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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
La etimología nos recuerda que el término securitas nombra la
cualidad del cuidado de sí. Este punto de partida resulta
interesante pues la evolución del concepto seguridad, como se
verá, gira en torno a algo esencial: de qué nos hemos de cuidar
y, su consecuencia, a quién se atribuye la función tuitiva.
En los burgos y aldeas medievales, la seguridad provenía de la
organización de los vecinos frente a las emergencias
[Dávila, 1999]. La naturaleza indómita y sus extrañas criaturas,
las catástrofes naturales o los recaudadores de impuestos, eran
peligros externos frente a los que la ciudad amurallada era
símbolo de seguridad. La protección se garantizaba a través de
la ayuda mutua, la buena vecindad, simbolizada por la campana de
la iglesia que movilizaba a los vecinos ante las contingencias.
Por otra parte, la mayoría de los conflictos eran resueltos en
el seno de la comunidad, en un contexto de control social
primario.
El nacimiento de las grandes concentraciones urbanas trajo
consigo un cambio radical en el ámbito de la inseguridad, del
miedo. Si en la ciudad medieval amurallada el peligro se
encontraba extramuros, en las ciudades modernas lo peligroso se
halla en la propia urbe.
Foucault ha ejemplificado la génesis del miedo en la ciudad y de
la gestión de la seguridad, a través de las estrategias empleadas
para combatir las dos grandes epidemias que han acompañado la
Historia occidental: la lepra y la peste. La lepra en las
ciudades de la Edad Media se combatía con la segregación de los
infectados, a través de la creación de lazaretos extramuros. La
ciudad quedaba a salvo expulsando el peligro. La peste de la
Europa de los siglos XIV y XV, de la que algunas ciudades
tardaron siglos en recuperarse, generó una respuesta bien
distinta. La epidemia ya no se afrontaba segregando a los
enfermos, sino disciplinando la ciudad, estableciendo un sistema
de control exhaustivo de personas, bienes y animales.
Y es que «el exilio del leproso y la detención de la peste no
llevan consigo el mismo sueño político. El uno es el de una
comunidad pura, el otro el de una sociedad disciplinada. Dos
maneras de ejercer poder sobre los hombres...» [Foucault, 1996].
Estas dos estrategias de seguridad, la segregación y la
disciplina, con ser diferentes no son en absoluto incompatibles.
A lo largo de estas páginas se verá como las políticas de control
social en las ciudades de nuestros días incluyen ambas
respuestas.
De este modo, como se decía, el surgimiento de las grandes
ciudades instala el peligro, el miedo, dentro de la ciudad. En
el siglo XIX se refuerza aún más este cambio. La multitud es
vista como potencialmente peligrosa; surge la idea de la masa
como problema que hay que dominar. Es entonces cuando las
instancias informales de control social de las sociedades
preindustriales son sustituidas por las agencias de control
formal: la policía[3], los juzgados, las cárceles. El peligro ya
no lo encarnan las bestias o las catástrofes naturales, sino
`otros' ciudadanos.
La seguridad es definida, en las declaraciones de derechos y en
las constituciones, de un modo plural. En concreto, en la
Constitución española se establece como derecho ciudadano a vivir
en un «clima de paz, de convivencia y de confianza mutua, que
permite y facilita a los ciudadanos el libre y pacífico
desarrollo de sus derechos individuales, políticos y sociales»
[Lledó, 1999].
Sin embargo, a partir de los procesos descritos en el apartado
anterior, se puede observar que se ha ido despojando a la
seguridad de sus antiguas aliadas (la libertad, la solidaridad,
o la confianza mutua) y que ha quedado reducida casi por completo
a una parte marginal de su globalidad: la protección de la
ciudadanía frente a la criminalidad. Hoy en día es este el
significado casi exclusivo que se le atribuye, más aún si se le
añade el adjetivo ciudadana. Ante lo cual, la garantía de esta
seguridad `reducida' es competencia de las instancias de control
formal, públicas o privadas, que la gestionan en un régimen de
monopolio sin precedentes en la Historia.
