| Boletín CF+S > 21 -- El pasado es un país extraño > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n21/arfer.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Madrid, abril de 2002
En Oriente Próximo, entre los siglos XI y XIII, el poder feudal
europeo occidental y el papado lanzan sucesivas cruzadas sobre
"Tierra Santa", para recuperar el control de Jerusalén
(conquistada por los correligionarios de Mahoma en el siglo VII),
ahondando el divorcio entre el mundo cristiano y el Islam. Más
tarde, el dominio colonial europeo sobre el mundo árabe musulmán,
que se inicia con Napoleón, y sobre todo su desaparición,
fracturó el mundo islámico, para dividirlo y debilitarlo, en una
serie de estados rivales, con identidades nacionales forzadas,
que reemplazaron el mundo más poroso e interrelacionado de los
viejos imperios. Sobre todo en Oriente Próximo, tras el fin de
la Primera Guerra Mundial y la derrota del Imperio Otomano,
conseguida por Gran Bretaña contra los turcos con la ayuda de los
árabes (Lawrence de Arabia fue un símbolo de esta alianza), que
luego fueron traicionados (los ochenta años que denunciaba Bin
Laden, en su primera intervención ante las cámaras).
Ya en 1917, Gran Bretaña promete Palestina (a través de la
Declaración Balfour) al movimiento sionista internacional, que
se había constituido a finales del siglo XIX, demandando una
patria para los judíos, ante las persecuciones que sufrían en
gran parte de Europa [Said, 2001]; es importante señalar la
enorme influencia que la familia judía Rotschild ejercía sobre
el gobierno británico, a partir de su hegemonía en la City de
Londres. Tras la Gran Guerra, Gran Bretaña, que ejerce el
protectorado sobre Palestina, incentiva la migración masiva de
judíos y la venta de tierras a éstos, en este territorio que
interesadamente se definía como una "tierra sin pueblo".
Posteriormente, la promesa de creación de un Estado judío se
plasma tras la Segunda Guerra Mundial, impulsada por las
potencias occidentales (y en concreto por EEUU, en donde el lobby
judío goza de gran influencia, con fuerte presencia en Wall
Street y en los medios de comunicación), aprovechando el repudio
mundial en relación con el holocausto nazi. Se crea, pues, el
estado de Israel, en 1948, a partir de una resolución de NNUU de
1947, que establecía la partición de Palestina, sobre la base de
una nación y un credo. Este estado confesional se impone de
forma violenta, a través de la limpieza étnica, y su irrupción
significaba la creación de una verdadera bomba de relojería en
Oriente Próximo, de efectos retardados, cuyas sucesivas
explosiones iban a proyectar su impacto sobre todo el mundo árabe
y musulmán. Más del 70% de la población de Palestina es expulsada
de sus tierras, generándose un enorme volumen de refugiados, que
suponen más de cuatro millones hoy en día. Pero otra cantidad muy
considerable de palestinos (1,2 millones en la actualidad) queda
dentro de las fronteras de Israel, como "ciudadanos" de segunda
categoría. Este proceso de expulsión y colonización tiene lugar,
curiosamente, cuando en paralelo los pueblos de África y Asia se
liberaban del yugo colonial, a través de las llamadas luchas de
liberación nacional [Said, 2001].
Se produce, pues, una brutal anomalía histórica, que luego ha
pasado factura. El conflicto abierto no tardaría en estallar.
Nasser, en pleno auge del panarabismo, y del sentimiento
antijudío, quiso atacar Israel en los sesenta, sabiéndose
respaldado por la URSS, pero fue Israel el que en una guerra
relámpago (de sólo seis días), destrozó todos los aviones
egipcios en tierra, y se anexionó lo que quedaba de Palestina:
Gaza y Cisjordania (con más de dos millones de personas hoy en
día), así como el desierto del Sinaí y los Montes del Golán, en
Siria. Israel siempre ha dispuesto de una enorme superioridad
militar sobre sus vecinos, garantizada por EEUU, que se ha ido
agrandando con el tiempo, así como ha disfrutado de importantes
ayudas económicas y tecnológicas occidentales, que han disparado
las desigualdades de renta con los países vecinos. En 1973, se
produce otro conflicto bélico, impulsado por los países árabes
(Egipto y Siria, apoyados por otros), que daría lugar a la
primera crisis energética, y que tuvo una gran repercusión en el
mundo occidental, debido al embargo que se dictó por gran parte
de los países del Golfo Pérsico. Durante la presidencia Carter,
en 1978, Egipto consigue la devolución del Sinaí, a través de la
firma de los acuerdos de paz de Camp David con Israel. Este hecho
es considerado una traición en el mundo árabe, siendo asesinado
Sadat, en 1981, por sectores fundamentalistas. Un acto
inequívoco, que pocos entendieron, y que marcaría el inicio de
la lucha armada de parte del llamado fundamentalismo islámico.
En 1982, con Reagan en la presidencia, Israel invade el Líbano,
con el beneplácito de EEUU, en un primer momento, provocando una
verdadera masacre (entre otras, las matanzas de Sabra y Chatila)
y el asedio y destrucción a gran escala de Beirut. Más tarde,
ante la reacción del mundo árabe, sería el propio Reagan el que
presionaría para la retirada del ejército israelí, al mando de
Sharon.
Todos estos son hitos importantes en este conflicto. Un conflicto
en gran medida condicionado, hasta 1989, por la existencia de la
URSS. Pero una vez que cae el muro de Berlín, es Occidente, y en
concreto EEUU, el que impone sus criterios e intereses en esta
zona, ya sin ningún contrapeso. Los acuerdos de Oslo, son el
resultado de ello, y la situación que han creado, aún antes de
Sharon, había sido el estado de Apartheid permanente en que
vivían los territorios de la Autoridad Palestina en Gaza y
Cisjordania, sometidos a un acoso constante y a una mengua
continua de la superficie sobre la que se asienta aquélla, a
través de la creación de asentamientos judíos. Además, los judíos
de todo el mundo pueden llegar a Israel cuando lo deseen,
demandando tierras para su colonización, mientras que se les
niega el derecho de volver a su tierra a los millones de
refugiados palestinos en otros países. Esto no hace sino enconar
aún más el conflicto, y provoca que en el mundo árabe se perciba
a los judíos como a una parte de Occidente que sigue llegando
para ocupar sus tierras, y controlar recursos crecientemente
escasos, como el agua, que son vitales para toda esa zona. No en
vano, los principales recursos hídricos de la zona se encuentran
en territorios de la Autoridad Palestina y en los Altos del
Golán, lo que permite explicar los objetivos israelíes en la
Guerra de 1967. Más tarde, Sharon ha hecho explotar la situación,
intentando aplastar a la Autoridad Palestina mediante bombardeos
aéreos y dinamitando en la práctica los acuerdos de Oslo, incluso
antes del 11-S, habiéndose recrudecido aún mucho más las
tensiones después de esa fecha, hasta llegar a la actual guerra
de ocupación israelí.
Por otro lado, en Oriente Medio, desde que en 1938 se descubre
el petróleo en lo que más tarde sería Arabia Saudí (una creación
de la descolonización británica), la zona cobra una importancia
estratégica debido a las importantes reservas de oro negro que
alberga en su seno, las más importantes del mundo. Los países del
Golfo Pérsico tienen bajo su suelo dos tercios (65%) de las
reservas mundiales [BP, 2000]. De ahí, muy probablemente, la
razón de ser del establecimiento del Estado de Israel, una cabeza
de puente occidental, en sus cercanías, una vez que iba a
desaparecer la presencia colonial en la zona, de Francia y Gran
Bretaña. Y también el apoyo indiscriminado al régimen despótico
del Sha de Persia, que fue aupado al poder por Occidente en los
cincuenta, a través de un golpe de estado, con el objetivo de
controlar el complejo tablero geopolítico de Asia Central, y los
abundantes recursos petrolíferos de Irán. Cuando cae el Sha, en
1979, a causa de la revolución jomeinista, Occidente (y en
concreto EEUU) apoya y arma a Irak, incentivando que inicie una
guerra contra Irán, para controlar su papel díscolo en una zona
de altísimo valor estratégico; si bien su influencia en el mundo
árabe musulmán fue limitada debido a su confesión chiíta,
minoritaria en el mundo árabe musulmán y circunscrita a esa
región. Todo ello provocaría la segunda crisis energética
internacional (1979-1980), que tuvo especial incidencia en Europa
occidental.
