Ciudades para un Futuro más Sostenible
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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Las metrópolis latinoamericanas en la red mundial de ciudades: ¿megaciudades o ciudades globales?


Margarita Pérez Negrete[1]
Ciudad de México (México), febrero de 2002.

Cuando se habla de ciudades globales[2], habitualmente se hace referencia a aquellas urbes que participan y tienen una función específica en la economía mundial. Los estudios sobre éstas se han centrado en las funciones de control y de mando que ciudades del Primer Mundo desempeñan en la dinámica internacional. Por otro lado, cuando se habla de megaciudades, por lo general se hace alusión a grandes conglomerados metropolitanos del Tercer Mundo, que exhiben los efectos adversos de un crecimiento desordenado. De esta manera, se ha estudiado tradicionalmente a las metrópolis latinoamericanas desde este segundo enfoque y pocos estudios han cuantificado su creciente participación en la escena internacional.

Por ello, quisiera destacar en este ensayo la manera en que, en los últimos 15 años, metrópolis latinoamericanas, como la Ciudad de México, Buenos Aires o Sao Paulo han ido adquiriendo características de ciudades globales, pero con una especificidad inherente a su carácter periférico. Ellas también, al igual que las ciudades del mundo desarrollado pero en diferente grado, son parte activa de una red o un entramado dentro del sistema internacional en donde se crea y se reproduce la acumulación del sistema capitalista mundial.

De manera general, las ciudades globales han estado ejerciendo determinadas actividades en la conservación del sistema y, dentro de éste, las metrópolis latinoamericanas, aun cuando no son ejes de poder, cumplen funciones importantes para el mantenimiento del mismo. No obstante y tomando en cuenta este nuevo rol que han ido adquiriendo en la escena internacional, se sigue enmarcando a nuestras urbes en los estudios urbanos como megaciudades. Esta connotación, especialmente, ha tratado de resaltar los aspectos negativos de las metrópolis y se ha dirigido a estudiar estos espacios en relación con su peso demográfico, con la pobreza y marginalidad y con los efectos caóticos que el mismo crecimiento acelerado ha generado.

Así, de la misma manera en que prevalecen las manifestaciones de un crecimiento desordenado, nuestras grandes urbes están actualmente teniendo un peso específico en el sistema mundial de ciudades. Esto es una consecuencia de los cambios ocurridos en el sistema internacional y tiene que ver con la manera en que América Latina profundiza su integración a este proceso. Desde luego, ello no quiere decir de manera simplificada que el sistema mundial esté determinando el comportamiento de nuestras ciudades, pero sí es un hecho que las actuales transformaciones urbanas de la región -que tienen que ver con la nueva división internacional del trabajo o con el auge del sector de servicios, por ejemplo- no pueden entenderse si no tomamos en cuenta las tendencias mundiales.

De esta manera, la realidad urbana latinoamericana debe comprenderse a partir del reconocimiento de que existe un proceso dual, que propicia que las metrópolis profundicen su integración a los procesos mundiales adquiriendo el carácter de globales, al mismo tiempo que mantienen y acentúan los efectos negativos de su condición de megaciudades. ¿Cómo se combinan ambos factores? ¿Cómo coexisten dos mundos distintos en un mismo espacio? ¿Es ésta una de las causas que han profundizado la polarización social en nuestra región? De aquí se desprenden algunos de los principales interrogantes sobre los cuales quisiera reflexionar en estas líneas.

Para ello, en un primer espacio destacaré la importancia que en la actualidad han ido adquiriendo las ciudades en el nuevo orden internacional y el papel que desempeñan en el sistema de acumulación de capital global. Como segundo punto, ubicaré el lugar que ocupan algunas metrópolis latinoamericanas dentro del régimen de acumulación de capital global y además destacaré la relevancia que algunas de ellas adquieren como centros de articulación de economías nacionales y regionales. En un tercer espacio, abordaré algunas características de las metrópolis latinoamericanas desde el punto de vista de su condición de megaciudades, haciendo hincapié en los principales aspectos problemáticos que el mismo crecimiento desordenado ha generado. Como cuarto punto, me referiré a las principales transformaciones que la estructura social urbana ha experimentado como resultado de la tensión entre los procesos de integración y exclusión, es decir, por un lado como espacios integrados al sistema capitalista mundial de ciudades y por ende participantes activos del proceso de acumulación y, por otro, como espacios donde se viven y se registran los índices más abultados de pobreza y marginación social.