La asociación inseguridad-criminalidad nos lleva a preguntarnos
si hoy día sólo hemos de cuidarnos de la criminalidad y, si no
es así, a cuestionarnos qué es lo que determina que la cuestión
criminal aparezca en la cabeza de la gente como uno de los
problemas más graves y urgentes.
Dentro del concepto más amplio de `malestar urbano', Carlos Lles
engloba la inseguridad ciudadana. En las sociedades
posindustriales este sentimiento procede sobre todo de la
imposibilidad de planear el futuro, de la crisis del Estado de
Bienestar, marcada por una creciente precariedad laboral y por
el recorte de la protección social, de la competitividad
aprendida desde la infancia, y de la sensación de carecer de
alternativas, (citado en [Lledó, 1999]) en un momento en el que
decisiones fundamentales para las ciudadanas y los ciudadanos,
son tomadas en esferas cada vez más lejanas.
A esto hay que unirle la obsolescencia de las estrategias
primarias (comunitarias) de control social en las ciudades
actuales, derivada en gran medida de la pérdida de los lazos de
vecindad y de la falta de comunicación entre personas y grupos.
Cada vez más personas sitúan trabajo, consumo y ocio en zonas
distintas dentro de la ciudad, lo que debilita el sentimiento de
pertenencia, de barrio, de comunidad. Estos nuevos hábitos de
vida condicionan enormemente el modo de relacionarse y la forma
de percibir a las otras personas. El sentimiento de inseguridad
tiene estrecha relación, por tanto, con la incomunicación y con
el abandono de los espacios públicos. Este repliegue de los
ciudadanos y las ciudadanas hacia lo privado --el domicilio, la
familia nuclear-- hace que se limite el contacto con las personas
del entorno y se pierda el control sobre los espacios.
Por otro lado, si hay algo que caracteriza a las fuentes de
inseguridad de nuestro tiempo es su carácter difuso, estructural,
lo que hace que sean difícilmente identificables. Para las
ciudadanas y ciudadanos resulta muy difícil canalizar la
insatisfacción, los miedos y las frustraciones hacia lo que
podríamos considerar sus causas reales.
En la época de los derechos humanos, de las constituciones
democráticas, asistimos paralizados a formas cada vez más
sofisticadas de violencia estructural. Así, en palabras de
Galtung «los derechos humanos, tal como se conciben usualmente,
son perfectamente compatibles con el paternalismo con el que los
detentadores del poder lo distribuyen todo, salvo el poder último
de las distribuciones, de manera que se obtiene una igualación
sin ningún cambio en la estructura de poder» (citado en
[Bergalli, 1996]).
Llegados a este punto, sería interesante reflexionar sobre las
razones político-culturales que hacen que «el vocabulario del
miedo al crimen sea capaz de traducir y expresar cada vez más
todo el conjunto de las inseguridades sociales» [Baratta y
Pavarini, 1998].
En la actualidad, cuando la experiencia directa con el crimen es
algo excepcional, las ciudadanas y los ciudadanos reciben a
diario la imagen del delito ofrecida por los medios de
comunicación[4]. La criminalidad que se conoce a través de los
medios es precisamente la más anecdótica, la menos real: los
actos de violencia entre personas desconocidas. Así, los medios
de comunicación de masas crean una criminalidad difusa, irreal
e incomprensible para la mayor parte de los mortales
[Schneider, 1995] con la finalidad de inquietar o fascinar a su
público. Pero además, crean la sensación de que esa criminalidad
violenta, cercana a la ficción cinematográfica, está
experimentando un importante aumento, lo que lleva a las
ciudadanas y ciudadanos a sentir la necesidad de protegerse.
