Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/almiq.html   
La crisis de la razón
Luis Miquel
Madrid (España), marzo de 2002.

El capitalismo de consumo es un sistema especializado en la producción
de mierda pura. Esto es, de excrementos no reciclables como alimentos:
de mierda absoluta (de ruido absoluto)

Jesús Ibáñez, "Los futuros de la ciudad", Alfoz nº 57

Preámbulo: Don Urbano

En una recopilación de relatos que Leopoldo Alas, Clarín, publicó en 1895 bajo el epíteto de ‘morales’ se incluye uno titulado Don Urbano en el que presenta a un maestro de escuela, un altruista de raza que, fracasado en el intento de «renovar el sistema de educación de los párvulos», decide consagar su existencia «no al prójimo precisamente, sino a los árboles y a los edificios». Siguiendo su primera vocación profesoral, Don Urbano, entusiasta del «método, el orden y la medida», se empeña en enderezar, desde los albores de la vida, «las malas pasiones y los extravíos psicofísicos propios de la edad por la que atraviesan los infantes» compaginando «el recreo, la expansión al aire libre» y el amor a la naturaleza («el libre ambiente») con la severidad y la disciplina más rigurosas:

«árbol que crece torcido
tarde su tronco endereza,
pues hace naturaleza
del vicio con que ha nacido»

«Pero ¡ay! fueron en vano sus discursos. Los párvulos no le comprendían. Cambió de escuela: trató de enderezar a mocosos más talluditos, y peor. [...] Pese a sus esfuerzos, el corazón del niño iba de mal en peor, [...] los chicos seguían siendo el diablo.»

«Por fín, cansado de luchar, dejó la enseñanza y procuró conquistar una plaza de delineante al lado del arquitecto municipal. Ya que los hombres no se dejaban alinear, alinearía casas. ¡Oh, la santa simetría! Su biblia, en adelante, fueron las ordenazas municipales, que tan sabias disposiciones contenían para impedir las demasías arquitectónicas de los vecinos.»

«Don Urbano se convirtió en un verdadero familiar de aquella inquisición de policía urbana. Era un espía del alcalde, y le denunciaba los abusos de la vecindad que abría una puerta a la calle, ensanchaba un hueco o cambiaba la disposición de una tapia. Lo que más le preocupaba eran los áticos y las rasantes. ¡Que Fulano Gómez ha ‘sacado’ un ático sobre el segundo piso!¡Fuego en él!¡Embargo!¡Que Zutano Pérez no sigue la rasante de la calle Tal en su casa nueva!¡Multa y embargo! [...] La gente empezó a murmurar. Todos decían: Pero ¡qué mala intención tiene el maestro de párvulos! ¿Que le importará a él que una casa sea más alta que otra, o que avance más o menos hacia el arroyo? ¡Mala intención! No, señor: era el amor de la medida, del orden, de la plomada y del nivel, de la simetría, de la línea recta. [...] Era gran amigo de la expropiación forzosa [...]. Línea recta, y caiga el que caiga. Era un anarquista de la rasante.¡La rrrasante!, como él decía con énfasis nivelador.»

«Pero también tuvo que renunciar a la policía urbana, a la belleza del orden municipal de los edificios. Calles, casas con ático, rasantes y demás ensueños, se convirtieron en desengaños; la intriga, el favor, el caciquismo pudieron más que él; sólo consiguió perder el empleo. Los amigos del alcalde, ya se veía, podían construir en mitad del arroyo, y levantar las siete colinas de Roma sobre la rasante de la calle. Las ‘ordenanzas’ eran un papel mojado. No podía haber calles derechas. Le pasaba a la ciudad lo que al ciudadano, se torcía por naturaleza. Ni los hombres, ni las casas, se sujetaban al orden, a la rectitud.»

«Sus ilusiones se refugiaron en el arbolado. Prefería los plantíos nuevos: de los árboles seculares que mandaban respetar los gacetilleros, se reía él. Los árboles viejos solían ser irregulares, retorcidos, llenos de nudos y verrugas; ¡claro!, habían crecido sin rodrigones, sin orden, y árbol que crece torcido tarde su tronco endereza [...] ¡abajo los árboles seculares! Y nada de sensiblería. [...] Alamedas nuevas, y vamos andando. Calles de chopos muy derechitos en filas muy derechas [...] eso es el progreso, esa es la hermosura. [...] Pero los árboles nuevos se secaban, se morían, o no se plantaban siquiera, y sólo aparecían en las cuentas municipales. ¡La comisión de arbolado se comía en dinero los ejemplares más ricos en esperanzas!»
«Don Urbano abandonó la ciudad a su destino de corrupción, de libertinaje y desorden. Madrugaba mucho y salía al campo y no volvía hasta la noche.»

1 Globaliza tu vida

La ciudad

de lugar de la convivencia a recinto de la especulación financiera

Una de las ‘ventajas’ de la descarnada y violenta globalización que, a la trágala perro, estamos soportando los habitantes del planeta (y el propio planeta) es el formidable volumen de negocio que, en los últimos años, están generando las ciudades.

Los arquitectos de mi generación, al salir de la Escuela, recitábamos, con arrobo místico, la letanía de la urbe ideal y endulzábamos la triste realidad de lo que teníamos delante con virtuosas adjetivaciones. Decíamos que la ciudad debería ser (volver a ser: el eterno retorno), al menos en teoría, lugar de convivencia, ámbito de encuentros, refugio de libertad, crisol de culturas, etcétera, etcétera. Y los marxistas añadían: escenario de la lucha de clases.

Esta concepción utópica (es decir, realizable) se fundamentaba en el conocimiento crítico de las fuerzas que, interviniendo en la ciudad, hacían de ella «el sitio donde preferentemente el capital desarrolla su estrategia de acumulación» y nos bastaba con recordar los oscuros manejos de Haussman o de nuestro Arturo Soria, ver alguna película yanqui de la edad de oro, leer la trilogía de Torquemada de Galdós o Miseria de la ideología urbanística de Fernando Ramón para constatarlo. Y los marxistas demostraban dialécticamente que Gudea, sentado con el plano de su ciudad encima de las rodillas, se entretenía en meditar sobre cómo podría forrarse a costa del trazado de la muralla defensiva. Sin embargo, el conocimiento de las fuerzas que manejaban las ciudades en una parte del mundo, no nos privaba de un cierto optimismo generacional, tal vez impulsado por la represión que nos mutilaba. El ejercicio de la razón, pese a todo, nos permitía pensar en un futuro mejor.

Ahora, ante una realidad descaradamente manipulada por los dueños del Mercado, los ciudadanos hemos interiorizado el dogma de que «las cosas son como son» (acuñado en el Imperio y difundido por el Pensamiento Único) y hemos abandonado cualquier actitud crítica. Sin oposición, sin apenas réplica a partir del comienzo del letargo de las asociaciones de vecinos de carácter reivindicativo y de la absorción, por el sistema, de los profesionales reticentes, las cosas urbanas, en virtud de una elaboración secretista, derivan hacia situaciones que benefician cada vez más a la minoría dominante en detrimento de la mayoría. A lo largo de treinta años nuestras ciudades han dejado de ofrecer posibilidades ‘utópicas’ para cuajar realidades sin vuelta de hoja que se explican con tópicos tan malvados y expeditivos como eso de que «las ciudades son como son» que por primera vez escuché hace tres o cuatro años de boca del edil municipal responsable del urbanismo madrileño cuando pretendía justificar alguno de los desastres que nos aquejan.

