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Boletín CF+S > 23 -- De Sur a Norte. Ciudades y medio ambiente en América Latina, España y Portugal > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n23/adwag.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Lo que no mata engorda


Daniel Wagman[1]
Madrid (España), 20 de septiembre de 2002

El 20% más rico de la población mundial acapara el 82,7% de los ingresos; el más pobre obtiene un 1,4%. Cifras similares se refieren a su participación en el comercio mundial (un 84,7% frente a un 0,9%) o en el ahorro (85,5%-0,7%), según datos publicados por Naciones Unidas. Aunque pueda haber discusiones en cuanto a los porcentajes exactos o la metodología empleada para este análisis, está claro que la distribución de la riqueza sigue más o menos estas pautas. La desigualdad no sólo se refleja en el ingreso monetario, también se observa en el acceso a bienes y servicios. Por ejemplo, el 80% de los productos químicos, el aluminio, el papel y el acero, más del 70% de la energía y la madera y el 60% de la carne y los abonos se consumen en los países industrializados. Datos sobre la distribución de ingresos en el Mundo.

La disparidad en el disfrute de los recursos es evidente. No es una novedad el hecho de que, para millones de personas, el consumo consista en lo necesario para sobrevivir, apenas para satisfacer las necesidades alimenticias. Muchos otros ni siquiera alcanzan ese mínimo: según estimaciones de la FAO, 800 millones de personas pasan hambre. En cuanto al transporte, más del 90% de los kilómetros que todos los coches recorren en el planeta se encuentran en el `primer mundo', y ese porcentaje es aún mayor si hablamos de los aviones. Y sin embargo, la gran mayoría de los kilómetros que millones de mujeres recorren a largo de toda su vida son los que caminan a diario para conseguir agua, y no muy potable.

Se puede citar una larga lista de datos que hablan de situaciones dramáticas. Observemos el consumo de energía: un norteamericano medio gasta a diario la misma cantidad de energía que un etíope en todo un año. Podemos también echar un vistazo al volumen de compra de los productos de lujo: el gasto mundial referido a ellos supera el total del producto nacional bruto de dos terceras partes de las naciones. El desequilibrio de la balanza no deja lugar a dudas: sólo 250 personas en este planeta concentran una riqueza superior a la suma de los ingresos de la mitad de los países pobres del mundo.



El desarrollo de la sociedad de consumo, una apuesta fracasada



Aunque hay consensos en cuanto a esta innegable y visible desigualdad, no hay tantos acuerdos sobre sus causas o sus posibles remedios. Muchos vislumbran la solución en el crecimiento económico: mayor producción, mayor consumo, mayor producción... El aumento total de los ingresos supuestamente permitirá disfrutar de bienestar material cada vez a más personas. Sin embargo, hay señales de que la dinámica actual de desarrollo económico no implica necesariamente esa consecuencia. No es sólo un problema de reparto o distribución de los beneficios; el propio sistema de crecimiento económico que da origen a esos altos índices de consumo para una minoría de los ciudadanos es la causa principal de la pobreza en el planeta. Muchos no poseen nada porque pocos tienen mucho.

Hay huellas que subrayan el fracaso de esa apuesta por el `desarrollo'. En 1960, el perfil de la distribución de la riqueza en el mundo era menos pronunciado: el primer segmento, ese 20% privilegiado de la población mundial, concentraba 30 veces más riqueza que el último, mientras que hoy esa diferencia se ha multiplicado por dos. Si bien se puede afirmar que son más los que disfrutan de las bondades de la sociedad de consumo, también se ha incrementado, y en mayor grado, el número de personas que viven al margen de ella.

Puede argumentarse que se trata de sociedades en fase de transición, `en vías de', o que estos desequilibrios son fenómenos pasajeros, similares a los ocurridos en los países europeos en la primera etapa de la industrialización, en la que la migración del campo a la ciudad aumentó inicialmente la pobreza relativa de una parte importante de la población que, más tarde, se integró en el proceso productivo y dio lugar a las modernas sociedades de consumo. Sin embargo, parece que hay importantes diferencias entre un proceso y otro. El uso de grandes extensiones de tierra agrícola para los mercados globales acarrea la utilización de alta tecnología, lo que genera, efectivamente, un excedente de trabajadores rurales que se traslada a las mega ciudades. Pero las urbes no están incorporando estos flujos migratorios en los procesos productivos, y tampoco está construyéndose una clase media consumista lo suficientemente grande como para generar una futura demanda que absorba el trabajo de esta mano de obra.

