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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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Encarando el previsible fin del crecimiento, del progreso y del desarrollo


Muy probablemente estamos entrando en una etapa de fuerte caída del crecimiento económico a escala mundial, que tal vez derive en una recesión planetaria, arrastrando consigo una intensa caída de los precios (deflación) de todo tipo de activos (bursátiles, financieros, inmobiliarios...) y evaporándose una riqueza «ficticia» que se había ido generando en los últimos años, al crecer los precios de éstos bastante por encima de la evolución de la «economía real». Lo cual afectará al poder adquisitivo de esos aproximadamente quinientos millones de personas en el mundo (ver texto de la primera parte), que con su poder de compra estaban tirando del crecimiento de la economía mundial y por extensión incidirá en muy amplios sectores sociales a escala planetaria que sobreviven participando en la producción y los servicios que satisfacen las «necesidades» de esa demanda. Tal escenario tendrá muy fuertes repercusiones políticas y sociales, afectando seriamente a la geopolítica mundial. No hay que olvidar que los sectores sociales privilegiados[1] que hasta ahora se han beneficiado de la «globalización», son sobre los que se sustenta, principalmente, la legitimidad (y estabilidad) de las democracias occidentales. Y es por esto por lo que una recesión-deflación mundial puede afectar de lleno a la gobernabilidad de los Estados del Centro. En el resto del planeta ya se ha intentado apuntar la fuerte crisis de legitimidad y la inestabilidad de sus estructuras estatales, que se puede ver aún más acentuada por la probable recesión-deflación mundial.

Por otro lado, otras circunstancias pueden ayudar a agravar las oscuras tonalidades de este escenario. La nueva coyuntura de encarecimiento de los precios de la energía, en concreto del petróleo, que se verá probablemente agudizada en esta década al cruzarse la curva de la oferta y la demanda a escala mundial (ver texto de la primera parte), puede actuar de freno adicional al crecimiento económico, así como otros límites ecológicos que se vayan sucediendo en el camino de la necesidad de expansión irrefrenable del actual modelo productivo. Ello permite entender mejor cómo los Estados del Centro afilan sus Fuerzas de Intervención Rápida para garantizar el acceso (de forma militar, si es necesario) a esta fuente básica, el petróleo, del crecimiento de sus economías[2] y de la economía mundial. Garantizar los flujos del «oro negro», que provendrán cada vez más de Oriente Medio, es su objetivo[3]. La inexorable ley de la entropía hará el resto. Es decir, cada día cuesta más en términos energéticos sacar un barril de petróleo, conforme se van agotando los yacimientos más ricos y accesibles, por lo que un mayor encarecimiento de este recurso, en el medio plazo, está garantizado[4].

