

1.2 Desarrollo sostenible y equidad

El concepto de desarrollo sostenible ha ido cambiando y perfeccionándose a la vez que nos íbamos haciendo conscientes de dónde se encontraba el verdadero problema, tal y como se recoge en el Informe europeo sobre ciudades sostenibles (Comisión Europea, 1996). En principio se planteaba como una apuesta por las posibilidades de supervivencia de las futuras generaciones. Así, en el tan citado Informe Brundtland (Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo, 1987) puede leerse:

«El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades actuales sin poner en peligro la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades.»

Pronto, el concepto se liga a la calidad de vida y al límite de los ecosistemas (Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas y Fondo Mundial de la Naturaleza, 1991):

«El desarrollo sostenible implica la mejora de la calidad de vida dentro de los límites de los ecosistemas.»

Luego se introducen tímidamente las cuestiones sociales sin que todavía se mencione el problema de la equidad (Consejo Internacional de Iniciativas Ambientales Locales, ICLEI, 1994):

«El desarrollo sostenible es aquél que ofrece servicios ambientales, sociales y económicos básicos a todos los miembros de una comunidad sin poner en peligro la viabilidad de los sistemas naturales, construidos y sociales de los que depende la oferta de estos servicios.»

Desde entonces parece que el propio sistema se ha hecho consciente (si es que un sistema puede ser consciente de algo) de que se han sobrepasado las barreras y que hay que tomar medidas. Al principio el problema se iba solucionando ampliando más y más el territorio de dependencia (la huella ecológica) pero llegó un momento en que ya no fue posible porque el planeta es finito. Se optó entonces por rebajar los niveles de consumo (confort, calidad de vida) de los países más débiles y con menos capacidad de presión. Cuando esto tampoco fue suficiente porque la mayoría de estos países llegaron a los niveles más elementales, se recurrió a establecer cada vez mayores diferencias entre clases sociales e incluso a bajar los niveles de confort y calidad de vida de capas de la burguesía de los países más desarrollados que, hasta el momento, no parecían amenazadas. Se empezó así a desmontar el llamado estado del bienestar para que las clases más favorecidas no se vieran afectadas en sus niveles de desarrollo.

Si no hubiera diferencias esenciales entre la especie humana y el resto de las especies animales, se podría proponer como alternativa a este escenario la mera autorregulación biológica de la población, bien por efecto del descenso de natalidad, bien como consecuencia de enfermedades (SIDA y otras) o guerras.

1.3 Racionalidad en la construcción de la ciudad

Hasta ahora no se ha mencionado una posibilidad aparentemente interesante: aumentar la eficiencia [3] de nuestros sistemas. Es decir, conseguir más con menos, siempre que se dé la condición de que los pluses generados con dichas mejoras no se destinen a aumentar los ya altos niveles de desarrollo de los más favorecidos, sino a disminuir la huella ecológica y las distancias entre países y clases sociales. Desde el punto de vista de la sostenibilidad no tendría ningún sentido que nuestras ciudades funcionaran más eficazmente o nuestra agricultura fuera más productiva si estos diferenciales los utilizáramos para mejorar los niveles de confort o para aumentar las distancias entre clases sociales o entre países.

Por tanto, dada la importancia y el impacto que las ciudades y el proceso de urbanización tienen en el territorio, la pregunta que habría que hacer es: ¿cómo conseguir qué nuestras ciudades sean más eficientes, qué funcionen igual de bien consumiendo menos recursos y contaminando menos? En definitiva, si la mayor parte de los instrumentos que hacen de las ciudades artefactos más sostenibles son instrumentos de racionaliddad, la pregunta anterior se podría cambiar por ésta: ¿cómo hacer ciudades más racionales? La respuesta a esta pregunta es bastante difícil pero, con las debidas cautelas, se pueden dar algunas indicaciones. Más adelante se mencionarán acciones políticas, que indudablemente son las que centran el análisis, y otras más técnicas, pero habría también que hacer mención a un tema que casi siempre se soslaya: la formación de los técnicos y los cuadros dirigentes de nuestra sociedad.

Algunos de los problemas que afectan a la racionalidad de nuestras ciudades se derivan del hecho de que cuando los profesionales encargados de pensarlas adquieren el hábito del proyecto sólo se forman para dar respuesta a los problemas del pasado [4]. Muchos arquitectos, ingenieros, y también estudiantes, cuando ven una torre cubierta por un muro cortina con sus cuatro fachadas exactamente iguales, bellas, limpias, sin una arruga que se salga de la armonía, están convencidos que su sensibilidad no puede equivocarse y que aquel objeto, tan bello, es también un objeto perfecto por el mero hecho de ser bello. Probablemente sea ésta una visión imprescindible, pero no debería ser una visión única ni determinante ya que su valor de uso introduce necesariamente otras consideraciones. El hecho, por ejemplo, de que sobre una de las fachadas caiga el sol inmisericorde casi todas las horas del día y todos los días del año debería hacer que esta fachada fuera radicalmente distinta a su opuesta que apenas recibe radiación solar. Y cuando el arquitecto vea estas dos fachadas iguales debería de echarse a temblar, pero no de placer sino de consternación. Algo parecido podríamos decir de carreteras, ferrocarriles o aviones, aunque probablemente en menor medida.

Como ya se ha dicho, uno de los principales problemas a los que se enfrenta la sociedad actual es que está consumiendo por encima de la capacidad de regeneración del planeta y que este consumo se está produciendo, además, de forma poco equitativa. Y esta cuestión debería estar presente en la forma de proyectar y construir ciudades y edificios. Si al entregar una obra de arquitectura o un plan de urbanismo los responsables tuvieran la obligación de calcular una cosa tan sencilla como el coste por metro cuadrado y hora de utilización normal de ese plan o de ese edificio, probablemente habríamos avanzado mucho en dar soluciones eficaces y ecológicas a nuestras ciudades. Y no estamos hablando de incluir costes ambientales, etc. Esto, que se hace ya con los automóviles o los frigoríficos, está muy lejos de conseguirse en la construcción de edificios y ciudades.

Si ya es complicado pronunciarse sobre la formación de nuestros profesionales, mucho más lo es hacerlo sobre acciones concretas que racionalicen el uso de nuestras ciudades. Pero ésta es una condición necesaria (aunque no suficiente) para reducir el excesivo impacto que el actual proceso de urbanización ejerce sobre el territorio. Si se repasa la literatura que sobre el tema se ha producido hasta el momento, y las actuaciones que se han llevado a cabo, pueden señalarse algunos aspectos que facilitarían la construcción de ciudades más racionales y eficientes. Por ejemplo: limitar el excesivo consumo de suelo, favorecer el régimen de tenencia de la vivienda en alquiler, apostar por la población concentrada frente a la dispersa, aumentar la complejidad de las áreas urbanizadas, rehabilitar, reconstruir, reutilizar, reordenar los usos agrícolas, limitar el uso turístico del territorio o dejar áreas territoriales de suficiente extensión sin ningún uso.

1.4 El consumo de suelo

Resulta ciertamente alarmante el creciente consumo de suelo por habitante que se está produciendo en todo el mundo. Existen abundantes referencias, pero voy a mencionar un dato ya clásico en la literatura especializada en nuestro país por ser probablemente el primero que se comprobó en España. En un trabajo de García, Gascó, López y Naredo para el MOPU sobre la Comunidad de Madrid se comprobó que entre 1957 y 1980 se había duplicado el requerimiento total de suelo urbano por habitante (Zaldívar et al., 1983), crecimiento que se está produciendo a un ritmo todavía mucho mayor en la actualidad. Esto explica la aparente contradicción entre el aumento de la superficie urbanizada y el mantenimiento o incluso disminución de la población total.

