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Boletín CF+S > 24: Ecología y Ciudad: Raíces de Nuestros Males y Modos de Tratarlos > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n24/abper.html   
La política en la periferia
Begoña Pernas
Madrid (España), marzo de 2002.

1 Introducción

Para comprender las posibilidades de participación política en la ciudad dispersa, es importante situar las nuevas formas de habitar en la imaginación social y explicar sociológicamente la transformación, casi la inversión, de las relaciones entre centro y periferia que regían las ciudades industriales. Un esfuerzo que choca con la falta de estudios específicos sobre la distribución social en el espacio y las expectativas y comportamientos políticos de los residentes de diferentes estructuras urbanas. Que choca, más generalmente, con la dificultad teórica de dar cuenta de las transformaciones profundas de la estratificación social, o como dice el sociólogo Félix Tezanos, con «la notable incapacidad interpretativa de la sociología», cuyo desfase «tapona las posibilidades expresivas de traducción del sentimiento de desigualdad social» (Tezanos, 1997).

A pesar de esta dificultad, parece importante hablar de posición social cuando se intenta analizar la participación urbana. Si la ciudad ha sido ante todo el lugar de la política, su crisis debe representar también la crisis de la forma de pensar la política y la democracia. Pero es también la crisis de pensamiento de unas élites que, atadas al centro de las ciudades clásicas, se sienten incapaces de comprender o dar cuenta de la política de las nuevas periferias.

Denunciar la insostenibilidad ecológica, la monotonía visual y la fragmentación social de la ciudad dispersa no nos parece suficiente. Es importante comprender por qué la gente desea vivir fuera de los centros o permanecer en ellos, suponiendo que pueda elegir, qué impulsa la movilidad social que se expresa en movilidad residencial. Es evidente que estamos ante una configuración política del espacio apoyada y promocionada por las políticas de urbanismo e infraestructura, por los precios del suelo, por la renuncia a la intervención redistributiva por parte del Estado. Pero es también la expresión de una utopía, largo tiempo fraguada, que ha desplazado el acento de lo público a lo privado, llevando a una especie de hipertrofia de la privacidad, cuya máxima expresión espacial es el triunfo de la casa frente a la calle o el barrio.

La forma actual de habitar muestra la eclosión de la vida privada y de la felicidad doméstica sobre otras facetas sociales, y sobre el mundo de la política. Tal triunfo no es fruto del azar histórico, sino que es hijo de un sentido común, unas ficciones y unos intereses inseparables de la construcción de una cultura de clase media, una utopía de la buena vida elaborada a lo largo de los dos últimos siglos.

Esta poderosa fuerza social explica al mismo tiempo las formas de residir y la conciencia o falta de conciencia política. Pero la fuerza de la que hablamos no es estable ni simple. Se encuentra en plena transición y las dificultades del pensamiento y la expresión para dar cuenta de los cambios hace que se presenten curiosas paradojas. Por citar sólo algunas: se habla de sociedad polarizada y de ciudad dual, y al mismo tiempo los modelos de una nueva clase media profesional se imponen como imagen dominante. La estratificación social se complica y fragmenta en nuevos grupos, sexo, edad, etnia, lo que no impide que la gente se identifique masivamente como ‘clase media’. Se antepone la casa como lugar de la buena vida, pero ésta se convierte en nudo de una red de comunicación, relaciones y servicios nuevos, mientras se vacía de los elementos familiares y hogareños que conformaron la utopía burguesa. El trabajo, cada vez más desigual y fragmentado en varios mercados diferentes, se vuelve al mismo tiempo más importante para la socialización. Ya no genera conciencia de clase sino valor personal y relaciones sociales, de manera que se reprivatiza, por así decirlo, llenándose de exigencias psicológicas y de cargas morales que antes pertenecían al ámbito de las familias.

De ahí que para acercarnos al tema de la participación sea interesante repasar brevemente los rasgos de esta hipertrofia de lo privado y las consecuencias que puede tener sobre el espacio público. Dado que lo privado ha sido el ámbito encargado a las mujeres en la segregación sexual del espacio, es interesante ver en qué posición quedan éstas cuando lo privado se expande y lo público se desplaza y desvirtúa. En segundo lugar, es importante recordar las tendencias de la estratificación social con el fin de relacionar nuestras formas de habitar y de residir, la reestructuración de clase que está teniendo lugar, y las posibilidades de proyectos colectivos en la ciudad nueva.

2 Utopías de la vida privada

La vida privada, aunque necesitó bases materiales, se construyó primero en la imaginación y fue proyectada como una promesa en la que el individuo, un nuevo sujeto de la historia, tendría cabida. Llamamos privada a la vida no determinada ni por el mercado ni por la política, ni por la impersonalidad del intercambio ni por el estado de guerra que se resuelve en el pacto social. Caben dentro del concepto de intimidad las necesidades fisiológicas o naturales, las relaciones afectivas, la reproducción de la especie, el cultivo del yo, el amor y el sexo, la personalidad, los sueños, la muerte, etc. Es decir todo aquello que consideramos propio del ser humano, universal.

Nada más lejos de la realidad: la vida privada es, junto con el individuo que alberga, una de las grandes construcciones de Occidente, una promesa inseparable de las bases materiales del capitalismo, con su separación entre capital y trabajo y entre trabajo asalariado y trabajo doméstico. Pero es precisamente su extensión por todo el tejido social en Occidente, y su conversión en un espacio natural, la reserva natural del individuo, de lo que trataremos. Lo característico de la vida privada es que, en nuestra sociedad, es un bien del que todos disponemos. Cualquiera que sea nuestra clase social, nuestra posición en el mercado, nuestra filiación política, somos iguales al menos en una cosa: tenemos una vida privada cuyo rasgo es que nos permite ser diferentes, es el sustento de la individualidad.

Es decir, la vida privada es lo que nos iguala en la posibilidad de ser distintos. Mientras que en el mercado somos intercambiables y en la política estamos agrupados por intereses, identidades colectivas enfrentadas, nacionales, de clase, etc., en la vida privada puede florecer la subjetividad y la única diferencia relevante es la generación, es decir la edad, y el género, ser hombre o mujer.

Sería muy complicado trazar su historia, que es la historia del ascenso de la burguesía y que se construye en lucha con dos modelos diferentes: en un primer momento contra la forma de vida aristocrática, señorial o cortesana, y en un segundo momento contra la cultura popular de la plebe urbana o proletaria. Pero podemos resumir algunos de los rasgos de la vida privada en Occidente que iluminan el valor del proceso:

2.1 Espacios íntimos

El primer elemento presente es la intimidad: la vida privada necesita un espacio nuevo, físicamente separado del exterior. La idea de intimidad se inventa en el primer estado burgués de la historia, los países bajos en el siglo XVII. Por primera vez encontramos individuos que no hallan un espacio social donde expresar los rasgos de su clase, el orden, la sobriedad, el cultivo del yo, la espiritualidad privada, la noción de que la vida no es espectáculo y que uno debe cuentas a dios y a su conciencia antes que al mundo. En la edad media y el renacimiento, la vida era efectivamente un asunto público, que se vivía ante los demás y en que las señales externas de autoridad, honor y prestigio eran mucho más importantes en la definición de la persona que la psicología o el desarrollo individual.

La idea de confort como respeto de uno mismo, la idea de ahorro, de transparencia frente a las falsas apariencias barrocas, de autocontrol frente a control externo, de dignidad frente al honor, son creaciones del momento. También lo son las nuevas alianzas matrimoniales que tienen que ver con los intereses comunes y no ya con los linajes, un nuevo trato con los hijos, comenzando la infancia a ser considerada una época separada de desarrollo y educación. La familia, tal como la conocemos, comienza a forjarse en este periodo.

2.2 Promesas domésticas

En segundo lugar, la vida privada necesita que el valor y el control social se desplacen. Si en un primer momento se trataba de crear un espacio privado donde el individuo tuviera cabida, más tarde la nueva clase pretenderá configurar toda la sociedad a su imagen y semejanza. Podemos encontrar el segundo momento de creación de la vida doméstica en la Inglaterra del siglo XVIII y seguir el libro de Nancy Armstrong (1991), Deseo y ficción doméstica. A través del triunfo cultural de la novela y de la mujer doméstica, la autora explica cómo se produce en la época un doble desplazamiento:

Por una parte, la moral, el buen gusto, los usos de una clase superior eran detentados por los varones de la aristocracia. Se trataba de que ese baremo moral pasara a manos de la burguesía, pero ¿cómo hacerlo sin enfrentamiento político? Con una doble estrategia, responde la autora: se hace en la ficción, antes que en la realidad, y se le otorga a una mujer.