Más tarde, tras la caída del muro de Berlín, y la desaparición
de la URSS, que altera también los "equilibrios" de la Guerra
Fría en esta zona, Irak decide anexionarse Kuwait, creyendo
contar con un cierto visto bueno de EEUU, con el fin de
convertirse en uno de los principales productores mundiales de
crudo, y en una verdadera potencia regional, generando el primer
enfrentamiento abierto entre países árabes. Pero EEUU (con el
apoyo decidido de Gran Bretaña, entre sus socios del Norte)
aprovecha esta ocasión, como excusa, para lanzar la Guerra del
Golfo (con el beneplácito y apoyo de las NNUU) e imponer un mayor
dominio occidental, y en concreto propio, en la zona, al tiempo
que inauguraba el Nuevo Orden Mundial, de Bush padre, tras el fin
del conflicto entre bloques. En la financiación de esta guerra
iban a participar activamente Japón, Alemania, Arabia Saudí y
Kuwait, entre otros. Como resultado de la guerra, la coalición
anglo-estadounidense consigue el control sobre el crudo de Irak,
a través de la ONU. Nacía, pues, el nuevo marco geoestratégico
del mundo del capitalismo global. La presencia física de EEUU se
iba a consolidar abiertamente en las monarquías del Golfo
Pérsico, lo que pasaría a considerarse como una profanación de
su "tierra sagrada", especialmente en Arabia Saudí, donde están
la Meca y Medina.
Más tarde, en 2000, se produce un cambio trascendental, pues
Arabia Saudí (que había nacionalizado sus recursos fósiles en
1975) permite la entrada de inversión extranjera para explotar
conjuntamente el petróleo y el gas natural, posibilitando hasta
la venta de la tierra (y de los recursos del subsuelo) a empresas
externas, lo que provoca importantes críticas del fundamentalismo
islámico. La razón de esta medida era afianzar el apoyo (político
y militar) de EEUU, y en menor medida de "Europa", a un régimen
con gran contestación interna, como única vía de garantizar su
permanencia en el poder [Caffentzis, 2001], al tiempo que, con
una ambigüedad calculada, el régimen saudí había estado
financiando a sectores fundamentalistas, para intentar ganarse
la simpatía interna, y de los sectores más tradicionalistas en
el conjunto del mundo árabe musulmán. Y previo a todo esto, en
las cercanías de esta zona, en el Afganistán musulmán, en Asia
Central, un área también con muy importantes recursos de
combustibles fósiles, los segundos en importancia mundial después
de Oriente Medio (aproximadamente el 20% de las reservas
globales) [BP, 2000], el conflicto entre bloques había jugado
una de sus principales partidas.
Tras la invasión de Afganistán por la URSS, en 1979, al final de
una década de debilidad occidental, y en concreto de EEUU, la
presidencia Reagan se va a lanzar a la derrota del "Imperio del
Mal". En este sentido, la desestabilización del dominio soviético
en Afganistán, iba a ser una de sus bazas importantes, aparte de
por supuesto obligar a embarcarse a la URSS en una loca carrera
de armamentos. Ambas contribuirían al desmoronamiento posterior
del gigante soviético, pues Afganistán se iba a convertir en el
"Vietnam" de una superpotencia en declive. De hecho, las tropas
soviéticas abandonan Afganistán en febrero de 1989, vencidas por
la Yihad (la Guerra Santa, de liberación "nacional", contra el
invasor extranjero), tan sólo unos meses antes de que cayera el
muro de Berlín, que iba a significar el principio del fin de la
URSS y su área de influencia. En esta región, "el apoyo a la
guerra contra la URSS, pretendía también minar la frontera sur
del imperio soviético, utilizando el reclamo religioso en las
repúblicas soviéticas (de mayoría musulmana) de Asia Central"
[Capello, 2002], que tras el derrumbe de la URSS se convertirían
en nuevos Estados-nación. En esta Guerra Santa contra el Ejército
Rojo, el apoyo de EEUU, junto al de Arabia Saudí y Pakistán, a
las guerrillas fundamentalistas, los muyahidines, fue
fundamental, y se puede decir que Bin Laden es en gran medida un
producto de la CIA. Reagan llamaba a estas guerrillas "luchadores
por la libertad". Estos muyahidines llegaron a sumar más de
100.000 combatientes dispuestos a todo [Chomsky, 2001b]. Pero
todo ello se ha convertido en un verdadero boomerang para EEUU,
y en definitiva para Occidente: "Washington ayudó a crear un
monstruo anticomunista que se ha vuelto en contra del amo que lo
impulsó" [Petras, 2001].
En definitiva, se puede afirmar que secularmente ha existido un
menosprecio cultural y religioso por parte de los poderes
occidentales, y en el imaginario de sus sociedades, hacia el
Islam y el mundo árabe musulmán, que sólo interesaba para acceder
a sus recursos. Ello se ha transformado en un profundo
sentimiento de humillación, máxime en el mundo árabe, creador de
una de las civilizaciones más importantes de la historia, razón
por la cual se siente gravemente maltratado. Por otro lado, en
este amplio espacio existe una importante presencia de las
fuerzas premodernas y antimodernas, como resultado de su menor
integración, en general, en las dinámicas del capitalismo global,
y por el carácter refractario de su sistema de valores, y por
tanto de sus sociedades, a la penetración occidental. De hecho,
el Islam, en principio, y hasta hace poco en general, no permite
el interés en los préstamos de dinero, aspecto central del
sistema monetario y financiero internacional. Si bien, el mundo
árabe-musulmán es un enorme espacio, muy diverso, pues se ha
desarrollado históricamente sobre realidades sociales y
culturales distintas, donde existen también países muy integrados
en la lógica del capitalismo global, especialmente las monarquías
petrolíferas del Golfo Pérsico.
Todo ello hace que en paralelo con los procesos de globalización
económica y financiera, desde los años setenta, y los procesos
de exclusión que los acompañan, empiecen a crecer poco a poco los
movimientos islamistas radicales, ante el temor al acelerado
proceso de desestructuración de la cohesión social tradicional
y la pérdida de identidad cultural. Lo que se refuerza en los
ochenta con los estallidos sociales que propician la aplicación
de los Programas de Ajuste Estructural, impuestos por el FMI, en
muchos países de la región, para garantizar el pago de una
abultada deuda externa, en la que habían incurrido en el proceso
(fallido) de modernización de sus sociedades [Caffentzis, 2001].
Y más recientemente, pero previo al 11-S, el trauma que supuso
la guerra del Golfo en el mundo árabe musulmán, el bloqueo a
Irak, con brutales consecuencias sobre su población civil, los
bombardeos indiscriminados a que fue sometido este país, por
parte de EEUU y Gran Bretaña, el desalojo del poder y represión
del FIS en Argelia (auspiciado desde los centros de poder
europeo, con el apoyo de EEUU), el doble rasero de Occidente
respecto del conflicto israelí-palestino, y el apoyo de EEUU a
regímenes corruptos y despóticos de la zona, despreciados por sus
poblaciones, hicieron que los sectores fundamentalistas radicales
se desarrollaran con más intensidad. Si bien en algunos países,
como Argelia o Egipto, la represión de los sectores
fundamentalistas se ha intentado extirpar manu militari, con un
resultado de más de 100.000 muertos en el caso de Argelia.
