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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Margarita Gascón y Esteban Fernández
INCIHUSA - Centro Regional de Investicaciones. CRICYT
Mendoza (Argentina), julio de 2001
Este trabajo analiza, en primer lugar, casos de terremotos de
considerable magnitud en el período colonial: Cuzco y Santiago de
los Caballeros de Guatemala en 1650; y los terremotos de Lima de
1687 y 1746 y tsunami del puerto del Callao en Perú de 1746. En
segundo lugar, se especifican los terremotos y sismos más
importantes del siglo XIX y XX en Argentina, con especial atención
en el caso de la ciudad de Mendoza, que es el mayor centro poblado
de la región sísmica de mayor actividad de la Argentina. En este
caso particular, el estudio abarca desde el período colonial hasta
mediados del siglo XX.
The analysis deals, in a first place, with major earthquakes during
the colonial period: the earthquake in Cuzco and the one in
Santiago de los Caballeros in Guatemala in 1650; and the quakes in
Lima in 1687 and 1746 and the tsunami in the port of Callao in Peru
in 1746. Secondly, the analysis concentrates in the earthquakes in
Argentina during the nineteenth and twentieth centuries, with
particular attention to the city of Mendoza which is the most
populated of the urban centers located in the most active seismic
region of Argentina. In this study-case, the temporal frame goes
from the colonial period to mid-twentieth century.
Las catástrofes naturales han acompañado, en forma dramática, la
evolución de los núcleos urbanos, pero los historiadores se han
ocupado del impacto inmediato del desastre natural, quedando menos
comprendida su influencia en el mediano y largo plazo. Las
erupciones volcánicas y los terremotos constituyen un tema especial
dentro del estudio del impacto de estos eventos ya que no sólo
destruyen viviendas y obras de infraestructura, sino que también
modifican las actividades agrícolas que permiten sostener la vida
urbana. Así, los terremotos, aunque episódicos, alteran la vida
cotidiana y modifican la evolución de los núcleos urbanos.
Entre los primeros documentos sobre terremotos están los catálogos
elaborados por los chinos, que registran más de 3000 años de
actividad sísmica. Son escasos los registros sobre estas
catástrofes en la Antigüedad aunque indican que un fuerte terremoto
fuera de la costa de Grecia se produjo en el 425 a. C. La ciudad de
Efeso fue arrasada por un sismo en el 17, Pompeya quedó destruida
en el 63, y se sospecha que los núcleos urbanos creto-micénicos
entraron en decadencia por sucesivos terremotos. En el 476 la
poderosa Roma sufrió la devastación de un terremoto y luego le tocó
a Constantinopla recuperarse de los terremotos de 557 y de 936.
Tampoco hay abundantes fuentes para la Edad Media, pero se han
documentado terremotos en Inglaterra en 1318, en Nápoles en 1456,
y en Lisboa en 1531. El terremoto de 1556 en Shaanxi (Shensi
China), que mató alrededor de 800.000 personas, ha sido uno de los
mayores desastres naturales de todos los tiempos.
Los terremotos han causado las catástrofes naturales más grandes
que ha conocido la humanidad, que ha tratado de explicarlos desde
un punto de vista mítico o legendario, aunque ya los filósofos
griegos de la Antigüedad procuraron darles una explicación lógica.
Aristóteles indicó que eran causados por la acción de vientos y
gases producidos por materiales subterráneos en ignición. Estrabón
y Platón indicaron que se producían más frecuentemente a lo largo
de la costa que en el interior del país. A principios de la Edad
Moderna comenzó a surgir la idea entre los naturalistas de que las
causas de los terremotos se debían a fenómenos en la corteza
terrestre y tales descripciones aparecieron en el Volumen 49 de las
"Transcripciones de la Sociedad Real" de Londres en 1755, luego del
terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de ese año, en que murieron
60.000 personas.
En América, los españoles católicos al fundar sus ciudades
conservaron un respetuoso temor frente a los sismos, invocando al
patrón Santiago, protector contra los temblores. El santo patrono,
sin embargo, no salvó a Quito del terremoto de 1797 que mató unas
40.000 personas. Mendoza, fundada en 1561 en la zona sísmica más
activa de la Argentina, fue también puesta bajo la protección de
Santiago pero tampoco se salvó de su destrucción total debido al
terremoto de 1861.
Para los conquistadores, el sitio de la fundación de las ciudades
seguía lineamientos más bien económicos y no de seguridad urbana,
a pesar de que la Corona española había dado indicaciones que
venían desde la Edad Media y que procuraban poner a salvo las
ciudades de calamidades ocasionadas por desastres naturales. En
América, la presencia de indios para encomendar fue decisiva y esto
explica la poca consideración a normas de seguridad urbana. Un
ejemplo dramático fue la fundación de Santiago de los Caballeros de
Guatemala al pie de un volcán activo. Quince años más tarde, una
erupción de lodo sepultaría a toda la comunidad.
Debido a la riqueza de información que puede obtenerse a partir de
un desastre natural es que varios científicos sociales han
comenzado a estudiar más detenidamente estos temas. Desde la década
de los 1980s, con el terremoto de México, la recurrencia del ENSO
(Oscilación del Sur El Niño) en Ecuador y Perú y los huracanes en
Centroamérica, la dimensión histórica de las catástrofes ha crecido
en interés. ¿Cómo enfrentaron las comunidades en el pasado estos
acontecimientos? ¿Cómo fueron afectadas en el mediano y largo plazo
estas ciudades? El presente trabajo es el resultado de una
investigación más amplia sobre las catástrofes en Mendoza.