Mientras tanto, las fuerzas del dinero intentan cada vez más emanciparse no sólo del poder político, sino de la «economía real», pensando que pueden incrementar su poder (y volumen monetario) independientemente del devenir del mundo físico. Se ha llegado a mencionar la posibilidad de crear un mercado bursátil planetario. Pero como está demostrando la actual crisis, la economía financiera está íntimamente ligada a su sustrato material y ésta no puede tener un funcionamiento independiente, o desligado, en el medio plazo, de lo que acontece en el mundo de la producción y el consumo. El casino planetario del dinero virtual puede, tal vez, tener los días contados, máxime si entran en crisis el poder político y militar que sustentan el poder del dinero. Pues en todo este proceso la crisis de los Estados se profundizará, alcanzando a los Estados centrales (y a estructuras supraestatales como la UE). Ya se empieza a constatar la erosión de su legitimidad por los procesos de privatizaciones de los principales servicios públicos (sanidad, educación, agua, energía, ferrocarril...), allí donde éstos ya se han producido. Y la privatización de las pensiones, donde ésta ya es una realidad (en el mundo anglosajón), va a ser otro elemento de cuestionamiento de estas políticas, en un contexto de caída de los precios de los activos financieros, en los que han invertido los fondos de pensiones. Cómo decía el Roto en un chiste: ¿Pero qué planes de pensiones son ésos que perdemos el poco dinero que podemos ahorrar? Las clases medias de los países centrales, las únicas que, en general, podían suscribir dichos planes de pensiones, van a sufrir en carne propia la volatilidad en cuanto a la garantía de un futuro que se le hace depender del mercado. Y son éstas las que votan y sostienen los entramados políticos de las democracias occidentales. Al mismo tiempo se intenta, como sea, impulsar el crecimiento rebajando la presión fiscal en los Estados centrales. Esta gasolina para echar al fuego del crecimiento durará poco y endeudará aún más a los Estados, lo que repercutirá en la necesidad de un mayor adelgazamiento de lo que queda del Estado social. Además, si la reducción de la fiscalidad constituye un tema popular (en el corto plazo), ese no es el caso en lo que se refiere a la reducción de las prestaciones sociales que dichas políticas conllevarán (forzosamente, en el medio plazo). Por otro lado, la pérdida del poder privativo que el Estado mantenía sobre la creación del dinero y con ello de un medio básico para reforzar su propio poder político, ha desaparecido, al haberse hecho dependiente de los intereses del capital financiero. Con lo que el margen de maniobra para enfrentar posibles escenarios de crisis, desde una perspectiva «social», es prácticamente inexistente. Y a ello se suma el que el peso de las crecientes crisis financieras, que provoca el funcionamiento del casino especulativo planetario, se está haciendo recaer también, cada vez más, pues no puede ser de otro modo, sobre los presupuestos de los Estados del Centro. De donde el FMI, el bombero pirómano, consigue los recursos necesarios para salvaguardar los intereses de las élites financieras. Lo que a su vez obligará a un recorte aún más profundo del gasto social y a un endeudamiento adicional, sobre todo en tiempos de vacas flacas, cuando la actividad económica decae, pues las megaestructuras estatales también dependen, en cuanto a ingresos fiscales, para mantenerse, del crecimiento económico.

No es pues de extrañar: «la desafección masiva hacia las estructuras estatales. Por todas partes, quienes veían al Estado como potencia transformadora manifiestan un profundo escepticismo respecto a su capacidad para promover el cambio, incluso para asegurar el orden social» [Wallerstein , 2000]. Lo que muy probablemente pone en cuestión la afirmación de que el Estado es todavía un último dique contra la expansión del capitalismo neoliberal. El poder del dinero es tal, que hoy en día se dan casos tan curiosos como el de México, que tuvo que pedir créditos internacionales al FMI y otras instituciones, para proveerse de un blindaje financiero que garantizase su transición política. Es decir, una especie de colchón de seguridad por si se producían ataques especulativos, ante la previsible pérdida del poder del PRI y el ascenso de Fox. Y eso a pesar de que Fox ofreció, previamente, todas las garantías a los inversores internacionales durante su presidencia.

Por otra parte empiezan ya a aflorar, con fuerza, nuevos tipos de conflictividad social, que están íntimamente ligados con la crisis ecológica, que están repercutiendo de forma importante sobre los propios Estados y que influirán adicionalmente sobre las relaciones Centro-Periferia. Crisis como la de las llamadas «vacas locas», han puesto en pie de guerra a las organizaciones de ganaderos de gran número de los países de la UE, generando importantes conflictos sociales. Lo mismo se puede decir de las subidas de los combustibles que se produjeron al inicio del otoño de 2000, que hicieron que agricultores, pescadores y transportistas (los más afectados directamente) bloqueasen los centros de distribución de combustible, carreteras, puertos y puestos fronterizos, creando importantes tensiones económicas, sociales y políticas. O las movilizaciones que se han producido con ocasión de grandes desastres de contaminación provocados por accidentes de la minería y el transporte de combustibles (Erika, Galápagos...) en distintos lugares de la geografía europea (y mundial). El caso de Doñana es un buen ejemplo cercano, pero ni mucho menos el único. En esta ocasión pescadores y agricultores de la zona vieron como su actividad peligraba seriamente, lo que derivó en serios conflictos con las autoridades autonómicas y centrales, e incluso con los mineros que veían el riesgo que corrían sus puestos de trabajo, si se cerraba la mina de Boliden. Por otro lado, el agotamiento de caladeros de pesca y la política de la UE en dicho sector, está poniendo en cuestión la actividad de gran parte de la flota pesquera española. Y en otro orden de cosas, los conflictos en torno al uso y disponibilidad del agua, están proliferando por todo el mundo, así como las revueltas contra su privatización (Bolivia, Ecuador) y desde hace años se han instalado en el territorio español y lo harán con más fuerza en el futuro, máxime si se lleva a cabo el Plan Hidrológico.

