Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/acver.html   
Por un urbanismo de los ciudadanos
Carlos Verdaguer Viana-Cárdenas
Madrid (España), marzo de 2002.

Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las perfecciones es fácil, muy dificultoso el conseguirlas. Cásase la imaginación con el deseo, y concibe siempre mucho más de lo que las cosas son.

Oráculo manual y arte de prudencia
Baltasar Gracián, 1647

1 Introducción: ecología, ciudad y poder

Concebida como parte del ejercicio de reflexión colectiva que constituyen estas jornadas y tratando de ser meticulosamente fiel tanto al título general de las mismas, Ecología y ciudad: las raíces de nuestros males y cómo tratarlos, como al que encabeza esta jornada en particular, La ciudadanía imaginada: entre la autosuficiencia y la libertad, la presente aportación trata de plantearse cuál es aquella ligazón conceptual entre todos estos términos que, de la manera más útil, pueda contribuir al proceso de revisión de la disciplina urbanística desde la óptica de la ecología, un proceso cuya necesidad imperiosa se ha venido configurando como el referente general y común de todas las anteriores intervenciones y, en particular, de la anterior jornada.

Y así, si hablar del binomio ecología y ciudad significa, entre otras cosas, referirse a la urbe como sumidero de recursos energéticos y materiales y como artefacto productor de desechos, hablar de ciudadanía, de autosuficiencia y de libertad en relación con el fenómeno urbano significa principalmente reflexionar sobre los procesos de toma de decisiones mediante los cuales se generan esos flujos de energía, materia y recursos cuya cristalización configura en cada momento la calidad del entorno inmediato en el que viven los ciudadanos. Significa, en suma, constatar una vez más que, para entender la dialéctica entre ecología y ciudad, es imprescindible ligarla con la reflexión sobre el poder.

Son numerosos los males que nos aquejan en este ámbito específico, el de la ciudad como escenario de las estrategias de poder, pero a la hora de caracterizarlos bajo un epígrafe común, tal vez cabría señalar precisamente como el principal de ellos la creciente disociación entre los procesos de construcción de la ciudad y las necesidades y deseos reales de los ciudadanos que la habitan.

Tratar de rastrear las raíces de este mal en toda su complejidad, como promete el título general, constituiría una tarea demasiado ambiciosa y ardua. Por ello, atendiendo al objetivo general de revisión de la disciplina urbanística que hemos tomado de referencia, la opción sería circunscribir la búsqueda al ámbito de la historiografía disciplinar, proponiendo una revisión específica del papel de la ciudadanía según los diversos modelos y concepciones de lo urbano que se han desarrollado a lo largo de la historia. El primer objetivo sería detectar de qué forma ha contribuido a la mencionada disociación el modo en que estos diversos modelos y concepciones han imaginado a la ciudadanía. Cómo tratar esta quiebra entre ciudadanos y construcción de la ciudad mediante nuevas herramientas disciplinares constituiría el segundo y el más importante objetivo.

Esta revisión no sería sino una de las vías a seguir para la relectura de la disciplina desde la óptica de la ecología. No es este el lugar donde llevar a cabo de forma exhaustiva esta revisión, pero sí pretendemos apuntar algunas vías e hipótesis de partida que permitan ayudar a entender cómo y en qué momentos la propia disciplina ha contribuido a deslegitimar el papel autónomo de los ciudadanos en al configuración de su entorno. Corresponde a la siguiente jornada de este ciclo plantear algunos de los modos mediante los cuales se está intentando restituir esta legitimidad desde la práctica. Cabe adelantar aquí, sin embargo, que, desde el campo de la producción teórica, esta restitución se está produciendo en torno a dos conceptos, el de sostenibilidad y el de participación, que solamente ligados fuertemente entre sí adquieren cierto contenido más allá de la utilización cada vez más banalizada que se está haciendo de ellos.

2 Los figurantes de las utopías

La hipótesis general de partida para esta necesaria revisión disciplinar sería que, hasta muy entrado el siglo XX, prácticamente hasta la década de los sesenta y los setenta de dicho siglo, las reflexiones propositivas sobre la ciudad y sobre el poder, es decir, sobre la forma y el modo de construcción de la ciudad y sobre la toma de decisiones en la organización de lo social, han transcurrido prácticamente en paralelo, sin llegar a converger en la forma de reflexiones y propuestas concretas y coherentes.

Es decir, hasta ese momento, las preguntas ¿cómo deben ser las ciudades? y ¿ quién debe decidir cómo se organiza lo económico y social? (o más brevemente: ¿ quién tiene derecho a ejercer el poder y cómo se otorga ese derecho?) no han llegado a confluir de forma efectiva en la pregunta: ¿quién y de qué forma se debe decidir cómo han de ser y cómo se han de construir físicamente en cada momento las ciudades?. En el caso de los modelos explícitamente autoritarios y jerárquicos, no existe contradicción alguna en esta falta de convergencia, pues el dilema está siempre resuelto a priori: el modelo de la ciudad será en todo caso el que decida el poder en función de sus intereses, que, naturalmente, se presentan como coincidentes con los de toda la sociedad. La dicotomía se hace evidente, sin embargo, en el caso de aquellos modelos que, de una forma u otra, han pretendido otorgarle en el ámbito de lo social un papel protagonista al ciudadano. De alguna forma, los modelos y utopías urbanas no han sabido imaginar sus ciudadanías.