Características del nuevo orden internacional y las ciudades como centros de acumulación global


Al concluir la guerra fría y desaparecer el sistema bipolar que aseguraba el balance de poder en el mundo, lejos de vivirse un nuevo orden internacional basado en el equilibrio entre naciones, nos encontramos frente a una especie de sistema multipolar, donde los principales centros de poder están constituidos por ciudades globales establecidas en distintos puntos del Primer Mundo. Algunas investigaciones[3] dan cuenta de este fenómeno y destacan el papel preponderante que determinadas urbes ejercen como centros de articulación de economías nacionales, regionales, e internacionales. Las ciudades globales, en este sentido, conforman espacios de acumulación global donde se concentran y se materializan los beneficios de los distintos procesos productivos de la nación o región a la que pertenecen. Las actividades más relevantes y las variables económicas más abultadas del sistema internacional se contabilizan en estos territorios.

Según Saskia Sassen, en la actualidad existen tres ciudades globales que desempeñan un decisivo papel de control y de mando y que a su vez están a la cabeza articulando todo un entramado de ciudades: Tokyo, Londres y Nueva York. Estos espacios se han dedicado a desarrollar intensamente actividades financieras y de servicios que son inherentes al mismo proceso de acumulación y que les confieren la capacidad de controlar y liderar extensas áreas geográficas en el mundo. No obstante, otras ciudades -aun cuando no están consideradas como globales en el sentido estricto del término- asumen funciones especializadas en determinadas áreas y participan activamente en este proceso de acumulación de capital global. Así, las ciudades organizadas jerárquicamente de acuerdo con el papel que desempeñan en el funcionamiento del sistema internacional se constituyen en espacios donde convergen la liquidez, la tecnología, la información y la comercialización de la producción global.

En la actualidad, en las áreas urbanas existe una creciente y densa gama de interacciones, de tal suerte que no es posible identificar un solo rincón en el mundo que no esté vinculado a estos espacios de acumulación. Incluso, puede decirse que las diversas actividades económicas, políticas o culturales que se desarrollan en las zonas rurales buscan constantemente el referente de los centros urbanos.

En este sentido, puede observarse cómo las ciudades emergen en el escenario internacional como las protagonistas de las principales transformaciones políticas, sociales y económicas, al tiempo que se convierten en los espacios donde la revolución tecnológica y comunicacional va marcando avances sin precedentes. Las diversas actividades propiamente urbanas articulan y tejen vínculos con otros lugares del mundo, de tal suerte que el proceso de globalización cobra su existencia en estos lugares.



Las ciudades de América Latina en el nuevo régimen de acumulación



En medio de este protagonismo urbano, América Latina está ganando un espacio. La integración de nuestras metrópolis al sistema de acumulación y a la red mundial de ciudades cada vez es más notable. Si de alguna manera nuestras grandes urbes siguen siendo dependientes del mundo desarrollado y conservan su carácter periférico, también ellas se afirman en la escena internacional como focos de enlace con el sistema mundial. No son centros de poder, como pueden serlo ciudades del tipo de Nueva York, Tokio o Londres, pero están desarrollando funciones que están confiriéndoles un papel destacado en determinadas áreas de la dinámica mundial.

Si antes de los ochenta nuestra región podía permanecer un tanto ajena a algunos procesos externos -que tuvieron como consecuencia que en América Latina se diera el impulso al modelo de sustitución de importaciones y el desarrollo industrial dependiente-, ahora es posible observar cómo esta posición se ha modificado de manera substancial. Actualmente, la región, particularmente a través de sus metrópolis, se muestra altamente sensible a los cambios que operan en el sistema mundial y, además, sus actos pueden tener un fuerte impacto en la economía internacional, como lo mostró claramente el caso de México en 1994. El peso específico que tienen algunas zonas urbanas de América Latina, dentro del sistema mundial de ciudades, es una clara evidencia de la manera en que se ha profundizado la integración a la dinámica internacional, pero no sólo eso. Además, esta participación ha hecho de las principales metrópolis latinoamericanas los puntos estratégicos donde el proceso de globalización del país y de la región cobra su existencia.