Seleccionamos los terremotos y su impacto en la evolución urbana
desde la colonia hasta mediados del siglo XX, comenzando por una
síntesis de algunos de los terremotos destructivos en la Historia
Colonial de Hispanoamérica.
En la historiografía latinoamericana, un trabajo pionero sobre la
influencia del desastre natural en los núcleos urbanos es el de
Enrique Florescano. Demostró que la catástrofe natural, en este
caso climática, al alterar la producción agrícola había hecho
fluctuar los precios del trigo, lo que a su vez se tradujo en
escasez, especulación, enfermedades y expresiones religiosas. Otro
ejemplo similar lo brinda Richard Boyer, quien analizó las
inundaciones en la ciudad de México en el siglo XVII. De estos
estudios se desprende la importancia de reconstruir los contextos
en que ocurren los desastres naturales, es decir, la vulnerabilidad
social, económica y política en que se encuentra cada comunidad
para afrontar la emergencia y la reconstrucción. En otras palabras,
la vulnerabilidad resulta de procesos acumulativos como la
degradación ambiental, el deterioro de la economía, la imprevisión
y la negligencia en la planificación urbana, entre otros factores.
Más claramente, las sociedades condicionan el impacto de sus
futuros desastres.
El estudio del desastre natural y de la vulnerabilidad acumulada es
un tema atractivo para la práctica histórica. Algunas dificultades
con las fuentes se compensan con los resultados de las
investigaciones porque el estudio del desastre natural desvela las
tensiones sociales que de otra forma, posiblemente, no hubiesen
salido a la superficie. Esto se debe a que los desastres no golpean
de la misma forma a todos los sectores sociales, y tales
diferencias incluso varían temporalmente.
Por ejemplo, una helada o una sequía afecta diferencialmente a una
sociedad agraria sin capacidad de acumulación o de importación o a
una sociedad industrial con acumulación de excedentes y
posibilidades de importar alimentos de zonas distantes. Además de
las condiciones de vulnerabilidad, un estudio histórico también
incluye los comportamientos durante la emergencia y la
reconstrucción.
Durante la fase de la emergencia los conflictos sociales y
políticos se aplazan por pudor. Es un momento donde hay que
socorrer a las víctimas, enterrar cadáveres, consolar a los
sobrevivientes. Pasada la emergencia, aparecen conflictos y no hay
nada de disfuncional en este comportamiento. Solucionados los
asuntos inmediatos que garantizan el abastecimiento, la atención
médica y el refugio para los que perdieron propiedades, surgen
dificultades relacionadas con la seguridad, la continuidad del
abastecimiento y el comienzo de la reconstrucción. Una catástrofe
masiva como un terremoto destructor neutraliza los conflictos
solamente durante la fase de emergencia. En principio, entonces, la
sociedad reacciona con solidaridad como que lo ocurrido "vino de
afuera", de la naturaleza, por "voluntad de Dios". La sociedad, en
consecuencia, tendría bajo nivel de tolerancia contra cualquiera
que pretendiera canalizar la frustración y el dolor en provecho
propio. Los discursos del momento utilizan palabras como
solidaridad, ayuda y expresiones de mutuo dolor.
Las ciudades coloniales han sido vulnerables al desastre natural,
sobre todo al sismo y al terremoto. Sin pretender ser exhaustivos,
referimos tres casos de terremotos destructivos incluyendo su fase
de emergencia y reconstrucción durante el Período Colonial: los que
afectaron a Cuzco y Santiago de los Caballeros de Guatemala en
1650, y los terremotos en Lima de 1682 y 1746 y tsunami del Callao
de 1746.
Cuzco era un núcleo urbano edificado en piedra y barro: la capital
del Incario tenía tradición en lo que denominaríamos construcción
sismorresistente. Las principales construcciones de Cuzco (casas
reales y lugares sagrados como el Korikancha) eran edificios con
gruesos bloques de piedras, trabados y capaces de resistir los
terremotos. Las construcciones en barro, en cambio, solamente
podían resistir bajo determinadas condiciones. Lo más importante
era que la mezcla estuviese seca. Notamos lo importante que fue
este factor en el terremoto de 1650 porque es posible que
destruyera tantas construcciones precisamente porque se encontraban
humedecidas por la larga estación de lluvias. De acuerdo a una
fuente, un jueves a las dos de la tarde, en marzo de 1650, después
de "seis meses en que no dejó de llover", tembló en Cuzco con unas
123 réplicas en seis días. Según un testigo, una fuerte reacción
piadosa hizo que esa misma noche hubiesen tres procesiones y una
colecta de los jesuitas para restaurar su templo. El testigo señaló
la generosidad de unas mujeres al entregar sus caras joyas en oro
y plata. Al día siguiente hubo confesiones públicas y casamientos
para no seguir viviendo en amancebamiento y como remate, el sábado
unas 3.000 personas marcharon en procesión "descalzos, con sogas en
la garganta, mordazas, cubiertos con cenizas, cargando grillos y
cadenas en una mano y calavera en la otra. Los franciscanos
llevaban cilicios". Menos piadosa, en cambio, fue la reacción de
los indios encomendados de las comarcas vecinas que abandonaron los
pueblos, en parte porque estaban destruidos, pero también
aprovechando para evadir las obligaciones del trabajo a los
españoles y del tributo.