La creciente inseguridad y su difícil respuesta ciudadana,
contrasta con un elemento visible, perfectamente identificado y
presentado a diario como una amenaza real: la criminalidad. Y al
criminal --alguien diferente, con importantes déficits
psicológicos y/o sociales, insensible, sin escrúpulos, un
auténtico `enemigo interno'-- como encarnación de todos los males
de la sociedad. Así, basándose en hechos aislados se van
conformando `entidades' como la criminalidad, la droga o el
terrorismo, que a modo de `cajón de sastre', sirven para explicar
(o camuflar) casi todas las inseguridades sociales.
Todo ello hace que seguridad y protección frente al crimen
aparezcan como equivalentes y que, según ponen de manifiesto las
encuestas, las ciudadanas y los ciudadanos españoles consideren
como principales causas de inseguridad, por orden de importancia,
el terrorismo, la droga, las agresiones sexuales y los atracos
[5].
Numerosas investigaciones demuestran que el sentimiento de
inseguridad tiene escasa relación con el riesgo objetivo de
victimización. Como ejemplo, la investigación francesa de D.
Duprez y M. Hedli [Duprez y Hedli, 1992] pone de relieve que el
sentimiento de inseguridad está menos presente precisamente en
los barrios objetivamente más inseguros. Distintos motivos
inciden en ello, entre los cuales la asunción de un cierto nivel
de ilegalidad difusa, como dato de contexto o la prevalencia de
variables subjetivas, como la edad, el sexo, el estatus social
o la vulnerabilidad ante el mensaje de los medios de
comunicación, sobre el riesgo objetivo de ser víctima de un
crimen.
La distinción entre seguridad subjetiva y objetiva resulta
fundamental para comprender el incremento de la inseguridad de
la población y para arbitrar medidas que proporcionen seguridad
real, no simbólica. Del mismo modo, esta distinción puede
facilitar la búsqueda de las raíces del miedo y evitar la
canalización de las inseguridades personales y sociales, en forma
de castigo de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.
Tras una reflexión crítica, aparece suficientemente claro que la
inseguridad ciudadana frente a la criminalidad es el producto de
una compleja construcción social dentro de la cual el riesgo
efectivo del crimen tiene un papel relativamente marginal.
[Baratta y Pavarini, 1998]
Más allá de la distinción entre sentimiento de inseguridad y
riesgo objetivo, las encuestas revelan que la seguridad aparece
situada, para las ciudadanas y ciudadanos, en un lugar
preferente, frente a otros valores sociales considerados menos
importantes, como la libertad, la igualdad social o la
solidaridad [6].
Pero, ¿de qué modo se está respondiendo a la citada demanda
social? Dos estrategias están acaparando la gestión de la
seguridad en el momento presente: el refuerzo del sistema
represivo-institucional y el incremento de la 'defensa' privada
de la seguridad.
A la vez que se destaca la creciente inseguridad de la población,
suele afirmarse la propensión punitiva de los ciudadanos y las
ciudadanas. Esta conclusión se extrae de una serie de
investigaciones realizadas en el ámbito europeo, sobre
criminalidad y opinión pública. En Francia, por ejemplo, resulta
que un 53% de la población coincide en que para mejorar la
seguridad pública es preciso incrementar las medidas represivas
(lucha contra la inmigración clandestina, penas más severas,
mayor presencia de la policía), frente al 36,5% que preconiza
medidas de prevención de la criminalidad y alternativas a la
cárcel. La actitud de los españoles y las españolas no es
diferente. Sin embargo, algunas investigaciones como las de
Toharia o García-Borés, realizadas ambas en 1994, ponen de
manifiesto ciertas incoherencias en el discurso, derivadas en
gran medida del desconocimiento (nada casual) de las personas
entrevistadas, acerca de las características y los efectos de la
política represiva en el Estado español [Mosconi y
Toller, 1998].
Contradicciones y desconocimiento, que sirven para matizar la
rotundidad con la que desde las instancias de control se afirma
la vocación punitiva de la población española (con la que, dicho
sea de paso, se pretende legitimar la creciente actuación
represiva del Estado), y que son las siguientes: en primer lugar,
si bien las ciudadanas y los ciudadanos afirman que la cárcel es
necesaria, al hablar de su utilización concreta sólo se refieren
a los delitos más graves (homicidios, violencia grave, agresiones
sexuales) que en realidad sólo representan el 0,5% de los
encarcelamientos en nuestro país [7] [García.Borés, 1994]. Según
la investigación de Toharia, los españoles y españolas que
demandan un endurecimiento de las penas afirman desconocer cuales
son los máximos de pena que se pueden imponer, conforme a la
legislación española [Mosconi y Toller, 1998].
Ante el desierto de alternativas efectivas y radicales (en el
sentido de ir a la raíz) frente al lenguaje de la represión, para
afrontar los conflictos y los problemas sociales, cabe
preguntarse si la población española se decanta por el incremento
de lo penal, más porque desconoce cualquier otra forma de
respuesta, que por consideralo la solución al problema.
Algunos autores afirman que «el reemplazo de un semi-Estado
providencia por un Estado penal y policial, en Estados Unidos,
dentro del cual la criminalización y el encarcelamiento de los
desheredados va supliendo a la política social»
[Wacquant, 1998], se está produciendo también en Europa.
La tentación de apoyarse en estrategias represivas para hacer
frente a los efectos de la inseguridad, derivada del modelo
social adoptado, se está dejando sentir, en mayor o menor medida,
en todos los países del Viejo Continente. Inmigrantes
extracomunitarios, población gitana[8], y en general quienes
componen las categorías más vulnerables de la sociedad, están
siendo masivamente sobrerrepresentados entre la población
encarcelada.
Esta tendencia se puede ejemplificar con lo que se ha dado en
llamar 'la guerra contra la droga', que es el biombo que esconde
otra guerra, la dirigida contra los componentes de la población
percibidos como menos útiles y potencialmente más peligrosos
[Wacquant, 1998]. Porque, en palabras de Nils Christie, «cuando
la pobreza viene explicada con la droga, no es necesario comenzar
discusiones más serias sobre el fracaso del Estado social». Los
efectos de esta particular cruzada se dejan sentir por igual en
la mayoría de los países occidentales, en los cuales «un
importante segmento de la población no productiva viene asegurada
tras los barrotes» [Christie, 1996].
En Estados Unidos el vertiginoso aumento de la población
encarcelada en las dos últimas décadas se debe principalmente al
continuo endurecimiento de las leyes antidroga. En España, de las
45.000 personas encarceladas hoy día, en torno a 30.000 están
presas por delitos directa o indirectamente relacionados con la
severa criminalización de algunas drogas.
Esta tendencia, que está llevando a los Estados a cambiar un buen
número de estrategias sociales por medidas penales, está siendo
adoptada tanto por países gobernados por partidos liberales como
por aquellos en los que son los socialdemócratas quienes
gobiernan. Como ejemplo de la vocación de estos últimos por las
medidas punitivas, el `New Labour' de Tony Blair ha hecho suyas
un buen número de las estrategias represivas, propuestas en la
propaganda electoral por los Tories, y los gobiernos socialistas,
francés y sueco, que se comprometieron a suprimir las leyes de
los gobiernos conservadores en materia de seguridad, se han
cuidado mucho de no hacerlo [Wacquant, l998].
La otra respuesta que ha tomado gran auge en la última década y
que está relacionada con el miedo difuso que poseen los
habitantes de las grandes ciudades de nuestro tiempo, es la
proliferación de las estrategias privadas de seguridad. La
seguridad ha pasado a ser un bien que se compra y se vende y que
determina la posición social de quien lo consume. En palabras del
urbanista norteamericano Mike Davis, «la seguridad física se ha
convertido en un símbolo de status, que diferencia a quien tiene
de quien no tiene y, más aún, a los muy ricos de la clase media
(...) la seguridad es cada vez más un estilo de vida»
[Maluccelli, 1994].
Los edificios, tanto públicos como privados, han incorporado el
concepto de `espacio defendible' propio de los castillos y
fortalezas de otro tiempo. Esta idea se refleja en que las
construcciones, ya sean centros comerciales, oficinas o
viviendas, presentan un aspecto unfriendly hacia el exterior y
friendly hacia el interior, cada vez con más barreras (reales y
simbólicas) para alejar a los indeseables [Maluccelli, 1994].
Es interesante preguntarse por qué el miedo o la inseguridad, son
actualmente factores esenciales para comprender la organización
espacial y las relaciones sociales en las grandes ciudades.
Podríamos decir que las respuestas actuales (públicas y privadas)
frente a la inseguridad inciden de lleno en la configuración del
espacio y en el urbanismo de las grandes ciudades. En este
sentido, el ejemplo extremo lo representan algunas ciudades
norteamericanas, en las que la policía tiene un papel central en
la planificación urbana, «siendo el más feroz detractor de los
espacios públicos, sobre la base de que éstos traen la
criminalidad» [Maluccelli, 1994].
En suma, el modelo de seguridad ciudadana expuesto --predominante
en los países de nuestro entorno cultural-- se apoya en tres
pilares fundamentales, que van a marcar cada una de las
estrategias y las consecuencias de las mismas: el predominio de
las medidas represivas, la criminalización de los excluidos, cuya
seguridad ni siquiera se trae a debate, y la restricción de
libertades de quienes habitan la ciudad, desde la confusión cada
vez más habitual entre ciudad disciplinada y ciudad segura.
Reflejo de esta política es la creación, en ciertas zonas de la
periferia, de ghettos con una fuerte presencia policial donde la
ciudad acumula a sus pobres y, por otra parte, también en las
afueras la otra cara de la moneda, las residencias de quienes más
tienen o de quienes aspiran a tener más, que en vez de hogares,
parecen más bien bunkers o castillos feudales, claro ejemplo de
la idea de espacio defendible. En el centro de la ciudad todo un
mobiliario urbano diseñado para ahuyentar al vagabundo y para
evitar la concentración de grupos de personas. La ausencia de
bancos en las plazas, o el nuevo diseño de bancos `antimendigo',
las telecámaras en las esquinas, o los centros comerciales en
forma de panóptico, descritos hace casi una década por Mike Davis
en su retrato de Los Angeles, City of Quarz, ya son una realidad
en nuestro país.
Para dar respuesta a la demanda insatisfecha de seguridad, es
preciso escapar del circuito autorreferencial, de inseguridad-represión-mayor inseguridad-mayor represión..., que lejos de
producir los efectos que las ciudadanas y los ciudadanos desean,
producen justo los contrarios, y además conllevan elevados costes
emocionales (tanto para los infractores como para las víctimas)
y económicos.
Además, la identificación de la seguridad con la protección
frente al crimen implica en la práctica que aquellos grupos que
son habitualmente criminalizados, o seleccionados por el sistema
policial y penal, tienen un acceso mucho más limitado a este
importante derecho ciudadano. Esto es así porque actualmente,
tanto la definición de lo seguro como la identificación de lo
peligroso la realizan únicamente los grupos mejor situados
socioeconómicamente, desde la pretensión de que seguridad sólo
hay una: la por ellos definida, y que ésta es generalizable.
Es preciso redefinir la seguridad de manera que desborde la
esfera de lo criminal y se identifique con la libertad (de
expresión, de movimiento, de reunión...), con la convivencia de
los diferentes grupos y con la justicia social que impida que
precisamente los más perjudicados por el modelo actual de
sociedad se conviertan en 'chivos expiatorios' de las
inseguridades y frustraciones del resto.