A nivel global, para determinar qué ciudades de la región están insertándose de una manera más activa al proceso de acumulación de capital, he tomado algunos datos provenientes del GaWC (Globalization and World Cities Study Group)[4]. Este centro se ha dedicado a la investigación de ciudades globales y ha realizado estudios reveladores en este ámbito. Por ejemplo, ha medido la participación de las ciudades que forman parte de la red mundial en función de determinados servicios estratégicos que ellas proporcionan. Así, entre las metrópolis de América Latina que figuran en la organización jerárquica de la red, de acuerdo con su capacidad global, figuran Buenos Aires, Caracas, la Ciudad de México, Santiago y Sao Paulo. Para medir esta facultad, el GaWC se ha valido de la metodología[5] de Saskia Sassen, en la cual se considera que son específicamente 4 ramas de servicios de avanzada que van determinando la formación de una ciudad global: contabilidad, finanzas, servicios legales y publicidad. Considerando el peso específico de estos sectores en la actividad económica de las ciudades, se les ha clasificado en Alpha, Beta y Gamma [6]. Asimismo, dentro de estas 3 categorías se ha establecido una escala del 1 al 12 para determinar la importancia que tiene cada una de las ciudades como centros mundiales de servicios. La distribución resultante es la siguiente: la Ciudad de México y Sao Paulo ocupan el primer lugar entre las ciudades de América Latina con la categoría Beta y una escala de 8; en la categoría Gamma, figuran Caracas y Santiago con una escala de 5 y Buenos Aires con una escala de 4 [7]. Ello quiere decir que las ciudades mencionadas son ciudades globales, porque los servicios que ellas proporcionan les confieren la capacidad de ser espacios de transmisión de flujos globales.

Además de las facultades que les dan presencia en la escena internacional, nuestras grandes metrópolis, éstas que el GaWC califica como globales, realizan una importante función en la región. Son los puntos centrales donde América Latina se enlaza con el mundo. La capacidad global hace indudablemente a una ciudad ser relevante a nivel regional y, de esta manera, las metrópolis que figuran en el esquema anterior se han convertido en los lugares estratégicos donde se produce la globalización de la región. Por ejemplo, después de haber revisado los destinos de las principales empresas multinacionales de origen británico y estadounidense, [Beaverstock, Smith and Taylor, 2000] y [Beaverstock, Taylor and Walker, 2002], se comprobó que Sao Paulo y la Ciudad de México se han convertido en los lugares más atractivos para estos inversionistas en América Latina. Por otro lado, si de alguna manera estas ciudades destacan por su capacidad para ser centros de servicios globales, también han diseñado estrategias para establecer oficinas regionales y ser proveedoras de servicios al resto del continente.

Como afirma Parnreiter en una interesante interpretación que hace de las estadísticas recabadas por GaWC, refiriéndose particularmente a la Ciudad de México: «Tiene un porcentaje de formación de ciudad global ("world city formation") de 12 por ciento; está por encima de otras ciudades como Sao Paulo, Buenos Aires y Caracas (6 por ciento cada uno) y Santiago (5 por ciento)» «La Ciudad de México es un centro global mayor en los cuatro subsectores (establecidos por Sassen), mientras que Sao Paulo lo es sólo en tres y Buenos Aires solo en uno» [Parnreiter, 2000].

Asimismo y como dato adicional que da cuenta de la importancia regional de nuestras urbes, cabe mencionar que Sao Paulo es el principal centro financiero de la región. La Bolsa de valores de Sao Paulo (Bovespa) es la más importante de América Latina seguida por la Bolsa Mexicana de Valores de México. Aun cuando la participación de ellas representa un porcentaje muy bajo del capital invertido globalmente y son altamente dependientes de las bolsas más fuertes del mundo, su existencia resulta ser esencial para el sistema financiero de la región, como se ha podido demostrar claramente con los recientes desequilibrios financieros de América Latina y consecuentemente con el impacto que han tenido en el sistema económico internacional. De esta manera, es así como las ciudades mencionadas juegan un papel destacado en el proceso de globalización de la región y colocan a nuestras ciudades como puntos ineludibles donde pasan y convergen los flujos que dan vida al sistema económico mundial.

Finalmente, estas ciudades son, naturalmente, espacios fundamentales donde el proceso de globalización del país se lleva a cabo. Una especificidad muy palpable de las principales ciudades de América Latina es que han sido desde el pasado zonas de alta concentración de población, de recursos, de actividades administrativas y de poder político. En el caso de Sao Paulo, aun cuando el poder administrativo y político está ubicado en otro punto del país, históricamente su papel ha sido y sigue siendo de primer orden en la dinámica interna de Brasil. De tal suerte, en estas metrópolis latinoamericanas, encontramos los puntos clave donde el país establece sus vínculos con el exterior. Aun cuando esta situación se ha modificado en los últimos años, sobre todo por el crecimiento que han tenido las ciudades medias, impera todavía una innegable primacía urbana, donde se da la presencia de una ciudad que es varias veces mayor que la ciudad siguiente en jerarquía a nivel nacional. Este fenómeno ha sido una constante en el proceso de urbanización de la región y citando nuevamente a la Ciudad de México, es posible observar cómo ésta, ha llegado a concentrar en el decenio de los noventa hasta el 34 por ciento del PIB nacional, el 40,85 por ciento del empleo urbano nacional y es el lugar donde se ha llegado a localizar hasta el 50 por ciento de las empresas más importantes de país[8]. En el caso argentino, el Area Metropolitana del Gran Buenos Aires (AMBA) concentró en 1991 el 33,5 por ciento de la población nacional, generó más del 50 por ciento del producto bruto industrial del país y concentró, al mismo tiempo, el 40 por ciento del total de empresas.[Meichtry, 1994]



Las Ciudades de América Latina como megaciudades


Por todo lo mencionado hasta este momento, resulta evidente la manera en que algunas zonas metropolitanas de América Latina están insertándose en la dinámica mundial y forman parte activa de la red de ciudades donde se produce el proceso de acumulación de capital global. Pero además, el carácter de estas ciudades está conformado por aquella especificidad con la que tradicionalmente se ha caracterizado a las metrópolis del Tercer Mundo: son megaciudades. Como había mencionado anteriormente, el término generalmente se asocia con el número de habitantes de ese territorio, con espacios aglomerados y caóticos, donde la pobreza, el sector informal precario y la violencia se hacen presentes.

El constante deterioro del nivel de vida que se registra en las principales urbes de América Latina muestra que aun cuando algunas de ellas forman parte del entramado mundial de ciudades, un sector considerable de la población que las habita se encuentra en un total abandono. La calidad de vida no es congruente con el papel que ellas desempeñan en la creación y generación de la riqueza mundial. Por ejemplo, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina (INDEC) en Buenos Aires se han registrado, en este año, los peores niveles de pobreza desde 1991. Este instituto asegura que hay 3.960.000 de pobres[9] y se estima que 1 de cada 3 familias vive en estas condiciones. Esta cifra es inferior para otras ciudades de América Latina.

De esta misma forma, resulta difícil entender que, al mismo tiempo que la Ciudad de México y Sao Paulo cuentan con los centros financieros más importantes de la región, figuran entre los centros urbanos más aglomerados del planeta con los niveles más altos de contaminación ambiental [UNEP/WHO, 1992]. Tampoco es suficiente conformarse con las cifras que indican que la explosión demográfica de nuestras ciudades ha llegado a su techo y que el índice de crecimiento poblacional se ha desacelerado, cuando las condiciones de vida, la desigualdad y la polarización social parecen intensificarse.



