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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Carlos Jiménez Romera
Madrid (España), 8 de noviembre de 2002.
Mientras que acotar los términos ``historia'' y ``evolución'' en
el campo académico podría ofrecer un elegante ejercicio teórico,
descubrir los matices que estos dos conceptos adoptan en el
pensamiento cotidiano se convertiría sin duda en una mortífera
trampa para el más hábil de los retóricos. En cualquier caso, me
atrevo a afirmar, sin entrar en más detalles, que ambos términos
tratan de tres únicas cuestiones: pasado, presente y, tal vez,
futuro (lo que, evidentemente, reduce de forma considerable el
ámbito de búsqueda).
El pasado influye en el presente en mayor medida de lo que muchas
veces nos gustaría; la historia del teclado QWERTY nos muestra
un mundo absolutamente condicionado por contingencias históricas,
de forma que los hechos históricos y sus consecuencias futuras
no pueden explicarse por sí mismos sin atender al entorno donde
surgieron y se desarrollaron. Así pues, ¿en qué medida podemos
afirmar que el futuro no está siendo condicionado en estos mismos
instantes por las más triviales de nuestras acciones?
Esta simple anécdota, como tantas otras miles, contradice la
creencia de que el desarrollo de la historia es unívoco y de que,
sea cual sea el camino elegido, la meta del `progreso' humano es
el bienestar y la justicia universales, de forma que el ``fin de
la historia'' no sólo sea posible sino que sea además necesario.
Tal vez sea ésta una de las herencias de la ``Teoría de la
Evolución'' darwiniana, que planteaba la supervivencia del más
apto como único mecanismo de cambio. ¿Es la sociedad más próspera
y justa la que sobrevive al paso de los siglos? ¿O tal vez habría
que definir `apta' de otra manera?
La teoría de Darwin supuso una ruptura con el `creacionismo' y
un nuevo impulso para el estudio de la historia natural. Fue tal
el éxito que nunca ha vuelto a ponerse en duda, fuera de los
sectores más reaccionarios de la sociedad, y eso a pesar de las
deficiencias que dicha teoría presentaba, tal y como Máximo
Sandín nos relata en su artículo. Por el contrario, la
`evolución' se ha convertido en un paradigma que ha marcado toda
la ciencia del siglo XX. Una vez admitida la existencia de un
cambio a lo largo del tiempo ---en el clima de la Tierra, en los
seres vivos que la habitan, en la cultura humana---, el concepto
de `evolución', y principalmente, lo que se supone su mecanismo
fundamental: la ``selección natural'', se ha convertido en un
cinturón demasiado estrecho que no permite explicar la
generalidad de los cambios que se nos muestran. El estudio de los
mecanismos evolutivos, principalmente a través de la genética,
nos han mostrado resultados inesperados; en este caso los
artículos de Manuel de la Herrán y de Mariano Vázquez son buenas
muestras de estos mecanismos de `evolución' cuyos resultados
abren más puertas de las que cierran.
Sin embargo, y a pesar de esta digresión, el tema del boletín es
la historia: la pequeña historia de los vacíos urbanos en la
ciudad mexicana de Guadalajara o la gran historia natural de la
urbanización de Lewis Mumford, que inaugura la nueva sección de
clásicos de la biblioteca; la historia que se procura ignorar,
a pesar de los esfuerzos de Ramón Fernández Durán o de Amin
Maalouf, y la historia que se intenta desfigurar, tal y como nos
muestra Daniel Wagman. Tal vez estemos llamando historia a
cualquier cosa, pero Paul A. David ya nos ha mostrado cómo
`cualquier cosa' puede convertirse en `Historia', y para recordar
la importancia que tiene la `Historia' nada mejor que citar a
George Orwell:
[...] Pero hubiera sido imposible reconstruir la historia de aquel periodo ni saber quién luchaba contra quién en un momento dado, pues no quedaba ningún documento ni pruebas de ninguna clase que permitieran pensar que la disposición de las fuerzas en lucha hubiera sido en algún momento distinta a la actual. [...] El enemigo circunstancial representaba siempre el absoluto mal, y de ahí resultaba que era totalmente imposible cualquier acuerdo pasado o futuro con él.
Lo horrible [...] era que todo ello podía ser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel acontecimiento
nunca había ocurrido, esto resultaba mucho más horrible que la tortura o la muerte.
El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convetía en verdad. «El que controla el pasado», decía el
slogan del Partido, «controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado».
[Orwell, 1949]
Orwell, George (1949) 1984 (Versión española de Rafael
Sánchez Zamora; ediciones Destino, Barcelona, 1984)
Fecha de referencia: 13-11-2002
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