Desde la perspectiva de la sostenibilidad podría utilizarse el precio del suelo como instrumento de control de la extensión de la urbanización. Dado que el discurso más frecuente pretende su abaratamiento, sería una perspectiva nueva y, probablemente, difícil de asimilar socialmente. Al menos no debería plantearse de forma tan inflexible la afirmación de que hay que abaratar el precio del suelo. Ante la necesidad de cambiar la dirección del proceso de extensión urbana se podría plantear la posibilidad de mantener el precio o incluso encarecerlo. Esto no significa que no haya que resolver el problema de la vivienda. Pero, aunque aparentemente relacionados, precio del suelo y acceso a la vivienda son problemas distintos.

Si en lugar de hablar del suelo se tratara del agua, el acuerdo sería más sencillo: hay que garantizar que todo el mundo tenga el mínimo de agua necesaria, pero se acepta que todos los pluses de consumo se penalicen fuertemente. Esta penalización del consumo además de la educación y las mejoras en los sistemas de distribución, han conseguido que en Europa, según el Urban Audit 2000 (Comisión Europea, 2000), disminuya el consumo de agua desde los 110 a los 93 m3/hab desde 1981 al 1996.

De forma similar al caso del agua, podrían fijarse unos mínimos de consumo de suelo a los que accedería casi de forma gratuita la mayor parte de la población, y penalizar de forma progresiva los consumos, a medida que fueran aumentando. Los gravámenes sobre los excesos podrían ayudar a financiar los mínimos.

Además, habría que aclarar la verdadera relación entre el precio del suelo y el precio de la vivienda, para que no parezca que ambos caminan conjuntamente. Como nos muestran las series estadísticas, un aumento del precio del suelo repercute casi indefectiblemente en el precio de la vivienda, pero la inversa no es cierta. Esto quiere decir que las bajadas del precio del suelo no llegan al consumidor, sino que los diferenciales desaparecen por el camino y ‘algunos’ se benefician de forma exorbitante. Es necesario, por tanto, relacionar necesidades mínimas de suelo para conseguir una vivienda digna, gravámenes progresivos sobre todo lo que sobrepase estos mínimos, fijación de topes de vivienda protegida de acceso universal y financiación del suelo que se incluya en las necesidades mínimas.

Pero el aumento del consumo del suelo no sólo se produce por el aumento de la superficie edificada destinada a vivienda. Se produce también por el aumento de la superficie urbanizada necesaria para dar servicios a estas viviendas, básicamente por las infraestructuras de comunicaciones y atención al tiempo libre en la naturaleza. En general puede decirse que la mayor parte de los equipamientos e infraestructuras están sobredimensionados y mal situados[5]. Si se exceptúa el caso de las zonas verdes que es un tanto especial y cuya exposición requeriría un artículo por sí solo, el resto de los equipamientos debería cumplir una serie de condiciones que casi nunca plantean: de mínimos, pequeños, multiuso, gestionados por los propios vecinos, distribuidos por todo el tejido urbano. Y respecto a las infraestructuras[6]: prioridad al transporte colectivo con carriles de uso exclusivo y sistema combinado de alta velocidad y pocas paradas con los de baja velocidad y muchas paradas; diseño del viario para el transporte privado basado en las horas valle y nunca en las horas punta; utilización del subsuelo si la ciudad es lo bastante compacta.

1.5 El régimen de tenencia de la vivienda

En España se entiende que el acceso a la vivienda es el acceso a la propiedad de la vivienda. Y esto tampoco tiene por qué ser necesariamente así. El acceso puede ser a la vivienda en alquiler. El problema, denunciado muchas veces y por distintos autores, es que una parte importante del ahorro español se invierte en productos inmobiliarios lo que trae consigo que una parte del parque inmobiliario esté formado por viviendas desocupadas y cerradas. La puesta en el mercado de una parte importante de estas viviendas, a ser posible en régimen de alquiler, disminuiría la presión sobre sectores muy importantes del territorio ahora en el punto de mira de constructores y urbanizadores.

La administración parece que ya está dando pasos en este sentido, después de intentar de forma infructuosa bajar el precio de la vivienda bajando el precio del suelo. Sin embargo la evolución del régimen de tenencia no nos invita al optimismo: si en el año 1970 la vivienda en alquiler representaba el 30% de los 8.504.326 de viviendas censadas, en 1981 ya sólo era el 20,8% del parque de 10.430.895 y en 1991 el 15,2% de un total de 11.736.376 [7].

1.6 Concentración y dispersión

La progresiva invasión del territorio, aparte de implicar un consumo energético creciente, significa también un consumo de suelo desproporcionado. En una investigación que hicimos en el año 1998 (Fariña y Pozueta, 1998), detectamos la multiplicación hasta por tres de la movilidad de las áreas extensivas frente a las concentradas. Y dado que también según el Urban Audit 2000 la densidad disminuye en la mayoría de las ciudades europeas, ya puede comprenderse el problema.

La actual configuración urbana, basada en esparcir la ciudad por el territorio y posible sólo gracias al automóvil, resulta nefasta desde el punto de vista de la racionalidad [8]. En primer lugar porque las bajas densidades imposibilitan la rentabilidad de un sistema público de transporte eficaz. Además, los largos desplazamientos en kilómetros (no necesariamente en tiempo) entre la residencia, el trabajo, el comercio o el ocio, impiden realizarlos andando o en bicicleta. Todo esto supone un mayor consumo de energía, mayor contaminación, mayor consumo de suelo y mayor segregación social y espacial.

Menciono al respecto algunos datos del trabajo de investigación citado anteriormente [9] y doy en primer lugar los índices correspondientes a la vivienda aislada en parcela de hasta 1.000 msuperi2 y en segundo lugar los de la vivienda colectiva (en manzana cuajada o en bloques): densidad (8,5 frente a 57,4), consumo de viario (2,7 frente a 0,6), superficie ocupada (47 frente a 4), viajes generados independientemente de su situación y de las características sociales y económicas (3,4 frente a 0,9). Con el agravante, además, en el caso de la vivienda aislada, de que estos desplazamientos (excepto los viajes en autobús al colegio o al instituto) se hacen en una altísima proporción en vehículo privado. El instrumento de control ideal en este aspecto es el planeamiento. Aunque no el planeamiento tal y como se ha entendido en España desde la Ley del Suelo de 1956. Tampoco es éste el lugar ni el momento de analizar este tema en profundidad pero se pueden apuntar algunas ideas.

