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Boletín CF+S > 17/18 -- Tercer Catálogo de Buenas Prácticas Españolas. Estambul+5 > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n17/arrod.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X

El Programa de Buenas Prácticas de Naciones Unidas y su implantación en España


Raquel Rodríguez Alonso
Madrid (España), 20 de noviembre de 2001.

La Conferencia de Naciones Unidas sobre los Asentamientos Humanos Habitat II (Cumbre de las Ciudades) celebrada en Estambul (Turquía) del 3 al 14 de Junio de 1996 intentaba extraer el compromiso de mejorar el entorno y el modo de vida de los habitantes de todo el planeta fijando como principales puntos de debate: vivienda adecuada para todos y desarrollo de asentamientos sostenibles en un mundo en proceso de urbanización. Dicha conferencia dio lugar al Programa de Buenas Prácticas que intenta mantener vivas las reflexiones e iniciativas surgidas a raíz de la cumbre a través de dos iniciativas: el «Premio Internacional de Buenas Prácticas para la mejora de las condiciones de vida» y la publicación en INTERNET (http://www.bestpractices.org) y CD-ROM de una base de datos en la que se recogen todas las experiencias que participan en dicho concurso.

El programa de Buenas prácticas se enmarca dentro de todas las actividades de Naciones Unidas como una más, de pequeño calibre y con pequeño presupuesto. Para que el programa cumpla sus objetivos y no se quede en las meras intenciones necesita crear una red fuerte compuesta por agentes implicados a todos los niveles. El papel de Naciones Unidas es importante, pero no sirve de nada si no existe una maquinaria a nivel nacional que apoye esta iniciativa y la adapte a las circunstancias particulares de cada país, que controle el proceso a la vez desde la distancia de la reflexión y desde el seguimiento de la práctica local, y que adquiera la capacidad de trazar un mapa real de la situación de la política del hábitat en las circunstancias de cada país. El programa necesita elementos puente con los que llevar la información y las reflexiones desde el foro de Naciones Unidas a la vida cotidiana y la escala local porque es en manos de esta última en la que está el poder de aplicación de las máximas y las inquietudes de la Cumbre.

El proceso español es un buen ejemplo en ese sentido. El Comité Hábitat español, adherido al Programa desde el principio, repite el proceso instaurado por Naciones Unidas adaptándolo a las condiciones y circunstancias de nuestro país. España participa en las tres convocatorias del concurso y, a partir de 1997, decide la creación de varios Grupos de Trabajo y Foros que analicen el caso español desde las pautas planteadas en la Cumbre. Entre ellos se encuentra el Foro sobre Grupos Vulnerables, el Foro sobre la Vivienda Sostenible y el Grupo de Trabajo sobre Buenas Prácticas que tiene entre sus cometidos la selección de las experiencias españolas que optan a participar en el Concurso Internacional a través de todo un proceso en el que se atienden las dudas de los participantes y se les ayuda a que reflexionen sobre su trabajo y lo cuenten de la manera más clara posible. Los protagonistas de las prácticas se ven obligados a reflexionar sobre lo que han puesto en marcha, a hablar de los puntos fuertes y también de aquellos objetivos que no han logrado, o de los problemas consecuencia de sus propias iniciativas, introduciendo de este modo una fase esencial en su labor que en muchas ocasiones, por falta de tiempo, no se lleva a cabo.

De este modo, el proceso español interviene como mediador entre el programa de buenas prácticas de Naciones Unidas, de carácter global, y los implicados directamente en su realización a nivel local. A la vez que garantiza a Naciones Unidas que las experiencias seleccionadas cumplen los criterios impuestos y respetan los requisitos del programa, favorece el acercamiento de éste a aquellos que realmente tienen la posibilidad de ponerlo en marcha y de hacer que funcione a través de su práctica cotidiana, y ponen en contacto a todos los implicados dentro del propio país, creando una red de información e intercambio a nivel nacional.

Con ocasión de la celebración de Estambul+5, desde el Ministerio de Fomento, el Grupo de Trabajo de Buenas Prácticas encargó la realización del «Informe sobre la evolución de las buenas prácticas españolas y su relación con el cumplimiento del programa habitat» al Instituto Juan de Herrera. En ese trabajo tratamos de analizar todo el proceso de aplicación del Programa Habitat en España desde los diferentes puntos de vista de los agentes con la intención de conocer el alcance real de los principios del programa, así como el estudio de las experiencias seleccionadas por el Comité y los resultados obtenidos en el concurso. En este sentido, el informe ha ayudado a esclarecer qué tipo de prácticas son las más comunes en el territorio español y por tanto, cuáles son los puntos considerados como débiles en nuestra sociedad y qué agentes se enfrentan a ellos; quiénes intervienen en el proceso de una manera habitual y cuál es el nivel de colaboración e implicación de los organismos entre sí; qué recursos económicos se emplean en la resolución de las situaciones planteadas y hasta qué punto un problema es cuestión de presupuesto o de imaginación; qué escalas territoriales, sociales o económicas se toman en cuenta y cuál su relación con el tamaño de los municipios.

El Programa de Buenas Prácticas tiene como objetivo establecer un foro de debate e intercambio apoyado desde las Instituciones en el que se pongan en contacto una serie de experiencias (Buenas Prácticas) que tratan de remediar problemas cotidianos (Áreas temáticas) consecuencia del devenir de las ciudades y las aglomeraciones características del momento presente y en las que viven la mayoría de los habitantes de este planeta desde una perspectiva diferente a la habitual (Criterios Básicos). Esto quiere decir que no cualquier experiencia es válida. Para poder considerar una experiencia como Buena Práctica debe cumplir una serie de requisitos o «Criterios Básicos» que implican muchas veces un esfuerzo de imaginación y un posicionamiento ante la realidad diferente del habitual. Dichos criterios intentan enfocar la resolución de los problemas no con soluciones ya estandarizadas que muchas veces no funcionan y cuyos errores más habituales han sido estudiados y reconocidos, sino desde una perspectiva nueva que incluya esos errores en el análisis y resolución de cada caso.

Cuando uno se enfrenta por primera vez al proceso espera encontrar un catálogo de prácticas ejemplares e innovadoras que pongan fin de manera milagrosa a los problemas y situaciones que exponen las bases. Pero esto no es así: al leer muchas de las prácticas, uno se decepciona porque, a primera vista, algunas de ellas muestran rasgos similares a la manera ordinaria de hacer de las políticas del hábitat. Pero el interés del programa no reside en la perfección de cada una de las prácticas que premia y selecciona. Su fuerza radica, por un lado, en la capacidad de reunirlas y ordenarlas en el mismo lugar para que lleguen a constituir un instrumento de análisis de la realidad desde la experiencia local, susceptible, por tanto, de incitar a la reflexión sobre los criterios y los modos de hacer más comunes; y por otro, en su intención de transformar poco a poco la manera de hacer hasta conseguir que los criterios necesarios para que una buena práctica sea considerada como tal acaben siendo los criterios lógicos y corrientes de actuación.

Sin duda, en el contexto del Programa el objetivo último de cualquier práctica es el de incrementar el grado de bienestar del conjunto de los ciudadanos que habitan en un determinado contexto urbano. En ningún caso se debería tratar de revestir la práctica habitual, que se desentiende muchas veces de los propios implicados, con elementos formales políticamente correctos. En este sentido los criterios básicos que hacen «buena» una práctica apuntan uno por uno en esta dirección. Su propósito es el de recordar que las prácticas no son válidas por sí mismas y que no están al servicio de los intereses profesionales de aquellos que intervienen, ni de los de una firma política. Estos criterios establecen que todas aquellas prácticas que se pongan en marcha han de tener en cuenta las necesidades reales y específicas de los habitantes y han de dar una solución que los incluya en el proceso desde el principio, garantizándoles una mejora adecuada a sus necesidades y recursos.

En este sentido, las garantías del proceso español son importantes, pero su propia manera de hacer deja algunos cabos sueltos. Las prácticas que forman parte del concurso son prácticas en papel y en ningún momento del proceso existe un seguimiento físico de la práctica. Los expertos, a la hora de juzgarlas, han de confiar en las palabras y en la visión subjetiva del autor. Y esta situación se puede convertir en un arma de doble filo. Es peligrosa la apropiación por parte de las corrientes políticas y de los poderes públicos de todo el proceso. Por un lado, es un hecho significativo y muy importante, porque dicha apropiación quiere decir también implicación y conocimiento de las inquietudes y voluntad de transformación. Pero si no se llega a conseguir que las iniciativas estén exentas de una firma, que las políticas del hábitat estén dentro de una lucha común en la que exista implicación por parte de todos los colores y de todos los agentes, la lucha será en balde. Las prácticas han de sobrevivir a sus propios autores.

Pero no me quedaría tranquila sino acompañase este juicio de una segunda reflexión. Todas estas experiencias se ponen en marcha en este mundo y no en uno perfecto. Todos los agentes implicados trabajan en una realidad que es más compleja de lo que parece. Muchas veces, a pesar de que se intentan respetar los criterios establecidos por el concurso, los resultados de las prácticas no son todo lo innovadores que uno esperaría. Si uno de los criterios impuestos por el concurso es reunir en la realización de una práctica a todos los implicados, la confluencia de intereses sociales diversos, a veces contrapuestos, obligará a llegar a un consenso, provocando la adopción final de soluciones a medias tintas que no incomoden a ninguno.

Y es aquí donde está el verdadero valor del programa que no tiene ni la capacidad ni la voluntad de hacer milagros. El programa reúne en su seno a todos aquellos que quieran entrar a formar parte de él, dándoles la oportunidad de enfrentarse a la realidad en toda su complejidad, y llevando sus inquietudes hasta sus últimas consecuencias en el campo de la práctica a través de la convicción de la lucha diaria y del empeño por devolver los procesos y los productos finales a los usuarios que son, en definitiva, los protagonistas, muchas veces olvidados, de las transformaciones del hábitat.

Fecha de referencia: 28-11-2001

Boletín CF+S > 17/18 -- Tercer Catálogo de Buenas Prácticas Españolas. Estambul+5 > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n17/arrod.html

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