La nueva estructura social urbana: se profundiza la polarización


Finalmente, quisiera mencionar algunas transformaciones que están marcando a las grandes metrópolis latinoamericanas con un sello distintivo, en donde la exclusión social figura como un componente básico de la dinámica de las ciudades. Nuestras metrópolis viven, ahora y más que nunca, el fenómeno de la dualidad urbana [10]. Éste ha generado algunos cambios en la composición de la estructura social que acentúan, por un lado, nuestra condición de megaciudades, pero simultáneamente nos mantienen involucrados con los procesos globales.

Históricamente, nuestra región se ha distinguido por el alto grado de polarización de sus sociedades. Pero ahora esta polarización se ha modificado y se ha profundizado substancialmente. Hasta la fecha, pocos estudios se han llevado a cabo al respecto y existe un gran vacío teórico y conceptual para lidiar con este fenómeno. Sin embargo, es claro que en las mismas ciudades, y con mucha más intensidad en las zonas de nuestra región, las consecuencias de estas transformaciones son evidentes. El nuevo régimen de acumulación y su impacto en la composición social urbana han motivado el interés de diversos teóricos, que como Ingersoll [Ingersoll, 1993] tratan de explicar la manera en que están orientándose estos nuevos esquemas en la composición social. Él señala que en la cúspide de los centros urbanos se encuentran los propietarios que controlan la producción y la información electrónica. Debajo de ellos, hay diversos grados de "ciberproletarios", que dependen de la telemática para efectuar su trabajo. Finalmente, en las bases hay una subclase, el lumpen, que literalmente es irrelevante y marginal para este proceso de acumulación. De acuerdo con esta clasificación, se podría desprender que esta clase constituye la mayor parte de la población de las grandes zonas metropolitanas latinoamericanas. En este sentido, se genera un creciente desfase, por un lado, entre las dos primeras clases que reproducen y mantienen el régimen de acumulación y, por otro, entre la última clase que es totalmente marginal al mismo.

Desde otra óptica y como factor explicativo de los cambios en la estructura social urbana, cabe mencionar el auge y relevancia del sector servicios. Como es sabido, nuestras metrópolis han experimentado una importante transformación en los últimos 30 años y han dejado de especializarse en la industria para consolidar sus actividades en este sector de la economía. La Ciudad de México concentró en el decenio de los noventa hasta el 40,95 por ciento del empleo urbano formal nacional y además registró en el mismo lapso el 40 por ciento del PIB urbano [11]. Así, este ramo se ha convertido en la principal actividad productiva de nuestras urbes y ha sido muy claro cómo al mismo tiempo que se desarrolla un sector terciario formal va expandiéndose, por otro lado, un sector informal. Es decir, de un lado del polo existe un pequeño cuadro altamente calificado y especializado que participa en la creación de la riqueza y, por otro, crece paralelamente un gran sector informal que depende profundamente del primero y del grueso de los consumidores urbanos. Este fenómeno es aún más marcado en el caso de América Latina, porque, al mismo tiempo que se desarrollan servicios de avanzada ávidos de personal calificado y con conocimientos especializados, por otro lado se expande un sector informal que generalmente es de autoempleo.

Así, el que metrópolis como éstas se hayan especializado funcionalmente en los servicios es un elemento que ha contribuido a profundizar la polarización. Desde luego, existen fuertes vínculos entre la economía formal e informal y, aun cuando no es posible determinar que exista una relación causal entre ambos, hay algunos factores que pudieran explicar parte de este fenómeno:

El número de trabajadores empleados en el sector informal ha ido en aumento y, en condiciones de crisis, este número se ha incrementado considerablemente. Según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), el 47 por ciento del trabajo urbano de la región es informal y este mismo organismo ha calculado que desde el inicio de los noventa entre el 60 y el 70 por ciento de los nuevos puestos de trabajo se generaron en la economía informal. En este sentido, el sector informal juega un papel protagónico en las grandes ciudades de la región, evidentemente por la mayor concentración de consumidores potenciales para sus productos.

De esta forma, el auge del sector servicios característico de las grandes ciudades de América Latina genera varios tipos de ocupaciones que requieren, por un lado, de un alto grado de educación y sueldos elevados, y, por otro lado, demanda servicios sociales y personales que por lo general son cubiertos por el sector informal y marginal de la economía. Se muestra así la presencia de un sector que participa activamente en la creación de la riqueza de la ciudad a la que pertenece y, paralelamente, de otro sector que indirectamente crece de manera mucho más acelerada y permanece completamente ajeno a la acumulación de capital global.



