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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Que algo así pudiera ocurrir flotaba en el ambiente de la ciudad de
Praga, cuando ésta se aprestaba a recibir a los participantes de la
55. asamblea de las instituciones de Bretton Woods. La primera
ciudad de un país del Este que celebraba tan magno acontecimiento
y el único que recientemente había ingresado en la «prestigiosa»
OCDE. De hecho, el diario El País abría su sección de economía, tan
sólo dos días antes del inicio de las sesiones, con un titular a
toda página que rezaba: «Acoso al FMI y al Banco Mundial. Once mil
policías protegerán la asamblea anual en Praga del movimiento
antiglobalización». A pesar de la abrumadora presencia policial,
una alta ejecutiva del BM declaraba que: «Es la primera vez que he
sentido miedo en los 25 años que llevo viajando por todo el mundo»
[El País , 24-9-2000]. Y el propio presidente, Wolfensohn
reconocía, el día antes de la «batalla de Praga», que habían
perdido la batalla mediática y que habían subestimado la capacidad
de protesta contra ambas instituciones. Y afirmaba: «Si siguen
repitiendo que el Banco Mundial es la causa de todos los males, la
opinión pública se levantará contra nosotros» [El País
, 25-9-2000]. El propio The Economist reconocía antes de los
acontecimientos que: «La marea de la globalización, con todo lo
poderosa que pueda ser, puede retroceder [...] [eso] es lo que hace
a los manifestantes -y, más importante, a la cantidad de opinión
pública que simpatiza con ellos- tan terriblemente peligrosos» [The
Economist , 24-9-2000].
Al día siguiente, el 26 de septiembre, se confirmaron los peores
augurios. Más de 10.000 manifestantes lograron bloquear el centro
de conferencias donde se intentaba celebrar la asamblea del FMI y
del BM, imposibilitando el desarrollo normal de la reunión y
obligando a que, a última hora de la tarde, la policía evacuara a
sus 18.000 asistentes en metro, que había estado cerrado al uso
público gran parte del día, con el fin de garantizar su seguridad.
Por la noche, el concierto-homenaje en la Ópera fue suspendido,
ante el asedio de los manifestantes. Y el día después, ante la
ausencia de delegados, pues éstos prefirieron quedarse en sus
hoteles por cuestión de seguridad personal, los compungidos
presidentes del BM y FMI transmitían a la prensa, ante el estupor
y las risas de los periodistas, que las sesiones del encuentro
habían acabado un día antes, por la eficacia de los trabajos
desarrollados. Anunciaron, asimismo, que la próxima asamblea
general fuera de Washington (que se desarrolla cada tres años)
sería en Dubai (en el 2003), en los Emiratos Árabes Unidos; lugar
que posibilita también que la reunión se desarrolle al abrigo de
movilizaciones, simplemente porque están prohibidos los derechos de
reunión y manifestación. Y ante las preguntas de los reporteros
sobre si habían contemplado la posibilidad de no realizar más
asambleas generales ante el rechazo que suscitan (Berlín, Madrid,
Washington, Praga), respondían que «todavía» es necesario el
encuentro físico, que la interacción personal aún es importante,
aunque ya se puedan llevar a cabo reuniones virtuales. Les faltó
señalar que todavía estas instituciones tienen un carácter
multilateral y que las asambleas generales son las únicas veces al
año (en primavera y en otoño) que al menos se reúnen, formalmente,
los representantes de todos los países miembros. Aunque las
decisiones principales, por supuesto, se toman en foros más
reducidos, si bien necesitan la convalidación formal de la asamblea
general.
Resultaba patético constatar cómo el director gerente del FMI,
Koehler, declaraba en la rueda de prensa que él «no era un
banquero, sino alguien con corazón», al tiempo que intentaba
responsabilizar también a los principales estados de las decisiones
del FMI, pues éstas se tomaban con pleno consentimiento de sus
socios. Koehler llegó a afirmar que: «son las naciones ricas, las
que con su cicatería están comprometiendo el futuro del Tercer
Mundo, [y acusó a éstas] de no haber realizado los cambios
estructurales para que la globalización funcione para todos»,
compromiso que él personalmente adquiría. Igualmente, el presidente
del BM, Wolfensohn, en la misma línea argumental y para desviar la
ola de críticas hacia la institución que preside, manifestaba que
los Estados del Norte eran responsables de la no reducción de la
deuda externa (sobre todo en relación con los llamados «países
pobres altamente endeudados»), de haber disminuido sustancialmente
la llamada «ayuda oficial al desarrollo» y de no abrir sus mercados
al comercio mundial, lo que estaba derivando en un incremento de la
pobreza en todo el planeta [El País , 27-9-2000]; [Financial
Times , 27-9-2000].
Es más, Wolfensohn llegó a declarar, en un gesto de cara a la
galería, que comprendía las motivaciones de los manifestantes, pero
no sus métodos, sobre todo la violencia en las calles. Hecho que le
valió un rapapolvo en el editorial del Financial Times (28-9-2000),
por su complacencia con los opositores a la globalización.
Intentaba, de esta forma, ganarse el apoyo de las ONGs moderadas,
con las que había mantenido un encuentro público los días previos
a la asamblea general y de estigmatizar y criminalizar a los grupos
«radicales» que piden la disolución del BM y el FMI [El País
, 28-9-2000]. Finalmente, de las declaraciones de ambos se deducía
que echaban en falta el avance en el diseño de una nueva
arquitectura financiera internacional (por las tensiones y
desacuerdos existentes entre sus principales socios), que sometiese
definitivamente el papel de los Estados, en la llamada
«financiación del desarrollo» y en la resolución de las crecientes
crisis financieras, al dictado del capital transnacional productivo
y financiero especulativo.
La línea editorial de los principales medios de comunicación
consistió en descalificar las protestas, que no podían ocultar, ni
ningunear sus consecuencias, magnificando el papel jugado por los
grupos «radicales» faltos de argumentos, que tan sólo están
interesados en la destrucción y violencia. Cuyos miembros provenían
de países de «alto nivel de vida», que tenían el dinero suficiente
para pagarse un desplazamiento tan caro. Se hablaba del
florecimiento reciente del «turismo radical». Y se les llegaba a
asimilar a hooligangs, o a terroristas callejeros; en el caso de la
prensa española, se mencionaba la participación de miembros de
Jarrai en las revueltas.
Poco o nada se mencionaba de la amplitud de las formas de acción
directa no violenta, mayoritarias en las protestas habidas y del
importante papel jugado por los Tutte Bianche de «Ya Basta»,
provenientes de Italia, en las movilizaciones, que defienden estas
formas de acción con métodos muy imaginativos y embutidos en monos
blancos. Menos aún del carácter autoorganizado, asambleario y
altamente democrático de los procesos de toma de decisiones por
parte de los manifestantes (lo que contrasta con el funcionamiento
del FMI y el BM), de la horizontalidad en sus formas de
comunicación, de la ausencia de líderes (que no se echaron en
falta), de la importante presencia de mujeres, de las
movilizaciones paralelas en ciudades de más de treinta países del
mundo y de la dura represión por parte de la policía checa. Ésta
había sido pertrechada por EEUU y Alemania y había contado con la
asesoría del FBI y la Europol. Además, el gobierno checo había
creado un estado de histeria colectiva ante la llegada de los
«vándalos», había prácticamente cerrado el centro a su uso
colectivo (el comercio, asustado, había echado el cierre), había
clausurado la universidad y había distribuido octavillas entre la
población para que ésta siguiera toda orden sin comentarios y
ayudara a la policía, alertando para que no se mezclaran con los
manifestantes y que mirar tenía su riesgo. Se preparaba, pues, el
escenario para que la policía pudiera actuar sin contemplaciones,
en una ciudad prácticamente vacía. El resultado final fue de más de
ochocientos detenidos, la inmensa mayoría de ellos checos y gran
número de heridos [Egireun , 2000] [MRG , 2000].
Aunque los manifestantes que participaron en las movilizaciones
eran en gran medida de fuera de la república checa, la represión,
de inusitada dureza[1], se cebó en los autóctonos. Quizás con el
objetivo de tratar de impedir la expansión de los movimientos
antiglobalización en Chequia y por extensión en los distintos
países del Este, pues probablemente existe el temor a que se pueda
extender el cuestionamiento al capitalismo global, en una zona del
globo que ha sido castigada como ninguna otra en la última década,
tanto por la transición a la economía de mercado, como por el
propio impacto de los procesos de globalización económica y
financiera. De acuerdo con el propio Banco Mundial (2000), el
número de pobres se ha multiplicado por veinte en la Europa del
Este y la antigua URSS en dicho periodo. Si bien la República Checa
se puede considerar como «el tuerto en el país de los ciegos»,
dentro de toda esa amplia zona. Aún así, las autoridades checas se
aprestaron diligentemente a cumplir el papel de gestores del orden
del capitalismo global, para no desmerecer a los ojos de sus
principales protagonistas.
A pesar del intento de criminalización y desprestigio de los
manifestantes por parte de los principales medios de comunicación,
la propia prensa económica y financiera reconocía su impacto en la
opinión pública mundial. El diario financiero Expansión recogía en
su editorial, del «día después» (27-9-2000), que: «sería ridículo
negar la simpatía de que gozan [las manifestaciones] entre la
opinión pública [...] y demuestran una creciente y preocupante
impopularidad del capitalismo como organización económica y
social». Los principales centros de poder también son conscientes
de que parece que se acaba la capacidad de cooptación de los
sectores más moderados y que a pesar del considerable esfuerzo y
presupuesto que ha dedicado el BM, en concreto, a tratar de
desactivar la contestación social a través de su colaboración con
ONGs de desarrollo, hoy la oposición a las instituciones de Bretton
Woods demanda mayoritariamente su desmantelamiento, siendo cada vez
más minoritarias las posturas reformistas. El propio Wolfensohn
reconocía, en la entrevista a EL PAIS (25-9-2000) ya mencionada,
que: «Hemos intentado crear un foro permanente con todos (los
movimientos de contestación). Pero resulta difícil. Si alguno
acepta, otros les acusan de haberse vendido. ¿A ustedes se les
ocurre alguna idea mejor? Ya no sé qué más hacer». Sobran
comentarios. Y esto era antes de la «batalla de Praga».
La falta de legitimidad de estas instituciones ha alcanzado, pues,
unos rasgos abrumadores. Máxime cuando la propia dinámica del
capitalismo global hace que su actuación se siga rigiendo por
parámetros cada día más antisociales y antiecológicos. Y que esta
dinámica desborde la propia capacidad de estas instituciones
financieras globales de intentar poner un poco de «orden» en el
escenario de la globalización económica y financiera. Las crisis
financieras se van sucediendo sin descanso afectando a países clave
para la gobernabilidad mundial (Argentina, Turquía...), provocando
verdaderos terremotos de desestructuración social y
empobrecimiento. La dolarización (inducida) de muchas economías
periféricas avanza sin capacidad de contención (Ecuador, El
Salvador, Guatemala, Panamá...), generando desastres similares. Y
el conjunto de los países periféricos profundiza la explotación de
sus recursos naturales, para orientarlos hacia el mercado mundial,
con el fin de conseguir las divisas (fuertes) necesarias para hacer
frente a una deuda externa, que la globalización económica y
financiera y las propias políticas del FMI y del BM, hacen que siga
en constante aumento. Todo ello está generando unas corrientes
migratorias Periferia-Centro sin precedentes. Una situación
verdaderamente explosiva.
En el horizonte parece que se va dibujando también, de una forma
cada vez más nítida, una recesión profunda en la economía
estadounidense. Ésta ha logrado hasta ahora actuar de locomotora
que ha tirado de la economía mundial, amparada en el auge
incontrolado de Wall Street de los noventa, favorecido por la
desrregulación y especulación financiera global, generando, eso sí,
unos desequilibrios descomunales. El pinchazo de la burbuja
financiero especulativa (en especial de los valores tecnológicos de
la hasta ahora radiante «nueva economía») es probable que provoque
una depresión mundial, de consecuencias sustancialmente más graves
que la de los años treinta, pues la economía monetaria alcanza ya
a todos los confines de la tierra y los mercados financieros están
mucho más interrelacionados e interconectados (en tiempo real) que
entonces. El capital además siempre es temeroso, le asusta la
inestabilidad y los nubarrones existentes (escenarios de
encarecimiento del petróleo, agudización de la crisis de Oriente
Próximo, ingobernabilidad mundial creciente, auge de los procesos
antagonistas...) pueden provocar crisis de confianza que precipiten
aún más la caída de los mercados de valores, exuberantemente
hinchados (como ha advertido Greenspan), evaporándose una riqueza
en gran medida ficticia, que acabaría afectando de lleno a la
«economía real».
El elevadísimo endeudamiento en que han incurrido tanto gran parte
de los hogares como las grandes corporaciones, aprovechando el
pasado boom bursátil, puede ser una trampa mortal cuando Wall
Street parece que ha iniciado el declive. Los particulares se han
endeudado fuertemente para jugar en bolsa, lo que les reportaba
enormes beneficios mientras los valores subían. Las grandes
empresas lo han hecho, igualmente, para comprar sus propias
acciones y crear «valor para el accionista», así como para comprar
otras empresas, dentro de la vorágine de fusiones y adquisiciones
que ha sacudido EEUU (al igual que la UE) durante los últimos años.
Unos y otros se pueden ver atrapados entre una espiral hacia abajo
del precio de los activos que han comprado y unas muy elevadas
deudas que tienen que devolver. Lo cual arrastrará a la quiebra a
muchas entidades financieras, que se han arriesgado en exceso, pues
muchas de esas deudas serán incobrables. Ello puede acabar
afectando gravemente al dólar y hacer imposible el cubrir el fuerte
déficit por cuenta corriente estadounidense (el 4,5% de su PIB)
[Feito , 2001], que hasta ahora se podía financiar por el flujo de
capitales del resto del mundo que acudía a invertir a EEUU, ante la
marcha espectacular de su economía y de Wall Street. The Economist,
en un dossier que analiza el proceso ya ha sentenciado que: «Se
acabó la Fiesta» («The Party is Over») (27-1-2001). En estas
circunstancias y con California a oscuras, ha «accedido» Bush a la
Casa Blanca.
Fecha de referencia: 02-06-2001
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