De cualquier forma, para amplias masas del mundo árabe musulmán,
estas fuerzas del fanatismo e integrismo religioso, que llaman
a la Guerra Santa, parecerían tanto el último recurso para
prevenir la desaparición de la identidad islámica, supraestatal
y supranacional (la Umma), contra las dinámicas de la
secularización y modernización del capitalismo global, que
conllevan además una expansión sin precedentes de la pobreza y
exclusión, y, por consiguiente, de la desesperación; como una vía
para volver a recuperar la total soberanía sobre los recursos de
la región. Además, en muchos casos, los movimientos
fundamentalistas han contribuido decididamente a desarrollar la
provisión de ciertos servicios sociales básicos (educación,
asistencia médica y sanitaria, manutención...), que los Programas
de Ajuste Estructural, aplicados por sus gobiernos bajo el
mandato del FMI, habían desmantelado para la inmensa mayoría de
su población [Caffentzis, 2001]. Es por todo eso por lo que
"después de haber vencido al Ejército Rojo y radicalizado, con
resultados variables, la lucha en muchos Estados musulmanes, la
Yihad se ha convertido en una terrible maquinaria terrorista
capaz de hacer que el mundo se tambalee" [Kepel, 2001]. Además,
es preciso tener en cuenta la importancia del mundo árabe
musulmán, pues hay más de mil trescientos millones de musulmanes
en todo el mundo, siendo la población árabe tan sólo una quinta
parte del total. Y que existe una mayoría musulmana en más de 52
países del planeta, así como una amplia minoría en otros. E
igualmente, cabe afirmar que el Islam es la religión que más
crece hoy en día a escala global. Asimismo, en la segunda mitad
del siglo XX, y en especial en los últimos treinta años, el mundo
islámico ha entrado de lleno en pleno corazón de Occidente, pues
viven en situación precaria unos siete millones de musulmanes en
EEUU y más de once millones en la UE [Rifkin, 2001].
El Islam ya no está sólo en la Periferia de Occidente, como había
ocurrido durante siglos, sino que hoy en día tiene una presencia
considerable en los dos principales centros del capitalismo
global. Sus mezquitas ya se encuentran en las principales
metrópolis occidentales. E importantes contingentes migratorios
llaman a sus puertas blindadas (y un gran número consigue
penetrar) ante la situación desesperada en que se encuentra la
mayor parte del mundo árabe-musulmán. Y de cara a esta amplia
población inmigrante el Islam cumple un importante papel, pues
al revalorizar a sus adeptos incluyéndolos en el vasto universo
de la Umma, compensa las humillaciones que sufren diariamente,
dotándoles de identidad.
Esto permite entender quizás las causas que pudieron originar los
acontecimientos del 11-S, que han creado un conflicto que se
podría considerar absolutamente posmoderno, típico del
capitalismo global, a pesar del carácter premoderno, o mejor
dicho antimoderno, de parte de las razones que lo mueven, sobre
las que se incidirá más adelante. El hecho de que el que se
inmole en esta Guerra Santa vaya al mejor lugar en el paraíso,
hace que la alta tecnología militar, o los controles policiales
de todo tipo, poco, o nada, puedan hacer contra los que
manifiestan su determinación por el suicidio; el Islam prohibe
el suicidio, excepto en la guerra contra un enemigo externo, y
sobre todo, según determinadas interpretaciones, en la Guerra
Santa. Se ha dicho también que es una "guerra asimétrica", en la
que los "terroristas" no poseen ni fuerzas armadas, ni aviación,
ni navíos contra los que se pueda combatir, pero disponen una
enorme capacidad de destrucción y disrupción, por su capacidad
de inmolación, como ha quedado patente el 11-S. De hecho, el uso
del suicidio como instrumento de confrontación ya venía siendo
una forma de lucha, desesperada, en la llamada Segunda Intifada,
si bien su utilización el 11-S supone un salto cualitativo de
enorme trascendencia. Conviene recordar que los supuestos
responsables de los acontecimientos del 11-S eran ciudadanos de
clase media de carácter cosmopolita (habían vivido en distintos
países occidentales). Es decir, no eran individuos desesperados
por su situación, y la de su pueblo, como en el conflicto
palestino. Aún así, el hecho de que fueran suicidas, no significa
que no tuviesen una estrategia política, "racional", calculada,
y probablemente eficaz (tal vez en el medio plazo). Posiblemente
lo que iban buscando, aparte de infligir un feroz daño al "Gran
Satán" (EEUU), al atacar sus principales centros neurálgicos, era
provocar una intervención occidental, y por consiguiente un
tensionamiento de la situación, que incentivara (más tarde, por
reacción) el triunfo de los sectores más involucionistas en
Pakistán, así como en Arabia Saudí y los emiratos del Golfo, con
el fin de conseguir la total "islamización" de estas sociedades,
su ruptura con Occidente y el control sobre sus recursos. En
definitiva, un proyecto de poder. Estos atacantes con toda
seguridad no habrán actuado solos (aunque cabe descartar
diferentes versiones conspirativas), formarían parte de redes
complejas, si bien probablemente hayan tenido un alto grado de
autonomía en la preparación de su acción. Es por eso por lo que
a EEUU, hasta ahora, no ha podido presentar pruebas concluyentes
sobre la responsabilidad en última instancia de su autoría (¿Bin
Laden?, ¿Al Qaeda?), que por otro lado nadie ha reclamado
directamente. Un hecho absolutamente nuevo en la historia del
"terrorismo", sobre todo por la dimensión y repercusión del
acontecimiento. Estas fuerzas tienen pues un carácter difuso,
son una especie de "Amenaza Fantasma", manejan, en ocasiones,
importantes rentas provenientes (directa o indirectamente) del
petróleo y aprovechan las dinámicas del propio capitalismo global
para atacarlo; pues utilizan sus redes financieras, se benefician
de las mismas, y hasta parece que especularon con las acciones
de las empresas que iban a ver sacudidas sus cotizaciones por el
11-S. "Este terrorismo [...] es posnacional tanto en su base
social (los movimientos de la Yihad en todo el mundo), como en
su organización (redes globales) y en sus objetivos
(representaciones del capitalismo y de la cultura occidental).
Este terrorismo [...] no ataca a los poderes reales, sino a sus
símbolos [...] El poder de Bin Laden no es real sino simbólico
[...] La superioridad es tal que matando a Bin Laden físicamente
[...] Bush sólo conseguirá aumentar su poder simbólico"
[Köhler, 2001].
Asistimos, pues, a la aparición de una nueva geografía del
conflicto, sin fronteras precisas ni actores reconocibles. Una
guerra de nuevo tipo, posmoderna, que ya se venía incubando,
típica del capitalismo global del siglo XXI, que responde al
cóctel explosivo de agravios históricos, desestructuración y
exclusión debidas a la globalización económica y financiera, e
irrupción de conflictos "nacionalistas" latentes, debido a la
crisis del Estado-nación poscolonial, de fronteras artificiales.
Y todo ello, con su secuela de fundamentalismos religiosos,
limpiezas étnicas, etc. Ante esta "guerra" de nuevo cuño
Occidente vacila, en un primer momento, sobre cómo actuar. Pues
las guerras que Occidente ha conocido desde los siglos XVII y
XVIII, cuando se empieza a configurar el estado moderno, eran
guerras entre estados, o coaliciones de estados, o, en su día,
también, para conquistar territorios en ultramar; aparte de las
guerras revolucionarias para acceder al poder del estado, o para
crearlo ex novo, en el caso de guerras antiimperialistas de
liberación nacional, que se dan sobre todo en el siglo XX.
Cuando cae el muro de Berlín los conflictos adquieren más bien
una dimensión intraestatal, como resultado de la fragmentación
e integración diferencial, que inducen los procesos del
capitalismo global en los dominios del Estado-nación. Los
estados, en general, y en especial los periféricos, han ido
perdiendo paulatinamente el monopolio absoluto de la violencia,
pues en los últimos tiempos se produce también una verdadera
desregulación y privatización de la misma (expansión de las
mafias y el crimen organizado, de las fuerzas paramilitares, de
los ejércitos privados y mercenarios, de las policías
privadas...). En esta deriva, el hundimiento del World Trade
Center marca un verdadero punto de inflexión en el pensamiento
militar hegemónico, y en especial en las estrategias de dominio
y control del capitalismo global. Pues, "¿cuándo han sido
atacados Europa o EEUU por gentes de sus colonias, o las áreas
que dominan?" [Chomsky, 2001a].
