| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/aaest2.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Los accidentes de tráfico mortales han sido considerados hasta hace
muy poco tiempo como una consecuencia inevitable de la existencia
de los automóviles, cuya utilización se supone imprescindible para
el desenvolvimiento económico y social en el mundo moderno. Nunca
se ha planteado, en consecuencia, la posibilidad de atribuir
responsabilidades globales sobre tales muertes a ningún estamento
económico o institucional. Sin embargo, en los últimos años se han
producido avances significativos en la comprensión del problema de
los accidentes de tráfico, que pueden abrir el camino a la
identificación de claras responsabilidades industriales: se perfila
la idea de que las "matanzas" diarias del tráfico son algo muy
distinto a una acumulación de fatalidades de responsabilidad
individual, que es como son presentadas por las industrias
interesadas y por las administraciones competentes.
Desde la antigüedad, los peligros que acechan al viajero han sido
contemplados como algo consustancial al viaje. En todas las
culturas, la épica legendaria abunda en narraciones de viajes
realizados por muy diversos motivos (exploraciones, desafíos,
huidas, conquistas), en cuyo transcurso los héroes viajeros se van
enfrentando a sucesivos infortunios y desafíos.
Los peligros narrados en los viajes legendarios solían derivar de
las fuerzas de una Naturaleza siempre violenta, y de la hostilidad
de los moradores de los territorios atravesados, ya fueran hombres,
bestias, o seres mitológicos de cualquier clase. Por su escaso
interés narrativo, los peligros que hoy calificaríamos como
"accidentes de transporte" -naufragios, ahogamientos cruzando ríos,
despeñamientos, etc.- solían recibir escasa atención en las
leyendas de viajes, aunque en realidad estos peligros eran los más
tangibles, y los que ocasionaban la mayor parte de las muertes.
La historia del transporte es en buena medida la historia del
empeño de los seres humanos por mejorar la seguridad de sus
desplazamientos. A los poderes establecidos competía la tarea del
mantenimiento del orden en las rutas de transporte -exterminio de
alimañas, control de grupos hostiles, represión del bandidaje y la
piratería, etc.-, y a los técnicos y profesionales del transporte
correspondía la creación de vehículos e infraestructuras
crecientemente seguros para el desenvolvimiento de las actividades
de transporte.
Así, el avance en la seguridad del transporte ha sido incesante a
lo largo de la historia de la humanidad. En la era moderna la
inseguridad intrínsecamente asociada al viaje fue trocándose en una
creciente seguridad, obtenida mediante la mejora tecnológica y el
establecimiento de normas estrictas de operación de los sistemas de
transporte. Sin embargo, este proceso histórico de ganancia de
seguridad en el transporte se truncó en los albores del siglo XX,
con la aparición del automóvil. Tanto la frecuencia como la
gravedad de los accidentes de transporte, que habían venido
descendiendo lenta pero firmemente a lo largo de los siglos,
volvieron a incrementarse en los países en los que se introdujo el
automóvil, a un ritmo que no se había visto nunca con anterioridad
en toda la historia humana.
Entre los pocos datos históricos disponibles sobre la
accidentalidad terrestre pre-automovilística se cuenta con algunos
registros de Inglaterra y Gales. Hacia 1840, la mortalidad en
accidentes de circulación en ambos territorios parece que se
situaba por encima de los 1.500 muertos al año, incluyendo caídas
de caballos, atropellos y todo tipo de accidentes en carruajes. La
aparición de nuevos vehículos no motorizados, como la bicicleta, y
sobre todo el ferrocarril, trajo consigo un espectacular incremento
de la movilidad, pero al mismo tiempo ayudó a reducir la
mortalidad: en 1870, ya con el ferrocarril ampliamente
desarrollado, hubo unas 1.400 muertes en ambos territorios.
En 1910 se registraron menos de 1.200 muertos en los transportes no
motorizados y ferroviarios, pese al sensible incremento de
población, y a la rápida elevación de la movilidad individual. No
obstante, hacia esa fecha la cifra total de muertos del transporte
terrestre ya había comenzado a elevarse, rozando los 1.600, pues el
recién introducido automóvil causó en ese año unos 400 muertos
[Care on the road, 1986], pese a su todavía muy escasa difusión.
A partir de entonces, la escalada de muertes en el Reino Unido fue
vertiginosa: en 1930 se registraron 3.722 muertes sólo de peatones
atropellados por automóviles, y la mortalidad viaria siguió
creciendo hasta que, a principios de la década de los 70, en las
calles y carreteras del Reino Unido llegaron a morir 8.000 personas
al año.
Un proceso similar se fue registrando en todos los países que iban
accediendo a la motorización masiva, cuyo ritmo se aceleró tras la
reconstrucción post-bélica en los países de la OCDE. En los años
cincuenta, los muertos anuales en accidentes de tráfico en el mundo
ya se contabilizaban por cientos de miles, pero esas cifras,
circunscritas en su mayor parte a los países desarrollados, eran
todavía muy modestas en comparación con lo que vendría poco
después.
En efecto, en las últimas décadas del siglo XX la entrada de los
llamados "países en desarrollo" en el proceso de motorización
masiva comenzó a disparar las cifras de la accidentalidad vial. La
combinación de un rápido aumento del parque de vehículos, con unos
recursos muy limitados para seguridad, mantenimiento viario y
vigilancia, comenzó a hacer verdaderos estragos en amplias regiones
de África, Asia y Latinoamérica. Las reducciones de la
accidentalidad que se lograron a partir de los años ochenta en
algunos países desarrollados resultaron insignificantes frente al
incremento de la accidentalidad en los países en desarrollo.
