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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Maalouf, Amin (1989) Las cruzadas vistas por los árabes
(Alianza Editorial, Madrid)
Carlos Jiménez Romera
El tópico de que `hay que conocer la historia para no repetirla',
a pesar de estar ya tan desgastado, no deja de ser ignorado
incluso por aquéllos que lo esgrimen constantemente. Por otro
lado, hay que tener presente la multiplicidad de historias que,
a pesar de los intentos de unificación, aún persisten y complican
la aplicación de esta máxima. Por supuesto, la historia la
escriben los vencedores, pero incluso en este hecho tan
incuestionable hay que matizarlo, pues no siempre se puede
distinguir entre los vencedores `reales', si éstos existieron,
y los vencedores `de la historia': desde luego, no vence una
batalla aquél que derrota al ejército enemigo, sino aquél que
consigue que su versión sea la aceptada por la historia. Se me
argumentará que poco consuelo puede recibir de este victoria
póstuma el caído en la batalla, pero a los injustos ojos de la
posteridad no hay más verdad que la escrita, que ignora lo más
importante de las verdades sobre la guerra: el inútil sufrimiento
tanto de los que cayeron como de los que sobrevivieron.
El retazo de historia que muestra el libro que nos ocupa es
posiblemente uno de los más conocidos y presentes en el
subconsciente colectivo del mundo occidental. El relato de las
cruzadas resulta heroico, idealista y anacrónico, como la mayoría
de las novelas de aventuras escritas desde el siglo XVIII en
Europa. Sin embargo, las cruzadas son un recuerdo aún más próximo
para las sociedades musulmanas; las cruzadas resultan ser la
primera de una larga serie de humillaciones sufridas por una
civilización que comenzó su decadencia política y social en aquel
momento de la historia. De esta manera, los musulmanes que
finalmente lograron expulsar a los cristianos invasores, se
convirtieron en los derrotados de la historia.
Leer el relato de las cruzadas desde las numerosas versiones
occidentales de aquel fragmento de la historia se puede convertir
en un frío ejercicio de memoria histórica, donde la lejanía en
el tiempo y en el pensamiento respecto a los protagonistas nos
permiten perdonar la ignorancia, la brutalidad y el fanatismo de
aquellos europeos. Leer este mismo fragmento de nuestra historia
desde el punto de vista antagónico, si es justo denominarlo así,
nos muestra una visión mucho más cercana. ¿Qué son las cruzadas
vistas por los árabes? La respuesta es sencilla: la agresión
brutal e injustificada sufrida por una civilización abierta,
tolerante y avanzada a manos de un grupo de fanáticos religiosos.
La incredulidad y el asombro de ciudadanos occidentales hace
pocos meses frente a la barbarie del terrorismo fundamentalista
islámico fueron los mismos mostrados por los ciudadanos árabes
que sufrieron las cruzadas; las cruzadas, de repente, resultan
mucho más cercanas cuando nos ponemos en la piel de los
ciudadanos musulmanes de hace casi mil años. De pronto, el fin
de la historia nos lleva otra vez al principio, en una especie
de `eterno retorno' terriblemente incómodo, en el que habremos
de cometer los mismos errores que los musulmanes de hace 800
años, ¿o es posible escribir otra historia?
Para ilustrar estas afirmaciones, que pueden contar con el
excepticismo de muchos de los lectores, pueden citarse algunos
pasajes correspondientes a los primeros momentos de las cruzadas,
cuando mejor puede apreciarse el estupor del `mundo civilizado':
...El orgullo de Maarat era ser la patria de una de las mayores figuras de la literatura árabe, Abul-Ala-al-Maari, fallecido en 1057. Este poeta ciego, librepensador, había osado criticar las costumbres de su época, haciendo caso omiso de las prohibiciones. Hacía falta atrevimiento para escribir:
Los habitantes de la tierra se dividen en dos,
Los que tienen cerebro pero no religión,
Y los que tienen religión pero no cerebro.
[...]
Llega el 11 de diciembre; está muy oscuro y los francos aún no se atreven a penetrar en la ciudad; los notables de Maarat se ponen en contacto con Bohemundo, el nuevo señor de Antioquía, que está a la cabeza de los asaltantes. El jefe franco promete a los habitantes perdonarles la vida si detienen la lucha y se retiran de ciertos edificios. Aferrándose desesperadamente a su palabra, las familias se agrupan en las casas y en los sótanos de la ciudad y esperan temblando durante toda la noche.
Al alba llegan los francos: es una carnicería.
«Durante tres días pasaron a la gente a cuchillo, matando a más de cien mil personas y cogiendo muchos prisioneros». Está claro que las cifras de Ibn al-Atir son fantasiosas, pues la población de la ciudad en vísperas de su caída era probablemente inferior a diez mil habitantes. Pero el horror en este caso no reside tanto en el número de víctimas como en la suerte casi inconcebible que les estaba reservada.
«En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados». Esta confesión del cronista franco Raúl de Caenn no la leerán los habitantes de las ciudades próximas a Maarat, pero se acordarán mientras vivan de lo que han visto y oido[...]
Cuantos se han informado sobre los francos han visto en ellos alimañas, que tienen la superioridad del valor y del ardor en el combate, pero ninguna otra, lo mismo que los animales tienen la superioridad de la fuerza y la agresión.
Un juicio claro y rotundo que resume perfectamente la impresión que dejaron los francos al llegar a Siria: una mezcla de temor y de desprecio, muy comprensible, por parte de una nación árabe muy superior en cultura, pero que ha perdido toda su combatividad.
[...]
...los francos siguen sin conseguir Arqa, cuyos defensores están tan asombrados como los sitiadores. Es cierto que las murallas son sólidas, pero no más que las de las otras ciudades, más importantes, de las que han podido apoderarse los francos. La fuerza de Arqa reside en que sus habitantes han tenido desde el primer momento de la batalla la convicción de que, si se abría una sola brecha, los degollarían a todos como habían hecho con sus hermanos de Maarat o de Antioquía.
[...]
...al-Afdal tiene la impresión de estar atrapado en un engranaje mortal. Como él mismo es de origen cristiano, no le cuesta ningún trabajo comprender que los francos, que son de fe ardiente e ingenua, estén decididos a llevar hasta sus últimas consecuencias su peregrinación armada.
[...]
...el señor de El Cairo transmite a los francos nuevas proposiciones para llegar a un acuerdo. Además del reparto de Siria, concreta su política en relación con la Ciudad Santa: una libertad de culto estrictamente respetada y la posibilidad de que los peregrinos vayan allí cuantas veces lo deseen, siempre y cuando, naturalmente, lo hagan en grupos pequeños y sin armas. La respuesta de los francos es contundente:
«¡Iremos a Jerusalén todos juntos, en orden de combate, con las lanzas en alto!»
[...]
...A la población de la Ciudad Santa la pasaron a cuchillo, y los francos estuvieron matando musulmanes durante una semana [...] A los judíos los reunieron en su sinagoga y allí los quemaron vivos los francos. Destruyeron también los monumentos de los santos y la tumba de Abraham --¡la paz sea con él!.
Entre los monumentos saqueados por los invasores se encuentra la mezquita de Umar, erigida en memoria del segundo sucesor del Profeta, el califa Umar Ibn al-Jattab, que había tomado Jerusalén a los bizantinos en febrero de 638. Tras estos hechos, los árabes aprovecharán siempre que puedan la ocasión para evocar aquel acontecimiento con la intención de recalcar la diferencia de su comportamiento y el de los francos. Aquel día, Umar había entrado montado en su célebre camello blanco, mientras el patriarca griego de la Ciudad Santa acudía a su encuentro. El califa había empezado por pormeterle que se respetarían la vida y los bienes de todos los habitantes, antes de pedirle que lo acompañara a visitar los lugares sagrados del cristianismo.
La obra de Amin Maalouf, escritor de origen libanés afincado en
Francia, se podría considerar monotemática: todos sus relatos
hablan sobre el encuentro y el desencuentro de oriente y
occidente a lo largo de la historia. Sin embargo la propia
riqueza del tema y las constantes contradicciones que personajes
y circunstancias históricas ofrecen evitan cualquier atisbo de
aburrimiento. Maalouf es un gran novelista, cuenta con una prosa
fluida y amable que no renuncia a toda la complejidad que ofrecen
los encuentros y desencuentros de civilizaciones hermanas. Su
punto de vista sobre la historia, enriquecedor y optimista,
debería resultar especialmente revelador en estos momentos de
confusión donde todos descubrimos, de repente, nuestra propia
ignorancia.
Lowenthal, David (1993) The Past is a Foreign Country. (s.c.:
Cambridge University Press [Traducción castellana de Pedor
Piedras Monroy, El pasado es un país extraño. Madrid: Akal
Ediciones, 1998].)
Se trata de un voluminoso repaso a la percepción humana del
pasado, de la historia por tanto (686 páginas, ¡2.149 notas al
pie!, 105 ilustraciones, 73 páginas de bibliografía). Hay varios
aspectos que me disgustan profundamente:
Buena parte de las aportaciones de Lowenthal subrayan el carácter
contextual y ambivalente de las manifestaciones del pasado, lo
que acaba resituando la ``cuestión'' sobre el sujeto presente.
Así, la herencia puede ser beneficiosa o funesta (p. 13); la
cultura estadounidense tan pronto reivindica a los ``padres
fundadores'' en tanto modelo a imitar, como se desentiende de sus
ideas ``fundacionales'' (pp. 14, 33); la diferencia entre el
Renacimiento y la Ilustración tiene que ver con sus distintos
enfoques acerca del pasado[1] (pp. 79, 123 y ss., 137), un debate
que transcurre paralelo al que enfrenta a la ciencia y al arte
entre el XVII y el XVIII (p. 148); la vida y la muerte formando
las dos caras de un indivisible moneda (pp. 199, 263-286). Una
ambivalencia que, si no quiere verse como confusión y ruido,
tiene que meditarse como un aforismo taoista o zen. El libro
encierra varias frases que podrían cumplir tal función pero,
para mi gusto, el más sincrético es el siguiente: las personas
que estudian (escriben, piensan, leen) la historia «imaginan el pasado
y recuerdan el futuro» (p. 340).
En definitiva, una de las cuestiones sobresalientes que la obra plantea es cómo ha de fundarse
científicamente la historia (la ciencia del pasado). Su lectura a mí me sugiere que esa fundación
debe hacerse como en cualquier otra ciencia: subrayando el hecho de que la ciencia (como cualquier
otra actividad humana) está hecha por sujetos y que, por tanto, no debe renunciar a su carácter
subjetivo en aras de una `imposible' objetividad (pp. 76, 327 y ss, 340, 344). Debo advertir, sin
embargo, que no estoy muy seguro de que Lowenthal estuviera de acuerdo con esta mí interpretación
de su texto.
El libro incluye varias `reliquias' memorables, entre las que cabe citar como ejemplos la existencia
de `ciudades nómadas', como la de los Masai[2]; o la solución sincrética al conflicto vida/muerte de
los Swahili[3]. Como puede sospecharse a la vista de estos dos ejemplos, el autor salta alegremente
de unas disciplinas a otras, haciendo caso omiso de las mezquinas llamadas al `rigor' de la
especialización.
Entre las `reliquias' memorables que el libro encierra, no puedo dejar de reproducir el siguiente
poema premonitorio del obispo Berkeley (p. 169, 1796):
Fíjate en cómo criaba a sus hijos Europa cuando era joven y fresca Y no en cómo los cría ahora en su decadencia ... La ruta del Imperio se encamina hacia el oeste Los cuatro primeros actos ya han pasado, El quinto cerrará el drama con el día Y ese gran esfuerzo del mundo será el último.
Si incluímos esta reseña en este boletín es, también, por una suerte de pseudosincronicidad. El
libro llegó a mis manos al mismo tiempo que estabamos concibiendo la urdimbre de este número: en
el prólogo me enteré de la influencia que, sobre Lowenthal, ejerció
George Perkins Marsh a través
de su Man and Nature. Autor que figura como referencia fundamental en el trabajo de
Mumford cuya
traducción castellana presentamos como primera entrega de Habitat Classic Series.
He de confesar que, siendo tan breve el tiempo y tan largo el libro, no he acabado aún su lectura:
pero el calendario obliga, así que he tenido que aceptar terminar esta reseña antes que la
lectura... Quizás me aguarde alguna sorpresa al final. Puede contrastar lo aquí reseñado con la
escrita por Óscar Miranda Ontiveros.
Fecha de referencia: 05-11-2002
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