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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Libros


Carlos Jiménez Romera




Sobre el gobierno civil


John Locke (1690) Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (Título original: The Second Treatise of Civil Government, An Essay Concerning the True Original, Extent and End of Civil Government; versión castellana de Carlos Mellizo; Alianza Editorial, Madrid, 1990.)

Alcalá de Henares (España), 12 de diciembre de 2001.

En ocasiones es fácil olvidar el sentido de expresiones o conceptos que utilizamos de forma continua en nuestra vida cotidiana; el resultado de estos olvidos puede ser muchas veces perverso. Sobre el gobierno civil, la democracia o tantos otros términos habituales en nuestro lenguaje diario existe un velo de cotidianidad que muy a menudo nos impide analizarlos con verdadero espíritu crítico.

Para discutir sobre el gobierno civil que nos toca sufrir hoy es conveniente tener meridianamente claro en qué consiste realmente, cuál es su función y cómo la desempeña. Tal vez alguien esté tentado a pensar que los escritos de un inglés de hace más de 300 años, una época y un contexto político tan diferentes, nos queden un tanto lejanos, pero no puede haber nada más falso: recurrir a los clásicos nos permite abstraernos de los síntomas más evidentes de los males que aquejan a nuestra sociedad y observar desde una distancia prudencial su verdadero rostro. Este tratado es ampliamente conocido por sus posturas progresistas, avanzadas para su época y seguramente para la nuestra: plantear la posibilidad de una rebelión del pueblo como algo positivo e incluso deseable en ciertas circunstancias es algo que aún no puede ser asumido por la mayor parte de nuestros intelectuales contemporáneos.

La prosa brillante del autor y la traducción limpia de la versión castellana me tientan demasiado a citarlo expresamente, convencido de que no habré de encontrar forma más clara de expresar las mismas ideas:

...Porque el pueblo, al haberse reservado el derecho de elegir a sus representantes para proteger de este modo sus propiedades, no podría haberlo hecho con otro fin que el que éstos fuesen siempre elegidos libremente, y, una vez elegidos, libremente actuaran y aconsejaran según lo que, tras cuidadoso examen y maduro debate, se juzgase necesario para el Estado. Mas quienes dan sus votos antes de oír lo que se dice en el debate y de sopesar las razones que allí se han esgrimido no pueden hacer esto. Formar una asamblea con hombres así, e intentar hacer pasar a estos esbirros por auténticos representantes del pueblo y por legisladores de la sociedad es ciertamente el mayor engaño y el mayor síntoma de querer subvertir al gobierno que puedan imaginarse.

El alegato de Locke iba dirigido a los reyes absolutistas que pretendían manipular y adaptar a sus necesidades las instituciones de sus reinos, pero es perfectamente aplicable a muchos de nuestros sistemas democráticos. Sin lugar a dudas, de ser contemporáneo nuestro, este apacible filósofo inglés sería tildado de peligroso alborotador anarquista; por suerte, puesto que ya ha sido reconocido como clásico del pensamiento occidental, podemos leerlo con la conciencia tranquila.



Sobre la libertad


John Stuart Mill (1859) Sobre la libertad (Título original: On Liberty; versión castellana de Pablo de Azcárate; Alianza Editorial, Madrid, 1970)

Alcalá de Henares (España), 11 de febrero de 2003.

En esta época actual de retroceso en todos los campos de la cultura y la civilización humana resulta imprescindible recordar constantemente todos los grandes logros del pasado que nos empeñamos en enterrar bajo el fanatismo. Resulta paradójica nuestra recreación actual en el desarrollo tecnológico paralela a nuestro desprecio por los grandes avances de la cultura humana. Hoy en día, hablar de libertad se ha convertido en un tabú, sólo propio de progres trasnochados, privilegiados de un mundo opulento; así, la libertad se ha convertido en el único lujo fuera del alcance de la humanidad. Tal vez sea éste el momento de detenerse a reflexionar un instante si ha valido la pena recorrer este largo camino que ahora nos empeñamos en desandar.

Como español nacido en la década de 1970, no he llegado a conocer las épocas más oscuras de la historia de mi país, ni tampoco las horribles dictaduras que imperaron por aquellas fechas en los más diversos lugares del mundo. Al entablar conversaciones en torno a la libertad con personas de generaciones precedentes, me he encontrado una y otra vez con comparaciones sobre la libertad de entonces y la de ahora; evidentemente toda comparación resulta favorable, pero insisto en negarme a aceptar que sea ésta toda la libertad que la humanidad puede alcanzar.

Tras el evidente retroceso en las libertades que se ha vivido en España desde el año 2000 y en el mundo entero desde septiembre de 2001, cualquier joven ignorante, que no ha llegado a conocer las dictaduras de Franco, Pinochet o Videla (por citar sólo algunas de las más cercanas y dolorosas), encuentra insoportable la nueva situación, por mucho que nuestros mayores nos narren tiempos infinitamente peores. A estas alturas, resulta evidente que el progreso de la humanidad es más una aspiración que un logro, pero en cualquier caso, no debemos caer en la tentación de relativizar los valores que hasta ahora se habían convertido en los pilares de un mundo mejor.