Aunque las estadísticas de algunas regiones mundiales son poco
fiables, parece que a mediados de la década de los ochenta ya se
había superado el medio millón de víctimas mortales al año, a
escala mundial. En 1990 se alcanzaban los 700.000, y el Informe de
1999 de la Organización Mundial de la Salud [WHO, 1999] estimaba
en 1.171.000 las muertes por accidentes de tráfico en todo el mundo
en 1998. Los accidentes de automóvil son ya la décima causa de
muerte a nivel mundial, y la novena amenaza para la vida humana,
según el indicador de "años potenciales de vida saludable
perdidos", que utiliza la OMS para evaluar el daño global causado
por una enfermedad.
Sin embargo, las perspectivas para el futuro inmediato son todavía
más sombrías. La Federación Internacional de la Cruz Roja y el
Creciente Rojo, en su Informe Mundial de Catástrofes de 1998,
señalaba que en el año 2020, los accidentes de tráfico pueden
llegar a situarse en tercer lugar entre todas las causas de muerte
e incapacidad. Durante la presentación de este informe en junio de
1998 en Nueva Delhi, la presidenta de la Federación, Dra. Heiberg,
calificó la situación de «catástrofe oculta» [International
Federation of Red Cross and Red Crescent, 1998], y urgió a la
comunidad internacional a la adopción de medidas urgentes.
En amplias regiones mundiales, la situación está quedando
rápidamente fuera de control. En China mueren ya diariamente más de
200 personas, pese a que el inmenso país está apenas iniciando su
proceso de motorización. En el conjunto de los países en desarrollo
están registrados apenas un tercio del total de los automóviles del
mundo, pero en ellos se acumulan más de las tres cuartas partes de
los muertos mundiales, con una especial incidencia sobre los
peatones: en los países en desarrollo, entre un 30 y un 50 por
ciento de los muertos, según los países, son peatones o ciclistas
que mueren atropellados por automóviles.
En 1998, un estudio realizado por la Universidad de Harvard, por
encargo del Banco Mundial y la OMS [Murray y López, 1998],
analizaba las repercusiones económicas mundiales de los accidentes.
Las conclusiones apuntaban hacia un coste actual del orden de
500.000 millones de dólares, rápidamente creciente, en especial en
los países en desarrollo, los cuales pierden por esta causa un
volumen de recursos muy superior al monto que reciben en concepto
de Ayuda al Desarrollo. Los análisis prospectivos indicaban que en
el año 2020 la atención a las víctimas de accidentes de tráfico
podría llegar a consumir el 25 por ciento de todos los recursos
sanitarios mundiales, condicionando severamente la viabilidad
financiera de las políticas globales de salud.
En poco más de un siglo (el primer peatón muerto lo fue en 1896, y
el primer conductor en 1898), la industria del automóvil ha
prosperado como nunca antes lo había logrado ninguna actividad
económica en la historia, pero este éxito industrial se ha
conseguido a costa de crear un problema sanitario, económico y
humano de proporciones sin precedentes, que ya es, de hecho, uno de
los más graves a los que tiene que enfrentarse globalmente la
sociedad en el siglo XXI.
Ante la magnitud que está alcanzando el desastre, existe el riesgo
de que determinadas reacciones sociales puedan entorpecer la
expansión al conjunto del planeta del modelo de transporte basado
en el automóvil privado, tal y como se logró imponer durante el
siglo XX en los países desarrollados. Esta expansión global, que
actualmente todavía se encuentra en un estado muy incipiente,
constituye una de las principales áreas de negocio mundiales para
las primeras décadas del siglo XXI: se maneja la perspectiva de
vender más de mil millones de automóviles en los países en
desarrollo en el primer cuarto del nuevo siglo.
Una evolución descontrolada de la accidentalidad podría comprometer
estas expectativas de negocio. Para evitar esta eventualidad, el
Banco Mundial ha impulsado la creación de un partenariado global
para intervenir sobre el problema de la seguridad vial a escala
mundial. La organización encargada de esta tarea fue creada en
febrero de 1999, con el nombre de «Global Road Safety Partnership»,
y a ella se han incorporado hasta el momento cerca de ochenta
entidades, con predominio de organizaciones internacionales y
gubernamentales del sector del transporte o de otras áreas
económicas, y con importante presencia de grandes constructoras de
automóviles y otras corporaciones privadas interesadas directa o
indirectamente en el sector del automóvil.
No es difícil pronosticar cúal va a ser la línea de actuación de
esta entidad, y de otras similares que irán surgiendo en los
próximos años. Existen precedentes en la historia del automóvil de
este tipo de iniciativas, impulsadas más o menos abiertamente desde
la industria automovilística para hacer frente a las reacciones
sociales que aparecen inexorablemente en las fases iniciales de los
procesos de motorización masiva. Cuando el espacio público en el
que se desarrollan la mayor parte de las funciones sociales y
comerciales de las sociedades tradicionales comienza a ser invadido
por los automóviles, arruinando estas actividades y provocando
infinidad de muertes por atropello, las reacciones sociales no se
hacen esperar, y los poderes establecidos deben reaccionar de
alguna manera.
