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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Federico Aguilera Klink[1]
Cambridge (Reino Unido), 4-7 de julio de 2001[2]
Creo que podemos estar de acuerdo en que cuando hablamos de los
cambios institucionales y sociales para la gestión ambiental,
estamos hablando fundamentalmente de, o al menos estamos
interesados fundamentalmente en, cambios en la manera de ver,
comprender y abordar las cuestiones ambientales, de cambios en la
manera de pensar incorporando los valores sociales y ambientales en
la racionalidad para profundizar en lo razonable, de cambios en la
manera de tomar las decisiones, de cambios en los estilos de vida
(producción y consumo) y, en definitiva, de cambios culturales
compatibles con la democracia y que profundicen en ella.
En un sentido amplio, estas son las cuestiones que me preocupan y,
en esta línea, se supone que deseamos que vayan los cambios
institucionales y sociales. Creo que disponemos de un auténtico
arsenal de medidas y de instrumentos económicos y no económicos que
podrían quizás ayudarnos a orientar esos cambios. Tanto el VI
Programa de Medio Ambiente de la Comunidad Europea «Medio Ambiente
2001», como el Informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente
«Environmental signals 2014», entre otros, proporcionan una buena
muestra de esas medidas e instrumentos así es que no voy a hablar
de ellos. Me preocupan otras cuestiones que son previas y que es
necesario abordar.
Es cierto, sin embargo, que hay otros cambios institucionales y
sociales relacionados con la gestión ambiental que no son
democráticos. André Gorz [Gorz, 1979] se refiere a ellos como el
fascismo ambiental. No es el tipo de cambios que me interesan, ni
es el tipo de cambios que me parece socialmente deseable, pero no
hay que cerrar los ojos ante la amenaza de ese fascismo ecológico
que, a veces, puede venir envuelto en una apariencia de democracia.
De hecho, Gorz distinguía en los años 70 entre la utopía, que para
él consistía en creer que podíamos seguir creciendo, y la realidad,
que consistía en asumir la necesidad de cambiar. El problema es que
hemos seguido creciendo y que el medio ambiente --y no hace falta
ser fatalista para reconocerlo-- ha seguido deteriorándose aunque
hay leves mejoras en algunos campos, como pone de manifiesto el
informe Environmental Signals 2001, de la Agencia Europea del Medio
Ambiente. El problema es también que la capacidad de comprensión
colectiva de lo que ocurre no es demasiado buena ni completa, ni
tampoco lo es la capacidad de comprensión individual.
Dicho de otra manera, nos encontramos en una situación que se puede
calificar de deterioro ambiental y de deterioro social y
democrático que fue muy bien expuesta hace ya tiempo por Ulrich
Beck en La Sociedad del Riesgo y, especialmente, en su texto "La
irresponsabilidad organizada". Creo que es justo reconocer, en
cualquier caso, que se ven algunas grietas en la organización de
esa irresponsabilidad --«las mentiras institucionales, que gozan de
todo tipo de ayudas oficiales, también tienen sus límites»
[Beck, 1991]-- aunque esto me haga aparecer como demasiado
optimista.
Mi intervención va a estar centrada en uno de los principales y más
difíciles cambios institucionales que se pueden conseguir, al menos
desde mi punto de vista. Se trata del cambio que nos permite darnos
cuenta de que existen muchas otras maneras de hacer las cosas, de
comprender los problemas y de tomar las decisiones. Entiendo que
estos cambios tienen mucho que ver con el paso del «hombre
económico racional» al «hombre institucional» del que hablaba Kapp
[Kapp, 1968] y considero que una fructífera aproximación más
actual es la que presenta Söderbaum [Söderbaum, 2000] en términos
de su Political Economic Person. En cualquier caso, me gusta
recordar a Mishan cuando insistía en 1967 en que «las propuestas
detalladas resultan secundarias con respecto a lo que yo juzgo debe
ser la principal tarea: convencer a la gente de la necesidad de un
cambio radical en la manera habitual de observar los
acontecimientos económicos». Más aún, «la condición previa de todo
progreso social es que la gente se convenza de la existencia de
muchas alternativas factibles para la política actual, alternativas
que ofrecen una amplia gama de elección que anteriormente se les
había negado, en la más vital de cuantas influencias afectan a su
bienestar: el propio medio ambiente físico en el cual viven y
trabajan» [Mishan, 1967].
