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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

La (des)monetarización de las relaciones humanas


Carlos Jiménez Romera.
Madrid (España), 11 de marzo de 2003.



Una pequeña historia del comercio




El intercambio


Desde la aparición de la especie humana, siempre ha existido una especialización de los individuos, primeramente de carácter biológico, después de carácter cultural. Esta especialización, habitual en todos los animales sociales, supone que ciertas tareas son realizadas por individuos particulares y que éstos comparten los beneficios derivados.

La evolución histórica de la sociedad hacia una creciente complejidad ha fomentado un incremento del volumen de los intercambios de estos beneficios, que llamaremos bienes y servicios,[1] en la medida en que también favorecía la especialización de los grupos y los individuos en diversas actividades con el fin de incrementar la eficiencia cuantitativa de éstas. Con la aparición de gran número de bienes y servicios de naturaleza diversa y compleja, el intercambio se complicó, por lo que fue necesario incorporar al sistema un elemento de medida que permitiera y facilitara el intercambio: se trataba de la moneda.



La moneda


Hasta tiempos muy recientes, la moneda siempre había aparecido asociada a algún objeto material, generalmente metales preciosos, que, por su relativa escasez, era considerado valioso por sí mismo. Sin embargo, partiendo del simple hecho de que el oro no se come, el valor de los metales preciosos siempre ha sido producto más de una convención social que de su valor real (el valor del oro se fundamentaba en que siempre habría alguien dispuesto a cambiarlo por ciertas cantidades de harina o de grano); evidentemente, el dinero sólo sirve si puede emplearse para adquirir algo realmente útil: alimento, vestido, vivienda, etcétera. De esta forma, puede decirse que el poder del imperio romano no residía en el oro de sus tesoros sino en el bronce de sus lanzas, que les permitía conquistar países donde se aceptara su oro. Sólo en la medida en que el dinero es aceptado como valor de cambio es posible su uso; de hecho, tanto la estabilidad como la mera existencia de la moneda depende absolutamente de la previa existencia de una estabilidad política, económica o social que permita el establecimiento de una convención y su respeto futuro. La garantía de cambio es el requisito imprescindible para el uso de una moneda, ya que sólo se acepta un valor de cambio --inútil en sí mismo-- como pago por un producto cuando existen garantías de que dicho valor será aceptado en un futuro, aunque sea inmediato.



El precio


Hasta este momento, la invección de la moneda parece un gran adelanto de la humanidad, pues permite un enriquecimiento mutuo de las comunidades humanas basado en el intercambio, no sólo de los objetos que han producido, sino de los conocimientos que han adquirido. Sin embargo, falta un elemento clave del sistema: el precio. Al realizar cualquier intercambio de bienes y servicios se produce necesariamente una valoración de lo intercambiado; entre iguales, esta valoración se realiza de común acuerdo: cada una de las partes expone el esfuerzo que ha dedicado al producto o al servicio que ofrece, mientras intenta ocultar cuán necesario le resulta el objeto o el servicio requerido, de forma que el intercambio se regula mediante el hábil regateo de las partes. Y, aunque el mecanismo anterior corresponde exactamente a un trueque, es perfectamente aplicable al comercio monetario: los posibles beneficios de la venta y sacrificios de la compra se miden en función de los bienes y servicios adquiribles con la cantidad de dinero que interviene en la compra-venta. Cuando este mecanismo se aplica a un conjunto de bienes y servicios y a un conjunto de ofertantes y demandantes, aparece el mercado, un marco donde las partes pueden negociar libremente la cuantía de sus intercambios de los diversos bienes y servicios en función de la oferta y la demanda, entendidos en un sentido tanto cuantitativo como cualitativo, tanto objetivo como subjetivo. El sistema de intercambio monetario presenta una ventaja frente al trueque: simplifica el conjunto del sistema en la medida en que se unifica y se clarifica el coste de cada uno de los bienes y servicios que intervienen en la vida económica.



El mercado


Sin embargo, el sistema de establecimiento de precios pocas veces resulta tan transparente como en el ejemplo arriba expuesto. El mercado sólo puede considerarse un marco válido y equitativo de negociación de los precios cuando ésta se produce sin coacciones, una situación que sólo se da entre iguales. Esta afirmación tan tajante podría respaldarse, aparte del sentido común, con diversos ejemplos. Una institución coercitiva (civil o militar) puede imponer un precio a su conveniencia porque cuenta con el poder de la fuerza; de esta manera los señores feudales, aunque ofrecían un servicio --la protección de los campesinos-- a cambio de unos bienes --cereales, animales, etcétera--, aprovechaban su poder militar para fijar el precio --los impuestos-- de forma unilateral.[2]

La noción de mercado libre de la economía clásica establece un modelo basado en esta negociación entre iguales, definida bajo el concepto de libre concurrencia: para asegurar una formación de precios equilibrada y justa es necesaria la existencia de un elevado número de ofertantes y demandantes de un determinado producto, de forma que la desaparición de cualquiera ellos no suponga ninguna distorsión en el conjunto.[3] En esta situación, cada cual lucha por comprar o vender los bienes y servicios en las mejores condiciones posibles. La desaparición de un productor que acapare gran parte del mercado produce un inmediato aumento de los precios que, lejos de ser beneficioso para el conjunto del mercado, termina por arruinar a los consumidores y, posteriormente, también al resto de los productores;[4] de esta forma, ningún productor está dispuesto a ser lo bastante competitivo como para arruinar a uno de los pilares sobre los que se sostiene el conjunto, mientras que, por otra parte, la desaparición de un pequeño productor sólo supone una mejora competitiva para el resto. (El mismo razonamiento serviría para los demandantes.) Esta es la situación ideal en la que se produce la libre competencia y el ajuste del precio de un producto en función de la oferta y la demanda.