Así pues, en estos momentos de desasosiego es más necesaria que nunca la lectura de este pequeño libro, escrito en un época en que la libertad de expresión era una aspiración futura y no un recuerdo añorado. Leerlo antes de que llegue su particular Farenheit 451 se convierte en una obligación para todo aquel que añore unos ideales que nuestros contemporáneos se empeñan en enterrar.

Es extraño que los hombres admitan la validez de los argumentos en pro de la libertad de discusión y les repugne llevarlos hasta sus últimas consecuencias, sin advertir que las razones, si no son buenas para un caso extremo, no lo son para ninguno. Extraña cosa es que no piensen que asumen infalibilidad cuando reconocen que pueda haber libertad de discusión sobre los asuntos que puedan ser dudosos, pero piensan que respecto de algunos principios o doctrinas particulares debe prohibirse la discusión porque son ciertos, es decir, porque ellos tienen la certidumbre de que son ciertos. Tener por cierta una proposición mientras haya alguien que negaría su certidumbre si se le permitiera, pero que no se le permite, es afirmar que nosotros mismos y aquellos que piensan como nosotros somos los jueces de la certidumbre y jueces sin oír a la parte contraria.

[...]

...Las facultades humanas de percepción, juicio, discernimiento, actividad mental y hasta preferencia moral, sólo se ejercitan cuando se hace una elección. El que hace una cosa cualquiera porque ésa es la costumbre, no hace elección ninguna. No gana práctica alguna ni en discernir ni en desear lo que sea mejor. Las potencias mentales y morales, igual que la muscular, sólo se mejoran con el uso. No se ejercitan más las facultades haciendo una cosa meramente porque otros la hacen que creyéndola porque otros la creen. Cuando una persona acepta una determinada opinión, sin que sus fundamentos aparezcan en forma concluyente a su propia razón, esta razón no puede fortalecerse, sino que probablemente se debilitará; y si los motivos de un acto no están conformes con sus propios sentimientos o su carácter (donde no se trata de las afecciones o de los derechos de los demás), se habrá ganado mucho para hacer sus sentimientos y carácter inertes y torpes, en vez de activos y enérgicos.

[...]

...Anhelamos el mejoramiento en política, en educación, hasta en moral, si bien en esta última nuestra idea de perfección consiste principalmente en persuadir, o forzar, a los demás a ser tan buenos como nosotros mismos. No es el progreso a lo que objetamos; por el contrario, nos alabamos de ser el pueblo más progresivo que ha existido nunca. La individualidad es contra lo que nosotros luchamos; creeríamos haber hecho algo maravilloso si nos hubiéramos hecho todos iguales; olvidando que la desemejanza entre dos personas es, generalmente, la primera cosa que llama la atención a cada una de ellas respecto de la imperfección de su propio tipo, y la superioridad de otro, o la posibilidad de obtener algo superior a ambos, combinando sus respectivas ventajas. Tenemos un ejemplo en China, nación de mucho talento, y hasta, en ciertos aspectos, de sabiduría, gracias a la rara y buena fortuna de haber sido dotada en un remoto periodo con una serie de costumbres particularmente buenas, obra en cierta medida de hombres a los que los más cultos europeos deben conceder, bajo ciertas limitaciones, el título de sabios y filósofos. Son también notables estas costumbres por la excelente manera de imprimir lo más posible sus mejores doctrinas en cada espíritu de la comunidad, y asegurar que aquellos que se las han apropiado mejor ocuparán los puestos de honor y de poder. Seguramente que el pueblo que hizo esto ha descubierto el secreto del progreso humano y debe haberse puesto decididamente a la cabeza del movimiento del mundo. Por el contrario, se ha hecho estacionario, permaneciendo así durante miles de años; y si en lo sucesivo experimentan algún perfeccionamiento será por extranjeros. Han superado todas las esperanzas en lo que los filántropos ingleses tan industriosamente procuran: hacer un pueblo uniforme, que todo él gobierne sus pensamientos y conducta por las mismas máximas y reglas; y éstos son los frutos. El moderno regime de opinión pública es, en una forma inorgánica, lo que en forma organizada son los sistemas chinos, educativo y político; y a menos que la individualidad sea capaz de afirmarse triunfalmente contra ese yugo, Europa, a pesar de sus nobles antecedentes y de profesar el cristianismo, tenderá a convertirse en otra China.


Y sin embargo, este último texto --a pesar de la cultura, la filantropía y la amplitud de miras de las que hacía gala John Stuart Mill-- no deja de mostrar los prejuicios del etnocentrismo europeo (y cristiano). Afirmaciones que tod@s preferiríamos considerar anacrónicas, pero que vuelven a estar de nuevo en boga en nuestra época de choque de civilizaciones; bastaría sustituir Europa por Occidente, para comprobar cómo Stuart Mill vuelve a mostrar con claridad tanto las mejores virtudes como los peores defectos de nuestra tradición.

Fecha de referencia: 11-02-2003

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