En el Sur no existe un proceso de acumulación de capital que se reinvierta en nueva capacidad productiva. La participación de muchos de los países pobres en el mercado global consiste, en buena medida, en la extracción y exportación de materias primas. Pero, desde los años setenta, los precios de casi todas ellas han sufrido un constante declive en los mercados internacionales. Tampoco sus exportaciones de manufacturados implican una acumulación de riqueza, ya que se basan en mano de obra barata, pagos de patentes y `royalties' caros y devoluciones de los beneficios a los inversores del Norte. La trampa de la deuda externa garantiza ya que los países del `tercer mundo' exportan más capital a los países ricos del que reciben de ellos, en un proceso de descapitalización que limita cualquier posibilidad de un crecimiento económico local equilibrado.



El fomento de la pobreza


Estos fenómenos no son simples resultados de `algún proceso natural del mercado', ni de una mano invisible. El mercado tiene sus administradores, sus órganos de decisión y sus políticas concretas. La caída del precio de las materias primas responde a un exceso de la capacidad de producción, a un exceso de la oferta fomentado, en parte, por organismos internacionales como el Banco Mundial, a través de generosos préstamos para inversiones en las producciones de azúcar, café, cobre, plátanos, petróleo, etc. Son bienes de vital importancia para los países del Sur, que han presenciado cómo los precios continúan a la baja mientras aumenta la producción. Desde luego, las grandes ventajas recaen en los consumidores del Norte y en las transnacionales, que siguen comprándoles la materia prima barata para luego vendérsela manufacturada a un precio mayor. Los préstamos llegan a ser imposibles de devolver, ya que lo único que originan es un exceso de la oferta y una disminución de su precio. Además, cualquier intento de los países productores de ponerse de acuerdo para reducir la oferta, es decir, para aumentar sus beneficios, es motivo para una guerra.

Existen muchos otros mecanismos que aseguran que los recursos, productos y trabajadores del Sur sigan siendo baratísimos bienes y servicios para los consumidores privilegiados. En este sentido actúan las presiones establecidas para que reduzcan los impuestos sobre sus recursos y productos, que además, conllevan que, para obtener un presupuesto equilibrado, el FMI obligue a recortar los gastos sociales. También se apoyan prácticas autoritarias que obstaculizan la lucha sindical, limitan los derechos de los obreros o favorecen el uso de mano de obra infantil; los monopolios transnacionales boicotean a los países que cuestionan esta prácticas.... Y si alguno se atreve a reclamar algo de control sobre sus propios recursos, se sustentan golpes militares, como en los casos de Guatemala, Irán, Brasil, Chile y Congo.

Por otro lado, son las transnacionales del comercio las que ostentan la capacidad de fijar los precios de las materias primas y de los productos del Sur y perciben gran parte de los beneficios que genera su comercialización. Esto hace que menos del 10% del precio final que se paga por un plátano, un zapato o una madera se quede en el país de origen. Por lo tanto, la dinámica del modelo de los primeros países industrializados/consumistas, en la que el aumento de la capacidad productiva generó más riqueza, más empleo, más consumo local y un nuevo empuje a la producción, simplemente no funciona en gran parte del mundo `subdesarrollado'.

Se trata de un monopolio en el disfrute de los recursos materiales, pero también de un acaparamiento de recursos de todo tipo, hasta los más intangibles, como pueden ser las playas, la importación de los cerebros más despiertos, las patentes de los genes de plantas y personas, la compra de los futbolistas más hábiles, el uso de las mujeres más guapas para el negocio del sexo.... En no pocos lugares, la mayor fuente de empleo e ingreso real para los residentes se limita a ejercer la prostitución.

La industria turística ofrece un buen ejemplo de este intercambio desigual. En primer lugar, muchos destinos reciben menos del 10% del precio de un paquete turístico en Europa. Los hoteles y las empresas de transporte y de servicios suelen ser de la misma multinacional que a su vez posee la línea aérea y la agencia de viajes; ella es también quien decide dónde van los beneficios y en qué cuantía. Además, las demandas del turista tampoco son tantas como para absorber la producción y el empleo local. En muchas zonas, todo lo que éste consume -ya sea el autobús, los muebles del hotel o el whisky de los bares- es importado. Hasta las artesanías típicas pueden serlo. Todo ello favorece el eterno retorno de la balanza de pagos desfavorable.

A cambio, las necesidades del viajero exigen costosas reformas en los aeropuertos, accesos, sistemas de agua y alcantarillado de los países receptores, inversiones que son de poca o nula utilidad para sus habitantes, incluso contraproducentes para ellos, aunque son quienes las pagan. Por si fuera poco, la inflación que implica la demanda turística puede anular cualquier ventaja para los que tienen la suerte de conseguir un empleo mal pagado en el sector. Y pierden la posibilidad de disfrutar de sus propios recursos: las mejores playas, terrenos o campos son vallados y vedados, o su precio es demasiado elevado. Todas las decisiones se toman en función del turista/consumidor, no del nativo. La situación es tal que algunos tratan de cambiar sus pautas culturales para satisfacer las expectativas de los visitantes; si no se cumplen, siempre hay otros destinos: éste es un mercado de compradores.



Escasez y degradación ambiental


Pero existe otra duda fundamental que debilita la idea de que se pueden extender las bondades de la sociedad de consumo cada vez a más personas: los recursos de la Tierra son limitados. Así como la playa que ocupa el turista ya no está disponible para el residente, tampoco lo están la energía, los minerales, la madera o lo que es peor, los alimentos. Hace años que la cantidad total de los productos alimenticios del mar y de la agricultura crece a menor ritmo que la población. Si los niveles de consumo del 20% de las personas más ricas del mundo ya están tensando los límites de la sostenibildad en muchos frentes, es un despropósito pensar que el crecimiento económico puede dar mayor bienestar a los 6.000 millones que habitan el planeta.

Los recursos son finitos y todos compiten por ellos, con una clara ventaja para las sociedades más ricas y poderosas. Baste un ejemplo: Brasil produce cada vez más soja con la finalidad de abastecer de carne los mercados de Europa y Estados Unidos. En 1970, 1,4 millones de hectáreas estaban destinadas a este uso, mientras que en 2000 sumaban trece millones. Pero la soja no generó una riqueza capaz de impulsar un desarrollo económico que aliviara, a su vez, el hambre que sufren millones de brasileños. Y, sin embargo, estas hectáreas podrían dar de comer a más de 50 millones de personas -el número de latinoamericanos que están subalimentados-, mientras que este cambio implicaría sólo una pequeña reducción en el consumo de carne de los países del Norte.

A todo esto se une la degradación del entorno. La extracción de minerales requiere remover 30.000 millones de toneladas de tierra cada año, lo que genera un daño que va en aumento, ya que las reservas son cada vez menos accesibles. También se destruyen miles de kilómetros de bosque para papel y madera -de los cuales una parte importante se convierte en embalajes para los productos que consumimos en crecientes cantidades-; la industria pesquera está poniendo en peligro la capacidad reproductiva de la fauna marítima... El cambio climático debido a la quema de combustibles fósiles para calentar casas, mover automóviles y transportar nuestros bienes ya es una peligrosa realidad. ¿Qué pasará entonces cuando se duplique el número de conductores en todo el mundo?

Las acciones adoptadas en los últimos años, como las mejoras en la eficiencia en el uso de la energía o de las materias primas, el reciclaje, el desarrollo de tecnologías más limpias y ciertas prohibiciones (por ejemplo, las de los CFC), son positivas. Pero aún existe un crecimiento exponencial en la explotación de los recursos de la Tierra, en la producción de emisiones, efluentes y residuos y en las consecuentes degradaciones del hábitat, pérdida de biodiversidad y desequilibrios en los ciclos naturales. Las disposiciones encaminadas a garantizar la sostenibildad sólo han conseguido frenar un poco, y en algunos casos, el ritmo, pero éste sigue siendo exponencial.

El reconocimiento, cada vez mayor, de la degradación del entorno natural ha dado lugar a un irónico contraste entre las sociedades beneficiarias de altos niveles de consumo y los proveedores de los recursos necesarios. Ahora se exportan al Sur los procesos más agresivos con el medio ambiente, mejorando así la calidad de vida ambiental de los países del Norte. La superficie forestal aumenta en Europa mientras la tala de árboles lo hace en las zonas tropicales y se trasladan a esas zonas fábricas particularmente contaminantes, como pueden ser las de chips informáticos. La ausencia de medidas de seguridad que dio lugar al increíble accidente de Bhopal sería inadmisible en el `primer mundo'. Una vez más, los ciudadanos del Sur están pagando las consecuencias de los altos niveles de consumo de otros, pero sin participar en sus beneficios. Por añadidura, se hace alarde de un discurso irónico que sostiene que son los países pobres los principales responsables de la degradación, en contraste con las `civilizadas' naciones del Norte, más respetuosas con la naturaleza y la vida.