El sistema capitalista


Tras este somero repaso histórico, con el que tan sólo se pretendía recordar el sentido original de algunos de los términos y acotar algunos conceptos utilizados habitualmente de manera vaga y difusa, podemos comenzar a estudiar la situación actual, en un momento crítico, en el que se están sucediendo, por diversos motivos, una serie de cambios y transformaciones inesperados.

En este punto del texto, se ha roto, de repente, un hilo conductor que nos había traído desde el neolítico. La aparición del comercio, del mercado y de la moneda son consecuencias del desarrollo de la cultura humana, en cierta medida son invenciones necesarias e inseparables de la propia evolución cultural de la humanidad. A partir de este punto, los hechos dejan de ser partes necesarias dentro de una lógica global y se convierten en contingencias históricas: los sistemas económicos más sofisticados son resultado de un esfuerzo, consciente o inconsciente, por manejar y domesticar el hecho económico. El mercantilismo, el capitalismo o el colectivismo, entre otros, son sistemas económicos diseñados a medida en función de unos intereses particulares. El hecho de que uno de ellos, el capitalismo, se haya impuesto sobre los demás, puede significar sencillamente que, o es el menos malo de los probados hasta el momento, o simplemente ha resultado favorecido con circunstancias externas, contingencias históricas, etcétera.

Actualmente, en pleno proceso de globalización económica, se nos muestran con toda su crudeza las contradicciones del sistema capitalista, aún llamado por sus defensores ``sistema de libre mercado''. En efecto, el sistema capitalista adoptó, en algún momento de su historia, el mecanismo del libre mercado (aunque tal vez el proceso se podría interpretar como una evolución del sistema de libre mercado al sistema capitalista). En cualquier caso, me atrevo a afirmar que, aunque en algún momento se ha llegado a identificar capitalismo y libre mercado, nunca han sido lo mismo, aunque hayan podido convivir. Lo anterior queda patente en la actualidad: el sistema capitalista no sólo no fomenta el libre mercado, sino que se enfrenta a él.

El sistema capitalista, tal y como su nombre indica, se fundamenta sobre la acumulación de capital, entendido en el sentido más amplio de ``recursos''. La ventaja de la acumulación de recursos bajo una misma dirección cobra sentido en el marco del libre mercado, donde la negociación del precio tiende a favorecer al más fuerte, al más grande. En este contexto, crecer en tamaño y en poder permite mejorar las condiciones de negociación en la mayoría de las situaciones, prácticamente todas si exceptuamos los nichos de mercado, mercados especializados cuya especificidad exije una diferenciación cualitativa más que cuantitativa. La propia evolución del capitalismo tiende, por sí misma, a mantener un proceso continuo de acumulación y concentración que termina por eliminar el libre mercado en la medida en que no es posible la libre concurrencia; por el mecanismo arriba expuesto, el mercado elimina sin problemas a los competidores menores, pero en ningún caso a los mayores, por lo que es sólo cuestión de tiempo que todos los concurrentes sean de un tamaño tal que no puedan ser eliminados sin producir una distorsión en el mercado.[5] El resultado del proceso es, pues, el monopolio (control del mercado por parte de un único concurrente) o el oligopolio (control por parte de un número limitado de concurrentes que compiten entre sí, pero sin ponerse nunca en peligro unos a otros), y puede darse tanto del lado de los ofertantes como del de los demandantes.[6]

En la actualidad se ha llegado a un punto de la evolución del capitalismo en el que las empresas --enormes cúmulos de recursos-- han llegado a funcionar a escala planetaria, superando en volumen a las economías de la mayoría de los países. En este contexto, el proceso de aniquilación del libre mercado se desarrolla a nivel planetario. En mercados donde se ha establecido un equilibrio entre grandes colosos, las empresas transnacionales deben negociar de igual a igual con Estados u organizaciones de Estados (como el caso de la OPEP - Organización de Países Exportadores de Petróleo) y con asociaciones de consumidores surgidas en los países desarrollados precisamente para defenderse de los abusos. En este inmenso mercado global, los precios se negocian entre organismos globales: las empresas transnacionales, las asociaciones de consumidores, los sindicatos,[7] las organizaciones patronales, los Estados proveedores de determinados productos exclusivos;[8] cualquiera que quiera participar en este mercado global ha de someterse a las presiones insoportables de estos gigantes: buscarse un nicho de mercado o rendirse a la evidencia.



El papel del Estado capitalista


Para hacer frente al capitalismo, sólo nos queda el Estado. Éste podría ser el corolario de todo lo anteriormente expuesto. Se puede considerar que en el pasado, esto era así, el Estado servía de freno a las grandes empresas en defensa de los ciudadanos consumidores.[9] Pero en el momento en que las empresas llegaron a ser más poderosas que los Estados --y siempre hubo algunas empresas más grandes que algunos Estados Bananeros--, éstos dejaron de ser una defensa eficaz.[10] Por supuesto, hay Estados más poderosos que otros y Estados a los que las empresas nunca se enfrentarían;[11] en cualquier caso, las empresas siguen estando localizadas en algún país con el que deben mantener buenas relaciones, y venden sus productos a los ciudadanos y ciudadanas de otros países con los que no conviene enemistarse. Finalmente, el Estado constituye la última instancia a la que pueden recurrir las empresas cuando el resto de sus estrategias fracasan.[12]

En este contexto, la política internacional se ha convertido en una nueva negociación de prebendas y ventajas económicas donde todos los países buscan condiciones favorables a sus propias empresas. Aquellos países o empresas que no resistan la competencia son apartados del tablero. Para lograr estos objetivos, se recurre a todo tipo de instrumentos intermediarios entre los que destacan los organismos internacionales, que resultan evidentemente ineficaces a la hora de acabar con el hambre, con la pobreza o con las enfermedades tropicales que azotan el mundo, pero que resultan sorprendentemente eficaces a la hora de liberalizar el mercado global, imponer sanciones o marcar las políticas económicas de los distintos países.[13]