Dado que las mujeres no están marcadas por facciones políticas, por el estatus o poder económico, la operación no es sospechosa. Las mujeres quedan eximidas de las relaciones políticas y de las prácticas competitivas del mercado, y a cambio se les entrega la autoridad sobre las emociones, el gusto y la moralidad, que de hecho son las formas de control social moderno.

El segundo gran cambio es que el valor ya no se basa en el estatus sino en una serie de cualidades, que aunque son rasgos de clase, se presentan como individuales. Y las primeras en detentar esos nuevos valores de ingenio, modestia y virtud doméstica son las mujeres. Mientras los varones seguirán siendo durante mucho tiempo ricos o pobres, burgueses, plebe o aristócratas, de una u otra facción, enfrentados por lo tanto en una sociedad llena de tensiones, las mujeres comienzan a ser antes mujeres que cualquier otra cosa. La diferencia de género va apareciendo como mucho más importante que la de clase.

De esta manera se consigue crear una promesa universalizable a todas las clases sociales. Dicho rápidamente: no todo el mundo podrá ser rico, ni participar de igual manera en la toma de decisiones, pero todo el mundo puede tener dos cosas: en primer lugar, un hogar, regido por el orden de un ama de casa. Quizás la clase media sea ante todo una vida doméstica común, es decir un tipo de esposa común. Mediante el hogar, personas heterogéneas encontrarán un lugar en la cultura moderna.

En segundo lugar, todo el mundo obtiene una psicología individual, cultivada en dicho orden, es decir una vida privada. El éxito de esta vida privada se convertirá en tema de las novelas del siglo XVIII y XIX, otorgando un papel nuevo a las mujeres, apartando del imaginario colectivo los conflictos sociales y políticos. Como explica Stephanie Coontz (1988) en su estudio sobre los orígenes sociales de la vida privada, la burguesía de finales del siglo XIX desarrolla el mito de que el éxito o fracaso dependen del carácter, una combinación sexualmente diferenciada de virtudes privadas y competición pública. A diferencia de las familias burguesas, las proletarias no eran capaces de transmitir los valores adecuados, lo que explicaba su fracaso social. Siglo y medio después, este mito sigue funcionando en el concepto de exclusión social, cuando se habla de familias desestructuradas por ejemplo, conformando las explicaciones que suelen ofrecerse para la desigualdad social en nuestras sociedades.

La promesa de una vida doméstica no sólo propaga y ayuda al triunfo de una cultura burguesa, sino que además prepara materialmente a individuos adecuados para la nueva política y la nueva economía. Los rasgos que Norberto Elías considera propios del proceso de la civilización: sobriedad, autocontrol, pudor, sentido del propio cuerpo y de su preservación, etc. se producen en numerosas instancias, pero en un primer momento sobre todo en los hogares.

2.3 La sociedad de los hogares

El tercer rasgo fundamental de la vida privada es su capacidad de ocultar y desplazar las bases materiales de la desigualdad social. Para verlo saltamos de siglo y país, a Francia en el momento del triunfo de la burguesía del siglo XIX, siguiendo el análisis de Ursula Paravacini (1990), que recoge su investigación sobre la vivienda y sus transformaciones durante la industrialización. La autora describe lo que ella llama la formalización del espacio privado y la elevación de la familia como única satisfacción de las necesidades de relación de los individuos, frente al mundo de los intereses que domina el trabajo y la política, mundos de competencia y desorden.

De nuevo vemos una serie de interesantes desplazamientos: la mujer burguesa pasa de patrona, comprometida como su marido con los intereses de clase, a madre y ama de casa, poniendo de nuevo el acento en la división sexual del trabajo. Una vez que la industria crece y se diferencia la gestión económica de la familia y la empresa, la casa se separa físicamente de la fábrica y la esposa adquiere un nuevo papel de representación de clase y cuidadora del confort e intimidad de la familia. En relación con la ciudad el primer paso será la conquista de los centros urbanos por parte de la burguesía, desplazando a los obreros a la periferia y reconvirtiendo las ciudades en formas de expresión de su poder y cultura.

El segundo paso consiste en higienizar a la clase obrera y lograr un estatus similar para las mujeres trabajadoras, que son ocho millones a finales del siglo XIX, cifra que sólo se vuelve a alcanzar en Francia en 1980. Este proceso culminará después de la segunda guerra mundial, con la expansión por toda Europa de la vivienda de promoción oficial que a la vez que mejora la calidad de vida del proletariado, termina con los vestigios de una contracultura popular u obrera.

Se convierte al obrero en jefe de familia. De nuevo se pone el acento en el género, que es lo común a todas las clases, sobre la posición social. Desde el siglo XIX, la mujer obrera es el objetivo de la moral burguesa y del salario familiar socialista: devolverla a casa y encargarle junto con la política natalista, el mantenimiento del orden y la felicidad íntima, mientras adopta los valores de trabajo y ahorro. Para ello son fundamentales las normas y las campañas, pero sobre todo los espacios: cerrado, privado, aislado, donde ella reina, con usos prefijados, que la obligan a adoptar hábitos de limpieza, regularidad, etc. Lo que se une al empobrecimiento de los espacios públicos y comunes, los lavaderos, las vecindades, los callejones y corralas que sostenían la cultura y solidaridad popular.

2.4 El triunfo del suburbio

El triunfo definitivo del suburbio como forma de vida es descrito por la arquitecta Dolores Hayden (1984) en su libro Rediseñando el sueño americano. Para ella, el género es el eje fundamental en la definición de la vida social norteamericana y de su expresión espacial. Narra el éxito del modelo de casas unifamiliares cuya expansión tras la guerra mundial es impresionante: de los 80 millones de viviendas censadas en los años ochenta, 50 millones responden a ese modelo y la mayor parte se han construido entre 1950 y 1980. Una sociedad entera se empeñó en adaptarse a un sueño doméstico de la posguerra, lo que unido a una enorme campaña económica, generó una forma de urbanización que ha definido toda la vida social y política.

La autora describe este proyecto de los años veinte masificado en los años cincuenta a través de sus objetivos: en primer lugar, una gran estrategia de americanización de los inmigrantes. Costumbres completamente diferentes son igualadas en las casas unifamiliares que aunque conservan la segregación racial, rompen los lazos personales y sociales tradicionales. Según Dolores Hayden se trata de una utopía única en la historia, pues en lugar de diseñar ciudades o naciones, en USA se diseñaron casas, una sociedad de hogares que deberían crear por sí mismos comunidades ideales extrapolando las virtudes privadas a la esfera pública.

A esto se une el miedo en los años veinte a las huelgas obreras y la explícita voluntad de dotar a los trabajadores y a los veteranos de la guerra de una vivienda y de una esposa. La unión de una ideología de clase media, el salario familiar y el consumo que precisa esta forma de vida conforma el gran éxito del capitalismo americano. Este capitalismo posindustrial tiene dos rasgos que ya nos resultan familiares: el género aparece como más importante que la clase en la división del trabajo y el consumo es tan crucial para la economía como la producción.

La vivienda suburbial es una arquitectura de género con espacios segregados, tanto en el hogar, como fuera de éste. Los interiores femeninos y míticamente seguros permiten la creación de espacios externos viriles y competitivos, hostiles para las mujeres. Tal construcción se basa en la paradójica combinación de un enorme consumo y un enorme esfuerzo por parte de las amas de casa. La autora calcula que hacen falta 60 horas por semana para lograr un buen hogar de cuatro miembros. A más funcional y dispersa la ciudad, más difícil y costoso se hace mantener los lazos con las instituciones, con la vida comercial, la sociedad y la familia, tarea que se encarga a las mujeres.

3 Decadencia privada y fragmentación pública

Por lo tanto, y tras este recorrido algo apresurado por una historia mucho más compleja, estamos más cerca de entender el triunfo de la vida privada y la reducción de los enfrentamientos de clase. Aún tenemos que ver qué queda de los rasgos propios de la vida privada tal como fue concebida y en qué medida existe una vida pública de la que hacernos cargo.

Comenzando por el primer aspecto, la imagen actual de los hogares poco tiene que ver con la dibujada: Las casas no son lugares íntimos, cerrados al exterior, sino todo lo contrario, espacios virtualmente abiertos y comunicados, penetrados por mensajes, consumo y trabajo y expuestos a todas las inclemencias de la vida pública y de la sociedad del espectáculo. Ni siquiera el cuerpo humano, cada vez más estudiado, comunicado y penetrable, responde a la idea clásica de intimidad.

Tampoco es el espacio privilegiado de regulación emocional, al existir múltiples mecanismos especializados en el control social, la escuela, la publicidad, el control de poblaciones, la medicina y psiquiatría, etc.