Estos botones de muestra, que se repiten cada vez con mayor frecuencia e intensidad, indican que están apareciendo nuevos conflictos sociales que no tienen una relación directa con el conflicto capital-trabajo, que solía ser el eje central de los conflictos durante la historia del capitalismo, sino que responden a las contradicciones que se derivan entre la lógica del modelo productivo y los límites que impone a su desarrollo el entorno natural. En casi todos ellos, por no decir en todos, los afectados se revuelven contra las estructuras estatales para exigir soluciones a sus demandas. Esto acaba derivando en elevados costes que tiene que asumir el Estado, si quiere garantizar la paz social y en un importante desprestigio del mismo como garante de la gobernabilidad y el «buen funcionamiento» de la sociedad. En el caso de los alimentos transgénicos, la empresa de relaciones públicas (la «famosa» Burson Marsteller) que asesora a la patronal del sector, EuropaBio, ha recomendado explícitamente a las grandes empresas biotecnológicas, que los producen y comercializan, que eviten entrar en debate con las organizaciones de consumidores y ecologistas y que dejen que sean los políticos los que vendan la «bondad» e «inocuidad» de dichos alimentos [RTS , 1999]. Es de prever que las crisis ecológicas y productivas[5] que se deriven de su creciente aplicación, susciten fuertes reclamaciones hacia los Estados (o las estructuras supraestatales, como la UE) como responsables en última instancia de su llegada al mercado[6].

La degradación ambiental en ascenso va a resultar cada día más inmanejable, por la creciente extracción y degradación de recursos y la generación exponencial de residuos de todo tipo, que implica la expansión del capitalismo global. Estos procesos están afectando cada vez más a las relaciones Centro-Periferia, pues se intensifica la extracción de recursos de ésta y se la utiliza también, de forma incremental, como sumidero de residuos, sobre todo tóxicos. Pero la degradación ambiental ya no se puede seguir exportando a territorios recónditos, pues éstos simplemente no existen, máxime en el mundo del capitalismo global. Los llamados Contaminantes Orgánicos Persistentes hoy en día pululan por todo el planeta y tienen un elevado impacto tóxico, cuyos efectos serán más patentes en el medio y largo plazo. Y en este mundo dominado por el poder del dinero, los países que no tienen nada (o poco) que vender en el mercado global, ofrecen sus territorios para que los países centrales puedan depositar allí sus residuos tóxicos, a cambio de un «puñado de dólares (o de euros)». Rusia acaba de aprobar recientemente, con la inmensa mayoría de la opinión pública en contra, el ofrecerse al mundo entero como cementerio nuclear; bueno, mejor dicho, a aquellos países (principalmente del Norte) con centrales y residuos nucleares, que no saben dónde almacenarlos. Estas «bombas de relojería» irán estallando poco a poco (lo están haciendo ya), generando importantes conflictos internos y haciendo que se agudicen las tensiones entre el Centro y las Periferias Sur y Este.

Por otro lado y como el mencionado informe de la CIA apunta, «la emigración legal e ilegal, que supera en la actualidad el 15% en más de 50 países, va a seguir creciendo y producirá tensiones políticas y sociales en los países de acogida, incluso cambios de identidad nacional» [Retuerto , 2000]. El Norte se blinda contra esta marea incontenible que provocan las dinámicas del capitalismo global y que se agudizarán como resultado de los impactos ecológicos planetarios. En este terreno también serán los estados los que tengan que lidiar con esta nueva «conflictividad», que ya está desestabilizando a muchos de ellos, pues crecen las fuerzas xenófobas y racistas que la propia actuación del Estado auspicia[7], como forma de conseguir el apoyo social a sus políticas contra la inmigración. En esta vorágine, hasta la propia «izquierda» socialdemócrata de los países centrales coge como bandera propia la lucha contra la inmigración, pues sabe de sus réditos electorales entre la población que vota. Blair marca el camino a seguir dentro de la Tercera Vía de la socialdemocracia y ésta es una de sus nuevas banderas, junto con la supresión del derecho de asilo. Otra es la defensa de la familia. Y recientemente ha planteado una «ley antiterrorista», que califica como tales prácticamente a cualquier actividad disidente. La derecha tradicional parece que se va quedando sin banderas propias, en este corrimiento hacia la derecha del conjunto de las fuerzas políticas, intentando atrapar el voto de «centro», es decir, el de la población que acude a las urnas. La derechización de las sociedades es fruto del miedo a la ingobernabilidad creciente de carácter no antagonista que auspicia la expansión del capitalismo global, pero que asimismo es el resultado de las propias estrategias del poder. Dicha ingobernabilidad es fruto de la extensión de comportamientos sociales desordenados: delictivos, patológicos, perversos, desviados..., individuales pero también crecientemente grupales, que se manifiestan muchas veces a través de redes de carácter mafioso, que rivalizan en ocasiones con el poder del Estado. Gran parte de la expansión de estos comportamientos desordenados se va manifestando con un componente violento en ascenso, en muchos casos de violencia puramente gratuita, que se ejerce sobre los elementos más débiles y marginados de la sociedad: mujeres, minorías étnicas, inmigrantes... Lo cual es un síntoma del grado de deterioro social y mental que han alcanzado nuestras sociedades; en EEUU uno de cada tres estadounidenses tiene problemas mentales [El País , 4-7-2000]. Pero, también, las estructuras de poder han puesto en marcha una estrategia del «divide y vencerás», que auspicia igualmente dichos comportamientos desordenados. El reforzamiento de la estratificación social, la lucha contra la noción de ciudadanía para determinados colectivos sociales (inmigrantes, minorías étnicas...) y para los afectados por la creciente precariedad, la culpabilización de los parados y excluidos de su situación y en definitiva la criminalización de los pobres, son muestras de una guerra civil molecular que se impulsa desde el poder para conseguir reagrupar a los sectores «normalizados» de la sociedad en torno al mismo, en base al miedo colectivo. El mensaje que se inculca a estos sectores es que los problemas sociales son problemas policiales.

A todos los niveles se intenta imponer la visión (reforzada por el mensaje mediático y virtual) de que la ingobernabilidad en ascenso sólo se puede atajar con un manejo policial y penal, así como militar, del mundo. Pues ello permite no poner en cuestión las raíces de la creciente ingobernabilidad no antagonista, posibilita la estrategia anteriormente descrita del «divide y vencerás» y le da pie al poder para tener las manos más libres para lidiar a sus anchas con el antagonismo consciente que pone en cuestión las estructuras de poder del capitalismo global. Se asiste a un acusado endurecimiento de los Estados, pues la «cara blanda» de los mismos (el Estado social) tiene que dejar paso a la «cara dura» (el Estado policial y militar), para gestionar la ingobernabilidad. Y esto se quiere hacer, todavía, conservando un cierto ropaje democrático que legitime al Estado de cara a la población integrada, por el momento mayoritaria en los países del Norte. Es más, se presenta como una exigencia democrática, pues la opinión pública, nos dicen, pide mano dura. Mientras que probablemente se estudian en la trastienda soluciones totalitarias, por si fallan en algún momento las anteriores, para que siga «progresando» el capitalismo global. Es por ello probablemente por lo que se prepara, desde hace ya años, a la población mundial y, en concreto, a la del Norte, a través de las industrias de producción cultural y del mensaje mediático y virtual, a que la resolución de los conflictos en ascenso se debe realizar mediante ese manejo policial-penal y militar del mundo ya mencionado. A través de todos ellos se difunde el discurso de que la violencia (institucional) es la vía adecuada para encararlos. Se produce también una remitologización del modelo masculino, con el fin de frenar la expansión de la crítica al modelo patriarcal que había impulsado el movimiento feminista [Muñoz , 1993] y de poner coto a la progresión a las ideologías pacifistas que se habían desarrollado en los ochenta, en un momento en que el modelo necesita operar cada vez más violentamente para intentar controlar el progresivo desorden que su propio despliegue comporta. Es el «vuelve el hombre», o «vuelve el héroe». Los: Rocky, Rambo, Terminator, Robocop, etc, se han ido sucediendo a velocidad de vértigo durante los últimos años. Al igual que han ido apareciendo, en menor medida, pero también, personajes femeninos, similares, que han ido emulando el comportamiento de los correspondientes nuevos héroes masculinos. En definitiva, nuevos estereotipos que sirvan para moldear modelos simbólicos de referencia, encarnando la necesidad imperiosa de utilizar la violencia (patológica) para imponer el orden, en contextos caracterizados por desastres y convulsiones de distinto tipo (la nueva especialidad de Hollywood). Esta profusión de violencia mediática, busca insensibilizar a los sujetos ante la violencia real que ejerce el poder para vencer el Mal.

A nadie se le escapa que, con distintas modulaciones, se está intentando imponer un nuevo modelo de relación entre géneros de tipo neopatriarcal, pues es necesario reajustar otra vez el papel de los mismos, poniendo en su sitio el rol de cada uno, para los nuevos escenarios de crisis que se avecinan [Muñoz , 1993]. De una forma sutil, en unos casos y abiertamente manipuladora en otros, los centros hegemónicos parece que actúan a través de la realidad mediática y virtual para redefinir las relaciones de género. Se difunde la psicopatologización de éstas, introduciendo la violencia y la componente sadomasoquista extrema como componente de las mismas. «Instinto Básico» fue un buen exponente de ello. La violencia gratuita y patológica se incorpora como aditivo principal en las relaciones interpersonales en general y afectivosexuales en particular, dentro del mensaje que propaga el discurso mediático. Son la fuerza, la agresión, la competencia, la ley de la selva y no el intelecto, la reflexión, la cooperación y la solidaridad, los valores que se priman desde la «realidad virtual». Ocultando la complejidad de los procesos y resaltando la simpleza de que la violencia institucional, que se debe apoyar sin pestañear, será la encargada de controlar el clima de violencia y desorden generalizado que nos va invadiendo.

Pero esta «solución» para que continúe la expansión irrefrenable del capitalismo global, es un callejón sin salida, también, en el medio plazo. La razón es que esa vía se convertirá en una pesadísima losa que gravará el funcionamiento de las estructuras estatales. El coste económico de todo ello será ingente y muy difícil probablemente de mantener en escenarios de reducido, o nulo, crecimiento, si es que éste no deviene negativo. El coste humano, social y moral huelga comentarlo. Y ya se pudo observar, hace ahora unos diez años, cómo las estructuras totalitarias del Este, cimentadas sobre un enorme gasto policial y militar, se vinieron abajo, de repente, ante la incapacidad de dar respuesta a los anhelos de libertad y a las demandas sociales. Y eso que entonces, como decía Hanna Arendt (1994): «la transformación de las clases en masas (como en el nazismo) y la eliminación paralela de la solidaridad de grupo [fue] la condición sine qua non para el dominio total». Pero en el caso de Occidente, a pesar del encefalograma plano en el que han logrado instalar a gran parte de la sociedad, ésa no es ni mucho menos la situación. Todavía late mucha vida en la sociedad, queda dispersa aún una considerable capacidad de reflexión crítica y existen asimismo amplios rescoldos antagonistas, en proceso de reconstrucción, que no son nada sencillos de acallar. Le va a resultar muy difícil al poder aplicar soluciones totalitarias, de alto coste político, que por otro lado no será viable mantener en el medio plazo.

Las fugas que provoca la dinámica del capitalismo global están escapando ya al poder de control y seducción de los instrumentos ideológicos. Y, dentro de poco, hasta se esfumará, probablemente, en gran medida, la capacidad de control de conflictos de la brutal maquinaria represiva que se ha impulsado y que incentiva de forma desesperada el poder. La capacidad de Simulación y de Espectáculo, a pesar de la potencia de la realidad mediática y virtual, se va diluyendo como un azucarillo en un café y sólo va quedando la potencialidad de generar miedo colectivo para aglutinar bajo sus estructuras a la población integrada. Población que disminuye por momentos como consecuencia de la propia dinámica del modelo, mientras que aumenta a velocidad de vértigo en torno suyo el universo, amenazante, sobre todo en las Periferias, de excluidos por el proyecto modernizador-globalizador. Es de esperar, que esta manifestación cada día más patente de la verdadera realidad, logre desvelar la falsedad, hasta ahora sin réplica [Debord , 1990]; [López Sánchez , 1993], de la «realidad» mediática. Y que en este proceso de desenmascaramiento, los diferentes sujetos sociales puedan ir recuperando su capacidad autónoma de pensar y organizarse, para poder reconstruir su futuro sobre las cenizas que va dejando a su paso el proyecto de «Progreso» y «Desarrollo» que impulsa el capital. El ascenso de la contestación antagonista al capitalismo global es, como se ha apuntado, una potente brisa de aire fresco en este proceso.     

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 02-06-2001


1: Las élites del Centro y la Periferia y las clases medias del Centro y lo poco que queda de ellas en las Periferias Sur y Este.
2: Para el 2020 se acentuará la dependencia energética de la UE respecto de terceros países, pasando su grado de dependencia del 50% actual al 70-75% para dicho horizonte. En el caso del petróleo, el grado de dependencia será considerablemente superior: llegará al 90% [CE , 1995].
3: Hoy en día el 70% del petróleo mundial sale de los países árabes, en el 2010 será el 95% [Prieto Pérez , 2000].
4: En EEUU, en 1950 se necesitaba un barril de petróleo para extraer cincuenta; hoy en día se extraen sólo cinco. Y en el 2005 costará un barril extraer otro; entonces ya no se extraerá más (en EEUU) aunque el barril se pusiese a 1000 $ [Prieto Pérez , 2000]. Es por eso por lo que Bush busca petróleo en Alaska.
5: Ya se han dado en EEUU crisis productivas en agricultores que han utilizado productos transgénicos, p.e. el algodón transgénico de Monsanto, que se caía de la planta, estropeando la cosecha.
6: En el caso europeo ha sido el Tribunal de Justicia Europeo el que ha obligado a los Estado miembros a retirar la prohibición (de algunos de ellos) a la comercialización de alimentos transgénicos. Y el Parlamento Europeo ha ratificado recientemente la decisión (de la Comisión) de eliminar la moratoria, aunque con ciertas salvedades, como la obligación del etiquetado si los alimentos tienen un determinado porcentaje de productos transgénicos.
7: Es de resaltar el incremento o la importancia de las fuerzas políticas xenófobas y racistas en Austria, Noruega, Flandes, Holanda, Dinamarca, Francia y Alemania (especialmente en el Este) y a otro nivel también en Italia. En el caso español, los sucesos de El Ejido, entre otros, apuntan también a un auge del racismo, que se puede ver incrementado por la actual Ley de Extranjería, que por otro lado traslada a la legislación española los acuerdos de la cumbre europea de Tampere.

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