| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/arjil.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Entendemos como modelo de conocimiento una descripción
estructurada de un objeto de análisis. Estructurada implica que
existe un orden que preside el modo en que se articula la
descripción.
La toma de decisión supone la utilización de estructuras o
modelos cognitivos que sirven para definir sus problemas,
objetivos, y en ocasiones sus estrategias y modos específicos de
operar.
Es difícil imaginar la formulación de una política sin un
instrumento de análisis del objeto de decisión, al menos como
soporte discursivo de la misma. Más aún, el papel del modelo de
conocimiento es tan determinante que es lo que define en última
instancia el problema de política, el cual carece de una entidad
objetiva fuera del modelo cognitivo que le da vida
[Subirats, 1994]
Todo proceso de formulación de políticas públicas pasa por un
ciclo que de acuerdo a la literatura sobre teoría de la decisión
[Hoogerwerf, 1993][Woorderhaven, 1993][Subirats, 1994] se
puede componer a grandes rasgos de: identificación de problemas,
formulación de políticas, decisión, implementación y finalmente
evaluación. El modelo de conocimiento juega un papel fundamental
a la hora de develar la naturaleza del problema de política, es
decir, de determinar el diagnóstico y a partir de allí,
influencia notablemente el resto del proceso, pues constituye el
referente con respecto al cual se medirán los objetivos, las
soluciones propuestas, y los resultados.
Esta representación del proceso de decisión es conscientemente
convencional y pretende únicamente definir la importancia del
modelo de conocimiento del objeto de decisión en ese proceso.
Ahora bien, la teoría de la decisión ha demostrado en muchos
sentidos que los procesos de decisión distan mucho del modelo
racional sustantivo que aquí se ha esbozado de manera simple
[Etzioni, 1967][Lindblom, 1959]. Sin embargo, incluso asumiendo
las críticas más radicales al modelo de decisión racional
sustantivo, como aquellas en que se considera que el proceso de
decisión no posee ninguna de las características de racionalidad
que tradicionalmente se le han imputado [March y Olsen, 1976],
o bien cuando se entiende que éste es el resultado de un proceso
de decisión en redes que difícilmente es asimilable a la
racionalidad sustantiva convencional [Fisher y Forester, 1999],
es igualmente necesario que los actores cuenten con un discurso
estructurado que permita la comunicación para la decisión. En ese
contexto situado en las antípodas del modelo racional sustantivo
los modelos de conocimiento aquí referidos pueden ser entendidos
como tales discursos articulados, siendo su relevancia igualmente
significativa que en el supuesto modelo racional de decisión.
Esto no quiere decir que el modelo cognitivo suplante la decisión
política, ni que elimine tales factores, sino que, en primer
término, determina el conocimiento que informa la decisión.
Distintos modelos darán como resultado distintas políticas.
Además, distintos modelos supondrán distintos procesos de
decisión e institucionalidades de decisión distintas.
Por ejemplo, un problema específico, como el de construir un
puente para salvar un río, hoy en día puede ser reducido, en
tanto problema de conocimiento, casi íntegramente a un modelo de
conocimiento científico u objetivo, gracias a la ingeniería y a
las ciencias en que ésta se apoya. Esto hace que la decisión
pública esté informada por un modelo que puede describir
objetivamente el problema así como el efecto de cada una de las
alternativas para solucionarlo.
Es decir, la predicción de cada detalle de las posibles
alternativas de puente antes de que éste sea construido será
probablemente cierta en cuasi un cien por cien, amen de que se
sigan las instrucciones constructivas que los expertos han
determinado.
Gracias a que el modelo cognitivo puede circunscribir la decisión
a un conjunto "objetivamente" fundado de soluciones, el proceso
de decisión subsecuente queda a su vez circunscrito a una
operación cuasi automática de elección de la alternativa que
mejor cumple con una serie de criterios de decisión. Es decir,
la certidumbre propia del modelo impone un cierto tipo de proceso
de decisión y acorde a ello una institucionalidad coherente con
el mismo.
Ésta es sin duda, la situación más favorable para quien toma las
decisiones. En primer lugar, porque la acción pública se
fundamenta en un grado de certidumbre del que no dispondría si
no estuviese basado en un modelo de causalidad objetiva. En
segundo lugar, porque le permite un margen de discrecionalidad
basado en la "supuesta" objetividad del análisis objetivo. Y en
tercer lugar, porque limita su ámbito de responsabilidad a la
hora de tomar decisiones.
Sin embargo, la eficacia del modelo determinista viene
determinada por el tipo de problema de política, o por el tipo
de problema de conocimiento del que ésta debe dar cuenta. Por
ejemplo, si el problema de construir un puente se trasforma en
el problema de construir un puente para mejorar la capilaridad
entre dos zonas transfronterizas, entonces, ya será muy difícil
encontrar una disciplina científica que pueda orientar con la
misma certeza la acción pública. La economía podría decir algo,
y más en particular su rama de la economía regional. La geografía
económica también puede ser de ayuda, o la ordenación del
territorio, que más que una disciplina científica es una
especialización para distintos perfiles profesionales. Todas
ellas ayudarán a tomar una decisión más informada, pero en ningún
caso pueden otorgar certidumbre científica ni al diagnóstico, ni
al conjunto de soluciones posibles. Al carecer de un modelo
científico que dé cuenta del problema la incertidumbre empapa la
propia definición del problema, empapa la definición de su estado
y, por supuesto, del conjunto de soluciones posibles. (¿Qué es
la tal capilaridad? ¿ Es un concepto económico, social,
territorial, o una mezcla de todos ellos? Y si es así ¿Qué es
eso? ¿Existe tan siquiera como problema pensable en términos
racionales?). Se presenta una incertidumbre estructural en el
lenguaje de Funtowicz [Funtowicz y Ravetz, 1993].
Es decir, se podrá llegar a establecer que la construcción del
puente mejora la capilaridad transfronterizas, pero será muy
difícil establecer siquiera el margen de probabilidad con que
esto pueda llegar a ocurrir. Esto supone que la decisión se basa
en un tipo de conocimiento que no elimina la posibilidad de que
el puente no llegue a mejorar para nada tal capilaridad.
El conocimiento que funda la decisión en temas ambientales rara
vez es de naturaleza determinista. Esto es bastante conocido
[Funtowicz y Ravetz, 1993][Funtowicz y Ravetz, 1994]. Esto
significa que los problemas de que debe dar cuenta la política
ambiental, desde los más globales, como son los de alcanzar una
senda de desarrollo sostenible, o dar solución al calentamiento
global, hasta los más específicos, como son definir una política
eficiente de descontaminación de un cauce de río, difícilmente
se pueden reducir al conocimiento de una disciplina científica
que permita delimitar relaciones causales objetivas en los cuales
fundar la acción pública.
La primera hipótesis que queremos presentar en este artículo es
que resulta posible identificar un modelo de conocimiento
específico para la formulación de los problemas ambientales. A
ese modelo lo denominamos modelo contingente de conocimiento.
Este modelo contingente ha surgido de forma espontánea en la
conceptualización de los problemas ambientales y en la práctica
de la decisión en materia ambiental, pero carece actualmente de
una fundamentación teórica adecuada. Se mire por donde se mire,
la decisión ambiental elabora modelos de conocimiento que no
pretenden estar fundamentados como totalidad en el conocimiento
científico. Es el caso, por ejemplo, de conceptos tales como el
de sustentabilidad, de impacto ambiental, de indicador ambiental,
de contabilidad ambiental, de capital natural, y un largo
etcétera, que responden a una descripción estrictamente
heurística del objeto de política antes que a una descripción
científico-objetiva del mismo. Es el caso, igualmente, de
propuestas más estructuradas de toma decisión fundada en modelos
de este tipo [Dourojeanni, 1997].
La naturaleza epistemológica no-determinista de estos modelos no
se ha estudiado abiertamente. Esto puede responder a una razón
política que tiene que ver con la pérdida de legitimidad que
supone reconocer abiertamente que no se dispone del respaldo de
la objetividad que otorga un modelo determinista, así como con
las probables implicaciones que sobre el modelo decisional social
puede tener el reconocer esto.
Esa primera causa puede ser la explicación de una subsecuente
confusión epistemológica formal que es posible constatar. Dada
la compulsión social hacia el determinismo y la certidumbre
[Beck, 1998], estos esfuerzos no pueden plantearse otro objetivo
que no sea el elaborar un nuevo modelo determinista, siendo
incapaces de reconocer que la situación de llegada dista mucho
de ser el caso.