Es en estas complejas circunstancias, y con un movimiento contra
el capitalismo global en auge en importantes zonas del mundo, en
las que se produce el diseño y la puesta en práctica de una
respuesta occidental, de amplio alcance, liderada sin concesiones
por EEUU. Pero, quizás, para comprender lo que verdaderamente
está en juego y la complejidad de los escenarios que se abren,
antes de abordar las características de la respuesta que arbitró
Occidente, y en concreto EEUU, ante los atentados del 11-S, sería
preciso incluir otros planos de análisis que nos permitan
entender mejor la enorme complejidad y diversidad de lo que se
conoce como mundo árabe-musulmán, las razones por las que, en
general, este amplio espacio geográfico se ha mantenido al margen
(o de forma muy periférica), en general, de las dinámicas del
capitalismo global, los fracasos de algunos intentos
modernizadores, las pautas culturales y religiosas que lo
definen, los elementos que permiten comprender el auge del
llamado fundamentalismo islámico, su verdadera dimensión, y
pluralidad, así como la existencia en paralelo de una múltiple
diversidad de prácticas de resistencia y transformación, que nos
intentan ocultar. Y, al mismo tiempo, sería conveniente
contrastar estos procesos con lo que acontece en Occidente, y de
forma muy especial en su potencia hegemónica, para poder penetrar
con más conocimiento de causa, y con humildad, pero también con
mayor firmeza, en los complicados vericuetos que abre la crisis
del 11-S.
El Islam, en su expansión, supo asimilar muchas culturas, siendo
capaz de recoger y desarrollar buena parte del conocimiento
existente, fundamentalmente el de Grecia (Aristóteles), pero
también el de Persia, India y China, extendiéndolo posteriormente
a Europa a través de la Península Ibérica. El Islam fue, de
hecho, una de las mayores tradiciones culturales premodernas,
siendo su apogeo durante los siglos X, XI y XII, cuando Europa
se encontraba en plena Edad Media, y se puede decir que los
árabes contribuyeron notablemente a la "civilización" de los
"bárbaros" europeos. En sus inicios tuvo, en general, un espíritu
tolerante con las otras religiones abrahámicas y monoteístas, el
judaísmo y el cristianismo, con las que el Islam enlaza,
desarrollando la línea del profeta Mahoma. De hecho, muchas
comunidades cristianas y judías permanecieron dentro del mundo
islámico, siendo un ejemplo de coexistencia y tolerancia la
Córdoba de los Omeyas. Pero la reconquista cristiana en la
"España" de la época, culminada con la toma de Granada, en 1492,
quedaría marcada por la imposición de una única fe, y llevaría
aparejada la expulsión de judíos y moriscos, junto con el
establecimiento de la Inquisición; es de resaltar que a los
judíos se les ofreció hospitalidad en el seno del Imperio
Otomano. Ese año, iba a significar también el inicio de la
creación del sistema-mundo capitalista que llegaría a dominar
Occidente. En una primera etapa, las conquistas que llevaron a
cabo España y Portugal, bajo el signo, la "superioridad" y la
"legitimidad" de la cruz (las "guerras justas" contra los
infieles), permitieron crear las condiciones de acumulación
primitiva (extracción de oro y plata), que posibilitarían, más
tarde, el triunfo mundial del capitalismo centroeuropeo, bajo la
hegemonía de Holanda, en una primera etapa, tras más de 30 duros
años de guerras de religión (1618-1648), entre "católicos" y
"protestantes". Cristianismo y violencia se anudaron, pues,
estrechamente, en los primeros balbuceos del dominio mundial de
Occidente.
A partir de entonces, se asiste a un desplazamiento del centro
de gravedad político y económico hacia el Centro y Norte de
Europa, junto con la separación progresiva del poder de la
Iglesia y el Estado, la adopción del protestantismo como
confesión que más se adaptaba a la lógica de expansión del
capital, sobre todo en su vertiente calvinista, y la conversión
de la religión en una cuestión de conciencia individual. Es
decir, en una cuestión personal, no en un asunto público ni del
Estado [Roca, 2001]. Un Estado moderno, con clara soberanía
territorial, tal y como quedaba definido por la Paz de Westfalia.
Se inauguraba, asimismo, más tarde, con las Luces de la
Ilustración y el predominio de la razón, la fe en un progreso
indefinido, a lo que iba a ayudar también la irrupción de un
importante desarrollo científico y tecnológico, que se ponía en
función de la acumulación del capital. En especial, el desarrollo
tecnológico en lo que al "arte de la guerra" se refiere, que el
Estado moderno iba a aplicar para la expansión mundial del
capitalismo. Asimismo, el progresivo predominio del "espíritu del
beneficio" iba a ser una mutación histórica de un enorme calibre,
que sometería paulatinamente el conjunto de las actividades
humanas, crecientemente mercantilizadas (incluida la propia
fuerza de trabajo), a la lógica de la economía, y del dinero. El
culto al beneficio iba a suplantar poco a poco a la fe cristiana,
y ésta misma se fue adaptando de forma creciente al dictado de
las necesidades de expansión del capital. El pretendido proyecto
laico del capitalismo, ocultaba el encumbramiento de la
veneración del dinero, el nuevo becerro de oro, es decir, la
nueva instancia superior a la que todo se iba a supeditar.
Quedaban así sentadas las bases para el progresivo dominio
mundial de Occidente, que en aquella época todavía estaba
circunscrito a Europa occidental, y para que la cultura moderna,
creadora de un nuevo tipo de sociedad, fuera desplazando a la
cultura cristiana. Pero la imposición de esta modernidad al resto
del mundo, se haría también a través de una praxis irracional de
violencia, para someter a los "pueblos bárbaros" al dictado de
Occidente, al que la Ilustración había dotado de una
"legitimidad" y afán de proyección universal.
Por otro lado, el Islam que se había expandido hasta el siglo
XVI, ayudado por el renovado ímpetu que aportó la irrupción del
Imperio Otomano, que le llevó a la conquista de los Balcanes,
arribando hasta el sur de Alemania y hasta las mismísimas puertas
de Viena, inicia a partir de entonces un lento declive. Hasta el
final de la Edad Media, el predominio del Islam sobre el
"Occidente" de la época había sido incontestable, pero ya en el
siglo XV la apertura de nuevas vías comerciales, que posibilitaba
la circunnavegación de África, permitió a las potencias europeas
de la época, soslayar un área del mundo, de carácter en gran
medida feudal, que se resistía a sus designios de dominio
mundial. Esta situación se iba a mantener prácticamente hasta el
fin de la Primera Guerra Mundial, cuando se produce el reparto
colonial del Imperio Otomano entre Gran Bretaña y Francia, aunque
algunas de sus piezas habían ido cayendo ya bajo la esfera de
influencia de estas grandes potencias (Egipto, Argelia,
Marruecos, etc), o de otras potencias europeas (España, Italia),
en el Norte de África. En este sentido, se puede afirmar que el
mundo islámico, en general, y en concreto el mundo árabe, fue uno
de los espacios del mundo, junto con China, que más se resistió
al dominio Occidental, y especialmente a la penetración de la
cultura moderna. De esta forma, es posible decir que sólo después
de la Primera Guerra Mundial se encontraron los "árabes"
dominados por los "europeos". Y en el mundo islámico, que
permaneció al margen de la modernidad, el poder político y el
poder religioso siempre estuvieron, en general, estrechamente
entrelazados, en forma de teocracias.
El Islam conservador se inicia principalmente después de la
Primera Guerra Mundial, con la aparición de los Hermanos
Musulmanes de Egipto, a finales de los años veinte del siglo XX,
como respuesta al dominio colonial. Si bien ya en el siglo XVIII,
se desarrolla el wahhabismo, en lo que más tarde sería Arabia
Saudí, y el deobandismo, en torno al Pakistán actual, que son
interpretaciones del Islam de carácter rigorista, ultrapuritano
e intransigente, también como reacción al declive del mundo
musulmán, en gran medida unificado entonces bajo la égida
otomana. Sin embargo, el Islam político, o fundamentalista, no
se puede decir que se empieza a desarrollar hasta la década de
los setenta, tras el desastre árabe ante Israel en la Guerra de
los Seis Días. Ese conflicto iba a marcar la progresiva quiebra
de las formaciones nacionalistas y socialistas árabes a las que
se las consideraban responsables de la catástrofe. Además, es a
partir de entonces, también, cuando empiezan a entrar en crisis
los proyectos modernizadores que se acometen en el mundo árabe
musulmán después del proceso de descolonización. Y los pueblos
árabes humillados y desesperanzados empezaron a encontrar refugio
para su desamparo en la fe. El islamismo, como lectura pétrea y
objetivante del Corán, se convierte entonces en ideología: "Todo
está en el Corán". Es un intento de vuelta a un pasado mítico
imaginario, para escapar de la situación sin salida a la que
había conducido el proyecto modernizador occidental, tanto en su
variante capitalista como en la de "socialismo" de Estado (caso
de Argelia o más tarde de Afganistán, pero también, en otro
orden, de tipo baasista como en Irak y Siria). A ello se suma el
que la demografía se dispara, en una economía en bancarrota, lo
que amplía sustancialmente los sectores precarizados, y sobre
todo excluidos, por la modernización, en especial de carácter
urbano-metropolitano. Es entonces, cuando el Islam político o
fundamentalista, también con diversas corrientes en su seno,
cobra protagonismo con un mensaje interclasista, que resalta el
rechazo a la occidentalización y al laicismo panárabe de los
cincuenta y los sesenta, y la necesidad de purificar el
territorio del Islam de los enemigos de Dios, a través de una
Guerra Santa continua de la "nación" islámica entera en marcha
hacia su liberación [Galindo Aguilar, 1997].
La relación de EEUU con el mundo árabe-musulmán ha ido variando
a lo largo del tiempo. En un primer momento, después de la
Segunda Guerra Mundial, el gigante estadounidense, a pesar de su
apoyo a Israel, frenó en seco las ansias de Francia y Gran
Bretaña de mantener su hegemonía en la zona, en la llamada crisis
del Canal de Suez (1956), y Eisenhower obligó a estas potencias
(acompañadas por Israel) a poner fin a su expedición militar
contra Egipto. Estaba por así decir en juego el dejar patente
quién pretendía ser el verdadero amo en esta región estratégica.
Por otro lado, EEUU, que ya en los años cincuenta y, sobre todo,
en los sesenta, había apoyado a los incipientes movimientos
islamistas contra el nasserismo y la penetración del "Imperio del
Mal" soviético en la región, redobló sus lazos con estos
sectores, sellando además una estrecha alianza con Arabia Saudí,
patria del wahhabismo, después de las crisis de los setenta. Tras
una década de crisis energéticas, el objetivo no disimulado de
EEUU (y Occidente) era garantizar el suministro de crudo de cara
al futuro. En plena Guerra Fría, y en una región de enorme
importancia estratégica, todo era válido, y se decide alimentar
el sentimiento islámico contra el comunismo y el ateísmo que este
representaba. De esta forma, no es de extrañar que los proyectos
laicos en este espacio embarrancaran, asimismo, ante este
decidido apoyo del Occidente "laico" a las fuerzas más
antimodernas, tradicionalistas y patriarcales del Islam.
En los ochenta, estalla el "problema" de la deuda externa en
todos los espacios periféricos, y el mundo del islámico, como se
ha señalado, no es una excepción. A este estallido no es ajeno
Washington, pues la brusca subida de los tipos de interés que
impulsa la Reserva Federal estadounidense, a partir de 1979,
provoca que los estados periféricos, que se habían endeudado en
dólares, sean incapaces de pagar ni tan siquiera el servicio de
la deuda. Este problema era más agudo para aquellos países,
dentro del mundo islámico, que más habían querido avanzar de
forma autónoma, en su modernización, demandando capitales para
ello, especialmente aquellos que no eran "productores" (cabría
mejor decir "extractores") de petróleo, y que por tanto no
disponían de sus suculentas rentas. El ajuste estructural que les
impondría el llamado "Consenso de Washington" (es decir, el FMI
y el BM), iba a acabar definitivamente con las ilusiones que
habían suscitado los proyectos políticos poscoloniales, e iba a
profundizar su relación de dependencia y marginación, respecto
del capitalismo global. Y decimos marginación, pues el espacio
islámico, en general, iba a quedar al margen de los flujos de
capital que acompañaban a la Nueva División Internacional del
Trabajo, por el riesgo que se intuía para las inversiones en esta
zona del mundo. En este callejón sin salida, quedaban pues
expeditas todas las vías para el desarrollo del Islam político,
uno de los pocos canales disponibles, en general, en un primer
momento, para la protesta, la reivindicación y también, en muchos
casos, para la solidaridad. Al final de la década, tres
acontecimientos sucesivos, la expulsión del Ejército Rojo de
Afganistán, la Guerra del Golfo y el derrumbe de la URSS,
alterarían aún más los delicados equilibrios de la región, como
se ha señalado, y los vientos desestabilizadores del capitalismo
financiero de los noventa terminarían por avivar y alentar los
rescoldos más extremistas del fundamentalismo islámico.
Además, algunos países islámicos habían ido cayendo desde finales
de los setenta en la órbita del Islam totalizador: Irán, Pakistán
y Sudán, y a ellos se sumaría, a mitad de la década de los
noventa, el Afganistán de los Talibanes. Se asiste pues a la
total islamización de sus instituciones, al desmantelamiento de
toda oposición (política, sindical...) y al férreo control del
ámbito privado, regulándose estrictamente la conducta personal.
Se desarrollan en muchos casos los atroces castigos
(mutilaciones) que impone el cumplimiento de la Sharia. Es decir,
se fomenta un orden islámico reducido a un código penal,
despojado de todo su humanismo. Por otro lado, otros regímenes
de la zona tuvieron que acentuar e incluso reforzar las señas de
identidad islámicas, para no sustraerse el más que frágil apoyo
de sus poblaciones, ante el rechazo de las masas islámicas al
injusto orden mundial para sus territorios. Al tiempo que, una
vez quebradas las vías autónomas de "desarrollo", dichos
regímenes se alían de forma creciente con Occidente, que es el
que intenta garantizar su permanencia en el poder, con el fin de
conservarlos dentro de su área de influencia. Este apoyo se
concreta, por ejemplo, a través de la venta de todo tipo de
material policial y antidisturbios, o mediante la rebaja de la
deuda externa, como en el caso de Egipto, tras su acercamiento
a Israel. Es por eso por lo que al mismo tiempo se acentúan
también los rasgos despóticos y represivos de estos regímenes,
en especial respecto del Islam político, con el fin de contener
una contestación social en ascenso. De cualquier forma, los
procesos de cambio social son muy complejos, y hoy en día se está
produciendo también una crisis profunda en Irán, paradigma del
Islam fundamentalista. Parecería como si el Islam fundamentalista
no resistiese la prueba del poder, pues no sólo es el ansia de
impulsar o copiar los valores occidentales (como se nos comunica
desde los propios medios occidentales), sino que se dan dinámicas
de cambio y resistencia social mucho más complejas.
En lo que al papel de la mujer en el mundo islámico se refiere,
cabe resaltar los cambios que se están experimentando en estas
sociedades profundamente patriarcales, a través de la incipiente
irrupción de la mujer en el espacio público, a pesar de que la
propaganda occidental resalta siempre los casos más extremos y
sensacionalistas de opresión de género (imposición del burka,
inexistencia de espacios mixtos, lapidación de adúlteras,
ablación del clítoris, poligamia...), que no son generalizados,
con el fin de reforzar el imaginario negativo sobre el Islam. El
mensaje que se quiere a toda costa transmitir es que el Islam es
salvaje con las mujeres. Las razones del inmovilismo
institucional en este terreno, se deben a la fuerte relación
entre el poder político dictatorial y el poder religioso (los
ulemas cooptados por el propio poder político) que lo sustenta,
de carácter fuertemente reaccionario. Esa relación simbiótica
hace más dificilmente permeable la estructura estatal a los
cambios que acontecen en la sociedad, sobre todo a partir de las
transformaciones sociales que se han producido desde el acceso
de las mujeres a la educación y, en menor medida, al trabajo
(asalariado), fuera del ámbito doméstico. A este respecto, los
cambios experimentados por las propias mujeres en Irán, la cuna
de la revolución fundamentalista, son paradigmáticos. La mujer
está saliendo abiertamente del espacio privado, trastocando el
papel que le asignan los ayatollás y las relaciones de género.