Parece que la única defensa de los débiles en el mercado global consiste en apartarse antes de ser arrollados. Sin embargo, las presiones políticas y económicas vuelven a imponer su lógica: cualquier país tropical quiere beneficiarse de las ventajas de la medicina moderna, sin embargo, aunque se le venden los medicamentos y los equipos, no se les permite acceder a la tecnología para desarrollarlos por sí mismos; la razón: se trata de una tecnología de doble uso que podría ser utilizada para crear armas químicas y biológicas (por lo que está mejor en manos de países responsables) que dejarían obsoleto el enorme volumen de armas de fuego que se les venden a estos mismos países.[14]

Tras esta breve exposición, creo que queda demostrada que la antítesis que generalmente se presenta entre el Estado regulador y la libre empresa no sólo es falsa sino que, en la mayoría de los casos, la relación entre ambas es más bien simbiótica. Incluso cuando los Estados imponen estrictas regulaciones, éstas favorecen a las mayores empresas, pues el esfuerzo por cumplirlas les resulta más llevadero y a la larga aumenta su competitividad frente a las pequeñas empresas.[15] Por otra parte, en muchas ocasiones estas regulaciones se convierten en medidas de claro proteccionismo encubierto, como es el caso de las regulaciones sanitarias de los Estados Unidos, o de la Unión Europea, para los alimentos frescos.

Resumiendo el papel de los Estados en el proyecto globalizador, se puede afirmar que su papel se limita a mantener un marco estable donde las grandes empresas se encuentren cómodas y a salvo de interferencias externas. Tanto la política exterior como las instituciones internacionales de carácter económico van encaminadas a garantizar este marco a nivel internacional; en paralelo, las regulaciones técnicas y la creciente complejidad técnica impiden que los pequeños actores puedan amenazar la hegemonía de las transnacionales.[16]



El mito del desarrollo económico sostenido


Frente a este panorama en cierta medida desolador, habría que preguntarse si todo el mundo --en realidad sólo dos colectivos pueden considerarse capaces de tomar decisiones medianamente autónomas: los electores de los países democráticos y las élites y los dictadores de los países tercermundistas--, acepta este nuevo orden mundial.[17] Si el panorama hasta aquí expuesto fuese real, toda la humanidad estaría en contra del sistema, algo que, ciertamente, no sucede. Este es el argumento de los defensores del sistema: si todo fuera tal y como cuentan los críticos, todo el mundo se levantaría contra el sistema; puesto que esto no ocurre, entonces la anterior descripción del sistema es completamente falsa. Ciertamente, lo hasta aquí expuesto no termina de explicar la pasividad de los ciudadanos de a pie; si el entramado capitalista es tan burdo como aquí se ha presentado ¿cómo es posible que nadie se haya dado cuenta antes? Por supuesto, nada de lo aquí expuesto resulta novedoso para cualquier persona medianamente culta e inquieta. El verdadero éxito del capitalismo ha consistido, hasta el momento, en convencer a toda la humanidad de que las ventajas que aporta son infinitamente superiores a los inconvenientes y que, en cualquier caso, éstos son resultado exclusivamente de la imperfección del sistema.[18] Este razonamiento es aceptable en la medida en que se oculta una parte muy importante de la verdad; la aceptación unánime del sistema capitalista requiere de un nuevo mecanismo: la propaganda.

Se puede afirmar que todo el sistema capitalista se mantiene gracias al constante aumento de la capacidad de consumo de los ciudadanos de los países más poderosos, y a la promesa de que cualquiera puede alcanzar dichos niveles de consumo. La propaganda consiste en identificar calidad de vida y capacidad de consumo. La mentira consiste en ocultar constantemente la mitad más desagradable de la realidad: evidentemente resulta más cómodo lavar la ropa con una lavadora que hacerlo a mano, pero siempre se olvida comentar que el mantenimiento de una lavadora implica un gasto económico que hay que cubrir con un empleo remunerado; aunque este ejemplo parezca trivial, según se van sustituyendo labores manuales por máquinas, aumenta la exigencia de sacrificios económicos y el límite se alcanza cuando el mantenimiento de los electrodomésticos del hogar implica jornadas laborales de 16 horas diarias (donde está incluido el tiempo empleado en los deplazamientos, las horas extras para llegar a fin de mes, etcétera) que impiden disfrutar de la compañía de los hijos. Podemos exponer el siguiente ejemplo de microeconomía para poner en evidencia la falacia del principal indicativo macroeconómico del capitalismo, el Producto Interior Bruto.[19]

Una familia tradicional, donde sólo uno de los cónyuges tiene un empleo remunerado mientras el otro se encarga de cuidar y educar a los niños y realizar las tareas del hogar, supone una aportación de un sueldo a la contabilidad nacional: el sueldo que ingresan es gastado en diversos bienes y servicios más o menos necesarios para llevar una vida digna. Aunque un único sueldo puede resultar escaso en ocasiones, la mayor parte de los problemas y contratiempos pueden ser resueltos gracias al esfuerzo y a la dedicación del cónyuge encargado del hogar.

Una familia moderna donde ambos cónyuges trabajan fuera de casa supone una aportación de dos sueldos a la contabilidad nacional. Sin embargo, el trabajo fuera de casa implica diversos gastos: una persona encargada de la limpieza del hogar y de la cocina de los alimentos o, alternativamente, una serie de aparatos electrodomésticos que faciliten las labores del hogar permitiendo realizarlas en un tiempo menor compatible con el empleo remunerado; una guardería para los niños --sí, éste es el término exacto, los padres de hoy en día no necesitan escuelas y colegios para que sus hijos reciban una educación, requieren de un lugar que los guarde--; una niñera, ya sea humana o electrónica, para complementar el horario restringido de la guardería y seguir vigilando a los niños[20] mientras los padres siguen trabajando, ya sea en su empresa o en las labores del hogar; y todo tipo de actividades y artilugios que permitan a los padres descargar, en poco tiempo, toda la tensión acumulada a lo largo de su agitada jornada contrarreloj. En esta nueva familia, los dos sueldos garantizan una cierta holgura económica, sin embargo, su escasez de tiempo les exije incorporar a sus vidas todo un completo elenco de artefactos por los que tienen que desembolsar parte de los sueldos ingresados.[21]


La pregunta que queda en el aire es la siguiente: si la aportación al PIB de la segunda familia es el doble que el de la primera, ¿es su calidad de vida el doble? Por supuesto, la pregunta resulta absurda, pero no para los defensores del sistema capitalista, que insisten en que el PIB es una buena medida de la economía y, por tanto, de la calidad de vida.