Estas pérdidas económicas, más difíciles de contabilizar que los
edificios destruidos, afectaron la producción local, aunque no
están documentadas directamente como efectos del terremoto de 1650.
Consecuencias económicas como redimir censos (hipotecas), pago de
tributos indígenas y recaudación de impuestos pocas veces se
encuentran especificados como secuelas en el mediano y largo plazo
de los terremotos. En el caso de los censos, una propiedad
destruida quedaba libre de su deuda con lo cual se afectaba la
cadena de créditos y de pagos. En el caso de los impuestos a la
Corona, un terremoto daba origen a una serie de peticiones al Rey,
generalmente atendidas, para la eximisión de impuestos. Aun
comunidades que no habían sido directamente afectadas por un
terremoto, procuraban acceder a este beneficio. Cuando Santiago de
Chile fue excluida del pago del impuesto de Unión de las Armas
debido a un terremoto, la ciudad de Mendoza, parte del Reino de
Chile en ese momento, envió procuradores para conseguir la
extensión de este beneficio.
En 1650 Santiago de los Caballeros de Guatemala fue también
destruida por un sismo. Una fuente informa que "los terremotos que
vinieron del oriente, al medio de los dos volcanes que cercan la
ciudad. Uno de ellos tiró tanta agua sobre la ciudad cuando se
fundó que obligó a los conquistadores a fundar la ciudad varias
leguas más lejos de su falla". Por eso había temor que la tierra se
abriese, según un testigo, lo que llevó a muchos a confesarse
públicamente y a hacer penitencia con castigos físicos.
Desgraciadamente la ciudad nunca pudo ser trasladada a una zona
segura, de modo que solamente se confió en el paulatino
mejoramiento de las técnicas de construcción para que las viviendas
fuesen seguras.
Musset ofrece un interesante cuadro de los factores
que minimizaron el peligro natural frente a los intereses
económicos al describir el intento de traslado de Guatemala en
1617, cuando miembros de la iglesia sacaron la imagen de la Virgen
y la llevaron al cementerio para impedir que se cumpliese la orden
de las autoridades de abandonar la ciudad con sus costosos
conventos.
En el caso de Perú, en general, y de Lima en particular, los
terremotos fueron frecuentes. Hasta mediados del siglo XVII,
solamente en Lima hubo catorce sismos y terremotos: en 1582, 1586,
1609, 1630, 1655, 1678, 1687, 1690, 1699, 1716, 1725, 1732, 1734 y
1743. De extraño gusto es un informe de alrededor de 16 hojas sobre
el terremoto de Lima de 1609 que
Pedro de Oña escribió en verso
para el Virrey del Perú,
Don Juan de Mendoza y Lima, Marqués de
Montesclaros:
Zimbra toda pared, cruxen los techos
agudo pulsa, y late el suelo aprieta,
faltan los hombres, en pavor deshechos,
y el alarido mugeril no cessa,
dan vozes, tuercen manos, hieren pechos,
y aun la curada crin alguna messa,
rezclando quiza sus cabellos,
que es el presente mal y castigo dellos [...]
Creciendo va el terrible terremoto
açorasse el cavallo, el perro aulla,
y sin saver a donde, el vulgo ignoto
corre mezclado en confussion y trulla
la turbación, espanto, y alboroto
no dexan sangre, que en las venas bulla,
miedo la cuaxa, y el cabello eriza,
y embuelve los semblantes en ceniza. [...]
Pedro de Oña refería más adelante en su verso que las causas del
terremoto debían buscarse en el "fuego en las cavernas encendido"
y en "el viento como algunos han sentido"; ambas explicaciones
todavía circulaban en el siglo XIX.
El terremoto de 1746 en Lima fue uno de los más serios y
posiblemente el más fuerte de todo su período colonial, con más de
1.000 muertos, acompañado por el tsunami que acabó con el puerto
del Callao. Un cálculo establece que unas 3.000 casas se vieron
afectadas en alrededor de unas 150 manzanas. Según un testigo,
Eusebio de Llano y Zapata, "algunas cartas avisan que en la
Concepción de Chile a las 6 horas y media que inundó al Callao hizo
también su salida el mar, extendiéndose hasta 3 ó 4 cuadras". Esta
relación entre un tsunami y terremoto en Perú y las modificaciones
del nivel del mar en Chile fue registrada nuevamente en 1868,
cuando un terremoto sacudió a Arequipa en Perú y una ola de 16
metros cayó sobre Arica en el norte de Chile.
Las autoridades limeñas contaban con experiencia para organizar la
seguridad y el abastecimiento. Una de las primeras acciones durante
la emergencia fue la seguridad de los sobrevivientes, que se
relacionaba con el temor a una sublevación de esclavos y mulatos.
Siguiendo el modelo de las medidas para la emergencia tomadas
después del terremoto de 1687, el abastecimiento de la población se
realizó importando granos y sebo desde Chile. Aquel terremoto de
1687, según
Carlos Darwin, había afectado el curso de ríos, y por
lo tanto, modificado las posibilidades de la agricultura,
acelerando el proceso de reconversión de los cultivos en la costa
peruana. De la misma forma, el terremoto de 1746 trajo
consecuencias en el mediano y largo plazo en el núcleo urbano
porque el Virrey emitió una orden para que Luis Godin de la
Academia de Ciencias de París y catedrático de la Real Universidad
de Lima en matemática informase cómo se debían edificar las casas,
y sobre todo las fortificaciones, para resistir el impacto de los
terremotos.