Los mitos exportados


Existe una última e importantísima área de análisis acerca de los efectos de la sociedad de consumo sobre las personas y sobre cómo afecta de manera muy diferente a los que disfrutan de sus ventajas y a los que no. Esta sociedad es más que una cuestión de recursos, producción, reparto y uso de bienes y servicios: supone además un sistema de valores, de sueños, de deseos y también de frustraciones. El mito fundamental de este sistema es la identificación entre la buena vida, la felicidad y la satisfacción con el acceso al consumo, el dinero, el éxito económico. Éste es el baremo con el que se valora a cada individuo y también el criterio fundamental para definir a determinados países y sociedades como modélicos y superiores y, a otros, como fracasados e inferiores.

La cultura nacida del impacto de la globalización, los medios de comunicación, sus representantes más eficaces --la televisión y la publicidad-- y el turismo han mostrado su idoneidad para exportar los sueños de las ricas sociedades del Norte. Quizá su gran éxito haya sido su capacidad de modificar los deseos de las personas, haber logrado la transmisión del mito de la perfección de la sociedad de consumo, de la creencia de que es el único modelo válido.

Esta sociedad de consumo logró que personas con mínimos recursos sacrificasen necesidades básicas para obtener productos que pueden considerarse superfluos. No es casualidad que lo que más desean chinos y vietnamitas (ambos con unos ingresos medios inferiores a un dólar por día) sea una televisión. Pero los efectos de esta ideología consumista no sólo se ven en el cambio de hábitos de compra, también en la percepción que el individuo tiene de sí mismo, su comunidad y su sociedad. Si una persona pobre en un país rico comprueba que no participa en los elevados índices de consumo, es probable que traduzca su frustración en un sentimiento de fracaso personal. Pero ante el poderoso mito del consumo, una persona pobre de un país pobre es probable que, además de sentir un fracaso personal, extienda ese fracaso a su sociedad y a su estilo de vida. Frente al contraste con las imágenes de televisión, donde aparecen gentes que viven en la opulencia y parecen tenerlo todo, ¿cuál es el valor que pueden darle a su vida y a su entorno? Su frustración puede traducirse en odio y resentimiento; una amargura para quien lo siente y un caldo de cultivo o un estado de violencia latente para el colectivo.

No deja de ser irónico que mientras los mitos y valores de la sociedad de consumo avanzan entre los que tienen limitadas las posibilidades de disfrutar de sus bondades, ocurre lo contrario entre muchos ciudadanos del `primer mundo'. Existen tímidas pero crecientes críticas al modelo operante por ser insostenible e injusto y, lo que quizás es más importante, voces que ponen en cuestión la creencia de que la actual sociedad es la más perfecta en la Historia. Se extiende la sensación de inseguridad, de soledad, de insolidaridad, de banalidad, incluso de infelicidad. Este tímido movimiento crítico puede desembocar en un hecho necesario: abre la posibilidad de que tanto los que disfrutamos de los beneficios materiales de la sociedad de consumo como los que no pueden permitírselo podamos plantear conjuntamente la necesidad de articular otras opciones, alternativas de sociedades que vivan en armonía con la naturaleza y sus recursos, que se basen en la igualdad entre las personas y donde el valor de la vida se mida por la calidad de las relaciones entre ellas. Si no podemos construir juntos estas alternativas, nos enfrentaremos, casi con toda seguridad, a un futuro donde será cada vez más cruenta la lucha por el disfrute de los limitados recursos de la Tierra.




Para conocer más sobre este tema, el autor recomienda:


Libros básicos


Publicaciones o revistas esenciales

Varias páginas de Internet para empezar a tirar del hilo

Algunas organizaciones fundamentales en este ámbito

Una película de ficción o documental

Una visita


Fecha de referencia: 15-04-2003


1: Residente en España desde 1978, el estadounidense Daniel Wagman es consultor, promotor y escritor. Su actividad profesional se orienta a temas diversos, como el reciclaje de residuos, el consumo responsable y crítico, la economía solidaria o la cooperativas de consumo y trueque. En la actualidad investiga y escribe sobre temas relacionados con el racismo y la discriminación.

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