La primera es que los problemas ambientales exceden, en la mayoría de los casos, los límites administrativos de los municipios. Los planes de ámbito municipal, que podrían tener una cierta razón de ser en épocas en las que el desarrollo era la prioridad por encima de cualquier cosa, se han convertido en instrumentos obsoletos, sobrepasados por la presión de una urbanización que rebasa los límites administrativos con todo descaro. Además el proceso burocrático de elaboración los ha convertido, en buena parte de los casos, en artificios inútiles en los que los datos de partida ya no son válidos en el momento de aprobarlos y que, por tanto, funcionan a base de continuas modificaciones puntuales que los desvirtúan de forma notoria. Probablemente sería necesario inventar algún tipo de planeamiento supramunicipal, mezcla de territorial y urbanístico, que permitiera imponer limitaciones de forma clara y duradera y que incluso clasificara el suelo, pero de forma más ágil y menos permanente que en la planificación actual. De ahí se pasaría a un planeamiento de desarrollo mucho más ejecutivo, que implicaría un conocimiento continuo del medio y su evolución, a través de una serie de indicadores pactados por la población y un observatorio permanente. Se pueden plantear otras posibilidades, pero de lo que no hay duda es de que los instrumentos de planificación actualmente en vigor en la mayor parte de las comunidades autónomas no están pensados para una situación de emergencia ambiental como en la que en estos momentos estamos inmersos. Además, tampoco ayuda demasiado la actual clasificación urbanística del suelo que favorece de forma notaria la diseminación de la urbanización por todo el territorio, impidiendo incluso sostenible[10].

1.7 Complejidad de las áreas urbanizadas

Ya hace más de treinta años que Christopher Alexander escribió un artículo premonitorio, que debería ser de obligada lectura para todos aquellos que se dedican de una forma u otra a construir ciudades. El artículo se titulaba «La ciudad no es un árbol» (Alexander, 1965). Por supuesto que no se refería a un árbol físico sino al concepto matemático de árbol como forma de organización de conjuntos. En el sistema de organización arborescente cada elemento forma parte de un único subconjunto que, a su vez, depende de otro, y éste a su vez de otro, etc.

Más o menos, para entendernos, una hoja de un árbol se inserta en una única ramita, que a su vez se inserta en otra, y así hasta llegar al tronco. Frente a este concepto oponía el de semi-retículo, en el cual cada elemento podía depender a la vez de varios conjuntos o subconjuntos. Desde su punto de vista la ciudad era un semi-retículo, no un árbol.

Sin embargo, la planificación siempre trata las áreas urbanas como árboles. Primero, porque es más fácil. Todo está mucho más claro y, aparentemente, funciona muy bien. Una vivienda forma parte de una unidad vecinal con su centro de servicios. Un conjunto de unidades vecinales forma un barrio con su centro de barrio. Y el conjunto de los barrios forman una ciudad con su centro. Este procedimiento, exacerbado casi hasta sus límites, conduce a la segregación, a la pérdida de complejidad y a la banalización de la vida urbana. Y, en segundo lugar, permite la utilización de dos técnicas muy potentes y que han hecho del urbanismo un instrumento de control económico formidable: la zonificación y la definición de estándares.

Surgen así las urbanizaciones cerradas, todas de chalets, de bloques o de manzanas, con sus propios cuerpos de seguridad, habitadas por familias de parecida capacidad económica, que van a jugar a los mismos campos de tenis, que compran los fines de semana en el centro comercial que, a su vez, tiene su propio sistema de seguridad[11]. Por supuesto no existe sitio para los más desfavorecidos ni para los marginales que ocupan los espacios dejados por las clases medias en los centros de las ciudades, estableciéndose un círculo del que es muy difícil salir. Pero resulta imprescindible romperlo porque las ciudades son más racionales, es decir menos insostenibles, si su configuración es lo más parecida posible a la ciudad europea histórica tradicional, con densidades y tamaño de tipo intermedio que posibiliten los desplazamientos a pie o en transportes colectivos, con mezcla de usos, menor segregación social y espacial, régimen de vivienda en el que tenga una significativa cabida el alquiler, que fomente el uso de las calles y las plazas públicas a diversas horas y con diferentes usos, etc.

1.8 El soporte territorial

El viejo principio ecologista de la reutilización es también plenamente aplicable a las ciudades para hacerlas menos insostenibles. Cada generación va construyendo una ciudad adaptada a sus necesidades, porque la que ha recibido de la generación anterior no se corresponde con sus deseos y expectativas. Pero como en el mito de Sísifo, cuando parece que lo ha conseguido tiene que dejar paso a otra generación que se vuelve a encontrar con el mismo problema. Por eso las ciudades nunca estarán terminadas y se encuentran siempre en permanente reconstrucción.

En algunos casos, en la actualidad, se deja a la ciudad heredada abandonada a su suerte para crear ciudad partiendo de cero en el territorio que antes era el campo. De esta forma todo parece más cómodo: no hay que preocuparse de los problemas de la adaptación, el suelo es más barato porque todavía no ha adquirido la plusvalía consustancial con la urbanización y todo es más sencillo.

Sin embargo, lo que en realidad sucede es bastante terrible desde el punto de vista de la sostenibilidad: los centros históricos se despueblan y son conquistados por los turistas o por la marginalidad, los barrios del extrarradio se degradan, las áreas industriales obsoletas se abandonan dejando enormes esqueletos de hierro y cemento sin uso. Y lo peor de todo, la urbanización, en su diáspora, se apodera cada vez de mayores ámbitos territoriales. Este proceso centrífugo de separación entre las piezas (¿urbanas?) significa, entre otros problemas, y como ya se ha apuntado, un mayor consumo de energía y de suelo, una mayor contaminación y una segregación social y espacial especialmente virulenta.

Parece, pues, necesario volver a poner en carga aquellas partes de la ciudad que se van abandonando o que se dejan de utilizar a plena capacidad [12]. Se suele alegar que los costes de la rehabilitación son siempre superiores a los de nueva creación pero es sólo porque no se tienen en cuenta los mayores consumos de combustible, la mayor contaminación o la creación de nuevas redes sociales.

Pueden detectarse otras líneas que se refieren más al territorio que a la ciudad propiamente dicha pero que no se pueden separar de los anteriores, y que a continuación se explican forma sucinta [13].

1.8.1 Los usos agrícolas, ganaderos y forestales

Es imprescindible acometer una reordenación de estos usos basada en criterios de impacto territorial y equidad social. Ésta es una cuestión que debido a las implicaciones de todo tipo que suscita (personales, sociales y económicas) es difícil de plantear, pero que también resulta imprescindible abordar. Actualmente, y desde el punto de vista agrícola, casi todos los suelos son aptos para casi todo, con las necesarias mejoras, aunque ésa no sea la vocación del suelo. Pero no pueden seguir dedicándose suelos de alta rentabilidad agrícola a la urbanización, ni otros al regadío a base de agotar los acuíferos subterráneos, cuando en una gran parte del centro de Europa sobra la lluvia (incluso en España).

En una situación parecida se encuentran determinadas prácticas ganaderas y forestales que se hace necesario analizar desde una nueva perspectiva y con objetivos diferentes. Es una cuestión complicada en la que es fácil caer en la demagogia, a menos que se analice el problema en su conjunto, pero lo que parece inevitable es la necesidad de una reordenación antes de que se haga espontáneamente y de forma incontrolada, con consecuencias posiblemente traumáticas e injustas.

1.8.2 La utilización turística del territorio[14]

Habría que fomentar los estudios sobre la capacidad de carga del territorio como soporte de la actividad turística, para contar con metodologías que nos permitiesen cuantificar realmente qué sucede cuando a un área determinada con interés paisajístico, ambiental, ecológico, etc., accede una determinada cantidad de personas. La mejora en la accesibilidad a determinadas zonas no siempre es benéfica para la sociedad, ya que puede implicar la desaparición del valor de las mismas. El problema es particularmente agudo en un país como el nuestro que tiene en el turismo una fuente de ingresos muy importante.

Me gustaría referirme aquí al consumo de naturaleza, y a cómo la desinformación y la intoxicación pueden hacer que el ciudadano se comporte de forma contraria a lo que cabría esperar. Me estoy refiriendo a lo que, desde hace años, vengo llamando la paradoja ecológica. Las necesidades de consumo de naturaleza son tales que ahora ya nadie se conforma con vivir en los centros históricos de las ciudades como aquellos urbanitas que, en reducidos pisos, tenían una relación muy lejana con ‘el campo’: una maceta de geranios en la ventana y una jaula con un jilguero en el patio de luces. Ahora, como mínimo, el suburbanita necesita un adosado con parcela, a veinte ó treinta kilómetros del centro, un cuatro por cuatro con el cual llega a los más remotos lugares, y una colección en veinte tomos (¡cuánto papel desperdiciado!) sobre especies protegidas. De esta forma, su gran simpatía por el medio ambiente le convierte en el máximo consumidor de ese medio.

1.8.3 Áreas territoriales sin uso[15]

Es absolutamente vital mantener una parte apreciable del territorio sin uso. Sin ningún uso, ni agrícola, ni turístico, ni forestal, de forma que actúe de amortiguador y permita un cierto margen de maniobra a las generaciones futuras. Ello significa, obviamente, la penalización de estos suelos. También significa que habría que inventar algún tipo de redistribución de beneficios y cargas a escala territorial. Y, por supuesto, inventarse un nuevo tipo de suelo no urbanizable: el no urbanizable sin ningún uso.

Además habría que pensar en sacar este suelo del circuito comercial de una vez por todas. Esta eliminación de una parte importante del suelo podría traer consecuencias inmediatas aparentemente no deseables, precio del no sometido a restricciones. Pero esta relación no está tan clara y, además, tal y como ya se ha apuntado, habría que discutir si se trata de una consecuencia perversa o benéfica.

1.9 Confort y calidad de vida

Una vez que hemos abordado algunas de las líneas en las que probablemente habría que incidir para conseguir ciudades menos insostenibles resulta imposible soslayar la segunda parte del problema: cómo hacer que las mejoras en la eficiencia de la ciudad, en los países con unas huellas ecológicas muy superiores a las que corresponderían a sus territorios, no redunden en unos mayores niveles de confort de las clases más poderosas, sino precisamente en la reducción de estas huellas ecológicas. Por supuesto que ya no se trata de un problema tan técnico como el anterior, sino posiblemente más social y político. En el fondo subyace una pregunta que de una u otra forma aparece formulada en diferentes lugares: ¿se puede cambiar el estilo de vida consumista por otro basado en criterios de sostenibilidad? Y aun en el supuesto de que se pueda: ¿es posible este cambio entendiendo de otra forma la calidad de vida?

A lo largo de este trabajo se han utilizado dos conceptos aparentemente de forma indistinta, pero con una cierta intencionalidad: calidad de vida y confort. A pesar de que la palabra confort no es demasiado ortodoxa en castellano, se puede entender que establece la necesaria separación entre lo que podrían ser mejoras reales en la capacidad de desarrollar las aptitudes e intereses personales y sociales (calidad de vida) y mejoras simplemente percibidas o aparentes (confort). A pesar de la dificultad del tema, y de las contradicciones que ya hace muchos años denunciaron autores como Rapoport [16], probablemente si consiguiéramos diferenciar estos dos factores la respuesta a las preguntas anteriores sería que sí.

De cualquier forma, en la situación social actual, todo este planteamiento sería imposible. Con unos valores sociales basados en la competitividad mal entendida (competitividad por el dinero), con una publicidad que pervierte y falsea la realidad y, sobre todo, con una acusada desinformación, no parece que nadie, ni los políticos ni los ciudadanos que les votan, quiera cambiar el actual estado de las cosas.

1.10 La participación ciudadana

Para que esta situación pueda ser modificada resulta imprescindible hablar de participación, educación e información. En primer lugar habría que referirse a la educación ciudadana [17]. Se trata de un tema muy instrumentalizado pero que resulta necesario si de verdad se quiere intentar conseguir una reversión en el actual proceso de desarrollo y aumento de los niveles de confort a costa de todo. En concreto, resulta imprescindible para que funcione uno de los pilares fundamentales de una sociedad más sostenible: la participación. El ciudadano o la ciudadana que están inmersos en un proceso de participación deben conocer el estado de su atmósfera o de sus ríos, pero también el significado de que puedan oír el trino de los pájaros en su urbaniza ción de adosados, o el costo real de la magnífica depuradora de la que están tan orgullosos, desde la perspectiva del Senegal, Mauritania o el Amazonas. Hombres y mujeres tienen una parte egoísta (más o menos importante según los casos) y probablemente, del nivel de participación local no puedan esperarse grandes avances en términos de solidaridad universal, a menos que exista una conciencia global muy fuerte construida a partir de una educación e información adecuadas. Ésta es una de las mayores dificultades que se están viendo en los procesos de participación en curso para la redacción, por ejemplo, de Agendas 21 o instrumentos análogos.

Probablemente las grandes decisiones que afecten sobre todo al confort del urbanita han de tomarse en el momento actual y dados los niveles de educación e información existentes, no desde los órganos locales, sino en instancias mucho más lejanas del administrado. Es decir, en instancias nacionales o supranacionales. Los gobiernos locales, en general, lo hacen mucho mejor cuando se trata de temas relativos al desarrollo económico, o a todo aquello que haga más competitiva su área de gobierno frente a las demás. Una información rigurosa, veraz y completa resulta imprescindible para que el proceso educativo pueda plantearse sin tópicos. De tal forma que educación, información y participación, deberían ser las tres patas de cualquier proceso previo al intento de instaurar sistemas de racionalidad en las actuales formas de vida.

2 Ejemplos de Buenas Prácticas Urbanas

¿Cómo se reflejan los planteamientos expuestos en la práctica diaria de construir la ciudad? Se puede intentar dar una respuesta a través del análisis de algunas de las Buenas Prácticas seleccionadas en este catálogo.

Lo primero que hay que advertir es que los criterios de la convocatoria del concurso no son exactamente criterios basados de forma estricta en el concepto de desarrollo sostenible. Incluso la expresión como tal no aparece más que una o dos veces y cuando lo hace es indicando más bien durabilidad o permanencia en el tiempo. Sin embargo, como explicaremos más adelante, en su conjunto, tanto los criterios generales como los específicos por áreas, podrían ser fácilmente incluidos entre las propuestas explicitadas en la primera parte. Dado que la convocatoria en sí sólo se diferencia de la anterior en cuestiones de matiz, se remite al lector a lo ya escrito en el tercer catálogo para una explicación más detallada de la misma (Fariña, 1991).

2.1 Áreas temáticas y prácticas seleccionadas

Algunas de las diferencias con la convocatoria anterior se han producido en las áreas en las que se inscribían las prácticas presentadas. Así, el área de Desarrollo Territorial y Urbano Sostenible ha pasado a denominarse de Desarrollo Territorial y Urbano Integrado. Uno de los pocos lugares dónde aparecía el término sostenible ha sido eliminado. La causa no es que hayan variado los objetivos del área intentando eliminar todo vestigio de sostenibilidad, sino que uno de los criterios que había que considerar era el de permanencia en el tiempo de la práctica que, al traducirse por sostenibilidad, producía siempre una cierta confusión.

El resto de los apartados no ha sufrido modificaciones. Vivienda, Género y Lucha contra la Exclusión Social, Gestión Sostenible de los Recursos Naturales, Ciudad y Entorno Natural y Transporte y Accesibilidad, han permanecido invariables. La novedad aparece con la introducción de una nueva área temática denominada Gobernabilidad Urbana que, en realidad, es un apartado desgajado del antiguo título Desarrollo Territorial y Urbano Sostenible.

Si se suma el número de prácticas seleccionadas por áreas pueden detectarse algunas tendencias. El número más elevado corresponde a Género y Lucha contra la Exclusión Social con ocho casos y el siguiente es Desarrollo Territorial y Urbano Integrado con siete. Aunque pudiera parecer que esta última ha cedido su primacía respecto al año anterior (tenía once prácticas seleccionadas frente a las siete de Género y Lucha contra la Exclusión Social) lo cierto es que si a las siete del año actual le sumamos las tres de la separada Gobernabilidad Urbana, los números apenas varían. Hay un descenso muy significativo en el área de Vivienda (de cinco a dos) que todavía lo es más si se compara con anteriores catálogos, y también en las dos que están relacionadas con la naturaleza (Gestión Sostenible de los Recursos Naturales y Ciudad y Entorno Natural).

Parece pues deducirse de lo anterior un fortalecimiento de todos los temas que tienen que ver con la ciudad (Transporte y Accesibilidad incluido que pasa de una a tres prácticas seleccionadas) frente a los relacionados con el entorno y la gestión de los recursos naturales. Se trata, por tanto, de una tendencia claramente en la línea de lo explicado en la introducción de la primera parte de este trabajo: la raíz de las agresiones que sufre el entorno hay que buscarla en el proceso de urbanización. No sirve de nada intentar paliar las consecuencias, porque muchas veces este intento complica las cosas y en algunos casos puede resultar más costoso para el medio natural que dejarlas como están. Los problemas hay que atacarlos allí donde se generan, en origen. Y el origen de los problemas está en la ciudad.

Hay, sin embargo, una anomalía en la explicación anterior, que es el caso del área de Vivienda. Anomalía preocupante además, ya que una parte muy significativa de nuestras ciudades está constituida por viviendas. El problema no se circunscribe a este concurso. En una reciente publicación (Ruano, 1999) donde se seleccionan sesenta proyectos de ecourbanismo, pueden contarse con los dedos de una mano los que se refieren a vivienda. También aquí nos reafirmamos en lo dicho en la primera parte de este trabajo sobre la necesidad de introducir de forma decidida las enseñanzas ambientales en los programas de las escuelas de arquitectura. El desconocimiento del tema por parte de un número muy elevado de nuestros profesionales empieza a ser una rémora social que terminaremos pagando de una forma u otra. Por último, en este sucinto análisis de la totalidad de las áreas temáticas, habría que referirse a la de Género y Lucha contra la Exclusión Social. Se trata de un área fundamental desde el punto de vista del desarrollo sostenible que se ha propuesto. Por eso es esperanzador que, convocatoria a convocatoria, se vaya fortaleciendo. Este desplazamiento del interés hacia aspectos que relacionan sostenibilidad con equidad se percibe en todos los apartados de forma que, en el momento actual, no se buscan soluciones a la degradación de la naturaleza que no estén ligadas de una u otra manera a una mejor redistribución de la calidad de vida entre países y entre clases sociales.

2.2 El procedimiento utilizado

En lo que respecta a las áreas de Desarrollo Territorial y Urbano Integrado, Vivienda y Transporte y Accesibilidad, se utilizó un procedimiento de baremación muy parecido al de la convocatoria anterior y que se desarrolló tal y como se explica a continuación. Se partió de un baremo confeccionado atendiendo al ya realizado para la convocatoria anterior, a las opiniones de los asesores de otras áreas temáticas, y a las novedades introducidas por esta convocatoria. Este baremo se basaba en los criterios generales para determinar las buenas prácticas incluidos en la convocatoria y ponderados en función de los criterios específicos. Se puntuaban seis grandes apartados, cada uno de los cuales abarcaba entre quince y veinticinco subdivisiones. El primero, que se denominó impacto, aportaba el treinta por ciento de la valoración total de la actuación. Se estimó el hecho de que las mejoras tangibles fueran muy importantes, importantes o medias. Que produjeran beneficios sociales o ambientales adicionales. Y de si se trataba de una práctica ejemplar en el sentido de que pudiera ser tomada como referencia o modelo para otros casos.

La asociación constituía el segundo grupo de valores que totalizaban el veinte por ciento de la puntuación. Hacía referencia al número de organismos implicados (Unión Europea u organismos internacionales, gobierno nacional, comunidad autónoma, ayuntamientos, ONG y voluntariado, sector privado, instituciones docentes y de investigación, asociaciones profesionales y sindicatos, medios de comunicación). Hay que destacar que también se valoraban en este apartado: la creación de organismos de coordinación; el grado de coordinación y entendimiento; y la participación ciudadana.

Respecto a la permanencia en el tiempo de la propia actuación, de las estructuras u organismos creados, o de la repercusión en el entramado social, se valoraba con un veinte por ciento del total. Se consideraron, entre otras cuestiones, los cambios legislativos producidos, la creación de organismos administrativos o sociales, las prácticas políticas o sociales permanentes o la irreversibilidad de los impactos producidos.

El fortalecimiento comunitario se valoró con un diez por ciento del total. No sólo se tuvo en cuenta el refuerzo de los mecanismos existentes, sino también la creación de nuevos mecanismos comunitarios, su grado de aceptación y su efectividad.

Respecto al apartado de género e inclusión social también se valoró con un diez por ciento del total, considerando que existía un área temática específica que le concedía carácter prioritario. Se trató de atender, tanto a aquellas iniciativas que promovieran la integración como a aquellas que procuraran la igualdad.

Por último, al apartado de novedad y originalidad de la propuesta se le daba un máximo de un diez por ciento del valor total. Entre sus criterios incluía uno que no tenía que ver con el título pero que tampoco era fácilmente asimilable a ninguno de los otros: la relación entre los resultados obtenidos y la inversión realizada. Se trataba de equilibrar en la medida de lo posible aquellas actuaciones multimillonarias (como los Urban) con las de pequeñas entidades locales que con un escasísimo presupuesto pero altas dosis de imaginación y trabajo conseguían resultados altamente rentables. Una vez baremadas todas las actuaciones correspondientes surgieron de forma natural, y como en la convocatoria anterior, tres grupos: prácticas de puntuación muy alta, de puntuación media y de puntuación baja. Del primer grupo y del último había muy pocas. Casi todas se situaban en una franja intermedia, además con un margen muy estrecho.

Después de los intercambios de opiniones entre los expertos se hizo una segunda baremación en una sesión conjunta de la totalidad de las prácticas correspondientes a todas las áreas temáticas y volvió a aparecer un grupo que se descolgaba bastante de la media. Se requirió información adicional de algunas de ellas, y tras otro turno de intercambio de opiniones se hizo una propuesta al grupo de trabajo de aquellas que se entendía debían ser seleccionadas.

2.3 Algunos ejemplos de buenas prácticas urbanas

A continuación se comentarán algunas de las buenas prácticas seleccionadas, correspondientes a las áreas temáticas de Desarrollo Territorial y Urbano Integrado, Vivienda y Transporte y Accesibilidad, que contienen elementos que se estiman de interés desde la perspectiva apuntada en la primera parte del trabajo.

