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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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El rapto de Europa por el capital


En diciembre de 2000, se ha aprobado el Tratado de Niza, que constituye, por el momento, la última piedra de la «Europa» neoliberal que se empieza a construir en los años ochenta. Ésta, por así decir, empieza con la creación del llamado Mercado Único (mediante la aprobación del Acta Única Europea, en 1986), para libre circulación de mercancías, capitales, servicios y personas[1], que entraría en pleno vigor en 1993, como paso previo a la creación de la moneda única europea: el euro. Esta decisión se adopta en el Tratado de Maastricht (que se termina de ratificar en 1993), uno de los hitos transcendentales del devenir neoliberal del «proyecto europeo», con el objetivo de que la unión monetaria entrase en vigor a finales de los noventa (1999). Doce de los quince países miembros ya han ingresado en el euro (Grecia lo acaba de hacer, desde principios de año) y la nueva moneda empezará a circular físicamente a principios del 2002. Más tarde, en 1997 se aprueba el Tratado de Amsterdam, junto con el llamado Pacto de Estabilidad, para garantizar el rigor presupuestario de una UE que se estructura en torno al poder omnímodo del Banco Central Europeo, con sede en Frankfurt, que funciona sin ningún tipo de control político (y, por supuesto, social).

La «Europa» que se construye es un proyecto, siempre lo ha sido, de las élites económicas y financieras de la Europa occidental, pero este rasgo se ha acentuado claramente desde la década de los ochenta, cuando desde las instituciones comunitarias se procede, en aplicación de las políticas neoliberales, al paulatino desmontaje del llamado Estado del Bienestar y a la creciente desrregulación del mercado de trabajo, al tiempo que se construye poco a poco un nuevo entramado supraestatal (política exterior y de seguridad común -Míster PESC, Euroejército- y política de justicia e interior común -Europol, Schengen-) que sea funcional con los intereses del capital europeo (y transnacional) en la época del capitalismo global [Fdez. Durán , 1996]. En paralelo, surge un creciente «euroescepticismo», o desconfianza pública hacia las instituciones comunitarias y poco a poco un auge de la contestación antagonista hacia la UE, como uno de los principales actores que impulsa, a escala mundial, el capitalismo global, tal y como se ha expresado recientemente en Niza.

El Tratado de Niza se ha presentado a la llamada opinión pública, de forma neutra, como el instrumento que iba a permitir el proceso de ampliación de la UE. Pues, se decía, que una UE con casi 30 miembros, cuando termine el proceso de ampliación, no puede funcionar con la estructura y el proceso de toma de decisiones, que había sido diseñado, en un primer momento, para un «proyecto europeo» con seis miembros y que se ha ido adaptando a lo largo de su historia para acoger a los quince actuales; aunque las normas del Mercado Único (y por extensión la dinámica que impone, e impondrá aún más en el futuro, el euro) afectan ya a todo el denominado Espacio Económico Europeo[2]. El proceso de ampliación, que fundamentalmente se proyecta hacia los países del Este y algunos pequeños países mediterráneos (Chipre y Malta), se presenta interesadamente, en su retórica, como la culminación de la creación de un espacio de libertad, democracia, derechos humanos y solidaridad mutua en el viejo continente. Con el fin de superar los conflictos que históricamente han asolado este territorio, integrar a los países del Este, que en su día habían quedado separados de la Europa occidental por el «telón de acero» y la Guerra Fría, incorporándolos de forma definitiva a la economía de mercado y cicatrizar las heridas que todo ello haya podido ocasionar.

Se señala, también, que la creación de esta «Europa» ampliada va a permitir que la UE proyecte su modelo económico, social y medioambiental a escala internacional, ayudando a dar «un rostro humano a los procesos de globalización» y que es una de las formas de poder resistir mejor los posibles impactos negativos de ésta y, en especial, los embates de los mercados financieros. De ahí, la necesidad de una moneda única. Asimismo, en Niza, se presentó también, para su aprobación, una Carta de Derechos Fundamentales, con el objetivo de lograr acercar el «proyecto europeo» a la ciudadanía de los estados miembros. Sin embargo, es preciso desenmascarar las verdaderas razones que se mueven detrás del proyecto de ampliación, las consecuencias que se van a derivar de la «Europa a distintas velocidades» que se dibuja en el Tratado de Niza (y en el que se proyecta para el 2004), la falacia de protección de los derechos fundamentales que se oculta detrás de la Carta del mismo nombre y el papel que la superpotencia europea, en gestación, puede tener a escala mundial. En realidad, la ampliación al Este supone un incremento notable del área de mercado de la UE. Más de cien millones de nuevos consumidores potenciales, que se sumarán a los 370 millones de la actual UE , pues las personas cuentan hoy como consumidores (y por supuesto, productores) no como ciudadanos; eso sí, esos futuros consumidores tienen una capacidad adquisitiva bastante inferior (tan sólo un tercio) de la media comunitaria de «los quince». Pero el verdadero atractivo de la ampliación es el acceso para las principales fuerzas económicas de la UE a amplios recursos productivos, así como energéticos y naturales y sobre todo la posibilidad de utilizar una mano de obra cualificada con un muy bajo coste laboral y poca capacidad para defender sus derechos, que ofrecen los países del Este. Como ha expresado gráficamente la ERT (European Round Table of Industrialists), un lobby de presión donde están presentes la gran mayoría de las principales transnacionales europeas, las oportunidades que ha abierto la caída del Muro de Berlín y el tránsito hacia el libre mercado de este amplio espacio, es «como si se hubiera descubierto [de repente] un nuevo "sudeste asiático" en nuestro patio trasero» [CEO , 1997]. Lo que sin duda contribuirá a una creciente deslocalización productiva a medio plazo (está ocurriendo ya) hacia este vasto espacio geográfico. Todo lo cual hace que se prevea un muy fuerte incremento de los volúmenes de transporte motorizado con estos países y que se esté dedicando un importante esfuerzo inversor (auspiciado por el BM, el BERD, el BEI; y que incrementa la deuda externa de dichos estados), a reforzar las conexiones en materia de infraestructuras, especialmente viarias, con estos territorios [Fdez. Durán , 2000:a ].

Además, en un modelo económico (el capitalismo) cuyo funcionamiento interno está basado en la lógica de la acumulación constante y la obtención del máximo beneficio, ningún espacio de mercado es lo suficientemente amplio como para satisfacer de forma estable la necesidad inexorable de crecimiento continuo. El proyecto europeo empezó, como se ha dicho, con seis países miembros, hoy tiene ya quince socios y se plantea la futura admisión de doce países más. Pero también se expande el área de mercado de otras formas que no implican, forzosamente, la admisión de nuevos miembros en las estructuras comunitarias. Eso es lo que se propone, p.e., con los países de la cuenca Sur y Este del Mediterráneo. Para esta zona se plantea el caminar de forma progresiva hacia un área de libre comercio, que deberá estar plenamente vigente en el 2010. De esta forma, se conseguirá un acceso más fluido (desarme arancelario) a una considerable demanda adicional para los productos comunitarios en los territorios del Sur y Este del Mare Nostrum, la capacidad de control de importantes recursos naturales y energéticos por parte del capital europeo en este espacio, la potencial utilización en el mismo de una muy abundante y superbarata mano de obra (en este caso, no cualificada) para la utilización de manufacturas intensivas en factor trabajo (textil, calzado, juguete...), que se están deslocalizando ya (entre ellas empresas españolas) desde el territorio de la UE hacia esta amplia área geográfica y sobre todo la posibilidad de intensificación de la actividad pesquera y agrícola (cítricos, hortalizas, frutales...) de exportación hacia los mercados comunitarios, impulsadas por grandes empresas del sector agroalimentario europeo. Es por ello por lo que se hace enormemente atractivo, para la UE, la profundización de las relaciones comerciales con las otras orillas del Mediterráneo. En el caso de Turquía, se le ha ofrecido la creación de una Unión Aduanera, pero se la mantiene en el limbo en cuanto a su posible integración, a pesar de que es miembro de la OTAN, de su importancia estratégica y de la presión de EEUU al respecto, por sus importantes diferencias político-culturales con los países de la UE, por el rechazo de Grecia y porque su admisión haría que las fronteras de la UE alcanzasen el Cáucaso y a países como Irán, Irak o Siria. Esto provoca pavor en las cancillerías de muchos países de la UE.

Asimismo, mientras que se desregula absolutamente el marco mundial de relaciones comerciales y de inversión a través de la OMC, se establecen, por parte de la UE, acuerdos de libre comercio e inversión (incorporando aspectos del AMI) con los distintos mercados regionales planetarios, en proceso de consolidación y profundización. De esta manera, la UE estrecha las relaciones comerciales y los flujos de inversión con la APEC en el Pacífico, con Mercosur y México, en el Cono Sur y Centroamérica, e igual se puede decir que acontece con otras áreas comerciales del globo; al tiempo que intensifica sus «privilegiadas» relaciones con los países ACP (los países de Africa, Caribe y Pacífico, que fueron colonias francesas). En especial, se avanza de forma paulatina hacia una zona de libre comercio y flujos de inversión entre las dos orillas del Atlántico Norte, es decir entre la UE y EEUU (Canadá), a través de los que se ha venido a llamar «Partenariado Económico Transatlántico» o «Nuevo Mercado Transatlántico». En estas negociaciones, junto a la representación institucional, participan directamente representantes de las grandes empresas e instituciones financieras de ambos lados del Atlántico Norte [CEO , 1997 y 1999].

Es decir, mientras que la expansión de los mercados hacia otras áreas del planeta no se traduce en una modificación de las instituciones comunitarias, en el caso de los países del Este se ha tomado la decisión explícita de incorporarlos a la estructura de la UE, eso sí, creando como se verá más adelante, una futura UE a «distintas velocidades». ¿A qué responde esto? ¿Por qué no se han fijado ya unas fronteras definitivas de la UE (como ocurre en el caso de EEUU)? ¿Qué consecuencias puede tener esta indefinición del marco institucional? ¿Cómo puede afectar este proceso a la legitimidad de las instituciones comunitarias?. Hay dos razones fundamentales, interrelacionadas, a nuestro entender, en esta decisión. Por un lado, el espacio centroeuropeo de los antiguos países del Este, es un territorio altamente inestable en una «tierra de nadie» entre dos espacios, la UE y Rusia, de considerable poderío militar. Aunque, uno de ellos, Rusia, una superpotencia militar (y especialmente nuclear), esté en profunda crisis y casi descomposición interna, como consecuencia de la quiebra de la ex-URSS y de la transición a la economía de mercado de sus estructuras. Como ha dicho la nueva asesora política exterior de Bush, Condoleeza Rice: «el gran peligro de Rusia no es su fuerza, sino su debilidad» [Gardells , 2000].

La otra razón, íntimamente ligada a la anterior, es construir una superpotencia europea, política y militar, que respalde al euro. Detrás de una moneda que se quiere fuerte y que pretende disputar al dólar su papel de divisa de reserva internacional, siempre hay, o tiene que haber, un poder político y militar asimismo fuerte, para que sea creíble. De ahí los pasos que el «proyecto europeo» está dando en dicha dirección, que el Tratado de Niza confirma y que el futuro Tratado del 2004 pretende culminar. La UE es hasta ahora una potencia económica de primer rango mundial, pues hay que tener en cuenta que la zona inicial de la moneda única es tan potente como la economía estadounidense (la zona del euro representa aproximadamente el 20% del PIB mundial y el mercado de eurobonos es el mayor del mundo, por encima del de EEUU), pero la realidad del euro en los intercambios internacionales dista mucho, todavía, de reflejar este peso económico de «Europa». Para ello será necesario, también, construir unos mercados financieros más grandes y más integrados[3], pues la UE tiene un mercado financiero distribuido por unas veinte capitales, lo que requerirá quizás la centralización de la actividad financiera europea en una capital física que desafíe a Nueva York[4]. O bien coordinar de tal forma los mercados financieros comunitarios, que trencen un único mercado virtual. Algo así está ocurriendo con las diferentes iniciativas de interconexión de las principales plazas financieras europeas.

De esta forma al incorporar a los países del Este, se pretende apuntalar el poder político y militar de la UE, con el fin de superar el aserto de que «la UE es un gigante económico, un enano político y un gusano militar», al tiempo que se «intenta» estabilizar y reforzar su flanco oriental, por miedo a lo que ocurra con Rusia. De hecho, algunos de ellos ya han sido incorporados a la estructura de la OTAN (Hungría, República Checa y Polonia) y el resto de ellos llama a sus puertas. Por otro lado, en la «nueva» OTAN las potencias europeas han logrado impulsar la llamada Iniciativa Europea de Defensa, que configura el pilar europeo de la Alianza Atlántica, si bien con una considerable dependencia de EEUU. Y en paralelo, la UE ha aprobado recientemente la creación de una Fuerza Europea de Reacción Rápida (de 60.000 efectivos), que dé credibilidad a su potencial militar, así como ha puesto en común toda la industria europea de defensa, dedicando, adicionalmente, un importante esfuerzo inversor en materia espacial, donde el desfase con EEUU es manifiesto. La Fuerza Europea de Reacción Rápida tiene que estar operativa para el 2003, justo un año después que la introducción física del euro. De cualquier forma, la existencia en el seno de la UE de países anteriormente neutrales (Suecia, Austria, Finlandia e Irlanda), durante el conflicto entre bloques y con fuertes sentimientos pacifistas en su población, plantea problemas considerables en cuanto a su incorporación definitiva a las estructuras militares europeas.

Sin embargo, la próxima ampliación deja al otro lado de la futura frontera de la UE ampliada, de casi 4000 kms, en su frente oriental, a países (parias) como Ucrania y Bielorrusia, aparte de Rusia, lo que generará también tensiones considerables, sobre todo migratorias. Y Bruselas tiene miedo a que los países del Este no puedan garantizar, por sí mismos, la impermeabilidad de su frontera oriental. Además, esta UE ampliada podría despertar susceptibilidades en EEUU y ser percibida como un contrapeso demasiado potente al vínculo atlántico [Bonet , 2000]. Al mismo tiempo, esta ambición por la expansión geográfica es un arma de doble filo, pues los países del Este son un territorio enormemente inestable, como ya se ha comentado, de un grado de «desarrollo» muy inferior al resto de la UE y por consiguiente de difícil encaje dentro de las actuales estructuras comunitarias, como de hecho ha quedado plasmado en el Tratado de Niza y como sentenciará el futuro Tratado del 2004. No podía ser de otra forma. Pero todo ello genera una indefinición sobre el futuro de la Unión Europea, que está afectando de lleno al euro. De hecho, su debilidad está en gran medida explicada por esta indefinición del proyecto político de la UE, ese objeto político no identificado, como ha manifestado el propio director gerente del FMI, Koehler [Menéndez del Valle , 2000]. Y está suponiendo y supondrá aún más en el futuro, un elemento adicional, a los muchos ya existentes, de erosión de la legitimidad y credibilidad de las instituciones comunitarias. Otro de los actores claves del capitalismo global.

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 02-06-2001


1: Esta «libre» circulación de personas se refiere al movimiento interior entre los países miembros (lo que más tarde se conocería como espacio Schengen, que no afecta a todos los países miembros), mientras se va construyendo paralelamente la llamada «Europa Fortaleza» de cara al exterior.
2: En este espacio están no sólo los quince países de la Unión, sino también Noruega, Islandia y Suiza, antiguos miembros de la EFTA ((European Free Trade Association)), que por distintas razones han rechazado o no se han planteado todavía explícitamente formar parte de la Unión, ante la animosidad en contra de sus poblaciones.
3: En este sentido, la privatización de los sistemas europeos de pensiones pretende generar unos volúmenes de capital privado, a través de fondos de pensiones, de dimensión comunitaria, que puedan competir con los anglosajones, mucho más desarrollados, pues tanto en EEUU (y Canadá), como en Gran Bretaña, el proceso privatizador lleva bastante años de adelanto y han generado unos volúmenes de capital privado que son los que proporcionan la gasolina necesaria para que operen los llamados inversores institucionales (grandes fondos de pensiones y de inversión), de enorme dimensión en el caso del mundo anglosajón, que tienen una proyección mundial.
4: La City de Londres podía ser, pues es uno de los principales centros financieros mundiales, el mayor mercado de cambio de divisas del mundo y el enclave de mayor concentración bancaria del planeta. Sin embargo, el hecho de que Gran Bretaña todavía no haya ingresado en el euro y los vínculos privilegiados que mantiene con EEUU, hacen que otras plazas financieras europeas la observen con distancia y temor, aunque también con envidia.

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