Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Boletín CF+S > 23 -- De Sur a Norte. Ciudades y medio ambiente en América Latina, España y Portugal > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n23/aaval.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Consumo de masas


Alfonso del Val[1]
Madrid (España), noviembre de 2002



El gran invento urbano y sus dependencias


La ciudad en todas sus modalidades históricas, desde la gran Roma, la Córdoba del califato y el burgo medieval a la urbe actual, nos ha ofrecido un privilegiado espacio para el fomento y desarrollo de las relaciones y los intercambios sociales, así como de la creatividad individual y colectiva. La ciudad puede calificarse como el mayor y mejor invento que la Humanidad ha construido para su propio beneficio.

En la base de este prodigio histórico se sitúa la concentración de personas y recursos, tanto materiales como energéticos, elementos necesarios para el complicado metabolismo que soporta el cada vez más enrevesado funcionamiento urbano. Los ciudadanos intercambian y acumulan información y productos con el objetivo de satisfacer sus necesidades personales y comunitarias. Estas actividades permiten y facilitan las relaciones sociales, a la vez que las enriquecen y extienden más allá de los límites urbanos. Pero su aumento lleva consigo la ampliación territorial de la ciudad, el crecimiento urbano, con el consiguiente incremento de las necesidades de bienes materiales y energéticos, cada vez más distantes. Aparece así el transporte como elemento característico y definitivo de lo urbano.

La ciudad necesita recursos con los que no cuenta, por lo que siempre ha sido y será dependiente de un territorio externo mayor y más alejado con el transcurso del tiempo, del cual obtiene materias primas para alimentarse, elaborar los productos necesarios y poder garantizar la movilidad de personas y mercancías. Sin embargo, en la compleja actividad de intercambio y producción de bienes no siempre se aprovechan o, al menos, no se aprovechan bien todos los recursos disponibles, que tan costosamente han sido trasladados a la urbe. Aunque su extracción lejana suele dejar huellas ecológicas muy negativas -y que deberíamos considerar también urbanas-, muchos de ellos son tratados de forma inadecuada y poco o nada valorados. Olvidamos así que los bienes naturales que nos permiten disfrutar de extraordinarias comodidades son únicos y finitos, son los que alberga nuestro planeta. No podemos desperdiciarlos.

A esto se añade una creciente tendencia a la generación de residuos, es decir, de recursos a los que se atribuye la condición de inútiles, de materiales sin valor, no aprovechables y, por lo tanto, susceptibles de rechazo y abandono en el propio medio urbano.



La ciudad genera residuos, pero también los aprovecha


Sucede también en la naturaleza: la producción de residuos es prácticamente inevitable. Sin embargo, al igual que en ésta, la necesidad y sabiduría de los ciudadanos los han dotado de una utilidad. En la naturaleza, la biosfera logra un reciclaje casi perfecto; en la ciudad, el modo de producción industrial aprovecha, con mayor o menor éxito -según las épocas y ciudades-, algunos de los desechos que ella misma genera. En las urbes de América Latina podemos encontrar numerosos ejemplos. Infinidad de pequeños comercios e industrias recicladoras jalonan las vías de acceso a las grandes ciudades. La necesidad primero y la sabiduría después permiten no sólo la utilización de recursos valiosos sino su conversión en objetos útiles.

Hace no mucho tiempo, en España, un nutrido grupo de `ecologistas' que ignoraban serlo procuraban a diario que se diese algún uso a la riqueza contenida en las basuras y en los escombros abandonados. Pío Baroja inmortalizó en La busca la labor de estos recicladores, a través de la figura de Custodio, trapero madrileño quizás pariente del `drapaire' de Joan Manuel Serrat:

«Cuando había una partida grande de papel se vendía en una fábrica de cartón del Paseo de las Acacias. No solía perder el viaje el señor Custodio porque además de vender el género en buenas condiciones, a la vuelta llevaba su carro a las escombreras de una fábrica de alquitrán que había por allá y recogía del suelo carbonilla muy menuda que se quemaba bien y ardía como cisco. Las botellas las vendía el trapero en los almacenes de vino, en las fábricas de licores y de cervezas; los frascos de específicos en las droguerías; los huesos iban a parar a las refinerías y el trapo, a las fábricas de papel. Los desperdicios de pan, hojas de verdura, restos de fruta, se reservaban para la comida de gallinas y cerdos.»

Pero la sagacidad del señor Custodio llegaba aún más lejos, aproximándose a la sabiduría de la biosfera y a la visión inteligente de lo que hoy es la economía y la agricultura ecológica. En una de sus conversaciones con su ayudante, Manuel, Custodio expresa así su pensamiento:

«¿Tú te figuras el dinero que vale toda la basura que sale de Madrid? Pues haz la cuenta a 60 céntimos la arroba, los millones de arrobas que saldrán al año... Extiende eso por los alrededores y haz que el agua del Manzanares y la del Lozoya rieguen esos terrenos y verás tú huertas y más huertas.»

Para completar su estrategia recicladora, Custodio aborda la otra gran fracción de los residuos urbanos: los escombros de obras y derribos. Nos lo cuenta don Pío:

«Otra de las ideas fijas del trapero era la de regenerar materiales usados. Creía que se debía poder sacar la cal y la arena de los cascotes de mortero, el yeso vivo del ya viejo y apagado y suponía que esta regeneración daría una nueva gran cantidad de dinero.»