Además el propio hogar se ha individualizado: la familia ya no tiene una vida privada, es el individuo quién la exige, fragmentando los hogares y multiplicando el número de personas que viven solas.

Pero sobre todo, lo propio de la vida privada como hemos visto, era que la regía un ama de casa, a la vez ofreciendo un enorme trabajo no pagado, fortaleciendo la identidad sexual de cada miembro, y regulando los comportamientos en el seno del hogar. Todas estas ventajas se mantienen sólo con la condición de un inmenso esfuerzo por parte de las mujeres, excluidas del valor social si permanecen en la casa, o sometidas a la explotación de la doble jornada.

Esto muestra la doble dependencia del capitalismo de la división sexual del trabajo: la segregación de los sexos que hemos descrito ha permitido al mismo tiempo sostener materialmente la sociedad capitalista, mediante el trabajo no pagado del ama de casa, y sostenerla simbólicamente, mediante el desplazamiento de las diferencias de clase a diferencias de género y edad.

En la actualidad, ambos regalos están en crisis: la vida privada se vuelve insostenible o se degrada sin amas de casa. Cuando se consigue un nivel de confort adecuado mediante servicios pagados, la condición clasista de los hogares vuelve a aparecer y se hace evidente. Al mismo tiempo la liberación de las mujeres hace que la diferencia de género comience a perder su filo: los estilos de vida se diferencian más por nivel de renta, ocupación o edad que por sexo, aunque el mercado de trabajo mantiene a las mujeres en posición de dependencia.

Por lo tanto, la vida privada conquista todos los espacios precisamente cuando se transforma y pierde sus atributos clásicos, que sólo tenían sentido en oposición a un mundo público, de la producción y de la política claramente diferenciados. ¿Qué sucede entonces con el espacio público?

Félix Tezanos (1997) habla de la paradoja de una sociedad donde las diferencias sociales aumentan y que sin embargo se reconoce masivamente como ‘clase media’. Aparentemente, las expectativas de un estilo de vida común siguen movilizando los esfuerzos y las mentalidades, a pesar de una tendencia a la fragmentación social.

Según los estudios de tendencias sociales de 1997, vivimos en una sociedad en que cerca del 60% dice ser de clase media y media baja. Pero resulta más interesante saber el poco peso que tiene la identificación de clase en el momento actual. A la pregunta de con quién se sienten más identificados los españoles encuestados, el primer grupo de identificación es el grupo de edad (con casi un 40% de las respuestas) y el segundo la identificación socio cultural, es decir aquellas personas con «las mismas aficiones, gustos, costumbres, etc.» (35% de las respuestas). Otros grupos, antes fundamentales, como el territorio, la religión, las ideas políticas y por supuesto la clase social obtienen mucho menos peso en las respuestas (10% en el caso de la clase social). El sexo ocupa una posición interesante, es únicamente el 10%, pero ha tenido un fuerte ascenso desde 1985, primer año de realización de este estudio. Ocurre lo contrario con la clase social, en 1985 se identificaban un 25% con esta respuesta, frente al 10% actual.

Uniendo de forma algo abusiva los dos datos, podríamos decir que la clase media se percibe sobre todo como un estilo de vida, en que la gran diferencia se sitúa en la edad. Lo que caracteriza estos datos es una despolitización de la posición social, que aparece como una cuestión personal, propia más del ciclo de vida que de las relaciones sociales. Borrar los determinantes de clase ha sido la labor esencial de la ideología de clase media en el último siglo. Este trabajo de redefinición del espacio social, basado esencialmente en la construcción y extensión de la vida privada, se plasma en nuestras ciudades sin memoria, donde el espacio común tiende a perderse.

Muchos autores (Monclús, 1998) han estudiado el efecto de las nuevas periferias y de la terciarización de los centros urbanos sobre el espacio público: desaparición de la regulación social sustituida por el desorden o el control policial, el empobrecimiento de las relaciones sociales por la homogeneidad de los residentes que buscan «las mismas costumbres, gustos», como expresaba la encuesta citada, la distancia física entre posiciones sociales que al mismo tiempo oculta las jerarquías y reduce las posibilidades de contrastar las posiciones sociales.

De esta manera, se vuelve comprensible la paradoja que recoge Félix Tezanos, sociedades donde la desigualdad aumenta, con fracturas nuevas basadas sobre todo en la nueva estructura del mercado de trabajo y al mismo tiempo la metáfora de una vida de clase media permanece y aún se refuerza. Este efecto se reproduce en el espacio urbano: una ciudad fragmentada y dual impulsada por el negocio pero también por la movilidad social que prescinde de ataduras de clase.

El sociólogo Castells (1995) lo explica para la sociedad norteamericana en La ciudad informacional, poniendo en relación la reestructuración laboral y la reestructuración de las clases sociales con su expresión espacial:

«Por un lado, el reciclaje, degradación y condicionamiento de la fuerza de trabajo conduce a la configuración de una serie de comunidades socialmente discriminadas, territorialmente segregadas y culturalmente segmentadas que no pueden constituir una clase debido a sus posturas extremadamente diferentes en las nuevas relaciones de producción, reflejadas y ampliadas en su diferenciación territorial dentro de la ciudad. Por otro, una gran parte de la población (entre un cuarto y un tercio de las mayores áreas metropolitanas) ocupa la posición estratégica de productores de información en la nueva economía, gozan de un alto nivel cultural y educativo, reciben una correspondiente recompensa en ingresos y posición social dentro del sistema estratificado y controlan la clave de la toma de decisiones políticas en términos de su influencia social y su capacidad organizativa. (...) Este grupo social no constituye una clase dominante en el sentido tradicional. Es una clase social hegemónica que no necesariamente gobierna el estado pero fundamentalmente moldea la sociedad civil. La articulación espacial de su rol funcional y sus valores culturales en un espacio muy específico, concentrado en barrios privilegiados de áreas urbanas nodales, proporciona tanto la visibilidad como la condición material para su articulación como agente hegemónico.»

4 Conclusión

Con una moral y aspiraciones que siguen apostando por la vida privada y la realización profesional como promesas de felicidad, y un desdibujamiento físico de las relaciones sociales, no es de extrañar que la política retroceda, dando paso a la identidad como el gran juego político contemporáneo. Las identidades, generacionales, sexuales, étnicas o culturales, son, entre otras cosas, una hipertrofia de lo privado y una invasión de lo público, donde la ética de la igualdad retrocede ante la multiplicidad de diferencias.

Lo anterior no significa que las diferencias deban ignorarse, ni que vaya a regresar un mundo público previo que entre otras cosas excluía a las mujeres. Más bien habría que intentar repolitizar las relaciones y los vínculos allá donde se encuentran: en los nuevos espacios periféricos y en los centros; en los hogares y en el trabajo, en las redes de información y comunicación, en las relaciones entre sexos y en las relaciones laborales. Para ello es imprescindible unir a la reflexión sobre el espacio urbano la reflexión sobre el valor social del trabajo y el tiempo de trabajo, las relaciones entre el trabajo doméstico y el trabajo remunerado, entre el trabajo manual y el intelectual, y crear un nuevo ‘derecho a la ciudad’, es decir a las ventajas de conocimiento, capital y bienestar social que solapadamente se van desplazando sin que nadie pueda reconocerlas.

Bibliografía

Armstrong, Nancy  (1991)   Deseo y ficción doméstica   Madrid, Cátedra Feminismos 
Castells, Manuel  (1995)   La ciudad informacional   Madrid. Alianza Editorial 
Coontz, Stephanie  (1988)   The social origins of private life   Londres. Verso 
Hayden, Dolores  (1981)   The Grand Domestic Revolution   Cambridge, Mass. The MIT Press 
Hayden, Dolores  (1984)   Redesigning the American Dream   Nueva York, W.W. Norton 
Fishman, Robert  (1987)   Bourgeois Utopias. The Rise and Fall of Suburbia   Nueva York. Basic Books 
Leal Maldonado, Jesús  (1993)   La estructura residencial de la Comunidad de Madrid   Madrid. Comunidad de Madrid, Consejería de Economía 
Monclús, Francisco Javier  (1998)   La ciudad dispersa   Barcelona. Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona 
Paravacini, Ursula  (1990)   Habitat au feminin   Lausana. Editions Politechniques et universitaires romandes 
Tezanos, José Felix  (1997)   Tendencias sociales sobre estratificación y desigualdad social   Madrid. Sistema 
Tezanos, José Felix, ed.  (1999)   Tendencias en Desigualdad y exclusión social   Madrid. Sistema 

Edición del 30-09-2003
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