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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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La kafkiana reunión del FMI y del BM en Praga


Tan sólo dos semanas antes de la cumbre del FMI y el BM en Praga, más de 10.000 manifestantes habían impedido el acceso a los participantes del Foro Económico Mundial en Melbourne, en la otra esquina del mundo. Uno de los titulares de prensa lo expresaba gráficamente: «La 'globofobia' acorrala al poder financiero en Melbourne. Los anticapitalistas desbordan a la policía ante el Foro Mundial» [Diario 16 , 12-9-2000]. Los delegados del foro quedaron encerrados en el Casino de dicha ciudad, pues los manifestantes bloquearon sus siete vías de acceso y tan sólo pudieron abandonar el recinto en lanchas de la policía, es decir, por vía marítima.

Que algo así pudiera ocurrir flotaba en el ambiente de la ciudad de Praga, cuando ésta se aprestaba a recibir a los participantes de la 55. asamblea de las instituciones de Bretton Woods. La primera ciudad de un país del Este que celebraba tan magno acontecimiento y el único que recientemente había ingresado en la «prestigiosa» OCDE. De hecho, el diario El País abría su sección de economía, tan sólo dos días antes del inicio de las sesiones, con un titular a toda página que rezaba: «Acoso al FMI y al Banco Mundial. Once mil policías protegerán la asamblea anual en Praga del movimiento antiglobalización». A pesar de la abrumadora presencia policial, una alta ejecutiva del BM declaraba que: «Es la primera vez que he sentido miedo en los 25 años que llevo viajando por todo el mundo» [El País , 24-9-2000]. Y el propio presidente, Wolfensohn reconocía, el día antes de la «batalla de Praga», que habían perdido la batalla mediática y que habían subestimado la capacidad de protesta contra ambas instituciones. Y afirmaba: «Si siguen repitiendo que el Banco Mundial es la causa de todos los males, la opinión pública se levantará contra nosotros» [El País , 25-9-2000]. El propio The Economist reconocía antes de los acontecimientos que: «La marea de la globalización, con todo lo poderosa que pueda ser, puede retroceder [...] [eso] es lo que hace a los manifestantes -y, más importante, a la cantidad de opinión pública que simpatiza con ellos- tan terriblemente peligrosos» [The Economist , 24-9-2000].

Al día siguiente, el 26 de septiembre, se confirmaron los peores augurios. Más de 10.000 manifestantes lograron bloquear el centro de conferencias donde se intentaba celebrar la asamblea del FMI y del BM, imposibilitando el desarrollo normal de la reunión y obligando a que, a última hora de la tarde, la policía evacuara a sus 18.000 asistentes en metro, que había estado cerrado al uso público gran parte del día, con el fin de garantizar su seguridad. Por la noche, el concierto-homenaje en la Ópera fue suspendido, ante el asedio de los manifestantes. Y el día después, ante la ausencia de delegados, pues éstos prefirieron quedarse en sus hoteles por cuestión de seguridad personal, los compungidos presidentes del BM y FMI transmitían a la prensa, ante el estupor y las risas de los periodistas, que las sesiones del encuentro habían acabado un día antes, por la eficacia de los trabajos desarrollados. Anunciaron, asimismo, que la próxima asamblea general fuera de Washington (que se desarrolla cada tres años) sería en Dubai (en el 2003), en los Emiratos Árabes Unidos; lugar que posibilita también que la reunión se desarrolle al abrigo de movilizaciones, simplemente porque están prohibidos los derechos de reunión y manifestación. Y ante las preguntas de los reporteros sobre si habían contemplado la posibilidad de no realizar más asambleas generales ante el rechazo que suscitan (Berlín, Madrid, Washington, Praga), respondían que «todavía» es necesario el encuentro físico, que la interacción personal aún es importante, aunque ya se puedan llevar a cabo reuniones virtuales. Les faltó señalar que todavía estas instituciones tienen un carácter multilateral y que las asambleas generales son las únicas veces al año (en primavera y en otoño) que al menos se reúnen, formalmente, los representantes de todos los países miembros. Aunque las decisiones principales, por supuesto, se toman en foros más reducidos, si bien necesitan la convalidación formal de la asamblea general.

Resultaba patético constatar cómo el director gerente del FMI, Koehler, declaraba en la rueda de prensa que él «no era un banquero, sino alguien con corazón», al tiempo que intentaba responsabilizar también a los principales estados de las decisiones del FMI, pues éstas se tomaban con pleno consentimiento de sus socios. Koehler llegó a afirmar que: «son las naciones ricas, las que con su cicatería están comprometiendo el futuro del Tercer Mundo, [y acusó a éstas] de no haber realizado los cambios estructurales para que la globalización funcione para todos», compromiso que él personalmente adquiría. Igualmente, el presidente del BM, Wolfensohn, en la misma línea argumental y para desviar la ola de críticas hacia la institución que preside, manifestaba que los Estados del Norte eran responsables de la no reducción de la deuda externa (sobre todo en relación con los llamados «países pobres altamente endeudados»), de haber disminuido sustancialmente la llamada «ayuda oficial al desarrollo» y de no abrir sus mercados al comercio mundial, lo que estaba derivando en un incremento de la pobreza en todo el planeta [El País , 27-9-2000]; [Financial Times , 27-9-2000].