Desde entonces ha pasado un siglo y en nuestras cada vez más complejas ciudades europeas han ido desapareciendo los `custodios' y `drapaires'. Sin embargo, ellos son los primeros y más importantes eslabones de una sabia cultura mundial que ha permitido que casi la mitad del acero y del plomo que se consume en el mundo se produzca a partir de chatarras metálicas. En el caso del reciclaje del aluminio, el ahorro alcanza hasta un 96%. Algunos países están recuperando más de la mitad de sus residuos de papel y cartón: Holanda y Austria, cerca del 53%; Suiza, 51%; Japón, 50%. En otros, estos productos se fabrican -reciclan- utilizando cantidades elevadas de residuos de papel y cartón: en Dinamarca, el 86%; en Holanda, el 66%; en España, casi el 65%.



De la simple cultura económica a la ecológica


El desarrollo tecnológico ha producido un espectacular aumento de la extracción y consumo de materiales y energías, pero no ha avanzado apenas en el aprovechamiento de los residuos. Quizás este hecho encuentre su mejor explicación en el constante descenso del precio de las materias primas, que ha supuesto que los costes monetarios de la recuperación y del reciclaje puedan superar a los de la obtención de recursos en las propias instalaciones mineras.

Desprovistos de la más indispensable cultura ecológica, que exige considerar los bienes naturales como algo extraordinariamente valioso por su finitud y por los perjuicios ambientales que implican su extracción y posterior abandono en forma de desechos, durante décadas hemos considerado como uno de los indicadores del desarrollo económico y social la generación de residuos per cápita y su tasa de crecimiento. Paralelamente al espectacular aumento de los desechos, se ha ido desarrollando una costosa industria de la recogida, transporte y ocultación de las basuras en vertederos, o de su cremación en peligrosas y antiecológicas incineradoras.

También durante décadas, no sólo hemos despilfarrado recursos naturales y económicos, sino que hemos contaminado, a veces de forma irreversible, suelos, aguas y atmósfera, despreciando la labor de los cada vez más escasos custodios y drapaires, hasta casi provocar su desaparición. Sin embargo, la sabiduría y la necesidad de conservar los bienes naturales han dado pie a una nueva conciencia ambiental en los ciudadanos europeos. Ésta ha ido desplazando los criterios de gestión de residuos desde prácticas antiecológicas hacia nuevos objetivos de prevención, reutilización y reciclaje: sólo los restos no aprovechables van a parar al depósito en vertedero.

De la preocupación más estética que ambiental por la simple molestia que causaban las basuras se ha evolucionado hacia costosas prácticas de recogida selectiva de cada vez más tipos de desechos para su reciclaje y aprovechamiento posterior. La tendencia, apoyada por campañas de educación y por normativas comunitarias y nacionales, es ir aceptando que los costes de su recuperación deben ser asumidos por los productores y consumidores de los bienes.



La lección de América Latina


Si contemplamos cómo la necesidad y la sabiduría urbana de las ciudades de América Latina han desarrollado una ingente e ingeniosa industria de la reutilización, que llega a veces a convertir los desechos en auténticas obras de arte, entresacaremos fácilmente la conclusión de que el rendimiento económico y ecológico de esta actividad es superior, en muchos casos, al de los nuevos y costosos sistemas europeos de aprovechamiento de residuos.

Los latinoamericanos que reutilizan sus envases, recauchutan sus neumáticos y reciclan hasta niveles inimaginables en Europa los objetos y materiales más diversos están comportándose como ciudadanos más respetuosos con el medio que la mayoría de los europeos. El reto de sus urbes radica en mantener y mejorar estas prácticas destinando recursos económicos y apoyos a una mejor valoración social de los recuperadores y recicladores y a la incorporación de los considerables avances tecnológicos alcanzados en las industrias de aprovechamiento de residuos.

Es deseable que el largo y costoso camino que hemos tenido que recorrer en Europa para reinventar de nuevo a los modernos custodios y `drapaires' -encarnados en los propios ciudadanos-, aunque no ha alcanzado todavía su eficiencia, se convierta en un corto y rápido atajo en América Latina para la necesaria y nueva orientación de la gestión de los residuos, en la cual el protagonismo siga siendo de los que ahora evitan o aprovechan los desechos.

Para finalizar, sólo un pequeño ejemplo: los custodios que aún sobreviven en Madrid de las chatarras, prácticamente todos ellos gitanos, consiguen recuperar para su uso posterior más residuos metálicos que todas las instalaciones municipales de recuperación de la basura existentes en España (casi medio centenar). Todo ello sin ayuda técnica ni económica alguna y, lo que es todavía más lamentable, sin el más mínimo reconocimiento social. Esto es lo que no debe suceder nunca en América Latina.




Para conocer más sobre este tema, el autor recomienda:


Libros básicos


Publicaciones o revistas esenciales



Algunas organizaciones fundamentales en este ámbito

Una película de ficción o documental

Una visita



Fecha de referencia: 15-04-2003


1: Alfonso del Val es consultor ambiental y lleva más de dos décadas dedicado a la elaboración y ejecución de proyectos sobre energías renovables, agua y residuos. Dirigió el primer Plan Integral de Recogida Selectiva y Aprovechamiento de Residuos Sólidos Urbanos en España, y fue miembro de la comisión de expertos de la Conferencia de Naciones Unidas Estambul'96. Dirige actualmente el Plan Integral de Residuos Sólidos de la Isla de La Palma y el área de residuos de la Estrategia de Lanzarote en la Biosfera.

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