Reconozco, no obstante, que no es nada fácil abrir los ojos y
convencerse de la existencia de esas alternativas factibles. De
hecho, seguir con los ojos cerrados constituye todo un éxito de las
políticas gubernamentales y empresariales: «...seguimos estando
ciegos para discernir muchos de los peligros que nos amenazan: así,
mientras que nuestra percepción de la realidad no registra otra
cosa que normalidad, las fuentes de la vida --en estrecha
correspondencia con los debates de los expertos y con las
divergencias existentes sobre los valores límite-- se transforman
en fuentes de peligro y viceversa» [Beck, 1991]. Casi un cuarto de
siglo más tarde, Susan George, en el Informe Lugano, pone en boca
de uno de sus redactores la siguiente afirmación «la globalización
económica y política puede avanzar sin obstáculos siempre y cuando
la gente esté psicológicamente ciega y no exista la correspondiente
ciudadanía global para oponerse a ella» [George, 2001]. Todo esto
es ciertamente paradójico pues mientras se insiste en la ceguera,
que puede ser tanto individual como colectiva asistimos a un
rechazo, si bien minoritario, a la globalización y a las políticas
del Banco Mundial y del FMI.
Más sorprendente todavía resulta constatar lo poco que hemos ido
despertando y avanzado por la senda democrática si recordamos que
en 1864, un abogado francés, Maurice Joly, en su "Diálogo en el
infierno entre Maquiavelo y Montesquieu" ponía en boca de
Maquiavelo lo siguiente. «En nuestro tiempo se trata no tanto de
violentar a los hombres como de desarmarlos, menos de combatir sus
pasiones políticas que de borrarlas, menos de combatir sus
instintos que de burlarlos, no simplemente de proscribir sus ideas
sino de trastocarlas, apoderándose de ellas (...) El secreto
principal del gobierno consiste en debilitar el espíritu público,
hasta el punto de desinteresarlo por completo de las ideas y los
principios con los que hoy se hacen las revoluciones. En todos los
tiempos, los pueblos al igual que los hombres se han contentado con
las palabras. Casi invariablemente les basta con las apariencias;
no piden nada más. Es posible entonces crear instituciones
ficticias que respondan a un lenguaje y a ideas igualmente
ficticias...» [Joly, 1987].
Desde mi punto de vista, nos movemos continuamente en un conflicto
personal y colectivo entre el «reconocimiento de las otras maneras
de pensar y de vivir» y el «conformarnos con las apariencias». Este
conflicto es resuelto a veces de manera satisfactoria,
permitiéndonos comprender y hacer, y otras no se resuelve
impidiéndonos comprender adecuadamente el origen de los problemas
ambientales. Esto nos lleva a pensar, casi inevitablemente, en que
las soluciones a estos problemas tendrán que ser exclusivamente
científico-tecnológicas. Es cierto que en algunos casos ha de ser
así, por lo que contar con más sound science[3] para comprender y
resolver algunos problemas es necesario. Pero una cosa es eso y
otra reducir genéricamente los problemas ambientales, tal y como
hace la perspectiva dominante, a una cuestión exclusiva de aplicar
más ciencia y más tecnología por parte de los expertos, sin
necesidad de cambios sociales e institucionales.