Pero se dan cambios también en Marruecos, Túnez, Jordania... y
hasta, salvando las distancias, en la propia Arabia Saudí. Lo
cual es una muestra de que el Islam no es una cultura inmóvil,
en especial sus sociedades. Si bien es verdad que el
reforzamiento del Islam político más extremista está
significando, en ocasiones, y sobre todo cuando éste accede al
poder, la vuelta atrás en las magras conquistas alcanzadas
[Martín Muñoz, 2002].
Indudablemente, el caso de patriarcado más extremo fue el
alcanzado durante el régimen de los talibanes, que llegaron a
invisibilizar totalmente a las mujeres, no reconociéndolas en
absoluto como sujetos. Pero ello se daba en una región donde está
muy arraigado el Islam más conservador (el deobandismo), a pesar
de los intentos secularizadores de los regímenes filosoviéticos
que se dieron en Afganistán durante más de una década. Pero es
preciso señalar que las sociedades capitalistas occidentales, que
presumen de su fe en la razón y en la ciencia, han sido
esencialmente androcéntricas y patriarcales hasta bien entrado
el siglo XX, y que los cambios que ha experimentado la condición
de la mujer (que han sido limitados y que tan sólo han suavizado
el dominio patriarcal) han sido resultado principalmente de la
presión de los movimientos feministas, sobre todo en la segunda
mitad del siglo XX. Asimismo, la revolución sexual en Occidente
(también relativamente reciente), ha ahondado la brecha que en
este terrreno le separa del mundo islámico. De hecho, "esta
fantasía del otro (en el Islam más conservador) es siempre
sexual. Occidente es concebido (por el fundamentalismo) como un
impío cenagal de inmoralidad, un lugar donde imperan las orgías
y la fornicación [...] El fundamentalismo islámico [...] funciona
como un sistema autoritario represor del deseo, pero al mismo
tiempo seca esta fuente de vida humana" [Kureishi, 2002]. De
cualquier forma, los cambios que se están dando en el mundo
árabe-musulmán en las relaciones de género deben legitimarse a
través del Islam, pues éste es una referencia de identidad
cultural y social, con un fuerte peso sociológico y
antropológico, es decir, no es sólo un elemento religioso. Es por
eso por lo que las mujeres que cuestionan dichas estructuras
patriarcales, lo hacen, principalmente, en general, a partir del
propio Islam, para que la sociedad acepte dichos cambios [Martín
Muñoz, 2002].
"Diversos pensadores económicos islámicos, junto con la práctica
de los antiguos contratos medievales islámicos, configuran las
raíces de la llamada Economía Islámica [...] Es tras la
independencia de los países islámicos, después de la II Guerra
Mundial, cuando se potencian sistemas económicos basados en los
valores religiosos islámicos (prohibición del interés y de la
usura, prohibición de la especulación y el juego, prohibición del
consumo excesivo y obligación de pagar un impuesto sobre la
riqueza). A partir de los años setenta, se inicia la creación de
instituciones como la banca islámica [...] En los años 70
confluyen los esfuerzos teóricos de los economistas islámicos,
con los institucionales (creación de la OCI), así como
iniciativas privadas para la creación de bancos e instituciones
financieras articuladas de acuerdo con los principios islámicos
(sin utilizar intereses)[...] (Su funcionamiento se articula en
torno a): la supresión del tipo de interés y su sustitución por
contratos de participación en pérdidas y ganancias, la creación
de un sistema fiscal de acuerdo a las obligaciones
redistributivas islámicas, y el control del consumo exagerado e
improductivo, público y privado. Todo esto creará, de acuerdo con
los pensadores islámicos, un sistema económico más justo y
equilibrado. (Esta concepción) se aparta pues del pensamiento
puramente economicista occidental (y más aún de los esquemas
neoliberales), buscando un equilibrio entre lo espiritual y lo
material, teniendo en cuenta el interés de la colectividad, que
se prepondera sobre el individual. (La Economía Islámica) se ha
relacionado bastante con la actividad de los pequeños
comerciantes de las medinas". Sin embargo, en los últimos
tiempos, en paralelo a la banca islámica, que se ha utilizado por
diferentes grupos de poder, se produce en los países musulmanes
también un desarrollo de las instituciones financieras
convencionales con intereses, cuya actividad va permeando
paulatinamente a las instituciones de la llamada Economía
Islámica [Orozco y Lorca, 1999]. En la actualidad, las redes
financieras están crecientemente dominadas por Arabia Saudí y las
monarquías petrolíferas que, a falta de inversiones lucrativas
en el mundo islámico, colocan una parte importante de sus fondos
en Occidente.
En definitiva, se podría decir que el fundamentalismo islámico,
que considera el Estado-nación como una institución occidental
y una invención colonial, se desarrolla especialmente en los
últimos veinte años, en paralelo con los llamados procesos de
globalización económica y financiera. Esto es, el fundamentalismo
islámico empieza a arraigar en una época de apabullante
prosperidad de Occidente, de reforzamiento de su dominio sobre
las periferias, y de crisis de éstas, así como de su control
manifiesto y creciente sobre los medios de comunicación globales.
Este Islam político coincide, pues, con el auge de la
posmodernidad occidental, cuyos valores alcanzan a una muy
reducida minoría de las sociedades musulmanas, que son aquellas
que se pueden integrar en las pautas de consumo occidental, o
aspiran a alcanzarlas. Si bien estas minorías occidentalizadas
son sumamente cuidadosas en la expresión pública de los valores
culturales occidentales, cuya manifestación se reserva en todo
caso para el ámbito privado, o para determinados enclaves
exclusivos, y de todas formas adaptados al entorno islámico
existente. De cualquier forma, cabría señalar también el que,
aparte de la diversidad de corrientes dentro del fundamentalismo
islámico, dentro de las cuales se han ido imponiendo durante los
últimos tiempos los sectores más radicales, sobre todo tras la
guerra de "liberación" en Afganistán, y de la pluralidad de
corrientes islamistas reformistas moderadas, existe asimismo una
enorme variedad de tendencias que cuestionan el capitalismo
global que no pasan necesariamente por la vinculación entre la
religión y la política (incluidos los abundantes rescoldos laicos
y socialista todavía existentes), aunque se apoyan, eso sí, en
valores tradicionales (cuestionamiento de la usura, apoyo mutuo,
etc). Así, "si ha estado creciendo el papel de las mezquitas es
porque han recuperado el papel de ágora pública, donde la
comunidad discutía y se apoyaba. Es desde ellas donde se organiza
una vida pública y social al margen de los gobiernos, sea en
Marruecos o en Argelia [...] (Es por eso por lo que) el mundo
musulmán queda ahora en masa fuera del discurso único
capitalista. Y en ninguna parte como en el mundo musulmán se
encuentra una contestación masiva a ese neocapitalismo"
[Roma, 2001].