Como señalábamos en la introducción, se han descuidado en los
análisis históricos varios efectos de las catástrofes naturales en
la evolución de las comunidades. Un ejemplo para la historia del
Virreinato del Perú se refiere al Parlamento de Quillín de 1641,
primer paso hacia la progresiva pacificación de Arauco. ¿Acaso este
hecho trascendental en la historia de esta región fue posible
gracias a un desastre natural? Los hechos indican que, en 1641, los
araucanos rebeldes aceptaron un parlamento en Quillín con los
españoles para acordar la paz, pero su causa no era el temor a los
españoles ya que había entre ellos guerreros intrépidos como el
"toque" (jefe)
Butapichún. Para un testigo, se trató de una paz que
llegó precedida de una serie de "prodigios" naturales y que son
manifestaciones de vulcanismo:
(...) "un volcán que vebentando con las encendidas cenizas y
peñascos que arrojava, calentó las aguas y coció el pescado de los
ríos. Una monstruosa bestia, que corría por uno dellos en
seguimiento de un crecido, y un empinado árbol, que iva sobre sus
aguas. Dos exércitos que se vieron en el aire, y que peleando el
uno con el otro, vencia siempre el de nuestra vanda. Tratase de la
libertad de los cautivos españoles y de las solemnidades y
ceremonias con que los enemigos capitularon las pazes y otras cosas
de gusto y provecho".
Este testimonio también aseguraba que durante cuatro meses no se
pudieron tomar las aguas del río Toltén ni comer sus pescados por
el mal olor y sabor del azufre. La creciente arruinó los sembradíos
y la laguna de Villarica creció e inundó los pueblos de los indios.
El espectro del hambre y la peste aterrorizó a los araucanos
rebeldes quienes entendieron que esta actividad volcánica era un
mal presagio. Sin duda que era buena previsión evitar
enfrentamientos armados con los españoles.
Por último, así como en Lima se temía una sublevación de negros y
mulatos después de cada sismo, en Arauco cada sismo iba acompañado
del temor por el ataque indígena. La diferencia es que en Lima no
ocurrieron los temidos alzamientos, mientras que en el sur de
Chile, en cambio, a los daños del terremoto se sumaron los
ocasionados por los malones de nativos. El 15 de marzo de 1657 un
terremoto en Concepción, precedido por fuertes ruidos, derribó
varios edificios y dejó a la población indefensa, al mismo tiempo
que, unos 300 puelches y pehuenches aprovecharon para atacar las
estancias de la ribera del Maule.
Estos desastres naturales analizados brevemente sirven de ejemplo
del tipo de información sobre una sociedad que un historiador puede
revelar aprovechando los testimonios sobre sismos y terremotos. Es
interesante notar que varios comportamientos en las distintas
sociedades son recurrentes, así que un estudio de larga duración
permitiría apreciar las consecuencias de estos desastres naturales
en la evolución de una comunidad.
La historia sísmica Argentina presenta dificultades por la
recopilación de las diversas, aunque escasas, fuentes. Para la
región del nordeste del país deberíamos recopilar las dispersas y
fragmentarias fuentes sobre varios terremotos que al no haber
afectado poblados importantes no han sido documentados. El primer
antecedente de un sismo destructivo corresponde al terremoto de
Talavera del Esteco, en Salta, el 13 de setiembre de 1692 con una
intensidad de VIII en la escala de Mercalli Modificada o MM.
La zona sísmica argentina se extiende a lo largo de la cordillera
de Los Andes desde el noroeste hasta Tierra del Fuego con
probabilidades de ocurrencia de terremotos de intensidades máxima
mayores a IX y menores o igual a VI MM. Terremotos destructivos
afectaron a Salta en 1782, 1844, 1871, 1930, 1948, 1959, 1973 y
1974; todos entre VII y VIII MM. Mendoza fue afectada en 1782,
1861, 1894, 1903, 1917, 1920, 1927, 1929, 1967 y 1985, todos entre
VI y IX MM. El más fuerte, en 1861 (IX MM) destruyó completamente
la ciudad y es objeto de un análisis especial más adelante.
Durante el siglo XX, Córdoba sufrió un sismo en 1934 (VII MM), San
Luis en 1936 (VIII MM), San Juan en 1941, 1944, 1952 y 1977 (VII y
IX MM), Tierra del Fuego en 1949 (VII MM), La Rioja en 1957 (VII
MM) y Catamarca en 1966 (VII MM). Con excepción de Córdoba, todos
estos núcleos urbanos se encuentran al pie o muy cerca de la
cordillera de los Andes. La actividad sísmica disminuye hacia el
este de los 64. Longitud Oeste aunque existen casos de movimientos
sísmicos como el ocurrido el 5 de junio de 1888 con epicentro en el
Río de la Plata que se sintió en Buenos Aires y Montevideo.
En el siglo XIX, dos ciudades fueron reducidas a escombros: Mendoza
en 1861 y La Rioja en 1894. El 27 de octubre de 1894 un terremoto
convirtió a La Rioja en escombros en escasos segundos luego de un
par de sacudones para culminar con un suave movimiento ondulatorio.