Se puede creer perfectamente que el concepto de capital natural
puede ser el correlato determinista del concepto de capital
propio de la teoría económica. Se puede creer que el concepto de
desarrollo sostenible tiene, o puede llegar a tener la misma
naturaleza epistemológico-determinista que los conceptos con los
que la teoría económica explica el crecimiento económico. Se
puede creer que el concepto de impacto ambiental por el sólo
hecho de designarlo como el predecible impacto futuro de una
acción humana, es efectivamente una predicción. Es decir, es
factible pensar que, dado el peso social que tiene el
conocimiento objetivo-científico-determinista como informador
privilegiado de la decisión pública, estos modelos heurísticos
se conciban a sí mismos como modelos deterministas, o tengan la
aspiración de serlo, aunque de facto no lo sean.
No obstante, la causa epistemológica de fondo que, se nos ocurre,
explica la ausencia de una revisión de la naturaleza
epistemológica de estos modelos es que en el marco del
conocimiento científico objetivo-analítico formal ellos no son
aprehensibles-comprehensibles. Es decir, que no es posible en ese
marco dotarlos de una sustantividad cognitiva más allá de
calificarlos como no verdaderos o no científicos.[1]
Esta incapacidad para dotar de contenido epistemológico a estos
modelos contingentes impide reconocer que se está dando lugar a
un modelo de conocimiento nuevo que tiene una entidad propia y
sustantiva, que es necesario dilucidar y profundizar, porque (y
esta es la hipótesis central de este trabajo) resultan eficientes
para abordar los problemas complejos que se plantean.
Esta tendencia hacia el enfoque heurístico de problemas de
política no es exclusiva de los temas ambientales. Aparecen de
hecho cada vez que los condicionantes epistemológicos señalados
anteriormente surgen al intentar responder una pregunta de
política. Ello ha dado lugar a una batería de instrumentos de
apoyo a la decisión orientados a gestionar procesos de
formulación de problemas y diagnósticos de naturaleza heurística.
Los sistemas expertos son una buena expresión de ello y han
alcanzado un grado significativo de estandarización y
sofisticación. Su aplicación al ámbito del medio ambiente es ya
bastante extendida [Geraghty, 1993][Shybula & Byer, 1991]. De
la misma forma lo que dentro de la evaluación de impacto
ambiental se ha denominado "adaptative management" es otro buen
ejemplo de modelos instrumentales heurísticos para abordar
problemas ambientales [Holling, 1978]. Otro caso de instrumento
útil a estas practicas son los métodos como el Delphy y otros que
sistematizan los procedimientos de incorporación de información
cualitativa en los modelos de conocimiento heurísticos. Una rama
muy desarrollada de este tipo de modelos es lo que se ha dado en
llamar "razonamiento basado en casos" que ha servido para la
generación de una larga lista de programas informáticos de
gestión de problemas "complejos" [Kolodner, 1993]. En economía
quien se ha preocupado de forma singular de ello ha sido H.
Simon, quien a partir de la comprensión del modelo de decisión
en organizaciones complejas desarrolló varios conceptos
fundamentales al respecto, como son los de comportamiento
administrativo, racionalidad limitada y procedimental,
dedicándose buena parte de su vida profesional a sistematizar la
aplicación de modelos heurísticos a la solución de problemas
económicos y de organización [Simon, 1976][Simon, 1992]. Más
recientemente en el campo de la administración de empresas se ha
desarrollado una corriente denominada Administración Basada en
la Evidencia, que intenta extrapolar el uso de modelos
heurísticos aplicados con éxito en la Medicina Basada en la
Evidencia a la administración de empresa [García del Junco y
Casanueva, 2000].
No obstante, ninguno de estos ejercicios ha reflexionado sobre
la naturaleza epistemológica del conocimiento a que daban lugar
sus prácticas, que es lo que nos interesa aquí. Al igual que los
conceptos-modelos ambientales mencionados anteriormente,
simplemente se concibieron como un instrumento para resolver un
problema especifico, que es, por otra parte, como normalmente
tiene lugar la producción de entidades nuevas.
Lo que nos proponemos a continuación es intentar dilucidar la
naturaleza epistemológica de estos modelos desde una óptica
sistémica. Desde allí será posible, por una parte, entender por
qué la formulación de problemas y políticas ambientales, o el
conocimiento para la acción en el ámbito de las relaciones
ambientales, requiere necesariamente de modelos cognitivos
heurístico-contingentes, para luego, por la otra, entender cuál
es su naturaleza epistemológica última.
En este trabajo pretendemos esbozar una fundamentación teórica
de estos modelos desde una óptica sistémica, que consideramos la
única posible para otorgarles status epistemológico. Al tratarse
de una exposición casi exclusivamente teórica no se pretende
analizar los modelos prácticos que se han identificado, sino
derivar teóricamente sus cualidades básicas. No obstante estos
se introducirán parcialmente a modo de ejemplo.
Antes de entrar directamente en esta materia es preciso realizar
una primera descripción del objeto de estudio que nos ocupa, los
modelos de conocimiento heurístico-contingentes. Para ello y a
modo de contraste se esbozarán primero las características
básicas del modelo determinista-predictivo.
Entenderemos como conocimiento determinista todo conocimiento
basado en la identificación de regularidades objetivas que
determinan el comportamiento del objeto que se describe, lo que
hace posible, en un rango de probabilidades establecido, predecir
o determinar el comportamiento de tal objeto en circunstancias
precisas. El conocimiento científico es sin duda su expresión
máxima y la física su paradigma [Atlan, 1991][Capra, 1999]
[Morin, 1993][Wilson, 1999]. El reduccionismo analítico, y la
idea dominante de que es posible entender/explicar la realidad
mediante la descomposición y análisis de las partes que la
componen constituyen su método de investigación. La disyunción
sujeto cognoscente - objeto conocido que presupone el
conocimiento científico garantiza su independencia de la
subjetividad del sujeto que lo formula; asegura, por tanto, su
replicabilidad en similares condiciones, es decir, su
objetividad.
El conocimiento "objetivo" permite que cualquier problema que
pueda ser formulado en sus términos tenga una solución única. Es
decir, tendrá una solución determinada, de ahí el adjetivo de
determinista. Si como se señaló anteriormente el problema es la
construcción de un puente, el subproblema del cálculo de sus
estructuras, para unas características dadas del mismo, tiene una
solución única porque puede ser estrictamente descrito en el
marco de una disciplina específica de las ciencias de la
ingeniería, cual es el cálculo de estructuras. Para ese puente
no hay dos estructuras posibles, sino sólo una, por tanto la
solución del problema está determinada.
La predictibilidad de los hechos derivados del análisis
científico-determinista es una de sus características más
significativas. Es decir, permite predecir, en un margen de
probabilidades definido, la capacidad máxima de carga del puente
antes de haberlo construido.
El programa racionalista, que con Wilson o Cini se puede
coincidir en que es el programa de la
[Ilustración, 1999][Cini, 1992], es por naturaleza el programa
de la predicción, el programa del conocimiento representacional,
del conocimiento objetivo del mundo que está ahí afuera, a partir
del cual extirpar los demonios del azar, del devenir incontrolado
y caprichoso al que ha estado sometido el hombre a través de su
historia. Es en definitiva el programa epistemológico que sitúa
al hombre en el universo de lo predecible, de la acción
planificada, cierta.
El determinismo que asegura el conocimiento científico sitúa al
quehacer que de él se deriva en la predicción, en el universo de
la planificación como práctica decisional. La sola posibilidad
del determinismo aboca, a la búsqueda de una decisión cierta en
cuanto a sus efectos.
La disyunción sujeto-objeto que supone este conocimiento le da
acceso a entenderse como la representación de una entidad externa
al sujeto cognoscente. Y esto le ha conferido un estatus social
muy relevante.
No obstante, el verdadero potencial de convicción del modelo
científico- determinista es su exitosa capacidad de manipulación
de entidades "reales". Es la exitosa capacidad de la ciencia
moderna de predecir con precisión los artefactos que produce la
que le otorga el estatus de representatividad de lo real que ésta
se adjudica. El hilo argumental representacional que se deriva
de ese éxito es como sigue. Si la ciencia de los materiales no
fuese una representación verdadera de lo que esos materiales son,
entonces, no poseería la capacidad que tiene para determinar con
exactitud la combinación de éstos elementos físicos que son
necesarias para que el artefacto puente soporte una carga
determinada. Si no fuese una representación de lo que esos
materiales o realidades son, no podría manipularlas con tal
exactitud. Como la ciencia moderna lleva a cabo una manipulación
cuasi perfecta en un sinnúmero de áreas de la vida, ergo el saber
científico constituye una representación de la realidad.