Dado que, como ya se ha comentado, el concepto de buenas prácticas no se circunscribe estrictamente al punto de vista del desarrollo sostenible (es decir, que no todas las buenas prácticas son buenas prácticas para un desarrollo sostenible), se recomienda al lector interesado en una aproximación a las buenas prácticas más general que el abordado en estas notas, que revise lo ya escrito al respecto en el Tercer Catálogo. Sin embargo es necesario explicar que, implícita o explícitamente, los objetivos del desarrollo sostenible, aparecen en todos y cada uno de los criterios de selección del concurso de Dubai y tiñen de forma inequívoca las resoluciones del jurado internacional.

2.3.1 La rehabilitación de la ciudad histórica de Santiago

La recuperación urbana y la regeneración ambiental, como se ha intentado justificar en la primera parte de este trabajo, constituyen un objetivo importante desde el punto de vista de la sostenibilidad. Se trata, sin embargo, de un objetivo difícil y que plantea numerosos problemas técnicos, políticos y sociales. Lo que se ha venido realizando en Santiago de Compostela, desde que en el año 1994 se aprobó en Plan Especial de Protección y Rehabilitación de la Ciudad Histórica [18], es un ejemplo interesante de cómo con unos objetivos claros y explícitos y con un trabajo constante y diario, se pueden llevar adelante los proyectos más ambiciosos. La preservación de los usos residenciales y la regeneración ambiental de los espacios libres se constituyen como objetivos prioritarios del plan. Estos objetivos se concretan, hasta el momento, en más de 650 actuaciones con ayuda pública que han inducido otras cuatrocientas de iniciativa privada, y en la recuperación de dos corredores verdes que incluyen arbolado, jardines históricos y elementos etnográficos.

Pero lo más sorprendente no es qué se ha hecho sino cómo se ha hecho: la formación en oficios casi perdidos; la recuperación y reutilización de materiales tradicionales de bajo costo energético; la ocupación por el uso peatonal del centro histórico a pesar de la oposición, en un principio, de los comerciantes; la adquisición de más del ochenta de los corredores verdes. Pero, y sobre todo, la participación activa y la implicación financiera directa de la población, cuya confianza ha sabido ganarse la oficina técnica encargada de su asesoramiento.

Es particularmente reseñable el espíritu sostenible con el que se ha enfocado la rehabilitación, que puede resumirse en los siguientes párrafos extraídos de la propia presentación de la práctica:

«Los costos de rehabilitación de las viviendas se adaptan a la capacidad de los usuarios. La sobriedad de las actuaciones, la reutilización y reparación de elementos, han permitido su encaje en los módulos de protección pública.»

«Destaca la consecuencia con que se ha implantado un método de rehabilitación ligera que: busca la recuperación funcional de toda estructura que lo permita, ha reintroducido técnicas y lógicas constructivas capaces de prolongar la vida de los edificios, ha recuperado la madera en la construcción, rescató la reversibilidad de unas intervenciones sobre edificios históricos que no deben ser las últimas.»

Por supuesto que toda actuación de esta magnitud tiene también elementos negativos. Sin embargo, lo que se pretende destacar en estos comentarios, son aquellos elementos de la práctica más relacionados con la sostenibilidad. El que una ciudad decida apostar por la rehabilitación y la regeneración urbana es algo ya muy importante. Pero si además se introducen otros criterios de sostenibilidad como la reutilización y la recuperación, el aumento de la complejidad urbana, o la penetración de la naturaleza en la ciudad que evite la presión sobre el territorio poco antropizado, hay que pensar que se está intentando hacer bien las cosas.

2.3.2 El barrio de La Ribera en Córdoba

Se trata también, como en otros muchos casos de buenas prácticas de un proyecto Urban (todavía seguimos esperando una evaluación seria y rigurosa de un experiencia millonaria y que, aparentemente, ha cambiado muchas de nuestras ciudades). El barrio de La Ribera era la zona más degradada del casco histórico de la ciudad con graves problemas de exclusión social, sanitarios, de accesibilidad, despoblamiento, paro y marginación. Algo bastante común en partes, a veces importantes, de los cascos históricos de nuestras ciudades. Esto, como ya se ha explicado en la primera parte de este informe, produce un efecto centrífugo en la urbanización y una progresiva falta de un uso adecuado en una de las áreas más complejas, histórica y socialmente, de la ciudad. Cualquier intento de revitalizar y dinamizar estas zonas es, en principio, una buena práctica desde el punto de vista del desarrollo sostenible. El problema es cómo hacerlo bien.

Los objetivos del proyecto, tal y como los plantean sus promotores, son casi tópicos: mejora del medio ambiente urbano, desarrollo del tejido económico, dotación de equipamientos socio-culturales, desarrollo de programas sociales y de formación y dotación de centros. Sin embargo, lo que probablemente diferencia esta actuación de otras parecidas es la participación del barrio y de la ciudad: Cáritas Diocesanas, Asociación Hiedra, Asociación Pro­inmigrantes, Secretariado Gitano, Asociación de Defensa Social del Menor y la asociación de vecinos La Axarquía. Con muchas de estas asociaciones se firmaron convenios de colaboración. Por ejemplo, con la asociación Hiedra (Intervención social con mujeres prostituídas para su integración en el mercado laboral) mediante acciones de formación básica y especializada (maquilladora, estética y ceramista) estudiándose incluso la posibilidad de constituir una cooperativa. Este tipo de acciones sociales en colaboración con los vecinos son fundamentales en cualquier intento de regeneración urbana. El urbanismo ya no se puede entender simplemente como el cambio del pavimento de las calles o la construcción de un aparcamiento subterráneo, sino que debe incluir necesariamente el fortalecimiento de las redes sociales existentes y la participación ciudadana.

Esta colaboración entre administración, empresas y vecinos, que en esta actuación se entiende como ‘enfoque integrado’, es fundamental para conseguir resultados que verdaderamente ayuden a los más desfavorecidos y disminuyan la distancia entre clases sociales. Esto se refleja en la propia presentación de la práctica en la que puede leerse:

«Tras el éxito alcanzado con Urban Ribera, distintos colectivos vecinales han solicitado para sus barrios la realización de un proyecto integral por lo que el ayuntamiento ha comenzado ha reproducir el mismo esquema de trabajo en otras zonas de la ciudad.»

2.3.3 Adecuación ambiental en Amayuelas de Abajo y en Madrid

Para entender la disparidad en los ámbitos de las buenas prácticas recogidas en el catálogo, se comentan a continuación las experiencias llevadas a cabo en la capital de España y en un pueblecito casi abandonado de la comunidad autónoma de Castilla y León: Amayuelas de Abajo.

La Empresa Municipal de la Vivienda (EMV) se encarga en la ciudad de Madrid de la promoción de viviendas protegidas y la rehabilitación de áreas urbanas. En los últimos tiempos esta empresa ha promovido alrededor de unas mil viviendas anuales lo que la convierte probablemente en la mayor empresa municipal con estas competencias en España. En el año 1999 la EMV decide introducir progresivamente criterios ambientales en el diseño y construcción de sus viviendas y, en la actualidad, tiene en marcha siete proyectos de promoción residencial con criterios de eficiencia energética y arquitectura bioclimática con un total de cerca de cuatrocientas viviendas. De los resultados de la monitorización encargada al CIEMAT se espera conseguir ahorros energéticos y de emisiones entre el cincuenta y el setenta por ciento sobre actuaciones convencionales, además de mejorar significativamente los niveles de confort y calidad de los edificios.