Es sabido que la tipología de los problemas ambientales es tan
variada que podemos encontrar desde problemas "simples" o
exclusivamente tecno-científicos hasta problemas puramente
políticos, ya sea nivel a local, nacional o global, pasando --y
esto es lo más frecuente-- por problemas complejos en los que
aparecen explícitos aspectos biológicos, éticos, epistemológicos,
económicos, sociológicos, etc. También podemos pasar, como señala
Söderbaum en esta Conferencia, desde un listado de problemas
ambientales a hablar de integración de los problemas ambientales en
las políticas sectoriales. A mi me gustaría destacar, en este
contexto, lo que un trabajo tan citado --y supuestamente tan
leído-- como el Informe Brundtland considera que es el principal
problema ambiental. Concretamente, «...los países en desarrollo
deben evolucionar en un mundo donde la diferencia de recursos entre
la mayoría de los países en desarrollo y los países industriales
sigue aumentando y donde éstos predominan en la adopción de
decisiones de ciertos órganos internacionales clave y ya han
utilizado gran parte del capital ecológico del planeta. Esta
desigualdad es el principal problema ambiental del planeta y su
principal problema de desarrollo» [CMMAD, 1988] (la negrilla es
mía).
Pero apenas se ha prestado atención a esta importante afirmación y
se ha seguido cerrando los ojos a ese diagnóstico que pone el dedo
en la llaga y que insiste en que el principal problema ambiental
del planeta es el resultado de una manera de tomar las decisiones,
es decir, de la existencia de un poder estructural [Strange, 1988]
--que tiene la capacidad de fijar, cambiar e incluso violar
impunemente las reglas de juego-- que necesita seguir apropiándose
del capital ecológico del planeta para mantener un estilo de vida
que no es generalizable a la mayoría del mismo. Esta falta de
atención entiendo que es «politicamente construida e impuesta», lo
que explica, en parte, la ceguera a la que aludía más arriba. En
otras palabras, la cuestión fundamental del proceso politico en las
democracias occidentales consiste en la interacción entre grupos de
presión, «esta interacción es la que configura la manera en la que
las cuestiones llegan a la agenda política, la manera en la que las
políticas se deciden y el contenido de estas políticas y su
posterior aplicación» [Baker, 1996].
Grove-White es más optimista, de manera genérica, al señalar que
«los problemas y cuestiones ambientales específicos que la sociedad
reconoce en cada momento están configurados por un proceso de
negociación social y de juicios humanos, incluso en sus propias»
[Grove-White, 1997]. Es cierto que a veces ocurre así, pero
también es cierto que, en la mayoría de los casos, no lo es. Lo más
frecuente es que sea sólo una parte muy pequeña de la sociedad la
que tiene efectivamente la capacidad de decidir, de negociar o de
reconocer cuál es el problema y qué es lo que no se considera como
problema. Y esto se traduce en la existencia de serios problemas
ambientales, con serias implicaciones distributivas, aunque no
reconocidos o percibidos socialmente y, en consecuencia, no
considerados ni abordados.
Por ejemplo, la Agencia Europea del Medio Ambiente, reconocía en
1998 que la principal amenaza para el medio ambiente en Europa
consistía en «la sopa de más de 100.000 sustancias químicas a las
que los europeos estamos expuestos, como los ftalatos y compuestos
organoclorados que actúan como alteradores hormonales» [El
País, 3.6.1998]. Obviamente, la existencia de esta sopa es el
resultado de toda una serie de decisiones y de omisiones. Así, en
el caso concreto del proceso para reconocer cuales eran los
pesticidas más peligrosos y prohibirlos, «un comité de expertos ha
presentado a la Unión Europea una lista de 553 sustancias
disruptoras endocrinas. Antes de su aprobación para tomar medidas
legales, las autoridades han reducido la lista a 29, de los cuales
26 son pesticidas prohibidos en la UE, 2 eran ftalatos y el otro
era Bisfenol A. Todo lo que tiene mercado ha sido eliminado de la
lista» [Olea, 2000]. Siendo sólo un ejemplo, nos da una idea
aproximada de cómo se toman las decisiones en la UE --y en la
mayoría de los países europeos--, si bien es cierto que existe en
la propia UE una cierta preocupación por una toma de decisiones más
abierta y participativa, como señala el Sexto Programa Ambiental.
