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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Adriana Fausto
Jesús Rábago
Puebla (México), 2001.
A pesar de ser un problema que reiteradamente aparece en
declaraciones de promotores inmobiliarios, planificadores,
funcionarios públicos, asociaciones de vecinos, etc., en
Guadalajara no existen estudios descriptivos o analíticos sobre
la cuestión de los terrenos inutilizados o subutilizados dentro
del área conurbada. En los documentos de planeación es donde
principalmente se hace alusión a situaciones que tienen que ver
con este problema, las cuales, la mayoría de las veces se
refieren marginalmente (básicamente cuantificaciones generales
sobre la superficie urbana que corresponde a lotes baldíos, sin
mención a los edificios abandonados o semi-abandonados). Éste
tipo de documentos lo focalizan principalmente como un problema
de áreas urbanas centrales y reducen la explicación de este
fenómeno a causas de tipo económico, en el sentido funcional del
término: se presupone la especulación de los propietarios como
causa primera de la existencia de lotes baldíos; la sub-valoración de ciertas áreas por la pérdida de actividades
económicas, la degradación y el abandono de las viviendas,
terminarían por aumentar el número de construcciones
subutilizadas (particularmente en los niveles superiores de los
edificios).
Eventualmente se cita la falta de adecuación de algunos
instrumentos de política urbana, principalmente de orden
normativo, ya que en ocasiones frenan la posibilidad de
aprovechamiento de los predios en cuestión: las restricciones
regulatorias sobre determinados factores como el uso del suelo,
densidades, alturas, etc.; la reglamentación para la modificación
de edificaciones situadas dentro de algunos perímetros del centro
histórico; la carga fiscal a que están sometidos los inmuebles
en ciertas zonas (impuestos prediales, permisos comerciales,
plusvalías); los problemas legales en cuanto a la propiedad
inmobiliaria (fincas involucradas en procesos jurídicos de
diversa índole, propietarios interesados, propietarios
desconocidos). En este trabajo proponemos comenzar una lectura
a fondo de la cuestión de los vacíos en la Zona Metropolitana de
Guadalajara (ZMG), pues consideramos que se revelaría como un
elemento importante en la construcción de la misma, tanto por el
peso específico de este fenómeno como por su significado, así
como por las tensiones, los acuerdos explícitos e implícitos, las
concesiones y alianzas que se establecen entre los distintos
agentes más allá de lo que prescriben formalmente los reglamentos
y planes.
¿Qué se entiende por vacíos urbanos? Siendo éste un trabajo de
carácter exploratorio, no pretendemos proponer una definición
sino más bien tratar de sintetizar, por el momento, las
diferentes formas que asume tal noción. En América Latina,
referencias directas a tal tema señalan las tierras vacantes como
«espacios remanentes a la dinámica urbana: aquellos terrenos que
permanecían vacíos o subutilizados; o que todavía reconocidos
como urbanos y servidos directamente o muy próximos a
infraestructuras ya instaladas, no se desarrollan en la plenitud
de su potencial, contrariando el principio de función social de
la propiedad»[1]. En la reseña de una investigación sobre tierras
vacantes en seis ciudades latinoamericanas, se consideraron
aquellas tierras permanentemente desocupadas que se localizan
dentro de de los límites urbanos, excluyendo los parques, las
plazas o las áreas de protección ecológica destinadas a usos
públicos [Clichevsky, 1999]; se analizaron también cuatro
principales características: la propiedad, la cantidad, la
localización y el tiempo que las tierras han permanecido
subutilizadas.
La literatura europea se refiere tanto a inmuebles subutilizados
como a terrenos vacíos, haciendo énfasis en construcciones
abandonadas o conjuntos edificados para alguna actividad
específica, que han caído en desuso: bienes religiosos, áreas
industriales, portuarias, ferroviarias, habitacionales, etc.
Chaline considera que tanto la noción como el vocablo francés[2]
que describe este fenómeno son polisémicos, pues podrían incluir
vocablos bastante diferenciados [Chaline, 1999]; lo cual es
comprensible tomando algunos criterios de análisis: la dimensión
(áreas que comprenden cientos de hectáreas, o bien manzanas,
lotes y/o simples edificios con variable grado de abandono y
degradación); el tiempo que han permanecido vacantes (¿existe un
límite de tiempo de inactividad al término del cual se puede
considerar como abandonado un inmueble o toda un área urbana?);
la naturaleza y la calidad de los lugares (las actividades
originales, su grado de abandono y las características que
presentan, el tipo de inversiones que cesaron en el lugar, etc.).
En este trabajo consideraremos los vacíos urbanos en un sentido
amplio, como espacios construidos o utilizables -terrenos,
edificaciones, grandes conjuntos o zonas- que se localizan en el
interior de áreas urbanizadas y que se encuentran desocupadas,
o bien, cuyo uso sea evidentemente inferior a su potencial de
aprovechamiento urbano[3].
¿Se puede medir el vacío? Por supuesto, si no existe una
definición compartida, resulta difícil determinar las dimensiones
de un fenómeno -aún suponiendo que existieran métodos para
hacerlo- y más áun plantear comparaciones. Para Guadalajara y su
zona metropolitana, por ejemplo, los documentos oficiales de
planeación no proponen ninguna definición[4]; sin embargo, los
términos más frecuentemente asociados a la subutilización o
subocupación de áreas urbanas consolidadas son: lotes o terrenos
baldíos, corazones de manzana, predios rústicos, edificios
vacíos, fincas deshabitadas. Tan sólo en el municipio de
Guadalajara, que tiene una superficie aproximada de 15.037
hectáreas prácticamente urbanizadas en su totalidad, el Plan de
Desarrollo Municipal de Guadalajara 2000 señala como
desaprovechadas 4.000 hectáreas que comprenderían 516 de reserva
urbana más de 2.478 lotes baldíos que cuentan con servicios; esto
es, 26,60% del área municipal. Por supuesto, la magnitud del
problema se vería agravada si se agregara la superficie
construida en el centro histórico que se encuentra abandonada.
El Plan de Ordenamiento de la Zona Conurbada de Guadalajara
contabiliza 521 hectáreas de resevas interurbanas en el municipio
de Guadalajara, 1.611 en Tonalá, 2.966 en Zapopan y 3.081 en
Tlaquepaque que suman un total de 8.179 hectáreas de tierra
urbanizable (22% de la superficie de la zona metropolitana)[5], ya
dotada de infraestrucutra y servicios.
Para una metrópoli cuyo crecimiento requiere un promedio anual
de casi 1.000 hectáreas, estas reservas intraurbanas podrían
satisfacer las demandas de suelo durante los proximos ocho años,
cuando menos. En otras ciudades de la República se presentan
situaciones similares: 19% de la mancha urbana de Aguascalientes
son lotes sin uso; en Colima-Villa de Álvarez estos constituyen
el 14% de su superficie urbana [Fausto, 1998]; en Mexicali, la
superficie de baldíos es de al menos el 16%[6]. En metrópolis
latinoamericanas, el porcentaje de tierras vacantes podría variar
de menos del 5% hasta 44% de la superficie urbanizada
[Clichevsky, 1999][7].
En las ciudades europeas es también significativo este fenómeno:
en los años noventa se tenían aproximadadmente 60.000 hectáreas
de estas tierras dentro del perímetro de las ciudades británicas
--poco más de las 54.880 hectáreas desocupadas que existen tan
sólo en Rio de Janeiro. En París y su región inmediata, los
conjuntos industriales abandonados ocupaban una superficie de
484 hectáreas en 1993, según Chaline [Chaline, 1999]. El mismo
autor señala como factores determinantes en el proceso de
formación de vacíos urbanos e inmuebles subutilizados en el
contexto europeo:
La configuración física de estos espacios libres debe matizarse.
Estadísticamente significativos, muchos vacíos urbanos son, sin
embargo, difíciles de cuantificar y más aún de controlar, pues
se presentan en su mayoría como microespacios dispersos en las
ciudades: casas abandonadas en los barrios de los centros
históricos y edificios comerciales cuyos niveles superiores se
utilizan como bodega (en el mejor de los casos); terrenos e
incluso manzanas completas en fraccionamientos recientes
(populares o residenciales); corazones de manzana y lotes baldíos
que se usan como estacionamientos, depósitos de materiales,
talleres provisionales, tierras rústicas que han quedado
incrustadas en el tejido urbano. La dimensión de estos inmuebles
es no menos variable: en el municipio de Guadalajara se
encuentran diseminados desde lotes baldíos menores a 100 m2 en
colonias populares, hasta terreno rústico de varias hectáreas[8].