Las desigualdades en la vida cotidiana


A lo largo de estas líneas, he tratado de destacar, de manera paralela, dos aspectos centrales de las metrópolis latinoamericanas: por un lado, su importancia como componentes básicos de un sistema mundial de ciudades; y por otro, como territorios donde se profundizan las desigualdades y la polarización social. Es claro que, mientras una parte de las zonas urbanas participa y está altamente integrada a la dinámica internacional, deja fuera a otra parte que parece ser irrelevante y marginal a esta lógica. Permanecen, entonces, sin resolver los problemas históricos de exclusión social de la misma manera en que la polarización se profundiza.

Así, nuestras metrópolis dan cuenta de un proceso de coexistencia de dos mundos opuestos y desarticulados. Un Primer Mundo resulta ser una especie de enclave que concentra y asume actividades de primer orden en la creación y generación de riqueza del país, de la región y del sistema de acumulación capitalista mundial. Así lo exhibe la zona de Santa Fe en la Ciudad de México, el centro financiero de la Avenida Paulista o Retiro en Buenos Aires. Por otro lado, en un espacio casi inmediato, vemos un Tercer Mundo que vive la parte más desafortunada de la ciudad, atrapado en la pobreza, en las actividades económicas informales, en la marginación y la exclusión. Los contrastes son, como lo fueron en el pasado, la principal característica del componente urbano de nuestra región.

Los que vivimos y habitamos estas ciudades lo vemos todos los días. Hemos integrado las desigualdades a nuestra vida cotidiana. Para llegar a la zona de vanguardia de la Ciudad de México donde se agrupan los centros corporativos, comerciales y universitarios más importantes no sólo del país sino también de América Latina, tenemos que atravesar caminos sin pavimento, rodeados de hogares autoconstruidos de manera irregular, donde el hambre, el hacinamiento, la miseria y la pobreza son una práctica habitual. La mujer indígena se autoemplea vendiendo chicles de cara al edificio de la Bolsa Mexicana de la Valores. La "muchacha" que vive en Neza trabaja en una casa de Polanco. Todos ellos forman parte de una misma ciudad; todos ellos son demasiado distantes y a la vez demasiado próximos. La ciudad los hace ser autónomos y al mismo tiempo muy dependientes; algunos de ellos son demasiado globales, otros, más numerosos, demasiado marginales.

De estas líneas surgen algunos interrogantes que quisiera dejar como espacios abiertos a la reflexión. ¿Cómo estudiar el papel que desempeña la ciudad global latinoamericana en el mundo, relegando a la ciudad local, marginada y excluida? O invirtiendo la pregunta, ¿cómo entender los procesos sociales de exclusión y marginación social dejando de lado la inserción de las metrópolis en la dinámica mundial? Existe, pues, una especificidad de las urbes latinoamericanas, que acentúa las disparidades y exacerba contradicciones; existe una característica peculiar que marca una franja muy ancha entre Primer y Tercer Mundo y ello, hoy más que nunca, se convierte en un gran reto para el estudio macrosocial urbano de nuestra región. Las grandes ciudades latinoamericanas no pueden ser consideradas en su totalidad como ciudades globales, pero tampoco el enfoque de las megaciudades parece ser una herramienta analítica suficiente, porque presentan rasgos y características que las hacen distinguirse como ciudades globales, pero al mismo tiempo exhiben importantes mecanismos de exclusión, polarización y marginación social [Pérez Negrete, 2000], es decir, la ciudad tradicional no integrada, marginada de todos los procesos urbanos más dinámicos, vive, coexiste y es testigo de la inserción en su mismo territorio de un Primer Mundo, simbólicamente distante y geográficamente inmediato.



