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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Leonardo Boff[1]
Rio de Janeiro (Brasil). 14 de febrero de 2002.
Los pueblos de Porto Alegre y los pueblos de Davos-Nueva York se
baten por la globalización. ¿Cuál globalización? Los poderosos,
y por eso son poderosos, se apropiaron de la palabra
globalización y le impusieron una significación que sirve a sus
intereses. Es el proceso mundial de homogenización del modo de
producción capitalista, de globalización de los mercados y de las
transacciones financieras, del entrelazamiento de las redes de
comunicación y del control mundial de las imágenes y de las
informaciones. La lógica que la preside es la competición de
todos contra todos. Aquí reside el drama bien formulado por el
genetista francés Albert Jaquard: "El propósito de una sociedad
es el intercambio. Una sociedad cuyo motor es la competición,
es una sociedad que me propone el suicidio. Si me pongo en
competición con el otro, no puedo intercambiar con él, debo
eliminarlo, destruirlo".
Pues es exactamente eso que está ocurriendo con la globalización
propuesta por el pueblo de Davos-Nueva York. O usted está en el
mercado competitivo, vence y existe; o usted es derrotado,
desiste e inexiste. Entre las víctimas de esta lógica se
encuentra casi la mitad de la humanidad, condenada a la impiedad
de la exclusión y de la falta de cualquier sustentabilidad.
¿Puede ser humano un proyecto global que elimina a los humanos
o los hace puro carbón, recordando al nostálgico Darcy Ribeiro,
para la máquina productivista?
Frente a esa crueldad, gana dignidad ética la alternativa
propuesta por el pueblo de Porto Alegre. Ella niega ese tipo
tiranosáurico de globalización. Propone otra globalización que
pasa por la solidaridad a partir de abajo, por la mundialización
de los derechos humanos, por la socialización de la democracia
como valor universal, por el control social de los capitales
especulativos, pasa, además, por la aplicación en todas las
economías de la tasa Tobin, por la creación de instancias de
gobernanza mundial, por la universalización del cuidado para con
la Tierra y los ecosistemas y por la valorización de la dimensión
espiritual del ser humano y del universo. Ese pueblo de Porto
Alegre se hace así el guardián de la humanidad mínima. Afirma la
posibilidad real de vivir juntos como humanos y nos muestra cómo
debemos pasar de una consciencia de nación y de clase a una
consciencia de especie y de planeta Tierra. Solamente ese tipo
de globalización construye la Tierra como Casa Común de los
humanos y de toda la comunidad de vida.
Esa propuesta de globalización se adecúa a lo que hay de más
contemporáneo en el pensamiento que se orienta por el nuevo
paradigma científico, pues ve la globalización como una nueva
etapa de la Tierra y de la Humanidad. Los pueblos estaban en
diáspora por los continentes y enraizados en sus
estados-naciones. Ahora comienzan a moverse y a encontrarse en
un único lugar, la Tierra como Casa Común. Y no tenemos otra.
Ya en 1993 escribía proféticamente Teilhard de Chardin: "La edad
de las naciones ya pasó. Si no queremos morir, es la hora de
sacudir los viejos prejuicios y de construir la Tierra".
Queremos construir la Tierra prolongando el dinamismo que la está
forjando hace miles de millones de años. En efecto, somos fruto
de un proceso evolucionario de 15 mil millones de años, proceso
único, complejo, contradictorio (caótico y armónico) y
complementario que entrelaza todos los seres en tramas de
relaciones, fuera de las cuales nadie existe. La manecilla del
tiempo irreversible va mostrando una dirección: la emergencia de
órdenes cada vez más complejos, auto-organizados, interiorizados
y convergentes de vida y de creatividad. Tierra y Humanidad
forman una única entidad, exactamente como los astronautas
testimonian cuando ven la Tierra desde fuera de la Tierra. El ser
humano es de la Tierra que en un momento de su evolución comenzó
a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Por eso que hombre viene
de humus, tierra fecunda. Ahora estamos elaborando esa
consciencia terrenal y planetaria.
Esa comprensión nos suministra la base experimental y científica
para entender la actual globalización en curso. Ella es un
momento avanzado de un proceso anterior y mayor de convergencia
de energías, dinamismos e intencionalidades que están actuando
desde el comienzo de la cosmogénesis y de la biogénesis. La
globalización crea las condiciones para un salto cualitativo de
la antropogénesis: la irrupción de aquello que Teilhard de
Chardin llamó noosfera: la creación de una nueva armonía entre
los humanos en la cual técnica y poesía, producción y
espiritualidad, corazón y pensamiento encuentran una nueva
sintonía más alta y más sinfónica.
El mérito del pueblo de Davos-Nueva York fue el de haber creado
las condiciones materiales para ese salto. Pero él mismo no
saltó. El mérito del pueblo de Porto Alegre fue el de haber
mostrado sus posibilidades y ensayado los primeros movimientos
para ese salto. Y el salto, finalmente, vendrá porque él
representa lo que debe ser. Y lo que debe ser tiene fuerza.
Fecha de referencia: 23-05-02
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