Por otro lado, en Occidente, la retórica en la que se ha basado
el capitalismo en su etapa más reciente, ha sido la de unos
pretendidos objetivos humanitarios, que conectan con su pasado
religioso cristiano, enriquecidos en parte por aspectos de los
discursos emancipadores socialistas y de las luchas de liberación
nacional, como forma de integrar y desactivar su capacidad
subversiva, si bien su estrategia de funcionamiento se sustenta
en un feroz darwinismo social. Es así cómo se articulan los
elementos trascendentales del discurso occidental de la segunda
mitad del siglo XX: impulso de la economía de mercado como marco
que promueve los valores de libertad y democracia; derecho de
ciudadanía e igualdad ante la ley, sobre los que se sustenta en
teoría el Estado de derecho; creación del Estado social en los
países centrales y lucha contra la pobreza en el llamado Tercer
Mundo a través del derecho al "desarrollo" de sus pueblos; fe en
que la ciencia y en el desarrollo tecnológico, junto con el
crecimiento económico que impulsará el "libre comercio" mundial,
propiciará el tan deseado "desarrollo" para toda la humanidad;
y, en principio, laicidad, que se concreta en la creación del
Estado aconfesional. Sin embargo, en los últimos tiempos se están
produciendo cambios trascendentales en estas macronarrativas del
poder, como resultado de las nuevas dinámicas que impulsa el
capitalismo global, desde hace ya unos veinte años, es decir en
paralelo con el predominio del capitalismo financiero, y el auge
de las políticas neoliberales, y en especial después de que cae
el Muro de Berlín.
En este sentido, aparte de que se acentúa el carácter casi
religioso del predominio de los valores pecuniarios, sobre
cualquier otra consideración, convirtiéndose en el único leit
motiv existencial el vivir para ganar dinero y alcanzar el éxito
de forma individual, se asiste asimismo a un cierto renacer de
los valores más rancios religiosos, en especial en EEUU. Sobre
todo por el papel que cumple "Dios" y la religión en la propia
configuración de EEUU, en contraposición con los países europeos
que son sociedades más secularizadas. En EEUU, una "nación" sin
historia, se tiende a creer en un Dios "nacional" alrededor del
cual se vertebra la política de la patria. Esta verdadera
"religión nacional", auténtica religión de religiones, ayuda a
vertebrar el rompecabezas étnico y cultural estadounidense,
estableciéndose el "americanismo" como un sentimiento básicamente
religioso. De hecho, "América", como régimen, se puede afirmar
que es una verdadera religión, que permite cohesionar
internamente un país con tremendas diferencias sociales,
absolutamente desestructurado, plagado de conflictos étnicos y
con profundos niveles de racismo. Se fomenta pues la creencia en
la fundación teologal de la patria, en la que "Dios" participó
activamente, que potencia igualmente la convicción de ser un
"pueblo" elegido, único, fuerte, diferente a los demás, y con una
misión histórica que cumplir: salvar la libertad del mundo, pues
no en vano EEUU fue, en su día, la cuna de las libertades. Todo
ello "dota" a EEUU de una superioridad legal y moral para actuar
en este proceloso orbe [Wagman, 2001]. Dentro de esta concepción
se necesita siempre del mito de la existencia de un Mal exterior,
con el que contraponerse, porque EEUU es el Bien. Ello ayuda
adicionalmente a reforzar la cohesión interna. A lo largo del
siglo XX se fue magnificando la existencia de un Gran Mal en el
mundo, que se ha ido progresivamente transformando y satanizando.
Primero fue, durante mucho tiempo, la amenaza del comunismo
(Reagan lo llegó a definir como el "Imperio del Mal"), más tarde
también la revolución iraní, después Sadam Hussein, y hoy en día
el Islam en su conjunto. Con este Gran Mal, que evoluciona según
las circunstancias, no hay posibilidad de diálogo, ni de
negociación, sólo cabe la intolerancia y la agresión. Y en los
últimos tiempos, tras la "revolución conservadora" de Ronald
Reagan, y el auge de los movimientos evangelistas en EEUU,
asistimos a una verdadera explosión de religiosidad, junto con
la proliferación de telepredicadores, y a la consolidación de los
valores más retrógrados, puritanos y patriarcales. Estos valores
se impulsan ahora, sin reparos, desde las propias instituciones
de EEUU, tras la victoria del "conservadurismo con compasión" de
George Bush. Este creciente conservadurismo corre paralelo al
fundamentalismo de mercado que impregna toda la sociedad
estadounidense. Es por eso por lo que Bush alineó enseguida a
"Dios" con EEUU, manifestando que bajo su amparo "nosotros
conduciremos al mundo a la victoria de la libertad". Y este
"conservadurismo con compasión", como los fundamentalistas
islámicos, defiende también a ultranza la pena de muerte y el
castigo corporal en el régimen penal, y propone salvar las almas
martirizando los cuerpos y las mentes, en especial de las mujeres
(intentos de prohibición del aborto, recomendación de la
abstinencia sexual, como forma de evitar los embarazos no
deseados, etc).
Se aprecia pues un "retorno de lo sagrado", en un mundo que
parecía haber dado por muerto a Dios, que se convierte en un
puntal del yo crecientemente solitario y desvalido. Por doquier
asistimos a la proliferación en Occidente, sobre todo en las
Ámericas, de sectas de todo tipo, financiadas desde EEUU. Y hasta
en la propia Europa este fenómeno va ganando en intensidad,
impulsado por actores del otro lado del Atlántico. En un contexto
de crisis de las estructuras políticas y de las instituciones
estatales, donde las antiguas referencias se desmoronan, las
sectas prosperan sobre la trama de los tejidos sociales
desestructurados. El pentacostalismo arrasa, entre muchas otras.
Nacido del protestantismo, se propaga también por las grandes
metrópolis del "Tercer Mundo" africano y americano, y asimismo
por sus zonas rurales, como forma de contrarrestar los peligros
de la infiltración marxista a través de la Teología de la
Liberación. "Las Iglesias pentacostalistas constituyen no sólo
el `brazo espiritual' del imperialismo americano [...], sino
también del neoliberalismo triunfante [...] Se promueve una
Teología de la Prosperidad, pues `Dios no ama la pobreza' [...],
junto con la promesa del enriquecimiento rápido [...] La `maquina
narrativa' del pentacostalismo se dirige a los individuos, pues
no pretende movilizar a sectores sociales, (llamándoles) a
convertirse en `ganadores' [...] En este sentido, el
pentacostalismo es el nuevo opio del pueblo. Una vez más
convierne recordar el contexto en el que Marx utilizaba la
expresión: es la emoción en un mundo sin emoción"
[Corten, 2001].
Pero lo mismo acontece en otras partes del mundo. Desde la
progresión de la secta Falung Long en China, al reforzamiento de
la iglesia ortodoxa en la mismísima Rusia, que es apoyada por el
propio Putin, hasta la creciente hinduización de la India,
contradiciendo los proyectos seculares que en su día impulsaron
Gandhi y Nehru, los padres de la patria, y cuyos sectores más
radicales están ocasionando feroces masacres contra la comunidad
musulmana. Y también en la secular Europa, se produce un cierto
renacer de la influencia de las instituciones religiosas, en
paralelo con el creciente giro conservador de sus sociedades. La
propia Iglesia Católica ha experimentado una fuerte involución
con Juan Pablo II, tras el afán reformador que supuso el Concilio
Vaticano II, reforzándose sectores como el Opus Dei. Y hasta
Berlusconi se atreve a plantear que en la futura Constitución
Europea se recoja que entre los valores europeos se resalte el
de la espiritualidad judeocristiana.
Asistimos a un creciente renacer de conflictos de carácter
"religioso", que pretenden ocultar otro tipo de tensiones que
responden a relaciones de dominio económicas, políticas,
militares y de género. Curiosamente, las tensiones principales
parece que se producen entre las concepciones monoteístas, que
se pueden caracterizar como fuentes originales de intolerancia.
