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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

Cumbre de Johanesburgo: la necesaria búsqueda de soluciones


Concha Denche Morón.
Madrid (España), 28 de agosto de 2002.

La Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible de Johanesburgo arranca entre una pátina de descrédito importante y una acuciante búsqueda de soluciones. La preocupación ante lo poco conseguido viene avalada por el desolador balance sobre los compromisos y acuerdos iniciales adoptados en la Cumbre de la Tierra, en Río, después de diez años. Johanesburgo será el escenario en que los gobiernos muestren sus políticas de manos vacías e incumplimientos, en relación a los objetivos ambientales y sociales planteados, o lo que es igual, la innegable constatación del agravamiento de los problemas.

A todo ello ha de añadirse una amenaza cierta, que pende sobre la cumbre de Naciones Unidas y la crisis ambiental de escala planetaria a que nos conduce la economía globalizada: la tentación de apostar por los denominados resultados de "Tipo II" una extraña alianza entre gobiernos, empresas y ONGs. Ello confirma el pobre papel de los gobiernos, muy al uso del capitalismo en su actual fase neoliberal que ha dado en los estados-cascarón vacío. La desregulación y la pobreza de la voluntad política devienen en ese recurrir al ímpetu empresarial, para ejecutar los compromisos adoptados. La innovación, la financiación empresarial nos adentran en el campo del enfoque voluntario, frente a la regulación gubernamental, ello representa dos consecuencias inmediatas y nefastas. Las grandes transnacionales se procuran el marchamo verde (al margen de sus destructivas prácticas concretas en materia ambiental e incluso de violación de los derechos humanos) y garantizan su poder ganando en influencia y legitimando sus beneficios.

No deja de ser paradójico que mientras se promociona la idea de "diálogo de múltiples partes interesadas" y se gesta una nueva ciudadanía corporativa, se excluya del diálogo a los auténticos protagonistas, los ciudadanos, sus organizaciones sociales y sus instituciones democráticas, que quedan fuera de los procesos de toma de decisiones y de propuestas alternativas al modelo de desarrollo imperante.

Puede en adelante producirse, entre actores sociales confrontados una sintonía en el diagnóstico de los efectos de la crisis socio-ambiental, pero nunca la habrá en la determinación de las causas: la esquilmación del sur por el norte, la condena a la pobreza, la hambruna y la miseria para millones de seres humanos, que conlleva el modelo de desarrollo, la desigualdad inherente al sistema, el déficit democrático y la imposible universalización del bienestar, esos y no otros son el eje central del problema.

De ahí que, aunque se empeñe la ONU y se aventure a propiciar estos consensos, los cuales son el problema, no pueden proclamarse como solución, ya que si bien la sostenibilidad es un término ambiguo y de múltiples usos, no es aceptable pensar que el desarrollo sostenible lo garanticen las multinacionales, privatizando los acuerdos y su ejecución.

A todo ello han de sumarse otros factores no menores, como la ausencia de la cumbre del presidente norteamericano Bush (en un alarde imperial de quien depreda el planeta y desprecia el mundo) que ha logrado escandalizar un poco más, con ese toque neroniano de talar los bosques para evitar los incendios (¡!).

Y en su escala no deja de ser indicativa la ausencia del presidente español: con ello Aznar muestra abiertamente el desinterés, el descompromiso de que ha hecho gala el gobierno del PP que se ha caracterizado por una cínica combinación entre políticas insostenibles en todos los ámbitos (agua, energía, biodiversidad, transporte...) una profusa serie de afeites publicitarios desde el inexistente ministerio de Medio Ambiente y un sistemático incumplimiento de los compromisos internacionales (como el Protocolo de Kyoto, habiendo superado en un 29,9% las emisiones de CO2 en el año 2000)

La imprescindible búsqueda de soluciones está marcada por la alarmante aparición de signos de riesgo, de deterioro, de impactos que se evidencian en esa sucesión de catástrofes que están teniendo lugar, por doquier, así en las zonas tropicales es indiscutible el incremento de huracanes, tifones, ciclones...(en comparación con los años 60) asociados, según los modelos de predicción, al calentamiento global de la atmósfera que está siendo modificada por la acción humana desenfrenada, la cultura del despilfarro de recursos y sobrecarga de la biosfera, mientras se produce una reiterada sucesión de sequías-inundaciones en el ámbito centroeuropeo que está suscitando un profundo debate entre quienes señalan en la repetición, indicios de alteraciones inusuales asociadas al cambio climático, cuya magnitud de producirse en países empobrecidos habría tenido el tono aún más trágico de miles de muertos.

Tanto por la escala planetaria de la crisis ambiental, como por la virulencia de los comportamientos, este es el momento de abordar que hay que actuar sin más demora entendiendo que si todos los países no lo hacen, los daños, las catástrofes serán inevitables para todos. Hay pues, que comprometerse todos y cumplir los compromisos internacionales.

La esperanza de Johannesburgo, su auténtico potencial está en la denuncia, la concienciación de los gobiernos y la exigencia de actuar desde la movilización de los pueblos, desde la participación democrática y la solidaridad.

La aplicación de las Agendas locales 21, por cuanto implican a los ciudadanos y los gobiernos en una dimensión próxima y controlable, el estricto cumplimiento del Protocolo de Kyoto en materia de reducción de gases de efecto invernadero, la aplicación de políticas activas de ahorro y eficiencia, la regulación y establecimiento de un marco de responsabilidades de las empresas, en definitiva, la aplicación de cuantos instrumentos impliquen un cambio de rumbo hacia la compatibilización de la justicia social y la defensa del medio ambiente.

Fecha de referencia: 22-10-2002

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