El desastre se produjo a las 4:30 PM aproximadamente. De sus 14.000
habitantes, la mayoría se refugió en campamentos improvisados en
plazas debido al deterioro de las construcciones. La onda sísmica,
con posible origen en la precordillera en el límite entre las
provincias de San Juan y La Rioja, se propagó hacia otros centros
poblados. En la ciudad de San Juan se sintió con particular
intensidad, provocando una destrucción similar a la de La Rioja en
las localidades norteñas de la precordillera. En la ciudad de
Córdoba el sismo dejó sus huellas, como así también en Buenos
Aires, Rosario, Tucumán, Paraná, Gualeguay, Bahía Blanca, Salta,
Catamarca y Santiago de Chile. En Mendoza las torres de la Iglesia
de San Francisco quedaron deterioradas y el templo sufrió
trizaduras en los arcos laterales. La gente abandonó sus hogares y
se instaló en carpas en plazas, o huyó hacia la periferia. Una
comisión de auxilio fue enviada a San Juan y La Rioja. Hubo
derrumbes en edificios de zonas rurales de Lavalle, Santa Rosa y La
Paz. La ayuda a las víctimas chilenas se organizó a través de sus
consulados. Con el sismo de 1903, las torres de la Iglesia de San
Francisco se dañaron aún más con peligro de derrumbe; por lo que se
corta el tránsito a su alrededor y el templo de San Nicolás fue
finalmente demolido.
Uno de los terremotos más recordados de Argentina fue el que
destruyó a San Juan a principios de 1944 porque se relaciona con un
acontecimiento político de importancia. En efecto, en un acto para
recaudar fondos para las víctimas se conocieron el entonces coronel
Juan Domingo Perón, Secretario de Trabajo y Previsión de la Nación,
y una actriz de cine y televisión llamada
Eva Duarte. Ambos
ocuparían la escena política durante la década siguiente.
Evita se
convertiría en un ícono del peronismo por su tarea social. La
Colecta Nacional para las víctimas del terremoto alcanzó la suma de
38.242.913,96 pesos corrientes de la época. Para poner este monto
en perspectiva, en ese entonces, el diario Los Andes publicaba
avisos ofreciendo casas de dos dormitorios en $3.000; o de 542 m2
en $ 12.000. Algunos avisos aclaraban que se trataba de "casas con
vigas antisísmicas".
Este terremoto de 1944 en San Juan causó alrededor de 10.000
muertos sobre una población de 90.000 habitantes y fue percibido
aproximadamente en un radio de 1.000 kilómetros. Los primeros
auxilios llegaron desde Mendoza, por aviones, trenes, camiones y
autos particulares. Se trasladó personal médico y elementos para la
atención de la emergencia. A Mendoza se enviaron 16.000 heridos.
Una de las consecuencias a mediano y largo plazo fue el auge de la
construcción gracias a una inversión de aproximadamente
$70.000.000. El proceso comenzó en 1939 y luego del receso por la
guerra, continuó con aceleración hacia 1947. En Mendoza se
aprobaron 725 edificios de ladrillo y 127 de adobe; las
ampliaciones llegaron a 311 en ladrillo y 62 en adobe. A pesar de
la importancia que tuvo el terremoto de 1944 en las construcciones,
el terremoto destructivo más importante para la historia sísmica
local ocurrió a fines del siglo XIX y es objeto de análisis bajo el
siguiente título.
La historia sísmica de Mendoza registró el primer terremoto
denominado "de Santa Rita" en 1792. Años más tarde,
Eusebio Blanco
decía que se trataba de una tradición mendocina del siglo XIX, de
la que siempre se hablaba. Su abuelo, que tenía más de 90 años,
recordaba que había derrumbado varias casas. El autor agrega que
entre sus principales recuerdos de infancia está una de las
consecuencias de un terremoto en Chile: estando en la escuela, cayó
durante algunos días una lluvia de cenizas que mantuvo oscurecido
el sol. El fenómeno coincidió con el temblor que experimentó Chile
en 1822 ó 1824.
El terremoto de mayor incidencia en la vida de Mendoza ocurrió al
atardecer del 20 de marzo de 1861. Los testimonios coinciden en que
se hizo sentir un estruendo sordo, como el producido por muchos
carros que ruedan juntos y rápidamente sobre un terreno abovedado
o como la detonación simultánea de una batería de cañones. En ese
instante hubo un repentino movimiento contractivo de la tierra. La
ciudad osciló y casi todas las construcciones se desplomaron.
En un improvisado diario, un sobreviviente anotó brevemente los
sucesos posteriores. Por ese diario sabemos que se inició el
incendio debido a las velas y combustibles en los domicilios. El
fuego aumentó y la población, que no estaba organizada, actuaba
desordenadamente. Las autoridades, en su mayoría víctimas también
de la catástrofe, no atinaban a organizar la emergencia, aumentando
la frustración de los civiles. Después del terremoto, la oposición
culpó al gobernador de negligencia por no haber aparecido en la
escena del siniestro inmediatamente, sin entender que el gobernador
también fue víctima del terremoto porque se le habían muerto varios
hijos. El 22 los cadáveres tenían indicios de putrefacción. Con el
nuevo día se pudo apreciar mejor la destrucción: los edificios
públicos eran ruinas, igual que la Iglesia, las calles habían
quedado intransitables por los escombros y por el desborde de agua
por la rotura de los canales de distribución de agua de riego. Ese
día fue de conmoción, desconcierto y dolor. El 23 el gobernador
había iniciado las primeras medidas de emergencia para dar
alimentos, carneando tres reses cerca de la plaza y repartiendo
gratis este alimento. Por entonces, el saqueo era el principal tema
de seguridad. Los sobrevivientes se negaban a abandonar las ruinas
debido a los merodeadores. Aun a riesgo de su salud y soportando la
fetidez, los más pobres se quedaban cerca de lo que quedaba de su
propiedad. Se debió promulgar un bando que prohibía la entrada de
quienes no llevasen papel de propietarios, pero la medida fue
estéril. El 25 de mayo incluso se dio otro bando estableciendo la
pena de muerte para saqueadores y según las fuentes se fusilaron a
cuatro personas.