Esto ocurrió en algunos países de motorización temprana, como el
Reino Unido, en los años anteriores a la segunda guerra mundial,
cuando la proliferación de automóviles extendió la inseguridad por
calles y carreteras, provocando miles de muertos y obligando a los
ciudadanos a cambiar profundamente sus pautas de movilidad, y a
renunciar prácticamente por completo a la utilización del espacio
público.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, incluyendo
manifestaciones y otras expresiones de rechazo popular hacia los
automóviles, la organizaciones interesadas (industria
automovilística, industria de las obras públicas, departamentos
gubernamentales, cuerpos técnicos, clubs de automovilistas, etc.,
cuya coalición en diversas formas configura el llamado lobby del
automóvil), se vieron obligadas, ya desde las primeras décadas del
siglo XX, a elaborar y sistematizar una cierta respuesta técnica
que permitiera presentar soluciones, o al menos esperanzas de
posibles soluciones futuras, frente a la creciente preocupación
social por los accidentes de automóvil. Así se fue construyendo lo
que hoy en día se denomina "Teoría de la Seguridad Vial"
[Adams, 1985], que de hecho es una especialidad de la Ingeniería
de Seguridad Vial.
Todo el discurso de la ingeniería de seguridad vial ha sido
construido sobre la hipótesis de que la expansión del automóvil es
un imperativo social, esto es, asumiendo que los seres humanos
desean ardientemente disponer de más automóviles, más confortables
y más rápidos, y desean también acceder en ellos al mayor número
posible de lugares con la mayor velocidad posible.
Independientemente de que existan o no estos deseos universales -y
de que, en la medida en que existan, sean espontáneos y
consustanciales al ser humano, como asegura la industria del
automóvil, o bien sean sencillamente construcciones mediáticas y
culturales creadas por ella misma-, su aceptación como premisa
básica para la organización del transporte conduce necesariamente
a poner en circulación millones de vehículos de gran masa y
velocidad, conducidos en su inmensa mayoría por conductores no
profesionales, atravesando zonas habitadas y circulando en
proximidad los unos de los otros. Es fácil comprender que la
situación que se genera de este modo es intrínsecamente insegura
para las personas. Desde el punto de vista de la seguridad
personal, un análisis elemental del problema así planteado conduce
directamente a recomendar el establecimiento de limitaciones lo más
estrictas posible del número de automóviles en circulación, y de
los espacios en que se autoriza su uso.
La ingeniería de seguridad vial, como disciplina técnica impulsada
desde el entorno de los intereses económicos ligados al automóvil,
nació para evitar que esta formulación obvia del problema de la
inseguridad acarreada por la motorización masiva se trasladase a la
escena de lo político. En tal caso, inevitablemente hubiera acabado
generando severas normativas de regulación para reducir
drásticamente las víctimas, como ha ido ocurriendo a lo largo del
desarrollo de la industrialización en otros ámbitos comparables,
como el de los accidentes laborales, o sin salir del ámbito del
transporte, con la regulación de la seguridad en la aviación
comercial o en los ferrocarriles.
En el hipotético escenario de un proceso político democrático y
transparente, sin interferencias publicitarias ni corporativas, ni
siquiera hubiera sido descartable el establecimiento de ciertos
grados de prohibición legal del uso del automóvil, como ha ocurrido
con la tenencia de armas en los países culturalmente desarrollados,
o está ocurriendo más recientemente con el tabaco. Cualquiera de
estas evoluciones hubiera supuesto enormes reducciones de volumen
de negocio en los diversos mercados de bienes y servicios ligados
al automóvil.
Con la ayuda de la ingeniería de seguridad vial, este peligro ha
sido conjurado, al menos hasta el momento. El sector del automóvil
ha conocido una expansión fulgurante en los países desarrollados
durante el siglo XX, y se apresta a dar un nuevo salto en el siglo
XXI sobre bases demográficas de demanda incomparablemente
superiores.
En este gigantesco negocio, a la ingeniería de seguridad vial
tradicional se le ha confiado la protección de la integridad de los
automovilistas y peatones durante el siglo XX. El saldo de su
aplicación se ha estimado en unos 30 millones de muertos y varios
cientos de millones de heridos, buena parte de ellos discapacitados
de por vida. Viajar nunca había sido tan inseguro en toda la
historia de la humanidad, pero ciertamente, el negocio del
transporte nunca había alcanzado cotas ni remotamente parecidas.
Aún así, conforme se vaya aplicando en el mundo en desarrollo la
nueva «global road safety» del siglo XXI, muchos añorarán los
registros de víctimas del siglo anterior, pero no las cifras de
negocio, que continuarán evolucionando en paralelo con las
víctimas.
Para transformar la inseguridad del automóvil en seguridad vial,
los estamentos técnicos del lobby del automóvil han construido una
profunda manipulación de los conceptos de peligro y riesgo, como
fundamento imprescindible para soportar posteriormente todo el
edificio técnico y normativo de la ingeniería de seguridad vial,
cuyo conjunto de elaboraciones técnicas, trasladado al ámbito
normativo y administrativo, es presentado socialmente como la
«política de seguridad vial».
El concepto de peligro está definido de modo inequívoco en el
diccionario como «situación de la que puede derivar un daño para
una persona o cosa» o como «aquello que puede ocasionar un daño o
mal». Por su parte, el riesgo es definido como «contingencia o
posibilidad de que suceda un daño, desgracia o contratiempo», o
como «probabilidad de un daño futuro», o también como «posibilidad
de que ocurra un suceso, cuya probabilidad suele ser medible»
[Enciclopedia Larousse, 1981]. Existe, por consiguiente, una clara
distinción semántica entre ambos vocablos: el peligro es una
situación de hecho, mientras que el riesgo es una probabilidad.
