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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
José Saramago
Porto Alegre (Brasil), 6 de febrero de 2002[1]
Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de
la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de
Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar
toda su atención para este importante acontecimiento histórico
porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede
extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato;
no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos,
entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito
se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos
(hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban
varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber
motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente
a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que
alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron
por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños,
dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo
estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera
de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió
sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después
se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero,
no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la
campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se
encontraba el campanero y quién era el muerto. «El campanero no
está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana», fue la
respuesta del campesino. «Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?»,
replicaron los vecinos, y el campesino respondió: «Nadie que
tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la
Justicia, porque la Justicia está muerta».
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún
conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo
cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras,
metiendolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada
avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y
reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió
quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la
justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces,
desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el
tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la
muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada
indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas
del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que
todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a
difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que
fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de
ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando
puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que
despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después,
no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver
a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez
declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos
y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es
bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del
mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después
de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte
de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido
de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo
todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les habló,
lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la
está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca
hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para
aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a
esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que
se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de
vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los
ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que
siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia
pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una
justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y
riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan
indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable
para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por
los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la
ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación
espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la
que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto
por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los
que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de
la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los
creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el
que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir
a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los
desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy,
el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento
de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino
de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor
aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las
campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de
implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres,
aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu
y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para
el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un
sólo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias
incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia,
la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la
condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas
nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el
mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción
social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia
distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan
llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia
protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus
negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un
código de aplicación práctica al alcance de cualquier
comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace
cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los
que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian
sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día
de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la
libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está
redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría
sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de
principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos
los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la
denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos
o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo
actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles
amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional
y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los
seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a
referirme en estos términos a los partidos políticos en general,
las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en
consecuencia, al movimiento sindical internacional en su
conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y
burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte,
responsable del adormecimiento social resultante del proceso de
globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no
podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi
cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces
que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los
derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el
gato de la globalización económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses
ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales
y políticas concretas del momento, y según la expresión
consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena
fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa
apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia
irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la
mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un
sistema democrático general como más probabilidades tendremos de
llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los
derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el
sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que
actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático.
Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos,
por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce
como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido,
escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en
fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y
de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría
impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero
es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática
comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un
Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto
no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la
única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país
y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en
particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por
las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de
dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por
definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo,
por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja
ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la
democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de
ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas,
los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y
no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos,
de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos
y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se
van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del
poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que
convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de
la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en
el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las
de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las
galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos
a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo
nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato
definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza
hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no
estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces,
entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge,
antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate
mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre
la intervención de los ciudadanos en la vida política y social,
sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y
financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega
la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia
digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o,
hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la
componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de
quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un
instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir
una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar.
Oigámosla, por favor.
Fecha de referencia: 20-05-
2002
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