La ciudad es hoy una pura y dura burbuja financiera, cobijo de la especulación, recinto de la maximación de la ganancia, escondrijo de estafas, nido de fullerías, laberinto de rateros de guante blanco. Lo demás es adorno. No hay más razón que la del furor de lucro.

mutación radical de los valores cívicos y entronización del principio del negocio

Pero el gran salto cuantitativo y cualitativo en la mutación de todos los factores que, al margen de lo económico, dan carácter a la ciudad (el estrictamente físico, el ambiental, el social y el personal), se ha producido con mucha rapidez. En apenas dos lustros, se están plasmando físicamente la fealdad, la pérdida de personalidad, la futilidad de la moda, el brillo hortera, el escaparatismo, la banalización de los contenidos, el derroche pedante (es decir, nos están imponiendo la cursilería y el mal gusto propios de los yanquis). Se está asentando, sin réplica, la poderosa maquinaria productora de ruido, residuos y contaminación atmosférica (es decir, nos están imponiendo los instrumentos de destrucción medioambiental propios de los modos imperiales exhibidos por los norteamericanos a propósito de los acuerdos de Kioto). Y se están consagrando socialmente la competitividad, la voracidad económica, la altanería, la negación del vecino y el desprecio de los derechos humanos; la mercantilización del arte y la frivolización de la cultura; la interiorización de la anomía, el militarismo, las fobias raciales y la lógica de la marginalidad; la valoración de la mezquindad espiritual, el aburrimiento, la soledad y la tristeza (es decir, nos están imponiendo el sistema social e individual, propio de los exquisitos WASP made in USA). Frente a la razón humanística se nos impone la razón del furor de lucro. Ante nuestra pasividad y bajo la égida del Pensamiento Único, esta radical inversión de valores se está perpetrando a impulsos de la fecunda actividad especulativa de las potentes multinacionales que han desembarcado en nuestro país y que, rápida y eficazmente, manipulan impunemente el mercado[1]. Siguiendo una de las reglas de juego básicas que caracterizan los procesos de globalización, el cambio se impone a espaldas de la mayoría de los ciudadanos, en beneficio de unos pocos y, en uno u otro sentido, en detrimento de todos.

Con independencia de ser la sede de todos los negocios y el pretexto para justificar el absurdo de la hipervaloración del suelo, la ciudad es un negocio en sí misma. Sin duda, la vivienda es uno de los mecanismos más eficaces para saciar las ansias de los especuladores, pero es sólo una parte del negocio urbano, la ciudad da para mucho más, abarca desde la recogida de basuras hasta la emisión de virtualidad pasando por los negocios marginales que florecen alrededor del tráfico urbanístico: comisionistas, brockers, conseguidores, abogados, arquitectos, ingenieros, expertos en tecnologías y especialistas en pasillos, en la recomendación, en la propina y el chalaneo, en la interpretación de la norma, en sacarle el jugo a la última ley.

Esta comercialización de lo cívico se remata con el tétrico espectáculo que nos proporciona nuestro alcalde al convertir la escena urbana en un procaz muestrario publicitario: autobuses, vallas, letreros informatizados, papeleras, chirimbolos, etcétera: ha convertido la ciudad en un escaparate en el que se ofrecen a la venta productos tan variados como lecciones de yoga, ayudas municipales a la rehabilitación, o bragas de señora[2]. Todo se vende, todo se compra, todo se paga, todo se pudre.

el ocaso de la razón cívica

«Las ciudades son como son», es decir, no hay que razonar, no hay que analizar la realidad, ni preguntarse por las causas que provocan que las ciudades padezcan gravísimos problemas sociales, físicos, económicos, medioambientales, personales... Intentar conocer y corregir las causas de los problemas para evitar que se produzcan es antiprogresista, de lo que se trata es de aplicar terapias ‘conductistas’. No hay que profundizar sino limitarse a parchear. Profundizar podría ser fatal para la mayor parte de los negocios urbanos y sus valedores políticos. Podría desvelarse que en la raíz de la ciudad no están los financieros, ni los promotores, ni los especuladores ni el resto de la ralea de mercachifles urbanos, sino la gente. Ante esa evidencia sería muy difícil justificar que la mayor parte de las intervenciones urbanísticas no tienen por objeto beneficiar a la mayoría de los ciudadanos sino a unos pocos. Más vale no entrar en honduras.

La razón cívica está cayendo velozmente en el olvido y sucumbe en el altar de los negocios. Está siendo velozmente sustituida por la razón de lucro.

El urbanismo

los urbanistas, las plusvalías y la realidad

Los urbanistas son los primeros en dar forma física a este eclipse de la razón cívica porque están obligados a justificar técnicamente la inversión de los valores ciudadanos y la sacralización del lucro. Desde hace veinte años han aceptado, sin rechistar, que la finalidad básica del desarrollo urbano es la generación de plusvalías. Ya no se trata de que los ciudadanos vivan mejor o de que la ciudad sea más justa e igualitaria o más asequible a la mayoría, o más cercana a todos o que brinde más oportunidades de convivencia, de cultura o de ocio, ni siquiera se intenta que sea más bella. El objetivo del planeamiento es que proporcione más posibilidades de ganancia, que ofrezca más cancha a la especulación. Se trata de que se pueda ganar más y más dinero, y se acepta como regla de juego que lo gane, no el ciudadano más trabajador o el más inteligente o el más bondadoso, ni siquiera el más valiente, sino el que ya tiene mucho, el más astuto, el más rápido, el que menos escrúpulos tenga, o el que cuente con mecanismos de presión adecuados (es la vuelta de Al Capone, si es que alguna vez se marchó).

La ley del más fuerte queda dibujada por los técnicos en el tablero de juego de la urbe, mediante sus planos, sus ordenanzas, sus normas y sus sistemas de gestión, flexibilización, revisión y cambalache. Eso sí, para no quedar mal ante el electorado, los políticos piden a los urbanistas que adornen el discurso hablando un poco (no demasiado, no vaya a ser que peligren las plusvalías) de los ancianos, los discapacitados, los niños, las mujeres, los árboles y los perritos.

Hoy día, el urbanismo se ha convertido en un cajón de sastre de técnicas especializadas, un conjunto más o menos coherente agobiado por la estadística y la tecnología, cercado por intereses económicos y políticos (si es posible distinguir entre ambos) y, lo que es peor aún, ilustrado por un pensamiento pragmático, clara y definitivamente unidimensional. En el fondo (y soy consciente de que esta afirmación es dura y en algún caso injusta), da igual que los urbanistas sean o no unos especialistas desconocedores de la realidad urbana en toda su complejidad, que dispongan de una formación más o menos rala y que disfruten o padezcan un pensamiento unidimensional.

Da igual que el urbanismo sea o no sea una ciencia más o menos veraz, más o menos justa desde el punto de vista social, más o menos entregada a resolver problemas periféricos, más o menos manipulable; porque, en la actualidad, todas las técnicas, todos los conocimientos, todas las sabidurías y experiencias de los urbanistas y los mismos profesionales y sus equipos están pura y llanamente al servicio de los intereses económicos que dominan nuestra sociedad. Intereses que representan con eficacia los políticos. Eso es todo.

Pero los males no acaban ahí, en la sumisión de los profesionales de a diario. Lamentablemente, el exilio de la razones humanísticas que explicaban y justificaban el ejercicio del urbanismo, el desprecio oficial hacia el quehacer concienzudo y serio, la imposición de fórmulas importadas de Norteamérica, la rendición de algunas rebeldías significativas... han podido dar lugar al desencanto de los mejores profesionales. En algunos casos, la desilusión de estos urbanistas se ha visto agravada por la constatación del fracaso de sus propuestas que, desbordadas por la brutal realidad de los intereses especulativos defendidos por los políticos, se han travestido en caricaturas podridas por el trapicheo de las plusvalías. Como resultado de este desfondamiento se han refugiado en la visión distanciada e imaginaria de la ciudad y no la representan mediante planos sino con (tal es su lenguaje) ‘láminas’, ‘cromos’, ‘estampas’, ‘viñetas’... suculentas visiones dibujadas con esmero pictórico. No hablan de ordenanzas sino de ‘referencias’, ‘sugerencias’, ‘indicaciones’, ‘suspiros del moro’. Para ellos la ciudad es de papel pintado.

El resultado de esta orientación tecnocrática, fragmentaria, mercantilista y visionaria es lamentable en el ámbito de lo físico pero lo es más aún en el terreno de lo social. La ciudad se comporta como un inhumano e inhabitable artefacto que consume inmensos recursos y evacúa colosales deshechos, un complejo almacén de problemas económicos, sociales, sanitarios, personales, medioambientales, culturales, etcétera, de los que sólo el tráfico y el miedo parecen merecer la atención de los responsables. Anomía, despersonalización, narcisismo, mitomanía, agresividad, insolidaridad, segregación, dualización, exclusión, desprecio, xenofobia, violencia, malestar urbano, inseguridad, miseria, inaccesibilidad, feminización de la pobreza, sacralización, entre algunos jóvenes, de la estética militarista, contaminación atmosférica y acústica, etcétera, son materias que no reciben más consideración que la aceptación del mal necesario.

los problemas urbanos

Los ciudadanos, renunciado al uso de la razón, hemos acabado por aceptar la verdad unidimensioanl que los políticos llevan años inoculándonos directamente en vena: sólo hay tres problemas serios en la ciudad: el suelo, el tráfico de vehículos y la seguridad ciudadana, los demás, tanto los físicos, como los sociales, los personales y los medioambientales «son lo que son», son consecuencia ineluctable de la propia ciudad, del estilo de vida urbana y no tienen más solución que aguantarse. Son parte decisoria del ser de la ciudad.

En cuanto a la cuestión del suelo, ha dejado de ser un problema para convertirse en una pesadilla, un cáncer, un paradigma de nuestro sistema, una catástrofe sin solución y su toma en consideración queda fuera de este artículo[3].

El tráfico rodado es el Problema. El aumento espectacular del parque automovilístico; el olvido de que el día tiene 24 horas; las exigencias de una movilidad histéricamente estimulada por un crecimiento hipertrófico que obliga a realizar brutales desplazamientos diarios; la primacía otorgada al transporte individual sobre el colectivo; la reducción de la autonomía de los barrios; la centralización de las actividades básicas; y la incompatibilidad del gigantismo urbano con una vida social y personal placentera, son las causas principales de los conflictos derivados del sometimiento de la ciudad al vehículo privado. El ciudadano no es la persona (ni siquiera el conductor) sino el automóvil[4]. La movilidad propicia el bienestar[5].

La seguridad está también convirtiéndose en una obsesión para los ciudadanos y no parece que, por ahora, los esfuerzos del Pensamiento Único para situar el problemade la creciente inseguridad ciudadana en el área de las cosas que «son como son» porque la ciudad «es como es», estén dando resultado rápidos[6]. Es cuestión de tiempo y la solución recomendada será quedarse en casa enchufado al teleordenador. Pese a que sus causas son sobradamente conocidas por los sociólogos urbanos y la generalidad de la gente las intuye, el Poder se empeña en un tratamiento superficial de este problema profundo reduciéndolo a una cuestión meramente policial adornada con tecnología punta. Consideración, planteamiento y tratamiento que forman parte del cúmulo de sinrazones que hemos asumido en el interior del ideario oficial del occidentalismo globalizable, renunciando al acervo del pensamiento humanista mediterráneo.

la asfixia de la razón urbanística

Todas los razones racionales (valga la redundancia) que fundamentaban el planeamiento urbano han sido relegadas al rincón de los trastos, no hay más que una razón, la del Nuevo Orden Mundial que emite cuatro órdenes rotundas:

Lo demás son monsergas.

La vivienda

las reglas del juego

En toda Europa, en los orígenes de la planificación de la política de vivienda (años cuarenta), no se utilizaban los conceptos ‘oferta’ y ‘demanda’ sino ‘necesidad’. En el nivel de lo necesario, la vivienda no era una mercancía sino un bien básico al que todos los seres humanos tenían derecho a acceder. Bajo una óptica socialdemócrata, se definían dos campos eficazmente delimitados: en el primero la iniciativa privada negociaba con los productos inmobiliarios ateniéndose a las reglas del mercado, en el segundo el Estado estaba obligado a satisfacer la necesidad de vivienda de todos mediante una política social específica.

Estos planeamientos iniciales fueron evolucionando, al par que otras políticas de carácter social, bajo un prisma cada vez más reduccionista del papel del Estado y, en nuestro país, las reglas se transformaron con rapidez a partir del advenimiento de la democracia. El Problema de la Vivienda, cuyas dimensiones cuantitativas se habían reducido notablemente pero que, precisamente por ello, podía (¿debía?) replantearse desde el Estado en sus dimensiones cualitativas (problemas de vivienda), empezó a contemplarse bajo el exclusivo prisma del mercado. Los precios de las viviendas, en todas las ciudades españolas no infectadas directamente por los fastuosos orgasmos lúdico-económicos provocados por los desdichados acontecimientos internacionales del 92, seguían, mal que bien, las reglas del juego del capitalismo antigüo: es decir, la famosa ley de la oferta y la demanda un poco atemperada por la acción del Estado mediante los planes de vivienda y bastante asediada por prácticas especulativas. Conforme a los mandatos constitucionales (desde el derecho a una vivienda digna y adecuada hasta la hipotética economía ‘social’ de mercado), el Estado planificaba con un entusiasmo cada vez más débil una discreta política de vivienda y hacía relativamente posible el acceso al mercado de los jóvenes y otros grupos sociales que disfrutaban de un bajo poder adquisitivo. La estrategia global iba definiendo un horizonte en el que la vivienda, fuera del cauce de la oferta y la demanda de alojamiento, pasaría a ser, según la dice Fernando Roch, un sumidero legalmente reconocido del exceso de dinero occidental, una hucha más rentable y segura que la volátil Bolsa y otras oportunidades más o menos azarosas de inversión.

Tras la orgía del 92, los aires de la americanización que proclamaban el derecho a negociar con todo, incluso con la vida y la muerte, aventaron cualquier escrúpulo social en la cuestión del alojamiento y la política de vivienda inició su declive hasta prácticamente desaparecer por el escotillón de la historia. A partir de ahí se abrieron las puertas al negocio puro y duro y reapareció el caritativismo de clase para los grupos sociales desfavorecidos[7]. Se dio por sentado que todo aquel que no estaba en la puta calle podía posicionarse en el mercado y comprar una casa a su debido precio de la superficie, la calidad y localización que se mereciese (es decir, que pudiese pagarse).

manipulación y escamoteo de la famosa ley de la oferta y la demanda

En una de las tácticas que desarrollan la estrategia definida por el Poder para no dejar ni una miga de pan fuera de la especulación, las feroces ratas inmobiliarias internacionales invadieron nuestras capitales y provocaron un alza artificial de los precios, manipulando la oferta. No podían consentir que Madrid y Barcelona fueran muy baratos comparados con Paris o Londres, eso era una vergüenza para nuestra patria, había que progresar, modernizarse.

Es la oferta, manipulada, extorsionada, la que ha condicionado el mercado mediante operaciones de control elaboradas y dirigidas por esos grupos. Obviamente la llegada del euro y la necesidad de blanquear los negocios, la inestabilidad de la bolsa ante la crisis global y la debilidad de la verdadera demanda de alojamiento han contribuido a consolidar la situación inflacionaria cuyo rabo se terminará de desollar entre este año y el próximo porque no existe una demanda real capaz de situarse en el mercado.

En los años cuarenta, el reconocimiento político de la necesidad de vivienda y su consideración oficial como un bien de primera necesidad, dieron lugar a la consolidación constitucional del derecho de todos a una vivienda digna y adecuada. Ahora, la actitud especulativa del Poder pretende convencernos de que esos conceptos están anticuados y son antiprogresistas porque no generan negocio. La vivienda tiene que ser una mercancía y nada más que una mercancía, dentro de un mercado puro y duro, sin el menor rasgo de debilidad social y prácticamente desvinculada de sus funciones matrices. El acceso al mercado está abierto a los especuladores, a los inversionistas y en último término a los ahorradores. Los que necesitan vivienda de verdad, pueden escoger entre tres vías:

la extinción de la razón normativa

Este panorama desalentador se completa con el desmantelamiento, lento pero inexorable, de conceptos como calidad constructiva, durabilidad de los materiales, capacidad de mantenimiento, cualificación de espacios y superficies, estándares de dimensionamiento, etcétera, que se formalizan en la vivienda y cuyo cumplimiento estaba garantizado por la normativa de las viviendas protegidas.

Esas exigencias se extendían por un efecto reflejo a las viviendas libres. La normativa de las VPO, enraizada en la práctica profesional de los arquitectos, ha sido uno de los obstáculos con los que han tropezado los especuladores para vender gato por liebre[8]. Ahora, la desaparición de la protección de vivienda hará caer en desuso su normativa y pronto será normal, por ejemplo, la supresión del benéfico vestíbulo o del saludable bidet (siguiendo cánones yanquis) o la reducción de dimensiones de las habitaciones a mínimos insoportables.

Los arquitectos hemos aceptado esta merma de la calidad sin mayores quejas toda vez que nos libera de mayores reflexiones sobre tipologías y nos asegura la simpatía del cliente. Los usuarios, mal informados, aguantarán y, en cuanto les sea posible, recurrirán al aire acondicionado para aliviar la asfixia física que, particularmente en verano y en las orientaciones a poniente, provoca inexorablemente estas viviendas; también procurarán mitigar, con el «consuelo de estar contribuyendo al progreso gastando más energía» (y sin ser conscientes de estar contribuyendo a la aceleración del cambio climático), la asfixia psicológica que inevitablemente proporcionan este tipo de viviendas por debajo de una ocupación de 50m2/persona. Se reproduce, una vez más, la secuencia: bajada de calidad-incremento del consumo energético.

La arquitectura

estado de bienestar, planificación y estilo internacional

Después de la 2ª guerra mundial, mientras en España padecíamos la dictadura del sanguinario general Franco, en los países del occidente europeo se instauraba el Estado del Bienestar fomentado por los partidos socialdemócratas cuya consolidación conjuraba el fantasma del comunismo que años antes había recorrido Europa. Una de las primeras preocupaciones de los gobiernos fue la resolución del problema de la vivienda que presentaba, en todo el continente, un carácter masivo.

En casi todos los países europeos el problema se resuelve mediante una fuerte intervención pública severamente planificada que se formaliza en un estilo común, impersonal, genérico, muy de acuerdo con una época de desprestigio de la individualización de las actitudes cívicas que se conoce como estilo internacional. Se trata de una arquitectura de fuerte contenido económico y social, que reproduce la actitud gubernamental encaminada a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y se pone al servicio de las soluciones estatales al problema de la vivienda de masas. No se trata de una globalización en el sentido actual del término toda vez que no existe un tejido empresarial y financiero internacional que apoye la mundialización de la arquitectura.De un extremo al otro del mundo, los Bakema, Kenzo Tange, Sert, Jacobsen, etcétera siguiendo las reglas de oro de los cuatro primeros espadas (Wright, Aalto, Le Corbusier y Mies van der Rohe) definen el estilo internacional que se adapta a los sistemas y costumbres constructivos de cada país y se apoya en su industria, en su medio promocional inmobiliario y en la actitud de sus gobernantes.

En toda Europa los problemas sociales de alojamiento, mejor o peor, se resuelven, pero, como es lógico, los resultados tanto desde el punto de vista urbano como desde el arquitectónico son muy diversos, hay barriadas bien integradas y verdaderos guetos; y hay arquitecturas excelentes, mediocres y lamentables.

En nuestro país, el problema de la vivienda no empieza a plantearse de forma planificada hasta mediados los años 50 y resulta evidente que la regla de la inseguridad de calidad urbana y arquitectónica se cumple con la balanza inclinada hacia el lado malo como era de esperar en un país devastado física, social y moralmente por una guerra brutal y una posguerra feroz cuyas secuelas se han prolongado hasta hace muy pocos años. Una industria básicamente artesanal, un sector promotor prácticamente inexistente, unos responsables oficiales viciados por la ideología fascista y un mundo profesional que, tras la guerra civil, había sido decapitado, dan lugar, en el campo de la vivienda social masiva, con algunas honrosas excepciones, a unas barriadas lamentables y unas arquitecturas horrendas. En cuanto a la arquitectura sin carácter social tampoco los resultados son muy diferentes, se construye poco y con calidad desigual. Algunos edificios y formas de construir han quedado integrados dignamente en las ciudades pero otros dejan constancia de la mezquindad, la rapacidad y el mal gusto de promotores, constructores, arquitectos y responsables municipales.

En Madrid, el panorama no empieza a mejorar hasta mediados los años cincuenta con la aparición en escena de una nueva generación de arquitectos, cuyos nombres más representativos son, a mi juicio, Romany, Oiza, Cubillo, Corrales, Molezún, Barbero, García de Paredes, Carvajal y Cano, que proyectan una arquitectura internacional personal basándose en las peculiaridaes de nuestro sistema y nuestras tradiciones constructivas[9].

Dos hitos significativos y contrarios que contienen una fuerte carga simbólica se edifican casi al mismo tiempo. En el barrio de Salamanca se construye la embajada USA que políticamente significa el reconocimiento internacional de la dictadura franquista y técnicamente representa la penetración del estilo internacional de alto nivel constructivo, y, en el otro extremo, Vázquez Molezún (recién llegado de Roma) proyecta el Pabellón de España en la Bienal de Milán que tiene toda la carga de la última hora europea traducida con términos radicalmente artesanales y personalísimos.

Otro hito muy representativo de esos tiempos es el cogollo de la arquitectura fascista en la Moncloa. En un entorno cerrado se agrupan, bajo nombres cuajados de alegorías imperialistas, el Museo de América, el Instituto de Cultura Hispánica (que hoy se llama de otra manera), el Monasterio del Aire, el Arco de Triunfo, y la espantosa sede de la Junta Municipal de Moncloa. No me extrañaría que ahora, con el tiempo y el desarme de la actitud crítica estos trastos hayan alcanzado el rango de buena arquitectura pero yo no puedo contener la náusea cuando paso cerca porque carezco de la capacidad necesaria para distanciarme e intentar ser justo. No me es posible separar la arquitectura de su contexto socio político: ese conjunto está cimentado en el autoritarismo ciego, la represión sangrienta, la injusticia, el miedo y la misería. También me resultan indigeribles los monstruosos rascacielos de la Plaza de España que son reflejo del charro capitalismo hispánico de la época (y que ahora tienen su réplica en las Torres Inclinadas de la Plaza de Castilla) y las polvorientas y retrógradas estantiguas que fueron sembrando, un poco por todas partes, los organismos oficiales responsables de las Bellas Artes y la Arquitectura.

En definitiva el eco del estilo internacional de calidad en España se limitó a un puñado de excelentes profesionales que han dejado su obra diseminada por el país en medio de una galaxia de arquitectura infamante o, en el mejor de los casos, mediocre y triste.

la arquitectura global, el circo, los artistas divinos y los payasos

Por ahora, la globalización de la arquitectura es un hecho cultural y económico incipiente que se limita a edificios singulares. Igual que ocurre en la mayoría de las actividades humanas, resulta inviable debido a las brutales diferencias de hecho (económicas, sociales, culturales, etcétera) que, a pesar de la invasión económico-cultural que está en marcha, siguen existiendo entre los países del Centro y los de la Perifería, para la mayoría de la población. Es evidente que, ni siquiera para las clases medias, se pueden construir las mismas casas en Quebec que en Nuagchot.

El acontecimiento mundial verdaderamente representativo de la transformación que estamos padeciendo, no es la globalización de lo arquitectónico sino su personalización en una cincuentena de figuras carismáticas, triunfadores al mejor estilo hollywood.

Los arquitectos famosos son, hoy día, ellos mismos, fenómenos ‘globales’ paralelos a los futbolistas, los cantantes y las grandes modelos que frecuentan las páginas de las revistas populares y son proyectados al estrellato por los medios de información y propaganda del sistema, como superartistas del Gran Circo Internacional que divierte, entretiene y excita al enajenado público de la famosa Aldea Global. No se trata de un reconocimiento de su valor profesional real sino de la exaltación de su personalidad pública. Dada la notoriedad de los acontecimeintos que han desbordadado los cauces de lo estrictamente profesional para situarse en la esfera de las modas, tengo poco que decir salvo puntualizar algunos de los factores externos que, a mi juicio, caracterizan el gigantesco espectáculo, en su especialidad arquitectónica, con más propiedad que la auténtica calidad de los edificios.

El aspecto más relevante, a mi juicio, es que, más allá del decorado, es el Mercado el que maneja la tramoya y los focos. Detrás de la representación están los mismos desconocidos y omnipotentes manipuladores que gobiernan las finanzas y las políticas de casi todos los países del mundo. En el conjunto de este negocio la arquitectura es lo de menos, lo importante es el movimiento especulativo de capitales, lo que interesa es construir por construir sin que exista un propósito firme y concreto de uso, sin que la ceremonia tenga objetivos definidos y claros. Términos tan ambiguos como cultura, comunicación, arte, libertad, etcétera, sirven para justificar cualquier cosa con tal de que se produzcan pingües beneficios. La guinda publicitaria de esta tarta son los artistas que proyectan los cacharros que tienen que generar esas plusvalías, llámense Gugenheim, Worl Trade Center, Caja Madrid, o Kursal[10].

Otro aspecto que merece la pena destacar es que los artistas principales, a saber, los prestidigitadores, los acróbatas, los domadores de fieras, los trapecistas, los funámbulos... suelen ofrecer una cierta maestría y, en algún caso, mucha, salvo excepciones, mientras que, al menos en nuestro país, los payasos (que son muchos), aunque son jaleados y avalados por nuestras también peculiares revistas del ramo, son como de relleno, de poco fuste y, lo que es peor, no tienen gracia.

Finalmente señalaré que, hoy día, se puede decir que aún colea, muy degradado, el estilo internacional de arquitectura que nos llega moribundo de la difunta ‘modernidad’, pero no puede afirmarse, aunque haya rasgos comunes, que exista un estilo global. Tampoco parece probable que ese estilo vaya a aparecer en un futuro próximo toda vez que lo que proyectan y construyen las Estrellas del Circo es un producto muy diverso, incluso contradictorio, y además muy caro[11].

los estertores de la razón arquitectónica y la degradación general de una profesión

Impulsada por el Poder va penetrando en la sociedad una idea perversa: es conveniente que las cosas se estropeen enseguida para que la economía funcione, más claro: hay que hacer las cosas mal para que sea necesario rehacerlas o repararlas, para que no haya paro. En construcción eso significa una caída de la calidad y, en consecuencia, una reducción de la edad de vida de las viviendas desde el actual de setenta o más años hasta el estándar yanqui de los veinte años. Desde otro punto de vista es claro que la bajada de la calidad está siendo estimulada para propiciar, de una u otra forma, un incremento del consumo energético. En el futuro se trata de construir mal.

No hay un estilo global sino una proliferación de manierismos individualistas, cabriolas a la búsqueda de la originalidad, la sorpresa, el último grito, el no va más de una trapecista haciendo un triple salto mortal sin red, o de un domador metiendo la cabeza en las fauces de un león hambriento. Se trata una vez más de épater le bourgeois. El estilo son los mismos divinos artistas, su forma de comportarse en público, su chaqueta, su corbata, sus aventuras sentimentales o sus desplantes ante la prensa o los colegas (al parecer Kolas es, en estos saraos, un aventajado maestro).

La sacralización de la arquitectura de élite y la transformación en estrellas de los profesionales globalizados, viene acompañada de la degradación de la profesión en general. Nunca un arquitecto estuvo tan desprestigiado como ahora, nunca la profesión se vio sometida a vejaciones parecidas a las que hoy nos propina el mercado[12].

Otro signo de degradación es, a mi juicio, que los premios importantes ya no los dan las academias, ni las fundaciones sin ánimo de lucro, ni las instituciones, ni ,como en el pasado remoto, los propios artistas, los mecenas desinteresados o el pueblo, sino los tenderos, los comerciantes que se hacen propaganda al mismo tiempo que eluden impuestos. Por ejemplo, Pritzker es una firma de hostelería, Thyssen un ferretero al por mayor y Krup un fabricante de cañones para los nazis[13].

2 Trágala, perro

Sométete, disfruta

los dioses y los instrumentos

La Aldea Global está gobernada por la sinrazón encarnada en unos dioses implacables, inapelables, lejanos y misteriosos: el Progreso, la Empresa, los Mercados, la Tecnología (que no es, como suele decirse erróneamente, un instrumento, sino un dios, un fin en sí misma), el Nuevo Orden Mundial, Occidente, la Justicia Infinita, la Libertad Duradera, etcétera. Un sinfín de términos semejantes son utilizados constantemente por los políticos y los medios de comunicación como cortinas de humo para ocultar la descarnada verdad de que hemos enajenado nuestra razón en manos de un Poder tan desconocido, innombrable y violento como el primitivo Sabahoz judaico. Pero, bajo las nuevas máscaras se ocultan los rostros de los feroces dioses de siempre, se trata, una vez más, de cambiar toda la apariencia para que, en el fondo, nada cambie. Nada podrá cambiar de verdad mientras no cambien de verdad los dioses. Efectivamente, la más profunda operación del Poder ha sido legitimar para siempre a dos de sus antiguas divinidades: Pluto, dios de las riquezas y Mercurio dios de los ladrones, travestidos ahora bajo diversos nombres.

Los dioses, también como siempre, se nos imponen con el uso de instrumentos formidables y contundentes, instrumentos que, en sí mismos son ya el Poder: eficacísimos ejércitos pertrechados con armas de una potencia incalculable; sistemas de comunicación, información y persuasión de una capacidad infinita; medios económicos gigantescos; misteriosos y eficientes mecanismos para montar y desmontar gobiernos, para imponer el control de los transportes, la localización de los elementos de producción, los resortes de estimulación del consumo, los flujos y manejos del comercio, el desmantelamiento del tejido existente de relaciones sociales, las condiciones de trabajo y salud en todo el mundo, etcétera. Todo ello embalado en el mejor descubrimiento de la Humanidad: el dominio global de las mentes mediante la acción del Pensamiento Único, es decir, el método paradigmático y obligatorio de análisis de la realidad y el fundamento inamovible de toda la argumentación, explicación y respuesta con que el Poder establecido en occidente justifica sus acciones y explica las soluciones y recetas que aplica a los problemas de toda la humanidad, que no son pocos. El arma definitiva[14].

la felicidad al alcance de todos los bolsillos

Al ciudadano medio todo este trágala le llega envuelto en una publicidad agresiva, persistente y convincente. La misma propaganda, más elaborada y sutil, y directamente emanada de las fábricas del Pensamiento Único, infecta los medios universitarios: no existen problemas serios que no puedan ser resueltos por la economía, la tecnología o las armas. Es cierto que siempre habrá algunos problemas de imposible solución, el paro, la miseria, la violencia, el malestar urbano, etcétera, pero son de poca importancia y afectan sólo a una minoría marginal e incorregible. Para la mayoría feliz son llevaderos, son consecuencia de que algunas cosas no tienen explicación «son como son» y no hay que darle más vueltas, se trata de mirar para otro lado, enchufarse a Internet o a la televisión, sumergirse en la anomía y ser feliz. Hay que sumarse al progreso, hay que aceptar que las cosas no pueden, ni deben cambiar. El Poder de los buenos se ha establecido definitivamente, la Historia se ha terminado, todo el mundo puede ser feliz, disfrutemos mientras podamos.

Se ha terminado la Historia y cada quien no debe tener más que un sólo objetivo: forrarse a costa de quien sea y de lo que sea, con agresividad, con violencia, con zancadillas, con cinismo, con dobleces, indignamente si hace falta. El que no es feliz es porque no quiere o porque no se lo merece. Hay que hacerse rico, traicionando, si se tercia, al mejor amigo. Todo está a la venta, la amistad es un filfa, el único amigo es el dinero[15].

La ciudad es ajena, peligrosa, sucia, maloliente, horrísona, desagradable. ¡Sí! pero tú refúgiate en tu hogar frente al televisor, consuélate chupando internet, envuélvete en aire acondicionado. No salgas de casa andando no vaya a ser que te aborde un mendigo murciano borracho y malencarado, te ataque un moro suelto, te secuestre la mafia china, te dispare un colombiano, o se te coma un negro. Tras la dura jornada de trabajo, aparca tranquilo en tu garaje y a casita, a casita a disfrutar pensando que todo va bien, que ha subido medio punto la bolsa de Nuevayor, que te vas a forrar como los yanquis.

Pero de repente, en medio de tanta perfección, parece que se percibe un ligero temblor. Tal vez, una noche de insomnio puede asaltarte la duda, tal vez «las cosas no son como son», tal vez sean como pueden ser, como las hacemos ser. Tal vez la conciencia existe y te mantenga alerta y asustado en la madrugada. Y puede ocurrir que de pronto te levantes y perseguido por el terror corras despavorido por el pasillo buscando amparo y, al final, te vuelvas y con la espalda contra la pared pretendas afrontar la realidad y esperes. Es el momento en que, del muro blanco, desde el fondo de tu pesadilla, dos manos surgen para estrangularte. Y te despiertas y acudes al televisor o al ordenador y buscas la respuesta que el Pensamiento Único tiene preparada para acunarte, para suavizar tus congojas. No importa: tómate una píldora y haz compatible tu angustia con el aire acondicionado. Busca tu libertad escogiendo tu agua de colonia, sacude tu agobio poniendo tu coche a trescientos por hora en la autopista. No pasa nada. La Historia se ha terminado, no hay nada que hacer.

Y muere

Advertencia previa: antes de empezar estos últimos párrafos quiero dejar claro que estoy radicalmente en contra de la muerte y que rechazo decididamente la actividad terrorista, y más aún si se mata en el nombre de un dios, ya sea Jehová (la Inquisición), Alá (las Torres Gemelas) o el Progreso (el genocidio perpetrado por la Unión Carbide en la India). Pero quiero dejar claro también que creo que hay símbolos verdaderamente provocadores, como lo son para mí (aunque no me induzcan a su destrucción) las esbeltas torres metálicas que soportan el cableado de Alta Tensión propiedad de las compañías sumistradoras de electricidad, ciertas autopistas y antenas de televisión, los anuncios de la Coca Cola, Mac Donald y Repsol o los tricornios de la Guardia Civil.

las torres gemelas: terror y confianza

«En el manicomio global, entre un señor que se cree Mahoma y un señor que se cree Búfalo Bil, entre el terrorismo de los atentados y el terrorismo de la guerra, la violencia nos está destejiendo» Eduardo Galeano

En la primera parte de este artículo, al hablar de la arquitectura madrileña fascista, afirmé que no me es posible separar la arquitectura de su contexto sociopolítico. Ahora añado que la misma repugnancia que siento ante el Arco de Triunfo de la Moncloa, la siento ante las Torres Inclinadas de la Plaza de Castilla y la he sentido ante las torres gemelas de Manhattan (que he conocido sólo en imagen) y no lamentaría su destrucción si hubiese sido incruenta, por ejemplo una demolición municipal por incumplimiento de ordenanza, como tampoco lamentaría, en las mismas condiciones, la del Arco de Triunfo o la de las Torres Inclinadas. En todos los casos mejoraría el perfil urbano y el bienestar de los ciudadanos. No está de más recordar que las Torres Gemelas eran un símbolo vivo del dios Mercado y que contenían el corazón financiero de la Economía Mundo, es decir, eran la residencia del Poder Real que, cada día, mediante maniobras especulativas, podía poner en un brete a los gobiernos de todo el mundo; y tener en cuenta que el atentado se dirigió también contra el Pentágono y la Casa Blanca sedes del Poder Militar y del Poder Político.

Es también de señalar que, como consecuencia de la reacción del Imperio, los ciudadanos de la Aldea Global hemos dejado de sufrir el miedo al terrorismo para disfrutar de la confianza que cada mañana nos presta la prensa diaria al contarnos cómo nuestros ejércitos están acabando de liquidar un país miserable, que ya estaba al borde de la nada, y que están dispuestos a destruir todo lo que, a su juicio, constituya un cobijo para el Mal, ya sea Pakistán, Irak, Corea del Norte, Cuba o Vietnam.

entropía, decadencia y muerte

El grupo de científicos de diversos países (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático) que, por encargo de la ONU, está estudiando los problemas que afectan a la evolución de las constantes medioambientales del planeta (evolución que se denomina en su conjunto cambio climático) ha emitido un tercer informe que parece aún más desolador que los anteriores. Los científicos vienen a decir que por mucho que se haga, a partir de ahora, para intentar desacelerar la marcha fúnebre que inevitablemente conduce a la extinción de la especie humana, no se notarán los efectos desactivadores al menos hasta dentro de un par de siglos. Es decir, se haga la que se haga van a continuar el deshielo de los polos, la destrucción de la atmósfera, la extinción de especies, etcétera, etcétera. La cuestión de fondo esta en saber si todavía tenemos tiempo para corregir los fatales errores que llevamos más de un siglo cometiendo...

Desgraciadamente da un poco igual lo que digan los científicos porque de cualquier manera, dada la terrible situación en que desde el fatídico 11 de septiembre se encuentra la humanidad, durante bastante tiempo no se va hacer ningún esfuerzo de cooperación internacional en la dirección de la protección del planeta, sino más bien al contrario. Las prioridades ahora son de carácter bélico que, como es bien sabido, generan actividades que provocan una fortísima destrucción del medio ambiente (es decir, de la vida) al mismo tiempo que un confortable crecimiento de la economía. Al alba, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis ensillan sus monturas: cada día se ponen en marcha inmensos aviones y gigantescos barcos portadores de la destrucción, armamento de devastadores resultados, formidables desplazamientos de tropas y máquinas de guerra, comandos suicidas, etcétera.

Se está intentando, al mismo tiempo, como acompañamiento civil, relanzar la economía productiva que ha quedado ciertamente maltrecha. Para lograrlo se utilizarán las herramientas habituales que en nuestra área de actividad se están concretando ya en colosalismo arquitectónico, urbanismo galáctico, fantásticas redes de comunicación e infraestructuras, gigantescos parques de atracciones, etcétera. Medidas básicas que se adornarán con un sin fin de actividades frenéticas, congresos internacionales, comisiones, turismo programado, viajes incesantes...La otra cara de la moneda, a nivel internacional, son las migraciones masivas, las epidemias, las masacres, las hambrunas; y, a nivel local, la soledad, el desarraigo, la marginación, la delincuencia y la muerte.

Aunque ya nadie duda de que el crecimiento indefinido es no sólo insostenible sino decididamente suicida, tanto desde el campo militar como desde el civil se programa un imparable incremento del consumo energético y por tanto de la entropía. Se prepara un nuevo asalto a la salud del planeta, un nuevo ataque al equilibrio de nuestra especie con su medio. Mal ambiente para el humanismo.

el exterminio de la razón

Acaban de celebrarse los foros de Davos y Porto Alegre, las cumbres de Barcelona y la cínica reunión de jefes de estado en Monterrey, pero a la vista de los acontecimientos mundiales no parece probable que vaya a tenderse un puente entre dos maneras muy diferentes de entender el futuro.

Por el contrario, lo que parece más probable es que cualquier mañana el Emperador se levante de mal humor, recuerde que él encarna el Orden Moral y decrete que los llamados movimientos antiglobalización son también portadores del Mal, que los ecologistas de todo el mundo son los verdaderos terroristas porque atentan contra los sagrados principios del Progreso y la Libre Empresa. Y es previsible que, sumido en su ira imperial, lance otra potente cruzada que acabe con tanta tontería.

La maltrecha razón humana, está a punto de ser definitivamente asesinada, expropiada por la Razón de Imperio, es decir, la Razón de Empresa (ni siquiera se trata de la Razón de Estado, ni de las razones del termitero).

Epílogo

utopías

«Las cosas no son como son, son como pueden ser. Lo real sólo se puede construir desde lo imaginario. Sólo desde la utopía -sueño de carne, ética ideológica- se puede mover la realidad -sueño de hierro, "ética" de la responsabilidad- (para mover la realidad hay que situarse más allá de la realidad, la utopía es el punto de apoyo arquimédico).»

«Vale más un pájaro soñando que ciento durmiendo.» Jesús Ibañez, El sueño de hierro

Frente al desarrollo urbano desequilibrado y sin límites, y en contra de la imposición del emergente modelo de ciudad extensiva, en la que la comunidad social desaparece, surge una actitud que defiende la persistencia del modelo de ciudad mediterránea de mediano y pequeño tamaño. Ciudades donde se fomente el contacto, el intercambio y la comunicación; donde se promueva la estabilidad y la cohesión social, la diversidad y las identidades culturales; donde se respete el carácter de los barrios, los espacios públicos y los edificios con significado histórico y cívico; donde se mejore la habitabilidad y la accesibilidad; y se proteja el trabajo, la salud pública y la seguridad. Ciudades donde, según la afortunada expresión del ecólogo Enrique Figueroa, «la calle sustituya al sillón del psicoanalista».

Desde la utopía pueden atisbarse las huellas de un camino alternativo y común, seguramente modesto, pero lo bordean árboles, por su costado fluye un arroyo y estimula las ganas de cantar a coro. En los momentos de fatal desesperación, que secan los árboles, agotan el arroyo, ciegan las gargantas y asfaltan el camino, conviene recurrir al arte porque el arte suele ser la representación más veraz de lo utópico. Y entre las artes son más fértiles aquellas cuya matriz es la poesía,

«Porque lo que permanece lo fundan los poetas»

Hölderlin

Notas


[1]: Algunos economistas asuguran que el atosigante recurso al sacromercado para justificarlo todo en el mundo económico no es sino la cortada que enmascara los genuinos intereses del Imperio, es decir, los de sus omnipotentes e inaccesibles empresas transnacionales. No es cierto, dicen, que el mercado, mediante unas inapelables reglas de oro, regule por sí mismo los procesos de producción y consumo, sino que es el Poder quien, en situaciones críticas, utiliza la razón y los recursos del Estado, para crear situaciones propicias al fortalecimiento de las maltrechas economías empresariales. Es evidente que la economía yanqui está saliendo de su colapso gracias a dos potentes decisiones gubernamentales: la guerra y el proteccionismo arancelario.
[2]: Sólo falta que el propio alcalde salga en san Isidro a saludar desde el balcón de la Plaza de la Villa con un cartel a la espalda que rece «Conviértase en un yanqui auténtico: desayune con donuts, saben mejor que los churros; al Presidente le gustan».
[3]: La única solución posible al problema del suelo me ha sido revelada en el arcano de los sueños, se trata de la abolición de la propiedad, barbaridad en la que obviamente no puedo permitirme pensar cuando estoy despierto si no quiero ser ahorcado en la plaza pública por hereje (y terrorista).
[4]: Herbert Girardet hace notar que los marcianos que nos contemplan desde su planeta creen que los terrícolas son los automóviles.
[5]: Cuando los políticos y los técnicos hablan de ‘movilidad’ urbana que nadie piense en la estupidez de que están refiriéndose a la movilidad de los peatones en general o, en concreto, de las personas que padecen alguna minusvalía. Sólo piensan en los coches. En esas privilegiadas cabezas el Pensamiento Único ha injertado una sarta de sinónimos, a saber: movilidad es sinónimo de automóvil, confortabilidad de aire acondicionado, seguridad ciudadana de represión policial, política de corrupción, mercado de bondanza económica, competitividad de comportamiento ético, etcétera
[6]: Otra de las maneras que el Poder utiliza habitualmente para eludir su responsabilidad en la solución de los problemas que le atañen es el rebote de esa resposabilidad: «si a Vd no le gusta como lo estoy haciendo, dígame cómo se arregla o vuélvase a su pueblo que esto es Madrid y vamos poco a poco a conseguir tener la misma delincuencia que en Nuevayor que es nuestro modelo ¿acaso no es el suyo?».
[7]: El adjetivo "desfavorecidos" (o, peor aún, "menos favorecidos) es un eufemismo que pudorosamente ha sustituido, por influjo del Pensamiento Único, a vocablos mucho más descriptivos y veraces como ‘explotados’, ‘marginados’ , ‘lumpen’ o ‘miserables’ que se utilizaban antes. Estos eficaces enmascaramientos verbales de raíz ideológica son práctica habitual del Poder en el terreno de lo económico y lo social. De hecho, se utilizan constantemente muchímas perversiones similares como puede ser la identificación entre acceso a la vivienda (incluso ‘posesión’) y propiedad de la vivienda.
[8]: Un lamentable paso atrás normativo, que ya se ha dado, ha sido tolerar que se construyan viviendas sin ventilación cruzada, es decir, malamente habitables(por no d ecir, con claridad, inhabitables). La administración ha fraguado esta aberración bajo la presión de los promotores que ahora consiguen una ligera reducción del ratio superficie útil/superficie construida y, por tanto, un incremento de sus beneficios a costa de una sustancial rebaja de la confortabilidad de la vivienda.
[9]: En este esquemático y parcial recordatorio no incluyo a los arquitectos catalanes ni a los exiliados y me detengo en el momento histórico de la crisis política de la Falange ante el fulgurante e imparable ascenso del Opus Dei. Es un momento político clave y que explica casi todo lo ocurrido hasta la llegada de la democracia. La siguiente generación más claramente tributaria del estilo internacional (Iñiguez de Onzoño, Antonio Vázquez de Castro, Moneo, Joaquín Ruiz Hervás, Casariego y Alas, Bar Boó, Garau, Redón, Férnandez-Albalat, Antonio Fernández-Alba, López Candeira, Aracil, Longoria, Emiliano Fernández, etcétera) es, de hecho, la mía y me resulta difícil hacer ningún comentario que esté libre de pasiones personales.
[10]: Los Artistas del Circo están al servicio de las multinacionales y, salvo si ellos mismos se han transformado en multinacionales, están atrapados en el juego de los negocios como una mediana empresa subsidiaria de una grande (al parecer Jean Nouvel está secuestrado por el aparato bancario y es prisionero de resultados financieros que le son ajenos y, por el contrario, la sociedad de Ghery va a empezar a cotizar en las bolsas de Nuevayor y Tokio).
[11]: Tal vez el único rasgo común entre los artistas globales sea el desprecio a la ley de la gravedad y el culto a lo amorfo, lo ambiguo, lo torcido, lo indefinido, caracteres que vienen a ser respuestas formales a la médula de los programas que informan esas arquitecturas (programas que, por regla general, son también invertebrados, imprecisos, virtuales y neutros).
[12]: A nadie se le ocurre ir a un médico y, para empezar, pedirle un recorte de sus emolumentos; sin embargo esta práctica está a la orden del día en nuestra actividad. La amenaza del cliente es clara: «o me rebajas los honorarios o le encargo el proyecto a otro». Sobre el futuro se proyecta la sombra de la tarifa cero: la mayoría de los arquitectos se ganarán la vida no como proyectistas y directores de obra sino como firmantes de proyectos y comisionistas de las constructoras, los subcontratistas y los fabricantes de materiales (para compensar, algunos se harán llamar brokers).
[13]: ¿Qué hilo secreto encadena los euros con los que Krupp paga los premios con las masacres de Mathausen?
[14]: El Pensamiento Único es el ideario que amalgama una serie de doctrinas laboriosamente acuñadas en los centros de producción intelectual del Imperio. Se trata de un conglomerado que con intención pragmática y ribetes filosóficos reúne, depura, compatibiliza y homogeiniza toda la escala de conocimientos teóricos de nuestra época. Encuadra todos los saberes, desde la teología hasta las reglas de comportamiento social pasando por la institución de una nueva jerarquía de poderes, la imposición de un sistema renovado de valores éticos, la penetración de sus modos y costumbres mediante le exportación de su tinglado cultural unidimensional, etcétera, todo ello aparejado dentro de una decidida vocación de universalidad. ¡Ay de aquel que ose rechistar!, será tachado de tonto útil, ridículo utópico, ingenuo infantilista, etcétera. El Poder pretende, y lo está consiguiendo, obligar a todo el mundo a asumir esta forma de pensar, de ser, de comportarse, bajo la presión de su economía soberana, sus artes comerciales, su formidable y eficacísima maquinaria propagandística. En caso de resistencia, exige coactivamente su asimilación con la ayuda de su definitiva maquinaria militar.
[15]: «El mejor amigo un duro», dice un personaje en un cuento de Clarín y otro arguye: «Me irritan estos vanos aforismos de la falsa sabiduría escéptica, plebeya y superficial; creo que el mundo debe en gran parte sus tristezas morales a este grosero y limitado positivismo callejero que con un refrán mata un ideal...» -algo perfectamente aplicable al repulsivo tópico de «las cosas son como son»- y un tercero replica: «Sin embargo,un durom [...] no será un gran amigo, pero acaso no hay otro mejor».


Edición del 30-09-2003
Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/almiq.html   
 
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