Otra versión de esta argumentación apriorística, que no
demostrada, de la naturaleza representacional de la ciencia es
la que expone Cini, que dice en suma que si ésta no fuese en
última instancia una representación del mundo exterior - aunque
reconoce que una construida - la especie humana hubiese
desaparecido hace tiempo, dando por supuesto que no es factible
la existencia sin representación [Cini, 1994].
Toda vez que, hoy en día, desde el advenimiento del
revolucionario libro de Kuhn La historia de las revoluciones
científicas [Kuhn, 1962], el carácter representacional del
conocimiento científico está crecientemente en duda en el ámbito
de la filosofía de la ciencia
[Capra, 1999][Rorty, 1989][Atlan, 1991], la cuestión
epistemológica a explicar es cómo puede tener lugar la predicción
artefactual exitosa, es decir, la manipulación, sin
representación del mundo exterior; cómo tiene lugar el fenómeno
del diseño artefactual exitoso sin representacionalidad del mundo
exterior. Que es otra forma de preguntarse cómo puede tener lugar
la existencia sin representación.
Probablemente la clave esté en entender que aquello que un diseño
artefactual exitoso revela de relación con lo "real" o con el
ecosistema del sujeto es un acoplamiento estructural [Maturana
y Varela, 1990] exitoso con ese medio. Acoplamiento que tiene,
desde la perspectiva del medio, el carácter de una manipulación
para los fines del sujeto, en el sentido de finalización del
medio, artificialización, de antropización ecológica.
Lo que un acoplamiento estructural revela como conocimiento es
la capacidad para poner en función de los fines del sistema
determinadas propiedades de un nicho ecológico. Es decir, en
tanto conocimiento lo que devela es la funcionalidad de ese
nicho-objeto con respecto a las necesidades de supervivencia del
sistema-sujeto, pero no necesariamente lo que ese nicho es fuera
de esa relación funcional, ni una representación del mismo. Se
trata de un conocimiento relacional, no del de un objeto. Se
trata de la delimitación de un mundo de posibilidad de relaciones
entre un sistema-objeto y un sistema-sujeto que le caracteriza.
El conocimiento científico constituye un instrumento particular
en el proceso de acoplamiento estructural de nuestra sociedad
moderna con su entorno. Y lo que tiene de particular con respecto
a otros conocimientos es que facilita la funcionalización de ese
nicho desde sus sistemas-estructuras más elementales a partir del
reduccionismo analítico.
El conocimiento que facilitó la utilización de una piedra en
épocas prehistóricas como herramienta funcional a los propósitos
humanos, es de la misma forma un conocimiento que facilita un
acoplamiento artefactual exitoso, pues permitió que su uso
incrementara notablemente la productividad de las actividades que
el hombre realizaba. Desde el punto de vista de saber
funcionalizar las propiedades de un sistema-objeto (la piedra)
para los fines de un sistema-sujeto (el hombre), el conocimiento
que permite la utilización de una piedra no se distingue para
nada de cualquier conocimiento producido en un laboratorio y que
facilita acoplamientos artefactuales exitosos. Y ninguno de los
dos presuponen como conocimiento la representación de eso que es
funcionalizado, sino tan sólo la capacidad de funcionalizar
determinadas propiedades del sistema-objeto, en el caso de la
piedra, funcionalizar su resistencia para unos fines específicos,
como lo es el desestructurar otro material.
Lo que los distingue es que en el caso del conocimiento
prehistórico esa funcionalización se lleva a cabo a partir del
sistema-objeto como totalidad (emergencia). Por el contrario, la
ciencia facilita una funcionalización que se fundamenta en la
manipulación de los subsistemas que dan lugar al sistema objeto,
es decir, se fundamenta en su desestructuración como sistema. En
el caso de la piedra prehistórica la desestructuración tiene
lugar como efecto de su manipulación, en el caso científico la
desestructuración noológica del sistema-objeto es precondición
de la misma. Es ello lo que facilita su desestructuración
material a niveles de emergencia inferior, al nivel de los
subsistemas que la componen.
El paradigma reduccionista según el cual el todo es la suma de
sus partes elementales y su análisis lleva al conocimiento de
éste, ha servido de acicate ideológico para el programa
analítico-reduccionista, mediante el cual esa segmentación de la
realidad se ha llevado a cabo. No obstante (y a pesar de que ha
sido tremendamente útil para asegurar un acoplamiento artefactual
exitoso a partir de esas pequeñas partes o sistemas en que la
ciencia iba descomponiendo la realidad, generalizando la
antropización del entorno) el reduccionismo analítico no puede
llevar al conocimiento del todo porque éste es justamente más que
la suma de las partes y ciertamente más complejo [Capra, 1999].
Ambos casos de manipulación o de acoplamiento estructural, tanto
aquel que permite el conocimiento prehistórico como aquel que
facilita el saber científico, generan una modificación en "lo
real" que necesariamente afecta a la deriva natural de los
sistemas afectados [Maturana y Varela, 1990]. Esto no puede ser
de otro modo. La gran diferencia es que el conocimiento
científico al autoproclamarse como representación y no como
funcionalización de "lo real", pretende ser capaz de predecir,
y controlar tal deriva, cuando lo único que predice y controla
es el acoplamiento artefactual que facilita.
El gran dilema actual radica en que, por un lado, el conocimiento
científico asegura un exitoso acoplamiento artefactual con
nuestro entorno, que necesariamente provoca su desestructuración
masiva, y, por el otro, la ciencia, como modo privilegiado de
conocimiento en la sociedad actual, no es capaz de constituir un
programa cognitivo que permita entender ese fenómeno, pues esta
tarea le situaría en las antípodas de lo que ella es.
Lo que develan los actuales retos ambientales globales es que el
programa racional-determinista no podía dar lo que prometía. La
conciencia humana da muestras claras de necesitar otro programa
epistemológico. Ese programa epistemológico debe ser uno que
permita retomar, en un nivel superior de la evolución humana, la
gestión de la contingencia, opción vital que tantos éxitos ha
deparado a la especie desde que el homo erectus hizo su aparición
en las sabanas africanas hasta el día de hoy.
Los modelos contingentes son una forma de asumir ese vacío
epistemológico facilitando, a diferencia de una aproximación
analítico-reduccionista, un modelo de conocimiento que permita
tener en cuenta varios sistemas (producciones) a la vez, en vez
de reducir un sistema a una unidad básica [Jiliberto, 2001].
De la misma forma que en épocas pretéritas el hombre compensaba
la desestructuración del entorno con conocimientos espirituales
que le acercaban al problema de la globalidad, de lo holístico
de su existir y que tenia efectos práxicos muy específicos, hoy
día se requiere de modelos de conocimientos, que sin ser
espirituales, sino racionalmente determinados - que es lo que se
intenta hacer aquí- permitan tener en cuenta la latencia general
del macrosistema en el que vivimos, sin pretender obviamente que
predigan los efectos de nuestros actos, que serán siempre
impredecibles, pero que nos mantengan en contacto con ese hecho
global de manera práctica.
Entendemos por modelo heurístico-contingente de conocimiento una
representación sistemática de un objeto analítico a partir de su
conocimiento factual o experiencial y que es efectivo en términos
práxicos, es decir, útil para la acción. En este sentido el
modelo heurístico es antinómico del racional-científico, pues no
responde necesariamente a las reglas de la lógica aristotélica,
ni científico-racional, ni a una aproximación
analítica-reduccionista en todos sus términos.
En la formulación de un modelo contingente se pueden combinar
lenguajes de diverso tipo, desde el lenguaje natural al
científico, sin que ninguno de ellos tenga preeminencia sobre el
otro.
Sin embargo, los modelos contingentes implican necesariamente una
explicación causal de su objeto. La delimitación de un orden
causal es condición sine quanon para que ellos sean útiles a la
decisión y la acción que de ella se deriva. Sin embargo, la
causalidad que los sustenta carece de "objetividad" científica.
Dada la naturaleza no "objetiva" de la causalidad heurística,
estos modelos carecen de capacidad predictiva de los actos que
informan.
La incapacidad predictiva que tienen los modelos heurísticos
sitúan al quehacer que de él se deriva en la contingencia, en el
universo de la gestión del aquí y del ahora.
