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Boletín CF+S > 15 -- Calidad de vida urbana: variedad, cohesión y medio ambiente > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n15/arfer.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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Más allá del Mercado, del Estado y del Desarrollo


De cualquier forma, haya o no haya crack, opción seguramente más probable a corto plazo, los límites de todo tipo: económicos, sociales, políticos y ecológicos se perfilan cada vez más claramente en el medio y, por supuesto, largo plazo, como distintos frenos a la expansión irrefrenable del actual modelo económico y productivo. Se hace imperioso por tanto prepararse, resistir y enfrentar esos posibles escenarios de colapso, en los cuales se encuentran ya importantes sectores de la población mundial. Ni el Mercado, ni el Estado, ni el Desarrollo son, hoy en día menos que nunca, una solución a este estado de cosas, pues la capacidad de reforma del capitalismo global (fuera de la lógica de la acumulación de "más madera") se podría llegar a afirmar que en la actualidad es nula.

El Mercado, porque su propia dinámica no hace sino agudizar los desequilibrios y desigualdades a todos los niveles y porque se acerca el momento en que sea imposible mantener el crecimiento económico continuo en que su funcionamiento se basa. De hecho, hay una tendencia a la baja del crecimiento de las economías nacionales y la economía mundial. No sólo porque ya quedan cada vez menos territorios y esferas de la actividad humana por someter a la lógica mercantil, con lo cual, se quiera o no, antes o después se frenará el crecimiento económico. Sino porque, principalmente, ya estamos sobrepasando los límites ecológicos a escala planetaria, y ello está derivando en la destrucción (y alteración) de la base material en la que se asienta este modelo depredador. "La evidencia de esto puede observarse en las masas forestales que desaparecen, la expansión de la erosión y el deterioro de los suelos (y por consiguiente la disminución del suelo fértil), el agotamiento de los recursos hídricos, el colapso de los recursos pesqueros, las temperaturas en ascenso, la fusión de los glaciares, la muerte de los arrecifes de coral, y la creciente desaparición de las especies de plantas y animales (...) Conforme la economía global se expande, los ecosistemas locales están colapsando a un ritmo que se acelera" [Brown , 2000]. Mientras el índice Dow Jones de Wall Street, subía de 3000 a principios de los noventa a 11000 en 1999, el deterioro ambiental alcanzaba máximos históricos en el umbral del milenio, haciéndose patentes los límites ecológicos planetarios.

El Estado, porque su propia esencia se basa en la imposición del orden y los intereses de una minoría sobre la mayoría social. Y si bien en un momento histórico determinado (durante los "treinta años gloriosos") la presión política y social, las características del capitalismo de la época, y el marco geoestratégico mundial, hicieron factible que en los espacios centrales (solamente) se desarrollara el llamado "Estado social", esa situación se puede dar definitivamente por zanjada, sin vuelta atrás posible. Las pretendidas conquistas del Estado del Bienestar fueron posibles por el alto crecimiento económico en esa etapa, que profundizó los desequilibrios ecológicos, y por las relaciones de explotación centro-periferia, que se intensificaron también en dicho periodo. El Estado es una poderosa, costosa, compleja, burocrática, jerarquizada y antidemocrática estructura que necesita también del crecimiento económico continuo para mantenerse. Y, por consiguiente, la inviabilidad del crecimiento económico continuo en el futuro, socava también su propia capacidad de mantenimiento en el porvenir. Además, la reestructuración a que le somete el capitalismo globalizado actual, hace aún mucho más difícil cualquier tipo de reforma que le haga caminar hacia la equidad y la sostenibilidad ambiental. Máxime cuando las vías institucionales para llevar a cabo dichas reformas están quedando absolutamente esclerotizadas. A ello se añade que, ni siquiera en el Centro, el Estado "está en condiciones de ofrecer seguridad a cambio de pasividad" [Encyclopedie des Nuisances , 1989].

Y el Desarrollo, porque se ha demostrado como un tremendo espejismo, una trampa mortal, para los países periféricos. El "desarrollo", como apuntó Serge Latouche, no es sino la occidentalización del mundo [Latouche , 1993]. Y en ese proceso hay unos espacios "beneficiados", los espacios centrales, es decir Occidente, y un vasto territorio vampirizado por el "desarrollo", las Periferias Sur y Este, que nunca podrán salir de su condición dependiente (histórica, en el caso del Sur, o sobrevenida, en el del Este), pues ésta es la otra cara, obligada, del "desarrollo" de los espacios centrales. El mito del "desarrollo" se desmorona a ojos vista ya que éste no es sino el sometimiento absoluto de los países periféricos a la lógica del capitalismo global, después de haber sido "liberados" de su subordinación colonial [Sachs 1996] o del "socialismo real". Para acabar con el "subdesarrollo" periférico es preciso terminar primero, o paralelamente, con el "desarrollo" del centro. En el barco mundial del "desarrollo" cada vez viajan menos pasajeros, mientras que los náufragos de éste se agolpan masivamente a su alrededor. Los náufragos son sobre todo las poblaciones de las Periferias, aunque cada vez más se les unen sectores crecientes de la población de los países centrales. El "desarrollo" y el "progreso" tan sólo generan un planeta de náufragos y desarraigados [Latouche , 1993].

El capitalismo global ha extendido el ámbito de la economía monetaria de forma horizontal (expansión geográfica) y vertical (distintas facetas de la actividad humana), alcanzando niveles difícilmente imaginables hace unas décadas. La dependencia del dinero es hoy en día (casi) absoluta a escala planetaria. Un dinero que va suprimiendo la naturaleza social del individuo, y cuya creación y reproducción controlan cada vez más los poderes económicos y financieros, sin prácticamente ningún control político o social. Se nos ha hecho dependientes del dinero para acceder a la satisfacción de nuestras necesidades básicas y para desarrollar nuestras potencialidades humanas y de relación social. Pero al mismo tiempo se hurta a ingentes cantidades de la población mundial el acceso a este preciado bien, ya sea a través de un trabajo asalariado, o autónomo dependiente, o mediante una prestación del Estado. Hoy en día empieza a ser cada vez más la exclusión social que la explotación económica lo que amenaza a la humanidad. Es preciso pues salirse del ámbito de la economía monetaria y del mercado, para construir otro tipo de sociedad. Además, no queda otra opción. No sólo basta con resistir, es preciso empezar a construir ya, con toda la dificultad que ello conlleva, otro tipo de sociedad dentro de ésta. Algo así dicen los zapatistas al expresar que no quieren tomar el poder sino construir un mundo nuevo. Pues la sociedad actual tarde o temprano lo más probable es que se desmorone, como de hecho está ocurriendo ya en distintos lugares del mundo. Y para que el caos hacia el que se desliza el modelo en su caída no nos arrastre inexorablemente es preciso estar preparados para ello.

La progresiva constatación de la inviabilidad de las opciones reformistas del capitalismo global realmente existente es lo que está propiciando la confluencia de las actividades de denuncia, desde perspectivas neokeynesianas[1] y anticapitalistas contra la lógica del mercado mundial y las instituciones que lo impulsan. Llama la atención cómo a lo largo de los últimos años se han ido decantando en la lucha contra el FMI, el BM o la OMC, las opciones más rupturistas que ponen el énfasis en la desaparición de estos organismos, pues va haciéndose patente la imposibilidad de su transformación para promover la equidad y la sostenibilidad ecológica. Lo mismo se podría decir respecto de las propuestas (trampa) de un gobierno mundial que pudiera controlar la lógica del capitalismo global. Pues si la transformación de las actuales estructuras estatales se convierte en una tarea casi imposible en el camino hacia otra sociedad, la posibilidad de que un nuevo entramado institucional planetario, es decir, una especie de gobierno mundial, que se construyera a partir de éstas y otras estructuras supraestatales existentes, pudiera permitir el iniciar la transformación hacia un modelo que promoviera la igualdad, en la diversidad, la solidaridad, y el equilibrio con el entorno, se convierte en un reto sencillamente inimaginable. Sólo será desde fuera de la lógica del ciclo de acumulación, desde fuera de las estructuras de poder existentes, y desde abajo, no desde arriba, como se pueda transitar hacia un mundo nuevo, si es que antes no nos anega el caos social generalizado. La hipótesis más probable caso de no actuar colectivamente los sujetos sin poder, dominados, explotados y excluidos. "Los individuos desposeídos no tienen otra salida razonable que la de reinventar la totalidad de su mundo" [Encyclopedie des Nuisances , 1989].

En este sentido, todas las experiencias de transformación alternativa de la sociedad (más allá del trabajo asalariado, de nuevas formas de producción y consumo responsable, de formas de vida, de relación interpersonal y de género, y creación de estructuras comunitarias, de trueque y desarrollo de monedas locales...)[2] al margen del mercado y de la lógica patriarcal dominante, tienen un gran valor como semillas y polos de referencia de lo que puede llegar a ser una transformación a mayor escala. En ese proceso hay que dar una enorme importancia a la reconstrucción de nuestras mentes, tan colonizadas por el pensamiento occidental dominante, para recomponer nuestro yo escindido. Rescatando los valores humanos e incorporando, entre otros valores transformadores, la noción de mesura y el concepto de límite contra el ansia de dominio, consumo irrefrenable y hedonismo insolidario del mundo occidental. Tarea que no sólo es individual, sino que debe ser sobre todo colectiva o grupal. Se debe recuperar el espacio colectivo como lugar de génesis y reflexión, de elaboración de pensamiento crítico, de superación de la sociedad atomizada, y especialmente como lugar de transformación. Esta reconstrucción de los sujetos individuales y colectivos debe permitir la emancipación de nuestro imaginario, de tal forma que, al mismo tiempo, potenciemos nuestra capacidad de participación y autogestión. Es preciso descolonizar nuestro imaginario, individual y colectivo, para poder cambiar verdaderamente el mundo.

La reconstrucción de las estructuras comunitarias, de los nuevos ámbitos de comunidad, se debe producir principalmente a partir de lo local. Lo local, que ha sido sometido y desarticulado por el capitalismo global, es necesario en gran medida restaurarlo ex novo. Una restauración que posibilite hacer compatible su existencia con el entorno natural en el que forzosamente se debe desarrollar su actividad. La crisis ecológica global sólo podrá enfrentarse reconstruyendo lo local en consonancia con el medio, incrementando su autonomía y autosuficiencia en la medida de lo posible, y desvinculándose paralelamente de la dependencia del mercado mundial. La recuperación del mundo rural y el consiguiente freno (y desmontaje) de lo urbano y de la movilidad motorizada cumplirá un papel trascendental en esta restauración de lo local. Recomposición que se debe impulsar a partir de la complejidad del mundo actual recuperando probablemente formas tradicionales de relación de la actividad humana con el medio que han demostrado a lo largo de la historia su bajo impacto ambiental. Pero desde la perspectiva de una sociedad en la que se ha producido un considerable mestizaje y cuyos valores urbano-metropolitanos es preciso transformar profundamente, si bien teniendo en cuenta también las aportaciones positivas que en el camino de la liberación humana se han producido indudablemente en el ámbito de la ciudad.

La reconstrucción de lo local permitirá ir edificando modelos productivos y sociales más descentralizados y autónomos, de carácter diverso y adaptados a las peculiaridades específicas de cada lugar y región del planeta. Modelos que no necesiten de enormes burocracias alienadoras (públicas o privadas) para su gestión, lo que posibilitará ir desmontando y someter a control popular las actuales megaestructuras (empresas transnacionales, grandes instituciones...), así como hacer progresivamente superflua la existencia de los Estados. Modelos que utilicen tecnologías blandas, de pequeña escala, plurales, adaptadas a las necesidades del ser humano y la naturaleza, y no que estén concebidas para maximizar el beneficio del capital. Ello permitirá la progresiva reapropiación real de los medios productivos y de las estructuras y los procesos de decisión por la población en su conjunto. Modelos, también, que no necesiten del crecimiento económico continuo y del consumo de energía (no renovable) en ascenso, para sustentarse, lo que permitirá restaurar el equilibrio con el medio. Modelos que permitan reducir la tendencia actual a maximizar la entropía, basando su funcionamiento en la única fuente de energía inagotable: aquella que proviene del sol. En este sentido, liquidar el actual sistema monetario y financiero internacional, basado en la lógica del interés compuesto, es un elemento clave para poder digerir el "crecimiento cero" a escala mundial.

A nadie se le escapa la enorme dificultad de estas tareas, pues el funcionamiento del propio sistema impide esta reconstrucción de lo local al margen del mercado mundial. Esta actividad es en sí misma antagonista con la lógica dominante. Pero su plasmación podría ser una simple fuga personal o colectiva sin conexión con otros procesos antagonistas y de transformación social. De cualquier forma, "nadie se puede salvar sólo, (ya que) es necesaria la sociedad del género humano para ser feliz" [Encyclopedie des Nuisances , 1997]. Es aquí donde cobra importancia y perspectiva la necesidad de vincular la transformación de lo local con otras luchas de resistencia y transformación, locales y globales, para reforzarse mutuamente. Es preciso mundializar las resistencias, globalizar las luchas, conseguir un contrapoder ciudadano planetario a la dictadura global del dinero, pues nuestra resistencia tiene que llegar a ser tan transnacional como el capital. Pero ello se debe hacer a partir de lo local. Este necesario equilibrio entre lo local y lo global es fundamental para no caer en una falsa realidad virtual de luchas globales que se convocan a través del ciberespacio y que no están enraizadas en una verdadera resistencia y transformación local.

En este proceso será necesario profundizar en la construcción de redes internacionales contra el enemigo común: -el capitalismo global- que permitan la confluencia de la pluralidad de antagonismos que confrontan las instituciones que lo representan, superando posibles sectarismos. Redes que funcionen como verdaderos ecosistemas, altamente interconectadas y que al mismo tiempo posibiliten la descentralización y autonomía de las partes, arraigadas y basadas en la diversidad de lo local, que vinculen diferentes identidades, con vocación de sumar voluntades transformadoras, que generen confianza mutua y hagan factible el intercambio enriquecedor y el mestizaje. Su funcionamiento debería propiciar la acción directa no violenta, la desobediencia civil, el boicot ciudadano y la desocupación del espacio del poder como vía principal para la emancipación colectiva. En esta dinámica de confluencia debería quedar claro el rechazo a los integrismos de cualquier naturaleza, que en muchas ocasiones enfrentan también el capitalismo global. Así como la denuncia clara de los movimientos de extrema derecha que se oponen, en ocasiones, a la lógica del mercado mundial. Todo ello permitirá la convergencia, en la diversidad, contra el pensamiento único del capitalismo global, desde una perspectiva liberadora[3].

Por otro lado, la violencia ha sido el instrumento principal al que han recurrido las diferentes estructuras de poder y explotación a lo largo de la historia para imponer su dominio. Y en la actualidad es la vía que de forma creciente utiliza el mercado, el Estado y el "desarrollo" para establecer su ley si fallan los mecanismos "normales" de subordinación y sumisión. La violencia es también el eje común que recorre los distintos comportamientos desordenados, asociales, que propicia la desintegración y desestructuración, individual y social, que promueve la expansión del capitalismo global. Es el camino predilecto que utilizan los antimovimientos sociales (fascistas, xenófobos, racistas, integristas...) para impulsar su credo. La forma asimismo en que, en muchas ocasiones, se expresa el dominio patriarcal sobre las mujeres, y una componente patológica asociada a los valores y comportamientos masculinos. Y es igualmente la senda que, de cara al futuro, nos propone el poder para la resolución de los conflictos en ascenso que provoca el desarrollo del libre mercado mundial. No en vano, es ese uno de los mensajes hegemónicos que promueven los mass media y todo aquello que compone la realidad virtual (p.e, los videojuegos) para que nos insensibilicemos ante ésta y para que nos reagrupemos pasiva y sumisamente, en base al miedo colectivo, en torno a las estructuras de poder, que disponen del monopolio legítimo de la violencia. Es preciso romper este círculo infernal, pues en esa dinámica son los sujetos más débiles y desposeídos los que tienen todo que perder, y porque entrando en esa espiral nunca podrá salir un mundo nuevo.

Llama la atención la aparición de diferentes tipos de movimientos sociales que a escala mundial cuestionan las distintas expresiones de violencia que promueve la sociedad del capitalismo global. Estas dinámicas son portadoras, a nuestro entender, de un mensaje y una práctica enormemente sugerente. El movimiento de Mujeres contra la Violencia en EEUU, que recientemente, sin impulso institucional, ha logrado sacar a la calle a más de un millón de personas (fundamentalmente mujeres) denunciando la pasividad del Estado y la sociedad ante la proliferación de armas de todo tipo, la violencia indiscriminada que ello implica y los valores que supone. O los movimientos contra la brutalidad policial y contra la pena de muerte en EEUU. El primero, ha tenido un amplio seguimiento en los últimos tiempos, ante la expansión creciente de la barbarie policial. El segundo, a pesar de ser más minoritario, está creando, en ocasiones, nuevas expresiones de solidaridad, de gran contenido humano, entre familiares de las víctimas de la violencia y los convictos de ejercerla encarcelados. En Europa occidental el desarrollo de los movimientos antifascistas, antixenófobos y antirracistas ("Ningún ser humano es ilegal", campañas contra la existencia de fronteras...) también están poniendo el énfasis, cada vez más, en la crítica de la violencia de la ultraderecha (y del Estado) contra las minorías étnicas, los colectivos de inmigrantes y los marginados en general.

En la Periferia, se asiste asimismo a la expansión de movimientos contra la violencia indiscriminada (y no tan indiscriminada), ante el cáncer que supone su desarrollo exponencial para estas sociedades. Los movimientos ciudadanos contra el auge de la violencia en Colombia, o en distintas ciudades en Brasil, denunciando la connivencia entre las estructuras policiales, las mafias y los grupos paramilitares, son un buen ejemplo de ello. En distintos lugares del mundo, en el Centro y en la Periferia, se producen también movimientos contra el nuevo auge del militarismo, del armamentismo y la proliferación de conflictos bélicos. Y en muchas partes se va creando, poco a poco, un estado de opinión acerca de la necesidad de actuar contra la violencia en ascenso que sufren las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad, y en especial en el mundo invisible del hogar. Así como se constata la aparición de distintos movimientos de solidaridad con los presos, las principales víctimas de la violencia institucional de este orden mundial injusto, que se van hacinando de forma imparable, en condiciones infrahumanas, en las prisiones del planeta.

Hoy, más que nunca, es preciso impulsar una reflexión crítica sobre lo que significa la violencia estructural del mundo del capitalismo global, en sus múltiples expresiones. Profundizar en el conocimiento de las raíces de la violencia, para no ocultar y desconocer sus causas, con el fin de poder enfrentarlas. Y también repensar las formas de lucha y liberación que todavía utilizan la vía armada como medio principal de oposición a la lógica dominante. Las vanguardias armadas se han ido demostrando, en general, como un mecanismo que tiende a imponer la lógica militar en su confrontación con el poder, supeditando a los movimientos sociales a dicha lógica, y reforzando en muchas ocasiones a las propias estructuras estatales que dicen combatir, por la legitimación de la violencia estructural del Estado que inducen. Sobre todo en un mundo donde el control de los mass media está absolutamente en manos del poder. Otra cosa es contemplar la necesidad de la autodefensa, ante la creciente violencia estructural. En este sentido, es ilustrativo el contenido de resistencia de la guerrilla zapatista, el EZLN, y su disposición a actuar no como vanguardia iluminada separada de la sociedad, sino, como ellos mismos dicen, a mandar obedeciendo. Una concepción radicalmente distinta a la que ha predominado hasta ahora en los movimientos armados.

Pero indudablemente todas estas ansias de liberación humana son todavía más o menos minoritarias y la población mundial en su conjunto se encuentra enclaustrada en la jaula de hierro del capitalismo global. Sin siquiera tener la capacidad de imaginar que otro mundo es posible. Quizás cuando se haga (aún más) patente, de forma generalizada, que este modelo no tiene futuro, o que el (quizás poco) que tiene es aterrador, puedan liberarse nuevas energías de transformación, que lleguen a sectores más amplios de población. Tal vez, "el fin de cualquier posibilidad de identificación con el progreso económico determine una ruptura histórica cuya eficacia desmoralizadora ya hemos probado, pero cuyos efectos beneficiosos están por llegar" [Encyclopedie des Nuisances , 1989]. Será entonces, a lo mejor, cuando la sociedad se pueda desembarazar del encefalograma plano en el que parece que le ha sumido la dictadura de la imagen de la Aldea Global y pueda volver a pensar y soñar. Abandonando su cómoda pero alienante instalación en la realidad virtual, para reconstruir sus conciencias y subjetividades con el fin de volver a la (dura) realidad para intentar cambiarla. Lo cual permitirá acentuar la ruptura de esta imagen especular, hasta hace poco sin réplica, de la que se había dotado el capitalismo global, profundizando en la brecha que los movimientos antagonistas de fin de siglo ya han abierto y están en trance de ensanchar. Será en ese momento, cuando las falsas bellezas virtuales de la postmodernidad se vean confrontadas, en toda su crudeza, con las verdaderas miserias reales que están al otro lado del espejo, desenmascarándose bruscamente "el presente como la culminación de los tiempos" [Subcomandante Marcos , 2000].

Hace poco, en un acto quizás premonitorio, el anuncio de una multinacional nos alertaba que "el futuro es una idea vieja, (y que había) que inventar el presente" con el fin de que pudiésemos disfrutar de "este falso presente, desembarazado de futuro, viejo horizonte de las existencias serenas de antaño" [Encyclopedie des Nuisances , 1997]. El "presente perpetuo" (junto con la pérdida de la memoria histórica) en el que parece que se ha instalado la sociedad del capitalismo global, es un buen indicador de la incapacidad del sistema para ofrecer una idea de futuro, al tiempo que nos incita a no pensar. "La tan cacareada modernidad ha dejado atrás hace tiempo su impulso ascendente y creador para entrar en un ciclo declinante y nihilista" [Saña , 1994]. La agonía de esta "civilización" hace tiempo que está en marcha. Y, a pesar de su arrogancia, sabe (internamente) que su colapso se puede producir "de la noche a la mañana", como le acontenció al bloque del Este, hace algo más de una década, aquejado por un cúmulo de contradicciones internas y presionado también desde Occidente. Las contradicciones y límites a los que se debe enfrentar el capitalismo global conforme pasa el tiempo, para evitar su colapso, son de igual o superior magnitud. Pero en esta ocasión, en contraste con lo que ocurrió en la caída del imperio romano, "los bárbaros" saldrán de dentro, pues ya no hay un "afuera" [Negri y Hardt , 2000].

Esos posibles escenarios de crisis global, que repetimos que ya, de una forma u otra, se están dando, se manifestarán prioritariamente en las metrópolis. Pues las metrópolis son las "catedrales" del mercado mundial, del "desarrollo" y de la actuación del Estado. Si los tres fallan como resultado de la crisis del capitalismo global, será en ellas donde principalmente se manifieste la quiebra de este modelo. Los espacios metropolitanos son los puntos más frágiles (por su enorme dependencia del exterior y complejidad interna), a pesar de que aparentan ser los más potentes. Las metrópolis se convertirán, pues, en los espacios "privilegiados" de la crisis del capitalismo global[4]. Algo similar ocurrió con Roma, una ciudad en torno a un millón de habitantes previa al colapso del imperio, y que en pocos años disminuyó bruscamente su población cuando éste quebró, iniciándose un proceso de ruralización que duraría casi mil años. Pero hoy en día no hay una Roma, hay bastante más de trescientas ciudades en el mundo que sobrepasan el millón de habitantes, muchas de ellas alcanzan ya los diez millones y algunas pocas se sitúan en el entorno de los veinte millones [NNUU , 1996]. Sería pues preciso poder conducir consciente, colectiva y ordenadamente este proceso que muy probablemente se dé, antes o después, pues este modelo es sencillamente insostenible, con el fin de que los "costes" sociales y ambientales sean lo más reducidos posibles. Si no, lo hará posiblemente la Historia con unas consecuencias difíciles de imaginar [Fernández Durán , 1993].

Pero no somos optimistas. La crisis del capitalismo global podría precipitarlo directamente hacia el caos, donde predominaría la ley del más fuerte y donde el ser humano se convertiría en un lobo para con otros congéneres. Sería pues conveniente no llegar a ese punto de bifurcación, porque salir de él, en el corto o medio plazo, constituiría una tarea aún más difícil, si cabe, que transformar la realidad actual de una manera consciente. De cualquier forma, pasaron los tiempos de la visión optimista en el devenir de la historia. Se acabaron las épocas del mesianismo, de los sujetos objetivamente revolucionarios que se ven impelidos a cumplir una misión histórica. Sólo desde una visión profundamente pesimista del devenir de la humanidad, conscientes de las enormes dificultades que habrá que encarar en el futuro, será posible construir un mundo nuevo.

El pensamiento único se está viendo obligado cada vez más a justificarse y hacer frente a la creciente ingobernabilidad (y antagonismo) que el capitalismo global provoca. El viento parece que ya no le sopla de cola. Otra cosa es que nos sople a nosotros. Todavía el viento es racheado (quizás durante bastante tiempo) y nos azota directamente en la cara. Y el parte meteorológico apunta a la aparición de fuertes borrascas y a una aguda caída de las temperaturas. Es preciso pues agruparse, solidariamente, para resistir el frío y darnos calor.

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 27-03-2001


1: Imposibles de materializar hoy debido a la lógica actual del capitalismo global.
2: Experiencias de trueque y creación de monedas locales, que permitan satisfacer las necesidades humanas básicas y desarrollar las potencialidades humanas, individuales y colectivas, al margen de la dictadura que implican las formas de creación de dinero y acceso al mismo. Vía necesaria para una gran parte de la población dependiente que va quedando al margen de la economía monetaria del capitalismo global, y para aquella que decida voluntariamente salirse de su dinámica. Éste será uno de los caminos para la reconstrucción de las economías locales, bajo criterios sociales y medioambientales, decididos autónoma y colectivamente, fuera de la lógica excluyente y depredadora del mercado mundial.
3: Gran parte de estos planteamientos son los que inspiran el funcionamiento de la red AGP [PGA , 2000]
4: Signos de ello no faltan. Quizás, uno de los más paradigmáticos por su magnitud, fueron las revueltas sociales en Los Ángeles en 1992. Pero continunamente asistimos a crisis, estallidos sociales y revueltas en las metrópolis, del Centro, del Sur y del Este, que nos indican que las metrópolis se transforman en espacios del desorden, crecientemente ingobernables. Es decir, en los lugares de máxima entropía social.

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