Por lo tanto, es necesario reconocer la existencia de tantas
(in)seguridades como personas habitan la ciudad, habida cuenta
del importante componente subjetivo que caracteriza a esta
necesidad. Como se ha dicho más arriba, más allá del riesgo
objetivo, la inseguridad tiene su origen en los hábitos de vida,
comunicación, el sentimiento de comunidad, el bombardeo de los
medios de comunicación con noticias violentas, la edad o el
sexo... Estos factores no sólo inciden en el mayor o menor
sentimiento de inseguridad, sino que determinan la existencia de
necesidades distintas en este ámbito. Partimos, por tanto de que
no hay una única seguridad, sino tantas como ciudadanos y
ciudadanas y de que la gestión pública debería posibilitar la
satisfacción de todas ellas. Las estrategias de gestión de la
seguridad urbana deberían ser puentes para el encuentro de
intereses ciudadanos enfrentados, a través de una mediación
incansable.
Por otra parte, llegados a este punto hemos de convenir que una
ciudad segura no se logra con calles vigiladas por policías o por
`patrullas ciudadanas', sino con el tránsito normal de quienes,
en palabras Jane Jacobs, son `los propietarios naturales de las
calles y aceras de las ciudades': los ciudadanos y las
ciudadanas. Esta autora defiende que seguridad y comunicación no
están reñidas con la privacidad, tan preciada por los habitantes
de las grandes ciudades y afirma que «una vecindad en armonía es
aquella que ha conseguido establecer un equilibrio entre la
determinación de sus moradores de conservar celosamente su
intimidad y su simultáneo deseo de establecer diversos grados de
contacto, esparcimiento y ayuda con los vecinos de las
inmediaciones» [Jacobs, 1973].
La redefinición propuesta conlleva el cambio del vocabulario
actualmente ligado a la seguridad (vigilancia, policía, miedo al
otro, desconfianza, domicilio cómo único referente de seguridad)
por otro más idóneo para incidir allí donde más se necesita: en
el sentimiento de seguridad de las personas[9] (calles
transitadas, vecindario, espacios públicos, comunicación).
A la vez, se hace necesaria la potenciación de las redes
informales de control social y la descentralización a nivel de
barrio de la gestión de los pequeños conflictos, a través de
estructuras públicas y con el protagonismo del tejido social.
Porque las instancias de control formal no sirven si no hay un
sustrato de relaciones y una organización informal entre
ciudadanas y ciudadanos, que son los que en definitiva crean
seguridad.
Por esta razón, debería avanzarse decididamente por la senda de
la superación del monopolio de la gestión de la seguridad que
ostentan todavía hoy policía y jueces. En este camino se
encuentran un buen número de los municipios que componen el Foro
Europeo para la Seguridad Urbana [10], que consideran que la
seguridad es un bien público al que tienen derecho todas y todos
los ciudadanos en igualdad de condiciones y que debe ser
gestionado por los representantes municipales, dando entrada a
todo el conjunto de actores sociales que tras la definición
plural de la seguridad, tendrán cabida.
Porque, incluso para la gestión del problema de la pequeña
criminalidad, se ha puesto de manifiesto la ineficacia y el
elevado coste social y económico de las instancias tradicionales,
abriéndose la puerta a un buen número de estrategias no
punitivas, como la mediación ente víctimas e infractores, que
aunque en una fase aún incipiente en nuestro país, puede suponer
la superación del lenguaje de `culpa y castigo' en la gestión de
los conflictos.
Ahora más que nunca, los habitantes de las ciudades debemos
pegarnos a la realidad de nuestros barrios y encontrar allí, en
las relaciones con las personas y con el espacio, la seguridad
que nos hurta la forma de vida que se impone y en particular esa
falsa `ventana al mundo' que invade nuestros hogares y que lejos
de informarnos y conectarnos, deforma la realidad y nos
desconecta de ella.
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Fecha de referencia: 23-02-2003
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