Los instrumentos para gestionar la contingencia no están
constituidos, como pudiese parecer a los ojos de un
racionalista-reduccionista convencido, por los restos del cajón
de sastre del conocimiento analítico-científico. Es decir, no es
lo que queda después de intentar la opción determinista. Al
contrario ésta requiere un conocimiento de una naturaleza
epistemológica propia y sustantiva, distinta de aquel que cree
que el mundo es predecible y los actos humanos planificables.
Dado que postulamos que los modelos heurísticos aplicados al
medio ambiente representan en buena medida una aproximación a
tales instrumentos cognitivos, es que se propone denominarlos
contingentes, pues su función práxica, que es lo que consideramos
determina la naturaleza última del conocimiento, es la gestión
de la contingencia.
Los modelos de conocimiento contingentes pueden ser entendidos
en primera instancia como la antípoda del modelo
racional-determinista. Y esa primera aproximación es útil, pero
válida únicamente en el marco del modelo racional objetivo antes
descrito. Sin embargo, los modelos heurístico-contingentes pueden
ser entendidos no como una antípoda, sino como otra cosa a costa
de intentar entenderlos desde una óptica sistémica. Buena parte
de lo que viene a continuación es un intento de realizar una
lectura sistémica de estos modelos, por lo que la visión
antitética respecto del modelo científico formal, dada hasta
aquí, resulta válida únicamente como descripción inicial del
objeto de nuestro estudio.
Para dar un paso siguiente en la definición de los modelos lo más
práctico es describir uno de ellos, que es lo que se hace a
continuación.
El modelo que se presenta a continuación constituye un marco de
referencia internacionalmente muy conocido para la estructuración
de sistemas de indicadores ambientales y es un muy buen ejemplo
de lo que aquí se consideran modelos de conocimiento
heurístico-contingentes. Su utilización se halla tan extendida
que se puede encontrar en la mayoría de los anuarios de medio
ambiente de los países desarrollados y en muchos de aquellos que
producen los organismos internacionales (UN, OCDE, EEA). Es
decir, cuenta con un arraigado consenso como modelo de
representación del objeto que describen.
Se trata de un modelo sencillo de explicación de las relaciones
del hombre y su entorno que actualmente es aplicado en esta forma
específica que se muestra a continuación por la Agencia Europea
de Medio Ambiente en la definición de indicadores ambientales
[EEA, 1998]. Este modelo, conocido como DPSIR (siglas
correspondientes a Driving forces-Pressure-State-Impact-
Response; Fuerzas motrices-Presión-Estado-Impacto-Respuesta),
cuyo esquema básico se muestra en la Figura N. 1, e inspirado en
el modelo de la OCDE [OCDE, 1994] conocido como PSR (acrónimo
de Pressure-State-Response) considera que determinadas tendencias
sectoriales (fuerzas motrices o driving forces) son responsables
de las presiones que, a su vez, alteran el estado del medio
ambiente. La sociedad interviene para intentar revertir el estado
derivado del efecto de estas presiones adoptando medidas
(respuestas) que pueden actuar sobre cualquiera de los tres
ámbitos anteriores: sobre los problemas (estado) o sobre sus
causas directas (presiones) o indirectas (tendencias sectoriales
o fuerzas motrices). Estas medidas pueden ser, en cualquiera de
estos ámbitos, de tipo corrector, mitigador o compensatorio.
Figura N. 1. Modelo DSPIR
[pic]
Fuente: Elaboración propia basada en EUROSTAT
Aunque inicialmente el modelo DPSIR ha sido producido por un
debate entre científicos y expertos en indicadores con el objeto
de servir de marco para la presentación de una información
ambiental sintética, éste debe ser entendido como un modelo de
conocimiento que describe el problema propio de la política
ambiental que son las relaciones entre sociedad y ambiente.
Incluso en términos formales se considera que el modelo describe
una "cadena causal", que podríamos adjetivar como de la política
ambiental [EEA, 1998].
Para entender el modelo DPSIR es necesario explicar primero su
naturaleza como marco de referencia para el desarrollo de
indicadores ambientales que es para lo que ha sido concebido.
Toda vez que los indicadores constituyen un conjunto de
parámetros que transmiten un mensaje de síntesis sobre un
fenómeno ambiental a estudiar sin pretender una descripción
científicamente razonada del mismo, sino una que favorezca la
comunicación, se hace necesaria la existencia de un marco de
interpretación de los mismos. El papel de este marco es orientar
la lectura del parámetro utilizado como indicador, otorgarle una
interpretación más allá de su significado inmediato y evidente.
El marco, entonces, pasa a ser el portador de la lógica de
aquello que se quiere describir con el sistema de indicadores.
Inicialmente la lógica que se utilizó para estos efectos, y que
es la más extendida, fue la del modelo Presión-Estado-Respuesta
(PSR, de las siglas en ingles de Pressure, State, Response)
[OCDE, 1994]. Posteriormente se consideró que la lógica de la
que interesaba dar cuenta y que era útil a la política ambiental,
constaba de dos momentos más, el de la Fuerza Motriz (driving
force) y el del Impacto. Ese paso se dio porque fue rápidamente
evidente que las presiones eran originadas a su vez por algo de
lo que también había que dar cuenta si se quería tener una
perspectiva global, que incluyera todo el espectro de causas.
Pero, además, se fue consciente de que entre el estado y la
respuesta de la sociedad a ese estado mediaba algo, el impacto.
Este es el eslabón que existe entre la variación del estado y las
medidas que se toman, porque son los impactos los que las
desatan.
Este modelo resume muy bien las características genéricas del
modelo heurístico descritas en el capítulo anterior. Se trata de
una descripción fundamentada en la experiencia de un objeto de
análisis específico, que no es otro que el de la política
ambiental. Su descripción comporta la definición de elementos
componentes del objeto-sistema y de sus relaciones causales de
dependencia. Habiendo participación del lenguaje científico en
tal descripción, no es éste el único ni el dominante.
Las reglas descriptivas impiden toda posibilidad de comprobar la
consistencia lógica de las mismas, ni menos someterlas a un
examen de "objetividad". La única consistencia lógica que se
requiere es la semántica en el sentido mas lato del término.
Es decir, el lenguaje descriptivo del modelo imposibilita que
ninguna de sus determinaciones pueda ser sometida a un análisis
de veracidad científica. Siguiendo a Popper, se podría decir que
la aseveración de que las Fuerzas Motrices generan las Presiones
Ambientales es por principio un aserto no falsable. Es decir, no
existe modo posible de demostrar que es falso, en primer lugar,
porque el propio concepto de presión ambiental es indefinible
analíticamente, y sólo es operativo en el margen de ambigüedad
propia del lenguaje natural. La validez cognitiva de esa
determinación se deriva únicamente de que se trata de una
conjetura plausible y aceptada como tal por un conjunto amplio
de pares.
La necesidad de contar con sistemas de información que sean
capaces de sintetizar un gran cúmulo de información es la causa
de la existencia formal de sistemas de indicadores ambientales.
Lo que intentaremos responder a continuación es por qué la
descripción causal que sustenta este modelo y otros modelos
ambientales es necesariamente heurístico- contingente.
La mayoría de los modelos herístico-contingentes[2], tanto el
DPSIR, como el de desarrollo sostenible (Informe Brundland), de
capital natural [Ahmad y otros, 1989][Hinterberger y
otros, 1997] o el de impacto ambiental, constituyen
representaciones de problemas que en primera instancia aparecen
como problemas complejos. Describir el equilibrio sostenible
entre desarrollo humano y ecosistema constituye a todas vistas
una tarea conceptual compleja. Lo mismo se puede decir de la
descripción a escala social de la cadena causal completa que une
desde la fuerza motriz social de las presiones al medio hasta la
respuesta social que éstas desencadena, como pretende el modelo
DPSIR.
Lo mismo se puede argumentar en el caso del concepto de impacto
ambiental de proyectos. Es evidentemente difícil predecir los
efectos que tendrá sobre el medio ambiente un proyecto durante
su vida útil. Y la dificultad de esta tarea es tan evidente que
la propia definición del concepto de impacto, como la diferencia
del estado del medio con o sin proyecto
[Gómez, 1992][Glasson, 1999], limita la predicción del impacto
del proyecto a un balance entre dos escenarios, y no exige una
explicación de cómo objetiva y causalmente se puede entender que
ese proyecto generará tal impacto.[3]
En todos estos casos resulta evidente que no hay descripción
causal-objetiva posible de las relaciones que comprende el
problema analítico. Es decir no hay descripción posible que pueda
ser entendida en un sentido causal-objetivo determinista.
Esto se debe sin duda a que las preguntas que motivan esas
descripciones están formuladas en un lenguaje que imposibilita
una descripción que se limite a una única disciplina científica,
donde podría tener lugar una descripción causal-objetiva. Es esta
irreductibilidad de las preguntas a una disciplina específica lo
que hace de ellas entidades cognitivas complejas, [Funtowicz y
Ravetz, 1993] pues se carece de lenguaje consistente para
formularlas.
El problema del desarrollo sustentable no es, por ejemplo,
soluble en términos deterministas, como así se ha demostrado,
exclusivamente al interior de la economía, disciplina que por su
naturaleza podría estar abocada a tal cosa. Los ámbitos que el
propio problema supone hacen esto imposible, a riesgo de perder
parte de su sustantividad [Funtowicz y Ravetz, 1993][Martínez
Allier J., Munda G. y O'Neil J., 1998][Jiliberto, 2001].
No se trata de discutir, ni la propiedad de la pregunta, ni la
posibilidad de hallar alguna forma de hacerla operativa de forma
heurística, como tan profusamente se ha hecho en los últimos
años, sino simplemente de constatar que no se puede representar
en el marco lógico racional que caracteriza las disciplinas
científicas.
El problema, formulado en lenguaje natural, de encontrar la
velocidad de un cuerpo en movimiento en un punto de su recorrido
se puede expresar perfectamente mediante el lenguaje del álgebra
diferencial, diciendo que se trata de encontrar el valor de la
primera derivada de la función que describe tal movimiento en el
punto en cuestión, habiendo además para cada una de las tareas
que esto supone un lenguaje instrumental específico. Así
cualquier problema expresado en lenguaje natural que se pueda
traducir/reducir a algún lenguaje científico particular, será más
o menos difícil de resolver, pero será formulable en ese lenguaje
y en esa medida resoluble. De lo contrario el propio problema,
formulado en lenguaje natural, será difícilmente formalizable en
términos compatibles con los principios básicos de la lógica
racional para poder avanzar en su solución.
La causa que, en primera instancia, explica la aparición de
modelos heurístico-contingentes es la aparición de problemas
descritos en lenguaje natural que no son traducibles al de una
disciplina científica específica, a riesgo de perder parte de su
sustantividad.
El tipo de problemas que supone la crisis ambiental enfrenta al
problema de tener que hallar un lenguaje en el cual describir "lo
real" no como una entidad reducible a unidades elementales, sino
como lo contrario, es decir, constituido por el relacionarse de
entidades irreductibles. Es decir que lo que la crisis ambiental
pone encima de la mesa es la necesidad de describir los problemas
como problemas de sistemas, en sistemas.
El único lenguaje capaz de llevar a cabo esta tarea es el
lenguaje sistémico, porque entiende que el mundo, "lo real", esta
compuesto por un continuum incesante de sistemas [Morins, 1993]
[Capra, 1999] formados por subsistemas y a la vez irreductibles
a los mismos.
¿Qué es un lenguaje sistémico? Un lenguaje sistémico es un
lenguaje que permite describir un problema, una realidad, como
producida por el relacionarse de unos elementos que juntos
generan una unidad superior organizada. Esto resulta
aparentemente tautológico, pues supone que el lenguaje sistémico
es aquel que emerge de una descripción no reduccionista. Sin
embargo, esto se comprende bien si se entiende que un lenguaje
cualquiera, también el científico, no es más que el vehículo de
descripción del modo de entender un problema. Entendimiento que
a su vez presupone un lenguaje. No es baladí que Maturana
sostenga que somos en el lenguaje [Maturana y Varela, 1990].
Entender el lenguaje sistémico supone, entonces, tener que
entender qué es una descripción sistémica, la que a su vez sólo
es comprensible desde el papel de esa descripción en la práxis
sistémica.
Las descripciones, el conocimiento cualquiera que sea, en un
contexto sistémico, tiene como fin facilitar/articular algún tipo
de recursividad sistémica.
Un sistema constituye un automatismo basado en la recursividad
que asegura la permanente autoproducción de sus componentes. En
esas condiciones y siempre que halla energía disponible, el
sistema pervivirá en los diferentes estados de equilibrio que sus
interacciones determinen.
Es decir, la función de la descripción sistémica es vehiculizar
el acoplamiento estructural entre el sistema y su ecosistema y
así permitirle perseverar en su ontogénesis o deriva natural
[Maturana y Varela, 1990].
¿Cuál es la naturaleza de esa descripción, de ese conocimiento?
Los sistemas no están sujetos como entidades "reales", a ninguna
identidad trascendente, son en cada momento del espacio y del
tiempo algo distinto. Los sistemas, a diferencia de los objetos,
que están abocados a la teoría y la predicción, están abocados
a la experiencia y a la contingencia. El ser de los sistemas es
justamente la contingencia. Toda historia posible de los sistemas
termina en el evento y no queda más rastro: no hay historia.
En principio, entonces, la descripción sistémica y el lenguaje
que la hace posible se sitúa en las antípodas del lenguaje y la
descripción científica, pues, si todo vivir es evenencial y toda
oportunidad es irrepetible, ¿qué sentido tiene desarrollar
sistemas teóricos para afrontar situaciones futuras, qué sentido
tiene elaborar un conocimiento teórico (determinista) sobre
aquello que constituye el ecosistema si tal ecosistema no es
nunca el mismo, (porque en una deriva entrópica y sistémica nunca
un ecosistema es el mismo)?
Lo que se sostiene aquí, y que se ha desarrollado con detalle en
otro artículo, es que las descripciones científico-analíticas no
constituyen en ningún sentido la estructura sobre la cual se deba
articular una descripción sistémica [Jiliberto, 2001].
Una aproximación de sistema significa apostar por una descripción
de lo real, donde lo que prima es la descripción del relacionarse
de los elementos que dan lugar al sistema como algo que sólo
existe y es en el fluir de ese relacionarse, y no como entidad
dotada de propiedades analíticamente descriptibles de forma
aislada, que es lo que hacen las disciplinas científicas al uso
[Cini, 1994]. Por lo tanto, en el análisis sistémico no tienen
cabida, no existen, las entidades objetuales que son el eje del
conocimiento científico disciplinario.
Los sistemas elaboran descripciones que les permitan gestionar
la contingencia. Desde este punto de vista el sujeto-sistema,
como supuestas entidades "reales", no realiza en ningún caso
descripción lógico-analítica alguna de su ecosistema-objeto. Con
esto se quiere decir, que los sistemas per se no pueden ser
objetos de una teorización que responda a todos los cánones de
la lógica identitaria con que funciona el conocimiento científico
convencional; de respeto de los principios de no-contradicción,
de causalidad "objetiva", que se derivan de la utilización
estricta de un sólo lenguaje (o lo que es igual, de la
comprensión del mundo como constituido por objetos). En última
instancia los ecosistemas no son reductibles a conceptos. Ni un
sistema requiere reducir su ecosistema a un modelo teórico.[4]
No hay un modelo lógico para determinar el contenido de la
descripción sistémica, de lo que debe contener y de lo que no,
de las relaciones que debe incluir y de las que no, de las
fronteras que debe trazar y de las que no debe trazar. No hay un
modelo lógico para determinar tampoco los mecanismos de recursión
como tales, de cómo deben estar configurados y de cómo no, de
cómo deben proceder y de cómo no deben proceder.
Pero cuando se dice que no hay modo lógico no significa que si
lo hubiese sería mejor. Se trata simplemente de que no
corresponde a una aproximación sistémica (lógica sistémica)
hallar un modo lógico de determinar tales cosas. Hallarlo
constituiría justamente abandonar el reto de tratar el problema
en cuestión como compuesto de elementos irreductibles los unos
a los otros. Sería pretender justamente creer que se está
tratando con objetos (sistema cerrado) y no con sistemas.
La única prescripción posible para una descripción sistémica, la
única determinación válida desde una teoría de sistemas, es que
se debe corresponder genuinamente a lo que los componentes del
sistema entienden, o perciben que es su ecosistema.[5]
Por lo tanto, y en principio, la descripción de lo que un
sistema, y sobre todo en este caso lo que una sociedad entiende
por su vivir sistémico puede realizarse en el lenguaje natural,
o sobre la base de una combinación a-lógica de lenguajes. La
descripción del sistema debe guiarse por la lógica de la
experiencia y de la contingencia en el marco societal de que se
trate, democrático racional si lo es, patriarcal tradicional,
autoritario irracional, o cualquier otro.