Referencias bibliográficas


Beaverstock, Smith and Taylor (1999) «A Roster of World Cities» (Cities, 16 (6), pp.445-458, también en GaWC Research Bulletin, No. 5, en http://www.lboro.ac.uk/gawc/rb/rb5.html)

Beaverstock, Smith and Taylor (2000) «The Global Capacity of a World City: a Relational Sutdy of London» (GaWC Research Bulletin, No. 7, en http://www.lboro.ac.uk/gawc/rb/rb7.html)

Beaverstock, Taylor and Walker (2002) «Firms and their Global Service Networks» (Research Bulletin, No. 6, GaWC, en http://www.lboro.ac.uk/gawc/rb/rb6.html, también editado en S Sassen, Global Networks, Linked Cities, New York, London: Routledge, 93-115.)

Ingersoll, R. (1993) «Computers Rus» (Design Book Review, 275, citado en Knox Paul, World cities in a world-system, p.15)

Meichtry, Norma (1994) «Sociedad y Alta Primacía en el Sistema Urbano Argentino» (en Anuario de Estudios Urbanos, No. 1, 1994, UAM, Azcapotzalco, México)

Parnreiter, Christof (1998) «La Ciudad de México: ¿una ciudad global?» (en Anuario de Espacios Urbanos, 1998, pp.19-52)

Parnreiter, Christof (2000) «La ciudad de México en la red de ciudades globales» (Anuario de Estudios Urbanos 2000 UAM; México)

Pérez Negrete, Margarita (2000) «Las ciudades latinoamericanas y el proceso de globalización» (en Memoria, N.134, México, en http://www.memoria.com.mx/134/Perez/; también en Magazine Electrónico Dhial, Instituto Internacional de Gobernabilidad, PNUD, Barcelona, España, septiembre de 2000)

UNEP/WHO (1992) Urban Air Pollution in Megacities of the World (Blackwell, Oxford Basil)

Fecha de referencia: 23-02-2003


1: Artículo aparecido en el número 156 de la revista Memoria http://www.memoria.com.mx/156/Perez.htm
Margarita Pérez Negrete es licenciada en Relaciones Internacionales. Colaboradora en proyectos de investigación de la UNAM sobre aspectos teóricos de globalización.
2: Haciendo una recopilación de varios autores, García Canclini afirma que una ciudad global es aquella que mantiene vínculos, relaciones y un alto grado de interdependencia con otras ciudades, países o regiones en el sistema capitalista. Para ser global, se necesita: «a) fuerte papel de empresas transnacionales, especialmente organismos de gestión, investigación y consultoría; b) mezcla multicultural de pobladores nacionales y extranjeros; c) prestigio por la producción de élites artísticas y científicas; y d) alto número de turismo internacional» (La Globalización Imaginada, p. 167).
3: Borja y Castells, Sassen Knox y Friedman, principalmente, se han dedicado a estudiar los diversos procesos de acumulación que se generan en las ciudades y la manera en que éstos les confieren a las mismas, actividades de control y de mando en el sistema internacional.
4: Para consultar los principales documentos y resultados de las investigaciones realizadas por el GawC, véase la página web http://www.lboro.ac.uk/gawc/
5: Para más detalles sobre este tipo de medición, véase [Beaverstok, Smith and Taylor, 1999]
6: ver figura 1 del artículo de Beaverstock, Smith y Taylor en la página del GaWC: http://www.lboro.ac.uk/gawc/rb/rb5.html#f1
7: ver cuadro 1 del artículo de Beaverstock, Smith y Taylor en la página del GaWC: http://www.lboro.ac.uk/gawc/rb/rb5.html#t1
8: Para un análisis más completo sobre la participación de la Ciudad de México en el sistema urbano mundial, así como su importancia económica para el país, véase [Parnreiter, 1998].
9: El INDEC considera pobre a una familia que en esta región del país gana menos de 470 dólares por mes e indigente a una familia cuyos ingresos están por debajo de los 200 dólares.
10: Castells y García Canclini emplean este término frecuentemente, refiriéndose a los dos espacios de contraste que se manifiestan en nuestras urbes.
11: INEGI http://www.inegi.gob.mx/
12: En este rubro, entra el servicio doméstico, de limpieza, de jardinería, de mantenimiento.

22 -- French Fries > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n22/ampez.html

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