Esto lleva a pensar en la existencia de una especie de doble juego
--o al menos en un conflicto entre algunos funcionarios de los
organismos de la UE y los tomadores de decisiones-- y genera una
importante falta de credibilidad en la seriedad con la que la UE
aborda la política ambiental.
En definitiva, la lista de pesticidas que han llegado a ser
incluidos como peligrosos en los textos legales es una lista
mínima, debido a la presión de las empresas afectadas, y además
esas leyes raramente se cumplen. Por todo ello, no resulta novedoso
aunque parece irónico que, en el Sexto Programa de Acción de la
Comunidad Europea en Materia de Medio Ambiente "Medio Ambiente
2010: el futuro está en nuestras manos" (sería interesante saber a
qué manos se refiere) continúe recogiendo --tal y como ya se hacía
en Programas anteriores-- como uno de los puntos principales el de
«mejorar la aplicación de la legislación vigente» (p.13), algo
obviamente deseable cuando ese mismo documento reconoce que «es
también preocupante la contaminación de los alimentos a la vista de
las pruebas de una acumulación continua de algunos plaguicidas en
las plantas y los animales que tiene consecuencias para su salud y
su capacidad reproductora» (p. 46).
Refiriéndose a los organismos que llevan a cabo la política formal
de la Unión Europea (UE), van der Straaten reconoce la existencia
de un déficit democrático que tiene consecuencias directas sobre la
naturaleza de la política ambiental de la UE. Concretamente,
«...debilita la capacidad de la UE para establecer una política
ambiental efectiva y aceptable a la vez que impide seriamente el
debate público sobre las posibles medidas a tomar desde el momento
en el que no existe realmente un debate parlamentario relevante y
las decisiones sobre las regulaciones de la UE se esconden en el
secreto del Consejo» [van der Straaten, 1993] citado por
[Baker, 1996]. En un sentido similar se expresa Jacobs
[Jacobs, 1997]. Este vaciamiento del Parlamento ha conducido a
otra forma de democracia más real e informal. En otras palabras,
«en lugar de la antigua forma de democracia parlamentaria, ha
emergido en las democracias occidentales un nuevo tipo de
democracia post-parlamentaria en la que la toma de decisiones es el
resultado de un complejo proceso de lucha y de la práctica del
lobbying entre una variedad de élites que, a su vez, actúan como
representantes de amplios grupos de la sociedad» [Baker, 1996].
El resultado consiste en que esta competencia entre élites deja
fuera del juego real a los grupos con menos capacidad de presión
por lo que sus argumentos difícilmente son escuchados y, menos aún,
tenidos en cuenta. Así pues «...la capacidad del proceso de
lobbying para compensar por la débil naturaleza de la democracia en
la UE es muy limitada. De hecho, la propia naturaleza del sistema
de lobby, que tiene lugar en un proceso político que es confuso,
abierto, impredecible y complejo, puede llevar a reducir la
influencia de los grupos ambientales planteando incluso cuestiones
como la naturaleza democrática (legitimidad) de su acceso al
proceso político» [Baker, 1996].
Por otro lado, sabemos también que la insistencia de los gobiernos
y algunas empresas en la necesidad de más ciencia seria para
resolver esos problemas científicamente, suele significar con
frecuencia que esos gobiernos y empresas se escudan en la
legitimidad científica de determinados investigadores o centros de
investigación o, por el contrario, en el «no sabemos todavía lo
suficiente por lo que es necesario seguir investigando»
[Bromley, 1989] para encubrir decisiones arbitrarias e
inaceptables desde el punto de vista social y ambiental y para
retrasar la toma de decisiones que mejoren las condiciones
ambientales. Un buen ejemplo de este comportamiento es el que
mantiene el presidente Bush en relación con la necesidad de
profundizar en el conocimiento del Cambio Climático antes de
ratificar el acuerdo de Kyoto.