En la fase de emergencia, tanto la seguridad como la salubridad son
las prioridades de las autoridades. Un dato interesante de este
terremoto se refiere a la salubridad porque los cadáveres sin
sepultar y las dificultades en el abastecimiento de agua y
alimentos apropiados, junto al deterioro emocional de los
sobrevivientes, aumentaron los inconvenientes para mantener la
salud de la población. En 1861, sin embargo, se registraron
solamente cuatro casos de tifus. Este escaso número se debió a que
el incendio descontrolado que siguió al derrumbe de los edificios
incineró los cuerpos que estaban atrapados en las ruinas, evitando
así que se convirtieran en focos de infección.
Pasada la emergencia, la sociedad comenzó a concentrar su atención
en necesidades tales como la búsqueda de las explicaciones.
Existían (y existen hoy en día) todo tipo de asociaciones que
buscan predecir lo impredecible. Es frecuente escuchar decir que
"si la Luna está con halo, va a temblar", "que si todo está muy
calmo, va a temblar" o "que si los animales domésticos están
nerviosos, va a temblar". La búsqueda de elementos que permitan
predecir ha sido y es un comportamiento universal. De acuerdo a un
testimonio, la búsqueda de preanuncios, aquel día de 1861 fue
inútil:
"No hubo ningún signo de los que en algunos países son mirados como
precursores de los terremotos que se manifestaron aquí. Los hombres
no sufrieron ninguna sensación desagradable como en el temblor de
Angers el 13 de marzo de 1836, ni los animales manifestaron
inquietud como aconteció con el temblor de Concepción del 20 de
febrero de 1835, con las aves marinas que una hora antes se
dirigieron en bandadas hacia el interior como si hubieran adivinado
la agitación próxima al mar; los perros que en Talcahuano salieron
corriendo de las habitaciones mucho antes de que el ruido y el
sacudimiento se hicieran sensibles. Esto se observó, según
Humboldt, en Cumaná en donde los miedosos observan los movimientos
de los animales, principalmente de los cerdos a los cuales les
atribuyen la facultad de anunciar los terremotos".
El explorador
David Forbes explicó el terremoto de 1861 en relación
con la actividad volcánica si se tenía en vista que "los volcanes
no siempre vomitan lava, que el fenómeno de la ciénaga puede ser un
cráter análogo al "Borbollón"; que las corrientes eléctricas
accionan y reaccionan en las cercanías donde los materiales
superabundan; y que Copiapó y San Juan en la proximidad de los
minerales no han sufrido lo que debieran si el fenómeno de Mendoza
tuviera su causa en un fenómeno eléctrico".
Por otra parte, quienes decidían la vigilancia de las ruinas y la
reconstrucción se quejaban de los comportamientos de los
sobrevivientes que se negaban a alejarse del sitio donde estuvo su
propiedad, así quedasen solamente ruinas. Dado que la
territorialidad es uno de los factores más profundos de nuestra
conducta, la gente duerme, cuida y quiere encontrar qué quedó
debajo de los escombros. Uno de los autores de este trabajo,
Esteban Fernández, recopiló recuerdos de sobrevivientes del
terremoto de San Juan del 1 de enero de 1944. De estas historias es
el siguiente relato:
"no, a ese tío tampoco lo mató el terremoto(...), de noche cuidaba
que no le robaran los adobes, el alambre, los marcos, los
rollizos(...), prendía fuego en una esquina porque no se cayó del
todo (...) en uno de esos remezones fuertes, se le vinieron los
adobes encima".
En el caso del terremoto de Mendoza de 1861, el periódico local
refirió que la gente vagabundeaba por las ruinas, resistiéndose a
ir al nuevo sitio de la fundación de la ciudad. Una comisión
presidida por el ingeniero
Carlos Huidobro había recomendado la
reconstrucción de Mendoza desplazándola hacia el SO. No se trató de
un emplazamiento ideal en el sentido de que Mendoza siguió
localizada en zona de las fallas geológicas. Durante el siglo XX la
ciudad creció sin tomar ciertas precauciones que sí, en cambio,
fueron tenidas en cuenta cuando se realizó la reconstrucción
después del terremoto de 1861.
Aquel diseño urbano que se aplicó en la reconstrucción tenía una
plaza central (actualmente Plaza Independencia que ocupa cuatro
manzanas) y cuatro plazas más pequeñas (Italia, España, San Martín
y Chile), de una manzana cada una. Se brindaban así amplios
espacios para el refugio de las personas en caso de terremoto. Las
avenidas procuraban dejar suficiente espacio entre fachadas para
que, si los edificios se desplomaban, no aplastaran a la gente que
ya había abandonado su casa. Pero "del dicho al hecho ...," como
dice el refrán, a diez años de su reconstrucción alrededor de la
Plaza Independencia, ésta todavía era un gran baldío cubierto de
malezas, a tal punto que el 19 de abril se realizó una colecta para
arreglarla. El diseño urbano de la reconstrucción tampoco había
contemplado otro lado oscuro de los proyectos de inversión ya que
se favoreció la especulación inmobiliaria. Lotes que el gobierno
había vendido en $50 para que la gente se instalara en la ciudad
reconstruida seguían vacíos diez años después, aunque habían
adquirido un valor de $2.000. Peor aún desde el punto de vista
urbano: en la llamada "ciudad vieja" la gente seguía fabricando los
adobes con tierra de la calle, que ahora tenía en algunos sectores
hasta un metro por debajo de la calzada.
