| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/aivel.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Isabel Velázquez Valoria[1]
Colectivo de Mujeres Urbanistas
Madrid (España), julio de 2000
La ciudad constituye el medio en el que vivimos una mayoría
creciente de personas. De manera sutil y continuada su diseño y
forma de funcionar afecta, más de lo que normalmente se percibe a
simple vista, a nuestra actividad y percepción cotidiana. El
espacio tiene esa peculiaridad de ser envolvente e inevitable, lo
que lo hace a veces invisible a nuestros ojos. Cuántas veces
discutiendo de estos temas, no aparece la extrañeza en nuestros
interlocutores al plantear que la construcción del espacio en
general no nos encamina, ni ha reflejado nunca algo más que la
estructura de poder que atenaza nuestra sociedad. Y en el interior
de esa red, la posición de las mujeres es coherente con lo poco
avanzado en la igualdad real. Bajo el camuflaje de la neutralidad,
el espacio urbano esconde unas reglas que corresponden exactamente
a la estructura de poderes y relaciones que rigen nuestra sociedad.
Comentamos que, aparentemente, la imagen del entorno urbano se
disfraza de una opaca neutralidad. En contados casos existen
prohibiciones de acceso a determinadas partes de la ciudad. Las
barreras invisibles, el control real de la ciudad es tan fuerte que
no necesita de barreras materiales. Los espacios que la mujer usa
efectivamente están bien delimitados en el mapa mental de casi
todas las ciudadanas, con especificidad de lugares y de tiempos. Si
hiciéramos un balance del espacio/tiempo útil, en oposición al
construido, de las zonas urbanas disponibles para aquellos que no
recurren a la violencia como modo de relación con sus semejantes
(en general las mujeres, los ancianos, niños o varones con algún
handicap), saldría a la luz la superposición de mapas diferentes
que definen el territorio de la ciudad. Cada mujer aprende desde la
infancia cuales son los lugares y los tiempos en que no puede hacer
uso de la ciudad. Algunos jueces se encargan de tiempo en tiempo,
en caso de duda, de puntualizar estos espacios prohibidos en las
sentencias inauditas que suelen brotar extemporáneamente, en medio
de la limada corrección política de nuestro lenguaje.
Las ciudades son el símbolo de la acción humana sobre el planeta:
en muchos casos testimonio de los mayores logros en cuanto a
creación de espacios, en otros muchos también el testimonio en
piedra de las diferencia, de la desigualdad, de las interrelaciones
que tejen nuestras vidas cotidianas. La ciudad es una amalgama de
espacios creados mediante alquimia política, económica y social de
sus habitantes, sobre la base de proyectos y planes elaborados por
técnicos y contados elementos en los que delegamos el poder de
decisión. El economista J.K. Galbraith describe nuestra sociedad
como una «tecnoestructura», una suerte de burocracia en la que el
control de la toma de decisiones pertenece a una casta de «técnicos
especializados».
En las últimas décadas, y sólo en ese tiempo, las mujeres hemos
conseguido nominalmente la posibilidad de ir y venir, más o menos
a nuestra voluntad por la ciudad. En tiempos anteriores, la
situación era peor: no existía legitimación social para el uso de
la calle por parte de mujeres, que no fueran «las mujeres de la
calle». La mujer estaba confinada en el espacio privado, del que
detentaba la responsabilidad pero no el control, al tiempo que el
espacio público le estaba vedado. El sitio de la mujer es el
hogar... El sitio del hombre puede estar en el espacio público y en
el privado: puede moverse libremente entre uno y otro y su
presencia en ambos espacios es pertinente. Incluso puede elegir qué
dedicación quiere destinar a su vida familiar o pública sin que
ninguna de las opciones sea catalogada como inadecuada o poco
edificante. La autonomía del hombre es subsidiaria del trabajo
oculto de quien se ocupa del espacio doméstico.
También hemos ido escalando las carreras que dan acceso al fáctotum
técnico con capacidad de decisión: ingenieras, urbanistas,
arquitectas. En las escuelas técnicas, la proporción de mujeres
estudiantes se acerca o incluso sobrepasa el 50%. En el mundo
laboral, esta proporción equilibrada desaparece de las cabeceras de
los estudios técnicos, en los premios de arquitectura o en los
puestos de responsabilidad donde se toman las decisiones. Algunos
autores achacan esta súbita desaparición al hecho de que las
mujeres, al emparejarse o casarse, pierden una parte importante de
su productividad, que se transfiere al varón, debido a la desigual
participación en la gestión de lo doméstico y de los hijos. Las
compañías de seguros avalan en sus valoraciones esta afirmación.
Por esta y otras razones, entre las cuales la barrera cultural que
se ha venido a llamar el «techo de cristal» no se puede desdeñar,
es una minoría de mujeres la que accede al sancta sanctorum de los
que realmente toman las decisiones. Y, cuando se logra traspasar la
puerta de este lugar sagrado, es al precio de despojarse de la
propia identidad como mujeres y sobre todo de renunciar a la
palabra, a la queja, de abdicar del feminismo como instrumento de
reivindicación.
Existe también, no lo vamos a negar, un cierto rechazo de los
puestos de responsabilidad que implican en nuestra sociedad un
fuerte empleo de tiempo, muchas veces de manera harto ineficaz. Las
mujeres copan los puestos más bajos del escalafón, se igualan en
las escalas medias para jóvenes sobre todo en las escalas técnicas
y desaparecen o se quedan en franca minoría en las gamas altas del
poder. La sociedad no ayuda a las mujeres a entrar en puestos de
responsabilidad. Tan importante como la voluntad individual es el
medio que realza o difumina las personalidades de los que se
encuentran inmersos en él.
Por tanto, podemos afirmar que la participación de las mujeres en
los puestos de responsabilidad respecto del diseño de la ciudad es
mínima, léase inexistente, al igual que en otros muchos ámbitos de
la vida política o empresarial. La reflexión sobre este tema no se
detiene sólo en constatar esta desigualdad, sino en analizar qué
implica en relación con el diseño de la ciudad y a comprender
cuales son las sutiles combinaciones que permiten descifrar que la
ciudad sea reflejo de valores más bien masculinos.
Por otra parte, la vida cotidiana de la mayoría de las mujeres
difiere mucho de la de los varones. Ello por una razón clara, la
responsabilidad de todo lo doméstico sigue recayendo en exclusiva
sobre sus hombros. Los hombres lentamente se van incorporando a
las tareas de conservación y mantenimiento del hogar, al cuidado de
hijos y mayores, pero siempre desde una actitud subsidiaria, de
ayuda a las tareas de la casa. El peso principal de este trabajo
continuo, invisible y poco valorado recae mayoritariamente sobre
las mujeres.
El tiempo de las mujeres está mucho más cargado de actividades que
el de sus compañeros. Las mujeres que trabajan deben organizar su
empleo del tiempo de forma mucho más compleja y precisa. En
palabras de Ivan Illich, deben asumir el ingente «trabajo fantasma»
que sostiene nuestra sociedad. La doble tarea de hacerse cargo del
trabajo oculto de mantenimiento de lo doméstico y, al tiempo,
tratar de abrirse paso en el mundo laboral convencional goza de
escaso reconocimiento financiero, social o familiar. Los salarios
femeninos siguen estando claramente por debajo de los de sus
colegas masculinos, los trabajos que se «feminizan», en los que las
mujeres van ocupando cuotas importantes de participación se
devalúan y las crisis personales fruto de esta situación
insostenible se achacan a deficiencias congénitas difícilmente
explicables. El difícil papel de responsable de la familia, y de
todo lo que no funciona en ella, ni siquiera está valorado
socialmente como debiera. Las mujeres siguen desempeñando una gran
parte de los trabajos asistenciales (cuidado de ancianos, de niños,
de personas discapacitadas, etc.), comunitarios y domésticos, y de
esta forma continúan colaborando (sin remuneración ninguna) al
funcionamiento sin problemas de la sociedad. El equilibrio que se
exige actualmente a la mujer es muy frágil y cualquier obstáculo se
suma a una serie de dificultades continuas.
La deriva del medio urbano en los últimos tiempos no contribuye a
facilitar la vida cotidiana de sus ciudadanos, pero en especial
contribuye a hacer más difícil esta vida especialmente compleja de
las mujeres en transición. El urbanismo de los últimos años se ha
basado en una serie de errores de base que, no por suficientemente
reconocidos por los círculos técnicos, dejan de ser las pautas de
diseño urbano en la actualidad, por mera inercia y porque se
adaptan muy bien a las expectativas económicas de la máquina
productiva. El primero es la división estricta de funciones que se
opone a la complejidad y mezcla de usos y personas característica
de la ciudad tradicional. En aras de solucionar problemas
higienistas y de contaminación industrial, la Carta de Atenas y Le
Corbusier, como origen del urbanismo moderno, proponen una ciudad
disgregada en la que las diversas funciones: trabajar, dormir,
comprar, divertirse, se realicen en zonas predeterminadas para ese
uso exclusivo. Es la ciudad de los polígonos (residencial,
industrial...) o de los hipermercados y centros de ocio en medio de
la no-ciudad. Esta división de las funciones que cotidianamente los
ciudadanos, y sobre todo las ciudadanas como hemos explicado,
tienen que simultanear, implica un enorme gasto de tiempo y energía
para desplazarse de una parte a otra de la ciudad. La ciudad se
muestra hostil a todos las personas frágiles o sobrecargadas: a los
que tienen alguna discapacidad o enfermedad, a los mayores, a los
niños y a las mujeres. Es decir, a la gran mayoría de los
ciudadanos.
Por otra parte, este modelo urbano se basa necesariamente en la
dependencia del coche privado y en fuertes inversiones en
carreteras e infraestructuras de transporte. El espacio público que
era la base de valores como la convivencia, esenciales para una
saludable vida urbana, se ha visto invadido por el automóvil y sus
consecuencias (ruido, contaminación, ocupación de espacio físico,
imagen de la ciudad...). Algunos autores consideran que el hecho de
destinar básicamente el sistema de calles y plazas a la circulación
rodada ha sido el error de fondo que ha dado lugar al declive
actual de nuestras ciudades.
Con respecto a las tareas aún asumidas por las mujeres en nuestra
sociedad (a falta de una estructura social más igualitaria en la
que no perdemos la esperanza), es difícil imaginar las dificultades
que entraña el arrastrar un carro de niño o de provisiones por una
ciudad pensada en el fondo para el coche, sobre todo cuando además
se tiene prisa o se está cansada, lo que no es una situación
excepcional en una vida sobrecargada. Para quien no está implicado
en estas situaciones reales, difícilmente puede considerar las
múltiples dificultades que implica una concepción errónea del
espacio. Que haya más mujeres en los puestos de decisión sobre los
espacios urbanos no garantiza el cambio de lógica respecto de la
ciudad, pero ayudará a comprender las necesidades que sus
compañeras deberían transmitirles.
Este modelo de ciudad necesita una cantidad creciente de tiempo y
energía para que los ciudadanos puedan realizar sus necesidades
básicas. Ya hemos comentado las disfunciones que genera en el
amplio sector de las mujeres. En otros sectores de la población, el
efecto también se produce. Los jóvenes cada vez se encierran más en
paraísos virtuales renunciando a su parte en el espacio común. Los
niños son expulsados del tejido urbano, junto con sus padres, en el
éxodo a la conurbación que empieza a estar indisolublemente ligado
al nacimiento de un niño para las capas de la población que se lo
pueden permitir.
La configuración urbana se adapta a las necesidades de un
ciudadano-tipo motorizado, independiente, totalmente capacitado,
con trabajo absorbente que constituye el eje de su vida. Se
planifican las infraestructuras o los trazados de los nuevos
barrios siempre priorizando los desplazamientos laborales sobre
cualquier otro uso. Primando las necesidades del coche sobre
cualquier otro modo de desplazarse. Considerando la necesidad
imperiosa de contar con comercios o centros de ocio con horarios
amplísimos y accesibles en vehículo privado. Es decir, un modelo de
ciudad adaptado a un modelo de vida específico que se acopla
difícilmente con las pautas de la vida cotidiana de la mayoría de
las mujeres.
La doble jornada de una mayoría de las mujeres se traduce en dobles
desplazamientos que menguan aún más el apretado tiempo vital de la
cotidianeidad para demasiadas mujeres urbanas. En este urbanismo de
polígonos destinados a un uso único (residenciales, comerciales, de
ocio...), el tiempo finito de las mujeres se acorta, al ser
invertido en horas de viaje para el desarrollo de las actividades
cotidianas. En conclusión, la ciudad está concebida y administrada
desde un orden que podemos definir como masculino.
¿Existe un urbanismo, una arquitectura, una calidad espacial, una
organización de la ciudad que sea específicamente femenina? Parece
que sí: los indicios provienen de dos fuentes de investigación. La
teoría desarrollada por las escasas mujeres que han intervenido en
la creación del «corpus teórico» del urbanismo y lo que podemos
deducir de los procesos en los que se abren los ojos y los oídos a
las mujeres en la ciudad. La participación de ciudadanos y
ciudadanas en la definición del modelo de ciudad en el que queremos
vivir es fundamental si queremos que se produzca el cambio de
valores imprescindible para cambiar las tendencias.
Entre las teóricas del urbanismo que nos han marcado el camino para
ver la ciudad desde un punto de vista diferente quiero destacar la
aportación de Jane Jacobs que ya en 1961 abre una línea muy crítica
contra la deriva que percibía en la ciudad: su libro «Muerte y vida
en las grandes ciudades» comienza con el siguiente párrafo :«Este
libro es un ataque contra las teorías más usuales sobre
urbanización y reconstrucción de ciudades. También es, y muy
principalmente, un intento de presentación de unos nuevos
principios de urbanización y reconstrucción de ciudades, diferentes
y aún opuestos a los que se viene enseñando en las escuelas de
arquitectura...».
Desde un análisis que se basa en las percepciones de la vida
cotidiana, «me referiré siempre a cosas reales, a ciudades reales
y a la vida real de las ciudades...», esta pensadora da la vuelta
a casi todo el cuerpo teórico asumido por el urbanismo de la época
para introducir de pleno conceptos que actualmente son la base de
los documentos más avanzados: la complejidad de la ciudad, las
posibilidades de comunicación entre los ciudadanos, el control
social no policial de la vida urbana, la regeneración de lo
existente, la vitalidad de la vida urbana, la proximidad. Incorpora
también a su análisis de la ciudad, basado en un trabajo de
participación con los ciudadanos y en la observación de la vida
real urbana, consideraciones económicas, sociales, incluso
antropológicas. Es decir, anticipa el método de abordar los
problemas de la ciudad que ahora definimos como enfoque integrado
de los vectores ambiental, social, económico y urbanístico en el
que tenemos puestas actualmente nuestras esperanzas para abordar
los complejos problemas urbanos.
Otras pensadoras nos han aportado visiones o propuestas en el mismo
sentido. Dolores Hayden aparece también en la década de los 70 con
una demoledora crítica al tejido de «suburbia» americano. Describe
cómo se va generando un espacio residencial que se convierte en
jaula de oro de las amas de casa recluidas tras la Segunda Guerra
Mundial tras disfrutar de un tiempo de protagonismo social en el
atípico periodo bélico. Sus críticas al modelo que invade nuestros
campos actualmente se plantean también con un componente de
complejidad pionero: desde consideraciones de impacto en la vida
cotidiana hasta valoraciones ambientales. En los últimos años, su
actividad se ha centrado en la recuperación de los espacios
simbólicos de la ciudad para la mujer, con métodos de creación de
redes de mujeres que participan con ella en la recuperación de
lugares simbólicos de la ciudad, espacios importantes para las
mujeres o para las clases no dominantes de la ciudad, etc.
Algunos ejemplos más han emprendido el trabajo de descifrar el
espacio desde este punto de vista oculto de las mujeres urbanas. No
muchos. Los estudios de la desigualdad centrados en el uso del
tiempo parecen más abordables y tienen mucha más tradición en el
campo de estudios de género.
Por otra parte, en las pocas ocasiones en que se invita a las
mujeres a participar como tales en procesos de participación en el
urbanismo, el discurso que emerge de su experiencia cotidiana tiene
mucho que ver con las aportaciones de estas pensadoras críticas.
Así cuando las mujeres tienen la oportunidad de participar
manifiestan de una forma clara y contundente cual es el modelo de
ciudad que prefieren.
A modo de ejemplo, quiero describir la experiencia de dos talleres
de participación realizados en Pamplona con el objetivo de
incorporar la visión específica de las mujeres al diseño de esta
ciudad «Pamplona con mirada de mujer» y «Las Mujeres seguimos el
Plan». Las mujeres quieren una ciudad segura, donde sea fácil la
convivencia, igualitaria, en la que los barrios se vayan
equilibrando, con dotaciones y comercios próximos a la vivienda,
estaciones céntricas, buen transporte público y con el Casco Viejo
revitalizado. Algunas de las propuestas concretas en transporte
público se han recogido en el Plan Comarcal de Transportes, en una
experiencia valorada como Mejor Práctica en el concurso de Naciones
Unidas sobre Buenas Prácticas Urbanas.
Igualmente en el Proyecto Mujer y Ciudad en la Comunidad de Madrid
realizado en 1995-1996 y promovido por la Coordinadora Española
para el Lobby Europeo de Mujeres en el que participaron varias
asociaciones de mujeres de diferentes núcleos y barrios de la
región madrileña, con el objetivo de introducir el análisis del
espacio cotidiano en dichos ámbitos para que las mujeres que día a
día habitan la ciudad lo redescubran y analicen, se priorizaron los
temas relacionados con la accesibilidad peatonal en las ciudades,
la adecuación del transporte público, las nuevas necesidades de las
viviendas o la mejora de los espacios públicos como lugar de
encuentro y socialización.
Existen otras experiencias[2], pero en todas las pautas para definir
el modelo de ciudad que facilite la vida de las mujeres, se sitúan
en el mismo campo de acción: equilibrio, valor de lo local frente
a lo global, variedad, complejidad, consideración de las
necesidades diversas, seguridad...
La siguiente pregunta sería ¿una ciudad en la que la opinión, los
deseos o las necesidades de las mujeres fueran tenidas en cuenta,
sería más adecuada para toda la población?
Emprender un camino hacia un urbanismo de la igualdad no significa
que se quiera un planeamiento para cubrir «necesidades especiales».
Ello significaría que estas necesidades son desviaciones respecto
a una norma que no las incluye: la ciudad hecha a medida de los
hombres, de media edad, motorizados, con un nivel de renta
medio-alto, de raza blanca, con plenas capacidades de movimiento...
sería la ciudad natural. La ciudad a medida de las mujeres sería
una excepción o una concesión. El enfoque no es considerar a las
mujeres como un sector de la población especial o diferente.
Cualquier ciudadano o ciudadana tiene el mismo derecho a la ciudad.
Y los grupos que no están suficientemente representados en el
diseño y gestión urbana constituyen la inmensa mayoría de la
población.
Por ello, el planeamiento para la igualdad no es un planeamiento
«anti-hombres» o que favorezca en exclusiva a las mujeres. Los
beneficios de un planeamiento para la igualdad beneficiarán de
forma equilibrada a todos los grupos sociales que componen la
ciudadanía.
También quiero destacar que el planeamiento para la igualdad no es
responsabilidad exclusiva de las mujeres, de la gente mayor, o de
los y las inmigrantes. Aunque incorporar las voces y percepciones
de las mujeres sea una parte fundamental en el proceso, la
responsabilidad de la sensibilización y diseño de un planeamiento
para la igualdad corresponde a todas y todos los técnicos y
políticos, no únicamente a las mujeres o a los grupos afectados.
Por último, esta nueva forma de plantear el urbanismo supone no una
cortapisa para el trabajo creativo, sino una oportunidad de
renovación e innovación que dará sus frutos para todos los sectores
de la ciudadanía. En estos momentos, debido a la crisis conceptual
anteriormente comentada, el urbanismo y la política de ciudades
está en pleno proceso de cambio de valores y reconceptualización.
Muchas de las aportaciones que provienen de los «gendered studies»
pueden aportar savia nueva a unas estructuras injustas y poco
útiles para la mayoría de la población.
Esta es la esperanza que quiere despertar este texto, abriendo
camino para que, desde la crítica, seamos capaces de centrar
esfuerzos en conseguir un renacimiento urbano, un tiempo de las
cerezas frente al sombrío panorama actual.
Jacobs, Jane(1961)The Death and Life of Great American Cities.
(Random House, Inc. Nueva York. Traducción española de Angel Abad.
Muerte y vida de las grandes ciudades. 2da ed (1973). Ediciones
Península)
Hayden, Dolores(1984)Redesigning the American Dream. (W.W.
Norton and Co. Nueva York)
Hayden, Dolores(1996)The power of Place: Urban landscapes as
Public History. (The MIT Press, Cambridge, Massachussets)
Fecha de referencia: 27-6-2001
| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/aivel.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda |
Buenas Prácticas |
Documentos |
Boletín CF+S |
Novedades |
Convocatorias |
Sobre la Biblioteca |
Buzón/Mailbox
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid
—
Universidad Politécnica de Madrid
—
Ministerio de Fomento
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras de Edificación
—
Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio