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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Por otro lado, otras circunstancias pueden ayudar a agravar las
oscuras tonalidades de este escenario. La nueva coyuntura de
encarecimiento de los precios de la energía, en concreto del
petróleo, que se verá probablemente agudizada en esta década al
cruzarse la curva de la oferta y la demanda a escala mundial (ver
texto de la primera parte), puede actuar de freno adicional al
crecimiento económico, así como otros límites ecológicos que se
vayan sucediendo en el camino de la necesidad de expansión
irrefrenable del actual modelo productivo. Ello permite entender
mejor cómo los Estados del Centro afilan sus Fuerzas de
Intervención Rápida para garantizar el acceso (de forma militar, si
es necesario) a esta fuente básica, el petróleo, del crecimiento de
sus economías[2] y de la economía mundial. Garantizar los flujos del
«oro negro», que provendrán cada vez más de Oriente Medio, es su
objetivo[3]. La inexorable ley de la entropía hará el resto. Es
decir, cada día cuesta más en términos energéticos sacar un barril
de petróleo, conforme se van agotando los yacimientos más ricos y
accesibles, por lo que un mayor encarecimiento de este recurso, en
el medio plazo, está garantizado[4].
Mientras tanto, las fuerzas del dinero intentan cada vez más
emanciparse no sólo del poder político, sino de la «economía real»,
pensando que pueden incrementar su poder (y volumen monetario)
independientemente del devenir del mundo físico. Se ha llegado a
mencionar la posibilidad de crear un mercado bursátil planetario.
Pero como está demostrando la actual crisis, la economía financiera
está íntimamente ligada a su sustrato material y ésta no puede
tener un funcionamiento independiente, o desligado, en el medio
plazo, de lo que acontece en el mundo de la producción y el
consumo. El casino planetario del dinero virtual puede, tal vez,
tener los días contados, máxime si entran en crisis el poder
político y militar que sustentan el poder del dinero. Pues en todo
este proceso la crisis de los Estados se profundizará, alcanzando
a los Estados centrales (y a estructuras supraestatales como la
UE). Ya se empieza a constatar la erosión de su legitimidad por los
procesos de privatizaciones de los principales servicios públicos
(sanidad, educación, agua, energía, ferrocarril...), allí donde
éstos ya se han producido. Y la privatización de las pensiones,
donde ésta ya es una realidad (en el mundo anglosajón), va a ser
otro elemento de cuestionamiento de estas políticas, en un contexto
de caída de los precios de los activos financieros, en los que han
invertido los fondos de pensiones. Cómo decía el Roto en un chiste:
¿Pero qué planes de pensiones son ésos que perdemos el poco dinero
que podemos ahorrar? Las clases medias de los países centrales, las
únicas que, en general, podían suscribir dichos planes de
pensiones, van a sufrir en carne propia la volatilidad en cuanto a
la garantía de un futuro que se le hace depender del mercado. Y son
éstas las que votan y sostienen los entramados políticos de las
democracias occidentales. Al mismo tiempo se intenta, como sea,
impulsar el crecimiento rebajando la presión fiscal en los Estados
centrales. Esta gasolina para echar al fuego del crecimiento durará
poco y endeudará aún más a los Estados, lo que repercutirá en la
necesidad de un mayor adelgazamiento de lo que queda del Estado
social. Además, si la reducción de la fiscalidad constituye un tema
popular (en el corto plazo), ese no es el caso en lo que se refiere
a la reducción de las prestaciones sociales que dichas políticas
conllevarán (forzosamente, en el medio plazo). Por otro lado, la
pérdida del poder privativo que el Estado mantenía sobre la
creación del dinero y con ello de un medio básico para reforzar su
propio poder político, ha desaparecido, al haberse hecho
dependiente de los intereses del capital financiero. Con lo que el
margen de maniobra para enfrentar posibles escenarios de crisis,
desde una perspectiva «social», es prácticamente inexistente. Y a
ello se suma el que el peso de las crecientes crisis financieras,
que provoca el funcionamiento del casino especulativo planetario,
se está haciendo recaer también, cada vez más, pues no puede ser de
otro modo, sobre los presupuestos de los Estados del Centro. De
donde el FMI, el bombero pirómano, consigue los recursos necesarios
para salvaguardar los intereses de las élites financieras. Lo que
a su vez obligará a un recorte aún más profundo del gasto social y
a un endeudamiento adicional, sobre todo en tiempos de vacas
flacas, cuando la actividad económica decae, pues las
megaestructuras estatales también dependen, en cuanto a ingresos
fiscales, para mantenerse, del crecimiento económico.
No es pues de extrañar: «la desafección masiva hacia las
estructuras estatales. Por todas partes, quienes veían al Estado
como potencia transformadora manifiestan un profundo escepticismo
respecto a su capacidad para promover el cambio, incluso para
asegurar el orden social» [Wallerstein , 2000]. Lo que muy
probablemente pone en cuestión la afirmación de que el Estado es
todavía un último dique contra la expansión del capitalismo
neoliberal. El poder del dinero es tal, que hoy en día se dan casos
tan curiosos como el de México, que tuvo que pedir créditos
internacionales al FMI y otras instituciones, para proveerse de un
blindaje financiero que garantizase su transición política. Es
decir, una especie de colchón de seguridad por si se producían
ataques especulativos, ante la previsible pérdida del poder del PRI
y el ascenso de Fox. Y eso a pesar de que Fox ofreció, previamente,
todas las garantías a los inversores internacionales durante su
presidencia.
Por otra parte empiezan ya a aflorar, con fuerza, nuevos tipos de
conflictividad social, que están íntimamente ligados con la crisis
ecológica, que están repercutiendo de forma importante sobre los
propios Estados y que influirán adicionalmente sobre las relaciones
Centro-Periferia. Crisis como la de las llamadas «vacas locas», han
puesto en pie de guerra a las organizaciones de ganaderos de gran
número de los países de la UE, generando importantes conflictos
sociales. Lo mismo se puede decir de las subidas de los
combustibles que se produjeron al inicio del otoño de 2000, que
hicieron que agricultores, pescadores y transportistas (los más
afectados directamente) bloqueasen los centros de distribución de
combustible, carreteras, puertos y puestos fronterizos, creando
importantes tensiones económicas, sociales y políticas. O las
movilizaciones que se han producido con ocasión de grandes
desastres de contaminación provocados por accidentes de la minería
y el transporte de combustibles (Erika, Galápagos...) en distintos
lugares de la geografía europea (y mundial). El caso de Doñana es
un buen ejemplo cercano, pero ni mucho menos el único. En esta
ocasión pescadores y agricultores de la zona vieron como su
actividad peligraba seriamente, lo que derivó en serios conflictos
con las autoridades autonómicas y centrales, e incluso con los
mineros que veían el riesgo que corrían sus puestos de trabajo, si
se cerraba la mina de Boliden. Por otro lado, el agotamiento de
caladeros de pesca y la política de la UE en dicho sector, está
poniendo en cuestión la actividad de gran parte de la flota
pesquera española. Y en otro orden de cosas, los conflictos en
torno al uso y disponibilidad del agua, están proliferando por todo
el mundo, así como las revueltas contra su privatización (Bolivia,
Ecuador) y desde hace años se han instalado en el territorio
español y lo harán con más fuerza en el futuro, máxime si se lleva
a cabo el Plan Hidrológico.
Estos botones de muestra, que se repiten cada vez con mayor
frecuencia e intensidad, indican que están apareciendo nuevos
conflictos sociales que no tienen una relación directa con el
conflicto capital-trabajo, que solía ser el eje central de los
conflictos durante la historia del capitalismo, sino que responden
a las contradicciones que se derivan entre la lógica del modelo
productivo y los límites que impone a su desarrollo el entorno
natural. En casi todos ellos, por no decir en todos, los afectados
se revuelven contra las estructuras estatales para exigir
soluciones a sus demandas. Esto acaba derivando en elevados costes
que tiene que asumir el Estado, si quiere garantizar la paz social
y en un importante desprestigio del mismo como garante de la
gobernabilidad y el «buen funcionamiento» de la sociedad. En el
caso de los alimentos transgénicos, la empresa de relaciones
públicas (la «famosa» Burson Marsteller) que asesora a la patronal
del sector, EuropaBio, ha recomendado explícitamente a las grandes
empresas biotecnológicas, que los producen y comercializan, que
eviten entrar en debate con las organizaciones de consumidores y
ecologistas y que dejen que sean los políticos los que vendan la
«bondad» e «inocuidad» de dichos alimentos [RTS , 1999]. Es de
prever que las crisis ecológicas y productivas[5] que se deriven de
su creciente aplicación, susciten fuertes reclamaciones hacia los
Estados (o las estructuras supraestatales, como la UE) como
responsables en última instancia de su llegada al mercado[6].
