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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Joan Olmos [1]
Ingeniero de Caminos y profesor de Urbanismo de la Universidad
Politécnica de Valencia
Madrid (España), octubre de 2001
El automóvil ha supuesto, a lo largo del siglo XX, algo más que
una revolución en la manera de desplazarse. Ha modificado las
costumbres y ha cambiado radicalmente la forma y funcionamiento
de las ciudades. En los últimos cuarenta años, las ciudades
españolas se han esponjado y extendido, han consumido tanto
espacio como en toda su historia anterior, pasando de estructuras
compactas y eficientes a otras dispersas y antiecológicas. El
ferrocarril primero, y el automóvil después, han hecho posible
el crecimiento en extensión de las zonas urbanas.
En su funcionamiento, el principal cambio se opera en la calle:
de ser un espacio "multiusos" y público -encuentro, paseo,
fiesta, mercado, manifestación- ha pasado casi exclusivamente a
ser el espacio de la circulación y el aparcamiento. La
zonificación (separación de las funciones urbanas básicas, como
trabajo, vivienda, estudio) ha aumentado las necesidades de
desplazarse. Con la llegada de las máquinas a la ciudad, los
ciudadanos se convirtieron en peatones, y poco a poco, en una
especie urbana amenazada y en vías de extinción. Los sectores más
frágiles de la sociedad -personas mayores, niños, discapacitados-
han perdido en gran medida su autonomía de movimiento en la
ciudad, dependen de los demás para trasladarse o se han resignado
a permanecer "inmovilizados" en sus casas.
¿Y qué han hecho las políticas urbanas ante esta progresiva
invasión de máquinas? En lugar de prever sus efectos y adoptar
medidas correctoras, en la mayoría de nuestras ciudades la
respuesta ha consistido en facilitar esa invasión. Ampliando las
calzadas, reduciendo aceras, destruyendo bulevares y paseos,
eliminando arbolado, construyendo nuevos accesos, túneles y
rondas, el espacio de todos ha quedado desfigurado y monopolizado
por la minoría motorizada. Adaptando, en suma, nuestras ciudades
al automóvil, cuando lo racional habría sido justamente lo
contrario. Algunos efectos, como el ruido, los gases nocivos o
el aumento de las temperaturas, invaden la totalidad del hábitat
urbano, incluido el espacio edificado.
Y los costes de todo tipo (contaminación, deterioro económico de
los centros históricos) hace tiempo que superaron con creces el
límite de lo razonable. Las víctimas de los accidentes merecen,
a mi juicio, una consideración aparte y una reflexión que
prefiero no abordar en este escrito. Permítame tan sólo el lector
denunciar la tolerancia -social y gubernativa- frente a la
alarmante escalada de infracciones que se cometen y que se
amparan en una todavía más preocupante impunidad.
Hace casi cuarenta años, Colin Buchanann señalaba en Inglaterra
que la creación de más vías agravaría el problema de la
congestión de las ciudades, puesto que iba a funcionar -como de
hecho ha sucedido- como estímulo del tráfico privado y en
perjuicio del transporte colectivo, que inició, a partir de ese
momento, un declive imparable. Más tarde, diversas instituciones
internacionales han insistido en este principio y en la necesidad
de cambiar la tendencia.
Confundiendo los síntomas (congestión) con la enfermedad
(deterioro del hábitat urbano), los países desarrollados siguen
apostando, en general, por crear más espacio para los coches. Las
épocas de bonanza económica, con todas las desigualdades sociales
inherentes, estimulan el aumento de la motorización y el uso
indiscriminado de los coches. Algunos sectores sociales, no
demasiado boyantes, son capaces de prescindir de otros bienes
teóricamente prioritarios antes que renunciar a ampliar o renovar
el parque móvil familiar. Estímulos de todo tipo, e incluso
ayudas oficiales, no les faltan.
La posición oficial sobre la movilidad ha creado una serie de
falsos tópicos y recetas: que si las restricciones al tráfico
privado perjudican a sectores económicos de la ciudad,
especialmente al pequeño comercio, que si la gente "se nos
echaría encima si restringiéramos el uso del automóvil", que no
hay que poner trabas a la libertad de desplazarse... y en
definitiva, que los problemas del tráfico se solucionan con más
asfalto. Ahí tenemos, gobierno tras gobierno, nuevos planes
billonarios de infraestructuras, como si partiéramos siempre de
cero. Esta parálisis ideológica, con cierta complicidad social,
nos priva de recuperar, como en otras zonas de Europa, los
valores colectivos de la ciudad.
La alternativa a la ciudad de los coches no es la ciudad sin
coches, porque éstos han producido ya cambios irreversibles. Pero
este hecho no impide una racionalización a fondo de su uso. Más
del 30 por ciento de los desplazamientos urbanos en Europa son
de tamaño inferior a los tres kilómetros, así que no solo el
transporte colectivo, sino también la bicicleta y el caminar
pueden absorber una buena parte de los viajes motorizados sin que
se nos caigan los anillos de la modernidad.
Al mismo tiempo, creando proximidad en vez de lejanía, evitando
desplazamientos innecesarios y combinando inteligentemente los
diversos modos de transporte, se puede recuperar la calidad
ambiental y urbana de la calle.
Estas medidas, coherentemente ensambladas, han sido aplicadas
indistintamente por gobiernos conservadores y de izquierdas en
muchas ciudades europeas, y han conseguido una amplia aceptación
social. En algunos países, como Alemania, Holanda o Dinamarca,
se ha creado una nueva cultura de la movilidad.
En nuestro país, llevados por la "moda ecológica" muchos
municipios se han adherido a la Carta de Aalborg o a la
Declaración Europea de los derechos del peatón, aunque a diario
actúan al revés de lo que esos compromisos significan. El
catálogo de "Buenas Prácticas" en España es, por desgracia,
todavía muy reducido.
Seguir apostando por el modelo vigente, por mucha tecnología
punta que le añadamos, nos lleva a un callejón sin salida. Por
el contrario, recuperar el espacio público de nuestros barrios
supondría, como ha ocurrido en otros países, la revalorización
de la ciudad, su patrimonio, su comercio, y en definitiva, el
orgullo de sus habitantes por volver a ser, definitivamente,
ciudadanos.
Fecha de referencia: 18-03-2002
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