El lenguaje científico, como el resto de lenguajes, puede estar
entre los elementos de esa descripción, pero no puede ser el eje
en torno a la cual gire la misma, ni establecer los modos de su
determinación, porque, como se dijo anteriormente, éste no habla
de sistemas sino de objetos. Aquí el lenguaje científico tiene
la misma naturaleza que cualquiera otra voz del lenguaje natural.
Desde esta perspectiva los modelos heurístico-contingentes
constituyen descripciones sistémicas, es decir, descripciones de
problemas que surgen en realidades entendidas como constituidas
por sistemas irreductibles a un solo lenguaje. Constituyen así
una genuina descripción del modo en que hoy en día la Sociedad
desea formularse esos problemas, como constituidos por entidades
no reductibles las unas a las otras.
La descripción de un problema en un modelo contingente[6], como el
que se ha analizado, es realizada por un sujeto. En el marco de
una ontología sistémica ese sujeto es también un sistema
constituido por un número incontable de subsistemas y a la vez
integrado a otros ecosistemas. Por tanto, ese sujeto que describe
no posee una identidad objetual, no puede definirse como una
entidad separada del continuum sistémico. Este no puede definirse
como una entidad separada teniendo un problema que le ocasiona
un entorno/situación determinada. Lo que se describe, entonces,
no puede traducirse en una disyunción sujeto-objeto, que es el
modelo descriptivo tradicional en el marco del conocimiento
racional-analítico.
Por el contrario, en una situación de decisión estándar la
descripción del problema sobre el que se desea actuar y el sujeto
que actúa se hallan separados. Hay un distanciamiento entre
objeto y sujeto que determina además todo el modelo de decisión.
Así, por ejemplo, el sujeto de la política, que puede ser o bien
un gobierno, o la acción de un gobierno colegiada con la
participación pública, actúa sobre un objeto de política, como
puede ser la actividad industrial, o la economía, o la
conservación de la naturaleza. En ese modelo el objeto de
política es descrito independientemente del sujeto. Es decir, los
espacios naturales como entidades independientes son descritas
"objetivamente " utilizando el instrumental científico
disponible. Y como tal descripción "objetiva" se transforman en
el objeto sobre el cual la política, - que es el instrumento que
utiliza el sujeto-, pretende actuar.
El problema u objeto de política está allí "objetivamente"
separado del actor público o de la sociedad. Del diagnóstico del
objeto de política se derivan de forma cuasi inmediata (de forma
determinista) las opciones de política que el político y/o la
sociedad se encargan de dirimir.
En este contexto hay que señalar que, además, el conocimiento
tiene una entidad autónoma con respecto de la acción que se
desencadena. Esta no lo determina en ningún sentido. Siguiendo
el ejemplo utilizado del puente, se puede afirmar que su
estructura futura ya está contenida, predicha, en el análisis de
estructura. El conocimiento no requiere la acción para
finalizarse. Por tanto, conocimiento y acción no ínteractúan y
son autónomos.
En los modelos contingentes como el modelo DPSIR, por el
contrario, la descripción incorpora substantivamente a los
agentes que actúan sobre él, a la sociedad.
En el caso del DPSIR el modelo refleja la descripción
no-objetivable de la percepción que tiene la sociedad, en un
momento dado, de los sistemas y relaciones que entran en juego
al tomar decisiones ambientales. Es la antípoda de una pura
descripción "objetiva" de un problema ambiental como la
contaminación de suelos. Y se procede así, porque se entiende que
el problema de política está constituido por sistemas, elementos,
irreductibles entre sí. Y al dar ese paso disuelve la separación
sujeto -objeto pues se involucra necesariamente en la
descripción.
Esto es evidente no solo por la incorporación de las R, de
respuestas, que representan la proacción del sujeto sobre el
objeto, sino porque el propio modelo explicativo-causal que
supone el modelo DPSIR no responde más que a la percepción, si
se quiere subjetiva, del sujeto del problema al que se enfrenta,
como su problema, que dijimos consistía en el problema de
formular la política. Al tratarse de su descripción
implícitamente el sujeto está inmerso en la misma. Por esta
razón, en el modelo DPSIR todas sus connotaciones están
antropizadas.
Esto da lugar necesariamente a una descripción distinta. Y la
distinción radica en que ésta carece de determinación, es decir,
no provee por sí sola una guía para la acción, como se verá en
el capítulo siguiente.
En los modelos como el DPSIR la sociedad no está nunca fuera de
lo que se describe. La consecuencia de esto es que el modelo no
puede prescribir las acciones opcionales con que el sujeto cuenta
para que el objeto se amolde a lo que él desea. En el caso de una
descripción que incluye a la sociedad, ésta no puede actuar sobre
la sociedad. No puede saltar fuera de sí misma y obligarse a
hacer algo.
Si lo que está descrito en un modelo DPSIR como objeto de la
política, incluye al sujeto, ya no hay objeto explícito sobre el
que actuar, no existe. Esta característica determina su potencial
práxico, pues en la medida que el modelo diluye la posibilidad
de acción sobre un objeto específico, elimina su capacidad de
resolución de problemas. Es decir, no constituye para nada un
instrumento capaz de ofrecer guías para la acción.
Las medidas que se pueden adoptar relativas al problema
sustantivo que originan la descripción y que se hallan
incorporadas al DPSIR (en las Rs) forman parte de la descripción
de la realidad del objeto de política, están autocontenidas, no
se derivan de un diagnóstico exógeno. Son posibilidades de hacer
contenidas en la descripción, que se van construyendo y
articulando en la medida que el propio modelo, como modelo de
conocimiento, se va desarrollando.
Estas medidas sustantivas no deben ser entendidas en el modelo
DPSIR como soluciones a problemas sino como otra de las
producciones del sistema.
Al decir que son producciones del sistema significa que éstas no
tienen otra connotación más que representar las "acciones"
proactivas que el sistema de toma de decisión en materia
ambiental considera. En términos estrictos no se puede decir que
sean soluciones a nada, pues lo único que describe el modelo es
el de cómo formular una política en un contexto sistémico. Y la
solución a eso es el propio modelo, todos los elementos del
modelo, incluida las acciones sustantivas, por ejemplo a una
cuestión específica como la cuestión de calidad de las aguas, no
son más que aspectos descriptivos del problema.
Ahora bien, como ya se ha visto, el modelo contingente no produce
una solución. Producir en el sentido de que la diferencial de una
función sí produce la solución al problema de hallar la velocidad
en un punto del recorrido de un cuerpo.
La descripción de un problema mediante un modelo contingente no
supondrá en ningún caso la producción de una solución
determinada. Por muchos esfuerzos que se realicen por
conceptualizar el desarrollo sostenible nunca se producirá una
solución al problema de la sostenibilidad, entendida ésta como
el punto de equilibrio en el cual todas las variables que se
hallan incorporado al modelo (económicas, naturales, sociales,
etcétera) encuentran un estado que asegura la máxima
sostenibilidad a largo plazo en el marco de unas restricciones
dadas [Köhn, 1998]. A diferencia de los modelos deterministas,
el efecto práxico del modelo contingente no está contenido en sí
mismo.
La decisión o recursión sistémica que se deriva de la descripción
contingente es responsabilidad de los mecanismos de decisión del
sistema, cae fuera de la descripción. Esto obliga a que el
sistema-sujeto realice una lectura del modelo de cara a tomar una
decisión.
Si entendemos que el conocimiento es eficiente sólo en la medida
que funge en el proceso de acoplamiento estructural, entonces,
entenderemos que el saber contenido en los modelos heurísticos
deviene conocimiento en el momento que el sujeto-sistema toma una
decisión utilizándolo como base informacional.
De esta forma, las descripciones sistémicas al hacerse práxicas
devienen conocimiento sin tener que pasar por la disyunción
sujeto-objeto que viabiliza el determinismo y que permite que la
naturaleza cognitiva de sus descripciones esté contenida en ellas
mismas.
La naturaleza cognitiva del cálculo de estructuras del puente que
se mencionó anteriormente está inmersa en sí misma porque
constituye una solución determinada, una orientación precisa para
el hacer. La acción ya está contenida, predicha en el
conocimiento. Ese determinismo práxico es lo que le otorga el
status epistemológico dominante que posee.