Esto me lleva al problema de cómo abordar la incertidumbre y de
cómo profundizar en la democracia para mejorar la toma de
decisiones. En relación con la incertidumbre, podemos estar
preocupados por el manejo adecuado de sus diferentes tipos
--incertidumbres técnicas, metodológicas y epistemológicas,
[Funtowicz y Ravetz, 1993] --o por las diferentes maneras de
entenderla --inexistencia de datos, ignorancia e indeterminación
[O'Riordan y Jordan, 1995], entre otras cuestiones. Sabemos, en
cualquier caso, que cuando ésta es muy elevada, la perspectiva
dominante tecnico-científica muestra serias limitaciones para tomar
las decisiones adecuadas en el plazo de tiempo adecuado, por lo que
una aplicación razonable del principio de precaución es más
conveniente [O'Riordan y Jordan, 1995][Raffensperger y
Tickner, 1999], aunque no es sencillo hacerlo. Esta aplicación
exige una nueva metodología y una nueva organización del trabajo
[Funtowicz y Ravetz, 1993].
De hecho, la Directiva 2000, Estableciendo un Marco de Acción
Comunitaria en el Campo de la Política del Agua, aprobada
recientemente, constituye un buen ejemplo, en mi opinión poco
exitoso y bastante confuso, de intento de aplicación del principio
de precaución sin esa nueva metodología. Así, aunque el punto 10 de
la declaración de principios de la citada Directiva recuerda que la
política ambiental de la Comunidad «...tiene que basarse en el
principio de precaución y en los principios de que debería tomarse
una acción preventiva» (p.4) , el Artículo 9 señala que «los
Estados Miembros tendrán en cuenta el principio de recuperación de
costes de los servicios de agua, incluyendo los costes ambientales
y de recursos naturales, aplicando el análisis económico de acuerdo
con el Anexo III y siguiendo especialmente el principio el que
contamina paga» (p.30). Lo que da a entender, de manera
contradictoria que, en lugar de insistir en la prevención de
determinados costes ambientales, es posible evaluarlos a posteriori
en términos monetarios y hacer que el que contamina pague, sin
tener en cuenta la posible irreversibilidad de los daños. De nuevo
resalta, desde mi punto de vista, la contradicción entre dos marcos
de referencia para abordar estos problemas.
Dado que el comportamiento de empresas y gobiernos citado más
arriba --en la línea de la irresponsabilidad organizada señalada
por Beck-- es habitual, conduce de manera muy clara a una situación
llena de obstáculos a la participación y al debate públicos que
impiden el control democrático de los riesgos tecnológicos y
ambientales impuestos a la sociedad. Shrader-Frechette sintetiza
esos obstáculos en tres tipos: «primero, el público tiene poco
control económico sobre los límites de responsabilidad que amenazan
a los ciudadanos y que, a su vez, protegen a las industrias que
imponen riesgos sociales significativos; segundo, el público tiene
poco control político sobre la evaluación y gestión de riesgos,
tareas que se han dejado casi siempre en manos de los científicos
y de la industria y, tercero, el público tiene poco control ético
sobre las decisiones acerca de los riesgos, pese a su derecho al
consentimiento libre e informado a peligros socialmente impuestos»
[Shrader-Frechette, 1997].
Hacer frente a estos obstáculos requiere una manera de pensar que
descansa sobre tres principios:
En definitiva, es la racionalidad la que tiene que adaptarse a los
valores, incorporándolos, para transformarse en un pensamiento y en
unas actitudes que buscan un entendimiento con el otro, con
argumentos, con capacidad de deliberación y no sólo de oponer
votos, cuando se está en mayoría, frente a los argumentos. «La
democracia requiere la existencia de un debate: el sufragio se
ejerce solo despues de que los ciudadanos hayan escuchado todas las
caras de un argumento y lo hayan discutido (...) cuando se trata de
bienes públicos, la institución adecuada para articular los valores
en juego no consiste en una encuesta individual sino en algún tipo
de foro público en el que la gente reunida pueda debatir antes de
realizar sus juicios. Es decir, la institución debería ser de
carácter deliberativo [pero] el debate no puede garantizar el que
los participantes se comprometan en un buen razonamiento público »
[Jacobs, 1997].
Existe una numerosa literatura sobre democracia participativa,
discursiva o deliberativa y medio ambiente. El texto de Jacobs que
acabo de citar, distingue entre «Instituciones Deliberativas que
Articulan Valores» (Grupos que aplican la Valoración Contingente y
Jurados de Ciudadanos), «Instituciones Deliberativas que
Recomiendan Decisiones» y «Gestión Ambiental Profesional». Así como
las primeras pueden jugar un papel clave en la construcción de
nuevos valores, que pueden servir para mejorar la calidad en la
toma de decisiones, Jacobs reconoce, en relación con las segundas,
que las ideas básicas de la democracia deliberativa no son una
perspectiva adecuada en el mundo real por lo que señala que la
democracia deliberativa «...requiere un paso intermedio entre la
articulación de la opinión pública y la decisión» (p. 224) a través
de «instituciones de deliberación indirecta», compuestas por
investigadores imparciales y no directamente implicados en la
cuestión, y de «instituciones de deliberación directa» compuestas
por participantes en la controversia.
Trabajos más recientes como el de De Marchi y Ravetz [De Marchi y
Ravetz, 2001] presentan a su vez un buen resumen de "Métodos y
enfoques participativos". Incluyendo entre éstos los "Foros para
grupos de interés" y el "Diálogo coercitivo y las Nuevas formas de
protesta". De hecho, «cuando las cuestiones sobre el poder están en
juego, los diálogos implican una mezcla de razón, retórica y
coerción». Entiendo que no sólo es una cuestión de «poder
estructural» sino de «violencia estructural». Las «formas
democráticas» de gobernar incluyen la «violencia estructural frente
a la que caben dos tipos de respuestas: la político-institucional
y la popular-ciudadana» [Vidal-Beneyto. El País, 23.06.01]. «En
los países democráticos no se revela el carácter de violencia que
tiene la economía; en los países autoritarios, ocurre lo mismo con
el carácter económico de la violencia», decía Bertold Brecht. Esa
violencia es ejercida habitualmente aunque no es reconocida y,
obviamente, a sus autores no les preocupa la legitimación
democrática de la misma, porque no existe. Pero es la que subyace
en problemas como la apropiación del capital ecológico del planeta
por los países desarrollados y democráticos.
Por su parte, los partidos políticos, especialmente los llamados
partidos de izquierda, suelen estar molestos con la respuesta
basada en la reivindicación ciudadana de tipo
político-institucional o de democracia deliberativa, sea directa o
indirecta, de ahí que la acepten de mala gana y procuren
boicotearla. Con respecto a la respuesta popular-ciudadana, hay
tres comportamientos por parte de los partidos políticos:
Sin embargo, me gustaría terminar esta primera parte mostrando
brevemente las opciones que sugiere Shrader-Frechette para
enfrentarse a los tres obstáculos citados más arriba, pues presenta
ejemplos concretos y no reflexiones abstractas, si bien presta más
atención a daños ya ocurridos y a las posibilidades de compensar
por esos daños, en lugar de a ejemplos en los que se trata de
evitarlos.
En primer lugar y frente al obstáculo del poco control económico
que tiene la gente sobre los límites de responsabilidad,
Shrader-Frechette defiende una «responsabilidad completa y
estricta» respecto a los proyectos tecnológicos y ambientales. Esta
propuesta es, en cierta medida, similar a la planteada por Mishan
[Mishan, 1967] al sugerir la aprobación de los «derechos de
apacibilidad» para la gente. Si un proyecto no es capaz de asumir
esa responsabilidad o de encontrar algún fondo de seguros que la
cubra, señala Shrader-Frechette, no hay ninguna razón para que el
contribuyente lo haga. Tanto Mishan como Shrader-Frechette sugieren
la posibilidad de renunciar a este derecho o a exigir la
responsabilidad bajo ciertas condiciones. El primero excluye esta
renuncia si no existe información adecuada o si se sabe que puede
afectar a las generaciones futuras. Shrader-Frechette sólo indica
que los proyectos se pueden aprobar si se cuenta con el
consentimiento libre e informado de las víctimas potenciales y
firmasen documentos de descargo. Una opción interesante consiste en
obligar a los responsables del proyecto a dotar un fondo de riesgo
ambiental para compensar los daños, en el caso en el que sean
compensables. Otra opción, resultado de una sentencia judicial,
consiste en asignar la responsabilidad de acuerdo con la cuota de
mercado si no es posible identificar a la empresa responsable. El
problema, de nuevo, consiste en la reversibilidad o no del daño.
En segundo lugar, frente al poco control político sobre la
evaluación y gestión de riesgos, Shrader-Frechette sugiere el
establecimiento de un «tribunal científico» formado tanto por
científicos como por ciudadanos no expertos. Su objetivo
consistiría en proporcionar información técnica relevante en
relación con alguna tecnología o impacto y limitar el poder
desmesurado que a veces ejercen los científicos e industrias que
controlan una tecnología particular.
En tercer lugar y para abordar el control ético sobre las
decisiones acerca de los riesgos, Shrader-Frechette sugiere una
participación ciudadana real --algo que sugiere que las propuestas
anteriores no suponen ese tipo de participación-- en la negociación
de soluciones. Esto requiere que las partes en conflicto tengan el
mismo poder político y económico, en el sentido de financiación
igualitaria, a cargo del gobierno, para acceder a expertos y
abogados así como la consideración de puntos de vista y
metodologías alternativas, estando el proceso de negociación
controlado por un grupo de ciudadanos y expertos. Ante maniobras
como intentos de vender decisiones tomadas de antemano y de engañar
a la gente no fomentando la educación pública, Shrader-Frechette,
comenta como la respuesta en numerosas ocasiones ha consistido en
la desobediencia civil o en acciones contundentes por parte de la
gente.
A modo de conclusión, diría que existen numerosas opciones para
mejorar la calidad de la democracia y de la toma de decisiones.
Considero especialmente relevante, a pesar de sus dificultades y
limitaciones, la necesidad de crear «espacios institucionalizados
de debate público» para articular valores y para tomar decisiones.
Frente a «...una forma de deliberar y ejecutar la política pública
que resulta inviable en las sociedades abiertas contemporáneas
(...) estamos hablando de foros públicos de discusión con pleno
acceso a la información relevante y reglas de juego de
argumentación contrastadas en igualdad o similaridad de condiciones
(...) una deliberación a realizar en el foro público que busque, y
no rehuya, la incorporación de nuevos argumentos y nuevos actores
al proceso del debate y que procure tanto la acomodación entre
ellos, hasta donde sea posible, como su discusión en público y ante
el público, con la colaboración de una prensa que se esfuerce por
hacer justicia al contenido de los argumentos» [Pérez Díaz y
Mezo, 1999].
Se trata de que los políticos, expertos imparciales y personas
interesadas debatan en foros públicos, presenten buenos argumentos,
escuchen otros y acepten los mejores, en términos de lo que va a
beneficiar a la sociedad. Estas opciones plantean problemas de
legitimidad sobre la representatividad de los que debaten. Pero, la
legitimidad democrática no consiste sólo en ser votado
mayoritariamente. Hay otra legitimidad tan importante como esa y es
la legitimidad social y moral que se ratifica --o que se pierde--
con la forma diaria de tomar decisiones y el ejercicio de la
violencia estructural. Habitualmente suele ser una manera opaca,
condicionada a intereses ocultos y, por lo tanto, con una mala
calidad de los argumentos. De hecho, uno de los grandes problemas
de las democracias occidentales consiste en la enorme separación
que existe entre poder político y legitimidad social, algo que
cuestiona seriamente la credibilidad de los gobiernos y de los
organismos supranacionales.