El peligro que suponen los automóviles para las personas deriva del
hecho de que el cuerpo humano no está preparado para soportar las
colisiones o impactos de diversas clases que pueden provocar los
automóviles a partir de ciertos umbrales de velocidad. En términos
físicos, ocurre que el organismo humano no puede absorber sin daños
la energía mecánica entregada por tales colisiones. En
consecuencia, es la propia existencia de automóviles circulando por
encima de esos umbrales de velocidad la que constituye en sí misma
el peligro. Y el grado de peligro reinante será proporcional al
número de automóviles en circulación, y a su energía cinética, que
es a su vez proporcional a la masa de los automóviles y al cuadrado
de su velocidad.
En suma, al aumentar el número de automóviles, su masa, y su
velocidad, aumenta el peligro creado por la circulación. Pero
resulta que la prosperidad de la industria del automóvil depende
del aumento simultáneo y constante de estos tres factores, esto es,
de la venta de más automóviles, más grandes, y más potentes. Como
dijo Lee Iacocca, el famoso gestor de empresas automovilistas que
salvó a Chrysler de la quiebra en los años ochenta, "coches
pequeños significan beneficios pequeños".
La ingeniería de seguridad vial protege la expansión del automóvil
de los eventuales cuestionamientos sociales o políticos que se
podrían derivar del constante incremento del peligro que viene
asociado a esa expansión. Expresándolo de otro modo, la ingeniería
de seguridad vial administra el incremento del peligro generado por
la expansión del automóvil, presentándolo de forma que sea
percibido como algo tolerable por el cuerpo social. Para ello,
apoya exclusivamente las técnicas que actúan por el lado del
riesgo, tratando de reducir la probabilidad de que el creciente
peligro de los automóviles se materialice proporcionalmente en
daños sobre las personas y las cosas.
Un accidente de circulación no es sino un fallo en el control del
movimiento de uno o varios automóviles. La probabilidad de que
ocurra ese fallo es lo que se denomina técnicamente «riesgo de
accidente». La ingeniería de seguridad vial intenta desarrollar
medidas técnicas que reduzcan el riesgo de accidente, y que
suavicen las consecuencias de aquellos accidentes que pese a todo
se acaben produciendo. Estas medidas intentan modificar el entorno
técnico del automóvil (infraestructuras, equipamiento de los
vehículos, cualificación de los conductores, etc.), según criterios
que se supone que reducen el riesgo. En síntesis, en materia de
accidentes de automóvil se asiste a una interminable carrera entre
el aumento del peligro provocado por la expansión del automóvil
(más automóviles, más grandes y más veloces) y la reducción del
riesgo mediante la aplicación de las técnicas de la ingeniería de
seguridad vial.
Las interpretaciones acerca de lo!s resultados de esta carrera son
muy diferentes en función de quienes las formulan. Por una parte,
las entidades ligadas al lobby de automóvil han defendido siempre
los notables progresos alcanzados en materia de reducción de los
«índices de peligrosidad vial», esto es, del número y la gravedad
de los accidentes ocurridos por unidad de distancia recorrida.
Viajar en automóvil, alegan, es cada vez más seguro, pues se
observa que la probabilidad de sufrir daños por accidente, por
unidad de distancia recorrida, disminuye de modo constante desde
hace muchos años: si hay más accidentes, es porque se disfruta de
mucha más movilidad.
En el otro lado, los críticos de la ingeniería de seguridad vial
alegan que los índices de accidentes por habitante, que es lo que
finalmente interesa desde el punto de vista de la integridad física
de los ciudadanos, no han disminuido o lo han hecho de modo mucho
más modesto que los índices de peligrosidad vial. En la mayoría de
los países que ya han alcanzado un elevado grado de motorización,
la accidentalidad per cápita sigue sin experimentar reducciones
importantes. Este es el caso de España, pero también de otros
países europeos, así como de Estados Unidos y otros países con
elevada motorización. Sólo un puñado de países de Europa central y
septentrional, así como Japón, Canadá y Australia, han logrado en
los últimos años algunos avances sustanciales, obtenidos con
medidas distintas a las preconizadas por los enfoques típicos de la
ingeniería de seguridad vial.
Hay diversas razones por las que la accidentalidad per cápita se
resiste a bajar en la mayoría de los países que afrontan el
problema con los enfoques clásicos de la ingeniería de seguridad
vial. En primer lugar, la expansión indefinida del automóvil
conlleva que las distancias medias recorridas por los ciudadanos
sean cada vez mayores: la sociedad del automóvil aleja cada vez más
los puntos en los que los ciudadanos realizan sus diversas
actividades (residencia, trabajo, compras, relaciones sociales,
ocio, vacaciones, etc.), obligando o induciendo a las personas a
realizar cada vez más kilómetros en automóvil. De este modo, aunque
los índices de peligrosidad por kilómetro disminuyan, el aumento de
los kilómetros recorridos compensa esas disminuciones, y puede
llegar a anularlas.
Pero además, como se verá a continuación, las investigaciones más
recientes están indicando cada vez más claramente la inutilidad de
muchas de las medidas típicas de la ingeniería de seguridad vial.
Según estos nuevos enfoques, los logros reales conseguidos en
algunos países en materia de seguridad personal respecto al
automóvil se han debido a la maduración cultural de la población,
mucho más que a las modificaciones técnicas introducidas en
automóviles y carreteras.
La abundante investigación sobre psicología del tráfico que se ha
venido realizando durante los últimos veinte años en diversos
países (Canadá, Reino Unido, Noruega, Suecia, Países Bajos...),
apoyada en sólidos trabajos de campo, ha establecido la importancia
que tienen en los comportamientos de los conductores los mecanismos
conocidos como risk compensation o «compensación del riesgo».
Todo ser humano, y en general, cualquier ser vivo con capacidad de
regular autónomamente su conducta, que se encuentra situado en un
entorno peligroso, adapta su comportamiento para optimizar la
relación entre la satisfacción de sus deseos y los riesgos que
comporta satisfacerlos. Si cambia el nivel de riesgo que percibe,
modificará consecuentemente su comportamiento para alcanzar de
nuevo una posición óptima. A ese mecanismo psicológico de
adaptación del comportamiento al cambio del nivel de riesgo
percibido en el entorno, se le denomina «compensación del riesgo»[2].
En el caso concreto de la conducción de automóviles, cada conductor
establece su propio balance subjetivo entre los beneficios que
obtiene de una forma de conducción determinada (tiempo de viaje,
sensaciones a bordo del vehículo, relación con otros conductores,
etc.), y el riesgo que percibe asociado a esa forma de conducción.
Lógicamente procura optimizar su propio balance entre beneficios y
riesgos, adoptando el modo de conducción que considera idóneo.
En consecuencia, la teoría de la compensación del riesgo aplicada
al tráfico establece que, por término medio, los conductores
adoptarán modos de conducción más arriesgados cuando perciban que
se encuentran en un entorno con mayores protecciones técnicas, ya
sea en su vehículo o en la infraestructura por la que circulan.
Debido a ello, las mejoras introducidas en el entorno técnico del
tráfico pueden quedar total o parcialmente neutralizadas por los
mecanismos psicológicos de compensación del riesgo, o incluso en
ocasiones pueden quedar sobreneutralizadas, dado que los mecanismos
de compensación tienen una base estrictamente interpretativa y
subjetiva. Esta teoría concuerda muy aceptablemente con los
resultados observados en la práctica, tanto a nivel global
(evolución de la accidentalidad global en numerosos países o
regiones) como en diversos experimentos e investigaciones
concretas[3].
Tras haber sido verificada empíricamente su validez en repetidas
ocasiones, la teoría de la compensación del riesgo se ha ido
consolidando en los últimos diez o quince años, de modo que en la
actualidad puede afirmarse que en los países septentrionales de
Europa, así como en Canadá y Australia, es ya el enfoque estándar
de los medios profesionales relacionados con el problema de los
accidentes de tráfico.
Estos enfoques del problema de los accidentes de automóvil conducen
a políticas muy diferentes de las que preconiza la ingeniería de
seguridad vial convencional. En efecto, si se asume que el objetivo
primordial de la política de seguridad vial debe ser la reducción
de los daños personales causados por el tráfico, y se observa que
las medidas técnicas que actúan sobre el riesgo pueden ser anuladas
por los mecanismos de compensación, si se quiere obtener resultados
positivos sólo caben dos estrategias, o diversas combinaciones de
ambas.
La primera estrategia viable es, obviamente, y volviendo a ideas ya
expresadas más arriba, la reducción del peligro: la mejor política
de seguridad vial será aquella que persiga como objetivos
principales la reducción del número de vehículos en circulación, la
reducción del peso de los mismos, y la reducción de la velocidad de
circulación. En términos de intervención política, estas tres
reglas tienen una lectura muy concreta: trasvase de viajeros desde
el automóvil privado hacia los medios de transporte colectivos,
limitaciones legales de tamaño y potencia de los automóviles, y
limitaciones generalizadas de velocidad con exigencia estricta de
su cumplimiento[4].
La segunda es la de actuar sobre el nivel de riesgo percibido por
los conductores, más que sobre el nivel de riesgo técnico calculado
mediante valoraciones ingenieriles. Dado que, al parecer, el
comportamiento de los conductores está condicionado por los
mecanismos de compensación del riesgo, las políticas de seguridad
vial deberán aplicar medidas que tiendan a incrementar la
percepción de los riesgos del tráfico por parte de los conductores.
Así, éstos tenderán a utilizar menos el automóvil, y a utilizarlo
de modo menos arriesgado.
Para conseguir este objetivo, es necesario intensificar la
concienciación social acerca del verdadero alcance de los peligros
del tráfico, y de lo éticamente inadmisibles que son los niveles de
accidentalidad que se registran en todos los países, incluso en los
más avanzados en la materia. De este modo, el punto de compromiso
de aceptación de riesgos por los conductores se puede ir inclinando
progresivamente del lado de la seguridad. Asimismo, es necesario
que el entorno viario, y los propios automóviles, hagan al usuario
consciente de la situación de riesgo en que se encuentra, en vez de
intentar ocultársela proporcionándole una falsa sensación de
seguridad, e incluso de invulnerabilidad como hacen la mayor parte
de las medidas de la ingeniería de seguridad vial.
Donde más se ha avanzado hasta el momento en las aplicaciones
prácticas de los principios de la compensación del riesgo a la
gestión de la seguridad vial es en el ámbito urbano, en el que
predominan las pequeñas o medianas intervenciones, y en el que la
capacidad de decisión está política y técnicamente mucho más
distribuida que en las grandes obras públicas.
El conjunto de técnicas que se han ido ensayando en los entornos
urbanos y periurbanos para reducir el impacto del tráfico se agrupa
actualmente bajo el apelativo de «traffic calming», o moderación
del tráfico. En esencia, la moderación del tráfico trata de
introducir en el viario determinadas características de diseño, u
otros elementos, que contribuyen a hacer a los conductores más
conscientes de la situación de riesgo en la que se encuentran,
invitándoles así a utilizar menos el automóvil y a reducir la
velocidad. Frecuentemente estas medidas incluyen modificaciones
físicas del viario que fuerzan directamente una reducción de
velocidad.
Inicialmente estas actuaciones se centraron en el tratamiento de
las zonas residenciales, aplicando las medidas de moderación del
tráfico para convertir amplios espacios residenciales en Áreas 30,
o zonas diseñadas para velocidades máximas de 30 km/hora en todo el
recinto de actuación. Pronto se extendieron estos planteamientos a
zonas de mayor actividad ciudadana, bajo el principio de la
coexistencia de tráficos. Las áreas de coexistencia, también
llamadas en algunos lugares Áreas 15, se diseñan bajo el principio
de que para garantizar la absoluta seguridad en zonas de actividad
ciudadana, los peatones, bicicletas y automóviles deben circular a
velocidades sustancialmente similares, en el abanico comprendido
entre 5 y 15 km/hora. Esta es la tendencia que se está imponiendo
actualmente en el diseño de viario en los centros urbanos densos,
con preferencia sobre la ya clásica división de las ciudades entre
los centros históricos total o parcialmente peatonalizados y el
resto de la ciudad como espacio del automóvil [Sanz, 1996] [Sanz
y Román, 1999].
A lo largo de la última década, los principios de la moderación del
tráfico han ido saliendo de los ámbitos urbanos y periurbanos para
empezar a ser aplicados también en determinadas secciones de las
redes viarias interurbanas. En particular, se cuenta ya con un buen
número de experiencias positivas en itinerarios rurales, así como
en los viarios de conexión de poblaciones rurales o de áreas
periurbanas con los grandes ejes de comunicación.
No obstante, se va haciendo cada vez más evidente que el problema
de la seguridad vial no hallará una verdadera solución hasta que la
teoría de la compensación del riesgo y las técnicas de moderación
del tráfico que se derivan de ella, no comiencen a aplicarse con
decisión en las grandes redes viarias interurbanas, y especialmente
en el sancta sanctorum del automóvil, que es la autopista. La
existencia de redes de carreteras orientadas a la circulación de
automóviles a alta velocidad es un vivero de comportamientos de
conducción arriesgados, que alienta la construcción de automóviles
de gran potencia, y de este modo provoca la proliferación de
accidentes de tráfico.
Acabar con el drama de los accidentes de tráfico: Visión Zero
Muy recientemente está empezando a tomar cuerpo una nueva
generación de interpretaciones de la inseguridad de los
automóviles, y de propuestas para alcanzar reducciones drásticas de
los accidentes, o al menos de los más graves. De ellas, las que han
recibido ya mayor apoyo institucional son las que se basan en el
enfoque conocido como «Zero Vision» [Tingvall, 1996], que puede
ser traducido directamente al castellano como «Visión Cero». Por
decisión parlamentaria adoptada en octubre de 1997, este es el
enfoque actual de la política de seguridad vial en Suecia. Desde
entonces, Noruega, Reino Unido, Países Bajos y Dinamarca han
adoptado decisiones que comienzan a orientar sus políticas de
seguridad vial en esta dirección.
El principio básico de «visión cero» es el de contemplar los
accidentes de automóvil como una epidemia que, como toda epidemia
con causas conocidas y evitables, es necesario erradicar. Una
administración pública responsable no puede tener como objetivo
político el mantener una determinada incidencia del tifus, o del
cólera, o de cualquier otra enfermedad que resulte evitable con los
conocimientos actuales y los medios disponibles, como es el caso de
los accidentes mortales de automóvil. Su objetivo ha de ser
erradicarla en el plazo de tiempo más breve posible.
En consecuencia, el enfoque de «visión cero» establece como
objetivo la erradicación de los accidentes con resultado de
víctimas mortales, o de heridos que queden incapacitados. Para
lograr este objetivo, es necesario reinterpretar toda la ordenación
del tráfico desde una perspectiva biomédica: el tráfico debe ser
ordenado de tal modo que los impactos derivados de los accidentes
que resulte imposible evitar puedan ser soportados por el cuerpo
humano sin resultado de muerte ni de incapacidad permanente.
Este planteamiento tiene diferentes consecuencias cuando se aplica
a los distintos ámbitos del tráfico. En espacios urbanos, en los
que los vehículos y los peatones conviven en proximidad, la vida de
los peatones debe salvaguardarse ante un eventual atropello, para
lo cual, la velocidad de los vehículos debe mantenerse por debajo
de 30 km/hora, y además debe ser rediseñado el morro de los
automóviles para que cause los menores daños posibles ante un
eventual atropello.
En las carreteras de dos direcciones, la peor de las colisiones
posibles es la colisión frontal entre dos vehículos. Asumiendo que
todos los vehículos lleguen a tener diseños adecuados, y que todos
los usuarios lleven puesto el cinturón de seguridad, la velocidad
máxima a la que son muy bajos los riesgos de muerte o incapacidad
de alguna de las personas implicadas en una colisión frontal está
en el entorno de 60 ó 70 km/hora. Esta es, por tanto, la hipótesis
de trabajo para la limitación de velocidad en este tipo de vías.