En el caso de las descripciones contingentes-sistémicas el
conocimiento no se constituye en una entidad autónoma y
distinguible del sistema del cual emerge como es el caso del
conocimiento determinista-racional y cuya expresión más visible
es la ciencia. En la aproximación contingente, como se ha querido
demostrar, conocimiento y sistema constituyen un todo
estrechamente imbricado.
El sujeto-sistema integra los datos contenidos en el modelo
contingente y les da un contenido decisional, deriva con ellos
una decisión. Allí se cierra el circulo del conocer que inauguran
los modelos contingentes. Lo que permite tal integración es la
experiencia del sujeto-sistema. De la misma forma que fue esa
experiencia la que permitió estructurar el modelo.
La opción de desarrollo que pueda surgir de un modelo contingente
de desarrollo sostenible no estará contenida nunca en esa
descripción, no podrá ser nunca predicha por tales modelos, sino
que será el resultado de su integración-práxica en los mecanismos
decisionales económico-sociales de nuestras Sociedades.
La naturaleza epistemológica de los modelos contingentes supone
de hecho que no existe un patrón determinado para su
delimitación. Es decir, no hay delimitación apriorística posible
de cómo deben ser para poder arribar un día al estatus de
conocimiento.
La legitimidad del modelo contingente que pretenda describir la
sostenibilidad no vendrá dada por el cumplimiento de ninguna
norma de racionalidad, porque ya se ha señalado que no hay cómo
construir tal modelo racional, sino única y exclusivamente porque
ha sido capaz de reflejar lo que esa sociedad quiere entender por
tal cosa. Esto significa que tales modelos no pueden ser
entidades elaboradas en laboratorios intelectuales, sino que se
deben desarrollar en un proceso de abajo arriba, que le permita
responder genuinamente al marco social en los cuales deben
funcionar.
De la misma forma, las decisiones que se funden en modelos
contingentes no estarán legitimadas por tales modelos, porque
ellos no proveen soluciones determinadas, sino por un proceso de
decisión que las legitima.
Los modelos contingentes suponen entonces no sólo un nuevo modo
de conocer, sino también una nueva práctica decisional. En la
medida que el modelo no provee soluciones, la decisión recupera
toda su integridad pues en ella recae toda la responsabilidad de
la elección, y no en un supuesto análisis objetivo.
La aceptación de modelos contingentes como base para la decisión
supone, además, una institucionalidad capaz de gestionar la
decisión contingente, pues como se ha querido señalar aquí los
modelos contingentes no viven en el horizonte de la
planificación, sino en el de la contingencia. En este sentido,
las decisiones no constituyen hitos históricos que solucionan
históricamente problemas, sino que se trata de recursiones
evenenciales que sólo aseguran que habrá nuevas eventualidades
que enfrentar y a las cuales hacer frente.
¿Si los modelos contingentes no proveen soluciones determinadas
a los problemas sustantivos que los originan, y se fundamentan
en una descripción no objetiva de la "realidad", en qué medida
pueden ser concebidas como conocimiento? ¿Qué tipo de
conocimiento son?
En el marco racional-analítico convencional se entiende que
conocimiento es aquello que constituye una representación cierta
de la realidad, cuya certidumbre nos permite adaptarnos
exitosamente a ella [Rorty, 1989][Cini, 1994][Capa, 1999].
Estos supuestos implican necesariamente los otros de disyunción
sujeto-objeto, el de respeto de los principios de la lógica
aristotélica, y un largo etcétera, que ya se dijo no se
corresponde con una descripción sistémica. Por tanto, la entidad
cognitiva de los modelos contingentes no se puede derivar de un
patrón epistemológico representacional. En el modelo
epistemológico representacional los modelos
heurístico-contingentes son no-conocimiento.
Ahora bien, el modelo epistemológico representacional se basa en
una ontología objetual, es decir, una que entiende que lo real
está constituido por objetos. Por tanto, lo que ella entiende por
conocimiento es aquello que es capaz de describir exitosamente
objetos. Y que es útil para desenvolverse en un mundo como
constituido exclusivamente por objetos. Los modelos contingentes
no pueden entenderse fuera del contexto contingente, o práxico.
Los modelos contingentes son conocimiento en la medida que
permitan constituir una recursión sistémica, alumbrar una
respuesta del sistema a un estado. Son eficientes como
conocimiento en tanto son eficientes en la práxis del sistema que
les da lugar.
Los modelos contingentes constituyen un conocimiento
orgánicamente ligado a la acción, a la práxis, pero a una práxis
contingente. Es decir son conocimientos que tienen una validez
evenencial, no universal, están íntimamente ligados a la práxis
sistémica en un evento especifico. En este contexto evento no
significa necesariamente instante, las dimensiones temporales de
los eventos dependen de las escalas que sean necesarias para
entenderlos. Evenencial se entiende en este contexto como aquello
que es único e irrepetible. [7]
Entonces, el éxito de un modelo contingente se mide por su
capacidad para articular una recursión, no por el supuesto éxito
de la misma. En el modelo representacional el conocimiento se
considera exitoso si el resultado de la acción que él informa
coincide con la predicción realizada. En este sentido el
conocimiento puede ser cierto o estar errado. En el modelo
contingente el conocimiento puede ser útil o no serlo, pero
errado no.
Es así, entonces, como los modelos contingentes, como el DPSIR,
u otros, describen siempre un problema enmarcado en un contexto
decisional. Es decir, problemas cuya descripción es relevante
para tomar decisiones y actuar en consecuencia. Todos ellos
presentan muy claramente este nexo entre descripción y acción.
Esto denota claramente la cualidad de los modelos contingentes;
constituyen instrumentos cognitivos para la acción, para desatar
una recursión del sistema a un estado presente, contingente.
Esta aproximación al conocimiento que suponen los modelos
contingentes se aproxima mucho al concepto de cognición como
acción corporeizada o enacción de una realidad. Como señala
Varela, "..la cognición en su sentido más abarcador consiste en
la enacción de un mundo -en hacer emerger un mundo- mediante una
historia viable de acoplamiento estructural" [Varela y
otros, 1997]. El conocimiento no se entiende como algo distinto
de la senda posible de la deriva natural del sistema. Es lo que
surge de mundo, es el mundo que el sistema hace emerger - el que
enactua- en el devenir que le supone hallar la senda posible de
su deriva natural, que es aquella que perpetúa su acoplamiento
estructural con el medio y así su existencia (ontogenia).
El conocimiento no constituye una representación, sino que es
aquella descripción que surge de esa navegación azarosa que
supone un acoplamiento estructural guiado perceptualmente. Es la
posibilidad de acción guiada, o de proceso de acoplamiento
estructural guiado,- que en Varela se refiere a acción guiada
perceptualmente a escala humana-, de donde surge esa emergencia
que llamamos conocimiento.
En ese contexto de acoplamiento estructural esa emergencia
llamada conocimiento constituye una enacción, no una
representación de mundo. Se enactúa aquello que surge en la
acción. Y este es el nexo que encontramos con los modelos
contingentes a escala social. Se trata igualmente de enacciones
práxicas, es decir, representaciones inmersas en ese devenir
evenencial que es la historia viable de acoplamiento estructural
de un sistema.
Los modelos contingentes son conocimiento en la medida que son
una enacción de mundo que surge en la definición exitosa de una
nueva curva en la deriva natural de este sistema llamado
sociedad.
Si en ellos no hay nada de representacional-objetivo, tampoco hay
nada de arbitrario, pues se trata de lo que en determinadas
circunstancias permite activar una respuesta vital.
Si bien los modelos contingentes no son racionales, la reflexión
sobre los mismos, que es lo que aquí se intenta hacer, puede
serlo.
El problema que presentan los modelos contingentes que se aplican
a la decisión en materia ambiental es justamente que, por
encubrir su naturaleza heurística, no se reflexiona sobre lo que
son y cómo deben ser para corresponderse mejor con su naturaleza
epistemológica. Esta tarea es lo que corresponde a lo que en otro
artículo se ha denominado economía ecosistémica. [8]
No es nuestra intención definir una hermenéutica para la
formulación de modelos contingentes. La descripción que se ha
llevado a cabo de su carácter puede ser suficiente para alumbrar
un método apropiado. Probablemente un estudio detallado de un
número de estos modelos pueda generar unas ciertas reglas útiles.
Esta es una tarea a realizar.
Por ahora lo que se pretende hacer es exponer un problema de
investigación tal cual inicialmente fue concebido, para a
continuación señalar sus debilidades metodológicas y proponer
como solución a las mismas la formulación de un modelo
contingente.[9]
La formulación inicial del programa de investigación
Un programa de investigación sobre aguas subterráneas se plantea
inicialmente el siguiente objetivo: estudiar de qué modo las
distintas formas colectivas de gestión (asociaciones de usuarios)
han contribuido a una gestión "social" del acuífero ( se entiende
por gestión "social" aquella que permite evitar o minimizar los
efectos negativos externos a la explotación) o bien se han
limitado a una gestión privada o colectiva de los propios
usuarios (en el sentido de búsqueda exclusiva de ganancias
individuales o colectivas).
La amplia casuística de modalidades de gestión de acuíferos
existentes en España requiere que la investigación se limite al
análisis de determinados casos representativos que permitan
profundizar los conocimientos disponibles. Este análisis debe
partir de las formas colectivas de gestión existentes y
legalmente aceptadas. Se tiene como base la legislación vigente
en materia de aguas, así como toda otra legislación relevante
como puede ser la fiscal o agraria. La hipótesis de partida es
que las asociaciones de usuarios juegan un papel clave en la
gestión de los recursos.
No es el objetivo de la investigación definir el marco
institucional adecuado para la gestión de las aguas subterráneas,
pero sí quizá intentar identificar las claves de una estructura
institucional eficaz donde los usuarios jueguen un papel activo
y relevante en coordinación con la administración competente.[10]
En síntesis, el programa de investigación consiste en investigar
de qué modo las distintas formas colectivas de gestión han
contribuido a una gestión "social" del acuífero, con el objeto
de intentar identificar las claves de una estructura
institucional eficaz. Se diseñan para ello unos estudios que se
limitan a determinados casos representativos a pesar de la amplia
casuística que reina en esta área.
El problema epistemológico del planteamiento inicial
Lo que caracteriza epistemológicamente la propuesta es el intento
de delimitar analíticamente aquellos elementos institucionales
que determinan, en el sentido fuerte de condicionar, la modalidad
de gestión del recurso -haciendo que sea socialmente eficaz o
ineficaz- para, a partir de allí, derivar las pautas del buen
hacer. El resultado ideal de la investigación sería poder
delimitar claramente qué resulta útil para la eficacia en la
gestión social del recurso, para poder así incentivarlo. Se trata
de una aproximación basada en la búsqueda de una certeza
epistemológica que valide apriorísticamente la acción pública.
El problema epistemológico consiste en que la estrategia inicial
de investigación encubre un modelo cognitivo determinista, que
resulta inaplicable dada la pregunta base que la guía. La
carencia de un modelo teórico acabado relativo del problema que
trae a cuenta hace inviable esta aproximación determinista. El
cúmulo de variables de las que es preciso dar cuenta para poder
describir las relaciones entre los modelos de gestión de las
aguas subterráneas y la eficacia en el uso del agua hacen
imposible esta tarea.
Es decir, el riesgo no radica tanto en que un número limitado de
casos impidan extraer conclusiones generales, como en no saber
qué hacer, como significar en el marco
institucionalidad-eficacia, las variadas observaciones que se
derivan de ese número limitado o no tan limitado de estudios de
casos.
Lo que resulta necesario para complementar el análisis de caso
es definir un modelo de conocimiento que sea eficiente en el
contexto cognitivo en el que se encuentra esta investigación.
Esto obliga entonces a generar un modelo de conocimiento
contingente que permita integrar y hacer eficiente el
conocimiento existente sobre el objeto central de esta
investigación.
El modelo descriptivo contingente
Como se señaló, el modelo contingente es contextual en su
totalidad y es válido para una cuestión o problema delimitado.
Ese contexto lo ha definido el propio objetivo del programa de
investigación como el saber de "qué modo las distintas formas
colectivas de gestión han contribuido a una gestión 'social' del
acuífero o únicamente se han limitado a una gestión privada o
colectiva de los propios usuarios".
El problema es identificar un conjunto de factores y sus
relaciones que permitan entender en qué medida la gestión social
del acuífero depende de sus modos colectivos de gestión. O bien
identificar un conjunto de factores y sus relaciones que permitan
entender cómo la eficacia social de la gestión del recurso
depende del contexto institucional en que ésta se lleva a cabo.
Aunque pareciera, por su descripción, que del modelo que se
construya se derivaran pautas eficientes de acción, no es este
el caso. Es decir, se trata de representar (a partir del
conocimiento contingente disponible) cómo ambos sistemas, la
institucionalidad y la eficiencia, se hallan relacionados. Pero,
esto se hará de forma tal que no se pueden derivar de forma
automática (determinista) el sentido en que se deben mover los
factores del sistema para que la eficacia sea óptima. Los cursos
posibles de acción son un elemento más del modelo que no resultan
derivadas del sistema de relaciones representadas.
Es importante insistir en esto, porque el propio modelo al ser
una descripción (contingente, pero en última instancia una
descripción) de las relaciones de causalidad entre
institucionalidad y eficacia (o entre las variables que describen
cada una) en la gestión del recurso genera la ilusión de poder
derivar de forma automática lo que es bueno para que ésta ultima
mejorase o fuese óptima.
En todo caso el punto de partida del trabajo es la definición
precisa del problema que trae a cuenta la presente elaboración.
A continuación, es preciso aclarar cual es el modelo de
relaciones que describe mejor este problema. Por ejemplo, una
posibilidad de describir la relación causal entre la
institucionalidad y la eficacia es considerar que ésta resulta
producida sin mediación alguna por una serie de factores
singulares, como el marco legal, el grado de organización
colectiva, etc.
Otra alternativa es considerar que la eficacia se produce en
niveles explicativos sucesivos. Por ejemplo, unos factores
básicos, como factores físicos, marco jurídico, y rentabilidad
económica, determinan conjuntamente un factor, por ejemplo el
grado de asociacionismo, que es junto con otros factores
similares de segundo nivel los que determinan finalmente la
eficacia.
En este sentido la mejor solución es sin duda recurrir a modelos
causales heurísticos existentes y/o concensuados, como es el caso
del DPSIR, pues cuentan con una legitimidad de facto y
constituyen una síntesis de saber fáctico que constituye una
ayuda significativa en la definición del modelo.
Finalmente hay que definir el lugar de las opciones de política
o de los posibles cursos de acción en el modelo. En principio se
sostiene que estos son causalmente independientes de la
descripción básica del modelo. Es decir, que se deben considerar
teniendo el mismo peso cognitivo.
Los factores básicos del modelo y su cualificación
A partir de la definición precisa del problema se derivarán el
conjunto de elementos o subsistemas que permiten dar cuenta del
problema planteado. Inicialmente el propio documento de
investigación circunscribió tales elementos:
"Según los objetivos más arriba apuntados, proponemos hacer el
análisis a tres niveles: (a) legal, (b) organizativo, (c)
operativo. Y en particular:
Se trata de poder determinar de forma pragmática todos aquellos
factores que se consideran entran en juego a la hora de
determinar el problema que preocupa.
Una vez que se han determinado los factores relevantes es preciso
definir una serie de atributos que se consideran útiles a la hora
de definir el lugar de cada uno de estos factores en el modelo
explicativo.
Al respecto se puede señalar que parece necesario definir:
En este sentido es preciso definir los criterios para delimitar
este submódulo. Ahora sólo merece la pena señalar que este
submódulo debiera describir las alternativas de acción
disponibles, su grado de aplicación y experiencia acumulada, la
eficiencia que han demostrado, los factores del modelo a que
afectan, sus costes, etcétera. Es decir, una serie de
cualificadores como alternativas de política.
La construcción del modelo
El modelo tiene todas las características de un modelo
contingente de descripción de un problema de investigación, que
es a la vez un problema de política. Como se puede colegir no se
trata de un modelo teórico, ni de una simple síntesis de
aportaciones singulares. Se trata de un intento de construir un
modelo explicativo experiencial contingente, que de cuenta en
este momento de nuestro grado de conocimiento para la acción de
un problema específico que preocupa, y probablemente preocupa a
la sociedad.
Su construcción debiera ser, por tanto, consensuada hasta allí
donde fuese posible. Un modelo contingente puede ser válido para
un individuo, para una asociación de individuos, como para un
conjunto social amplio. El que sea aceptado por muchos no lo hace
más válido como conocimiento que el que sea aceptado por un
individuo solamente. Se trata únicamente que tenga la legitimidad
del conjunto de pares a los cuales puedan afectar las decisiones
que en él se fundamenten.
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Fecha de referencia: 15-3-2002
| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/arjil.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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