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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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Llega George Bush, «El Elegido»


En una situación del capitalismo global que reclama a voces la necesidad de volver a recuperar la legitimidad que éste pierde a ojos vista, pues ningún sistema se ha podido mantener mucho tiempo en la Historia sin dicha legitimidad, la potencia hegemónica del planeta ha «elegido» a George Bush para pilotar esta delicada etapa y ayudar a Alan Greenspan a conseguir un «aterrizaje suave» de la economía estadounidense, que ahuyente el espectro del crack financiero. Los mercados financieros saludaron, de forma efusiva, las primeras noticias que apuntaban a un triunfo de Bush. Era claramente el candidato de Wall Street. Pero rápidamente el marasmo en que se convirtió el culebrón de la designación del nuevo presidente de los EEUU, ha contribuido también a inyectar más inestabilidad en el funcionamiento del «corazón» financiero del mundo. No en vano The Wall Street Journal, la voz de dicho «corazón», exclamaba indignado, ante los intentos de Gore (el ganador en votos en el conjunto de la Unión) de que se recontasen las papeletas de Florida, que: «En cualquier república bananera, lo que está pasando en estos momentos en América sería presentado como un golpe de estado de Gore» [Halimi y Wacquant , 2000].

A posteriori, la forma en que se ha inclinado definitivamente la balanza a favor de Bush, ha significado un desprestigio de las instituciones principales de una de las democracias más antiguas del planeta, lo que ha hecho que la nueva presidencia nazca con un profundo déficit de legitimidad, que va a tener importantes consecuencias internas y externas. Por otro lado, la personalidad de Bush, el programa que defiende, su falta de atadura con los sindicatos (al contrario que la administración Clinton) y los intereses que le apoyan, lejos de ayudar a cicatrizar las heridas y caminar hacia la recuperación de consensos perdidos, ayudando a reconstruir legitimidades y posibilitando el poder dar «un rostro humano a la globalización» (vana tarea), van a profundizar muy probablemente las tensiones internas y externas, echando más leña al fuego del crecimiento de la ingobernabilidad y el antagonismo. Y el mundo no se puede gobernar como si éste fuera la prisión de Texas.

Internamente, la democracia de EEUU ha sufrido una desacreditación difícilmente recuperable a corto y medio plazo. No sólo por el bochornoso proceso para dirimir al ganador de la contienda electoral, en el que han jugado un papel relevante los principales centros de poder económico y financiero y por extensión mediático, político y militar, sino porque han quedado meridianamente claras las formas brutales sobre las que descansa la democracia estadounidense. Ya que vota algo menos de la mitad de los potenciales electores y el Estado penal excluye a más de cuatro millones de electores[1], esto es, el 2% del electorado potencial y el 15% del electorado negro masculino (debido a que la población negra representa el 13% del total, pero supone el 50% de la carcelaria) [Halimi , 2000]. Por otro lado, la contienda electoral consiste en un gran circo mediático, en que dos actores (el resto no cuentan) defienden, con distintas intensidades, los intereses del establishment, gastándose sumas enormes proporcionadas por los grandes grupos de presión privados. Además, por primera vez en muchos años hubo importantes movilizaciones contra las convenciones republicana y demócrata, encargadas de designar a Bush y a Gore, organizadas por los grupos que impulsaron las movilizaciones de Seattle y Washington. Y éstos confluyeron con sectores sindicales y grupos feministas y afroamericanos, contra la toma de posesión de Bush, congregando a más de 30.000 manifestantes en las calles de Washington, lo que no ocurría desde el tiempo de la guerra de Vietnam.

El programa de Bush presagia que se incrementarán los conflictos en la sociedad estadounidense. Su defensa de la restricción del derecho al aborto, su alianza con la derecha funadamentalista y ultrarreligiosa, su oposición a la discriminación positiva a favor de las mujeres y las minorías, su postura a favor de la enseñanza privada y la privatización total de las pensiones, su propósito de reducir aún más los impuestos a los ricos, su intención de abrir los santuarios medioambientales de EEUU a la explotación industrial (de empresas mineras, petroleras y madereras), su promoción (sin restricciones) de la libre circulación de mercancías y capitales a escala mundial, su amparo a la venta libre de armas de fuego y su apoyo a ultranza de la pena de muerte, definen bien cuál va a ser su proceder futuro y apuntan cuáles pueden ser las consecuencias y las reacciones a esto que se ha venido a llamar conservadurismo compasivo. Que consiste en que, en general, lo poco que queda de asistencia social, va a ser canalizado por el Estado a través de las iglesias, sinagogas y mezquitas.

En torno al apoyo de un relanzamiento de la economía norteamericana que beneficie a los sectores más favorecidos, se impulsa un programa que ha sido diseñado para hacer frente, casi manu militari, a los perdedores de todas estas políticas y a la ingobernabilidad y tensiones sociales que ello va a generar. Después de la práctica liquidación del sistema del Welfare (con la profunda restricción de las ayudas a pobres e inmigrantes) de la era Clinton, la nueva vuelta de tuerca que supone Bush va a entronizar definitivamente a la política carcelaria y de «tolerancia cero», como la sustitución de la política social en EEUU[2]. Los más de dos millones de presos que se alcanzaron en 1999 (cifra que se duplicó durante el mandato de Clinton) [El País , 16-2-2000], superando también por primera vez el número de «agricultores» (población activa agraria) y la subida exponencial en los últimos años de la aplicación de la pena de muerte, uno de cuyos más firmes ejecutores fue Bush, indican claramente el camino a seguir por «El Elegido». Todo ello sazonado por una probable extensión del toque de queda para permanecer en la calle a los más jóvenes, cuando cae la noche, medida que ya se aplica en muchas ciudades de EEUU. Esta es la democracia («EEUU, S.A.») que la potencia hegemónica vende al conjunto del planeta y que tanto admiran nuestros líderes europeos.

Por otro lado, de cara al resto del mundo, las lecciones de democracia que daba EEUU, encabezando las delegaciones de observadores internacionales en los procesos electorales de los países periféricos, han sufrido un serio quebranto. Llamaba la atención la profusión de chistes que se han difundido por todo el planeta, incluyendo EEUU, acerca de la necesidad de que observadores internacionales supervisasen el vodevil de los recuentos de votos de Florida. Y ello en un momento en que la imagen de EEUU se deteriora en las Periferias Sur y Este, pues va quedando meridianamente claro que la globalización económica y financiera que se pregona a todos los niveles, beneficia de forma prioritaria al Norte y principalmente a EEUU y que las brutales consecuencias de estos procesos las sufren en general los espacios periféricos. La dureza de los planes de «rescate» impuestos por el FMI a los países afectados por la crisis financieras que se inician en 1997 (sudeste asiático primero, Rusia más tarde, Brasil después, Ecuador y Argentina ahora...), se han vinculado en la mayoría de estas zonas con la política exterior estadounidense, pues se saben las estrechas conexiones entre dicha institución, el departamento del tesoro de EEUU y Wall Street. Hay un resurgir del sentimiento antiyanqui en todo el mundo, que no queda circunscrito al mundo árabe y a la gestión de EEUU de la crisis de Oriente Próximo. En donde la elección de Sharon y la inestimable ayuda de Bush, harán que se conviertan en realidad las previsiones de la CIA [Retuerto , 2000], de que esta zona se transformará en un polvorín con millones de personas radicalizadas. A lo que contribuirá su estreno con el bombardeo a Irak y la contribución inestimable de su amigo Blair.

Condoleeza Rice, asesora en materia de política exterior del nuevo presidente de EEUU ya ha advertido que «las convulsiones de la globalización van a producir importantes sacudidas en la política internacional». En este escenario que se perfila, de creciente inestabilidad mundial, parece que los EEUU de Bush sólo piensan intervenir militarmente, de forma directa, cuando estén en juego sus «intereses vitales»[3], sin que ello implique que abandone el reforzamiento de EEUU como potencia hegemónica mundial. Su modelo obvio es la Guerra del Golfo, que ganó su padre. Y por eso se plantea, p.e., la posibilidad de repatriar sus tropas desplegadas en territorio de la ex-Yugoslavia, donde esos intereses no se dan (no hay petróleo, p.e.). Al tiempo que va a contribuir para «fortalecer (su) relación y colaboración con las potencias regionales», que pongan orden en sus respectivas áreas de influencia. Pues no está a favor de unas fuerzas de intervención de las NNUU (más bien la línea de Clinton, fuera del escenario más directo de la OTAN) ya que «es difícil imaginar la maquinaria de las NNUU trabajando con eficacia». Y se apuesta decididamente por la llamada «Defensa Nacional contra Misiles», un costosísimo programa de gasto militar, de alta tecnología aeroespacial, que pretende, en principio, la protección aislada de EEUU contra los llamados «Estados Delincuentes, Irresponsables, o Díscolos» (Corea del Norte, Irak, Libia, Cuba...) [Gardels , 2000]. Detrás de este programa está la voluntad de conquista espacial y su relación con el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación, claves para el impulso (y dominio) de la globalización económica y, especialmente, financiera.

Este programa ha sido criticado por muchas de las potencias europeas, que apuntan a que se crearían importantes tensiones dentro de la OTAN[4] y ha sido denunciado por Rusia y China, que piensan que está diseñado contra ellas. Lo cual amenaza con llevarse por delante el Tratado ABM, que limita los sistemas de defensa de EEUU y Rusia contra los cohetes balísticos. Todo ello, junto con la negativa por parte de EEUU a firmar la paralización de pruebas nucleares, puede provocar un retroceso de las negociaciones START (de reducción de los misiles intercontinentales), un relanzamiento de la carrera de armamentos nucleares y en general del gasto militar a escala mundial, para mayor beneficio de los distintos complejos militares-industriales; principalmente de EEUU y en menor medida de la UE, como se verá más adelante. En definitiva, se dibuja un escenario internacional en el que EEUU pretende descollar como única superpotencia militar, con un cierto repliegue político hacia dentro, desentendiéndose de la proliferación de conflictos locales (intraestatales) característicos del mundo de la posguerra fría, a no ser que estén en juego sus intereses vitales, dejando que éstos los manejen las distintas potencias regionales alineadas con Washington. De esta forma, EEUU intentará defender sus intereses económicos (¿no vitales?), a través de terceros, sin coste (humano) propio. Al tiempo que marginará aún más el papel mediador que podían desempeñar las NNUU. La potencia que impulsó su creación, en 1945, puede llegar a ser la encargada de darle la puntilla, igual que la Alemania Nazi hizo con su antecesora, la Sociedad de Naciones, en los años treinta.

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 02-06-2001


1: Se excluye del derecho a voto a la población que está, o ha estado, bajo condena penal.
2: Convirtiéndose en el sistema de Welfare más caro, pues cada preso cuesta al estado la friolera de 20.000$ anuales [Halimi , 2000]. Claro que también generan importantes perspectivas de negocio.
3: Bush ha llegado a manifestar que EEUU no puede ser la policía del mundo, y ha criticado a Clinton por implicar a las tropas estadounidenses en Haití o Somalia.
4: No hay que olvidar que la propia CIA ha manejado, como posible escenario para el 2015, el que la alianza entre EEUU y «Europa» pueda saltar por los aires por cuestiones de seguridad, en su batalla por la hegemonía mundial y que se puedan dar alianzas entre Rusia, India y China frente a Occidente [Retuerto , 2000]. Algunas potencias europeas, como Gran Bretaña, intentan apuntarse ahora a este carro, para no quedar descolgadas de sus «beneficios».

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