En las carreteras de doble calzada, asumiendo que un correcto
diseño de las mismas evite cualquier posibilidad de invasión de la
calzada contraria, el peor accidente posible es la salida de la
calzada con vuelco o colisión con algún obstáculo fijo, así como la
colisión por alcance entre vehículos circulando en la misma
dirección. En las mismas condiciones anteriores de diseño adecuado
de vehículos y uso generalizado de cinturones de seguridad, el
entorno de velocidades admisible está en torno a los 90 km/hora.
Esta es, por tanto, la hipótesis de trabajo para la velocidad
máxima en vías de doble calzada, siempre que se imposibilite la
invasión del carril contrario.
Las limitaciones de velocidad a estos niveles en ciudades,
carreteras y autopistas rompen con los hábitos de conducción
establecidos, y afectan a los intereses de las industrias del
automóvil, por lo que resultan muy difíciles de imponer[5]. El
proceso de aplicación práctica del enfoque de «visión cero» trata,
por tanto, de ir aproximándose a los objetivos de velocidad
mediante un proceso paulatino, en el que es fundamental ir ganando
apoyo social y comprensión del problema por parte de la población.
Suecia y otros países están progresando en materia de limitaciones
de velocidad, y en otros aspectos relacionados con el diseño de las
vías para rebajar la velocidad.
Asimismo, la Unión Europea comienza a moverse en esa dirección. La
Comisión ya está proponiendo la instalación de limitadores de
velocidad en los vehículos comerciales por encima de las 3,5
toneladas métricas. Esta medida es un nuevo paso en el paulatino
establecimiento de limitadores de velocidad en todos los vehículos,
medida que posee una sólida racionalidad, y que constituye el
horizonte ineludible de las políticas de seguridad vial a medio o
largo plazo, si se desea realmente acabar con la tragedia colectiva
de los accidentes de tráfico.
«Visión cero» y otros enfoques renovadores de la seguridad vial
están demostrando que los accidentes mortales son en su inmensa
mayoría evitables mediante la aplicación de medidas conocidas y
viables, tanto desde el punto de vista técnico como desde el punto
de vista económico. Y están poniendo también de manifiesto que
muchos de los planteamientos tradicionales de la ingeniería de
seguridad vial son inoperantes, cuando no contraproducentes, para
reducir la mortalidad global de un sistema de transporte viario.
Indudablemente, las industrias del automóvil (fabricantes de
automóviles y constructoras de carreteras), con la colaboración de
los estamentos técnicos del sector (oficinas de diseño,
ingenierías, departamentos oficiales de carreteras, entidades de
homologación, etc.), conocen perfectamente la existencia de estos
avances en la investigación y la práctica de la seguridad vial.
Muchos de los elementos clave del nuevo conocimiento en el campo de
la seguridad vial distan de ser recientes, y su difusión
internacional ha sido masiva en las últimas décadas. La teoría
general de la compensación del riesgo fue esbozada hace casi medio
siglo, y a finales de los años setenta estaba ya bien desarrollada
su aplicación a la seguridad vial. La difusión de estos enfoques en
los centros de investigación de seguridad vial de referencia en el
plano internacional estaba ya bien consolidada en los años ochenta,
y desde entonces se ha ido introduciendo en las políticas oficiales
de seguridad vial de los países más avanzados.
Sin embargo, las industrias del automóvil se han mantenido al
margen de estos nuevos planteamientos: en las oficinas de
ingeniería se ha seguido diseñando vehículos, carreteras y
autopistas como si la teoría de la reducción del peligro y la
compensación del riesgo no existiera, y las administraciones
públicas han seguido homologando vehículos y aprobando proyectos de
ingeniería viaria diseñados sistemáticamente para inducir a la
conducción a gran velocidad, contra todos los principios de la
reducción del peligro y la compensación del riesgo.
Ello está conduciendo a que los usuarios rechacen crecientemente
las limitaciones de velocidad, ya que el entorno técnico en el que
se mueven les hace sentirse excesiva e inútilmente «seguros». Por
esta razón, en todo el mundo se observan crecientes dificultades
para imponer el cumplimiento de las limitaciones de velocidad, lo
que está teniendo consecuencias nefastas para la verdadera
seguridad del tráfico.
De hecho, el lobby del automóvil no sólo ha ignorado los nuevos
enfoques de la seguridad vial, sino que ha procurado obstaculizar
su difusión y contrarrestar sus resultados fomentando
investigaciones contradictorias. Por muy diversos caminos, las
industrias del automóvil vienen financiando y/o promocionando en
todo el mundo a una extensa panoplia de organizaciones que se
autodenominan «centros de investigación» del automóvil o de la
seguridad vial, cuya finalidad es reforzar y actualizar la cortina
de humo de la ingeniería de seguridad vial. En algunos países,
entre los que destaca España, los departamentos oficiales de
carreteras y de tráfico contribuyen a los intereses sectoriales
ocultando estadísticas relevantes para el análisis del problema de
los accidentes de circulación[6], o realizando declaraciones a favor
de las políticas tradicionales de apoyo al sector del automóvil[7].
Mientras tanto, las medidas de control y las normas técnicas -bien
conocidas y factibles- que podrían conducir a una drástica
reducción de la mortalidad por automóvil, son sistemáticamente
desestimadas por razones políticas. Las políticas de «seguridad
vial» son establecidas por sus responsables oficiales como
resultado de complejos cálculos del número de muertos «aceptable».