La degradación ambiental en ascenso va a resultar cada día más
inmanejable, por la creciente extracción y degradación de recursos
y la generación exponencial de residuos de todo tipo, que implica
la expansión del capitalismo global. Estos procesos están afectando
cada vez más a las relaciones Centro-Periferia, pues se intensifica
la extracción de recursos de ésta y se la utiliza también, de forma
incremental, como sumidero de residuos, sobre todo tóxicos. Pero la
degradación ambiental ya no se puede seguir exportando a
territorios recónditos, pues éstos simplemente no existen, máxime
en el mundo del capitalismo global. Los llamados Contaminantes
Orgánicos Persistentes hoy en día pululan por todo el planeta y
tienen un elevado impacto tóxico, cuyos efectos serán más patentes
en el medio y largo plazo. Y en este mundo dominado por el poder
del dinero, los países que no tienen nada (o poco) que vender en el
mercado global, ofrecen sus territorios para que los países
centrales puedan depositar allí sus residuos tóxicos, a cambio de
un «puñado de dólares (o de euros)». Rusia acaba de aprobar
recientemente, con la inmensa mayoría de la opinión pública en
contra, el ofrecerse al mundo entero como cementerio nuclear;
bueno, mejor dicho, a aquellos países (principalmente del Norte)
con centrales y residuos nucleares, que no saben dónde
almacenarlos. Estas «bombas de relojería» irán estallando poco a
poco (lo están haciendo ya), generando importantes conflictos
internos y haciendo que se agudicen las tensiones entre el Centro
y las Periferias Sur y Este.
Por otro lado y como el mencionado informe de la CIA apunta, «la
emigración legal e ilegal, que supera en la actualidad el 15% en
más de 50 países, va a seguir creciendo y producirá tensiones
políticas y sociales en los países de acogida, incluso cambios de
identidad nacional» [Retuerto , 2000]. El Norte se blinda contra
esta marea incontenible que provocan las dinámicas del capitalismo
global y que se agudizarán como resultado de los impactos
ecológicos planetarios. En este terreno también serán los estados
los que tengan que lidiar con esta nueva «conflictividad», que ya
está desestabilizando a muchos de ellos, pues crecen las fuerzas
xenófobas y racistas que la propia actuación del Estado auspicia[7],
como forma de conseguir el apoyo social a sus políticas contra la
inmigración. En esta vorágine, hasta la propia «izquierda»
socialdemócrata de los países centrales coge como bandera propia la
lucha contra la inmigración, pues sabe de sus réditos electorales
entre la población que vota. Blair marca el camino a seguir dentro
de la Tercera Vía de la socialdemocracia y ésta es una de sus
nuevas banderas, junto con la supresión del derecho de asilo. Otra
es la defensa de la familia. Y recientemente ha planteado una «ley
antiterrorista», que califica como tales prácticamente a cualquier
actividad disidente. La derecha tradicional parece que se va
quedando sin banderas propias, en este corrimiento hacia la derecha
del conjunto de las fuerzas políticas, intentando atrapar el voto
de «centro», es decir, el de la población que acude a las urnas. La
derechización de las sociedades es fruto del miedo a la
ingobernabilidad creciente de carácter no antagonista que auspicia
la expansión del capitalismo global, pero que asimismo es el
resultado de las propias estrategias del poder. Dicha
ingobernabilidad es fruto de la extensión de comportamientos
sociales desordenados: delictivos, patológicos, perversos,
desviados..., individuales pero también crecientemente grupales,
que se manifiestan muchas veces a través de redes de carácter
mafioso, que rivalizan en ocasiones con el poder del Estado. Gran
parte de la expansión de estos comportamientos desordenados se va
manifestando con un componente violento en ascenso, en muchos casos
de violencia puramente gratuita, que se ejerce sobre los elementos
más débiles y marginados de la sociedad: mujeres, minorías étnicas,
inmigrantes... Lo cual es un síntoma del grado de deterioro social
y mental que han alcanzado nuestras sociedades; en EEUU uno de cada
tres estadounidenses tiene problemas mentales [El País
, 4-7-2000]. Pero, también, las estructuras de poder han puesto en
marcha una estrategia del «divide y vencerás», que auspicia
igualmente dichos comportamientos desordenados. El reforzamiento de
la estratificación social, la lucha contra la noción de ciudadanía
para determinados colectivos sociales (inmigrantes, minorías
étnicas...) y para los afectados por la creciente precariedad, la
culpabilización de los parados y excluidos de su situación y en
definitiva la criminalización de los pobres, son muestras de una
guerra civil molecular que se impulsa desde el poder para conseguir
reagrupar a los sectores «normalizados» de la sociedad en torno al
mismo, en base al miedo colectivo. El mensaje que se inculca a
estos sectores es que los problemas sociales son problemas
policiales.
A todos los niveles se intenta imponer la visión (reforzada por el
mensaje mediático y virtual) de que la ingobernabilidad en ascenso
sólo se puede atajar con un manejo policial y penal, así como
militar, del mundo. Pues ello permite no poner en cuestión las
raíces de la creciente ingobernabilidad no antagonista, posibilita
la estrategia anteriormente descrita del «divide y vencerás» y le
da pie al poder para tener las manos más libres para lidiar a sus
anchas con el antagonismo consciente que pone en cuestión las
estructuras de poder del capitalismo global. Se asiste a un acusado
endurecimiento de los Estados, pues la «cara blanda» de los mismos
(el Estado social) tiene que dejar paso a la «cara dura» (el Estado
policial y militar), para gestionar la ingobernabilidad. Y esto se
quiere hacer, todavía, conservando un cierto ropaje democrático que
legitime al Estado de cara a la población integrada, por el momento
mayoritaria en los países del Norte. Es más, se presenta como una
exigencia democrática, pues la opinión pública, nos dicen, pide
mano dura. Mientras que probablemente se estudian en la trastienda
soluciones totalitarias, por si fallan en algún momento las
anteriores, para que siga «progresando» el capitalismo global. Es
por ello probablemente por lo que se prepara, desde hace ya años,
a la población mundial y, en concreto, a la del Norte, a través de
las industrias de producción cultural y del mensaje mediático y
virtual, a que la resolución de los conflictos en ascenso se debe
realizar mediante ese manejo policial-penal y militar del mundo ya
mencionado. A través de todos ellos se difunde el discurso de que
la violencia (institucional) es la vía adecuada para encararlos. Se
produce también una remitologización del modelo masculino, con el
fin de frenar la expansión de la crítica al modelo patriarcal que
había impulsado el movimiento feminista [Muñoz , 1993] y de poner
coto a la progresión a las ideologías pacifistas que se habían
desarrollado en los ochenta, en un momento en que el modelo
necesita operar cada vez más violentamente para intentar controlar
el progresivo desorden que su propio despliegue comporta. Es el
«vuelve el hombre», o «vuelve el héroe». Los: Rocky, Rambo,
Terminator, Robocop, etc, se han ido sucediendo a velocidad de
vértigo durante los últimos años. Al igual que han ido apareciendo,
en menor medida, pero también, personajes femeninos, similares, que
han ido emulando el comportamiento de los correspondientes nuevos
héroes masculinos. En definitiva, nuevos estereotipos que sirvan
para moldear modelos simbólicos de referencia, encarnando la
necesidad imperiosa de utilizar la violencia (patológica) para
imponer el orden, en contextos caracterizados por desastres y
convulsiones de distinto tipo (la nueva especialidad de Hollywood).
Esta profusión de violencia mediática, busca insensibilizar a los
sujetos ante la violencia real que ejerce el poder para vencer el
Mal.
A nadie se le escapa que, con distintas modulaciones, se está
intentando imponer un nuevo modelo de relación entre géneros de
tipo neopatriarcal, pues es necesario reajustar otra vez el papel
de los mismos, poniendo en su sitio el rol de cada uno, para los
nuevos escenarios de crisis que se avecinan [Muñoz , 1993]. De una
forma sutil, en unos casos y abiertamente manipuladora en otros,
los centros hegemónicos parece que actúan a través de la realidad
mediática y virtual para redefinir las relaciones de género. Se
difunde la psicopatologización de éstas, introduciendo la violencia
y la componente sadomasoquista extrema como componente de las
mismas. «Instinto Básico» fue un buen exponente de ello. La
violencia gratuita y patológica se incorpora como aditivo principal
en las relaciones interpersonales en general y afectivosexuales en
particular, dentro del mensaje que propaga el discurso mediático.
Son la fuerza, la agresión, la competencia, la ley de la selva y no
el intelecto, la reflexión, la cooperación y la solidaridad, los
valores que se priman desde la «realidad virtual». Ocultando la
complejidad de los procesos y resaltando la simpleza de que la
violencia institucional, que se debe apoyar sin pestañear, será la
encargada de controlar el clima de violencia y desorden
generalizado que nos va invadiendo.
Pero esta «solución» para que continúe la expansión irrefrenable
del capitalismo global, es un callejón sin salida, también, en el
medio plazo. La razón es que esa vía se convertirá en una
pesadísima losa que gravará el funcionamiento de las estructuras
estatales. El coste económico de todo ello será ingente y muy
difícil probablemente de mantener en escenarios de reducido, o
nulo, crecimiento, si es que éste no deviene negativo. El coste
humano, social y moral huelga comentarlo. Y ya se pudo observar,
hace ahora unos diez años, cómo las estructuras totalitarias del
Este, cimentadas sobre un enorme gasto policial y militar, se
vinieron abajo, de repente, ante la incapacidad de dar respuesta a
los anhelos de libertad y a las demandas sociales. Y eso que
entonces, como decía Hanna Arendt (1994): «la transformación de las
clases en masas (como en el nazismo) y la eliminación paralela de
la solidaridad de grupo [fue] la condición sine qua non para el
dominio total». Pero en el caso de Occidente, a pesar del
encefalograma plano en el que han logrado instalar a gran parte de
la sociedad, ésa no es ni mucho menos la situación. Todavía late
mucha vida en la sociedad, queda dispersa aún una considerable
capacidad de reflexión crítica y existen asimismo amplios rescoldos
antagonistas, en proceso de reconstrucción, que no son nada
sencillos de acallar. Le va a resultar muy difícil al poder aplicar
soluciones totalitarias, de alto coste político, que por otro lado
no será viable mantener en el medio plazo.
Las fugas que provoca la dinámica del capitalismo global están
escapando ya al poder de control y seducción de los instrumentos
ideológicos. Y, dentro de poco, hasta se esfumará, probablemente,
en gran medida, la capacidad de control de conflictos de la brutal
maquinaria represiva que se ha impulsado y que incentiva de forma
desesperada el poder. La capacidad de Simulación y de Espectáculo,
a pesar de la potencia de la realidad mediática y virtual, se va
diluyendo como un azucarillo en un café y sólo va quedando la
potencialidad de generar miedo colectivo para aglutinar bajo sus
estructuras a la población integrada. Población que disminuye por
momentos como consecuencia de la propia dinámica del modelo,
mientras que aumenta a velocidad de vértigo en torno suyo el
universo, amenazante, sobre todo en las Periferias, de excluidos
por el proyecto modernizador-globalizador. Es de esperar, que esta
manifestación cada día más patente de la verdadera realidad, logre
desvelar la falsedad, hasta ahora sin réplica [Debord , 1990];
[López Sánchez , 1993], de la «realidad» mediática. Y que en este
proceso de desenmascaramiento, los diferentes sujetos sociales
puedan ir recuperando su capacidad autónoma de pensar y
organizarse, para poder reconstruir su futuro sobre las cenizas que
va dejando a su paso el proyecto de «Progreso» y «Desarrollo» que
impulsa el capital. El ascenso de la contestación antagonista al
capitalismo global es, como se ha apuntado, una potente brisa de
aire fresco en este proceso.
Fecha de referencia: 02-06-2001
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