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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Alejandro Ascanio[1]
Mérida (Venezuela), febrero de 2002
En lo alto del páramo, entre potreros, trigales y roca, muros
pardo-amarillos se levantan como parte esencial del paisaje y
muestran con su piel desnuda la innegable nobleza del sistema
constructivo que alguna vez les dio vida: la tapia.
En su mayoría estas edificaciones rondan la centuria de
existencia y aún hoy constituyen la principal morada de los
habitantes de la zona. A sus 67 años de edad, José Eulogio
Sánchez, quizás el último constructor tradicional de Mitibibó,
un poblado rural de los alrededores de Mucuchíes, estado de
Mérida, no escatima esfuerzos para explicar los detalles
constructivos de la tapia: «Venga por aquí, aquí está lo que se
llamó antes la hoja del tapial (...) y estos palos cuadrados se
llamaron agujas». De su hablar llama la atención el uso del
pasado como tiempo verbal imperante. A su juicio la tapia es un
arte olvidado.
En Gavidia, Rómulo Moreno, gran conocedor de la arquitectura
vernácula, explica que cuando salió el bloque de cemento la gente
empezó a usarlos porque veían que era más rápido construir con
ellos y porque «no había quien los concientizara [sic] para
conservar lo tradicional». Sin embargo, aún cuando muchos creen
que la disciplina del tapiado se ha perdido, los lugareños
reconocen hoy las virtudes de la tierra como material
constructivo; y nuevas experiencias, algunas de carácter
particular, otras con enfoque sustentable, empiezan a gestarse
para mostrar que ésta, hoy por hoy, es una tradición que se
mantiene viva.
La tapia es uno de los tantos sistemas tradicionales de
construcción con tierra cruda que el hombre inventó desde tiempos
ancestrales. Se le dice tierra cruda porque ésta no sufre los
procesos de cocción por los que pasan otros materiales como, por
ejemplo, la arcilla cuando se hacen los ladrillos. A diferencia
del bahareque, la tapia no utiliza estructura de horcones y palos
de madera, sino que es la misma tierra, la que se va apisonando
dentro de las formaletas u «hojas del tapial», la que sostiene
el peso de la casa.
Fue introducida en Venezuela por los españoles en tiempos de la
colonia y aún cuando las edificaciones de mayor jerarquía
(eclesiásticas y gubernamentales) fueron construidas con esta
técnica en casi todo el país, puede decirse que sólo en la región
andina la tapia llegó a difundirse con tanta aceptación a nivel
popular.
Es tal su resistencia y durabilidad que todavía hoy abundan por
doquier los muros de tierra apisonada. En las zonas más urbanas
suele esconderse tras revestimientos inadecuados de cemento, los
cuales se adhieren con dificultad a la tierra. Pero en las áreas
rurales la tapia se muestra a sí misma, sin frisos ni cubiertas,
como la gran vencedora de esa larga batalla que le ha tocado
librar contra el viento y la humedad. Jimmy Alcock, uno de los
grandes maestros de la arquitectura contemporánea venezolana,
explica que basta con aplicarles una «pinturita» de cal. «Es que
si la frisas la matas, yo en mi casa no quise ni poner cuadros».
Alcock restauró y posee desde hace diez años una de las antiguas
casas del páramo, pero más allá de los acabados o de esa
«sensación única» que sólo se logra con los 50cm de grosor de la
tapia, el creador de Parque Cristal (entre otros orgullos de la
ciudad capitalina) cataloga a la arquitectura popular andina
como «la mejor que hay en Venezuela»
«Ningún arquitecto puede competir con eso, por más genio que sea
(...) Esas son las obras más bellas que hay en el país, yo te
digo, sus espacios son tan buenos, sus techos son tan buenos que
no hay nada que hacer. La mía yo no la toqué nada, sólo le
perforé algunas ventanas y le hice baños y piso y estoy seguro
de que no me equivoqué (...) Si tú vas a Mucuchíes, ahí ves casas
que van de una calle a otra con un desnivel de hasta dos pisos
y tú ves cómo esa gente maneja los niveles, cómo va la casa
adaptándose al terreno que es una lección de arquitectura muy
grande.»
Sin embargo, para Alcock la restauración de su casa no fue tan
sencilla. Debió reconstruir en su totalidad uno de los muros y
colocar nuevamente el techo y diez años atrás conseguir al
personal cualificado para ello era en extremo difícil.
Hoy, hallar constructores de tapia sigue siendo un reto pero no
tanto como antes. Esto se debe en gran medida a la actividad
turística que se desarrolla en la región. Cada vez son más los
cafés y posadas que ofrecen lo tradicional como atractivo
principal para captar la atención del visitante. Y en ese afán,
de ser auténticos y no quedarse en la apariencia, la tapia se ha
vuelto a erigir en diversos sitios como Jají o Tabay. Pero quizás
las experiencias más representativas son las de Los Aleros y La
Venezuela de Antier donde se han levantado caseríos completos de
pura tapia. En ellos los constructores Emiro Moreno y su hermano
Luis prácticamente aprendieron la técnica sobre la marcha ya que
nunca hubo nadie que les enseñara sus secretos.
Así mismo, es importante mencionar otras experiencias que, aún
estando relacionadas con el recurso tierra, han tenido su origen
entre las paredes de un laboratorio. En la Universidad de Los
Andes (ULA), profesores como Juan Borges y Gerardo Lengo han
dedicado gran parte de sus vidas al estudio y reivindicación de
la tierra como material constructivo. Según Borges se trata de
hacer justicia con un material que ha sido olvidado. «Es natural,
lo tenemos ahí, más del 40% de la población mundial vive en casas
de tierra y en países como India o Perú se llega al 70%.
Entonces, ¿cómo es posible que encontremos tantas privaciones
para trabajar con ella?»
El principal objetivo de estos profesionales es el desarrollo y
transferencia de tecnologías que puedan estar al alcance de la
gente. Se trata de optimizar las técnicas tradicionales, obtener
mejores resultados con menos material, en menos tiempo y con
mayor seguridad, para que así éstas puedan ser competitivas
frente a los materiales convencionales y disminuir la gran
dependencia que la industria crea hacia ellos. Luego de
importantes experiencias desarrolladas a nivel popular, el equipo
de Borges del departamento de Vivienda Rural de la ULA se enfoca
en lograr la autosustentablilidad en una comunidad de El Vigía.
Para ello tienen planeado transferir tecnologías alternativas
como biodigestores, los cuales sirven para tratar las aguas
residuales al mismo tiempo que generan biogás útil para el
consumo doméstico. Dentro los procesos constructivos tienen
pensado implementar varias tecnologías, entre ellas está por
supuesto, la de los «muros monolíticos de 30 y 40cm de grosor»,
o sea, la tapia mejorada.
«Para hacer modificaciones tecnológicas tenemos que volver a los
orígenes -comenta Borges- Con la tapia te encuentras con un molde
muy sencillo que permite un desmonte muy rápido, pero cuando
construyes por bloques (cada tapial equivale a un bloque) las
características de resistencia te pueden variar de uno a otro
porque los contenidos de humedad pueden variar en el suelo que
usas. Entonces para lograr una mezcla homogénea puedes hacer que
el encofrado cubra todo el largo de la pared. (...) Otro tema es
el de la compactación, yo diseñé unos pisones de superficies
irregulares para generar una compactación efectiva y al mismo
tiempo lograr bajorrelieves, así facilitas la adherencia de las
capas superiores.»
Borges agrega que también hay que usar estabilizadores, hacer
pruebas con distintos productos, cal, cemento, sábila e incluso
químicos. «Siempre hay que hacer pruebas», comenta enfáticamente,
pero a su parecer lo más delicado es lograr la transferencia
tecnológica. Se debe hacer un manual donde estén todos los
aspectos técnicos bien explicados y al mismo tiempo debe ser de
fácil entendimiento. «El gran problema con la autoconstrucción
es que la gente no ve todo el proceso tecnológico que hay detrás
de ella, ni toma en cuenta que hay que reeducar a las personas
(...) luego una casa se cae por ahí porque no se hizo según las
especificaciones y todo el trabajo de uno, un trabajo de años,
se ve afectado».
Aún hoy en día si uno se interna en algunos de los poblados más
distantes o de difícil acceso, podrá hallar algunos eslabones
intactos de esa cadena que va de generación en generación
preservando los secretos de la tapia. Por lo menos así lo dan a
entender los miembros de la familia Peña mientras propinan los
últimos toques a la ampliación que hacen a su casa en las
cercanías del pueblo Los Nevados. «Antes de la cal le echas otra
capa de bosta con paja y barro, bien cernida y después a la cal
le pones tuna bien picadita y la dejas descansar cuatro días. Así
queda bien buena, así es como siempre se ha hecho» cuenta José
Peña.
Pero más allá de las condiciones geográficas, seguir la tradición
en Los Nevados es una decisión asumida por la comunidad. Santos
Dugarte, quien trabajó en la construcción de la escuela municipal
del pueblo, comenta que ésta se hizo completamente de tapia
porque así lo decidió la gente y concluye con la reflexión de que
si se tiene todo lo necesario a la mano, entonces «¿Para qué
ponerse a inventar?»
El retorno a lo natural y con ello a las tradiciones es para
muchos el último reducto que le queda al hombre moderno para
alcanzar su redención aquí en la tierra. Pero, paradójicamente,
quizás el repunte de la tapia como tradición local se deba en
parte al llamado proceso de globalización. Hoy por hoy, cualquier
actividad turística debe estar en sintonía con dicho fenómeno
para subsistir y las tecnologías «apropiadas» o sustentables se
difunden con rapidez por la aldea global. Desde luego que
«transculturación» e «imposición» también pueden ser las caras
de este polifacético proceso, pero quizás lo mejor es entender
y aceptar su naturaleza dual, quizás en los andes venezolanos ya
lo están entendiendo así y ahora aplican su máxima: «Piensa
globalmente, actúa localmente».
Fecha de referencia: 15-07-2002
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