Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/ajfar.html   
Sostenibilidad y racionalidad de los procesos de urbanización
José Fariña Tojo
Madrid (España), marzo de 2002.

Aunque la materia a tratar no es el tema de la insostenibilidad en sí misma sino los instrumentos a los que podemos recurrir para paliarla, resulta imprescindible hacer una reflexión previa.

Ante la afirmación: las ciudades son insostenibles, cabría preguntarse ¿de verdad lo creen los ciudadanos, los políticos, los urbanistas, los economistas? Mi impresión personal es que no. Como mucho suele pensarse: «a lo peor, en un futuro, si seguimos así habrá que hacer algo. Pero, de momento ¡qué locura!, ¡decir que las ciudades son insostenibles! No hay más que ver la salud y la vitalidad del sistema urbano». En realidad éste es el pensamiento generalizado, no sólo entre la ciudadanía, sino también entre buena parte de los profesionales que se dedican a construir la ciudad.

Mientras este convencimiento no cale en la sociedad, en los políticos, en los empresarios o en los urbanistas ya podemos planificar sofisticados instrumentos para paliar esta insostenibilidad (supuesta), que no servirán de nada. Para empezar, por tanto, propongo dos estrategias, que no instrumentos, previas. Estas estrategias buscan allanar el camino a la consideración real y efectiva de los instrumentos que luego pretendo mencionar.

Educación, información, participación

En primer lugar habría que referirse a la educación. Se trata de un tema muy manido pero que resulta imprescindible si de verdad se quiere intentar conseguir una reversión en el actual proceso de monetarización de todos los valores. En concreto, resulta imprescindible para que funcione uno de los pilares fundamentales de una sociedad más sostenible: la participación ciudadana. El ciudadano o la ciudadana que están inmersos en un proceso de participación deben conocer el estado de su atmósfera o de sus ríos, pero también el significado de que puedan oír el trino de los pájaros en su urbanización de adosados o el costo real de la magnífica depuradora de la que están tan orgullosos, desde la perspectiva del Senegal, Mauritania o el Amazonas.

Hombres y mujeres tienen una parte egoísta (más o menos importante según los casos) y, probablemente, del nivel local de participación no sean esperables grandes avances en términos de solidaridad universal, a menos que exista una conciencia global muy fuerte. Esta es una de las mayores dificultades que se están viendo en los procesos de participación en curso para la redacción, por ejemplo, de Agendas 21 o instrumentos análogos.

Probablemente las grandes decisiones que afecten sobre todo a la pretendida calidad de vida del urbanita han de tomarse, no desde los organos locales, sino desde instancias mucho más lejanas del administrado. Es decir, desde instancias nacionales o supranacionales. Por supuesto, respondiendo a una presión que venga de la base. Los gobiernos locales, en general, lo hacen mucho mejor cuando se trata de temas relativos a la calidad de vida del ciudadano o a todo aquello que haga más competitiva su área de gobierno frente a las demás.

Una información rigurosa, veraz y completa resulta imprescindible para que el proceso educativo pueda plantearse sin tópicos. De tal forma que educación, información y participación, deberían ser las tres patas de cualquier proceso previo al intento de instaurar sistemas de racionalidad en las actualaes formas de vida.

Sostenibilidad y racionalidad

En segundo lugar, dado el alto grado de multivocidad que han alcanzado palabras como ‘sostenibilidad’ o expresiones como ‘desarrollo sostenible’, que han llevado, en la práctica, a vaciarlas de contenido sería deseable evitar su uso.

Probablemente palabras como ‘racionalidad’, ‘eficacia’ o ‘competitividad’, están mucho más cercanas a las preocupaciones de la mayor parte de los ciudadanos. Probablemente, en una escuela de arquitectura los alumnos sean mucho más receptivos si en lugar de decirles que «el estudio del soleamiento adecuado para los edificios contribuye a su sostenibilidad» se les dice que «el estudio del soleamiento adecuado para los edificios contribuye a un funcionamiento más eficaz de los mismos». O si se les dice que «una ciudad compacta es más competitiva que una dispersa porque se pierde menos tiempo en el transporte, se consume menos energía, etc.» lo entenderán mejor que si se les dice que «el modelo de ciudad compacta sirve para paliar la insostenibilidad urbana».

En el fondo la realidad es que la mayor parte de los instrumentos que hacen de las ciudades artefactos más sostenibles son instrumentos de racionalidad.

Algunos de los problemas de nuestras ciudades se derivan del hecho de que nuestros profesionales cuando adquieren el hábito del proyecto en muchas ocasiones adquieren un hábito viciado. De cualquier forma es difícil en una profesión tan complicada y con tantas aristas acertar en lo adecuado. Sin embargo muchos arquitectos, y también estudiantes de arquitectura, cuando ven una torre cubierta por un de muro cortina con sus cuatro fachadas exactamente iguales, bellas, limpias, sin una arruga que se salga de la armonía están convencidos de que su sensibilidad no puede equivocarse y que aquel objeto, tan bello, es también un objeto perfecto por el mero hecho de ser bello. Probablemente sea ésta una visión imprescindible, pero no debería ser una visión única ni determinante a menos que se considere la obra de arquitectura como una obra exclusivamente escultórica. Sin embargo, su valor de uso introduce necesariamente otras consideraciones, por lo menos de igual importancia. El hecho, por ejemplo, de que sobre una de las fachadas caiga el sol inmisericorde casi todas las horas del día y todos los días del año debería hacer que esta fachada fuera radicalmente distinta a su opuesta que apenas recibe radiación solar. Y cuando el arquitecto vea estas dos fachadas iguales debería echarse a temblar, pero no de placer sino de consternación. Claro que para eso están los aires acondicionados y las calefacciones. Se trata de un instrumento absolutamente ineficiente de la obra de arquitectura.

Si al entregar una obra de arquitectura o un plan de urbanismo los responsables tuvieran la obligación de calcular una cosa tan sencilla como el coste por metro cuadrado y hora de utilización normal de ese plan o de ese edificio, probablemente habríamos avanzado mucho en dar soluciones eficaces y ecológicas a nuestras ciudades. Y no estamos hablando de internalizar costes externos, etc. Esto que se hace ya con los automóviles o los frigoríficos está muy lejos de conseguirse en la construcción de edificios y ciudades. Nadie en su sano juicio se compraría un automóvil sin conocer su costo por kilómetro recorrido. Coste en el que se incluyen el mantenimiento, la amortización y el consumo. Sin embargo se embarca en la compra de unos metros cuadrados construidos sin conocer lo que ésta significa en realidad. Estamos hablando pura y simplemente de irracionalidad.

Algunas propuestas para racionalizar el proceso de urbanización

La mayor parte de las propuestas que hago a continuación ya las he publicado en diversos lugares y las he expuesto en varias ocasiones. Sin embargo trataré de agruparlas y sintetizarlas con objeto de completar y/o reforzar las que José Manuel Naredo expone en su ponencia Instrumentos para paliar la insostenibilidad de los sistemas urbanos.

Extensión de la urbanización y su control

En algún sitio, alguien, debería parar el creciente consumo de suelo por habitante que se está produciendo en todo el mundo. De alguna forma habría que ponerse de acuerdo sobre un límite que, probablemente estaría en el punto en que se encuentran ahora los países desarrollados. Desde este enfoque debería introducirse en la discusión el tema del precio del suelo. No es cierto que deba abaratarse el suelo. O por lo menos no es tan simple el objetivo de bajar los precios a toda costa. Al contrario, probablemente sea necesario encarecerlo. Esto no significa que no haya que resolver los problemas de vivienda de las clases más desfavorecidas. Son problemas distintos. Probablemente, si en lugar de hablar del suelo el problema se centrara en el agua el acuerdo sería más sencillo: hay que garantizar que todo el mundo tendrá el agua necesaria, pero todos los pluses de consumo de agua habría que penalizarlos fuertemente. La idea trasvasada al suelo presenta problemas graves y evidentes. El primero sería la determinación de cuál sería el suelo mínimo necesario. Y el segundo, por supuesto, cómo se resolvería el problema ético que se plantearía al favorecer a las personas de mayor capacidad económica y, por tanto, aumentar todavía más la diferencia entre clases. Pero, claro, hablar de socializar el suelo a estas alturas...

Me gustaría referirme aquí a cómo la desinformación y la intoxicación pueden hacer que el ciudadano sea permanentemente engañado y, por tanto, no pueda participar de forma efectiva en la toma de decisiones. Y para ello voy a descender a la actualidad del ámbito doméstico de la Comunidad Autónoma de Madrid. Año tras año nuestros gobernantes (de izquierdas, de derechas o de centro) se han empeñado en que el precio de la vivienda en muy elevado y que, uno de los componentes más importantes de ese precio es el suelo, pues hay que abaratar el precio del suelo. Se han intentado variopintos métodos para conseguirlo hasta ahora sin ningún resultado. Y no pasaría nada si estos intentos fueran inocuos. Pero en algunos casos resultan, además, bastante perjudiciales. Así, un primer intento de considerar como urbanizable la práctica totalidad del suelo de un término municipal en lugar de hacerlo sólo con aquel terreno con ‘vocación’ de urbano, se remató con reducir a un mínimo las posibilidad de excluir un suelo de la urbanización. Y, en concreto, el de excluirlo por razones de racionalidad del planeamiento. ¿Cómo se puede controlar la extensión de la urbanización si resulta legalmente imposible hacerlo con la legislación que se ha aprobado?

Interés de concentrar la población

La progresiva invasión de las periferias, aparte de implicar un consumo energético creciente, significa también un consumo de suelo desproporcionado. Se ha detectado la multiplicación hasta por un factor de tres en la movilidad de las áreas extensivas frente a las concentradas. Es imprescindible terminar con la propaganda ecológica, o cambiar su sentido. Lo que desde hace algunos años vengo llamando la paradoja ecológica, viene viciando de raíz y desde el movimiento de la ciudad jardín, los ideales de vida de la población occidental. Las necesidades de consumo de naturaleza son tales que ahora ya nadie se conforma con vivir en los centros históricos de las ciudades, donde en los reducidos pisos el urbanita tenía una relación muy lejana con ‘el campo’. Una maceta de geranios en la ventana y una jaula con un jilguero en el patio de luces. Ahora, como mínimo, necesita un adosado con mini-parcela a veinte ó treinta kilómetros del centro, un cuatro por cuatro con el cual llega a los más remotos lugares, y una colección en veinte tomos (¡cuánto papel desperdiciado!) sobre especies protegidas. De esta forma, su gran simpatía por el medio ambiente le convierte en el máximo consumidor de ese medio.

Habría que volver a las propuestas de Ortega para el que la técnica es la esencia del hombre. La lectura de su ensayo Meditación de la Técnica puede conducir a una visión distinta de las relaciones del hombre con la naturaleza. En realidad se trata de la transcripción de un curso que dio en el año 1933 en la Universidad de verano de Santander (el año de la inauguración de sus célebres cursos de verano). El curso empieza así: «Sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca». Y más adelante afirma:

«La técnica es lo contrario de la adaptación del sujeto al medio, puesto que es la adaptación del medio al sujeto. Ya esto bastaría para hacernos sospechar que se trata de un movimiento en dirección inversa a todos los biológicos. Esta reacción contra su entorno, este no resignarse contentándose con lo que el mundo es, es lo específico del hombre. Por eso, aun estudiado zoológicamente, se reconoce su presencia cuando se encuentra la naturaleza deformada; por ejemplo, cuando se encuentran piedras labradas, con pulimento o sin él, es decir, utensilios. Un hombre sin técnica, es decir, sin reacción contra el medio, no es un hombre».

Por supuesto que este pensamiento, como muchos otros de Ortega tiene una carga polémica muy fuerte, y nos pone directamente en el corazón de la discusión. Ahí radica precisamente su mayor virtud. Esta visión habría que contraponerla directamente a la ‘falsa ecología’ publicitaria. Quizás un análisis de ambas posturas ayudara a clarificar no pocos problemas que, en el fondo, sustentan posturas simplemente egoístas.

Aumentar la complejidad de las zonas urbanizadas

Hace ya algunos años Christopher Alexander escribió un artículo premonitorio que debería ser de obligada lectura en todas las escuelas de urbanismo y arquitectura. El artículo se titulaba «La ciudad no es un árbol». Por supuesto que no se refería a un árbol físico sino al concepto mátemático de árbol como forma de organización de conjuntos. En el sistema de organización arborescente cada elemento forma parte de un único subconjunto que, a su vez, depende de otro, y éste a su vez de otro, etc. Más o menos, para entendernos, una hoja de un árbol se inserta en una única ramita, que a su vez se inserta en otra, y así hasta llegar al tronco. Frente a este concepto oponía el de semi-retículo, en el cual cada elemento podía depender a la vez de varios conjuntos o subconjuntos. Bien, pues para él la ciudad era un semi-retículo, no un árbol.

Sin embargo, la planificación siempre trata las áreas urbanas como árboles. Primero, porque es más fácil. Todo está mucho más claro y, aparentemente, funciona muy bien. Una vivienda forma parte de una unidad vecinal con su centro de servicios. Un conjunto de unidades vecinales forma un barrio con su centro de barrio. Y el conjunto de los barrios forman una ciudad con su centro. Este procedimiento, exacerbado casi a sus límites conduce a la segregación, a la pérdida de complejidad y a la banalización de la vida urbana. Y en segundo lugar porque permite la utilización de dos técnicas muy potentes y que han hecho del urbanismo un instrumento de control económico formidable. Así, la zonificación encuentra en esta forma de entender la ciudad su mejor aliado. O los llamados estándares que permiten cuantificar y distribuir los equipamientos con criterios aparentemente claros pero que acaban por producir segregación o, como poco, pérdida de interacción social.

Reordenación espacial de los usos agrícolas

Éste es un problema que, debido a las implicaciones de todo tipo que suscita (personales, sociales y económicas) es difícil de plantear, pero que alguien y en algún momento deberá abordar. Actualmente, y desde el punto de vista agrícola, casi todos los suelos son aptos para casi todo, con las necesarias mejoras. Eso no quiere decir que ésa sea la vocación del suelo. No pueden seguir dedicándose suelos de alta rentabilidad agrícola a la urbanización, ni otros al regadío a base de agotar los acuiferos subterráneos, cuando en una gran parte del centro de Europa sobra la lluvia (incluso en España). Es una cuestión complicada en la que es fácil caer en la demagogia a menos que se analice el problema en su conjunto. Pero lo que parece inevitable es la necesidad de plantearlo.

Necesidad de áreas territoriales sin uso

Ni agrícola, ni turístico, ningún uso. Ello significa, obviamente, la penalización de estos suelos. También significa que habría que inventar algún tipo de redistribución de beneficios y cargas a nivel territorial. Y, por supuesto, a nivel municipal incluir en el reparto al no urbanizable. Las presiones sobre este suelo van a ser muy importantes, pero es absolutamente vital el mantener una parte apreciable del territorio sin uso.

Incluso es probable que este suelo deba sacarse del circuito comercial de una vez por todas. Esta eliminación de una parte importante del suelo traería consecuencias inmediatas aparentemente no deseables. Como por ejemplo que se encareciera notablemente el precio del suelo no sometido a restricciones. Efecto, que según el razonamiento expuesto anteriormente, lejos de ser perverso, podría incluso llegar a ser benéfico. Eso siempre y cuando, por supuesto, se garantizaran los mínimos habitacionales a todos los ciudadanos. Por desgracia, esto es imposible de conseguir con un modelo liberal como el que la sociedad occidental parece haber elegido. Se trata de una propuesta de intervención en materia de suelo, más fuerte que cualquiera de las llevadas hasta ahora a la práctica, si se exceptúa el modelo comunista. No sé si con buenas dosis de imaginación podría plantearse el mismo objetivo desde otras perspectivas de corte más liberal, pero aparentemente presenta bastantes dificultades.

Las cuestiones planteadas en los párrafos anteriores no deben ser entendidas más que como una invitación a la discusión y a la reflexión. Resulta imprescindible plantear una visión del proceso de urbanización que incluya no solamente las variables económicas, sociales y artísticas, sino también y en un lugar preferente, las cuestiones relativas al ambiente y a la solidaridad en un mundo cada día más interconectado. En el fondo, todas aquellas cuestiones que introduzcan mayores dosis de racionalidad en la construcción de nuestras ciudades.


Edición del 30-09-2003
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