En tales cálculos, que a buen seguro son en parte explícitos y en
parte subconscientes, entrarían en juego los intereses de las
industrias del automóvil, los hábitos de conducción de los
ciudadanos, las reacciones esperables de los medios de comunicación
ante las diferentes medidas posibles, y las consecuencias
electorales de las decisiones adoptadas.
Cabe concluir, por consiguiente, que las industrias del automóvil,
sus organizaciones dependientes y los departamentos oficiales
competentes en el tema, están actuando con plena conciencia de las
consecuencias fatales que necesariamente han de derivarse de las
estrategias corporativas de maximización de beneficios a cualquier
precio, o de las políticas públicas de contemporización con el
problema. Posiblemente ha llegado ya el momento de preguntarse si
en estas actitudes cabe identificar conductas dolosamente
culpables, y por tanto susceptibles de ser incriminadas en el plano
judicial.
El precedente de la industria del tabaco invita a pensar que esta
incriminación podría ser ya jurídicamente viable. Inicialmente, en
el caso del tabaco, el hecho aparentemente obvio de que el fumador
se entrega a su hábito voluntariamente parecía que podía mantener
a la industria tabaquera a cubierto de cualquier reclamación. Luego
fueron apareciendo temas como las afecciones a los fumadores
pasivos, la adición a los cigarrillos de sustancias adictivas por
parte de la industria, la ocultación por la industria y las
autoridades de los verdaderos riesgos del tabaco, la manipulación
organizada de las conductas individuales y de la opinión pública a
través de los medios de comunicación, etc. El resultado es el que
todo el mundo conoce: en Estados Unidos -y en otros países- la
industria del tabaco ha sido hallada culpable de gigantescos
delitos contra la salud pública, y va a pagar por ello.
Si a las industrias del automóvil se les llegara a exigir en algún
momento las pertinentes compensaciones por el daño que sus
productos están inflingiendo a la sociedad, las indemnizaciones
resultantes alcanzarían cifras astronómicas, a cuyo lado
palidecerían las indemnizaciones fijadas en Estados Unidos para la
industria del tabaco.
La Comisión Europea aplica actualmente[8] la cifra de un millón de
euros como valor orientativo del coste económico de un muerto en
accidente de automóvil. Aplicando ese estándar, en la Unión Europea
se estarían produciendo anualmente daños por valor de más de 6
billones de pesetas... sólo por los accidentes mortales. Incluyendo
todos los daños, la cifra asciende a decenas de billones anuales,
que actualmente están siendo soportados por el conjunto de la
sociedad, y muy especialmente por las víctimas. Las industrias del
automóvil llevan décadas convirtiendo esos inmensos volúmenes de
dinero en beneficios corporativos, y si tales beneficios llegasen
a ser declarados como obtenidos ilegalmente mediante la
manipulación deliberada de la seguridad vial, habría llegado el
momento de empezar a reembolsarlos.
Los paralelismos entre el tabaco y el automóvil, por lo que se
refiere a los riesgos para la salud y la vida de la población, y a
la manipulación de la ecuación «negocio vs seguridad» por parte de
las industrias interesadas y sus administraciones cooperadoras, son
cada día más evidentes. En la actualidad, a nadie le sorprendería
encontrar una referencia a la producción y venta de tabaco
describiéndola como «una matanza calculada». Quizá dentro de
algunos años tampoco le sorprenda a nadie encontrar este
calificativo, u otros aún más explícitos, aplicado a los millones
de personas sacrificadas anualmente en aras de la prosperidad de
las industrias del automóvil.
(1981) Nueva Enciclopedia Larousse (Ed. Planeta, Barcelona) .
(1986) Care on the Road, (Londres, febrero 1986, p. 10)
Adams, J. (1985) Risk and Freedom: the record of road safety
regulation (Transport Publishing Projects, (TPP), Londres) .
Estevan, A. y Sanz, A. (1996) Hacia la reconversión ecológica
del transporte en España. (Los libros de la catarata. Madrid) .
Fosser, S. (1992) "An experimental evaluation of the effects of
periodic motor vehicle inspection on accident rates", (Accident
Analysis and Prevention, 24(6). Pág. 599-612) .
Fosser, S. and Christensen, P. (1998) Car age and the risk of
accidents. (Report 386/1998. Oslo: Institute of Transport
Economics) .
International Federation of Red Cross and Red Crescent (1998)
World Disaster Report 1998.
Murray, C. y López, A. (1998) The Global Burden of Disease.
(Harvard University, Boston, MA, USA) .
Sanz, A. (1996) Calmar el Tráfico (MOPTMA, Madrid) .
Sanz, A. y Román, M., ed. (1999) Intercambio de experiencias en
moderación del tráfico local (USMR de CCOO. Madrid) .
Tingvall, C. (1996) "The Zero Vision" (Recovery, Volume 7,
Number 3, Fall 1996) .
WHO (1999) World Health Report: Making a Difference (Annex
Table 2, p.102., 1999) .
Fecha de referencia: 4-9-2001
| Boletín CF+S > 19 -- (EN)CLAVES INSOSTENIBLES: tráfico, género, gestión y toma de decisiones > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n19/aaest2.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Ciudades para un Futuro más Sostenible
Búsqueda |
Buenas Prácticas |
Documentos |
Boletín CF+S |
Novedades |
Convocatorias |
Sobre la Biblioteca |
Buzón/Mailbox
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid
—
Universidad Politécnica de Madrid
—
Ministerio de Fomento
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras de Edificación
—
Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio