Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/afroc.html   
Rastros de la razón: hacia una revisión crítica de la construcción de la disciplina urbanística
Fernando Roch
Madrid (España), marzo de 2002.

When I use a word, Humpty Dumpty said, in rather a scornful tone,
it means just what I choose it to mean-neither more nor less.

The question is, said Alice, whether you can make words
mean so many different things.

The question is, said Humpty Dumpty, which is to be master-that's all.

L. Carroll, Through the looking-glass. Chap. VI

Creo que a estas alturas resulta pertinente preguntarse si la ciudad representa verdaderamente un estadio superior en la maduración de nuestra relativa autonomía frente al mundo natural o, lo que es lo mismo, de nuestra civilización, o es simplemente la apariencia (no necesariamente excelente) bajo la que se consagran de manera recurrente y peculiar los sistemas que alcanzan algún grado de hegemonía en el orden social y económico. Esta pregunta estaría relacionada con otra aún más radical: ¿existe vida (vida urbana sobre todo) más allá del capitalismo? Que tendría una respuesta no menos radical: sólo es posible algo que podría considerarse vida urbana cuando el capitalismo haya sido superado. Mientras tanto podemos hablar de procesos, cada vez más intensos y extensos, de urbanización.

La cuestión es importante porque si ese estadio superior representa una aspiración irrenunciable, un imperativo, deberíamos considerar la evolución de las ciudades como una secuencia sucesiva que podría avanzar en una línea de progreso continuo, mientras que en el caso contrario estaríamos hablando de ciudades que ni siquiera tendrían que estar relacionadas entre sí, ni constituir secuencia alguna. En el primer caso esa línea de progreso situaría a la ciudad en un plano de relativa autonomía frente al sistema social y económico, algo así como una ciudadanía en evolución, justo al contrario que en el segundo caso en el que representaría la forma característica y transitoria de una formación social en cada momento.

Lo cierto es que todo apunta a que el desarrollo de las ciudades sea un proceso histórico concreto, esto es, vinculado ineludiblemente a las condiciones materiales de existencia del sistema dominante, en su momento y lugar precisos, pero que al mismo tiempo se sueña como una vía de emancipación respecto a las duras e innegociables leyes de la naturaleza y como un camino de acceso a un estadio más elevado de civilización en el que se habrían borrado los desajustes y los conflictos que caracterizan a los sistemas económicos y sociales y se habría alcanzado a crear una categoría superior de ciudadanía. Recuperando una vieja dualidad tendríamos ciudades concretas por un lado y lo urbano, la urbanidad, lo cívico, más o menos utópico por otro. Esa aspiración se ha visto como un derecho, naturalmente deducido de una crítica radical de la cotidianidad en nuestro mundo moderno[1].

Así las cosas, podríamos imaginar una línea evolutiva de lo ciudadano que sólo tiene sentido si se sustancia como memoria histórica acumulativa, sobre la que cada formación social en su peripecia progresa o retrocede de acuerdo con su propia naturaleza. Romper con la línea o borrar su memoria para instaurar un orden nuevo que se supone superior, como hizo en su momento el Movimiento Moderno, ha sido una tentación constante que generalmente ha tenido más éxito en los niveles ideológicos y formales que en las estructuras reales, lo que significaría que el lugar principal de esa memoria es precisamente el de esas estructuras entre las que se encuentra la propia física de la ciudad, una física modelada por la historia.

En todo caso, parece que conciliar este sueño legítimo de ciudadanía, ese derecho, con las potencialidades reales y las limitaciones en que se mueven los diferentes sistemas ha sido una fuente permanente de frustraciones a lo largo de la historia moderna. De hecho ha constituido una práctica habitual ‘medir’ la distancia entre el sueño y la realidad, dependiendo el resultado de la medida del material con el que se elaboraba el sueño y del conocimiento que se tuviera de la realidad. Esas ‘medidas’ que han alimentado el pensamiento utópico y, en cierto modo, las políticas sociales y la planificación urbanística se hacían precisamente cuando la distancia se sentía mayor, que era justamente cuando las innovaciones técnicas y el incremento de la riqueza parecían presagiar que los avances en esa línea hacia un estadio social y cultural superior iban a ser inevitables y necesarios. Eso significa que el fracaso se localizaba en el camino que debería transformar los avances materiales en mejoras de las relaciones sociales y del modo de vida, que englobaba múltiples dimensiones y en especial, para nosotros, las que se refieren a nuestras relaciones con la naturaleza y a la construcción de una cultura ciudadana: es decir, la naturaleza y la ciudad. Dicho en pocas palabras, toda esa invención técnica y esa acumulación de riqueza no se transforma en civilización.

Seguramente estamos en uno de esos máximos de euforia tecnológica, y con una capacidad de generación de riqueza que supera cualquier medida anterior, pero también es probable que nuestras ciudades se alejen más que nunca de ese patrón de excelencia urbana. Sin embargo, lo que distingue verdaderamente al momento actual no son esos distanciamientos históricos, sino que ha disminuido hasta perderse la percepción del desajuste, y precisamente porque se han desmantelado los dispositivos de medida y se ha perdido la cultura de la línea de progreso civilizador que mantenía la tensión y la alerta crítica. Podría parecer un triunfo del pragmatismo y el abandono, por imposible, de ese camino progresivo, pero lo más probable es que no sea más que otra victoria pírrica del sistema dominante, ya que nunca un sistema hegemónico tuvo una dimensión tan universal ni dispuso de tanto poder para presentarse a sí mismo como el mejor de los mundos posibles, aunque su verdadera capacidad de reproducirse indefinidamente sólo sea efectiva en los múltiples espacios de representación que ha construido y le resulte mucho más difícil a medio y largo plazo hacerlo en sus verdaderas dimensiones físicas y sociales.

En otras palabras, la evolución del sistema económico capitalista y su orden social tienen la vocación y los medios de suplantar esa aspiración que ha sido la sustancia medular de nuestra cultura después de la expulsión fundacional del paraíso. Más claro aún, esa ciudadanía que resumiría, en este mundo desprovisto de magia, los valores de justicia social, de solidaridad, de libertad y de armonía con el universo natural, según las peculiaridades de cada momento y lugar, que permitiría la expresión individual en el respeto e invención de lo colectivo y de las leyes del mundo físico, es un proyecto irrealizable dentro de la lógica y las posibilidades del sistema capitalista, cuya evolución histórica ha seguido un camino de alejamiento progresivo de esa aspiración que ha derivado en una destrucción de la esfera pública, en múltiples desequilibrios sociales y en un abierto conflicto con el mundo físico que puede terminar con su propia aniquilación en el medio plazo.

Por el contrario, una vez reconocida esa incapacidad, se ha dotado de un poderoso aparato de representación ideológica que tiende a presentarlo como el auténtico universo de excelencia, ese que nunca podría llegar a ser, mediante el procedimiento de poner todo el énfasis en sus logros, sobre todo en el desarrollo tecnológico y su enorme capacidad de generación y acumulación de riqueza, al mismo tiempo que oculta o silencia las dimensiones y los problemas que no puede superar y que pondrían en evidencia su fracaso: desplazando el centro de atención con el fomento de valores ajenos a las virtudes cívicas (magnificando el triunfo individual frente a la solidaridad p.e.), e interrumpiendo las líneas de cuenta de las actividades económicas privadas cuando se cruza la frontera de lo insostenible o de lo colectivo.

El proyecto resultante va perfilando una especie de anticiudad: un mosaico a la carta de representaciones temáticas aisladas, de las que ha desaparecido lo social, lo cultural y lo natural, y hasta la propia historia, ya que no puede perpetrarse esa sustitución sin romper el hilo de la historia y convertir lo que no es más que un momento dentro de una deriva equivocada, en la meta, si se pudiera hablar así, del desarrollo humano. Más aún, convertido en el único objeto legítimo de preocupación ha suprimido o secuestrado toda la reflexión que no se centre en sus problemas específicos de perpetuación, terminando de forma radical con una tradición cultural que había practicado una visión amplia y no exclusivista de los problemas sociales y económicos.

En esta impostura, la disciplina urbanística también ha jugado su papel fundamental puesto que de civilización urbana se trata. Aquí, el programa ha consistido una vez más en desviar el foco hacia el campo de la representación mediante una sobrevaloración de los aspectos formales y el desarrollo de su autonomía, mientras se eliminaban de sus preocupaciones y objetivos esas dimensiones que ponían en evidencia la falsedad radical del modelo elegido, y su incapacidad para dar respuestas a los verdaderos problemas de la construcción de la sociedad urbana: el espacio social, el dominio público, la naturaleza y el territorio; es decir, la historia en toda su pluralidad.

La idea de que los hombres y sobre todo las sociedades son perfectibles, viene desde la Ilustración unida a la universalidad de la razón. En realidad es entonces cuando se teje un entramado en el que la moral humanitaria, la naturaleza, el racionalismo y el materialismo se enfrentan a una tradición y a un orden social sancionados por la autoridad de la iglesia católica, para proponer que el ser humano es una parte integral de la naturaleza, con la que forma un todo, y que su condición le hace identificarse con ella y con los demás seres humanos con los que mantiene relaciones de justicia mutua: la sociabilidad tiene así un fundamento moral y se convierte en una dirección para el desarrollo histórico. Es también una sociabilidad que va adquiriendo formas cada vez más abstractas, complejas e institucionalizadas frente a otras más básicas y homogéneas que se organizaban en torno al mundo de los afectos y de la pertenencia a grupos de sangre propios de la sociedad tribal.

En el curso de este enfrentamiento, seguramente el ataque más duro sufrido por la tradición cristiana es el dirigido al creacionismo y al creador por el desarrollo de la teoría evolucionista que ha permitido añadir nuevas dimensiones fundamentales a los procesos históricos, a través de su conceptualización y su aplicación a múltiples campos, pero sobre todo por las aportaciones surgidas del debate sobre la naturaleza y funcionamiento de sus mecanismos operativos, y sobre su finalidad u objetivo último.

Se ha llegado a confundir de tal manera el fenómeno de la evolución natural con el de las sociedades humanas y su historia de selección y progreso (de crisis y transformaciones) que se ha llegado a poner en duda su condición científica en el sentido de si describe o no leyes independientes de la voluntad humana o se trata de una construcción teórica ligada a prácticas sociales concretas. Esta dicotomía entre el estatuto científico y el proyecto social va a adoptar formas muy diversas que van a condicionar el propio desarrollo de la urbanística y la relación entre la teoría de la ciudad, el urbanismo y la planificación urbana.

Por otra parte, la aplicación directa de estas ideas al campo del urbanismo ha conocido ensayos diversos en los que se ha mezclado la historia de los procesos sociales con la evolución de las formas físicas de la ciudad en una relativa confusión. La idea de organismo ha dominado estas aproximaciones hasta imaginar, como hace M. Poëte, que es la ciudad la que permanece, evolucionando y transformándose a lo largo del tiempo al hilo de la sucesión de las estructuras y los grupos sociales, y que esas transformaciones que sufre la ciudad siguen una especie de determinismo nacido de las fuerzas que empujan a las sociedades o que éstas liberan[2].

Sea como fuere esa evolución y sus mecanismos y con independencia de que se persiga en última instancia alguna forma superior de sociabilidad, no se puede avanzar en su conocimiento y en la indagación de las posibilidades de intervención sin haber establecido los puentes necesarios entre discursos que inicialmente han mantenido una considerable independencia. Quiero decir que no se puede avanzar sin admitir y estudiar la pluralidad de las estructuras sociales y de las relaciones productivas en sus diferentes escalas, modos y universos complementarios (también tiempos diferentes) y sin establecer los aspectos formales de esas estructuras sociales y productivas, y en concreto de su forma física y sus dimensiones en el espacio; pero también en el tiempo, esto es, sin conocer las modalidades de evolución y transformación conjunta de las estructuras sociales y sus dimensiones físicas. En otras palabras no se puede añadir nada nuevo sin tratar de revelar la evolución conjunta de las estructuras sociales con sus regímenes económicos y sus modalidades de urbanización asociadas, del mismo modo que no se puede explicar suficientemente la evolución de las estructuras propiamente capitalistas y sus dimensiones sin estudiar a fondo el complejo entramado no capitalista (precapitalista entre otras cosas) que las acompaña y del que extrae muchas de sus condiciones de existencia.

Hace tiempo que quedaron detenidos y olvidados los trabajos de Durkheim, de Simmel, de Halbwachs, de Tönnies, del propio Weber que partiendo de la naturaleza objetiva de los hechos sociales, indagaban las formas básicas de agrupación o la morfología social, y que en su día contribuyeron al debate sobre las formas organizativas de las estructuras urbanas y a propuestas concretas de ordenación de la metrópolis moderna de acuerdo con el principio que identificaba lo útil y lo verdadero; ese proceso de tecnificación y de institucionalización que caracterizaba la construcción de nuestro mundo desencantado, como señalaba M. Weber.

El programa que desarrollaba una revista como la Vie Urbaine, por ejemplo, durante el periodo de entreguerras, relacionaba la historia, es decir el pasado y la evolución del organismo urbano, con la geografía que describía sus vínculos con la tierra y la economía que trataba de establecer su metabolismo cotidiano. Pero si explícitamente no se incluía la sociología de hecho ésta tenía un lugar privilegiado proporcionando algunos de los mecanismos evolutivos y morfológicos en forma de energía o dinámicas sociales.

En ese sentido colaboraron autores como Halbwachs, cuyos trabajos sobre la renta inmobiliaria en los que sugería su dimensión social, realizados en los años 20, tampoco tuvieron demasiada fortuna y fueron trivializados en versiones mercantilistas más adelante. Se trata de una idea matriz que sólo es recuperada tangencialmente por A. Lipietz en los 70 en el contexto de una revisión general de las dimensiones espaciales del despliegue del capital y que modestamente he tratado de desarrollar en los últimos años, relacionando la estructura de precios con prácticas sociales como la construcción del espacio destinado a la reproducción de las jerarquías sociales bajo condiciones de acumulación en el plano de la ciudad, con apoyo de numerosos trabajos empíricos.

También se relegaron los trabajos de investigación destinados a esclarecer y describir ese complejo tejido multimodal en el que se resuelve la reproducción del sistema capitalista y que sólo la Escuela Regulacionista ha seguido explorando[3]. Seguramente el desarrollo del mecanismo regulador del bienestar y su institucionalización ha dominado la construcción del nuevo orden urbano desde el periodo de entreguerras, borrando del campo de estudio y de proyecto todo lo que no estuviera directamente vinculado a la producción industrial, a la circulación de sus productos o al problema de su acoplamiento mutuo. Sólo la crisis del modelo fordista puso ya en la década de los 80 en evidencia el papel fundamental del entorno no capitalista del sistema y durante algún tiempo se sucedieron los estudios sobre la economía social o sobre el modo de producción doméstico. Sin embargo pronto retornaron las aguas a su cauce, y esta vez la mundialización de la producción industrial apoyada en una más dura división internacional del trabajo, permitieron recuperar para los países del centro su definida y exclusiva vocación capitalista, y esta vez sin necesidad de contar con reguladores. El modelo emergente ha penetrado con sus relaciones monetarias el campo de actividades que antes eran características del modo doméstico o de la economía social en los países del centro, haciendo desaparecer casi toda la diversidad productiva y de modos de vida de las etapas anteriores.

La idea de planificación urbana, por su carácter de resumen del conocimiento destinado a formular propuestas, es otra de las grandes perdedoras en esta descomposición general de la cultura urbanística que patrocina el sistema capitalista en sus últimas versiones neoliberales, despojándose de un instrumento de regulación que en su etapa fordista le permitió alcanzar algunos de sus estados más equilibrados. Precisamente por su estatuto científico mal definido, como se señalaba más arriba, la planificación urbana es un concepto que ha mostrado a lo largo del tiempo una gran fragilidad. El propio Halbwachs le devuelve su legitimidad en el conocido artículo publicado en la Vie Urbaine en 1920, bajo el título de Les plans d´extension de Paris avant le XIX siècle, en el que abandona ciertas reservas que respeto a la acción o intervención engendraba una visión ‘científica’ de los procesos urbanos, que le habían llevado en algunos de sus trabajos anteriores a centrarse más en las tendencias y las leyes internas que constituían la autonomía relativa de los procesos morfológios. Halbwachs, en realidad, no desconfía de la acción sino de determinadas formas de acción que carecen del conocimiento necesario y nacen de la arbitrariedad y las convenciones[4].

En su Politique Foncière des municipalités  (1908) Halbwachs ya señalaba la urgencia de utilizar la urbanística en gestación para afrontar con garantías una ordenación racional y justa. En el fondo se trataba de las transformaciones sociales y físicas de la ciudad y del aparato instrumental para su organización. El compromiso político y su condición de discípulo de Durkheim que veía su sociología como un saber para la acción empujaban a Halbwachs a convertir el urbanismo, una ciencia en gestación, en una práctica social y política con fundamentos técnicos y estéticos, aunque entonces no se denominara así: en 1919 se hablaba de arte cívico, arte público y urbanismo como equivalentes. En realidad la confusión respecto a la denominación y delimitación disciplinar sigue hoy sin grandes avances. En nuestra lengua se utiliza casi de forma equivalente urbanismo y urbanística, esta última una voz de origen italiano equivalente a nuestro urbanismo. En ambos casos se mezclan el análisis y el estudio de los procesos y fenómenos urbanos con las prácticas destinadas a organizar las ciudades y sus diversas componentes, y en ambos casos se mantiene la sospecha de legitimidad respecto al carácter científico de sus procedimientos entrecomillando frecuentemente dicho calificativo. En algunos casos se ha utilizado la rúbrica de teoría de la ciudad para referirse a estas aproximaciones científicas pero con frecuencia se cobijan bajo ese epígrafe cosas muy diversas y escasamente científicas.

Ese desencuentro que convierte en sospechosa de contaminación social toda ciencia que permite adoptar decisiones políticas, sobre todo cuando se produce la ruptura entre el sujeto y el objeto, que pasa a ser sujeto o actor de sus propias transformaciones, ha acompañado al desarrollo del urbanismo a lo largo del último siglo. Pero en cualquier caso, hace más de 80 años ya teníamos todos los ingredientes de este debate sobre la planificación urbana que ha continuado con diversas variantes hasta ahora sin encontrar un acuerdo de amplio espectro al respecto y habiendo prácticamente desmontado todo el aparato institucional que le daba sustento político al tiempo que se destruía gran parte de su base cultural.

Ya sea el mercado y sus leyes pretendidamente objetivas[5] o sean las corrientes morfologistas en sus diferentes modalidades (ya ninguna de ellas con contenido sociológico), podemos identificar varias líneas de pensamiento en torno a la idea de que los procesos urbanos siguen sus propias leyes, dejando arrinconada la voluntad colectiva de conducir esos procesos en direcciones determinadas como proyectos sociales concretos[6]. De esa manera se elimina cualquier posibilidad de ‘adaptar’ la trayectoria ‘natural’, eliminándose incluso esa cultura específica que legitimaba la intervención colectiva como herramienta voluntaria para construir nuestra realidad en una determinada dirección: se suprime la política en su sentido originario y más concreto, y el proyecto de alcanzar una sociedad civilizada urbana deja de ser un objetivo social para pasar a ser una eventualidad en la deriva natural de las cosas, o sea del capitalismo, convertido en una segunda naturaleza que quiere ser la única.

La importancia de esa visión autónoma de la evolución urbana fue considerable y ejerció una gran influencia intelectual en el primer desarrollo disciplinar. Como ilustración baste recordar que ya en 1911, se había creado el Comité del Ensanche de Paris a instancias del prefecto, con el objetivo de elaborar una serie de informes sobre la evolución urbana de la ciudad, cuya intención era identificar las líneas maestras del desarrollo parisino a lo largo del tiempo y también sus problemas principales, como si el organismo urbano se moviera de acuerdo con sus propias tendencias históricas. Detrás de ese empeño se encontraba, claro está, M. Poëte y L. Bonnier como Inspector General de los Servicios de Arquitectura y Estética del Departamento del Sena y, como se ha señalado, se reducía el campo de la intervención a corregir aquellos problemas accesibles que se detectaran.

Si los mejores exponentes de esa escuela francesa naciente alentaban la idea de la ciudad como un organismo relativamente autónomo cruzando las épocas, su equivalente en Alemania y con un espíritu similar se centra en el problema actual de la gran ciudad emergente (großstadt) para presentarla como un fenómeno social y de civilización impulsado por el desarrollo técnico, la diferenciación (y separación) de funciones y actividades, la acumulación de población y también lugar de abstracciones como la economía monetaria.

Es difícil, con este fondo cultural que asume en gran medida la evolución fatal del proceso de urbanización, sobre el que, por otra parte, proporciona abundantes y nuevos conocimientos desde visiones diversas, construir una disciplina que incorpore la intervención, es decir, la transformación del objeto de estudio, alterando sus leyes y su destino. No es extraño que durante esta época que ahora evocamos se haya avanzado más en las descripciones más o menos científicas de los procesos que en la manera de gestionar y conducir su misterioso curso, pero de lo que nadie duda es de que una realidad urbana como esa es preciso gestionarla y que eso es irrealizable con la geometría de François Blondel que aún dominaba por entonces l'École de Beaux Arts[7].

Muchas de estas cuestiones transversales fueron planteadas y objeto de debate durante las fases iniciales de la construcción de la urbanística moderna. Unas veces porque nacían de preocupaciones disciplinares y otras como consecuencia de problemas compartidos por otras disciplinas implicadas en la construcción del orden y la estabilidad de la metrópolis industrial moderna. La mayoría de estas preocupaciones fueron pronto abandonadas para atender directamente a los problemas de supervivencia del sistema económico dominante cuya naturaleza abstracta y acumulativa le alejaba cada vez más de las condiciones naturales y sociales que hubieran preservado su equilibrio autónomo si éste hubiera sido compatible con ellas.

En realidad fueron abandonadas porque su desarrollo mostraba el conflicto insuperable entre la lógica de ese sistema hegemónico con sus crisis y reajustes sucesivos y las leyes evolutivas del mundo físico por un lado, y los proyectos legítimos del universo social, por otro. De hecho sólo recientemente, se ha presentado con pretensiones de teoría general y ofreciendo aparentemente respuestas a las demandas naturales y sociales una fórmula de ‘compatibilidad’ bajo el epígrafe de la sostenibilidad que, en realidad, sólo ha servido para demostrar irrefutablemente que el desarrollo capitalista en sus sucesivas configuraciones históricas es cada vez más incompatible con cualquier estadio superior de la civilización y que además es una amenaza cierta para la naturaleza misma. Parece como si el sistema se empeñara en acumular pruebas en su contra y no se preocupara por ello.

Quiero decir que, si como vengo señalando, el proyecto de construir una verdadera sociedad urbana cualquiera que fuese la fórmula y en armonía con el mundo natural, se mostraba incompatible con el desarrollo del sistema capitalista, por contra y acaso por primera vez en la historia evolutiva de este planeta, un sistema adquiría suficiente autonomía para intentar burlar las reglas generales que rigen la evolución, en todas sus dimensiones. En realidad aquel prometedor conjunto inicial de discursos, en gran medida confusos o contradictorios, que se ha evocado muy parcialmente más arriba, precisamente porque apuntaba en otra dirección, hubo de ser sustituido por otro que constituyera la apoyatura ideológica de la hegemonía de los agentes del capital en sus configuraciones sucesivas[8]. No es éste el lugar de hacer la historia de esta, digamos, impostura porque está íntimamente ligada a los procesos reales de construcción del orden urbano actual. Antes al contrario, se trata de recuperar los argumentos de una razón contrapuesta que pueda presidir un rearme del discurso urbano destinado a crear ese estadio de civilización en armonía con la naturaleza y con formas justas de equilibrio social que no ha podido ser.

Conviene recordar, sin embargo, que esta divergencia se consolidó unas veces ocultando y otras sustituyendo con falsos conceptos economicistas el discurso sobre la evolución de las formaciones sociales y su dimensión urbana. En definitiva, se alteró el discurso sobre la ciudad y su papel hasta llegar a enfrentarla con el orden natural desplazando la relación entre la ciudad y el mundo físico y social hacia una oposición radical. Con frecuencia se han presentado las conquistas urbanas como victorias sobre las fuerzas naturales y nunca como adquisiciones destinadas a crear un orden superior en armonía con ellas.

Paradójicamente, la ciudad urbana, permítaseme la redundancia necesaria, que en principio no hubiera sido más que el desarrollo ontológico de una fórmula social, pasa a ser una necesidad en el hilo evolutivo y esta vez ya no se trata de reglas sociales conculcadas sino de la violación de leyes naturales: la sociedad urbana es ineludible y no puede oponerse a la naturaleza si quiere tener alguna oportunidad de supervivencia. En otras palabras, sólo una sociedad urbana justa que evolucione en armonía con el mundo natural puede sobrevivir, y no tiene ninguna posibilidad de hacerlo en caso contrario. Esa ciudad no puede ser capitalista.

Para poder hacer creer que ese estadio superior de la civilización se corresponde con la ciudad propia del capitalismo avanzado ha sido necesario suprimir la reflexión sobre la propia naturaleza de lo urbano, y al mismo tiempo crear falsos conceptos sobre el significado y el contenido del progreso, es decir, sobre el sentido de la evolución misma. Ha sido preciso la eliminación del discurso de lo social en todas las disciplinas que lo permitan, entre ellas la arquitectura y el urbanismo volviendo, como señalábamos más arriba, al discurso de autor, convertido en el mozo de espuelas (muy bien pagado) del poder financiero. También ha sido necesario volver a alterar el sentido de la historia para hacerla desaparecer confundida con una visión reduccionista del desarrollo tecnológico, o de la eficiencia.

Así las cosas, el título de esta intervención sugiere retomar una reflexión interrumpida que supone, en realidad, un programa muy extenso de investigación, que alguna vez se ha intentado, aunque siempre de forma fragmentaria y generalmente con propósitos historiográficos. Seguramente es una rúbrica adecuada para acoger un buen número de seminarios y también algunas tesis doctorales, pero el propósito aquí es sin duda mucho más modesto en proporciones aunque se perfile ambicioso en intenciones.

En lugar de una revisión sistemática que deberá seguir sus propios protocolos, y que resulta ya inaplazable, esta argumentación se dirige a señalar la necesidad y la oportunidad de revisitar ese rincón fundacional regado por algunas de las corrientes que, según entiendo, contribuyeron en su momento a conformar ese conglomerado disciplinar que terminó por llamarse urbanismo, con el ánimo de explorar hasta donde sea pertinente el sentido de aquellos caminos que parecían prometedores y que hemos ido abandonando en momentos sucesivos. Como reflexión nacida de la constatación del doble fracaso de nuestras prácticas y nuestro arsenal teórico progresivamente empobrecidos y desviados de sus propósitos legítimos, para afrontar los verdaderos retos que hoy presenta el futuro de la vida urbana (o la vida simplemente) lo que se propone es reiniciar la tarea de recuperar y reconstruir esa dimensión cívica alternativa al sistema dominante.

Es pues, como ya ocurre con demasiada frecuencia en la crónica del mundo moderno, la constatación de una ruptura con el universo natural y social que ha cursado con pérdidas demasiado graves, hasta dejarnos en un esquemático desierto inhabitable, y que impone la búsqueda de respuestas alternativas, empezando por los senderos que se abandonaron en su día.

Esos senderos, que se vienen evocando desde el inicio de estas páginas, y que como hemos visto se originan en torno a la crisis finisecular que sacude al régimen de acumulación capitalista en su transición al siglo XX, son los que se desvían para terminar perfilando la solución fordista al descenso de la tasa de acumulación que culminará con la institucionalización del mecanismo regulador del bienestar casi medio siglo después.

Así pues, en el entorno del cambio de siglo XIX-XX, y puede decirse que de forma intensa durante el periodo de entreguerras, y, no lo olvidemos, alrededor de una crisis de formación del moderno capitalismo industrial, se desarrolló un profundo debate sobre la naturaleza y las posibilidades de intervención en el desarrollo de ese fenómeno que, con independencia de que se llamara metrópolis, großstadt o conurbación, suponía un cambio definitivo en el tamaño y las dinámicas de la evolución de las ciudades y por tanto de nuestra civilización. Con la ciudad como objeto de estudio en toda su pluralidad de dimensiones, y también como sujeto principal de las transformaciones radicales que ya se estaban dando y que se avecinaban, se organiza el centro de la reflexión y de los trabajos de investigación que se sucedieron en ese periodo y es probable que daten de esa época las mejores páginas que se hayan escrito sobre su naturaleza y su significado.

No fueron sólo las líneas de estudio de base sociológica, ni las escuelas o instituciones continentales que hemos mencionado las que contribuyeron a crear este tejido cultural. Parece que P. Abercrombie que visitó la exposición que Geddes había montado en Edimburgo en 1910, no pudo volver a ser el mismo desde entonces. Desde la confortable visión fragmentaria y disociada que disfrutaba el ejercicio disciplinar, la urbanización se podía ver, según sus palabras, como una mezcla de «el plan de extensión urbana alemán, el bulevar parisiense, la aldea-jardín inglesa, el centro cívico y el sistema de parques norteamericanos», pero la Sala dedicada a Edinburgo en aquella gran Exposición de Urbanismo de 1910 había perturbado definitivamente esa tranquilidad engendrado una «pesadilla de complicaciones» hasta convertirse en una tortura «para todas las almas ingenuas que habían quedado encantadas con las gloriosas perspectivas» que se desplegaban en otras galerías de la exposición. Parece que la presencia de Geddes en esa sala y, sobre todo, la fascinación que producía su discurso magistral suponían una experiencia inolvidable. Abercrombie reconoció que «si acertaban [los visitantes] a quedar al alcance de la voz de Geddes, nada podía hacerlos volver al apacible sueño del día anterior. ¡En materia de planeamiento urbano no basta con lo que está a simple vista!»

Este testimonio propuesto desde la propia práctica urbanística, puede servir como sencilla muestra del intenso ambiente creado en torno a la construcción de la urbanidad moderna y de cómo la propuesta de añadir nuevas dimensiones, es decir, de situar la práctica profesional más o menos ‘manualizada’ y especializada en su compleja realidad cívica, podía suponer una profunda convulsión disciplinar.

Estas intensas inquietudes se fueron desviando de su propósito inicial que era la construcción de una civilización urbana moderna hasta desembocar en un escenario dominado por tópicos que el capitalismo ha elaborado como sustitutos, generalmente falsos (la movilidad compulsiva como objetivo, el mercado y el precio del suelo, el desbordamiento sobre el territorio, la tecnificación profunda de la vida moderna, la competitividad, etc.) cuando no al servicio del patético espectáculo de la retórica arquitectónica de autor. Muy pocas de aquellas líneas maestras de esta cultura sobre la ciudad se han mantenido vivas y a costa de pagar el precio de la marginalidad, alejadas de las prácticas institucionalizadas y por tanto separadas del campo de decisiones del que en parte deberían alimentarse.

Se trata en todo caso de una visita con intención crítica porque el objetivo que nos mueve es rastrear líneas de reflexión y preocupación que de no haberse eliminado del discurso disciplinar dominante y de haber seguido su libre desarrollo, nos hubieran ofrecido hoy un marco cultural mucho más maduro para abordar los retos que plantea la evolución de nuestras ciudades en relación con los equilibrios del mundo físico y del universo social de los cuales depende, pero sobre todo nos hubieran ayudado a evitar que la disciplina sirviera de coartada ideológica a la mayoría de los abusos que se han cometido en su nombre.

Precisamente porque el campo que nos encontramos en este regreso a las fuentes es de una amplitud y complejidad inagotables es necesario fijarse objetivos que nos ayuden a no zozobrar en el empeño. He creído de utilidad esbozar esa aproximación a través de cuestiones bastante diversas en su origen, pero en torno a las cuales suele vertebrarse un conjunto de conceptos relevantes tanto para la comprensión de los fenómenos urbanos como para el urbanismo.

El problema de la evolución histórica

El punto de partida de nuestras preocupaciones que sería el proyecto de construir un orden urbano más solidario socialmente y en armonía con la naturaleza, del que el desarrollo del régimen de acumulación capitalista se ha ido alejando, es también el hilo que nos permite fijar el itinerario de nuestra búsqueda. Así, la primera línea argumental giraría en torno al proceso histórico y al concepto de evolución: ¿es legítimo pensar, como proponíamos al principio de estas líneas, que las ciudades deben evolucionar en una dirección de excelencia cívica, por muy variadas que sean sus expresiones materiales? O ¿se trata de un itinerario azaroso sin otro objetivo que conseguir formas más o menos eficientes para cumplir ciertos papeles de orden funcional dentro de la división de las actividades? El mundo natural, un mundo de leyes, no ha aportado de momento una respuesta segura a la pregunta de si esas leyes están vinculadas a un fin, pero el mundo social es nuestra creación y no parece que pueda tener leyes sin objetivos.

La evolución y sus mecanismos constituyen un problema que en las ciencias sociales tiene ya un largo recorrido desde que Malthus introdujera la idea de que la necesidad (la pobreza) generaba innovaciones[9] y que en las ciencias naturales (la biología) ha conocido varias proposiciones que han tenido gran influencia incluso en el dominio social y económico, pero que en la urbanística sigue proponiéndose de manera muy elemental, atrapada en su formalismo.

Habría que empezar por la propia historia de la disciplina que se desvió para atender el programa impuesto por el orden fordista en principio y luego hacia la lógica mercantil en su versión más monetarista. Ni siquiera se manejan ya los argumentos de funcionalidad y de utilidad (también de equilibrio) que en cierto modo sirvieron para elaborar los detallados manuales de construcción del orden industrial fordista, que ha sido seguramente la fase histórica de la evolución del capitalismo mejor descrita y estudiada, y también la que ha producido, con voluntad reguladora, las metrópolis que hoy se remodelan para luchar por ocupar los mejores puestos en el nuevo orden global, que consiste sobre todo en una nueva y más asimétrica división internacional del trabajo y de la distribución de la riqueza: otra profunda ruptura.

Algunos movimientos culturales y urbanísticos presentaron aquella construcción manualizada del orden fordista como una especie de utopía realizable, y por tanto como otro de esos finales de la historia; un final, todo hay que decirlo, en cuya contabilidad no entraba el mundo físico. Sin embargo, la crisis de aquel modelo (no precisamente por su escasa sensibilidad a la naturaleza) y su consiguiente transformación han vuelto a poner sobre el tablero el problema de la evolución histórica, aunque ni la práctica urbanística ni su nuevo y escuálido aparato teórico se hayan hecho eco. Por su parte, el discurso dominante fiel a sus principios insiste en presentar esa evolución como un proceso de modernización, cuando no como una pugna despiadada, que equivale generalmente a la incorporación progresiva (y diferenciada) de desarrollo tecnológico, tanto en el mundo de la producción como en el de la circulación mercantil, como en la vida cotidiana, doméstica y colectiva.

Convertida la evolución histórica en un camino de progreso identificado como desarrollo tecnológico, sobre el monótono soporte pautado de los ciclos económicos, sólo basta definir y establecer sus componentes para tener también el control del futuro. Esta amenazadora simplificación viene acompañando a la reducción practicada de forma paralela en el discurso económico hasta convertirlo en una cuestión de ajustes entre flujos de agregados monetarios, generalmente acotados para poder socializar costes y privatizar beneficios y del que han quedado excluidos tanto el mundo físico como el equilibrio social.

Lejos de propósitos historiográficos, me gustaría destacar sobre todo que recuperar la verdadera dimensión histórica es imposible sin recuperar al mismo tiempo la complejidad de los procesos y la elaboración permanente del proyecto de civilización, y que no se puede manipular la realidad urbana en toda su pluralidad sincrónica de universos y dimensiones en evolución conjunta. Eso implica eliminar el progreso como motor único de las transformaciones, y someter sus contenidos a una revisión crítica. Significa sobre todo devolverle al tiempo de largo recorrido un sentido acumulativo y enriquecedor, de maduración generadora o creativa, en vez de presentarlo como línea de declive inevitable que sólo se resuelve con sustituciones de la totalidad presuntamente más avanzadas, como si el mundo real careciera de memoria y como si el universo hegemónico (que no es más que uno entre otros) pudiera sobrevivir sin la ayuda de los que, a su lado, se consideran anacrónicos. Precisamente esa condición que se les asigna, de estar fuera del tiempo actual aunque su contribución sea puntualmente sincrónica, es lo que permite apropiarse de su rendimiento ocultando su presencia y eliminando sus derechos en las líneas de cuenta de los procesos económicos y en la construcción de los equilibrios cívicos, especialmente a la hora de evaluar costes de reposición, repartir la riqueza y gobernar el territorio y la ciudad.

Así pues, tiene preferencia la recuperación de la dimensión histórica de los procesos de urbanización que desde la segunda guerra mundial, y por lo que se refiere a su dimensión física, sólo ha conocido algunos intentos dirigidos directamente contra los principios del Movimiento Moderno que efectivamente había roto en el periodo de entreguerras con la historia para servir a un discurso excluyente del progreso industrial[10]. Sin embargo, la focalización de estos intentos en problemas de composición arquitectónica (tipologías y su presunta evolución) primero como un enfoque escolar alternativo a la dictadura de la arquitectura de autor y luego con la ambición de servir a un proyecto de autonomía de la disciplina arquitectónica como resumen de todas las demás instancias implicadas en la construcción de la ciudad, pero sin explicar los mecanismos ni el operativo por el que se alza en resumen del todo complejo, les han separado también de la realidad hasta convertirse en un discurso vacío que ha vuelto a guiarse por la lógica del autor[11].

En definitiva, la reflexión sobre la evolución de la realidad urbana (tiempo e historia), obliga a reconsiderar la naturaleza de la ciudad y sus procesos e indirectamente las posibilidades de conducir su curso y por tanto su gobierno e instrumentos; es decir, conduce directamente al sentido del propio urbanismo como conocimiento y como práctica y puede ilustrar el rumbo futuro del proceso de urbanización[12]. Esta reflexión tiene similitudes con la que paralelamente se desarrolla sobre la evolución de los ecosistemas. Vincular estas aproximaciones permitiría establecer algunos puentes imprescindibles entre el proceso de construcción de la ciudad y la evolución del mundo natural de forma que pudiera determinarse aquella en el respeto de éste.

Evolución urbana y ecología son conceptos que ya relaciona Patrick Geddes a principios del siglo XX y después de él sobre todo L. Mumford hasta los años 50. Mumford, que había seguido a través de Osborn la evolución hacia la construcción del espacio del despliegue fordista en Gran Bretaña, y cómo se habían ido degradando las primeras ideas sobre el equilibrio de modos productivos y sobre la recuperación colectiva de la renta que encerraba el proyecto de Howard, es también el testigo progresivamente desalentado del proceso de urbanización moderno cada vez más agresivo con el medio natural y más conflictivo en lo social. Después se vuelven a separar hasta épocas muy recientes la ecología y la construcción de la ciudad.

La cuestión del territorio y el paisaje

Ya se ve lo difícil que es establecer fronteras en estos hilos argumentales ya que hemos terminado por acercarnos al problema del medio físico con el que la ciudad moderna tiene un largo contencioso.

Como se ha señalado es P. Geddes, seguramente por su condición de biólogo, el que introduce esa dimensión en la práctica urbanística dando un paso en ese sentido que la geografía no había dado manteniéndose en una perspectiva estrictamente científica, esto es, manteniendo la distancia con el objeto de estudio.

Geddes, como evolucionista, era también un sociólogo de vocación, y como discípulo de Le Play había asimilado la idea de reunir la sociedad, su lugar y su actividad en un todo armónico y casi determinista, es decir, el «lieu, travail, famille» de Le Play. Esa asunción exigía introducir el mundo regional que la geografía había descrito pero que la economía apenas comenzaba a esbozar como despliegue del capitalismo, y con él la planificación territorial. De los universos originarios equilibrados (la sección del valle) que Geddes identificaba e ilustraba, al despliegue de la industrialización sobre las viejas geografías agrarias, que ha engendrado teorías como la de la base económica, los centros de producción o distribución, los polos, etc., de una abstracta geometría, hay una pérdida fundamental: el propio territorio con sus peculiaridades y cualidades. No estamos pues ante una racionalidad que se amplía y acumula conocimientos sino que sustituye y relega realidades vitales incluso para el propio sistema convertido en un insensato rey Pirro.

Recuperar esa dimensión compleja es ahora no sólo necesario sino muy difícil, porque exige borrar mucha energía acumulada en formas de infraestructura y cambiar los hábitos de los agentes políticos y económicos.

La sostenibilidad ha supuesto un revulsivo, en la medida en que ha entrado en el aparato institucional, aunque en versiones tan ligeras, que apenas es una componente retórica de las políticas territoriales. Pero aunque se planteara de forma más fuerte dejaría fuera aspectos culturales y sociales de importancia decisiva incluso considerándolos como parte del entorno no capitalista de la reproducción del sistema.

En todo caso es todavía muy imperceptible su retorno al arsenal disciplinar que deberá en los próximos años elaborar una teoría de la urbanización sostenible o, mejor, ecológica, con tres direcciones fundamentales: la primera de carácter social en torno a cuestiones como la igualdad y la solidaridad y, por qué no, la felicidad, la segunda de carácter económico en torno a las relaciones energéticas y el ciclo de los materiales, en la que cabría incluir el papel del patrimonio con un visión poco habitual sobre esa cuestión[13], y, en tercer lugar, el paisaje como ecosistema.

Precisamente el paisaje es una de esas realidades más directamente relacionadas con las construcciones culturales colectivas. Esa dimensión se mueve en terrenos muy complejos con fuertes implicaciones subjetivas que su naturaleza colectiva en cierto modo objetiviza. Sobre esas estructuras del pensamiento y del lenguaje ya se han escrito bellas páginas[14], ahora se trata de añadir una capa de racionalidad más operativa que también encierra gran belleza: su profundo sentido ecológico.

La cuestión del espacio colectivo de la ciudad como expresión y condición de la dimensión cívica

Esta preocupación está relacionada con el repliegue que la esfera pública ha sufrido en el curso de la evolución del capitalismo moderno, invadida por la expansión de la esfera privada que ha desbordado sus fronteras naturales. La idea es rastrear las construcciones colectivas que deberían componer la parte sustancial del patrimonio y la realidad urbana.

De nuevo nos movemos en las contradicciones entre los procesos de racionalización de la sociedad moderna, esa que Spencer suponía superior por disponer de una más desarrollada especialización y un grado más alto de institucionalización y las sociedades más homogéneas. Lo colectivo como normal homogéneo (la distribución normal) y por tanto como objeto manejable con leyes más o menos mecánicas (positivismo), frente al individuo como adquisición histórica, como especie liberada de las viejas ataduras jurídicas y normas sociales, pero que se agrupa en estructuras orgánicas regidas por abstracciones progresivas. Lo individual privado frente a lo impersonal público. Una contradicción difícil de solventar que sólo puede tener respuesta en el equilibrio entre las esferas privadas y las públicas con sus atributos característicos, sus modalidades y sus dimensiones espaciales propias, conservando en cada dominio sus propias leyes y regulando sus fronteras con creatividad.

La cuestión de la renta del suelo

Finalmente parece necesario reelaborar el problema de la renta del suelo porque su multiplicidad de dimensiones choca abiertamente con la pretensión y sobre todo aceptación general de convertirlo en una cuestión mercantil. De ahí, ha devenido una coartada para eliminar cualquier regulación y suprimir la planificación urbana.

Como señalaba más arriba una de las mixtificaciones del despliegue territorial capitalista es la de sustituir la geografía por el espacio, con ella se suprime la presencia del territorio convertido en espacio (sin atributos previos) del despliegue de actividades e infraestructuras. La Escuela de Chicago contribuyó a desarrollar esta visión que no es la que podríamos encontrar en Poëte, por ejemplo, o en Geddes. Esta visión se ha ido haciendo progresiva, y probablemente sea la formulación moderna de la renta del suelo su exponente más acabado, porque en ella adquiere su dimensión monetaria más depurada.

De la idea mantenida por Malthus, entre otros, de que sólo la tierra produce rentas y que la actividad industrial sólo viene a apoderarse de esa riqueza sin añadir ninguna, se pasa en un siglo a considerar esa renta enfrentada al progreso. Hay que entender esa transformación radical en el contexto de las luchas por la sustitución del antiguo régimen. H. George le había dado una dimensión política a esta cuestión proponiendo la recuperación colectiva de su valor.

Por su parte, Howard convierte el viejo problema de la renta de la tierra o de la renta urbana en una cuestión de gobierno del territorio y de la ciudad. En el discurso progresista siempre ha prevalecido la idea de que las relaciones de producción son menos explotadoras que las que rigen la distribución de la riqueza, de forma que se han centrado más en criticar al especulador que al patrón (salvo el caso de Marx). Desde H. George, la lucha contra la renta de la tierra ha cobrado la forma de una lucha contra los residuos del antiguo régimen, incluyendo a los propietarios de solares urbanos modernos. Se trataba de suprimir su base económica, y recuperarla como renta urbana para la colectividad (Howard y Hallbwachs). Este último habiendo reconocido su carácter diferencial de naturaleza social, la sitúa en el universo morfológico que desarrolla en sus trabajos.

Sin entrar ahora en más detalles sobre esta cuestión creo que es urgente demostrar su verdadera dimensión social y su escasa dimensión mercantil, porque de esa forma se puede desarmar uno de los pilares de la base ideológica que ha conducido a la eliminación de la planificación urbana y, con ella, del proyecto de ciudad. Mientras no sea así seguirá dominando la idea de que cuanto más suelo urbanizable disponible ( en el extremo todo el territorio) más baratas serán las viviendas. Nada más falso pero nada más difundido y universalmente aceptado. Es en realidad el gesto definitivo: extender la lógica predadora y simplificadora del sistema a todo el territorio.

Querría señalar, para terminar, que seguramente tendremos que volver a pasar por la misma pesadilla de complicaciones por las que atravesó Abercrombie hace casi un siglo y todo parece indicar que algunos prefieran seguir, como entonces, en la comodidad de su mesa de dibujo soñando los objetos y los símbolos de la sociedad monetarizada, sólo les pedimos que no añadan a su indolencia bien remunerada su desconsideración por nuestros afanes: nuestro proyecto es el único que merece la pena.


Notas


[1]: H. Lefebvre en su Derecho a la Ciudad (1968), rescató la reflexión sobre la ciudad del discurso tecnocrático en el que había caído durante el periodo fordista, y la resituó en el programa político de las luchas ciudadanas.
[2]: Ese determinismo es el residuo del enfoque positivista que alimenta en el fondo el proceso de objetivación de los fenómenos sociales y urbanos y que encontramos en la escuela de Durkheim.
[3]: La Escuela Regulacionista ha mantenido la tradición de enfrentarse al estudio del régimen económico a través de su evolución histórica. Su marco teórico y su campo de investigación es la evolución del régimen de acumulación capitalista y de sus mecanismos de regulación, entre ellos el Welfare de la época fordista, pero también el entorno no capitalista del modo dominante donde se crean muchas de sus condiciones de reproducción.
[4]: En este texto que busca saber si París es el resultado de sus diversos planes apriorísticos o del conjunto de sus tendencias espontáneas, Halbwachs comprueba que siempre hubo desde el siglo XVI hasta el Segundo Imperio, una voluntad de contener el crecimiento de la ciudad, por diversas razones de orden higiénico y político, lo cual no evitaba el crecimiento y la ocupación de sus alrededores. Para él se trataba de un conflicto entre fuerzas sociales en acción y medidas nacidas del desconocimiento, que seguían aplicando a la ciudad en expansión el concepto de cité como espacio controlado. Mostraba el fracaso del Plan de los Artistas que con amplios objetivos de parcelar los bienes nacionales (unas 400 Ha. nacionalizadas) y de sanear y reestructurar la ciudad se había perdido en el formalismo del embellissement. De esta manera, al tiempo que mostraba las limitaciones y peligros del arte urbano, reforzaba la idea de que la historia es historia de sociedades y sus dinámicas y no de héroes y sus hazañas, una idea que será la base de la escuela de los Annales. Una ciudad sería así una manufactura social sometida a tendencias sociales, a presiones del medio y no un artefacto imaginado por el genio del diseñador.
[5]: Las leyes del mercado, en cambio, sí han logrado un éxito indiscutible en el sentido de que hay un amplio consenso respecto a la idea de que ofrecen una base ‘científica’ a la vinculación de la economía con la sicología individual y social, especialmente por lo que respecta a ciertas condiciones productivas y la satisfacción de deseos y necesidades. Lamentablemente dejan fuera de su campo demasiadas cuestiones sociales y económicas relevantes (relaciones de producción, reparto de la riqueza, conflictos con el mundo natural, etc.). Tampoco definen modelos de urbanización eficientes, salvo para ciertos operadores inmobiliarios.
[6]: Lejos de las preocupaciones morfologistas de las escuelas sociológicas de entreguerras de claro contenido político, el proyecto social de naturaleza cívica es sustituido, en el mejor de los casos, por su expresión representativa: el llamado proyecto urbano, confinado en las escalas pequeñas y en el campo autónomo de la estética, precisamente el objeto más criticado por aquellas visiones de base social. Es curioso que a finales del siglo XIX, se entendía que el urbanismo fundamentalmente compositivo ofrecía un panorama muy estrecho ante el problema de la urbanización, que a principios del XX se le descalifique por su osadía ignorante y que hoy, que estamos ante situaciones aún más complejas, la mayoría se precipite a volver al refugio más o menos seguro que ofrecen las leyes compositivas de la arquitectura.
[7]: En 1925 y lejos de las vanguardias se celebra en Estrasburgo el I Congreso de Urbanismo. La búsqueda de un saber autónomo de estatuto indefinido pero que incluye la necesidad de incorporar la intervención es una necesidad sentida desde principios del siglo XX, que se alimenta de numerosos debates desarrollados por asociaciones y plataformas sociales y políticas, ya sea la Deutscher Werkbund de Behrens (1907) o el Musée Social de Hénard (1908) de la que se deriva desde 1912 la Société française des urbanistes, por citar sólo las más conocidas. También nacen revistas especializadas.
[8]: En las formulaciones de la sociología de entreguerras apenas existen referencias a los agentes y a su aparato de poder tanto estructural como superestructural, aparte claro está de las aportaciones de Antonio Gramsci que entonces quedaban fuera del ámbito de la cultura urbanística aunque hoy hayan sido finalmente incorporadas por autores como B. Jessop. Por su parte, la teoría del Urban Régime que explora la lógica de los agentes locales nace al final de la época fordista.
[9]: Malthus inspira a Darwin y éste a Spencer entre otros que proponen el evolucionismo liberal; ésta es la línea del progreso de naturaleza tecnológica y también de los sistemas ecológicos. Paralelamente la vieja dialéctica de la naturaleza está en la base de la escuela marxista cuyo último exponente moderno en esa línea sería la escuela regulacionista.
[10]: Ya hemos evocado más arriba las aportaciones del urbanismo francés en relación con la idea de organismo urbano de Poëte que Bardet reelabora sobre la idea más bergsoniana de ser urbano, expresión del ser colectivo en continua renovación frente a forma urbana condenada a la caducidad. En todo caso se trata de elaboraciones insatisfactorias de la evolución de la ciudad que hoy precisamos revisar a la luz de conceptos como la memoria colectiva, el espacio social y el complejo de modos de vida y por supuesto también en relación con la historia del régimen dominante cuya más ambiciosa teorización sigue siendo la de la escuela regulacionista.
[11]: La autodenominada arquitectura de la ciudad que Rossi desarrolla a finales de los 60 ha tenido un éxito verdaderamente prolongado que no se corresponde con sus escasas cualidades científicas sino con la falta de una teoría alternativa sobre la evolución histórica del organismo urbano y sus componentes.
[12]: Todo ello se corresponde con la temática que subyace en el concepto weberiano de racionalidad: conocimiento, institucionalización y control. Sólo hay diferencias en el dominio moral porque la construcción de una racionalidad cívica incluye un proyecto político, esta vez no necesariamente protestante en el que la belleza y la felicidad estarían por delante del trabajo y del deber.
[13]: Con un sentido similar al que le da Odum, en su trabajo sobre la evolución de los ecosistemas, al referirse a los sistemas maduros lejos de las fases iniciales de alta productividad.
[14]: Raymond Williams (1973) The country and the city o Simon Shama (1995) Landscape and memory, por citar dos textos bien diferenciados y sugerentes.


Edición del 30-09-2003
Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/afroc.html   
 
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