De acuerdo con esta hipótesis de partida, la mayoría de los modelos urbanos propuestos desde cualquier ideología o filosofía no han sido sino la traducción geométrica de las sociedades ideales propuestas y, como las mismas, modelos estáticos, destinados a perpetuarse siempre iguales a sí mismos una vez alcanzada la Edad de Oro tras la gran transformación social. Esto, que parece evidente en el caso de las ciudades ideales propuestas por Aristóteles, Tomás Moro, Campanella, Scamozzi, Fourier, Cabet, Bellamy o incluso Kropotkin e igualmente en las propuestas urbanísticas supuestamente no ideológicas de Howard, Haussman, Cerdá, Soria, Hilberseimer, Frank Lloyd Wright o Le Corbusier, lo es igualmente para aquellas ensoñaciones pretendidamente abiertas de época más reciente, como las de Archigram, Constant o Friedman, por nombrar sólo algunas de las utopías tecnológicas de los años sesenta.

Todas ellas proponen soluciones finales para la disposición y la organización de las actividades y las construcciones sobre el territorio, e incluso llegan a describir y representar con minuciosidad el aspecto y la configuración finales de todos los elementos urbanos, pero en los pocos casos en los que se describen con similar minuciosidad los organismos que toman decisiones sobre la organización de lo social, nunca se plantea la posibilidad de que dichos organismos puedan optar por soluciones fuera del modelo propuesto. La solución es apriorística. Las decisiones las toman, de una vez por todas y de forma inamovible, entes abstractos como el Estado, la Sociedad o, en su caso, la Comuna. El papel asignado a la ciudadanía en todos los modelos es el de meros figurantes pasivos cuyo bienestar dependerá exclusivamente de su grado de acuerdo con el modelo propuesto (sólo el cristiano será feliz en la ciudad cristiana; sólo el comunista en la comunista; sólo el anarquista en la anarquista; sólo el situacionista en la situacionista) Podría decirse que detrás de todo modelo urbano se esconde, implícitamente, una propuesta autoritaria o, si se desea expresar con menor contundencia, que la mayor parte de las utopías y modelos urbanos han sido fundamentalmente construcciones heterónomas .

Esta hipótesis, naturalmente, no pretende obviar la función ejemplar, en ocasiones metafórica, que conscientemente han asignado a los modelos aquellos que los han elaborado a lo largo de la historia (Ebenezar Howard, por ejemplo, recalcaba que su propuesta gráfica para la ciudad-jardín era «un esquema, no un precepto» y que debía adaptarse a las condiciones específicas de cada lugar), pero sí poner en relieve el hecho significativo de que no se haya considerado relevante, a la hora de elaborarlos, reflexionar sobre los mecanismos para la posible transformación a lo largo del tiempo de esas construcciones ideales, pasando por alto la evidencia del carácter fundamentalmente dinámico y dialéctico del fenómeno urbano.

Por otra parte, esta ausencia de convergencia entre la reflexión sobre los modelos para la construcción de lo real y la reflexión sobre quién y cómo se debe construir y transformar lo real, por supuesto, no es un fenómeno exclusivo del ámbito del urbanismo, aunque sea allí donde se presenta ahora de la forma más flagrante y de más desastrosos resultados. Pertenece, de hecho, al campo del debate irresuelto entre poder y conocimiento, entre fines y medios, entre autonomía y heteronomía, que ocupa a la filosofía política desde tiempos inmemoriales, un debate para profundizar en el cual no disponemos ahora de espacio ni tiempo, aunque sea de fundamental interés para los argumentos que estamos desarrollando.

Conviene, sin embargo, hacer una pequeña disgresión respecto al eje central de nuestra argumentación para hacer mención a un momento histórico particularmente virulento y significativo de este debate, el que enfrentó las posiciones de los mal bautizados como socialistas utópicos y socialistas científicos en la Primera Internacional, un debate del que habría de derivarse la histórica y desastrosa sima entre marxismo y anarquismo. El núcleo de dicho debate giraba en torno a la necesidad o no de vanguardias para la transformación de lo social y en el papel de dichas vanguardias, pero parte consustancial del mismo eran también aspectos muy relacionados con lo que ahora denominamos paradigma ecológico, como las diferentes concepciones de la relación del campo con la ciudad, del hombre con la naturaleza y, en suma, de la noción de progreso.

No es este el espacio donde profundizar en la relectura desde la ecología de este importante debate ideológico, pero, a los efectos que nos interesan aquí, cabe recordar que se tradujo en la ya conocida contraposición entre las propuestas de los anarquistas, que pretendían construir ya modelos o embriones experimentales de la sociedad libertaria de forma simultánea a la lucha por la transformación social, concibiéndolos a la vez como medios y como fines para la misma, y las del marxismo, para el cual la prioridad absoluta era la conquista revolucionaria del poder y su aparato.