Se trata de una experiencia verdaderamente importante ya que nos encontramos ante viviendas de promoción pública y precio tasado. Es decir, cuyo destino son las capas más desfavorecidas de la sociedad. Es magnífico que estos ciudadanos ahorren energía y contaminen la mitad de lo que antes consumían y contaminaban. El problema es que, probablemente ya antes consumían y contaminaban bastante menos que los habitantes del Viso o La Moraleja (dos madrileñas urbanizaciones de lujo). Éste es un problema central del desarrollo sostenible: ¿cómo conseguir que estas reducciones de la huella ecológica que van a conseguir los habitantes de los barrios de la EMV no vayan destinadas a aumentar todavía más el nivel de consumo y de contaminación de los habitantes de mayor nivel de renta? Podría esperarse que esta magnífica iniciativa de la EMV de Madrid pudiera ser imitada por otras áreas del ayuntamiento obligando (por ejemplo, mediante una ordenanza ambiental) a reducciones similares sobre los niveles actualmente existentes de todas aquellas viviendas que sobrepasaran determinados consumos de electricidad, gas, agua, gasoil... [19]

La práctica presentada por la EMV es, efectivamente, una buena práctica por la que hay que felicitar a sus promotores ya que reduce el consumo, la contaminación, y mejora la calidad de vida de los ciudadanos que habitan sus viviendas. Pero para que redujera la insostenibilidad de la ciudad de Madrid sería necesario que viniera acompañada de medidas complementarias (como la explicada en el párrafo anterior) que aseguraran una efectiva reducción de la huella ecológica de la ciudad y no que otras capas sociales más favorecidas se apoderaran de los ahorros conseguidos. Sería deseable que otras áreas del ayuntamiento siguieran el camino que ha emprendido la EMV para que esta Buena Práctica se convirtiera, en definitiva, una buena práctica que mejorar la sostenibilidad de nuestra capital.

El caso de Amayuelas de Abajo en la provincia de Palencia es, como se desprende de la explicación de la práctica, muy diferente. En este pueblo de seis habitantes se realizó la «construcción privada de diez viviendas bioclimáticas con métodos tradicionales, muros de tapial y adobe, diseño solar activo y pasivo, materiales de bajo impacto ambiental, y con la adición de nuevas tecnologías como energía solar térmica y fotovoltaica» [20]. Esta construcción, promovida por una sociedad cooperativa, se terminó en el año 2001. Colaboraron: el municipio de Amayuelas, el Departamento de Edificación de la Universidad de Valladolid, y Arquitectos sin Fronteras de Castilla y León. La financiación corrió a cargo de la sociedad cooperativa ‘Entramado’ en un treinta por ciento, y del programa Leader 2 de la Unión Europea el resto.

Se intentó en esta experiencia un nuevo sistema de construcción participativa, implicando a diversos estamentos de forma solidaria y construyendo de forma respetuosa con el medio ambiente y el paisaje. La construcción con tierra se perdió en la comarca hace ya más de cincuenta años y esta buena práctica ha conseguido su recuperación formando profesionales y demostrando su validez y eficacia. Algunos de los problemas encontrados:

«La legislación, las normativas actuales y los niveles de comodidad habituales no incluyen el uso de materiales de bajo impacto ambiental y de la tierra cruda en la construcción, relegando su uso al sector informal. Seguros y otros tipos de garantías son muy difíciles de obtener.»

«La construcción convencional que ahora se realiza, con hormigón armado, ladrillo muy cocido, acero, etc., es actualmente más barata que la construcción tradicional. Esto se debe a que la construcción con materiales más naturales y con menor impacto para el medio ambiente está fuera de los circuitos convencionales de los contratistas locales. No hay trabajadores especializados en trabajar con la tierra cruda.»

Esa es la dificultad del traspaso de la experiencia de Amayuelas y de otras análogas, pero sin investigaciones de este tipo probablemente sería casi imposible avanzar en el camino de una mayor sostenibilidad global.

2.4 Otros ejemplos

En el catálogo se incluyen otras buenas prácticas de las que se pueden extraer elementos interesantes desde el punto de vista de la sostenibilidad: infraestructuras de hábitat y apoyo a los damnificados del huracán Mitch; viviendas de integración social para la minoría étnica gitana en la Comunidad de Madrid; plan de erradicación del chabolismo, realojamiento e integración en Asturias; accesibilidad y movilidad en el sistema territorial de Granada; estrategia de modos de transporte sostenible en San Sebastián.

Algunas se plantean en torno a una idea aparentemente sencilla pero extraordinaria: Oraintxe SL es una empresa de mensajería que reparte envíos en Pamplona utilizando bicicletas. No contaminan, reducen el nivel de ruido en la ciudad, consumen menos combustible. Han conseguido hacer una empresa rentable que ha triplicado su plantilla desde la creación de la sociedad, y que colabora en la promoción de la bicicleta mediante asociaciones como Ciudadanos Ciclistas de la Comarca de Pamplona (CCCP) o KEA. Por Oraintxe han pasado personas pertenecientes a programas de reinserción de colectivos desfavorecidos y en el momento actual cuentan con 18 trabajadores que viven perfectamente de su actividad.

Todas son buenas prácticas, desde las que cuentan con un presupuesto de 5.529.310 euros, como la rehabilitación de la Ciudad Histórica de Santiago, hasta aquellas que apenas llegan a los 240.000 como el caso de Oraintxe mensajería. De todas tenemos la obligación de aprender algo si nuestro objetivo es conseguir un mundo más sostenible, es decir, un mundo respetuoso con la naturaleza y solidario.