Otras áreas subutilizadas son más evidentes, como los terrenos
libres de las zonas industriales: en Jalisco, en cuatro de ellas
se tiene un porcentaje de terreno disponible que varía del 30%
al 80%[9], lo que significa que al menos 3.106 hectáreas
industriales no utilizadas que cuentan con infraestructura básica
--y que se localizan en la Zona Metropolitana de Guadalajara o
en municipios aledaños. Aún así, se tenía en proyecto cuatro
nuevas áreas industriales en Zapopan, Tlajomulco y en
Tlaquepaque, que sumarían 182 hectáreas. Ya desde 1986, según un
estudio de Garza [Garza, 1992], 96% de los lotes de parques y
ciudades industriales del estado de Jalisco estaban sin
construir. A nivel nacional, de 15.020 lotes existentes en 127
parques industriales, 12.229 lotes se encontraban sin uso, es
decir el 81% del total; al ritmo de ocupación del suelo calculado
entonces por Garza, se requeriría un promedio de 42 años para
saturar su capacidad.
No obstante, se continúa ofertando tierra para la industria fuera
de las zonas acondicionadas para este fin, lo que no en pocas
ocasiones pone en competencia este uso del suelo con la demanda
habitacional, principalmente para vivienda popular. En la mayoría
de los casos, estos conflictos se resuelven a favor del uso más
rentable (a pesar de las disposiciones de los planes y normas
urbanas), produciendo procesos de segregación socio-espacial que
nos llevan a cuestionar el significado de la función social de
la propiedad. Los vacíos urbanos se transfiguran entonces como
vacíos de autoridad, de gobierno, de gobernabilidad[10].
Además de la dimensión y el uso, el régimen de propiedad es otro
de los factores determinantes en la subsistencia de los vacíos
urbanos en ciudades latinoamericanas, pues la irregularidad en
la propiedad del suelo persiste en gran número de asentamientos
sobre terrenos ejidales (tierras agrícolas que son inalienables,
imprescriptibles e inembargables) se basan en procedimientos
jurídicos que por lo general duran varios años. Paradójicamente,
esto no disminuye en realidad las dinámicas propias de ocupación
de estas áreas; dinámicas que en ocasiones es mucho mayor que la
de fraccionamiento de construcción progresiva promovida por las
instancias gubernamentales, inclusive con un ritmo desigual en
la valoración de terrenos -a favor de los asentamientos
irregulares[11].
Es más fácil aventurar datos cuantitativos y cualitativos con
respecto a los vacíos urbanos que arriesgar una interpretación
referente a la magnitud de su importancia social o simbólica,
pues son escasas las interpretaciones sociológicas sobre el
comportamiento de los agentes involucrados en el proceso de
urbanización; es decir, investigaciones derivadas de enfoques
antropológicos, psicológicos, sociológicos que, como menciona
[Granelle, 1989], ayudarían a comprender la naturaleza de las
decisiones o acciones emprendidas por ciertos individuos o grupos
sociales, cuyo comportamiento no corresponde a los modelos
prefigurados por la economía y el derecho. Esto se destaca
especialmente para este caso, ya que la ausencia de dichos
estudios impide valorar las graves consecuencias del enorme
crecimiento de la zona metropolitana de Guadalajara y su pobre
desarrollo urbano de los últimos treinta años.
En fraccionamientos de construcción progresiva construidos a
finales de los años ochenta en la periferia de ZMG (Zona
Metropolitana de Guadalajara), López Moreno [López Moreno, 1992]
matizaba lo que en aparencia se calificaba como comportamientos
especulativos de los propietarios de la tierra, mostrando otras
lógicas distintas: unos consideran sus terrenos como una
inversión familiar (en una especie de ahorro forzado); para otros
resulta una estrategia de previsión para el futuro de sus hijos;
hay quien en realidad carece de los recursos necesarios para
construir su vivienda e, incluso, quienes esperan que el lugar
sea más habitable --que se consolide a partir del esfuerzo de los
otros-- para mudarse. Una parte de los propietarios sin duda
alguna adquirió predios con el afán de beneficiarse de su futura
valoración, una vez consolidada su urbanización.
En los extremos de la especulación, en otras áreas de la
metrópoli se encuentran predios que se han mantenido baldíos
durante periodos demasiado largos de tiempo, perdiendo sus
características de plusvalía prevista, ya que los elementos
favorables de su entorno han evolucionado: saturación vial en
lugar de fácil comunicación, infraestructura obsoleta y/o
insuficientes, usos periféricos poco compatibles, pérdida en su
valoración cultural, etc. A manera de ejemplo se pueden mencionar
los predios alrededor de la glorieta Minerva, que a pesar de su
gran especulación durante décadas, han perdido no sólo las
privilegiadas características que tenían dentro del tejido
urbano, sino incluso su simbolismo inherente como punto de
referencia determinante en la imaginación colectiva.
Situaciones similares se registran en otros estudios de casos
latinoamericanos, cuyo análisis ha ayudado a construir tipologías
para la propuesta de políticas diferenciadas. Así, en Quito,
Carrión identifica seis tipos de tierras vacantes
[Carrión, 1999]:
Así es como surgen una serie de interrogantes con respecto a los
vacíos urbanos en la zona metropolitana de Guadalajara, donde se
intuye la necesidad de encontrar las facetas de dicho fenómeno.
¿Es lógico pensar, por ejemplo, que tenga el mismo significado
un vacío urbano localizado en el centro histórico de la ciudad
de Guadalajara que uno ubicado en zonas periféricas de reciente
urbanización en Tlaquepaque? Si es evidente que los procesos de
formación son distintos y los agentes involucrados también, es
obligatorio interrogarse sobre la manera en que las políticas
urbanas, y sobre todo las de acción pública, tratan de incidir
sobre ellos[12]. Y más aún, descubrir si existen relaciones entre
áreas subutilizadas que aparentemente no la tienen. ¿La
subsistencia de estos vacíos causan el mismo impacto en términos
sociales y económicos? De hecho, resulta difícil anticipar cuáles
podrían ser los indicadores que reflejen y ponderen el valor que
cada agente concede a determinados espacios urbanos, pues al
decir valor es claro que no nos referimos al costo monetario de
un inmueble, sino a la importancia que se le atribuye a cierto
territorio en función de sus propiedades. En este sentido, la
noción de valor sin duda merita una búsqueda social en sus
implicaciones no sólo prácticas, sino incluso simbólicas, que se
puedan considerar en la escala metropolitana[13].
En un nivel general, la cuestión de las áreas subutilizadas en
las ciudades cobra cada vez mayor importancia, en contextos donde
se pugna por un desarrollo sustentable: se cuestionan los modelos
de crecimiento ilimitado de las grandes metrópolis, lo cual, en
América Latina, ha venido aparejado a un impresionante
despilfarro de suelo. Sin embargo, en términos económicos, los
nuevos modos de producción reclaman espacios urbanos de gran
calidad, y tienden a localizarse principalmente en áreas
periféricas consolidadas donde ya existen nodos de comercios y
servicios que cuentan con la mayor oferta de infraestructura y
equipamientos, polos que desde el momento de su aparición,
restaron atractivo a los centros históricos, contribuyendo a su
abandono y decadencia.
Desde finales de los años sesenta, en Guadalajara se registran
modalidades de uso del espacio que corresponden a estas
tendencias internacionales, como la aparición de importantes
centros comerciales o centros de negocios -consumidores de
grandes cantidades de terrenos- que crean nuevas centralidades
urbanas. Al respecto, Wario señala: «La llegada masiva del
capital foráneo ha repercutido también en el mercado del suelo,
no sólo a través de la demanda directa de grandes extensiones
para los nuevos usos comerciales e industriales, sino sobre todo
mediante la reconversión hacia el sector inmobiliario, de grandes
capitales locales antes dedicados a la producción manofacturera
o al comercio. Este hecho, junto con las devaluaciones de la
década pasada, ha sido determinante en el patrón de crecimiento
territorial de la ciudad. Al convertirse el suelo en un refugio
para la inversión y en la nueva vocación de numerosos
empresarios, se ha incrementado la especulación y los grandes
espacios baldíos dentro de la mancha urbana» [Wario, 1999].
Queda por comprender el sentido de su localización, que sin duda
no sólo se debe al precio del suelo: desde finales de los años
sesenta, los primeros centros comerciales (Plaza del Sol fue el
primer centro comercial del país, seguido rápidamente por Plaza
Patria) se contruyeron en la periferia de la ciudad, impulsando
el desarrollo de áreas contiguas. Desde entonces, la zona
norponiente de la metrópoli --hacia donde se localiza la plaza
del Sol--, continúa siendo atractiva para la implantación de más
y mejores servicios: hoteles de cinco estrellas, centro de
exposiciones (Expo-Guadalajara), centro financiero (World Trade
Center), fraccionamientos residenciales exclusivos, etc. En la
última década, los más recientes centros comerciales se han
localizado en las zonas semi-consolidadas cerca de los límites
de la ciudad (Plaza Bonita, Sam's-Price Club, el Pabellón),
reforzando la vocación comercial en estas zonas de la metrópoli;
o se han construido en zonas consolidadas de áreas centrales
(como el Centro Magno) pero en etapa de transición, en cuyo caso
inyectan un excesivo dinamismo al área, modificándola de manera
inusitada y sustantiva. En todo caso, estas tendencias de
ocupación del espacio se ven en gran medida reforzadas por las
políticas urbanas (explícitas o implícitas), lo que nos lleva a
discernir la `imagen de ciudad' que se desea proyectar (y tal
vez, alcanzar); la imagen planteada por los poderes públicos por
lo general deriva o se encuentra directamente ligada a
intenciones de política económica, que buscan hacer competitiva
cada urbe y atraer inversiones.
En la ZMG oficialmente se practica una especie de urbanismo
funcionalista, caracterizado por intervenciones públicas que
derivarían de una planeación jerárquica --mejor dicho,
zonificación basada en la separación de actividades y funciones
urbanas-- y a largo plazo, según indica nuestra Ley General de
Asentamientos Humanos; en realidad, la acción pública se deja
guiar cada vez más por ideas de marketing urbano --capaces de
modificar las propuestas de los planes--, en donde cada municipio
busca significarse como una urbe de atracción nacional y, si es
posible, internacional, sin importar que aquello desemboque en
una franca competencia intermunicipal. En la mayoría de los casos
la cuestión del suelo --los variados posicionamientos que con
respecto a su utilización manifiestan los diferentes agentes--
surge como un elemento determinante para la concreción espacial
de las propuestas que transmitan una renovada `imagen de la
ciudad'.
En los últimos años se ha tratado de construir espacios
simbólicos que ejemplificarían bien lo anterior: el ayuntamiento
de Guadalajara busca transformar y revitalizar su centro
histórico a fin de reimpulsarlo como un atractivo centro de
actividades, comercio y servicios, buscando así reforzar su
liderazo en la zona conurbada. En sus intenciones de política,
este manejo de la centralidad se vería apoyado al transformar el
problema de los vacíos urbanos en oportunidad, al constituirse
en una opción inmediata de suelo metropolitano para distintas
actividades[14]. El mismo ayuntamiento promueve desde el año
pasado la construcción de un monumento en la glorieta de Abastos,
que forma parte del acceso poniente de la ciudad y deriva a otras
áreas importantes --Plaza del Sol, Expo-Guadalajara, World Trade
Center. Este monumento, que tendría 52 metros en el punto más
alto, sería realizado por un famoso escultor para simbolizar la
entrada del nuevo milenio.
Por su parte, desde hace más de dos años el entonces alcalde de
Zapopan apoyaba francamente la construcción de la llamada Torre
Milenium --promovida por particulares sobre terrenos municipales,
hacia el norponiente--, la más alta que hubiese sido construida
hasta entonces en la metrópoli, proyecto que no prosperó en gran
parte debido a la oposición pública.
En el mismo municipio ha avanzado la propuesta de un empresario,
de construir un megaproyecto en la periferia norte de la
metrópoli, como un nuevo centro de negocios, cultura y
espectáculos (el nuevo JVC), cuyo diseño será confiado a
arquitectos de renombre internacional. Tonalá, municipio más
modesto en recursos monetarios mas no necesariamente políticos
--su presidente municipal es actualemente el único del área
metropolitana que pertenece al Partido Revolucionario
Institucional, PRI--, se ha contentado con colocar en 1999 una
enorme asta en el cerro de la Reina (el más elevado de este
municipio), en una ceremonia presidida por el primer mandatario
de la nación, donde ondearía la bandera más alta en el estado de
Jalisco. Sin duda, el particular período de alternancia política
que se inició en el estado hace seis años, constituye un
excelente laboratorio en donde ciertos vacíos urbanos representan
una materialización de los vacíos de poder metropolitano, que
distintas fuerzas políticas (aún del mismo partido) y agentes
económicos, intentan colmar simbólicamente. Así también, la
inversión en infraestructura de comunicaciones --y la movilidad
urbana que permite-- resulta crucial en la organización del
espacio urbano y social. Tanto, que para Marc Weil deberían
definirse los límites de la ciudad a partir de la noción de
velocidad y de tiempos de desplazamiento, factores que conllevan
la apertura de vastos mercados del suelo[15]. A manera de ejemplo,
vale la pena mencionar que, en 1995, se propuso por parte de la
Secretaría de Comunicaciones y Transportes y la Secretaría de
Desarrollo Urbano del estado de Jalisco la construcción de un
marco-libramiento al sur del área metropolitana de Guadalajara
(lejos de la mancha urbana), bajo el supuesto de que, al alejar
el flujo de tráfico regional, se frenaría la expansión ligada a
él y podría salvar al mismo tiempo las tierras amenazadas por
dicha expansión, como el Valle de Toluquilla --importante por sus
mantos freáticos y pozos de absorción que proveen de agua
potable. Inmediatamente comenzó la inquietud de instituciones de
vivienda y promotores particulares por indagar los pormenores en
cuanto a la propiedad de los terrenos adyacentes a esa carretera
y las presiones por declarar áreas urbanizables las tierras
intermedias. Conociendo la laxitud que caracteriza la aplicación
de las normas urbanas en esta metrópoli y especulando sobre los
vínculos existentes entre funcionarios públicos y promotores, no
sería descabellado pensar que, de realizarse el proyecto, se
tendrían efectos contrarios a los manifestados públicamente con
tal estategia[16].
Hemos tratado de revelar que, para comprender la existencia y la
persistencia de los vacíos intra-urbanos en una metrópoli como
Guadalajara, se requeriría abordar el tema no sólo como un
problema de orden económico que se reduce a la especulación, sino
anteponiendo su naturaleza social como forma de producción y uso
del suelo urbano determinado por, y a la vez determinante, del
actual sistema metropolitano. Pues este doble estatus del suelo
tendría manifestaciones morfológicas identificables --tanto de
tiempo espacial como social; urbanización y urbanidad-- en
ciertos periodos de tiempo.
A través de una lectura histórica de la producción de suelo
urbano en el área metropolitana de Guadalajara se podría tratar
de identificar los principales elementos que, en referencia a los
vacíos urbanos, definen una relación entre morfología espacial
y morfología social; en un marco de tiempo que considere
principalmente los últimos treinta años (cuando acontece el
incremento excesivo de estos vacíos), pues ello permitiría
registrar la evolución de ciertas zonas de interés. Nos parece
importante puntualizar tres niveles indispensables de ánalisis:
Carrion, Diego (1999) La tierra vacante en Quito. Estrategias
de `engorde' y ausencia de políticas del suelo (International
Seminar on Vacant Land: Challenges and Oppotunities. Río de
Janeiro)
Charline, Claude (1999) Le régénération urbaine (París)
Chavalet, Catherine (1999) Mobilité, etalement urbain et
régultion instituionnelle (Entrevista con Marc Weil)
Clichevsky, Nora (1999) Tierra vacante en Buenos Aires: entre
los loteos populares y las áreas exclusivas (International
Seminar on Vacant Land: Challenges and Oppotunities. Río de
Janeiro)
Clichevsky, Nora (1999) Vacant Land in Latin American Cities
(Land Lines, Cambridge, Lincon Institue of Land Policy)
Dematteis, Giuseppe (1999) Sul crocevia della territorialità
urbana (Milano)
Fausto, Adrian (1998) Políticas y estrategias sobre suelo
urbano. El control de la ciudad y la organización de la
sociedad (Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México)
Garza, Gustavo (1992) Impacto regional de los parques
industriales (Red Nacional de Investigación Urbana num.13.
Puebla, México)
Gobierno del estado de Jalisco (2000) Proyecto del Plan de
Ordenación de la Zona Conurbada de Guadalajara
Granelle, Jean-Jacques, Alette Heymann-Doat y Guy Jalbert
(1988) Pour une relance de la recherche sur le foncier --un état
des lieux-- (París, ADEF)
H. Ayuntamiento Constitucional de Guadalajara (2000) Plan de
Desarrollo Municipal de Guadalajara
López Moreno, Eduardo (1992) Infraestructura evolutiva y
urbanización concertada (Universidad de Guadalajara,
Guadalajara, México)
Ramirez, Jose Manuel, M. del Carmen Ponce, Lourdes De la
Mora (1998) Los usos del suelo y el desarrollo urbano
municipal. El caso de la fábrica de zapatos Moymen en Zapopan
(Porrúa-UNAM, Méxco)
Wario, Esteban (1999) Introducción al documento «Los
asentamientos irregulares en la Zona Metropolitana de
Guadalajara» (Universidad de Guadalajara, Instituto Libertad y
Democracia (Perú))
Fecha de referencia: 18-09-2002
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