El crecimiento económico constante justifica por sí mismo el sistema en la medida en que se identifica con un aumento constante de la calidad de vida.[22] Sin embargo, se trata de un simple aumento constante del intercambio monetario, de forma que cada vez más aspectos de la vida se monetarizan, permitiendo que las empresas se apropien de una parte de los beneficios. Aunque la gente sea consciente de esta realidad, ello no supone que se puedan enfrentar al progreso, en muchos casos los cambios de hábitos son irreversibles,[23] en otras ocasiones, el entorno presiona de forma irresistible. En cualquier caso, cualquiera que se salga de esta línea marcada es catalogado como excéntrico y apartado como un apestado --o aprovechado como atracción turística--. Es en esta labor en la que resulta imprescindible la propaganda; su tarea consiste en convencer a todo el mundo de que el sistema actual es el mejor y único posible, de que todos los problemas del mundo se deben a la imperfección del propio sistema, de que cualquier resistencia no sólo es fútil sino que también demuestra falta de inteligencia y de visión de futuro. La labor fundamental de la propaganda consiste en mantener el optimismo y la fe en el sistema.[24]



La base material del progreso


En cualquier caso, y a pesar de nuestra inquebrantable fe en el ingenio humano y en el desarrollo científico, todo este sistema de consumo se tiene que apoyar sobre la materia física. Los cada vez más numerosos automóviles que circulan por nuestras autopistas, no sólo consumen gasolina, también suponen un gasto de metales, plásticos y otros materiales de carácter difuso e inconfesable. El constante aumento de gadgets en nuestra vida cotidiana implica el consumo creciente de los recursos naturales, en la medida en que sustituimos nuestro esfuerzo físico por métodos mucho más costosos en términos materiales y energéticos. Por supuesto, este consumo de recursos trae aparejada una producción equivalente de residuos.[25]

El progreso técnico y económico, hasta el momento, ha supuesto un aumento del consumo de recursos no proporcional al beneficio obtenido. Es más, actualmente no sólo continúa este proceso de pérdida de eficiencia, sino que se ha acentuado hasta niveles nunca antes conocidos. Si la constante renovación tecnológica supone un aumento de los recursos necesarios, el aumento cuantitativo de los artefactos tecnológicos multiplica el efecto. De forma que la mayor parte de los esfuerzos del sistema capitalista se centran en aumentar la eficiencia, no de sus métodos de consumir energía y recursos, sino de sus métodos de extracción y explotación de los recursos naturales. En esta estrategia, una constante huída hacia adelante, resulta imprescindible el llamado Tercer Mundo; éste comprende las zonas del planeta menos explotadas (allá donde sobreviven los bosques tropicales, los metales preciosos, etcétera) y más indefensas frente a la maquinaria capitalista debido a su retraso en el desarrollo de un sistema capitalista local.[26] De hecho, se puede relacionar la conservación de los recursos naturales con la inexistencia de un sistema capitalista; la explotación intensiva de los recursos, hasta su desaparición definitiva, se ha producido en los sistemas económicos más avanzados: capitalismo y colectivismo. En estos momentos, el capitalismo global está en condiciones de explotar los recursos naturales a nivel planetario; existen la tecnología y las condiciones políticas necesarias para ello. El sistema necesita acelerar la extracción de recursos para su propia supervivencia, pero sin olvidar nunca los objetivos últimos de su propia existencia: la acumulación de riqueza (y poder). De esta manera, la explotación global de los recursos está diseñada para que los intermediarios --las grandes empresas globalizadas-- obtengan la mayor parte de los beneficios; el resto de los actores deben especializarse: los habitantes del Primer Mundo actúan de gestores y como motor (a través del consumo) del sistema; los habitantes del Tercer Mundo actúan como combustible, pues su sacrificio resulta imprescindible para mantener el nivel de despilfarro de los privilegiados. Evidentemente, son necesarios gestores a nivel local que se encarguen de que todo este complejo mecanismo funcione sin contratiempos: en el caso de los países subdesarrollados, hablamos de las élites locales, que, por unos medios u otros, de forma más o menos civilizada, deben mantener a sus conciudadanos dentro del engranaje del sistema.



La asimetría centralizadora del sistema


Para terminar, nos queda el último instrumento de este complejo mecanismo: el sistema monetario internacional. En un mercado monetario, el valor de referencia es aquel que más se utiliza. Si hemos definido el desarrollo capitalista como un proceso de monetarización de las relaciones humanas, es obvio que se producirá una mayor circulación de moneda en aquellos países donde más desarrollado se encuentra el capitalismo. Por tanto, las monedas de referencia serán las de aquellos países que más consumen, y su influencia vendrá dada en función del volumen de las transacciones realizadas en dicha moneda. La referencia se fija en función de los intereses de los países consumidores, no de los países productores. Cualquier fluctuación en la economía de una de las grandes áreas de consumo (EE.UU., Europa y Japón) produce consecuencias multiplicadas por la menor escala de las economías periféricas. Por supuesto, el conjunto de las economías subdesarrolladas tiene una escala similar a la de los tres grandes mercados, sin embargo se encuentran completamente desconectadas entre sí debido al propio diseño del sistema: todas las transacciones pasan por el centro del sistema, mientras que los flujos transversales son prácticamente inexistentes; de esta forma, se produce una dependencia absoluta de los mercados periféricos respecto del centro. Es un sistema que garantiza la estabilidad del centro a costa de la inestabilidad de la periferia.