Es más, Wolfensohn llegó a declarar, en un gesto de cara a la galería, que comprendía las motivaciones de los manifestantes, pero no sus métodos, sobre todo la violencia en las calles. Hecho que le valió un rapapolvo en el editorial del Financial Times (28-9-2000), por su complacencia con los opositores a la globalización. Intentaba, de esta forma, ganarse el apoyo de las ONGs moderadas, con las que había mantenido un encuentro público los días previos a la asamblea general y de estigmatizar y criminalizar a los grupos «radicales» que piden la disolución del BM y el FMI [El País , 28-9-2000]. Finalmente, de las declaraciones de ambos se deducía que echaban en falta el avance en el diseño de una nueva arquitectura financiera internacional (por las tensiones y desacuerdos existentes entre sus principales socios), que sometiese definitivamente el papel de los Estados, en la llamada «financiación del desarrollo» y en la resolución de las crecientes crisis financieras, al dictado del capital transnacional productivo y financiero especulativo.

La línea editorial de los principales medios de comunicación consistió en descalificar las protestas, que no podían ocultar, ni ningunear sus consecuencias, magnificando el papel jugado por los grupos «radicales» faltos de argumentos, que tan sólo están interesados en la destrucción y violencia. Cuyos miembros provenían de países de «alto nivel de vida», que tenían el dinero suficiente para pagarse un desplazamiento tan caro. Se hablaba del florecimiento reciente del «turismo radical». Y se les llegaba a asimilar a hooligangs, o a terroristas callejeros; en el caso de la prensa española, se mencionaba la participación de miembros de Jarrai en las revueltas.

Poco o nada se mencionaba de la amplitud de las formas de acción directa no violenta, mayoritarias en las protestas habidas y del importante papel jugado por los Tutte Bianche de «Ya Basta», provenientes de Italia, en las movilizaciones, que defienden estas formas de acción con métodos muy imaginativos y embutidos en monos blancos. Menos aún del carácter autoorganizado, asambleario y altamente democrático de los procesos de toma de decisiones por parte de los manifestantes (lo que contrasta con el funcionamiento del FMI y el BM), de la horizontalidad en sus formas de comunicación, de la ausencia de líderes (que no se echaron en falta), de la importante presencia de mujeres, de las movilizaciones paralelas en ciudades de más de treinta países del mundo y de la dura represión por parte de la policía checa. Ésta había sido pertrechada por EEUU y Alemania y había contado con la asesoría del FBI y la Europol. Además, el gobierno checo había creado un estado de histeria colectiva ante la llegada de los «vándalos», había prácticamente cerrado el centro a su uso colectivo (el comercio, asustado, había echado el cierre), había clausurado la universidad y había distribuido octavillas entre la población para que ésta siguiera toda orden sin comentarios y ayudara a la policía, alertando para que no se mezclaran con los manifestantes y que mirar tenía su riesgo. Se preparaba, pues, el escenario para que la policía pudiera actuar sin contemplaciones, en una ciudad prácticamente vacía. El resultado final fue de más de ochocientos detenidos, la inmensa mayoría de ellos checos y gran número de heridos [Egireun , 2000] [MRG , 2000].

Aunque los manifestantes que participaron en las movilizaciones eran en gran medida de fuera de la república checa, la represión, de inusitada dureza[1], se cebó en los autóctonos. Quizás con el objetivo de tratar de impedir la expansión de los movimientos antiglobalización en Chequia y por extensión en los distintos países del Este, pues probablemente existe el temor a que se pueda extender el cuestionamiento al capitalismo global, en una zona del globo que ha sido castigada como ninguna otra en la última década, tanto por la transición a la economía de mercado, como por el propio impacto de los procesos de globalización económica y financiera. De acuerdo con el propio Banco Mundial (2000), el número de pobres se ha multiplicado por veinte en la Europa del Este y la antigua URSS en dicho periodo. Si bien la República Checa se puede considerar como «el tuerto en el país de los ciegos», dentro de toda esa amplia zona. Aún así, las autoridades checas se aprestaron diligentemente a cumplir el papel de gestores del orden del capitalismo global, para no desmerecer a los ojos de sus principales protagonistas.