3 Referencias bibliográficas

Alexander, C.  (1965)   «The City is Not a Tree»,   Architectural Forum, Vol. 122, nº 1 y 2, Abril/Mayo, 1965 
Arias Goytre, F.  (2001)   «Problemática urbana actual»,   Boletín CF+S, 19, marzo 2002: http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/afari.html 
Comisión Europea  (1996)   Ciudades europeas sostenibles   Informe del grupo de expertos sobre medio ambiente urbano, Bruselas 
Comisión Europea  (2000)   The Urban Audit, Towards the Benchmarking of Quality of Life in 58 European Cities   Luxemburg 
Fariña, J.  (2001)   Supervivencia y mejora de la calidad de vida: ejemplos notables de actuaciones españolas en materia de desarrollo territorial y urbano, vivienda, transporte y accesibilidad,    en Tercer catálogo español de Buenas Prácticas, Ministerio de Fomento, Madrid 
Fariña, J.  (2002)   El suelo no urbanizable,   en Hernández Aja, A. La aplicación de la nueva ley del suelo de la Comunidad de Madrid en el planeamiento urbanístico, Mairea, Madrid, 2002 
Fariña, J. e Higueras, E.  (1999)   «Turismo y uso sostenible del territorio»,   Cuadernos de Investigación Urbanística nº 28, Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio, ETSAM, Madrid 
Fariña, J. y Pozueta, J  (1998)   «La movilidad en los tejidos residenciales del suburbio disperso»,   Urban, nº 2, primavera, 1998 
Fariña, J. y Pozueta, J.  (1999)   «Tejidos residenciales y formas de movilidad»,   Cuadernos de Investigación Urbanística nº 12, Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio, ETSAM, Madrid 
Folke, Carl, Åsa Jansson, Jonas Larsson y Robert Costanza  (1997)   «Ecosystem Appropriation by Cities»,   Ambio., Vol.26 No.3, May 1997 
García Zaldívar, R., J. M. Gascó, J. López Linaje y J. M. Naredo  (1983)   Evaluación de la pérdida de suelo agrícola debido al proceso de urbanización en la Comunidad de Madrid   Dirección General de Acción Territorial y Urbanismo, MOPU, Madrid 
Alguacil, J, Hernández Aja, A., Medina del Río, M. y Moreno Caballero, C.  (1997)   La ciudad de los ciudadanos   Ministerio de Fomento, Madrid 
Hough, Michael  (1995)   Cities and Natural Process   traducido al castellano con el título de Naturaleza y Ciudad, Gustavo Gili, Barcelona, 1998 
López de Lucio, R.  (1993)   Ciudad y Urbanismo a finales del siglo XX   Universitat de València, València 
Morin, Edgar  (2001)   Los siete saberes necesarios para la educación del futuro   Paidós, Barcelona 
Pozueta, J.  (2000)   «Movilidad y Planeamiento Sostenible, hacia una consideración inteligente del transporte y la movilidad en el planeamiento y en el diseño urbano»,   Cuadernos de Investigación Urbanística, nº 30, Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio, ETSAM, Madrid 
Rapoport, A.  (1974)   Aspectos de la calidad del entorno   La Gaya Ciencia, Barcelona 
Ruano, M.  (1999)   Ecourbanismo   Gustavo Gili, Barcelona 
Rueda Palenzuela, S.  (1995)   Ecología urbana, Barcelona y la seva regió metropolitana com a referents   Beta Editorial, Barcelona 
Rueda Palenzuela, S.  (2001)   Modelos de ciudad más sostenible. Estrategias para competir,   en Ciudad para la sociedad del siglo XXI, Icaro, Valencia, 2001 
Wackernagel, M.  (1998)   «The Ecological Footprint of Santiago de Chile»,   Local Environment, Vol.3 No.1 (Feb 1998), pp. 7-25 
Wackernagel, Mathis, Larry Onisto, Alejandro Callejas Linares, Ina Susana López Falfán, Jesus Méndez García, Ana Isabel Suárez Guerrero, Ma. Guadalupe Suárez Guerrero  (1997)   Ecological Footprints of Nations: How Much Nature Do They Use? How Much Nature Do they Have?   Comisionado por el foro de Rio+5. International Council for Local Environmental Initiatives, Toronto 
Wackernagel, Mathis y William E. Rees  (1996)   Our Ecological Footprint: Reducing Human Impact on the Earth   Philadelphia, PA; and Gabriola Island, Canadá: New Society Publishers 

Notas


[1]: PRB: Population Reference Boureau, Washington, EEUU, 2001.
[2]: Sobre el tema de las ciudades puede consultarse Folke et al. (1997).
[3]: La utilización de palabras como ‘eficiencia’, ‘competitividad’, ‘análisis de mercados’, etcétera, se plantea como un intento de utilizar métodos y procedimientos ya muy depurados por el sistema, pero con objetivos distintos, y nunca como una renuncia a la crítica de su uso perverso.
[4]: En general puede afirmarse que, en el momento actual, ni de forma específica ni transversalmente, se atiende de manera adecuada a las enseñanzas ambientales en las escuelas de arquitectura españolas. Y hay que considerar que una parte muy importante de la construcción de nuestras ciudades es responsabilidad de los arquitectos, tanto en su vertiente urbanística como en la propiamente edilicia. Aunque es posible que haya variado algo en el momento de escribir estas notas, el estado de estas enseñanzas en las escuelas de Madrid y Valladolid puede consultarse en las páginas 140 a 150 del número 3 de la revista Urban, correspondiente a la primavera de 1999.
[5]: Sobre este tema puede consultarse La ciudad de los ciudadanos (Hernández Aja et al., 1997).
[6]: Algunos datos e ideas interesantes así como una excelente bibliografía pueden encontrarse en «Movilidad y Planeamiento Sostenible, hacia una consideración inteligente del transporte y la movilidad en el planeamiento y en el diseño urbano» (Pozueta, 2000).
[7]: Datos del Instituto Nacional de Estadística y elaboración propia.
[8]: Pueden encontrarse datos muy interesantes sobre la región metropolitana de Barcelona en Rueda Palenzuela (1995). También de este mismo autor el capitulo titulado «Modelos de ciudad más sostenible. Estrategias para competir» en el libro resultante de las jornadas ‘Ciudad para la sociedad del siglo XXI. Valencia y su futuro’ celebradas en mayo de 2001 (Rueda Palenzuela, 2001).
[9]: Un resumen mucho más amplio de este trabajo que el artículo antes citado, puede encontrarse en Fariña y Pozueta (1999).
[10]: Una discusión más elaborada de este punto puede encontrarse en Fariña (2002).
[11]: Hay una magnífica descripción de esta forma de construir la ciudad en López de Lucio (1993).
[12]: Pueden consultarse algunas recomendaciones sobre mejora de barrios existentes en «Problemática urbana actual» (Arias, 2001).
[13]: Algunas de estas ideas ya las expuse en el VII Congreso Iberoamericano de Urbanismo celebrado en Pamplona en el año 1996, en una ponencia titulada «El territorio rural, dos escenarios posibles y un apéndice sostenible».
[14]: También en este caso resumo las ideas expuestas de forma más amplia en Fariña e Higueras (1999).
[15]: Pueden encontrarse muchas ideas a este respecto en (Hough, 1998).
[16]: Existe en castellano una buena recopilación de artículos de Rapoport y sus colaboradores escritos entre los años 1967 y 1972 que se refieren a este tema (Rapoport, 1974). Aunque agotada, probablemente todavía se pueda encontrar en alguna biblioteca. Resulta interesante porque plantea de forma clarividente algunos de los problemas centrales con los que se encuentran en la actualidad los sistemas de indicadores.
[17]: Puede consultarse el apartado ‘La educación para un futuro sostenible’ en el artículo ya citado de Félix Arias Goytre «Problemática urbana actual». Según el autor este apartado esta basado en el libro de Morin (2001) Los siete saberes necesarios para la educación del futuro que también recomendamos a los lectores interesados ya que plantea un concepto de educación directamente relacionado con lo que aquí se propone.
[18]: Aunque, en realidad, probablemente la fecha más significativa sea la de 1991 cuando se creó el Consorcio de la ciudad de Santiago, en el que participan las tres administraciones: local, autonómica y estatal. Si se repasan las buenas prácticas de mayor impacto recogidas en los cuatro catálogos puede verse que su denominador común es la creación de órganos de coordinación para el funcionamiento conjunto de los diferentes órganos administrativos con competencias en el tema u otras estructuras que engloben administración e iniciativa privada.
[19]: Ya puede comprenderse que se trata de un ejemplo bastante forzado para exponer en gruesos titulares la tesis de la primera parte del informe.
[20]: Según puede leerse en el formulario de presentación de la práctica.


Edición del 11-12-2003
Boletín CF+S > 25: Cuarto Catálogo Español de Buenas Prácticas > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n25/ajfar.html   
 
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda | Buenas Prácticas | Documentos | Boletín CF+S | Novedades | Convocatorias | Sobre la Biblioteca | Buzón/Mailbox
 
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid Universidad Politécnica de Madrid
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras y Física de la EdificaciónDepartamento de Urbanística y Ordenación del Territorio