Un sistema monetario como el descrito supone un fuerte impuesto a las economías subdesarrolladas. La constante devaluación de las monedas locales frente a las monedas fuertes sólo es una expresión de la descapitalización de los países del Tercer Mundo. En efecto, se produce un flujo neto de recursos naturales hacia el Primer Mundo; las plusvalías de todas las operaciones económicas --exportación de materias primas, importación de productos manufacturados-- se quedan en su mayor parte en manos de los intermediarios (las empresas transnacionales, afincadas en los países desarrollados); la propia inestabilidad de la moneda local supone que el ahorro acumulado por las élites locales se refugia de nuevo en el Primer Mundo, desde donde es empleado para intensificar el control global; y, por último, los residuos generados por la frenética actividad consumidora de los países desarrollados acaban repartidos homogéneamente por todo el planeta, cuando no son expresamente reexportados al Tercer Mundo.[27]



El auge y la crisis del sistema


Este mecanismo ha estado funcionando con desigual precisión desde hace varios siglos sobre la estructura de los imperios coloniales europeos, pero no ha sido hasta la última década cuando ha podido desarrollarse en toda su plenitud gracias a la caída del bloque comunista, cuya amenaza coartaba de forma continuada el completo desenvolvimiento del mismo. Sin embargo, el propio desarrollo tecnológico que necesita el sistema para su supervivencia produce resultados inesperados: la mejora de los sistemas de comunicación no sólo permiten un control más perfecto de la metrópoli sobre las fuentes de recursos, también permite la comunicación directa entre diferentes puntos de la periferia. Esto tiene dos consecuencias: no sólo los particulares pueden comunicarse entre sí al margen de los medios masivos de propaganda --léase televisión, prensa y radio--, sino que los propios subsistemas periféricos tienen la posibilidad de hablar entre sí al margen del centro (otra cosa es que se pongan de acuerdo). La gran protagonista de este fenómeno de la comunicación es la denominada red de redes, un experimento militar que pretendía descentralizar los centros tecnológicos de control en previsión de un posible ataque exterior (comunista) y que pasó a convertirse en una red de comunicación entre las universidades y, posteriormente, en una red universal. El propio diseño de internet implica que cada una de sus partes puede funcionar de forma autónoma con independencia del resto.[28]

La nueva posibilidad de comunicación horizontal y transversal ha permitido que personas de todo el mundo se coordinaran para llevar a cabo proyectos de gran envergadura. Los primeros en aprovechar las ventajas de esta tecnología han sido los propios técnicos informáticos responsables de su diseño y gestión. El proyecto generado a través de la Fundación para el Sofware Libre[29] se ha convertido en un modelo de colaboración entre particulares para hacer frente al poder de las grandes empresas transnacionales (en este caso del sector de los programas informáticos); esta experiencia no sólo ofrece una alternativa tecnológica, sino que ofrece todo un modelo de colaboración desinteresada entre miles (millones) de personas al margen del sistema económico vigente.[30] Se puede afirmar que, en un mundo en el que lo público pierde terreno frente a lo privado,[31] el software es el único ámbito en que se invierte esta tendencia. Con razón los responsables de Microsoft, la empresa amenazada más directamente por este movimiento, insisten en calificar esta iniciativa de antiamericana; efectivamente, si el actual american way of life se caracteriza por la creciente intervención de las empresas en todos los aspectos de la vida, esta recuperación de un espacio de decisión por parte de los usuarios particulares va en contra de dicho modelo de desarrollo humano.[32] Sin embargo no conviene perder la perspectiva: la creación de una enorme comunidad de usuarios no supone ninguna amenaza para el conjunto del sistema, se trata de un nuevo actor en el reparto de los grandes gigantes que negocian a nivel global.[33] Y, en ningún caso, hay que olvidar el coste material de esta enorme red de máquinas electrónicas funcionando las 24 horas del día; posiblemente, la mayor parte del espectacular aumento del consumo eléctrico acaecido en la última década se deba a esta red ``virtual''.



La culminación del proceso globalizador: Argentina


Al igual que internet es un subproducto necesario, aunque con repercusiones imprevisibles,[34] del propio sistema globalizado, la crisis argentina demuestra otra de las consecuencias del perfeccionamiento del capitalismo global.

Argentina ha vivido una de las experiencias más traumáticas de los últimos tiempos. Sobre la compleja situación que ha llevado a un país próspero a la situación en la que hoy se encuentra pueden admitirse una enorme variedad de análisis, cada uno centrado en un aspecto concreto de todas las vicisitudes que ha sufrido el país en los últimos cincuenta años. También puede analizarse la crisis argentina como un continuo dentro del discurso que estamos planteando.

Si por algo ha podido distinguirse Argentina en la última década ha sido por su impecable política económica neoliberal, guiada en todo momento por el organismo encargado de la estabilidad monetaria mundial --el Fondo Monetario Internacional-- fundamentada en la apertura de sus mercados, la privatización de sus empresas y el estrangulamiento de las inversiones públicas como requisito para sanear sus cuentas y estabilizar su moneda.

El resultado ha sido el previsible: una rápida descapitalización del país, la venta de sus recursos más valiosos, a precios de ganga, a empresas transnacionales primermundistas y la desaparición del tejido industrial; o sea, el fulgurante ingreso del país en el Tercer Mundo. En estos momentos, Argentina es un país subdesarrollado típico desde el punto de vista macroeconómico. Sin embargo, desde el punto de vista social, sus habitantes proceden de una cultura desarrollada; esto supone que habían acomodado sus hábitos de vida a un modelo monetarizado de relaciones humanas, el modelo del Primer Mundo: estaban acostumbrados a pagar por cada bien y por cada servicio que necesitaban en su vida cotidiana, mientras que habían perdido algunas de las habilidades básicas de las personas acostumbradas a vivir con poco dinero y mucho tiempo disponible (el modelo del subdesarrollo).

Esta disfunción, esta divergencia entre realidad social y realidad económica puso en peligro el conjunto del sistema, personificado en el sistema bancario. Los bancos argentinos se vieron desbordados por un fenómeno que no se había dado a tal escala desde el Crack de 1929. El gobierno actuó ante este colapso con todo el sentido de Estado del que pudo hacer gala; ante la disyuntiva de salvar a los bancos o salvar a los argentinos, se decidió en favor de los primeros. La lógica es clara: el sistema bancario es la única garantía de recuperación futura del país; la desaparición del sistema bancario apartaría irremediablemente a Argentina del progreso, se convertiría en un paria entre los países civilizados. Dentro de la lógica de que el dinero es la solución a la mayor parte de las necesidades humanas, la desaparición de éste supone, irremediablemente, la desaparición de las personas. El instrumento elegido para salvar el sistema bancario argentino sólo se puede calificar como una suspensión temporal de la libre circulación de moneda. El corralito --inmovilización de los fondos bancarios--, unido a los retrasos y dificultades en los pagos de las nóminas y de las pensiones, supuso una desaparición física de la moneda; en un sistema tan monetarizado como Argentina, aquello supuso la paralización absoluta de toda su economía, que afectó sobre todo a las poblaciones urbanas, mucho más dependientes del complejo entramado económico.[35]



El trueque: las nuevas leyes del mercado


Argentina nos ha mostrado que, a pesar de la pérdida que supone dejar que las máquinas hagan el trabajo que tradicionalmente han realizado las personas, seguimos conservando suficientes recursos para sobrevivir en un medio completamente nuevo y hostil. El ingenio ha proporcionado los medios para suplir algo que los argentinos creían imprescindible: la plata. Ante la ausencia del instrumento que hasta entonces había permitido el intercambio de bienes y servicios, se han debido buscar alternativas viables para cubrir las necesidades básicas de la vida cotidiana. Ante esta perspectiva, el trueque parece la respuesta obvia.

El trueque, empleado en los primeros estadios de la civilización humana, resulta un instrumento relativamente rígido para responder a las enorme variedad de bienes y servicios que la humanidad ha inventado desde que dejó de utilizar este sistema de intercambio. Objetos y actividades de naturaleza tan diversa como los que requiere el habitante de una ciudad moderna se resisten a una comparación directa; en cualquier caso, hay que incluir la valoración subjetiva de los usuarios para decidir, a través del consenso, el valor relativo de todos los bienes y servicios, y establecer una nueva escala de referencia, una nueva moneda. En este difícil proceso, las posibilidades comunicativas proporcionadas por la tecnología, especialmente internet, resultan especialmente útiles, permitiendo el intercambio no sólo de productos, sino también de experiencias, valoraciones e ideas innovadoras. Frente al sistema de consumo convencional, en el que el poder de negociación del precio de los consumidores era prácticamente nulo, el nuevo sistema de trueque requiere la participación activa del usuario, la formación del precio se realiza de común acuerdo entre las dos partes; el consumidor deja de ser un mero objeto pasivo para convertirse en protagonista de su consumo, en prosumidor.

El sistema de formación de precios en el seno del mercado capitalista global responde a los intereses de los actores más fuertes, las grandes empresas transnacionales, y al resto de los participantes en la medida en que sus intereses coincidan con los grandes colosos. Este sistema resulta relativamente aceptable para los habitantes del Primer Mundo, considerados por el sistema consumidores; por el contrario, resulta especialmente cruel para los habitantes del Tercer Mundo, a los que considera meros productores a los que puede explotar al máximo con el fin de optimizar sus márgenes. El sistema ha decidido, por mecanismos que resultan cuanto menos oscuros, que Argentina debe formar parte del mundo subdesarrollado, pero los argentinos proceden de un contexto cultural que no puede aceptar fácilmente su relegación a este papel.



Una oportunidad


La Red Global de Trueque puesta en marcha en Argentina y rápidamente exportada a otros ámbitos próximos, tanto desde el punto de vista geográfico como socio-económico, ha abierto una posibilidad, que puede ser aprovechada, pero también desperdiciada. Al crear un sistema paralelo de consumo, ha permitido a los argentinos diseñar un sistema comercial a la medida de sus necesidades, que cobra sentido por su utilidad, al margen de las posibles elucubraciones teóricas que puedan surgir en torno suyo.

La gran incógnita se sitúa en el futuro, en conocer el porvenir que le espera, si se atará nuevamente al sistema monetario como sugieren algunas voces, que pretenden establecer un valor de cambio entre ambos sistemas, o si buscará su propio camino. La primera posibilidad es la más probable, hacia esta dirección apuntan todas las presiones sociales, económicas y políticas; asumir esta posibilidad implica la renuncia a crear un espacio alternativo resguardado del poder de las empresas transnacionales. Proseguir el camino iniciado por las redes de trueque argentinas resulta una apuesta mucho más arriesgada, supone iniciar la senda hacia un modelo de desarrollo humano distinto al que impera en nuestro mundo globalizado, tecnificado y monetarizado; me atrevería a apuntar que es la única posibilidad que tienen los argentinos de escapar a la lógica que les ha asignado el papel de explotados, aunque ellos pueden considerar que es tan sólo un arreglo temporal, exclusivamente necesario para coger impulso y devolver al país al lugar que le corresponde en el mundo.

En lo único en que puedo envidiar personalmente la actual situación de los argentinos es que están en condiciones de decidir su propio futuro, si tienen la fuerza suficiente, una libertad a la que el resto de la humanidad parecemos estar renunciando en estos mismos instantes.



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Fecha de referencia: 13-03-2003


1: En general denominamos bienes a todos aquellos objetos tangibles que permiten o facilitan nuestra vida o nuestra supervivencia; servicios, por otra parte, serían el equivalente intangible a los anteriores.
2: En general, se puede hablar de grados de dependencia entre el cliente y el proveedor: un pequeño proveedor que venda toda su producción a una gran empresa se encuentra en una posición muy frágil para defender sus intereses frente a ésta; en el caso de que la dependencia sea mutua, se reequilibra la negociación del precio. Las asociaciones de consumidores aspiran a recuperar este equilibrio de negociación con las grandes empresas sumando las fuerzas de un gran número de particulares, de forma que estas grandes empresas no puedan permitirse perder a un número tan elevado de clientes.
3: Se parte de que la garantía de la inexistencia de coacciones se fundamenta sobre la libre elección del sujeto con el que entablar las negociaciones.
4: Véase un ejemplo habitual: cuando uno de los países petroleros deja de exportar parte de su cuota de mercado por el motivo que sea, el resto de los productores corren a aumentar su producción para evitar que una escasez de oferta aumente los precios en demasía. Las veces que esto ha ocurrido, en 1973 y 1978, se han producidos dos grandes crisis económicas en el Primer Mundo que han puesto en peligro la supervivencia del conjunto del mercado.
5: Esto no es más que el desarrollo de una idea que ha expuesto en numerosas ocasiones John Kenneth Galbraith.
6: Frente a estas dos opciones se podría considerar a la bestia negra del libre mercado, los monopolios estatales, la menos mala de las opciones, puesto que el ciudadano tiene cierto control sobre el establecimiento de los precios a través de las instituciones públicas (al menos en el caso de los países democráticos).
7: Precisamente, para mejorar sus condiciones de negociación con los sindicatos, las empresas han reducido su tamaño laboral, mediante la externalización de diversos servicios en pequeñas empresas; de esta forma, no sólo traspasan las áreas menos rentables de su negocio sin perder el control, sino que también traspasan los posibles problemas laborales con las organizaciones sindicales. Así, las grandes corporaciones mantienen en exclusividad la gestión y las tareas más tecnificadas mientras trasladan la mayor parte de sus actividades productivas básicas, más expuestas a las fluctuaciones del mercado y menos rentables, a terceros.
8: Léase: petróleo, alta tecnología, equipamiento militar, productos balísticos, cocaína, etcétera.
9: Sirva de ejemplo la Ley Antimonopolio de los Estados Unidos, que en el siglo XX ha servido para dividir el monopolio petrolero de Rockefeller o el telefónico de ATT y para mantener bajo supervisión durante 20 años a la empresa IBM.
10: Frente a los ejemplos anteriores de aplicación de la ley Antimonopolio estadounidense en el siglo XX, véase el proceso al que se ha sometido a la empresa Microsoft en los últimos años. Circula por internet el siguiente chiste sobre la sentencia ¿definitiva? a la empresa de Bill Gates:

Un día va Bill Gates y se muere. En la puerta del Cielo se encuentra a San Pedro con rostro meditabundo.

--No sé, no sé, Bill --comenta San Pedro-- tu caso es muy complicado... ¿Qué prefieres? ¿Ir al cielo o al infierno?


11: Si alguien considera esto exagerado, observemos las negociaciones del Presidente Argentino, Duhalde, con los responsables de las empresas españolas con inversiones en el país y que, de hecho, controlan los servicios básicos del mismo. Alguien puede argumentar que es algo aislado y que sólo ocurre en países del tercer mundo: observemos las negociaciones del Ministro Español de Ciencia y Tecnología con los representantes de Volkswagen sobre una pequeña reducción de producción en una de las plantas españolas de la empresa; o la firma de un convenio de investigación entre España y Microsoft, con el Presidente del Gobierno y el Presidente de Microsoft, como si se tratara de un tratado internacional de carácter bilateral.
12: Desde la presión diplomática por parte de los países desarrollados para garantizar la estabilidad y defender sus intereses en países tercermundistas, hasta el uso de la fuerza militar llegado el caso. (Véase también el caso de la guerra que está preparándose contra Irak.)
13: Una excepción a esta regla podría ser la Unión Europea, pero de nuevo hay que reconocer que su eficacia es mucho mayor a la hora de abrir mercados, que a la hora de universalizar estándares de bienestar social.
14: Sobre la afición de los países subdesarrollados a las guerras civiles, basta recordar que allí donde hay una guerrilla, existe un recurso apreciado por el Primer Mundo que la sufraga (cocaína en Colombia, diamantes en Angola, coltan en el antiguo Zaire). Seguramente no se deba establecer una relación tan directa de causa-efecto o se pueda cambiar el sentido de causalidad (sólo sobreviven las guerillas que tienen una fuente de financiación garantizada), pero es un tema que da que pensar (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?)
15: Un ejemplo reciente: en la década pasada la Unión Europea prohibió la comercialización de leche no pasteurizada. La pasteurización es un método bastante eficaz y bastante caro de esterilizar la leche. Muchos negocios familiares que vendían la leche que producían directamente al cliente final tuvieron que comenzar a vender su leche a las grandes empresas lácteas ante la imposibilidad de realizar las costosísimas inversiones que, por otra parte, sólo resultan rentables con grandes volúmenes de ventas. Esta norma sanitaria supuso el fin del mercado minorista de la leche en España (en otros países europeos ya había desaparecido hacía tiempo). Los productores de leche siguen siendo los mismos, pero ya no tienen que negociar los precios con los vecinos de su pueblo, sino con grandes empresas transnacionales. La aparición de un intermediario de tanto poder supone una pérdida en la capacidad de negociación tanto de los productores como de los consumidores; se ha eliminado el libre mercado y los resultados son: menores precios en origen, precios finales superiores, inmensos beneficios para los intermediarios.
16: Precisamente, la creciente complejidad de la regulación requiere un gran número de pequeñas empresas especializadas en la gestión de cada uno de estos aspectos: seguridad y higiene en el trabajo, control sanitario de los alimentos, medidas de respeto al medio ambiente, controles de calidad, normativas de etiquetado, etcétera. Estos son los principales nichos de mercado que han surgido en las últimas décadas.
17: Hay que reconocer que los fanáticos que perpetraron la barbarie del 11 de septiembre de 2001 (no confundir con la efeméride de 1973), demostraron una clarividencia absoluta: no atacaron la Casa Blanca ni el Capitolio, sino los verdaderos centros de poder de la nueva superpotencia: el Pentágono y, especialmente, Wall Street.
18: La fórmula del sistema para resolver el hambre del mundo es simple (una prueba más de su falacia): los países subdesarrollados y hambrientos lo son porque aún no son lo bastante capitalistas, o sea, no han abierto lo suficiente sus mercados, eliminando cualquier tipo de protección a sus mercados frente a los productos extranjeros; mantienen ignominiosos monopolios públicos que impiden la libre competencia, no fomentan las inversiones extranjeras con legislaciones flexibles y transparentes, etcétera, etcétera. La receta es pues: café para todos.
19: Se podría definir este concepto como la suma total de intercambios monetarios producidos dentro de un país.
20: Para profundizar en este tema, puede consultarse: Niñ@s, ciudadan@s peligros@s, artículo que habla de la imposibilidad para los niños de usar la ciudad en nuestras modernas urbes.
21: Resulta bastante evidente el carácter sesgado de esta exposición (en favor del primer tipo de familia), sin embargo los argumentos a favor del nuevo modelo de familia son de sobra conocidos a través de los grandes medios de comunicación y propaganda, por lo que me he esforzado por mostrar los argumentos contrarios. Por otra parte, la exposición no sexista de los ejemplos esconde una realidad mucho más traumática: la asimetría de la familia tradicional ha servido como excusa para todo tipo de abusos contra la parte más débil, generalmente la mujer; los movimientos feministas del siglo XX han combatido este modelo con sobrados fundamentos, pero, en cualquier caso, no se puede ignorar ni rechazar automáticamente un modelo que ha subsistido por siglos.
22: En realidad, el crecimiento económico mide indirectamente el crecimiento de los márgenes empresariales. Hemos llegado a un momento en que obtener los mismos beneficios que el año anterior le puede costar el puesto a cualquier Director General.
23: Los oficios tradicionales se pierden, las recetas de la abuela desaparecen con ella, la sabiduría rural se olvida... Todas éstas son pérdidas cuya recuperación puede ser definitiva o requerir un reaprendizaje que dure varias generaciones.
24: ¿No nos recuerda en exceso al mundo fordiano de Aldous Huxley? La propaganda consigue convertir la distopía imaginada por George Orwell en 1984 en un Mundo Feliz. En ninguna de estas dos distopías, supone la disidencia individual un peligro para la supervivencia del conjunto del sistema; sólo la destrucción de la mentira fundamental (consumo=felicidad) puede descomponerlo.
25: La eficiencia de un motor eléctrico o de explosión no sólo es mucho menos eficiente desde el punto de vista energético (consume más recursos para producir el mismo resultado) que los motores celulares que emplean los seres vivos, sino que además produce unos residuos que no son tan fácilmente reabsorbidos por el medio ambiente. El resultado es que, para ahorrar esfuerzo físico, se derrochan recursos energéticos y se producen ingentes cantidades de residuos.
26: Frente a las grandes empresas transnacionales, la única defensa son las propias empresas transnacionales. Los países desarrollados tienen instrumentos para defenderse unos de otros, no así los países donde el desarrollo del capitalismo no se ha producido.
27: Esta no es más que una exposición sintética del flujo económico global desarrollado con mucho más detalle por Jose Manuel Naredo en numerosas ocasiones.
28: Esto no es estrictamente cierto. En la práctica son necesarios un conjunto de nodos centrales, situados (por supuesto) en EE.UU., Europa y Japón. En cualquier caso, el fallo de estos nodos centrales ralentizaría y dificultaría las conexiones globalmente, pero no debería suponer la caída de todo el sistema.
29: Free Software Foundation: http://www.gnu.org
30: Se puede considerar que el pilar básico de este proyecto es la General Public License, una licencia diseñada específicamente para garantizar los derechos de los usuarios frente a las grandes corporaciones capitalistas, evitando que se puedan apropiar del esfuerzo voluntario y colectivo.
31: El argumento de los defensores de la liberalización se puede resumir como sigue: lo que es de todos, al final no es de nadie, pues nadie puede sacar provecho de ello. Es un argumento obscenamente egoísta y utilitarista; sin embargo, éstos son los valores imperantes en la sociedad actual.
32: Otro ejemplo de las posibilidades de internet: las redes peer to peer (P2P), expresión inglesa que puede traducirse por entre iguales, que permiten el intercambio de archivos entre usuarios y que está provocando grandes quebraderos de cabeza a las grandes distribuidoras discográficas; y las redes de intercambio de servicios entre empresas (B2B - Business to Business) que permiten reducir los costos de las pequeñas empresas haciéndolas más competitivas frente a los gigantes empresariales.
33: A día de hoy, numerosas empresas se están beneficiando ya de los esfuerzos de la comunidad del software libre. En general, se establecen alianzas diversas, a veces con apariencia contranatura, en función de los intereses estratégicos de cada una de las partes.
34: De hecho, en el boom de las tecnológicas, el sistema intentó apropiarse de la red y convertirla en el negocio del siglo (que lo fue, pero exclusivamente para los especuladores financieros); al final hacer dinero con internet se ha demostrado mucho más complicado que montar redes de resistencia anticapitalista.
35: No quiero insinuar que la monetarización de Argentina fuera superior a la media; posiblemente resultase muy inferior a la de EE.UU., Japón o cualquier país de Europa Occidental. Sin embargo, la economías subdesarrolladas mantienen en mucho casos importantes estructuras económicas al margen del sistema global. Algo similar ocurre con las zonas rurales, donde persiste la posibilidad de acceder directamente a los productos agrícolas, auque no siempre sea fácil, al margen de las redes convencionales de distribución.

22 -- French Fries > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n22/acjim.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
 
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