A pesar del intento de criminalización y desprestigio de los manifestantes por parte de los principales medios de comunicación, la propia prensa económica y financiera reconocía su impacto en la opinión pública mundial. El diario financiero Expansión recogía en su editorial, del «día después» (27-9-2000), que: «sería ridículo negar la simpatía de que gozan [las manifestaciones] entre la opinión pública [...] y demuestran una creciente y preocupante impopularidad del capitalismo como organización económica y social». Los principales centros de poder también son conscientes de que parece que se acaba la capacidad de cooptación de los sectores más moderados y que a pesar del considerable esfuerzo y presupuesto que ha dedicado el BM, en concreto, a tratar de desactivar la contestación social a través de su colaboración con ONGs de desarrollo, hoy la oposición a las instituciones de Bretton Woods demanda mayoritariamente su desmantelamiento, siendo cada vez más minoritarias las posturas reformistas. El propio Wolfensohn reconocía, en la entrevista a EL PAIS (25-9-2000) ya mencionada, que: «Hemos intentado crear un foro permanente con todos (los movimientos de contestación). Pero resulta difícil. Si alguno acepta, otros les acusan de haberse vendido. ¿A ustedes se les ocurre alguna idea mejor? Ya no sé qué más hacer». Sobran comentarios. Y esto era antes de la «batalla de Praga».

La falta de legitimidad de estas instituciones ha alcanzado, pues, unos rasgos abrumadores. Máxime cuando la propia dinámica del capitalismo global hace que su actuación se siga rigiendo por parámetros cada día más antisociales y antiecológicos. Y que esta dinámica desborde la propia capacidad de estas instituciones financieras globales de intentar poner un poco de «orden» en el escenario de la globalización económica y financiera. Las crisis financieras se van sucediendo sin descanso afectando a países clave para la gobernabilidad mundial (Argentina, Turquía...), provocando verdaderos terremotos de desestructuración social y empobrecimiento. La dolarización (inducida) de muchas economías periféricas avanza sin capacidad de contención (Ecuador, El Salvador, Guatemala, Panamá...), generando desastres similares. Y el conjunto de los países periféricos profundiza la explotación de sus recursos naturales, para orientarlos hacia el mercado mundial, con el fin de conseguir las divisas (fuertes) necesarias para hacer frente a una deuda externa, que la globalización económica y financiera y las propias políticas del FMI y del BM, hacen que siga en constante aumento. Todo ello está generando unas corrientes migratorias Periferia-Centro sin precedentes. Una situación verdaderamente explosiva.

En el horizonte parece que se va dibujando también, de una forma cada vez más nítida, una recesión profunda en la economía estadounidense. Ésta ha logrado hasta ahora actuar de locomotora que ha tirado de la economía mundial, amparada en el auge incontrolado de Wall Street de los noventa, favorecido por la desrregulación y especulación financiera global, generando, eso sí, unos desequilibrios descomunales. El pinchazo de la burbuja financiero especulativa (en especial de los valores tecnológicos de la hasta ahora radiante «nueva economía») es probable que provoque una depresión mundial, de consecuencias sustancialmente más graves que la de los años treinta, pues la economía monetaria alcanza ya a todos los confines de la tierra y los mercados financieros están mucho más interrelacionados e interconectados (en tiempo real) que entonces. El capital además siempre es temeroso, le asusta la inestabilidad y los nubarrones existentes (escenarios de encarecimiento del petróleo, agudización de la crisis de Oriente Próximo, ingobernabilidad mundial creciente, auge de los procesos antagonistas...) pueden provocar crisis de confianza que precipiten aún más la caída de los mercados de valores, exuberantemente hinchados (como ha advertido Greenspan), evaporándose una riqueza en gran medida ficticia, que acabaría afectando de lleno a la «economía real».

El elevadísimo endeudamiento en que han incurrido tanto gran parte de los hogares como las grandes corporaciones, aprovechando el pasado boom bursátil, puede ser una trampa mortal cuando Wall Street parece que ha iniciado el declive. Los particulares se han endeudado fuertemente para jugar en bolsa, lo que les reportaba enormes beneficios mientras los valores subían. Las grandes empresas lo han hecho, igualmente, para comprar sus propias acciones y crear «valor para el accionista», así como para comprar otras empresas, dentro de la vorágine de fusiones y adquisiciones que ha sacudido EEUU (al igual que la UE) durante los últimos años. Unos y otros se pueden ver atrapados entre una espiral hacia abajo del precio de los activos que han comprado y unas muy elevadas deudas que tienen que devolver. Lo cual arrastrará a la quiebra a muchas entidades financieras, que se han arriesgado en exceso, pues muchas de esas deudas serán incobrables. Ello puede acabar afectando gravemente al dólar y hacer imposible el cubrir el fuerte déficit por cuenta corriente estadounidense (el 4,5% de su PIB) [Feito , 2001], que hasta ahora se podía financiar por el flujo de capitales del resto del mundo que acudía a invertir a EEUU, ante la marcha espectacular de su economía y de Wall Street. The Economist, en un dossier que analiza el proceso ya ha sentenciado que: «Se acabó la Fiesta» («The Party is Over») (27-1-2001). En estas circunstancias y con California a oscuras, ha «accedido» Bush a la Casa Blanca.

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 02-06-2001


1: Se denunciaron también importantes violaciones de derechos humanos con los detenidos (acosos sexuales, torturas, insultos...)

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