A un poco más de diez años del terremoto de 1861, en 1873 otro
temblor dio la oportunidad para revelar varias deficiencias
urbanas, como por ejemplo la baja calidad de la construcción
pública. En una carta anónima enviada al periodico local se pone
como una condición del "buen gobierno: no tener afición a levantar
edificios que se caigan". Entre otras construcciones dañadas se
encontraba el templo de Santo Domingo, con peligrosas trizaduras
que otros temblores pequeños (20 de marzo, 16 de junio, 12 de
setiembre y 23 de noviembre) fueron haciendo cada vez más notables.
Afortunadamente el de 1873 no fue un terremoto destructor. El
gobierno designó una comisión para evaluar los daños. La principal
consecuencia fue que se elaboró un Código con Normas de
Construcción para dar mayor seguridad a las construcciones.
En el siglo XX hay una tendencia a solicitar informes técnicos; las
autoridades piden cuantificación de los efectos sobre los aspectos
materiales. Los informes de los terremotos se van haciendo cada vez
más numéricos, cada vez con más finos porcentajes sobre cuántos
edificios están semidestruidos o destruidos, cuántos hay que
demoler, cuánto cuesta. Paralelamente se registra una tendencia a
insistir en técnicas de construcción determinadas para hacer más
seguras las viviendas.
El primer terremoto del siglo XX ocurrió en 1903 y dejó tres
muertos. Se derrumbaron una bodega y varias residencias
particulares, con corrida de cabalgaduras desde las puertas de las
confiterías "La Mascota" y "El Progreso". Se agrietaron las
murallas del Hospital Provincial en construcción. En el informe
técnico elevado al poder ejecutivo provincial se enumeraron los
daños de los edificios que ocupaban las escuelas n. 1 y 2 en el
Municipio de Las Heras. Las cornisas estaban en peligro y había que
demolerlas y reconstruirlas más bajas. En conclusión, el sismo dejó
a un 10% de las construcciones privadas de la ciudad dañadas a tal
punto que se debían demoler, pero la municipalidad tuvo
dificultades para obligar a los propietarios a demoler así que
finalmente permitió que cada cual arreglase su propiedad como mejor
pudiese. Solamente emplazó a los monjes para que repararan el
templo de Santo Domingo en dos meses o sería clausurado. Pero lo
más interesante es que ciertos funcionarios habrían aprovechado el
sismo para decorar nuevamente sus oficinas a juzgar por una nota
sobre trabajos realizados fuera del presupuesto oficial sin el
informe técnico que justificase su reparación.
Más interesante es que el gobierno provincial intentó un movimiento
favorable a sus intereses al enviar un telegrama alarmista al
gobierno nacional para solicitar una ayuda de $50.000. El gobierno
nacional desestimó el pedido por exagerado, y no se equivocó porque
el informe técnico posterior sobre los daños al hospital, lazareto,
cementerio y matadero entre otros edificios públicos indicó que se
necesitaban alrededor de $10.000 para repararlos. Por supuesto que
también aprovecharon la situación los constructores y vendedores de
materiales. El 28 de setiembre se anunció la exposición de "una
casa de madera contra temblores". Más curiosidad nos despierta un
aviso que ofrecía "aparatos especiales que se puedan colocar en el
interior de las piezas destinadas a dormitorios que quitan todo
peligro en caso de derrumbamiento".
En 1917 Mendoza sufrió otro terremoto (VII MM) con epicentro en
Chillán, Chile. Nuevamente quedó en peligro de derrumbe la torre de
la iglesia de San Francisco. La mayor parte de las cornisas
colapsaron. La Ordenanza 249 del 5 de octubre de 1917 prohibió las
cornisas y balaustradas de adobe y barro, estableció que todo
edificio público debían tener cálculo "para construcciones contra
temblores" exigiendo encadenados de vinculación entre los muros.
Mandó reducir todas las cornisas que excediesen de un metro de
altura y dispuso asegurarlas con tirantes de hierro. Por la gran
cantidad de viviendas dañadas, la construcción de viviendas
económicas quedó eximida del pago de impuestos.
El 17 de diciembre de 1920 tuvo lugar el terremoto de Lavalle-Costa
de Araujo en el NE de Mendoza. Como consecuencia, el 17 de
septiembre de 1923 se promulgó un nuevo Reglamento General de
Construcciones (Ordenanza 553), que estableció las normas de
cálculo para las "Construcciones contra Temblores" y las hizo
obligatorias para los edificios públicos y facultativas para los
privados. Además exigió los encadenados de vinculación en los muros
de todas las construcciones. Se obligó, entre otras cosas, a la
demolición de los últimos restos de las iglesias parroquiales en
Lavalle que databan del período colonial. Las tareas de
reconstrucción del templo se iniciaron en medio de la puja entre
los "villeros" (de la Villa de Tulumaya, cabecera del departamento)
y los "laguneros" (de Lagunas del Rosario). Triunfaron los
"laguneros" que consiguieron alzar un templo que se convertiría en
un ícono del departamento de Lavalle.
Aunque los terremotos han sido las catástrofes naturales de mayor
impacto en los núcleos urbanos, su estudio ha sido más bien
ocasional y poco menos que anecdótico. A menudo los historiadores,
arquitectos, sociólogos, han atendido a las fuerzas económicas como
factores del desarrollo urbano antes que a las catástrofe sísmicas,
que son decisivos en la economía urbana al impulsar normas para
edificar edificios públicos y privados, tecnologías e industrias
constructivas, políticas de organización territorial, uso del suelo
y, sobre todo, asignación de recursos públicos para obras de
infraestructura.
En Latinoamérica, las ciudades coloniales enfrentaron desastres
naturales severos como inundaciones, erupciones volcánicas y
terremotos. Sus economías fueron afectadas y los más pobres
padecieron agudamente tanto el impacto de las catástrofes, como sus
efectos en la emergencia y la reconstrucción. Ayer y hoy, los
terremotos desnudan diferencias sociales ya que los pobres siempre
han debido recurrir al Estado para poder superar la pérdida de sus
escasos bienes. Para los sectores favorecidos económicamente, esas
víctimas del terremoto podían convertirse en potenciales enemigos,
como se vio en el terremoto de Lima de 1746.
En Argentina, dos terremotos afectaron a la economía urbana en
forma sustancial: el de Mendoza de 1861 y el de San Juan de 1944.
El de Mendoza permitió la reconstrucción acompañada de especulación
inmobiliaria. Mientras que en la "ciudad vieja", la mayoría de la
población siguió construyendo con técnicas vernáculas y las
ordenanzas municipales poco podían hacer para que no se sacara la
tierra de las calles para hacer el adobe.
El terremoto de San Juan de 1944 fue el fin de la "era del adobe"
para la construcción en Mendoza. Una campaña de prensa señaló que
el 90% de las casas que se habían caído eran de adobe. Y a partir
de febrero esta campaña procuró influir en la reglamentación de las
obras públicas y privadas. El 10 de febrero se advirtió sobre la
necesidad de reglamentar la construcción subrayando "la amenaza del
adobe" y exigiendo que "el estado debía ser el primero en ofrecer
ejemplo de edificios antisísmicos". Finalmente la campaña dio su
fruto cuando el 17 de febrero se prohibió la edificación de adobe
en la ciudad por Decreto 57 del Comisionado Municipal. La
estadística publicada el 18 de febrero cuyo objetivo era impactar
decididamente en prohibir el adobe, sin embargo, es paradójica.
Especificaba que un 100% de las casas de Guaymallén y de Las Heras
eran de adobe y un 80% de las casas de la capital también estaban
construidas en adobe, a pesar de las restricciones que ya se habían
impuesto a este material. La paradoja es que si el adobe era el
culpable de los derrumbes, el 100 % de las casas de Guaymallén y de
Las Heras debieron haber colapsado en 1944; o incluso en terremotos
y sismos anteriores. Como esto no ocurrió, la estadística por lo
tanto bien podría haber servido para favorecer las construcciones
en adobe.
Por lo anterior, una de las principales consecuencias en el núcleo
urbano de Mendoza de los sismos y terremotos ha sido la presión
para implementar un tipo de normativa constructiva, sobre todo que
el adobe fuera expresamente prohibido por Ordenanza 3824 hacia
mediados del siglo XX. Las autoridades en San Juan, en cambio,
sobrepasadas por los costos de la reconstrucción después del
terremoto de 1944, en cambio, no detuvieron la autoconstrucción de
viviendas de adobe ya que resultaba una solución inmediata a la
demanda habitacional. Es importante notar que varias de estas
viviendas que incorporaron tecnología mejorada se han comportado
satisfactoriamente en sismos posteriores ocurridos en San Juan.
En Mendoza, las ordenanzas que prohiben el uso del adobe tienen dos
caras. Por una parte, no han podido evitar que los sectores pobres
siguiesen construyendo con esta tecnología tradicional y económica.
Y por otra parte, lo que es más grave en el largo plazo, la
prohibición y marginación del adobe como material constructivo ha
impedido su paulatino mejoramiento. De modo que Mendoza ha quedado
relegada de la tecnología de construcción en adobe mejorado que se
ha seguido desarrollando en América, Europa y Asia.
Por último, el estudio histórico de las catástrofes nos ha hecho
pensar en reformular el rol del Estado. Tanto en el periodo
colonial como en el independiente, el Estado ha sido y es quien
prevé las políticas para núcleos urbanos, y por ello tiene la
responsabilidad de reducir su vulnerabilidad y hacerlos sitios más
seguros para todos los sectores sociales. En función del bien
común, el Estado también ha sido y es el encargado de superar la
emergencia y de asegurar la reconstrucción mediante la recaudación
y asignación de fondos públicos. De este modo, el estudio de los
terremotos y sismos, o de otras catástrofes en general, permite
comprender, desde un ángulo diferente, las relaciones que siempre
han existido y que deben seguir existiendo entre las sociedades y
las políticas urbanas implementadas por el Estado que deben evitar
las pérdidas de todo tipo relacionadas con las consecuencias
previsibles de numerosos eventos naturales.
Fecha de referencia: 02-06-2001
| Boletín CF+S > 16 -- Para tomar ejemplo > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n16/aefer.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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