En esta presentación no he hablado del mercado. Creo, sin embargo,
que puede jugar un destacado papel en la medida en la que sea una
institución al servicio de la sociedad y no al revés. Instituciones
como el comercio justo o mercados con precios administrados que
penalicen seriamente a los procesos y productos contaminantes --que
atentan contra la salud de personas y ecosistemas-- en lugar de
subsidiarlos como ocurre ahora, son muy necesarias. Pero hay que
empezar por deshacer la falacia de que los procesos y productos
ecológicos son caros y no son competitivos. La realidad es que son
los productos no ecológicos los que nos salen más caros puesto que
no incluyen todos los costes sociales y ambientales que generan,
recibiendo además cuantiosas subvenciones. Así pues, es este tipo
de mercados tramposos el que hay que eliminar.
Voy a tratar de mostrar algunos de los aspectos más relevantes
sobre la gestión del agua y el conflicto generado por el Plan
Hidrológico Nacional (PHN). Se trata, en mi opinión, del conflicto
social más importante de la última década en España, a pesar de la
discreción con la que ha sido tratado por los grandes periódicos e
incluso de la omisión practicada por algunos de ellos sobre el
proceso social de construcción del problema del agua y la
ordenación del territorio.
Para el gobierno actual (PP) y el anterior (PSOE) el problema es
que el agua en España es físicamente escasa y está mal repartida,
llueve mucho en el norte-noroeste y poco en el sur-sureste y
centro. El núcleo fundamental de la solución propuesta --PHN-- es
la construcción de varios embalses en el Pirineo para almacenar
agua que, añadida a una parte que se extraería del Río Ebro, sería
trasvasada, en un total de 1.050 Hm3 . Es decir, la solución
requiere más embalses y trasvases.
La construcción de embalses es rechazada por la gente de los
pueblos que serían inundados para construirlos y por un amplio
número de científicos y ecologistas debido a los serios impactos
ecológicos que ocasionarían. Los afectados constituyen una
asociación denominada Coordinadora de afectados por los grandes
embalses y trasvases (COAGRET) y solicitan al gobierno varios
debates públicos que no son atendidos.
Decenas de miles de agricultores defienden el PHN en
manifestaciones. Cientos de miles de manifestantes en Madrid,
Barcelona y Zaragoza se oponen al PHN. Un número elevado de
científicos --hidrólogos, ecólogos, abogados, ingenieros,
economistas, etcétera-- de la mayoría de las universidades
españolas, organizan el Primer Congreso Ibérico Sobre Planificación
y Gestión de Aguas, en septiembre de 1998, en Zaragoza. El Congreso
se subtitula «El agua a debate desde la Universidad. Hacia una
nueva cultura del agua.»
Desde 1997, un grupo de investigadores fundamos la colección de
libros Nueva Cultura del Agua, publicando hasta el 2001 siete
libros que estudian diferentes problemas de gestión del agua,
relacionados con el PHN y sus alternativas.
Las ideas fundamentales de la nueva cultura del agua son:
El día 11 de Agosto, sale del Delta del Ebro (Tarragona) la Marcha
Europea por una Nueva Cultura del Agua --con el lema, «Ni un euro
para este PHN»-- que llegará a Bruselas el 26, donde se celebrará
una manifestación europea por Una Nueva Cultura del Agua.
Baker S. (1996) "Environmental policy in the European Union:
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Lafferty W.M. & Meadowcroft J. Democracy and the Environment.
Problems and prospects. Edward Elgar. Cheltenham)
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30-37.Debats, Marzo-Junio)
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Research Brief N. 10)
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EU (2000) Directive 2000 of the European Parliament and of the
Council, establishing a framework for Community action in the field
of water policy
EU (2001) Environment 2010: Our Future, Our Coice. The Sixth
Environment Actino Programme of the European Community 2001-2010
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democracy and public decisión-making institutions" (p. 211-231, in
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Fecha de referencia: 13-2-2002
| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/afagu.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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