Sería injusto no reconocer al anarquismo su clarividencia en este aspecto, aunque no fuera capaz, sino hasta muy entrado el siglo XX, como veremos más adelante, de trascender de los modelos cerrados para proponer otros modos de hacer frente al dinamismo de lo social y lo urbano. Igualmente hay que reconocer al marxismo lo irreprochable, desde el punto de vista de la lógica, del argumento según el cual una sociedad ideal no puede ser concebida desde el interior de una sociedad dividida y alienada, aunque en la práctica, como consecuencia irremisible de dicha lógica, sus propuestas urbanas no pudieran ir más allá de la ocupación metafórica y real del Palacio de Invierno, es decir, de los escenarios existentes y sus decorados, y de la creación de palacios colectivistas, concebidos según el modelo imperante de ocupación del territorio, y sin la intervención en su concepción de quienes habían de habitarlos.

En cualquier caso, al margen de episodios especialmente significativos como el mencionado y volviendo al eje principal de nuestra argumentación, la hipótesis de partida que hemos expuesto esquemáticamente requeriría una investigación historiográfica más detallada que contribuyera a matizarla y a entresacar aquellas reflexiones parciales y aquellos pasajes de los discursos utópicos anteriores a los años sesenta del siglo XX que apuntaran al menos a un papel más activo y autónomo de los ciudadanos en la configuración de sus paisajes urbanos. A tenor de lo mencionado respecto al debate entre las dos corrientes históricas del socialismo, un material de investigación especialmente interesante para este propósito lo ofrecerían sin lugar a dudas las diversas utopías urbanas libertarias esbozadas a caballo de los dos siglos anteriores, sobre cuya existencia, por cierto, la historiografía urbanística convencional no se ha mostrado interesada en arrojar mucha luz. De todos modos, y de cara al tema que aquí nos interesa, la hipótesis queda suficientemente validada en términos generales, sobre todo en lo que respecta a los modelos dominantes.

La constatación de esta característica, común a prácticamente todas las elaboraciones imaginarias sobre la ciudad, adquiere especial relevancia a nuestros efectos, ya que la influencia de las utopías y modelos urbanos ha sido ciertamente considerable durante el proceso de consolidación de la urbanística como tal, configurada a lo largo del siglo XIX como una disciplina eminentemente práctica destinada a conciliar los intereses de los diversos grupos sociales en pugna por el territorio. Y así, podría decirse que, al renunciar a dotarse de herramientas para la toma de decisiones por parte de los ciudadanos tan sofisticadas como las adoptadas para el análisis, la gestión y la intervención, el urbanismo se convirtió en realidad en el instrumento definitivo para la deslegitimación de la idea de la construcción colectiva de la ciudad, que hasta entonces había sido la única forma aceptada por la sociedad de dotarse de espacios adecuados para el desarrollo de sus actividades.

Conviene matizar esta proposición señalando que no queremos decir que la disciplina urbanística acabara cumpliendo esta función debido precisamente al hecho de que los modelos y propuestas en que se inspiraba no contuvieran una reflexión suficiente sobre la construcción colectiva de la ciudad, algo que, como hemos visto, es intrínseco a la propia idea de modelo. Más bien al contrario, dicha ausencia no constituye sino una ratificación más de que, en sí mismo, el urbanismo fue en realidad la herramienta más adecuada de que se dotó el capitalismo prefordista en su periodo de consolidación para ordenar el consenso exclusivamente entre los diferentes intereses dominantes en lo que se refería a la ocupación del territorio. Desde esta perspectiva de dominación, su utilidad hubiera quedado invalidada por la incorporación de herramientas para la toma de decisiones colectiva.

3 Una fugaz convergencia

Esta función principal y originaria del urbanismo, sin embargo, siempre se ha visto atravesada por una vocación, subyacente y en pugna, de convertirse en herramienta al servicio de la sociedad, una vocación que ha aflorado con mayor o menor intensidad a lo largo de su proceso de consolidación como disciplina, dejando huellas en algunos de los instrumentos de que se ha dotado y entreabriendo fugazmente las puertas disciplinares, como veremos, hacia otras formas y modelos de entender las relación entre lo urbano y la ciudadanía diferentes de las que habían alimentado su tronco principal.

Dado que nos encontramos en una escuela de arquitectura, es menester señalar a este respecto, sin embargo, que esta vocación ha sido alimentada de forma más consistente por aquellos pensadores sobre lo urbano no provenientes del universo de la arquitectura o el urbanismo, es decir, liberados de la necesidad casi compulsiva de traducir de manera inmediata toda conceptualización al universo de lo formal y más interesados en profundizar en las herramientas de análisis de la realidad urbana que en las de intervención directa sobre la misma. Bastaría a este respecto con hacer referencia a Patrick Geddes, Max Weber, Lewis Mumford, Jane Jacobs, Henri Lefebvre, Manuel Castells o François Choay, por citar sólo a algunos de los nombres más influyentes.

Han sido, de hecho, estos y otros pensadores, pertenecientes a disciplinas tan dispares como la historia, la economía, la geografía, la sociología, la ecología, la psicología, o a campos como el del activismo político, quienes, mientras las heroicas vanguardias arquitectónicas de la primera mitad del siglo XX seguían desarrollando modelos y utopías urbanísticas de toda índole con la pretensión de extrapolarlas a todo el planeta, fueron desarrollando, de manera simultánea y en algunos casos sin conexión alguna, instrumentos para aproximarse, al menos, a descripciones más adecuadas del fenómeno urbano.

Sin embargo, es preciso señalar que ni siquiera estos pensadores, cuyas reflexiones en otros muchos ámbitos constituyen sin duda el fundamento de muchos de los planteamientos del actual paradigma de la sostenibilidad urbana, pudieron escapar a la tentación de privilegiar unos modelos cerrados por encima de otros en función de uno u otro rasgo específico. El famoso debate entre Jacobs y Mumford, por ejemplo, es un paradigma de esta inevitable fascinación por los modelos cerrados y autorreferentes.

El fenómeno urbano, en cualquier caso, siguió desarrollándose en toda su complejidad sin ajustarse a ninguno de los suntuosos y formalmente seductores modelos ofrecidos por arquitectos y urbanistas, y escapando a todos los intentos extradisciplinares de descripción globalizadora, pero haciendo uso de todos ellos de acuerdo con las diversas lógicas que convergen en su desarrollo y manteniendo a la disciplina urbanística siempre a la zaga, desgarrada por la pugna entre sus dos vocaciones, la de dominación y la de servicio.

Fue esta última vocación, alimentada, como hemos visto, desde las más diversas ópticas multidisciplinares, la que propició el que, durante un período que podríamos circunscribir a las décadas de los sesenta y los setenta del pasado siglo XX, se produjera una fugaz convergencia entre las reflexiones sobre la construcción de la ciudad y sobre la toma de decisiones colectiva. A ello contribuyeron las herramientas de descripción de lo urbano desarrolladas con anterioridad y derivadas de las diversas vías de reflexión abiertas durante la primera mitad del siglo - el análisis político de los mecanismos sociales y de poder que dan lugar a los procesos urbanos, los estudios sobre la relación entre la configuración física del territorio y el fenómeno urbano, las investigaciones sobre el impacto del hábitat en el comportamiento y de éste sobre el hábitat, la aplicación de nuevas herramientas como la cibernética y la teoría de sistemas al ámbito de la ciudad, entre otros-, pero, sobre todo, unas irrepetibles condiciones históricas propicias a la puesta en cuestión de todos los valores y estructuras dominantes.

Son muchos los factores sociales, políticos y económicos que caracterizan esta época cuyo centro de gravedad sería el mayo del 68 y cuyo final serían los terribles "años de plomo", pero entre los que más habrían de contribuir a acercar la reflexión sobre lo urbano a la reflexión sobre el poder podemos hacer referencia a aspectos tales como el cuestionamiento de los planteamientos de la izquierda tradicional ante la realidad sórdida del modelo soviético; la aparición de movimientos sociales organizados al margen de los partidos tradicionales, como el ecologismo o el feminismo; el desplome definitivo del paradigma colonial en el llamado Tercer Mundo y la irrupción de éste al primer plano político; la consideración de la calidad de la vida cotidiana como principal indicador del bienestar social; la puesta en cuestión de la especialización profesional en todos los órdenes y, por ende, de la especialización política en particular; la constatación del creciente poder de los medios de comunicación de masas en la construcción del imaginario social; la desaparición de los límites entre alta cultura y cultura de masas; la aparición de la idea de contracultura, etc.

Estos factores habrían de impregnar y penetrar transversalmente todos los ámbitos de la realidad social, dislocando todo tipo de estructuras y convicciones, pero sería en el mundo de la arquitectura y el urbanismo uno de los terrenos donde más impacto habrían de causar. Lo cierto es que la crisis de los paradigmas del Movimiento Moderno, cuyos resultados reales ya se habían hecho aparentes las décadas anteriores, unida a la constatación de que los principales escenarios del conflicto social eran urbanos y al relativo estancamiento de los procesos de crecimiento de las urbes en los países más desarrollados, entre otras circunstancias de carácter general, habían creado un caldo de cultivo sumamente apropiado para el proceso de ebullición teórica y práctica que había de caracterizar el universo urbano-arquitectónico durante esas dos décadas escasas.

Las reflexiones radicales sobre el papel de los arquitectos y los urbanistas de cara a la transformación social; el redescubrimiento de la herencia vernácula y de la denominada arquitectura sin arquitectos; la vitalidad y la potencia de las luchas vecinales en torno a temas relacionados con la calidad de vida urbana; la pulsión antiurbana del primer movimiento ecologista; serán algunos de los elementos de ruptura, a la vez causas y efectos, que contribuyan a arrancar a los profesionales de lo urbano siquiera fugazmente de su sempiterno ensimismamiento narcisista y a despertar su interés por las cuestiones del poder y por el papel de la ciudadanía en la construcción de la ciudad, en un proceso de intensa politización, entendida en su significado literal de reflexión sobre y desde la polis.

Este proceso, entre otros efectos, conllevará el acercamiento, aunque también fugaz, entre las perspectivas de los arquitectos, que ampliarán su reflexiones sobre lo urbano, incorporando aspectos sociológicos y económicos a las mismas, y los urbanistas, que tomarán conciencia de la importancia de las cuestiones materiales, formales y simbólicas en la construcción de la ciudad. De hecho, el paradigma de la multidisciplinariedad, en pleno auge, hará que este acercamiento se extienda a todas las disciplinas en cuyo objeto de estudio el fenómeno urbano ocupa un lugar fundamental.

Por otra parte, durante estas décadas, al contrario que durante el anterior proceso de consolidación de la disciplina y que, posteriormente, durante el período comprendido entre los años 1980 y nuestros días, serán arquitectos y urbanistas quienes lideren este proceso de reflexión e intervención, señalando nuevas vías y proponiendo nuevas herramientas más allá de las constricciones disciplinares de todo tipo.

Una revisión pormenorizada de estas vías y herramientas escapa a los objetivos y las posibilidades de la presente contribución, pero dentro de un ciclo denominado Ciudad y ecología es imprescindible hacer referencia, al menos, a algunos nombres, como el del austro-norteamericano Christopher Alexander, el holandés Nicholas Habraken, el belga Lucien Kroll, los británicos Ralph Erskine y John F. Turner, el escocés Ian L. MacHarg, el egipcio Hassan Fathy, el mejicano Félix Candela o el español Fernando Ramón, quienes, partiendo del cúmulo de conocimientos acumulados por la disciplina urbanística y arquitectónica, y nutriéndolo con las aportaciones de todas las demás ramas del saber, centraron sus diversas reflexiones e intervenciones en la comprensión de las relaciones del fenómeno urbano con el entorno natural, social y cultural en su sentido más amplio o en la comunicación de esos conocimientos a todos los ciudadanos, desarrollando nuevos instrumentos y metodologías destinadas a poner en manos de los mismos el proceso de construcción física de su entorno. Todos ellos pueden considerarse como absolutos pioneros de lo que actualmente nos vemos obligados a denominar urbanismo ecológico como única forma de referirse a aquellas prácticas y propuestas que tratan de escapar a la lógica depredadora del proceso dominante de urbanización.

En cualquier caso, a los efectos que aquí nos ocupan, conviene hacer mención especial a las indagaciones de Christopher Alexander, quien, en su monumental trilogía formada por El modo intemporal de construir, A pattern Language/Por un lenguaje de patrones y Urbanismo y participación, fruto de una prolija y apasionada labor de equipo desarrollada a lo largo de años, emprendió la ambiciosa tarea de intentar configurar un modelo urbano verdaderamente abierto, proponiendo con enorme lucidez una vía para superar la contradicción intrínseca entre la necesidad de recurrir a modelos y el carácter fundamentalmente cerrado de todo modelo. Puede decirse, que es el primer modelo concebido desde la óptica de la autonomía. Aunque su obra gozó de fama desde el momento de su publicación, en parte debido al prestigio anterior de Alexander como autor de algunas de las reflexiones más interesantes en torno al paradigma cibernético aplicado al ámbito de la arquitectura y en parte por la evidente solidez del tratado, construido a partir de un cúmulo ingente de información, lo cierto es que prácticamente nadie en su momento supo vislumbrar desde el ámbito de la disciplina urbanística las verdaderas implicaciones que podía tener la vía propuesta para una profunda revisión de la disciplina que la acercara a su vocación subyacente de instrumento al servicio de los ciudadanos. Se pueden apuntar muchos motivos para que esto ocurriera y para que ni siquiera el propio Alexander haya podido seguir desarrollando dicha vía, pero no se puede pasar por alto el hecho de que su propuesta constituyera implícitamente un sólido tratado de urbanismo anarquista, el más coherente y convincente nunca realizado, asociado explícitamente a una propuesta radical de transformación social desde la óptica de la autonomía y lo comunitario. En ese sentido, era un salto demasiado adelante para el paradigma progresista dominante aún en la época.

Lo cierto es que, en cualquier caso, no había llegado el momento para que este fugaz proceso de convergencia entre las reflexiones y propuestas sobre la ciudad y sobre el modo de construirla desde abajo pudieran consolidarse en la forma de nuevas herramientas disciplinares. Eran diversos los factores que se oponían al éxito de este proceso.

Por una parte, el urbanismo de los años 60 y 70 aún seguía manteniendo una importante función como herramienta de dominación; no había entrado en crisis como disciplina y ello seguía alimentando la ilusión progresista de que la mejor forma de que respondiera a su hipotética vocación de servicio a la comunidad era profundizar y hacer efectivas las herramientas de regulación y de consenso implícitas en su cuerpo disciplinar consolidado. En lo que se refiere al ámbito de la ciencia y la cultura, la clara amenaza de derrumbamiento de los límites disciplinares imperantes, puso en marcha una estrategia decidida de recuperación del terreno por parte de las esferas de conocimiento relacionadas con los mecanismos de poder, cuyo objetivo final era devolver su prestigio al pensamiento "experto".

Por otra parte, la mezcla de ingenuidad, digresión, experimentalismo y dogmatismo de muchas de las propuestas y experiencias surgidas al calor del periodo, unido a las profundas transformaciones sociales y económicas experimentadas a nivel planetario a raíz de las crisis del petróleo, condujeron en definitiva al descrédito de estas vías de reflexión y experimentación durante los opulentos años ochenta y noventa. El aforismo un camello es un caballo diseñado por un comité resume de forma muy gráfica la actitud consagrada de desprecio, basada supuestamente en el concepto de eficacia, por parte de la intelligentsia ante cualquier propuesta referida a una de los ejes fundamentales de estas reflexiones como es el diseño participativo.

La irrupción del paradigma posmoderno en el mundo de la arquitectura y el urbanismo a finales de los años 70 y principios de los 80 puede considerarse como el inicio del último episodio en este proceso de vuelta al redil disciplinar: aunque, al socaire de una respuesta radical a los dogmas del Movimiento Moderno, el Postmodern se presenta aparentemente como una síntesis de todos los temas de las décadas anteriores, lo cierto es que, durante el trayecto, el tema del poder parecer haberse caído accidentalmente por la borda. La alegada saturación frente a la hiperpolitización de la época precedente se traduce en una fe meliflua en el poder redentor de la "buena forma" ya sea arquitectónica o urbana, capaz por sí sola de regenerar los tejidos sociales enfermos, ungiéndolos con el bálsamo de la belleza. Y así, parece que el principal pecado de las propuestas racionalistas había sido el de la "homogeneidad formal", creadora de paisajes monótonos y poco estimulantes, un pecado frente al cual el remedio de la diversidad formal aparece como evidente. Una diversidad formal, naturalmente, oficiada en exclusiva por los sacerdotes de la disciplina.

Bajo la sombra de este amplio y ambiguo paraguas posmoderno, ni siquiera planteamientos como los del denominado regionalismo crítico, más sólidos y planteados con verdadera voluntad de continuidad con respecto a las anteriores indagaciones, supieron incorporar una reflexión lúcida sobre el posible papel de la ciudadanía en la consecución de la ansiada diversidad formal.

El episodio posmoderno, del que sin embargo nadie hoy en día osa declararse heredero, sirvió así como instrumento clave para obstaculizar la amenazante convergencia entre teorías de la ciudad y teorías del poder y para preparar el terreno de cara al nuevo reparto de papeles que caracterizó la escena urbano-arquitectónica durante los años noventa, un reparto en el cual el urbanismo convencional se encontró involuntaria e ineludiblemente atrapado bajo el disfraz de Cenicienta. En efecto, habiendo apostado por la carta de la Forma, el Urbanismo descubrió demasiado tarde que, en ese juego, la Arquitectura tenía todas las bazas a su favor.

4 La muerte del urbanismo heredado

Entre mediados de los años 80 y de los años 90 del siglo recientemente terminado, la divergencia cristalizó así de nuevo en todos los órdenes. Arropada por el discurso del fin de la historia, la Arquitectura se erigió en reina absoluta del escenario urbano y, desde entonces, se ha dedicado a ejecutar ad nauseam las más complicadas piruetas formales, oscilando entre la banalidad, la solemnidad y el delirio. Impregnado de pedantería y de lecturas mal digeridas de las filosofías de moda, el discurso arquitectónico dominante ha aplaudido y alentado desde el inicio este baile de disfraces, contribuyendo, con cínica melancolía que oculta a duras penas el entusiasmo, a agrandar la sima entre ciudad y ciudadano.

Para el Urbanismo, mientras tanto, se ha hecho demasiado tarde. Su lógica disciplinar no le permite ofrecer emociones y estremecimientos estéticos al ritmo que exigen los nuevos tiempos mediáticos pero, al haber optado conceptualmente por el discurso de la forma, se ha visto obligado a dejar el terreno expedito a las rutilantes estrellas del siempre renovado Parnaso arquitectónico, quienes conciben la intervención urbana exclusivamente desde la óptica de la arquitectura a gran escala, como nuevas ocasiones para el lucimiento compositivo sobre los lienzos más extensos en los que pudieron nunca soñar.

Pero esto es posible únicamente porque la disciplina urbanística ha dejado de cumplir la función principal de instrumento de dominación que le dio origen. Prácticamente consumado el dominio del Mercado sobre la totalidad del territorio planetario a partir del final de la Guerra Fría, habiéndose alcanzado por tanto prácticamente todos los objetivos del capitalismo en ese sentido, y convertida en anecdótica la capacidad de intervención de los poderes públicos sobre sus entornos inmediatos, las destartaladas herramientas convencionales del urbanismo para la regulación entre intereses dominantes contrapuestos a la escala local han dejado de ser útiles.

En un escenario globalizado y dominado por la lógica financiera, ahora son otras instancias las que responden mucho mejor a dicha función originaria: las grandes decisiones sobre qué actividades deben ocupar qué lugares ya no se toman, desde luego, en los gabinetes de planificación urbana ni se tienen en cuenta para tomarlas los datos ofrecidos por la hasta ahora denominada información urbanística. De las salas de reunión de las grandes corporaciones o de las instancias públicas supranacionales pasan directamente a las efervescentes pantallas de diseño de los mandarines de la Arquitectura, convertidos, sin reconocerlo o reconociéndolo cínicamente, en meros decoradores de lujo, encargados de conceder una falsa heterogeneidad formal a esta estrategia de dominación cada vez más homogénea.

Dentro de este escenario de crisis del urbanismo, las teorías de la ciudad transitan entre la desdeñosa complacencia de los conformistas radicales como Rem Koolhaas que, tras dejar constancia de la muerte del urbanismo, proclaman el derecho legítimo de la Arquitectura a mantenerse surfeando sobre la cresta de la ola, y la declaración de impotencia de quienes se limitan a constatar que el urbanismo se ha quedado históricamente sin herramientas que le permitan convertirse en un instrumento verdaderamente útil al servicio de la sociedad, pero alegan la necesidad imperiosa de una refundación de la disciplina. Para la gran mayoría de estas teorías, en cualquier caso, la relación entre la ciudadanía y su papel en la construcción cotidiana de lo urbano vuelve a ser un objeto de reflexión soslayado o secundario.

Y, sin embargo, la estrecha relación existente entre las dinámicas del poder y las de construcción de la ciudad se hace cada vez más evidente: de hecho, la crisis del urbanismo y la crisis cada vez más declarada de la democracia representativa responden, sin duda, a los mismos factores: por un lado, la dicotomía entre el ámbito local, en el que se desarrolla la vida cotidiana de los ciudadanos, y el ámbito global, en el que se toman las decisiones, y por otro lado, la celeridad cada vez mayor a la que se producen los acontecimientos de repercusión global.

En efecto, son estos mismos fenómenos los que, al tiempo que han relegado al desván a las herramientas convencionales de la disciplina urbanística, están poniendo de manifiesto las limitaciones de los mecanismos democráticos representativos convencionales y contribuyendo al creciente desprestigio de la política como actividad separada y especializada. Frente a estos fenómenos, las teorías del poder siguen oscilando, en una nueva versión de los debates históricos, entre la cada vez más amenazante tentación totalitaria global, vagamente disfrazada de democracia tecnocrática `fuerte', en un extremo, y las propuestas de refundación de los instrumentos democráticos desde la óptica de la democracia directa y participativa, en el otro. El tema del poder, desde luego, sigue ocupando un lugar central del escenario, por mucho que los focos, empeñados en poner de relieve la desideologización de los tiempos que vivimos, se nieguen a iluminarlo. Sin embargo, ninguna de las teorías que sí ponen de relieve este lugar central ha sabido aún extraer las consecuencias correspondientes del hecho evidente de que este escenario global esté fundamental y casi exclusivamente dominado por el fenómeno urbano.

Un papel fundamental desde el punto de vista ideológico para esta estrategia deliberada de divergencia entre teorías de lo urbano y teorías del poder, consumada a lo largo de una década, lo ha jugado, evidentemente, el auge del discurso liberal, que, en lugar de soslayar el problema de la creciente disociación entre construcción de la ciudad y necesidades y deseos de los ciudadanos, lo ha abordado ofreciendo su falsa respuesta ad-hoc: en realidad no existe quiebra alguna, sino un inevitable desfase entre oferta y demanda, del cual, en último extremo, es responsable, claro está, la injerencia obstaculizadora de lo Público. El ciudadano, como consumidor, elige siempre a través del mercado cómo quiere que sea la ciudad en la que quiere vivir. Si sus necesidades y deseos no están convenientemente reflejados, el Mercado, una vez adecuadamente informado a través de sus mecanismos cada vez más sofisticados de retroalimentación, creará nuevos y mejores productos y pondrá en marcha las transformaciones y procesos pertinentes para hacer frente a esa supuesta demanda no atendida. Los deseos y necesidades insatisfechos, desde esta óptica, se reconvierten de este modo en sí mismos en motores de la transformación y el progreso urbanos. El mercado global, por su parte, se transforma en la mejor alternativa, por partida doble, tanto a las ya inútiles herramientas reguladoras del agonizante urbanismo tradicional, como a los ineficientes mecanismos de la caduca democracia representativa. En la utopía urbana liberal, presentada como el modelo abierto por excelencia, el figurante adquiere los rasgos amables del consumidor-usuario ideal, activo tan sólo en su exigencia perpetua de calidad del producto.

Sin embargo, este discurso ideológico, que obvia las prolongadas y morosas dinámicas temporales, los ingentes flujos de recursos energéticos y materiales y los procesos irreversibles de impacto social y ambiental asociados el fenómeno urbano y que legitima los sofisticados mecanismos propios de la sociedad de consumo para la reconducción y la tergiversación de las necesidades y deseos, sin mencionar por otra parte que al mercado tan sólo le interesa la demanda de las capas solventes de la población y que sólo ofrece la gama de productos y procesos que se adecúan a sus intereses globales, surte efecto únicamente en las sociedades aparentemente opulentas y en los momentos de aparente opulencia. Por ello, aunque ha contribuido de manera fundamental a desviar la atención respecto a los cada vez más acuciantes problemas urbanos, ha vuelto a perder en gran medida su capacidad de convicción a partir de la nueva situación de crisis global inaugurada a mediados de la década de 1990. Las cada vez más numerosas grietas en el rosado discurso liberal, sustituido progresivamente por las ásperas llamadas al orden y a la lealtad al sistema vigente, permiten entrever el tenebroso panorama global que ha intentado ocultar.

En estos nuevos tiempos de cólera no caben muchos motivos para albergar esperanzas, pero es imprescindible aprovechar la presencia inocultable de esas grietas para imaginar y proponer a la ciudadanía y con la ciudadanía nuevos modos de abordar de forma conjunta la crisis de la democracia desde la perspectiva de lo urbano y la crisis del urbanismo desde la óptica de la democracia.

5 Conclusión: El urbanismo como lenguaje común

De acuerdo con nuestra hipótesis inicial, la tarea que se impone, pues, es hallar la forma de hacer converger las líneas de reflexión sobre los modelos urbanos y sobre los modelos para la toma de decisiones por parte de los ciudadanos, de modo que la disciplina urbanística pueda convertirse en una vía efectiva para salvar la creciente disociación entre necesidades y deseo de los ciudadanos y construcción de la ciudad.

Y así, desposeído el urbanismo para siempre de su primera función como elemento de articulación de las estrategias dominantes en cuanto al territorio, una función que el mercado se encarga de cumplir por otras vías, tal vez sea llegado el momento de recuperarlo como instrumento de lo comunitario, de que responda plenamente a su otra vocación originaria, de que se transforme en un instrumento de cambio social y de resistencia frente al poder omnímodo del mercado.

El reto que debe proponerse el urbanismo como ámbito de reflexión e intervención es, pues, el de articular formas, medidas, pautas y metodologías para la recuperación de la ciudad como construcción verdaderamente colectiva. En caso contrario, la pretendida revisión de la disciplina no constituirá sino un intento, por otra parte abocado al fracaso, de recuperación del poder y los privilegios perdidos por parte de un sector profesional específico cuyas funciones y habilidades son cada vez menos necesarias.

En un mundo fundamentalmente urbano, el urbanismo, entendido como capacidad de describir, articular y configurar lo urbano, está abocado a convertirse en un lenguaje de uso común y existen síntomas de que el fenómeno ya se está produciendo. De hecho, la idea de participación aparece ya indisolublemente ligada al concepto de sostenibilidad urbana en la mayoría de las propuestas institucionales que, desde la óptica convencional de lo Público como regulador de las `disfunciones' del Mercado, tratan de hacer frente a los cada vez más graves problemas de degradación urbana y de impacto ambiental de las urbes de todo el planeta. Herramientas como las Agendas 21 Locales, por ejemplo, y a pesar de su uso cada vez más banalizado, suponen un buen punto de partida para la creación de nuevos instrumentos y metodologías de planificación urbana concebidos desde el protagonismo ciudadano.

No queda espacio aquí para profundizar en las cada vez más numerosas prácticas y teorías, originadas desde la sociedad civil o desde la reflexión multidisciplinar, que pueden servir también de material de partida para esta tarea de refundación o desconstrucción disciplinar desde la óptica de la ecología y de la democracia participativa, pero sí se puede hacer mención a vuelapluma a conceptos como el de huella ecológica, que aportan una nueva visión de la ciudad como artefacto material y su impacto ambiental; a las propuestas y metodologías de planeamiento en acción (action planning, Planning for Real) desarrolladas principalmente en Inglaterra y cada vez más difundidas por toda Europa junto con otras, como los talleres de futuro EASW, concebidas desde el campo de la ecología urbana; a nuevos conceptos como el de gobernanza o el de empowerment que se abren paso dentro de la terminología socio-urbanística para intentar dar cuenta de la reversión en el flujo de decisiones; a las prácticas de participación ciudadana en el gobierno local que han proliferado a partir de o en relación con la experiencia señera de Portoalegre en Brasil; a las diversas experiencias de autogestión y creación de entornos desmonetarizados generadas en diversos puntos del planeta; a las nuevas concepciones del trabajo colectivo en red, coordinación comunitaria mediante el uso de las nuevas tecnologías y activismo urbano que han articulado los diversos movimientos por otra globalización; o a la profunda relectura de la ciudad desde la óptica del feminismo que están generando los cada vez más abundantes estudios, propuestas y experiencias al respecto.

En cualquier caso, a pesar de todos estos síntomas de transformación que, entre otras cosas, pueden permitir la elaboración de nuevos modelos o utopías urbanas realmente abiertas, imaginadas desde la idea de ciudadanía y desde la constatación del dinamismo intrínseco de los procesos urbanos, no cabe duda de que se anuncian tiempos poco proclives a la cesión de poder en las cuestiones verdaderamente vitales por parte de las instancias que rigen los destinos de este planeta urbanizado. Existe el riesgo de que las dinámicas imperantes contribuyan a que esta capacidad de reconversión del urbanismo en un lenguaje común, en lugar de adecuarse a la complejidad y la riqueza real del fenómeno urbano, no haga sino contribuir a su banalización y degradación. El que esto no ocurra dependerá en gran medida de las reflexiones y las iniciativas que, desde este mismo momento, adoptemos todos como profesionales y como ciudadanos.

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Edición del 30-09-2003
Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/acver.html   
 
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