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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Máximo Sandín[1]
Madrid (España), noviembre de 1997
Desde su mismo nacimiento, la teoría darwinista adolecía de
notorias lagunas que eran reconocidas por su autor. Tanto la
observación de las especies naturales, como los datos del
registro fósil, mostraban patentes discrepancias con dos de sus
componentes centrales: la selección natural, y el cambio gradual,
problemas que inquietaban profundamente a Darwin y a algunos de
sus seguidores.
Pero estos problemas, claramente observables, fueron `resueltos'
de una forma teórica por los modelos matemáticos de la Genética
de Poblaciones, con lo que a mediados de este siglo, el
Darwinismo se consolidó en forma de Teoría Sintética Moderna,
modelo evolutivo aceptado mayoritariamente desde entonces por la
comunidad científica.
Mientras tanto, observaciones contemporáneas provenientes del
campo de la Embriología, sumaban nuevas discrepancias entre los
datos observados y el modelo teórico.
Esta discrepancia ha llegado a su punto máximo a partir de los
descubrimientos de la Genética Molecular, y especialmente de la
Genética del Desarrollo. La implicación de elementos móviles,
virus endógenos, secuencias repetidas, genes homeóticos, ... en
la transmisión de información genética, y la complejidad de su
actuación durante el desarrollo embrionario, ha convertido dicha
divergencia en abierta contradicción.
Estas evidencias contradictorias con su modelo teórico
fundamental, han conducido a la Biología, a una situación que se
corresponde con lo que Thomas Kuhn define como crisis en la
ciencia.
En este contexto, los crecientes indicios de origen viral para
las secuencias antes citadas, junto con la capacidad de los virus
para integrarse en los genomas animales y vegetales, aportaría
un mecanismo evolutivo de carácter infectivo susceptible de dar
respuesta a los problemas antes mencionados.
La confirmación de esta hipótesis constituiría lo que para Kuhn
es una «revolución científica» y el subsiguiente cambio de
paradigma ya que afectaría, no sólo al mecanismo evolutivo, sino
también a su interpretación y significado.
Ch. Darwin, El origen del hombre.
La más autorizada crítica al contenido científico de su obra la
inició el mismo Darwin. A la progresiva pérdida de importancia
relativa de la Selección Natural como mecanismo de la Evolución,
añadió otro punto débil: el cambio gradual. Entre dudas y
reafirmaciones, él mismo escribió: «¿Por qué, si las especies han
descendido de otras especies mediante gradaciones insensiblemente
diminutas, no vemos en todas partes innumerables formas de
transición? ¿Por qué no está toda la Naturaleza en confusión, en
lugar de estar las especies como las vemos, bien definidas?»
Estos argumentos resultan tan demoledores que parece inconcebible
que no hayan sido suficientes para replantearse seriamente la
hipótesis del cambio gradual en el proceso evolutivo. Y tanto más
cuanto estas observaciones no hacen sino apoyar los datos
provenientes del registro fósil, ya que, según Darwin, si las
transformaciones de unas morfologías en otras se produjeran de
forma gradual, «...la cantidad de eslabones intermedios y de
transición entre todas las especies vivas y extinguidas ha de
haber sido inconcebiblemente grande». Y, evidentemente, esto no
es así. De hecho, como él mismo reconocía, los más eminentes
paleontólogos y los más grandes geólogos contemporáneos suyos,
mantenían la inmutabilidad de las especies.
Es decir, una teoría que trataba de explicar la variabilidad
presente en la Naturaleza, parecía encontrar desde su nacimiento,
serios problemas para ajustarse a ella, precisamente cuando se
la observaba con detenimiento. Posiblemente, si los seguidores
de Darwin en lugar de aferrarse a los conceptos que satisfacían
sus prejuicios culturales, hubieran compartido con él sus dudas
y su honestidad intelectual, el camino habría sido otro.
Pero el camino fue exactamente ése, es decir, un afianzamiento
cada vez más sólido de los conceptos centrales de selección
natural y cambio gradual, y un distanciamiento de la observación
de la Naturaleza. En otras palabras, el nacimiento y
consolidación de la Genética de Poblaciones.
El redescubrimiento de las leyes de Mendel y los modelos
matemáticos de Fisher, Haldane y Wright, convirtieron la
evolución en «un cambio gradual de sustitución de alelos». En
palabras recientes de [Mayr, 1997]: «Los matemáticos demostraron
convincentemente que, incluso mutaciones con ventajas
relativamente pequeñas, eran favorecidas por la selección, y sus
hallazgos ayudaron a superar varias objeciones a la selección
natural.»
Las objeciones a que Mayr se refiere son, entre otras, las
provenientes de un campo al que Darwin había concedido una gran
importancia al considerarlo una fuente fundamental de información
sobre la evolución: la Embriología.
A pesar de que la «Ley Ontogenética Fundamental» de Haeckel había
quedado desacreditada por la constatación de que éste había
forzado las semejanzas entre los embriones de peces, aves y
mamíferos, para resaltar la importancia de la aportación de la
Embriología al estudio del proceso evolutivo, los estudios
experimentales de Harrison [Harrison, 1937], Weiss
[Weiss, 1939] y Child [Child, 1941], habían llegado al concepto
fundamental de «campo morfogenético». Estos `campos' son zonas
de información embriológicas cuyos componentes crean una red de
interacciones, de forma que cada célula adquiere un potencial
embrionario definido por su posición dentro de cada campo.
Estas complejas interacciones observadas en los embriones eran
difícilmente reconciliables con los planteamientos matemáticos
(teóricos) de la Genética de Poblaciones, por lo cual el
genetista Morgan llegó a impedir la publicación de los hallazgos
de Child. Para él, estos trabajos estaban `pasados de moda', y
no eran «buena ciencia», [Mittman y Fausto-Sterling, 1989].
De esta forma, un campo de estudio fundamental para comprender
los mecanismos evolutivos, quedó, hasta hace muy poco tiempo,
oficialmente relegado por los estudiosos de la Evolución.
Puede parecer sorprendente que la confianza en los modelos
matemáticos para explicar un fenómeno no visible (la Evolución)
sea tan grande que lleve a ignorar la existencia de procesos que
los contradicen y que son claramente observables en el
laboratorio, pero lo cierto es que, una vez más, el componente
social mostró más peso que los argumentos científicos. Según
[Beatty, 1994], la Comisión de Energía Atómica de EE.UU. se
constituyó en un factor fundamental para la hegemonía de la
Genética de Poblaciones en el estudio de la Evolución: su interés
por los efectos genéticos de la radiación hizo que Dobzhansky,
entre otros, tuvieran acceso a una fuente constante de
financiación y colaboradores, mientras que la mayoría de estudios
de Evolución desde otros campos tenían serios problemas de
financiación.
También hay que añadir un segundo factor menos conocido y más
altruista: según ha puesto de manifiesto Paul [Paul, 1988],
Dobzhansky y otros científicos veían en el modelo de adaptación
de la Genética de Poblaciones una socavación de los prejuicios
raciales y sociales que acompañaban al concepto de fitness.
Con estos precedentes surgió lo que hoy se conoce como la `Teoría
Sintética moderna'. Basada en una concepción de la transmisión
de los caracteres estrictamente mendeliana, sus premisas
fundamentales eran:
De este modo, se establecieron las bases de la concepción
mayoritaria actual de la Evolución: el cambio evolutivo es un
proceso gradual de variación en las frecuencias génicas en el
seno de una población, canalizada por la Selección Natural. Los
acontecimientos a mayores escalas, desde el origen de nuevas
especies hasta las tendencias a largo plazo en los cambios
evolutivos, representan el mismo proceso extendido en el tiempo,
«no es más que una extrapolación y ampliación de los
acontecimientos que tienen lugar en el seno de las poblaciones
y especies» [Mayr, 1966].
Sin embargo, la fragilidad de esta concepción quedó pronto puesta
de manifiesto dentro de la propia perspectiva de la Genética de
Poblaciones: la especiación, el supuesto paso inicial para
extrapolar los cambios en las frecuencias génicas en el seno de
una especie a los «acontecimientos a mayores escalas», es decir,
a la Evolución, encontraba serios problemas. En base a sus
criterios, el paso de una especie a otra implicaría una
sustitución de, al menos, una docena de genes. Y, dada la
disminución del tamaño efectivo de la población que se ha de
producir para la sustitución de un alelo por otro mediante el
proceso de Selección Natural, la consecuencia sería la extinción
de la especie. Es lo que se conoce como «el dilema de Haldane»
[Haldane, 1957], uno de los pioneros en la elaboración de los
modelos matemáticos de la Genética de Poblaciones.
Pero la respuesta a este dilema matemático tal vez se pueda
encontrar (aunque a alguien le parezca extraño) en la observación
de la Naturaleza: la Selección Natural favorece la variación
geográfica de las especies como adaptación a las condiciones
específicas de las distintas áreas que ocupan, pero esa
diversificación se produce siempre en el seno de la especie. En
palabras de Goldschmidt [Goldschmidt, 1940]: «Las subespecies
no son especies incipientes, son callejones sin salida ... Los
caracteres de las subespecies son como gradientes, el límite de
la especie se caracteriza por un salto, una discontinuidad sin
intermedios en muchos caracteres».
En cualquier caso, el problema fundamental no parece ser el de
explicar la especiación como resultado de la Selección Natural
actuando sobre cambios en las frecuencias génicas. El verdadero
`dilema' es cómo extrapolar la especiación, en su concepción de
aislamiento reproductivo, a los grandes cambios de organización
morfológica, fisiológica y genética que se han producido a lo
largo de la Evolución.
En 1977, el biólogo francés P. Grassé escribía sobre la
comprobación en la Naturaleza de la actuación de la Selección
Natural: «...Es sencillamente la observación de factores
demográficos, de fluctuaciones locales de genotipos y de
distribuciones geográficas. ¡A menudo las especies observadas han
permanecido prácticamente sin cambios durante cientos de
siglos!.» La constatación de este fenómeno, se ha plasmado
finalmente en la «Teoría del equilibrio puntuado», propuesta en
1972 por los paleontólogos Eldredge y Gould. Sus dos postulados
son:
Estos son los hechos observados. Veamos ahora la interpretación:
la aparición de una nueva especie tendría lugar de una manera
rápida «en términos geológicos» [Gould, 1994], y su origen sería
responsabilidad de la Selección Natural actuando sobre grupos
pequeños aislados en la periferia del área geográfica ocupada por
la especie ancestral. Si esa nueva especie adquiriera alguna
ventaja sobre la original, la sustituiría rápidamente en el área
central, con lo que su aparición sería rápida en el registro
fósil.
Hay que decir que todavía no se ha encontrado en el registro
fósil el menor vestigio de este proceso. Pero además, volvemos
al problema de la asociación de especiación con evolución. Una
concepción que Steven M. Stanley sitúa en el lugar que le
corresponde en su libro The New Evolutionary Timetable (1981):
«Supongamos hipotéticamente que queremos formar un murciélago o
una ballena, separados por su antecesor común por algo más de 10
millones de años» (hace 65 millones de años los mamíferos eran
unos pequeños animales indiferenciados, y efectivamente, hace 50
millones de años ya existían Icaromycteris , murciélago de
morfología actual y Basilosaurus, que a pesar de su denominación,
era una ballena de 18 metros de largo) «mediante un proceso de
transformación gradual... Si una cronoespecie media dura un
millón de años, o incluso más, y tenemos a nuestra disposición
sólo diez millones de años, entonces sólo tenemos diez o quince
cronoespecies... para formar una sucesión continua de
descendencia conectando nuestro diminuto mamífero primitivo con
un murciélago y una ballena. Esto es evidentemente absurdo. Las
cronoespecies, por definición pasan gradualmente de una a otra,
y cada una de ellas muestra muy poco cambio. Una cadena de diez
o quince de éstas podría llevarnos de una pequeña forma de tipo
roedor a otra ligeramente diferente, quizá representando un nuevo
género, ípero no a un murciélago o a una ballena!». En
definitiva, si las especies se originan en `instantes geológicos'
y después no cambian fundamentalmente en mucho tiempo, parece
claro que los grandes cambios evolutivos (la macroevolución), no
pueden tratarse de una sencilla extrapolación de las
sustituciones alélicas en el seno de una población. Y si el
cambio gradual no puede observarse en el registro fósil y no
presenta el menor vestigio en especies vivas, parece razonable
pensar en la posibilidad de que exista otro mecanismo de cambio.
Esta es exactamente la conclusión a la que llegó en 1940 R.
Goldschmidt: deberían de existir `macromutaciones', es decir,
mutaciones de efecto instantáneo con gran efecto sobre la
variabilidad de los individuos. No parece necesario recordar la
cruel reacción de sus colegas `ortodoxos' defensores de la Teoría
Sintética. Los resultados de estas macromutaciones, a los que
denominaron `monstruos sin esperanza', no encontrarían pareja con
quien acoplarse, con lo que no tendrían sitio en el proceso
evolutivo.
Pero los descubrimientos recientes de las características de la
regulación de la expresión génica, con una gran variedad de
factores que actúan sobre la expresión de grupos complejos de
genes, y que pueden tener grandes efectos fenotípicos, han
demostrado no sólo que las `macromutaciones' son posibles, sino
que además en el ámbito científico es más honesto y creativo
intentar comprender un fenómeno observado aunque no se puedan
clarificar totalmente sus mecanismos, que distorsionar los hechos
evidentes para adecuarlos a los prejuicios de la mayoría
dominante.
Lo cierto es que los fundamentales problemas sin resolver por la
Teoría Sintética moderna son exactamente los mismos que Darwin
planteó desde su origen: la estabilidad de las especies vivientes
y los bruscos cambios del registro fósil.
Karl Popper acusaba a los seguidores de S. Freud de su afán de
`querer explicar todo' en base a sus fundamentos teóricos. Las
dos falacias fundamentales que les atribuía eran, por una parte,
que buscaban sólo ejemplos confirmadores, ignorando los que no
se ajustaban a la teoría freudiana; y, por otra, hacían la teoría
tan flexible, que todo contaba como confirmación.
Estas características no parecen exclusivas del freudianismo
(teoría, por otra parte, menos dogmática para su creador que para
algunos de sus seguidores), ya que se ponen claramente de
manifiesto cuando se pretende elaborar no ya una crítica, sino
una síntesis de la situación actual de la teoría evolutiva
`oficial' que, además, comparte argumentos y recursos dialécticos
con otras doctrinas cuando éstas se convierten en
institucionales. Porque la Teoría Sintética parece haber pasado
de la categoría de teoría a la de doctrina, basada en dos
principios indiscutibles que pretenden explicar toda la
variabilidad existente en los seres vivos: la mutación, de mayor
o menor magnitud, pero siempre al azar, como generadora de la
variabilidad, y la Selección Natural como canalizadora de esta
variabilidad. Y bajo esta simplificada cobertura darwinista
alberga desde posturas `integristas' defensoras de lo que el
mismo Darwin llamaba la «interpretación estrecha» de la Selección
Natural, la «Naturaleza de dientes y garras ensangrentadas» (que
por ejemplo Richard Dawkins [Dawkins, 1975] comparte con
Huxley), que encuentran en el ADN la unidad y el objetivo de la
evolución, hasta las actitudes más `liberales' y críticas con la
doctrina oficial, uno de cuyos ejemplos se puede personalizar en
el merecidamente prestigioso S. J. Gould, que concede a la
especie la categoría de materia prima sobre la que actúa la
evolución, e invita al abandono del «adaptacionismo estricto»
como mecanismo evolutivo [Gould, 1987].
Entre estos dos puntos de vista, que podríamos considerar
ejemplos de posturas extremas, la ortodoxia admite toda clase de
gradaciones y combinaciones para cada caso concreto, de modo que
siempre hay una manera de adaptar los datos a la teoría. En caso
de no resultar suficiente, también se admiten excepciones
`toleradas', al parecer por ser poco frecuentes. Así, muchas
características no adaptativas (incluso `antiadaptativas') se
justifican por la alometría, otras, sin justificación posible,
por la pleiotropía, o por la última creación: la exaptación; los
casos más sorprendentes, por la deriva génica y finalmente, una
dosis mayor o menor, según el caso, de neutralismo cubre los
casos restantes.
Pero el problema de una regla surge cuando sumamos todas las
excepciones y nos encontramos un número considerablemente mayor
que el correspondiente a los datos que la confirman. Porque si
a las excepciones admitidas oficialmente añadimos las
`ignoradas', que también aumentan cada día, ya no estamos
hablando de un problema en la teoría, sino de una grave
enfermedad.
En efecto, cada vez son más los mecanismos y procesos biológicos
que tienen difícil encuadre dentro de la Teoría Sintética. Los
elementos móviles, las secuencias repetidas, los genes
homeóticos, las secuencias reguladoras, ... Todo esto, sometido,
a nivel celular, a un complejísimo control de proteínas que
`revisan' y `reparan' los errores de duplicación, que controlan
el correcto funcionamiento celular y que se autorregulan entre
sí. A nivel de desarrollo embrionario, por campos morfogenéticos
que controlan con increíble precisión el proceso espacial y
temporal de la formación de tejidos y órganos y que son capaces
de corregir accidentes y reconducir el proceso. Y a nivel
orgánico, por sistemas neuro-endocrinos de regulación que
relacionan tejidos y órganos entre sí, bajo la protección de un
complejo sistema inmunitario con una sorprendente capacidad de
respuesta a agentes extraños.
La gran precisión con que funciona cada uno de estos mecanismos
y la estrecha interconexión entre todos ellos, es decir, su
calidad de sistemas complejos, cuyos elementos no pueden actuar
como partes independientes, concede poco margen de actuación a
los errores aleatorios como mecanismo de evolución. Pero si
además tenemos en cuenta su capacidad de autorreparación, tanto
a nivel celular como embriológico ¿qué campo de acción le queda
a la Selección Natural para los cambios en los organismos que
impliquen realmente evolución?
Esta pregunta ya es antigua. Mucho antes de conocerse estos
complicados sistemas de control, regulación y reparación en los
seres vivos, ya se planteaba la dificultad de la aparición
gradual y al azar de órganos complejos, (problema que inquietaba
a Huxley). Las respuestas dentro de la ortodoxia comprenden desde
`dudas inteligentes' que, por ejemplo Gould [Gould, 1986]
comparte con Goldschmidt: «...es demasiado difícil inventar una
secuencia razonable de formas intermedias (es decir, de
organismos viables y funcionales) entre antecesores y
descendientes en transiciones estructurales cardinales...», hasta
las respuestas simplistas de R. Dawkins [Dawkins, 1986], según
el cual la evolución gradual de órganos complejos «no es en
absoluto un problema...» ya que «...está claro que un 5% de ojo
es mejor que nada y un 10% de ojo mejor que un 5%...». Para él
esta aparición «por partes» de los órganos sería la consecuencia
directa de la actuación de la Selección Natural sobre el ADN.
Así, desde la perspectiva del Gen egoísta, cuyo objetivo para
Dawkins es «alcanzar la supremacía sobre otros genes», y mediante
la aplicación de cada vez más complejas fórmulas derivadas de la
Genética de Poblaciones [Charlesworth et al., 1994], en las que
se ha de incluir el «coeficiente de selección» adecuado para que
los cálculos resulten coherentes, se puede comprobar la actuación
de la Selección Natural sobre las secuencias génicas.
Sin embargo, desde el punto de vista del desarrollo embrionario,
el paso directo del gen al organismo, olvidando los complejos
procesos ontogenéticos mediante los que se ejecuta la información
del programa genético, «es una posición reduccionista
insostenible» [Devillers et al., 1990] ya que la expresión del
genoma en el desarrollo se muestra como «un sistema organizado
en niveles jerarquizados e interconectados en el que sus partes
no se pueden tratar como elementos independientes entre sí».
La conclusión a que los nuevos conocimientos llevan a los
expertos en Genética del desarrollo es que, «El papel de la
Selección Natural en la Evolución se muestra poco importante. Es
simplemente un filtro para las morfologías inadecuadas generadas
por el desarrollo.» [Gilbert et al., 1996].
Estas contradicciones, que se van acumulando entre los distintos
campos, ponen de manifiesto el estado de extrema debilidad en que
se encuentra el concepto central de la Teoría Sintética. Ya en
1984, Prevosti, en un ensayo sobre la Genética de Poblaciones
concluye: «...si no se admite la Selección Natural, hay que
buscar un mecanismo alternativo que explique el origen de la
información contenida en el programa genético de cada especie,
en el que se basan sus propiedades funcionales. De momento, esta
alternativa no se ha encontrado.»
La situación parece adecuarse perfectamente a lo que T. Kuhn
[Kuhn, 1962] califica como crisis en la Ciencia. Como
consecuencia de la actividad de lo que él denomina «ciencia
normal», se llega a conocimientos que contradicen la
interpretación habitual, con lo que surge una anomalía. Ésta
conduce a una crisis cuya única posible solución es un cambio en
el modo de ver y analizar el problema, es decir, un cambio de
Paradigma.
Efectivamente, éste parece el problema fundamental que subyace
en estas contradicciones. La proyección de los valores culturales
y sociales, del modo de ver el mundo, a los fenómenos biológicos.
Si, como parece claramente establecido, en el origen y concepción
de la Teoría Darwinista fueron determinantes los conceptos
sociales y económicos de Malthus y Spencer junto con la visión
del mundo propia de su época, en la actualidad, el fenómeno se
ha acentuado de modo paralelo al afianzamiento del modelo
económico basado en la libre competencia y en el azar como
director, hasta el punto de que no sólo afecta al marco teórico
de la investigación biológica, sino a los objetivos y al uso que
se da a los resultados.
Pero aunque los evidentes y, a veces `espectaculares' hallazgos
derivados de estos principios hagan pensar que se ha llegado a
poder controlar los mecanismos de la vida, si la base teórica
sobre la que se trabaja es una deformación de la realidad, los
resultados y su interpretación llevan en sí mismos su parte
correspondiente de deformación, aunque parezcan congruentes entre
sí. En palabras del filósofo sefardí Benito Spinoza (Ética
demostrada según el orden geométrico, 1675): «Las ideas falsas,
es decir, inadecuadas y confusas, se suceden unas a otras con la
misma necesidad que las verdaderas, es decir claras y distintas».
Para T. Kuhn [Kuhn, 1962], los criterios que definen una
revolución científica son los siguientes:
Si ambos criterios se cumplen, se producirá un progreso como
resultado de `saltos cuánticos' de la ciencia, es decir, las
diferencias serían cualitativas, no cuantitativas. Una verdadera
revolución científica es entonces seguida por un período de
«ciencia normal» dedicada al nuevo paradigma.
Es llamativo cómo Kuhn describe para la ciencia un funcionamiento
de «equilibrio puntuado» una década antes de su propuesta por y
Eldredge y Gould como modelo evolutivo, pero en un sentido de
saltacionismo real.
Efectivamente, el término revolución implica (en su más estricto
sentido) un episodio discreto, no acumulativo. El análisis de las
teorías y explicaciones a lo largo de la historia, pone de
manifiesto cómo el enfoque de distintos aspectos de un problema,
o del mismo problema desde distinta perspectiva, ofrece
repentinamente nuevas soluciones. Y de esos problemas resueltos
surgen nuevos conceptos, leyes, teorías, medidas, etc., que nos
conducen a un nuevo paradigma a través del cual ver y explicar
el mundo. Porque «incluso las observaciones cambian su naturaleza
bajo diferentes paradigmas» [Kuhn, 1962], ya que los paradigmas
incluyen la ontología de lo que es su esencia, de la realidad.
Estas observaciones chocan frontalmente con la visión, que ya se
ha convertido en tradicional, de la ciencia como un proceso
acumulativo, como un continuo entre la primera observación
natural y los tiempos actuales, en el que las explicaciones,
teorías y leyes se han desarrollado mediante la recolección y
ensamblaje de hechos y descubrimientos. Un proceso gradual que,
eventualmente, puede verse acelerado por innovaciones
tecnológicas o nuevos descubrimientos, cuyo progreso nos
conducirá, antes o después, hasta la verdad última.
Sin embargo, esta característica saltacionista del progreso de
los conocimientos cambia totalmente la perspectiva. Porque, como
vemos, no se trata de un cambio de matiz dentro de un paradigma.
Tampoco se trata de un `falso saltacionismo' producido por una
aceleración del proceso de cambio gradual. Por sus propias
características, y especialmente por sus consecuencias, lleva
implícito un cambio real.
Las diferencias esenciales entre estas dos perspectivas guardan
un curioso paralelismo con las visiones, antes discutidas,
macroevolutiva y `extrapolacionista' microevolutiva, es decir,
confrontan una visión global de la historia del conocimiento con
otra que pretende convertir en universal un proceso limitado en
el tiempo y en el espacio, es decir el progreso de la ciencia
empirista, de la que pudiéramos llamar de raíz `occidental'. Y
por ello, desde la visión gradualista, acumulativa, no existen
en Biología las revoluciones científicas en el sentido kuhniano,
profundo, total [Wilkins, 1996].
Y sin embargo, es posible que la crisis (real, a la luz de los
datos y argumentos antes expuestos) conduzca a un inevitable
cambio en el Paradigma. Incluso es probable que estemos
asistiendo al inicio de una revolución.
En 1982, el astrónomo galés Alfred Hoyle publicó un cuadernillo
titulado Evolution from space, en el que teorizaba sobre la
posibilidad de que la extraña capacidad de los virus de
integrarse en los genomas de los seres vivos y permanecer en
ellos en forma de `provirus' podría ser un mecanismo de
adquisición de secuencias complejas de genes, disponibles para
su eventual uso como respuesta o como consecuencia de estímulos
o cambios ambientales. Este mecanismo justificaría los fenómenos
saltacionistas observados sistemáticamente en el registro fósil
y explicaría las profundas diferencias de organización genética
y morfológica existentes entre los grandes taxones.
Una condición imprescindible para que este fenómeno fuera
posible, es que estas secuencias de origen viral tuvieran un
contenido con significado biológico, es decir, serían como
`subrutinas' de los procesos vitales.
Naturalmente, esta propuesta fue ignorada por la ciencia oficial,
cuando no ridiculizada por algunos científicos, y muy
especialmente por el origen `espacial' que Hoyle atribuía a los
virus. Una reacción, por otra parte, lógica, ya que tanto la
hipotética actuación viral, como su posible origen, sitúan tal
propuesta totalmente fuera del Paradigma, según el cual todos los
seres vivos presentes en la Tierra provienen de la unión al azar
de sus componentes químicos y la subsiguiente evolución en la que
la Selección Natural, actuando sobre las moléculas, fue la fuerza
impulsora desde el mismo origen [Rebec, 1994].
Pero lo cierto es que los virus son unos extraños `organismos'
difíciles de situar en el mundo viviente. No se pueden calificar
como `seres vivos' ya que son `simplemente' una molécula de ADN
o ARN envuelta en una cápsula proteica, a veces de forma
sorprendentemente geométrica, que no crece ni se alimenta.
Incluso pueden cristalizar sin perder sus capacidades. Sólo
pueden existir porque penetran en las células de los seres vivos,
en las que, introducen su material genético y la pertinente
información y utilizando las proteínas del huésped, hacen
réplicas de sí mismos, que reinvaden otras células, en ocasiones
destruyéndolas hasta dañar al organismo receptor. Este es su
aspecto patológico, que por ser el más observable por sus efectos
se suele considerar su carácter fundamental. Sin embargo, y no
se sabe por qué, `en ocasiones' su material genético (en sentido
amplio) se inserta en el genoma huésped, en un punto concreto que
reconoce, y allí permanece en forma de `provirus' que puede
mantenerse silencioso o codificar sus propias proteínas. Un
aspecto interesante de este proceso es que los retrovirus (un
tipo de virus ARN), una vez dentro de la célula y para poder
insertarse, transcriben su molécula a ADN mediante su propia
«transcriptasa inversa», que tiene de especial que no puede
corregir los errores de copia (como ocurre en la replicación
celular) con lo cual, las moléculas de ADN insertadas contienen
frecuentes `mutaciones' del original. Otra característica de este
fenómeno, de enorme interés, es que los `provirus' pueden ser
`activados' por factores externos, de modo que escapan de su zona
de inserción (en ocasiones arrastrando consigo fragmentos de ADN
celular) y, tras reconstruir su cápside, adquieren nuevamente
carácter infeccioso. Se han identificado una serie de factores
inductores de esta activación: excesos o defectos de ciertos
nutrientes, radiaciones ultravioletas y sustancias químicas
extrañas a la célula.
Hay que reconocer que todas estas características en un ser no
exactamente `vivo' resultan, cuanto menos, extrañas. Es difícil
imaginar por qué son así y cómo se han producido. Sin embargo,
en la explicación que normalmente se encuentra en los libros de
texto el problema está resuelto: son fragmentos de ADN o ARN que
`de algún modo' al azar (es decir, ¿ha ocurrido miles de veces?)
han escapado de la célula (¿de distintos tejidos y de distintos
taxones?); y, se supone que también `de algún modo', han
adquirido todas sus complicadas capacidades entre las que está
el insertarse en un punto concreto del ADN de una célula
específica de cada especie a la que `infecte'.
Pero además hay otra alternativa que puede convencer a las
personas que encuentren poco razonable la anterior: desde la
perspectiva del `ADN egoísta' los virus podrían ser el resultado
final de la evolución.
Resulta sorprendente cómo desde una doctrina científica que se
pretende racional y lógica, se solventan problemas fundamentales
con `explicaciones' tan frágiles y superficiales. Y es que, en
realidad, la mentalidad que subyace a este esquema mental es «no
importa comprenderlo, el caso es que funcione», la cual parece
una actitud poco científica que, por otra parte, ha llevado a una
incongruencia muy extendida, que consiste en confundir el
describir un proceso con comprenderlo.
Por lo tanto, vamos por el momento a ignorar estas supuestas
`explicaciones' y a quedarnos con una razonable duda: hay que
admitir que no se sabe, ni hay una explicación científica
coherente de qué son y cómo se han producido estos extraños seres
a caballo entre el mundo viviente y el no viviente. Lo que sí
parece posible es intentar comprender su significado a partir de
las consecuencias de su actuación dentro de la hipótesis de
Hoyle. En otras palabras, dado que sus secuencias tienen la
capacidad de integrarse en los genomas de una manera `infectiva',
es decir, simultáneamente en un número considerable de
individuos, si se encontrasen pruebas de que éstas tienen un
contenido cuya expresión tiene `sentido biológico' es decir, se
manifestasen como parte de procesos vitales normales, sería un
indicio suficiente para plantearnos seriamente su carácter de
elementos transportadores de información genética compleja, y por
tanto fundamentales en la evolución de la vida.
Pero hay más, la posible confirmación de esta hipótesis no
constituiría simplemente un cambio de matiz en la teoría ortodoxa
que afectase solamente al mecanismo introductor de variabilidad.
No se trata de sustituir simplemente un `error de copia' por un
proceso de integración vírica. La integración simultánea en
numerosos individuos de secuencias de contenido biológico
complejo (es decir, la integración de un sistema complejo dentro
de otro) cambiaría radicalmente no sólo el proceso, la identidad
del agente creador de nuevos caracteres, sino también el
significado de este proceso. La nueva especie surgiría
repentinamente, mediante un cambio sustancial (tal como se
observa en el registro fósil) y común a un considerable número
de individuos `infectados', lo que haría posible su
interfecundidad. La Selección Natural ya no sería la `fuerza
impulsora' de la evolución. Simplemente sería el mecanismo de
eliminación de los diseños defectuosos durante los larguísimos
períodos de estasis evolutiva, durante la cual, los individuos
aptos (no los `más aptos') se reproducirían sin mayores
problemas, y con variaciones en aspectos no esenciales (en cuyo
origen, por otra parte, no se pueden descartar los `errores de
copia' de los retrovirus).
En definitiva, estamos hablando de una revolución en el sentido
estrictamente kuhniano. Primero, porque la confirmación de esta
hipótesis resolvería los dos problemas fundamentales sin solución
desde la perspectiva del actual paradigma:
Finalmente, las consecuencias filosóficas de la revolución serían
el `cambio de paradigma', es decir, un nuevo modo de ver la
naturaleza de los hechos. Pero parece razonable posponer este
aspecto hasta haber verificado la verosimilitud de la hipótesis.
Por el momento vamos a limitarnos a comprobar si existen datos
que permiten resolver los citados problemas. Tendremos que
proceder, por tanto, de modo inverso al habitual, es decir, en
lugar de partir de un modelo `indiscutible' y tratar de encajar
forzadamente los datos existentes en dicho esquema, vamos a
examinar e interrelacionar los datos, a intentar detectar el
factor común a ellos y, finalmente, tratar de deducir qué modelo
sugieren.
Las limitaciones de espacio propias de un ensayo de este tipo
imponen una necesaria selección de los datos más significativos,
lo que puede dar la impresión de un sesgo premeditado. No
obstante, la apariencia de datos minoritarios o excepcionales
puede derivar de su interpretación habitual dentro de cada campo
de estudio, aislada del contexto general, es decir, de su
significado evolutivo. Por tanto, intentaremos compensar dichas
limitaciones recurriendo a argumentos, probablemente poco
habituales en el campo de la Biología, pero que pueden aportar
un marco conceptual que haga posible la interpretación e
interrelación de unos fenómenos que desafían nuestra lógica
lineal.
Para que este recurso no parezca anticientífico, hay que recordar
que un problema de este tipo, es el planteado por Francis Crick
en su libro Life itself [Crick, 1981]: «Los hechos fundamentales
de la evolución son a primera vista tan extraños, que sólo podrán
ser explicados mediante una hipótesis poco convencional». Es
evidente que no se trata de una deducción en su sentido lógico,
lineal, sino de lo que pudiéramos llamar una `impresión' o una
intuición surgida de alguna elaboración mental de sus, por otra
parte, notables conocimientos. Pero desde luego, no se trata de
una frase vacía de contenido, porque, en efecto, son precisamente
los hechos fundamentales de la evolución los más difíciles de
`encajar' dentro del marco conceptual de la teoría convencional
(naturalmente si no nos limitamos a pasar por encima de ellos con
una explicación del tipo `dogma de fe') y así, de hechos
fundamentales se pueden calificar el origen de la vida en la
Tierra, el origen de la primera célula, el de los organismos
multicelulares, la aparición de todos los grandes taxones
conocida como la `explosión del Cámbrico' y los repentinos
cambios de organización animal y vegetal observados en el
registro fósil. Todos ellos resultan cada vez más difíciles de
explicar en términos de la Selección Natural actuando sobre
mutaciones al azar, a medida que aumentan los conocimientos sobre
la complejidad y estabilidad de los procesos biológicos.
Vamos, por tanto, a permitirnos una breve referencia a unos
conceptos que pueden aportar un modelo teórico en el que situar
dichos `hechos fundamentales'. Se trata de las características
o propiedades de la materia a la luz de los sorprendentes
descubrimientos de la Mecánica Cuántica, (una denominación poco
afortunada, porque los fenómenos descubiertos pueden ser
calificados de todo menos de mecánicos).
De un modo esquemático se pueden resaltar tres de sus aspectos
básicos fundamentales.
El primero, es que las partículas subatómicas, los componentes
últimos de la materia, no tienen una `entidad individual' (no son
partículas en un sentido material), sólo existen en función de
sus relaciones con las demás. Es decir, que su aparición en forma
de átomo habría de ser simultánea.
El segundo, que la energía/materia producida por estos `sistemas
de partículas' se organiza en `cuantos' discontinuos que
ascienden (saltan) de nivel de organización desde los átomos
hasta el universo. Estos sistemas tienen la característica de
que, a su vez, están formados por sistemas de nivel inferior
(totalidades) que interactúan entre si, de modo que `el todo es
más que la suma de sus partes'.
El tercero, que los electrones se presentan con una doble
cualidad. Son partícula y onda, condiciones que son opuestas y
al mismo tiempo complementarias, de modo que su estado en un
momento dado, no se puede expresar más que en términos de
probabilidad.
Estas propiedades, tan diferentes de la concepción materialista
de la mecánica (esta sí) newtoniana, son asumidas por la
comunidad científica, a pesar de su difícil `visualización'
dentro de nuestros esquemas mentales.
Pero, dado que se aceptan como propiedades de la materia y los
seres vivos son (somos) evidentemente materiales, cabe
preguntarse si estas propiedades forman parte constituyente de
su esencia, y por tanto de sus cualidades, lo cual condicionaría
los mecanismos del proceso evolutivo.
En efecto, aunque el inevitable reduccionismo conduce a estudiar
a los seres vivos, o aspectos parciales de éstos, como si fueran
entidades independientes, parece claro que el concepto de
`organismo independiente' tiene, en la naturaleza, poca entidad
real. Los seres vivos se autoorganizan (es decir, sólo pueden
existir) mediante intensos intercambios con su entorno que, a su
vez, está organizado como un ecosistema dinámico y complejamente
interrelacionado. El conjunto de ecosistemas también conforma un
sistema de formas vivas y no vivas de distintos niveles entre los
que existen interconexiones e interdependencias. Finalmente, toda
la biosfera constituye un gran ecosistema dinámico y
autorregulado.
Descendiendo a niveles inferiores, los propios organismos son,
a su vez, sistemas abiertos formados por unidades que constituyen
órganos, cuyo funcionamiento es coordinado con otros, cada uno
de los cuales está formado por células, complejísimos sistemas
que incluyen mecanismos de transformación de energía, redes de
información y regulación, generación de estructuras internas y
externas, ... Todos estos niveles tienen en común la propiedad
de que el todo es más que la suma de sus partes, cada una de las
cuales no puede existir si no es en función de la existencia de
las demás. En este contexto, menos aún se pueden considerar a los
genes como una entidad individual ya que su actividad (su
existencia) depende de la interacción coordinada de un
considerable número de proteínas reguladoras, histonas, ARN,
incluso de otros genes o grupos de genes que han de actuar de
forma sincrónica.
En definitiva, los procesos biológicos constituyen (y están
constituidos por) sistemas que se integran distintos niveles
`cuánticos', cada uno de los cuales funciona como un todo. Y esto
no es una metáfora, sino una explicación racional de la realidad
elaborada como resultado de la reunión e interrelación de las
descripciones científicas ortodoxas de cada uno de los elementos
mencionados.
¿Tienen, por tanto, estas propiedades de la materia viva alguna
implicación en las características del proceso evolutivo? Hay
indicios que hacen pensar seriamente que sí. Y un caso
verdaderamente espectacular lo constituye un fenómeno crucial
para la comprensión de los procesos evolutivos y biológicos en
general: el origen de la célula eucariota y, por tanto, de los
primeros sistemas componentes de los seres vivos.
La formación de la primera célula eucariota, ese complejo
entramado de procesos tan exquisitamente interconectados, que
resulta verdaderamente difícil de justificar desde el punto de
vista ortodoxo [Gesteland et al., 1993] como resultado gradual
de procesos químicos más o menos aleatorios, ha sido explicada
por L. Margulis y D. Sagan [Margulis y Sagan, 1985] de una forma
tan convincente, que ha pasado a formar parte de los pocos
procesos evolutivos que se pueden contar como científicamente
demostrados, tanto desde el punto de vista morfológico como
funcional. La inclusión de una bacteria tipo Prochloron , y de
bacterias aeróbicas semejantes a Paracoccus o Rhodopseudomonas
, dentro de otras, se admite como el origen de los cloroplastos
y las mitocondrias. Del mismo modo se describe el origen de los
microtúbulos celulares, identificables para los autores en las
espiroquetas.
La interpretación de este fenómeno, obviamente un paso
fundamental en la evolución de la vida, ya que se trata de la
aparición de los elementos constitutivos de los seres vivos, es
calificada por los propios autores como un proceso de
endosimbiosis ocasional y aleatorio, (es decir, una bacteria
asimiló a otras pero no las digirió), lo cual le confirió una
ventaja selectiva sobre las otras. Pero, independientemente de
que difícilmente una célula eucariota pueda superar la enorme
capacidad reproductora de las bacterias, también es posible otra
interpretación: si el proceso que podríamos calificar de
fundamental en la aparición de los eucariotas se produjo como
resultado de la unión de varios `sistemas complejos' ¿no es
posible que éste sea el mecanismo evolutivo principal? Ya hemos
discutido la extremada interdependencia de los procesos
celulares, y las bacterias son sistemas, totalidades, lo que
Koestler denominó holones. Esta integridad hace que, por extraño
que parezca, tengan que aparecer de repente (las totalidades como
los ` cuantos' de los físicos no pueden surgir gradualmente).
Esto explicaría la esterilidad de los intentos de buscar el
origen de la vida en moléculas autorreplicantes [Rebeck, 1994],
ya que parece claro que la célula es el único medio natural en
que son posibles los complejos fenómenos en que consiste la vida.
De hecho, las bacterias fueron no sólo los primeros organismos
vivos identificados en la Tierra (según Carl Sagan, la `rapidez'
con que se formó la vida en la tierra indica que era un proceso
probable) sino que fueron las creadoras de las condiciones para
la aparición de la vida tal como la conocemos [Margulis y
Sagan, 1995].
Independientemente de sus `divisiones taxonómicas' estos
peculiares `sistemas' muestran unas actividades muy distintas del
carácter patológico que habitualmente se les atribuye (entre
ellas las mutaciones postadaptativas [Cairns, 1991]) y siempre
fundamentales para el desarrollo de la vida, tanto en suelos y
plantas como en el interior de animales [Benoit, 1997]. Y
seguramente quedan por descubrir muchas de ellas y muchas de sus
funciones.
Pero quizás la aparentemente más sorprendente, aunque consecuente
conclusión a que lleva a Margulis y Sagan el desarrollo de la
teoría endosimbionte, es que los seres vivos somos en realidad
agregados de bacterias más o menos modificadas.
Es curioso cómo se puede estar contribuyendo de una manera
crucial a la crisis del paradigma, tal vez sin tener conciencia
de ello. Porque este modelo no es simplemente una aportación a
la teoría en vigor, sino la prueba de un proceso que desbarata
el camino admitido de mutaciones al azar desde la primera
(¿única?) célula. Y sobre todo, cambia totalmente el significado
del mecanismo de la Evolución.
Sin embargo, los propios autores no encuentran esta diferencia
de significado, ya que, según ellos, el paso que produjo los
organismos multicelulares estaría mediado por mutaciones al azar
en las bacterias originales.
Pero veamos las condiciones imprescindibles para la formación de
un verdadero organismo multicelular: entre los animales más
simples que existen actualmente, las medusas, tienen once tipos
de células diferentes (a diferencia de los mamíferos que tienen
unos 200). Para la formación de los tejidos durante el
desarrollo, es imprescindible la actuación de un `programa
embriológico', por simple que sea, que coordine la disposición
y proliferación de las, ya de por sí, complejas células
constituyentes. Entonces, ¿con qué material genético, con qué
secuencias se pudo pasar de unas células eucariotas sencillas y
típicas a células especializadas capaces de generar distintos
tejidos y estructuras? Y sobre todo ¿cómo pudo aparecer, por
mucho tiempo que pasara, la regulación coordinada de su
desarrollo embrionario? ¿Por acumulación aleatoria de `errores
de copia' en las células eucariotas? Si tenemos en cuenta la
extremada estabilidad de los procesos celulares, parece muy poco
probable. Pero si volvemos a los `extraños' organismos patógenos
que, junto con las bacterias, se han convertido en los peores
enemigos de la humanidad, tal vez podamos encontrar una respuesta
en su aspecto no patológico («doble condición» que, curiosamente
comparten con las bacterias). La capacidad de los virus de
insertar sus secuencias en genomas de animales y plantas y
traducir en ellos su propia información genética, tal vez resulte
un fenómeno familiar en el contexto de nuestros argumentos: es
una forma de que dos unidades genéticas (dos sistemas) se
combinen y se integren en una unidad mayor.
Este podría ser el mecanismo por el que se introdujeran en las
células secuencias genéticas complejas con nueva información (de
misterioso origen, hay que admitirlo) que hiciese posible los
cambios tan drásticos y globales que necesariamente deberían
producirse para justificar los complejos fenómenos antes
señalados.
Y este mecanismo podría explicar el más sorprendente fenómeno
evolutivo de que se tienen pruebas materiales irrefutables: la
llamada `explosión del Cámbrico'. La aparición repentina y
simultánea (en sentido estricto), en estratos inmediatamente
superiores a los que contenían la sencilla fauna Ediacarense, de
todos los grandes tipos de organización, de todos los grandes
Phyla actuales de vida animal, desafía totalmente a la teoría
evolutiva convencional. Se han identificado espongiarios,
equinodermos, moluscos, poliquetos, onicóforos, artrópodos, e
incluso posibles antecesores de los cordados, y por tanto de los
vertebrados.
¿Cómo se explica esta súbita revolución que produjo, en un
episodio sin precedentes, estructuras tan complejas como antenas
y patas articuladas, cubiertas rígidas, conchas, caparazones,
pinzas, ojos, paletas natatorias, bocas y tubos digestivos?
La superficial explicación ortodoxa es «una radiación adaptativa
en un entorno vacío». Pero es evidente que este `acto de fe' no
se sostiene ni siquiera admitiendo todo el tiempo del mundo para
que ocurriera, porque aunque este fenómeno pudiera justificar (?)
la colonización de distintos nichos (existen excavadores,
nadadores, tubícolas, rastreadores de fondo, etc.) ¿cómo explicar
los enormes cambios genéticos y embriológicos que implican la
aparición de todos los tipos de organización actual?
El paleontólogo S. J. Gould [Gould, 1986] hace uso, una vez más,
de la `duda inteligente' para analizar este fenómeno: «Si la
evolución se produjese de la manera comúnmente admitida, es
decir, como resultado de adaptaciones al ambiente mediante
cambios graduales, lo que encontraríamos inicialmente serían unos
pocos diseños generales y gran variabilidad dentro de cada uno
de ellos. Sin embargo, encontramos exactamente lo contrario».
Y esta contradicción global con la teoría ortodoxa no sólo se
encuentra en el paso inicial y en el resultado final (cabría
esperar que la situación actual fuera la inversa a como `debería
de ser' la inicial, es decir, mayor variedad de organizaciones
y menor variabilidad dentro de ellas y también es al contrario)
sino en los pasos intermedios: las apariciones de los grandes
taxones (peces, anfibios, reptiles, aves, mamíferos) son
igualmente repentinas e igualmente difíciles de justificar
mediante cambios graduales e individuales, ya que, las grandes
remodelaciones de su organización, tanto morfológica como
genética, implican cambios simultáneos en muchos caracteres
interdependientes (para más amplia discusión, ver Lamarck y los
Mensajeros [Sandín, 1995]). Pero no sólo los grandes tipos de
organización, sino también las variaciones dentro de ellos, tanto
en animales como en plantas, tienen una pauta semejante a la del
`equilibrio puntuado' de las especies. Como nos muestra la
Sistemática Cladística, esas repentinas apariciones (que
muestran, por cierto, una gran variabilidad inicial) suelen estar
asociadas con épocas de `disturbios geológicos' y muy
frecuentemente con grandes y periódicas extinciones previas
[Rampino y Stothers, 1984], cuyas consecuencias tienen poco que
ver con la Selección Natural, (a no ser se que acepte como
`supervivencia de los que sobreviven'). En estas extinciones, que
a pesar de ser masivas tienen unas curiosas características
selectivas (algunas especies sobreviven, no se sabe por qué) que
tanto sorprenden a los paleontólogos, están implicados
claramente, al menos en los últimos 250 millones de años,
asteroides de diversos tamaños y en distinta cantidad, caídos
sobre la Tierra, por lo que honestamente no se puede descartar
totalmente la hipótesis de Hoyle. Es decir, ya sea por su posible
actuación como transportadores de nuevos virus, ya sea porque sus
efectos sobre los ecosistemas activasen virus previamente
existentes, el `doble carácter' de éstos justificaría, tanto la
aparición de nuevas características biológicas como (al menos)
algunas de las extrañas extinciones selectivas.
Naturalmente, para que esto fuera posible, habría que admitir que
las secuencias virales, ya sea de forma individual o mediante una
combinación de ellas, traduzcan proteínas con `contenido
biológico', es decir, susceptibles de formar parte de procesos
biológicos normales. La actitud científica ante esta hipótesis,
a la que hemos llegado siguiendo argumentos estrictamente
racionales, no debería ser de rechazo ante esta difícilmente
explicable condición de los virus, sino de intentar comprobar si
existen pruebas objetivas que permitan tener en cuenta esta
posibilidad.
Si los virus comparten con las bacterias la doble condición de
agente patógeno (destructor) y de unidad básica de la vida
(constructor), quizás la pregunta no debería ser cuál de sus
condiciones es la predominante, ya que desde la perspectiva antes
expuesta, ambas condiciones opuestas serían, a su vez,
complementarias. La pregunta que surge de la doble condición
sería: ¿bajo qué condiciones se manifiesta uno u otro carácter?
Como punto de partida de la búsqueda de una respuesta, hemos de
considerar que si las bacterias se han mostrado como base
fundamental no sólo en el origen de los seres vivos, sino en el
funcionamiento de la vida, su aspecto `negativo' sería
consecuencia de algún factor que rompe el equilibrio natural de
su actividad. No parece necesario revisar aquí `por qué' las
bacterias que actúan normalmente en nuestro tubo digestivo se
convierten en patógenas, o en qué condiciones `surgen' los brotes
epidémicos bacterianos en las poblaciones humanas.
¿Es posible encontrar en la doble condición de los virus una
función semejante a la bacteriana? En otras palabras, ¿son los
virus un (misterioso) `caso especial' entre las distintas
posibles manifestaciones de la vida, o son un elemento
fundamental de ella? Veamos qué nos sugieren los datos:
En los genomas animales y vegetales se han identificado
cantidades variables de ADN denominadas `virus endógenos'.
Existen diferentes tipos y la mayoría se consideran derivados de
virus exógenos que `infectaron' las diversas especies en el
pasado, y que se han convertido en endógenos mediante inserción
en células germinales. Se están identificando, en número
creciente, miles de secuencias de origen vírico que participan
activamente en las funciones vitales de distintos tejidos
[Coffin, 1994]. Algunas de estas secuencias se pueden considerar
verdaderos `fósiles genéticos'; son provirus `antiguos' que han
sufrido múltiples mutaciones, aunque todavía es posible
relacionarlos con algunos retrovirus actuales, y al haber perdido
sus zonas terminales (son partículas virales defectivas), han
perdido su capacidad de salir de su zona de inserción. Pero
otras, que no las han perdido, están en forma de elementos
móviles o elementos transponibles (TE). Son secuencias de ADN
capaces de moverse e insertarse, o insertar copias de sí mismas
en distintas localizaciones del genoma. Estos elementos se han
clasificado en dos grupos: Transposones , que se reinsertan
directamente mediante copias de ADN y Retrotransposones , que lo
hacen mediante copias de sí mismos realizadas por ARN que,
mediante la transcriptasa inversa, se transcribe en ADN que se
inserta en otra parte del genoma. La implicación de estos
elementos en la formación de las `secuencias repetitivas' de los
genomas (que en el hombre se calculan constituyentes del 25% del
total) es obvia. Y aunque las asunciones de los cálculos de la
Genética de Poblaciones les atribuyen un carácter `no funcional'
(Charlesworth et al., 94), necesario para que se ajuste a la
hipótesis del ADN egoísta, lo cierto es que secuencias de este
tipo, como las LINE (long inserted elements) (Mathias et al., 91)
codifican proteínas con actividad de transcriptasa inversa
necesaria para la movilidad de diversos tipos de retroelementos,
entre los que existen algunos implicados en la formación y
funcionamiento del cristalino del ojo de mamíferos [Brosius &
Gould, 1992].
En cuanto al origen (y condición actual) viral de estos
elementos, recientemente [Kim et al., 1994] se ha podido
comprobar que el retroelemento Gypsy de Drosophila es, en
realidad, un retrovirus con capacidad de reconstruir su cápsida
y reinfectar de nuevo. Tal vez sea la explicación de la
existencia de transposones compartidos por el hombre con
artrópodos, nemátodos y planarias [Auxolabéhère, 1992]; [García
et al., 1995]; [Oosumi, 1995].
Otra parte constituyente de los genomas ha adquirido
recientemente una condición muy diferente a la que se le
atribuía: los intrones se consideraban segmentos no codificantes
del genoma intercalados entre los genes codificantes o exones.
En 1982, Thomas R. Cech y Sidney Altman descubrieron que
`algunas' secuencias intrónicas de `ciertos' ARN tenían
propiedades enzimáticas que permitían al propio ARN autocortarse
y ligarse durante el proceso de transcripción, descubrimiento que
les valió el Premio Nobel. Pues bien, en el hongo Saccaromyces
cerevisiae el intrón I 2 es, en realidad [Moran et al., 1995],
un retroelemento (¿un caso especial?).
Se puede decir, por tanto, que la proporción de secuencias de
origen viral en los genomas crece espectacularmente cuando nos
olvidamos de las doctrinas del ADN `egoísta' o `expansionista'
y nos limitamos a analizar la forma en que se originan y sus
actividades [Indraccolo et al., 1995]. Pero, ¿son estas
actividades simplemente un «aprovechamiento» de su presencia por
parte del genoma [Charlesworth et al., 1994] o son una parte
fundamental de éste?. Para responder, veamos algunos datos de sus
funciones:
Los elementos móviles son capaces de provocar, mediante cambios
de localización y duplicaciones, reordenamientos cromosómicos y
también cambios en la expresión y regulación génica, con
importantes consecuencias evolutivas [Mc Donald &
Cuticciaba, 1993].
Se ha identificado un retrotransposón responsable de la
ampliación de la expresión de los genes implicados en la
segregación de la amilasa [Robins y Samuelson, 1993]: en muchos
mamíferos se segrega sólo en el páncreas, pero en el hombre esta
modificación hace que también la segreguen las glándulas
salivares, lo que amplía el rango de alimentos que puede ingerir,
lo que constituye una evidente ventaja evolutiva.
Así, se han identificado retrotransposones implicados en la
regulación de genes relacionados con la histocompatibilidad
[Robins y Samuelson, 1993], con la expresión en tejidos de las
distintas tetra1-alfaglobulinas humanas [Kim et al, 1989] así
como en otros mamíferos, invertebrados [Dnig y Lipstick, 1994]
y plantas [Mc'Clintock, 1951].
Un caso muy llamativo es el de la bacteria Wolbachia, recién
descubierta porque es tan pequeña que pasa por los filtros que
habitualmente se utilizan para aislarlas. Fueron descubiertas en
la cochinilla de la humedad (Armadillium vulgaris ) y contienen
un transposón llamado factor f que, ante determinadas condiciones
ambientales adversas penetra en el núcleo de las células
germinales donde, o bien se integra en uno de los cromosomas
sexuales masculinos convirtiéndolo en femenino, o bien lo inhibe
desde el genoma mismo de la cochinilla, con lo que hasta el 90%
de los animales engendrados son hembras. ¿Tiene este fenómeno
alguna consecuencia evolutiva? Quizás se puede valorar si se
tiene en cuenta que no es un hecho aislado: según Rousett et al.
[Rousett et al., 1992] «en la naturaleza entre el 10 y el 15%
de todas las poblaciones de insectos están `infectadas'. Y estas
curiosas `enfermedades' son también un importante mecanismo
adaptativo de las plantas [Galitski & Roth, 1995] en el sentido
de respuesta a las condiciones ambientales: en las plantas, el
ADN mitocondrial actúa `en ciertas ocasiones' sobre la
reproducción de su `huésped'. Un gen de `esterilidad masculina'
convierte hasta el 95% de los pies de planta, por ejemplo del
tomillo, en hembras [Gouyón y Couvet, 1985]. En maíz y petunia,
estos genes provienen a la vez de mitocondrias y cloroplastos
(recordemos su origen) y se han localizado, con mayor o menor
frecuencia, en muy diversas plantas [Gouyón y Couvet, 1987]. El
mecanismo ha sido descrito recientemente [Brennicke et
al., 1993]: primero, un ARN mensajero del orgánulo pasa al
citoplasma, donde es transcrito en ADN por la transcriptasa
inversa, luego se inserta en el genoma nuclear. Al parecer,
grandes fragmentos del ADN de los orgánulos han podido ser
transferidos directamente al núcleo (sin que se sepa cómo) de
modo que entre un 3 y un 7% del genoma nuclear estaría formado
por tales secuencias.
Desde 1988 [Varmus et al., 1988] se estudia el parentesco de los
retrotransposones con los retrovirus: además de su mecanismo de
replicación y de inserción, tienen en común la cualidad de «poder
activar oncogenes» [Dombrouski et al., 1991]. Así, se han
encontrado secuencias similares al retrotransposón LINE de
mamíferos en el interior del oncogen c-myc en un cáncer de mama.
En definitiva, y en cuanto a su importancia evolutiva, y muy
especialmente por su relación con «ciertos fenómenos de
adaptación rápida a modificaciones del medio» [Biemont y
Brookfield, 1996] hay que recordar que en Drosophila (que no es
un caso especial de genoma, sino el que más se ha estudiado),
existen de 3000 a 5000 secuencias móviles que representan del 10
al 15% de su ADN.
En cuanto a la actividad de los virus endógenos, no parece
precisamente desprovista de importancia evolutiva: un logro tan
complejo como trascendente en la aparición de los mamíferos, la
placenta, ha mostrado tener elementos de origen retroviral
implicados en distintos aspectos de su funcionamiento. En
mamíferos placentarios los genes paternos y maternos contribuyen
de forma diferente pero complementaria al desarrollo embrionario.
Sin la impronta de la madre, el embrión es anormal; sin la
impronta del padre, la placenta no llega a desarrollarse. Este
mecanismo ha de estar, necesariamente, en el propio origen y
evolución de la placentación, por una parte, para que la propia
madre acepte el desarrollo de un cuerpo extraño dentro de ella
y en íntimo contacto, y por otra, para limitar su desarrollo
impidiendo la invasión de los tejidos maternos [Hall, 1990].
Según Neumann et al. [Neumann et al., 1995], este fenómeno ha
sido inducido por la presencia de partículas retrovirales
defectivas del tipo IAP. Pero además de participar en su
funcionamiento, también están implicados en su formación. Se ha
comprobado [Lyden et al., 1995] que antígenos de origen
retroviral se expresan en las células trofoblásticas normales de
la placenta humana, con una función muy significativa: forman
parte del proceso de diferenciación morfológica de dichas
células.
Y estos fenómenos no constituyen una excepción: más del 1% de las
10.500 secuencias génicas perfectamente conocidas, que se
expresan en 37 tejidos humanos, se han identificado (por el
momento) como correspondientes a retrovirus endógenos y se
expresan como parte constituyente del cerebro, placenta, embrión,
pulmón, etc. (Genome Directory, Sept. 95).
Del evidente significado de este fenómeno desde el punto de vista
evolutivo, en cuanto a la explicación de los fenómenos
saltacionistas (y de otro fenómeno más concreto, como es el
control de la proliferación celular) nos pueden dar una pista los
datos provenientes de un organismo muy estudiado por la Genética
del Desarrollo: en el embrión de Drosophila se han identificado
15 secuencias retrovirales implicadas en el control espacial y
temporal del desarrollo de distintos tejidos.
La creciente evidencia de la actuación de secuencias virales en
procesos vitales esenciales hace pensar que tal vez no sean
sucesos excepcionales. Y un argumento de peso para apoyar la
posible importancia de su actividad, es que tanto su `carácter
infectivo' como su `contenido biológico' explicarían de forma
consistente los problemas evolutivos no resueltos en la
actualidad. Se ha podido constatar [Tristem et al., 95] que
existe una diferencia considerable entre las `poblaciones'
retrovirales endógenas de reptiles y las de aves y mamíferos.
¿Tendría este hecho alguna explicación desde nuestra perspectiva?
Veamos, pues, la respuesta a la pregunta planteada sobre las
condiciones de su activación.
Los coxackievirus constituyen una `familia' que se agrupa en dos
tipos, A y B. Su infección en el hombre produce patología `sólo'
en un 10% de los casos. Algunos han sido bien estudiados
experimentalmente. Por ejemplo, en ratones, el CVB3 induce
miocarditis, el CVB4, pancreatitis,... En un estudio [Gauntt &
Tracy, 1995] en el que se inocularon ratones con una variante
no virulenta del CVB3 (denominado CVB3/0) se comprobó cómo una
dieta deficiente en selenio (las selenoproteínas celulares y
extracelulares actúan como antioxidantes) producía, a los diez
días de la inoculación, la aparición de un único tipo de CVB3
extremadamente virulento en distintos ratones. El estudio de su
genoma demostró que habían sufrido seis cambios de nucleótidos
en las mismas seis posiciones. Estudios de diferentes cambios de
nucleótidos en el genoma de CVB3 han confirmado que existe un
número limitado de cambios asociados con el carácter virulento.
Aunque la interpretación del fenómeno en el citado estudio era
que se habrían producido `múltiples mutaciones aleatorias', y lo
que se observó posteriormente en los diferentes ratones era el
resultado de la Selección Natural que habría conducido a los
diferentes virus con exactamente las mismas mutaciones, (un
ejemplo más de las acertadas observaciones de Kuhn en cuanto a
la tendencia de los científicos a «ver aquello que se les ha
instruido que vean»), lo cierto es que la interpretación más
razonable parece ser la de una respuesta al estrés ambiental.
Otro tipo de respuesta no menos significativa es el observado por
Ter-Grigorov et al. [Ter-Grigorov et al., 1997] en un
experimento en el que, con objeto de observar la respuesta en
hembras de ratón a estímulos autoinmunes, se cruzaron durante un
año con machos, reforzando, tras cada cruzamiento, la respuesta
inmune de la hembra con linfoblastos B6 del macho. De los 65
ratones resultantes, 13 desarrollaron leucemia aguda y en 50 se
desarrolló una «enfermedad crónica semejante al SIDA» en la que
`aparecieron' viriones completos del tipo C intra y
extracelulares con capacidad de transmisión tanto vertical como
horizontal. El significado de estos fenómenos parece claro si los
añadimos a las actividades, anteriormente mencionadas de los
virus: al igual que las bacterias, su aspecto funcional en los
organismos se ve alterado por agresiones ambientales, ya sean
propias del medio o resultado de manipulaciones humanas, con lo
que se produciría su `respuesta' en forma de agente patógeno.
En definitiva, parece que existen evidencias experimentales que
responden a la pregunta sobre las causas (y consecuencias) de la
activación del carácter patógeno complementario de los virus, que
podemos añadir a las ya conocidas como responsables de la
activación de los `provirus'. Y es posible que tuviéramos muchas
más si contáramos con que muy probablemente se han descartado por
resultar de difícil explicación dentro de la ortodoxia.
Pero si a estos datos empíricos, que cada vez resultan más
difíciles de considerar como excepcionales o minoritarios,
añadimos un esfuerzo por extraer el `factor común' a todos los
grandes (y pequeños) problemas evolutivos que venimos
discutiendo, se puede obtener un modelo que modifica totalmente,
no sólo el mecanismo fundamental de la teoría evolutiva
convencional, sino la misma esencia, el significado de los
procesos evolutivos.
Este modelo se podría sintetizar de esta forma: el origen y
evolución de la vida sería un proceso de integración de sistemas
complejos que se autoorganizarían en otros sistemas de nivel
mayor. Las unidades básicas serían las bacterias que cuentan con
todos los procesos y mecanismos fundamentales de la vida celular,
cuyos componentes parecen haberse conservado con muy pocos
cambios a lo largo del proceso evolutivo. Los virus, mediante su
mecanismo de integración cromosómica, serían los que, bien
individualmente, bien mediante combinaciones entre ellos,
introducirían las nuevas secuencias responsables del control
embrionario de la aparición de nuevos tejidos y órganos, así como
de la regulación de su funcionamiento.
La capacidad de respuesta de bacterias y virus a estímulos
ambientales, justificaría, los inevitablemente rápidos y amplios
cambios que muestra el registro fósil obligados por la compleja
interrelación de unos tejidos con otros y con el total del
organismo. Y su carácter `infectivo' haría posibles estos cambios
simultáneamente en un considerable número de individuos. Por otra
parte, este carácter infectivo, podría estar implicado en las
extinciones masivas y selectivas, muchas coincidentes con
períodos de disturbios ambientales, las cuales serían parte del
mecanismo del proceso evolutivo.
En este contexto, la Selección Natural, cuyo nulo poder creativo
ya se ha argumentado anteriormente, quedaría relegada a un papel
no sólo secundario en el proceso evolutivo, sino ocasional y
vacío de contenido como mecanismo de Evolución. La competencia
no sería la fuerza impulsora de la evolución, ya que las nuevas
especies surgirían y madurarían en conjunto. Y el azar, ya sea
biológico o estadístico, quedaría aún más en entredicho por el
determinismo, el contenido teleológico que implica la existencia
de unos `componentes de la vida', cualquiera que sea su origen,
es decir, tanto si han surgido en la Tierra como consecuencia de
una `propiedad emergente' de la materia, como si éste o cualquier
otro fenómeno implica que existan y se propaguen por el Universo.
Pero este nuevo modelo no sólo conduce a una nueva visión de la
naturaleza de los procesos biológicos. La relegación al lugar que
les corresponde de los viejos conceptos, de hondas raíces
culturales, implica la aparición de nuevos conceptos, nuevos
valores que modelen la forma de ver la realidad; en definitiva:
un nuevo Paradigma.
Esta labor conllevaría, a la luz de los datos antes mencionados,
un cambio sustancial en la interpretación, no sólo del proceso
evolutivo general, sino a una reinterpretación de muchos de los
fenómenos biológicos que son parte y consecuencia de él, es
decir, una labor ingente, pues se trata de alguna manera de
`rehacer la Biología' que requiere un nuevo enfoque integrado de
los distintos campos de investigación. En este modelo integrado,
se podrían situar muchos de los datos que hablan de procesos no
sólo inconsistentes con la teoría convencional, sino totalmente
contradictorios.
Así en el Modelo de Evolución por Integración de Sistemas
Complejos se podrían explicar datos como los siguientes:
Las proteínas anti-estrés, que utilizan las células en
situaciones de agresión ambiental para reparar los daños, guardan
un estrecho parecido en todos los organismos, lo que indica una
extremada conservación. Por ejemplo, las llamadas hsp10 y hsp60
sólo se han encontrado en mitocondrias y cloroplastos . La hsp60
y la hsp70, denominadas `chaperones' renaturalizan las proteínas
desnaturalizadas por el calor. Pero lo más significativo puede
ser que la hsp70 ha sido asociada con oncovirus mediante la
enzima PP60 src implicada en la regulación del crecimiento
celular [Langer et al., 1992] [Welch, 1992].
Las proteínas implicadas en la apoptosis (muerte celular
programada) fundamental en todos los tejidos vivos y muy
especialmente en el desarrollo embrionario, actúan, bien
favoreciéndola, bien inhibiéndola. Pues bien, el virus
Epstein-Barr produce sustancias que `se parecen' a la Bcl-2
inhibidora de la apoptosis o pueden fabricar moléculas que hacen
que la célula hospedadora incremente su propia síntesis de Bcl-2
[Cohen et al., 1992]. Los papilomavirus inactivan o degradan la
P53, controladora de la apoptosis, y esto se ha comprobado en
varios tipos de cánceres de `origen viral' sobre los que
volveremos más adelante [Korsmeyer, 1995].
Estos fenómenos que indican una extremada conservación de los
procesos fundamentales y que sugieren una evolución, no por
cambios de secuencias originales, sino por adición de otras
nuevas, explicarían por ejemplo, por qué el estudio de las
relaciones entre hormonas de todos los grupos biológicos indican
«un parentesco lateral, no de descendencia» [Barja de
Quiroga, 1993], o también por qué las moléculas de los
anticuerpos de, por ejemplo, tiburones y humanos «han sufrido
cambios relativamente pequeños en 450 millones de años»
[Litman, 1997]. Según este autor: «...lo que sí resulta
sorprendente es que [...] se produzcan saltos evolutivos
aparentemente enigmáticos y de magnitud desacostumbrada en
períodos cortos, al menos en la inmunidad humoral».
Finalmente, y como ejemplo de otro proceso fundamental en la
Evolución, vamos a referirnos a algunos datos de la genética del
desarrollo, cuya interpretación ortodoxa choca frontalmente con
la `teoría oficial', y que puede ser la explicación de cómo ha
actuado la integración vírica sobre la diferenciación morfológica
en los procesos evolutivos: se trata de la homeosis, que puede
explicar realmente los misteriosos (e inexplicables) casos de
`convergencia adaptativa' producidos al azar. Los genes
homeóticos controlan el desarrollo de distintos tejidos, órganos
y estructuras. Situados en el mismo orden en los cromosomas,
producen las mismas características en organismos tan alejados
filogenéticamente como sapos (Xenopus laevis), moscas
(Drosophila), peces, aves y mamíferos, ya sean órganos o
diferenciaciones globales como ejes, segmentos, etc. Se han
identificado `homeoboxes' para ojo, alas, oído, globinas, proceso
de gastrulación,... [Gilbert et al., 1996]. La disposición y
estructura de su ADN sugiere una formación por sucesivas
duplicaciones génicas. Si al mecanismo de duplicación, en el que
los transposones tienen una evidente responsabilidad, añadimos
las secuencias de claro origen viral identificadas en la
diferenciación embrionaria de distintos tejidos y en distintos
taxones, su origen parece claro. Y su implicación en nuestro
modelo evolutivo mucho más, ya que, en este contexto, sería el
mecanismo de actuación de secuencias virales con contenido
biológico concreto en la aparición de nuevos órganos.
Esta nueva perspectiva ofrece nuevas interpretaciones y, por
tanto, posibles respuestas a serios problemas científicos,
derivados en unos casos de su enfoque economicista, y en otros
de la falta de comunicación e intercambio entre distintos
`especialistas' que impide situarlos en un contexto evolutivo.
Porque el uso comercial de productos farmacológicos o de técnicas
de ingeniería genética, cuyos `espectaculares' logros obtienen
una gran repercusión social a través de los medios de
comunicación, está condicionando de tal modo la investigación
biológica, que se está convirtiendo en una actividad empresarial,
de forma que está modificando tanto la forma de trabajar como los
objetivos del trabajo.
En el primer aspecto, la necesidad de rentabilizar los resultados
impone una fuerte competencia entre distintos equipos (que a
veces conduce a los científicos a actitudes y situaciones muy
poco edificantes) con lo que está desapareciendo la práctica,
antes habitual (y fundamental), del intercambio de informaciones
y resultados.
En el segundo, la creciente financiación de estas investigaciones
por empresas en las que los intereses económicos dominan sobre
cualquier otro, conduce a comercializaciones precipitadas de
técnicas y productos (en forma de `patentes') cuyos `efectos
secundarios' sólo se valoran con posterioridad a su aparición.
Este es el caso de las investigaciones que pretenden manipular
«genes de interés económico» [Mackay et al., 1992] como los que
se introducen en plantas y animales transgénicos, utilizando como
vectores plásmidos y retrovirus.
Sin embargo, dadas las especiales características de estos
vectores, parece más prudente intentar comprender el fenómeno,
situarlo en su lugar real en la naturaleza, antes de seguir con
unas manipulaciones cuyos resultados pueden ser imprevisiblemente
peligrosos, ya que los problemas (ya observados) de propagación
de características artificiales a otras especies (como el caso
de la resistencia a herbicidas del maíz `transgénico') pueden ser
incontrolables.
Otro problema de similares consecuencias y origen, es el que
plantean los xenotransplantes. Los graves `efectos secundarios'
de la utilización de órganos de animales han sido finalmente
relacionados [Stoye, 1997] [Allan, 1997] con la activación de
los provirus endógenos animales al ser introducidos en otra
especie. El peligro de hibridación y propagación de `nuevos
virus' es evidente.
Este último fenómeno puede estar en el origen de las `variantes'
de virus del SIDA. Al parecer el HIV-1 y el HIV-2 están cada uno
más próximos a los virus de ciertos monos (chimpancé y Macaca
mulata), de lo que están entre sí [Huet, 1990], lo cual apoya
la hipótesis de su origen como resultado de actividades humanas
(posiblemente la elaboración de vacunas con sangre entera de
mono). Es decir, no se trataría de un `nuevo' virus patógeno,
sino de la alteración de un virus endógeno que en condiciones
normales tendría una función: la inmunodepresión, un fenómeno
necesario en mamíferos durante el embarazo. Y también se
explicarían los efectos de los tratamientos a enfermos de SIDA
con antirretrovirales de amplio espectro o con combinaciones de
éstos. Los fallos en distintos órganos serían consecuencia de la
alteración de secuencias virales que forman parte de su actividad
normal.
Finalmente, la implicación de las secuencias de origen viral en
el control de la proliferación celular embrionaria, junto con los
factores activadores de los `provirus', permite situar a los
`oncogenes' en un contexto evolutivo: los `oncovirus' no serían
casos excepcionales. Serían, con toda probabilidad, los virus que
contienen las secuencias que controlan el desarrollo embrionario
de un tejido concreto y su malignización sería el resultado de
su activación en un momento inadecuado [Seifarth et al., 1995].
En definitiva, es posible que estas respuestas arrojen nueva luz,
al menos, sobre algunos aspectos de problemas que hasta el
momento parecen de difícil solución. Pero, en todo caso, ponen
de manifiesto que la forma de actuar derivada del actual
Paradigma (es decir, de sus planteamientos científicos pero sobre
todo de su componente social) no sólo distorsiona el enfoque de
estos problemas, sino que en algunos casos puede contribuir a
crearlos.
Para concluir, y retomando los argumentos de Kuhn, las
consecuencias de esta nueva perspectiva no son sólo un cambio de
modelo teórico. Sus bases y el mecanismo de control de los
procesos vitales conducen necesariamente a un nuevo modo de
interpretarlos y, por tanto, a una nueva percepción y actitud
ante la Naturaleza. Si el modelo social (cultural) determina en
gran medida la manera de ver y relacionarse con el Mundo, parece
claro que la sustitución del Paradigma basado en la competencia
y en el azar irresponsable por uno de maduración en conjunto, de
unidad esencial y de cooperación, pero especialmente de prudencia
y respeto ante lo que no conocemos ni controlamos, ha de ir
acompañado (o precedido) de un cambio sustancial en los
fundamentos y valores sociales y culturales.
Es cierto que por muy benévola que pretenda ser la visión de la
Naturaleza y de la sociedad, no se puede ignorar la existencia
de comportamientos competitivos. Pero, del mismo modo que en el
proceso evolutivo la competencia, sea cual sea su matiz, no se
muestra como una `fuerza creativa', sino todo lo contrario, el
modelo social basado en la `libre competencia', que es en
realidad la ley del más fuerte, es un campo abonado para
actitudes egoístas e irresponsables que sólo puede conducir a un
callejón sin salida.
Mi más sincero agradecimiento a Lucía Serrano y María Bornemann
por su eficaz colaboración pero, sobre todo, por su
identificación con este trabajo. También a Juan Fernández
Santarén por su lúcida revisión crítica del manuscrito y a Carlos
Sentís por su continua aportación de información.
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Fecha de referencia: 19-06-2002
| Boletín CF+S > 21 -- El pasado es un país extraño > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n21/amsan.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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