"Se diría que un Dios se dedicó a sembrar vientos y que otro
responde con tempestades [...], (aunque) si hay Dios, hay un solo
Dios. (Si bien), las religiones, todas ellas, nunca han servido
para aproximar y congraciar a los hombres" [Saramago, 2001]. De
cualquier forma, es preciso dejar claro que si Occidente
identifica al Islam como principal amenaza es no sólo porque es
un mundo que, como hemos comentado, se sitúa al margen del
discurso único del capitalismo global, sino porque Arabia Saudí,
Irán e Irak producen la mayor parte del petróleo mundial, tienen
las principales reservas de crudo del planeta, junto con el resto
de los países del Golfo Pérsico, y porque asimismo los países de
Asia Central, de confesión islámica, se asientan sobre la segunda
región en importancia, a escala global, de reservas de
combustibles fósiles. En total, casi el 85% de las reservas
mundiales de petróleo se encuentran en países de confesión
islámica. Y es asimismo Occidente el que mantiene una actitud
claramente agresiva, pues el Islam, o mejor dicho sus sectores
más fundamentalistas, pretenden en todo caso liberar su mundo,
esto es, recuperar la soberanía perdida, y no conquistar el
mundo. Es decir, se podría afirmar que no recogen el testigo de
Mahoma, sino el de Saladino (el liberador de Jerusalén del
dominio cristiano tras las cruzadas). Y es por eso por lo que "se
da una visión de la cultura islámica que por su propia naturaleza
es retrógada, cruel, intolerante y violenta, y en consecuencia
intrínsecamente opuesta y en conflicto con Occidente, o incluso
con la civilización humana en general, que representa modernidad,
justicia, tolerancia, libertad..." [Wagman, 2001]. En este
sentido, desde Occidente se resalta al Islam como portador de
tradicionalismo inmutable, irracionalidad y agresividad.
Parecería como si se quisiera transmitir, de forma específica,
el carácter intrínsicamente violento del Islam, máxime tras el
11-S. Quizás con el fin de ocultar las barbaries que Europa
cometió durante siglos dentro y fuera de sus fronteras, y
especialmente en el cercano siglo XX su responsabilidad en la
gestación de dos guerras mundiales que ocasionaron casi setenta
millones de muertos (de ellos más de cinco en el llamado
Holocausto). O también, en el caso de EEUU, para tapar su
protagonismo en sucesos brutales como el bombardeo de Hiroshima
y Nagasaki, que provocaron más 250.000 muertos, y el rosario de
intervenciones militares (Corea, Vietnam, etc), o de apoyo a
golpes de estado y dictaduras, que a lo largo de la segunda mitad
del siglo XX han jalonado su hegemonía en el campo occidental,
y las guerras de la década de los noventa (Golfo Pérsico,
Kosovo...) que han caracterizado su hiperhegemonía global. El
terror impulsado por EEUU en todas estas intervenciones ha
generado unos ocho millones de muertos [Kim et al., 2001]. No
parece pues Occidente el más adecuado para esgrimir la acusación
de violento en relación con el Islam, al que por otro lado estuvo
acosando durante siglos, hasta que lo conquistó, y que aún
después de la descolonización ha estado sometiendo hasta la
actualidad.
Pero, de repente, "el 11-S evidenció una guerra entre dos mundos
que coexistían en el mismo tiempo físico, pero vivían en épocas
distintas, en épocas que hasta hace poco habían estado separadas
por siglos de aislamiento [...] La gran conmoción que encumbró
a Occidente y lo alejó del resto del mundo fue efectivamente el
triunfo de la ciencia. Pero fueron la descolonización y el
estallido de nuevas tecnologías, o sea una fase más avanzada del
progreso que había separado estos dos mundos, lo que
paradójicamente los volvió a unir a través de la magia blanca que
aparentemente permitía brincar sobre el tiempo y el espacio,
romper la barreras de la Historia y poner en contacto lo que
desde el siglo XVII había permanecido aislado. Lo trágico es que
cuando se volvieron a encontrar, Occidente había cambiado mucho,
Oriente más bien poco, y ello provocó el conflicto epocal que se
ha planteado ahora (aunque indudablemente la ciencia no actuó
sola)[...] Finalmente llegó un momento en que, con la sociedad
de la información el problema de la velocidad dio un salto
cualitativo. El tiempo y el espacio se anularon y todo podía
estar presente al mismo tiempo en todas partes [...] En suma, la
televisión hizo el milagro de unir lo que la ciencia anterior
había separado, las culturas dormidas se asomaron con asombro a
las sociedades vía satélite y el resultado fue traumático"
[Pinillos, 2001]. Occidente ha estado utilizando también el
poder de la realidad virtual para penetrar en el mundo islámico,
y los sectores fundamentalistas han llegado a decir que el
"demonio" entra por los tejados a través de las antenas
parabólicas (hasta a la laica Turquía ha llegado El Gran Hermano
¡aunque sin escenas "escabrosas"), pero el 11-S le ofreció una
nueva excusa para poder lanzar una nueva andanada de intento de
sometimiento sobre el mundo árabe musulmán.
BP (British Petroleum) (2001) "Statistical Review of World
Energy 2000" (Corporate Communications Services, Londres)
Caffentzis, George (Octubre 2001) "An Essay on the Events of
September 11, 2001. Addressed to the Antiglobalization Movement"
(en Commoner, http://www.commoner.org.uk)
Capello, Stefano (Febrero 2002) "Il `Grande Gioco', da Kim a
Bin Laden" (en Collegamenti Wobbly)
(Noviembre 2001) "Apuntes Prófugos sobre la Guerra" (en
Colaterales, http://www.pangea.org)
Corten, André (Diciembre 2001) "Eclosión de los
Pentacostalistas Africanos y Americanos" (en Le Monde
Diplomatique (edición española))
Chomsky, Noam (2001a) "Entrevista" (en La Jornada (México),
17/9/2001)
Chomsky, Noam (2001b) "La Nueva Guerra contra el Terror" (en
Le Monde Diplomatique, noviembre, 2001)
Galindo Aguilar, Emilio (Octubre 1997) "El Islam al Final del
Siglo XX" (en Encuentro Islamo-Cristiano, n. 306)
Kepel, Gilles (18/9/2001) "La Trampa de la Yihad Afgana" (en
El País)
Kim, Jec et al. (2001) "Another World is Possible.
Conversations in a Time of Terror" (Subway and Elevated Press.
New York)
Köhler, Holm-Detlev (21/9/2001) "Bin Laden es más posmoderno
que Bush" (en El Mundo)
Kureishi, Hanif (12/1/2001) "Sexo, Religión y Cultura" (en
Babelia, El País)
Le Goff, Jacques (1981) La Naissance du Purgatoire
(Gallimard, Paris)
Lorca, Alejandro y Orozco, Olivia (1999) La Banca Islámica sin
Intereses: Elementos Básicos (AECI. Madrid)
López Petit, Santiago (Noviembre 2001) "El acontecimiento 11
de Septiembre. Polifemo busca a su enemigo" (en El Viejo Topo)
Martín Barajas, Santiago (2002) "El Agua en el Conflicto
Árabe-Israelí" (en El Ecologista)
Martín Muñoz, Gema (Enero 2002) "La Mujer en el Mundo
Islámico" (Charla ante la Asamblea Feminista de Madrid)
(Inédito)
Orozco de la Torre, Alicia y Lorca Corrons, Alejandro (1999)
"La Banca Islámica sin Intereses: Elementos Básicos" (AECI.
Madrid)
Pinillos, José Luis (7/12/2001) "La Guerra de las épocas" (en
El País)
Rifkin, Jeremy (17/11/2001) "La Gran Conversación" (en El
País)
Roca, José (2001) "Afganistán. Las Tentaciones de la
Izquierda" (Iniciativa Socialista, http://www.inisoc.org)
Roma, Pepa (2001) "Comentarios en torno al 11-S" (Inédito)
Petras, James (16/9/2001) "El Efecto Boomerang" (en Gara)
Said, Edward (Diciembre 2001) "El Sentido Real de la Crisis"
(en Le Monde Diplomatique)
Saramago, José (18/9/2001) "El Factor Dios" (en El País)
Wagman, Daniel (2001) "Reflexiones en torno al 11-S"
(Inédito)
Fecha de referencia:
22-10-2002
| Boletín CF+S > 21 -- El pasado es un país extraño > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n21/arfer.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda |
Buenas Prácticas |
Documentos |
Boletín CF+S |
Novedades |
Convocatorias |
Sobre la Biblioteca |
Buzón/Mailbox
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid
—
Universidad Politécnica de Madrid
—
Ministerio de Fomento
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras de Edificación
—
Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio