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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Todo ello se complica aún más si se pretende que las estructuras
del poder económico y, sobre todo político, mantengan su
legitimidad, seriamente erosionada últimamente, pues ninguna
estructura de poder se ha podido mantener a medio plazo en la
Historia sin gozar de una mínima legitimidad política y social. Y
a ello se añade el que las fuerzas hegemónicas, el capital
transnacional productivo y, en especial, el financiero
especulativo, funcionan cada vez más en el corto -o cortísimo-
plazo, siendo progresivamente incapaces de prever las consecuencias
de su actuación más allá del tiempo real en el que operan. Y es
principalmente el poder político (y militar) el que se ve obligado
a tener en cuenta la gestión de los conflictos a corto-medio plazo
(el largo plazo ni se menciona) en unas condiciones crecientemente
complejas, presionado a ultranza por un poder económico
transnacional que funciona prácticamente sin controles y con una
capacidad de intervención de los Estados sobre la realidad cada vez
más limitada. La contínua concentración de poder en manos de los
Estados que empezó en 1648 con la Paz de Westfalia se ha acabado y
hoy en día funcionan cada vez más como apéndices de una realidad
que les trasciende cuya propia dinámica hace que su función pase a
ser continuamente reestructurada por el capital transnacional.
Se produce la obsolescencia de un poder estatal basado en la
soberanía territorial, cuando las economías nacionales funcionan
cada vez más volcadas hacia el mercado mundial y están
crecientemente condicionadas por éste. Y cuando los aparatos
productivos nacionales articulan su relación con el exterior en
base a redes y flujos que permean las fronteras estatales, que son
potenciados por el desarrollo espectacular de las nuevas
tecnologías de la información y comunicación y por la expansión
irrefrenable de los sistemas de transporte. Todo ello hace que el
capital sea cada vez más móvil (tanto el productivo como, en
especial, el financiero especulativo, que puede llegar a viajar a
la velocidad de la luz) y que vaya perdiendo el carácter que tenía
antaño, de estar más bien vinculado a un territorio nacional
concreto. Hoy en día se puede decir que el capital no tiene patria
(el auge de los paraísos fiscales así lo manifiesta), lo cual no
quiere decir que no aproveche sus vínculos más o menos estrechos
con unos u otros Estados-nación. Más fuertes, en general, allí
donde todavía se ubican sus sedes centrales.
Recientemente, en un magno encuentro en Budapest de la Cámara
Comercio Internacional (CCI), uno de los máximos altavoces de los
intereses del capital global, un directivo de una transnacional
afirmaba "el entorno económico y político está todavía en manos de
los gobiernos, tenemos que darles un mensaje claro, el tiempo es
apremiante y tenemos que adaptarnos rápidamente. El objetivo es
crear valor para el accionista (shareholders value), y la sociedad
y los gobiernos tienen que entender este mensaje" [CEO , 2000 c].
En éste, y en otros encuentros de los principales responsables del
poder económico y financiero se ha exigido a los gobiernos la
urgente adopción de nuevas medidas de liberalización y
desregulación (inicio de la Ronda del Milenio en la OMC, nueva
arquitectura financiera internacional, con la consiguiente reforma
del FMI y el BM, etc.) con el fin de crear un entorno institucional
global que elimine cualquier tipo de restricción (política, social,
medioambiental, de derechos humanos...) al funcionamiento del
capital a escala transnacional. Pues, como dice
Oskar Lafontaine:
"el capital quiere (exige) tener un rédito mínimo de un 15% en todo
el mundo" [Ramoneda , 2000], cuando la economía mundial, como
mucho, crece entre el 4 y 5%.Y para eso es preciso no sólo impulsar
el crecimiento global, sino, sobre todo, desregular absolutamente
los mercados financieros para que ello sea factible (aunque,
probablemente, no será posible por mucho tiempo), con las
consecuencias que ya se han dejado entrever en los noventa.
En el mencionado encuentro de la CCI, se animaba también a los
representantes del capital transnacional a implicarse directamente
en la promoción de estas medidas, a salir a la palestra pública
"para luchar por lo que creéis, y a no esperar que sea conseguido
por los políticos que no están todavía listos para ello" [CEO
, 2000 c], según manifestó uno de los participantes. Se comentó
también la alianza recientemente establecida entre la CCI y las
NNUU, el llamado Global Compact, esto es, considerar a las
transnacionales como "ciudadanos globales", una gran operación de
imagen del capital transnacional para, aprovechando lo que queda
todavía de imagen positiva de las NNUU a escala planetaria,
conseguir un lavado de cara de los intereses de éste, y al mismo
tiempo obtener un entorno institucional mundial más adaptado a sus
exigencias[1]. Las NNUU consiguen a cambio fondos económicos para
seguir operando como institución mundial, superando la crisis de
financiación que le amenaza desde hace años, pues los Estados, en
especial los del Norte, y muy en concreto EEUU, no aportan lo
suficiente para mantener su burocracia. En el mensaje de
Kofi Annan
en la conferencia no pudo ser más explicito: "Las NNUU es la
institución global. La CCI es la asociación empresarial mundial.
Continuemos juntos con esta dinámica de colaboración" [CEO , 2000
c]. Se llegó a presentar el Global Compact como el mejor
instrumento para ganar el debate (mediático) sobre las "bondades"
de la globalización. Y se resaltó que ésta era la vía idónea para
conseguir el tan ansiado "desarrollo sostenible". "Era embarazoso
escuchar al director de la agencia de medio ambiente de las NNUU
comentar cómo las grandes corporaciones participantes (en el Global
Compact) estaban comprometidas con el futuro de nuestros hijos,
llamarlas los "héroes verdes" de nuestro tiempo y apoyar de todo
corazón su capacidad de autorregulación como la clave del
desarrollo sostenible mundial [...] La Cámara de Comercio
Internacional ha conseguido institucionalizar al nivel de las NNUU
el lavado de imagen ambiental de las grandes corporaciones
(corporate "greenwash"), esto es, la absurda retórica que los
mayores contaminadores a escala planetaria pueden voluntariamente
resolver, ellos mismos, la crisis ecológica global" [CEO , 2000
c].
Pero en todas las intervenciones de este encuentro salía a relucir
la enorme preocupación que suscitaba en la élite del capital
mundial las movilizaciones contra la globalización (Seattle,
Washington, Londres, Bangkok...) [CEO , 2000 c]. Este auge de la
"globalfobia", como lo caracterizan, provoca divisiones en su seno
acerca de la mejor forma de enfrentarlo y gestionarlo. Las
estrategias de cooptación de ONGs y de algunos movimientos sociales
para intentar legitimar las estrategias del capital transnacional
se encuentran ya prácticamente agotadas después de Seattle, y de lo
que ha llovido desde entonces, que ha sido mucho. Además, el
incidir en esa vía, se dijo, haría que se retrasase
innecesariamente la adopción de medidas que se estiman apremiantes
para que puedan continuar los procesos de acumulación del capital
a escala mundial. Parece, pues, que poco a poco se van imponiendo
las posturas más duras, sin concesiones, dentro de la élite del
capital mundial.
Aunque en ocasiones, como en el Foro Económico Mundial de este año
en Davos, se intenten ciertas medidas cosméticas como incorporar a
los debates de la superélite económica mundial a algunos de los más
conocidos representantes de ONGs críticas con la globalización
económica (
Vandana Shiva,
Martín Kohr...), con el fin de quitarse
de encima el sambenito de "club privado exclusivo". Una vez que se
saben observados, pues las protestas ya han llegado a sus puertas.
El propio presidente del Foro,
Klaus Schwab, ha propuesto una
cooperación más estrecha entre gobiernos, empresas y "sociedad
civil" con el fin de dotar de un rostro humano a la globalización
económica [CEO , 2000 d]. En el mismo sentido ha incidido
recientemente el secretario general de las NNUU,
Kofi Annan,
pidiendo la colaboración del mundo empresarial y gobiernos con las
ONGs, pues "por si sólo, el sector privado, aun siendo tan vital
como es, no puede dar a los mercados una cara humana, ni llegar a
los millones de personas que se quedan al margen" [One Country
, 2000]. Y hasta el BM, en un intento adicional de ganar
legitimidad, ha suscrito un acuerdo con las principales confesiones
religiosas para impulsar las políticas de "desarrollo" [One
Country , 1999].
Sin embargo, existen discrepancias entre las élites políticas y
económicas que se reflejan en los propios organismos de carácter
supraestatal (FMI, BM, OMC, NNUU, OCDE). Así, a principios de los
noventa el llamado "Washington Consensus" (las políticas impulsadas
por el FMI y el BM, inducidas por las élites económicas y
financieras) impuso el concepto de "Estado mínimo" en la Periferia
para propiciar la globalización económica. Más tarde, a finales de
los noventa, y ante la ingobernabilidad creciente que propiciaba la
intensificación de la globalización en estos espacios, se acuña el
llamado "post Washington Consensus". Nada nuevo bajo el sol, pero
sí se hacía hincapié en que para que la globalización funcione es
preciso garantizar la gobernabilidad (good governance) [WB
, 1997]. Sin gobernabilidad el mercado simplemente no puede
existir, se venía a decir. Para ello no sólo eran necesarias las
reformas institucionales que adaptasen el funcionamiento de los
Estados a las exigencias del capitalismo global, y las garantías
jurídicas correspondientes para proteger la propiedad
transnacional, sino que era preciso reforzar el poder (policial,
militar...) de los Estados, con el fin de poder gestionar los
conflictos en ascenso, añadiéndole ciertas dosis de legitimación
para garantizar la gobernabilidad (participación de las ONGs para
lidiar con la pobreza más extrema, entramado democrático formal de
baja intensidad...)
Las propias instituciones globales, BM y FMI, hacían una cierta
revisión crítica de su funcionamiento y de los resultados de sus
políticas, y venían a señalar también determinados cambios
necesarios, de carácter cosmético, para ganar legitimidad. Quizás
estas reflexiones provinieran no sólo de sus burocracias sino del
peso que todavía tienen los Estados en el diseño de sus políticas,
en especial los del Norte (y en concreto el G-7), ya que por el
momento son organismos multilaterales. Hasta el mismísimo FMI, cuyo
discurso (y por supuesto, actuación) nunca había hecho la más
mínima concesión de cara a la galería, actualizaba su lenguaje en
la última etapa de
Camdessus (su anterior director gerente), tras
la debacle que su intervención había provocado en medio mundo por
la gestión de la crisis financiera que se inicia en 1997,
introduciendo la necesidad de considerar determinadas medidas que
pudieran "llegar a paliar" la expansión brutal de la pobreza y
exclusión que la globalización financiera, y su propia actuación,
generaban [Camdessus , 1999].
Sin embargo, una cosa es la retórica y otra las políticas
concretas. Máxime en un momento en que la relación entre el poder
económico y político se decanta cada vez más claramente respecto al
primero. En estos momentos se está debatiendo la llamada Nueva
Arquitectura Financiera Internacional que pretende ser una nueva
vuelta de tuerca adicional para supeditar la actuación del BM y el
FMI a los intereses del capital transnacional productivo y
financiero especulativo sin mediación política, o con la mínima
posible. Se pretende subordinar la actuación de los Estados
(especialmente del Centro), en el seno de estos organismos, a los
intereses del capital privado. Esto ya venía aconteciendo de forma
cada vez más clara en los últimos veinte años, pero ahora se le
quiere dar carta de naturaleza formal y supeditar el carácter
multilateral de estos organismos a la creación de un Consejo Asesor
del Sector Privado ("Private Sector Advisory Council")
[Chossudovsky , 1999]. Esto es, que las políticas de estas
instituciones, y las vías para la gestión de las crisis
financieras, pasen a ser directamente definidas por los intereses
del capital financiero transnacional.
Las primeras declaraciones del nuevo director gerente del FMI,
Horst Koehler, tras su controvertida elección, lo han dejando
meridianamente claro. "El FMI -vino a decir- necesita reformas,
pero desde luego una de ellas no es ocuparse de aliviar la pobreza
en el mundo. El organismo debe concentrase en asuntos monetarios y
financieros y abandonar cualquier otro tipo de veleidades.
Koehler
volvió al discurso duro (...) En los países subdesarrollados,
comentó, lo que hace falta es mano dura con los precios (...) y
reducción del número de funcionarios.
Koehler no cree que haya que
tener vergüenza. Y no está dispuesto a que las opiniones públicas
de la sociedad civil socaven las decisiones de las instituciones"
[Gallego-Díaz , 2000]. Más claro, agua.
La dinámica de la OMC va exactamente en la misma dirección. Su
presión para que los distintos gobiernos decidan en un próximo
encuentro el inicio de la llamada Ronda del Milenio le conferiría
al capital transnacional, un enorme poder sobre los Estados,
eliminando prácticamente cualquier restricción (política) al
funcionamiento de un mercado verdaderamente global. Los contenidos
del AMI, que se quieren incorporar en un capítulo especial de la
Ronda dedicado a inversiones, habían llegado a ser definidos por el
anterior director de la OMC,
Renato Ruggiero, como la redacción de
una nueva constitución mundial [Wallach , 1998] que fijase, negro
sobre blanco, los derechos de hierro del capital a escala
transnacional; lo que obligaría, por supuesto, a adaptar las
distintas constituciones nacionales a este nuevo marco global de
obligado cumplimiento. La Ronda del Milenio, al ser aún más
ambiciosa, va incluso más allá.
Y en este intento el capital privado se niega a que haya la más
mínima normativa mundial que socave su capacidad de actuación. Las
concesiones que de cara a la galería apuntan algunos Estados del
Norte, en línea con lo reclamado por ONGs moderadas y los grandes
sindicatos CIOSL, esto es, unas mínimas restricciones sociales,
laborales, medioambientales, y de derechos humanos, al
funcionamiento del mercado global, son rechazadas de plano por los
máximos representantes del capital privado. Y se urge al poder
político para que en una próxima cumbre de la OMC en Qatar, al
abrigo de movilizaciones (pues en los Emiratos Árabes Unidos está
prohibido el derecho a manifestarse) se inicien las negociaciones
de la Ronda del Milenio, que le dotará finalmente de una hegemonía
planetaria.
El poder económico ya no necesita al poder político, como en el
pasado, para ampliar su ámbito de actuación y su propio poder.
Anteriormente el poder económico necesitaba del poder del Estado
para conquistar territorios o ampliar su esfera de influencia
territorial (la diplomacia de las cañoneras), para introducir
dentro de la lógica del mercado a los diferentes factores
productivos (tierra, trabajo...), para consolidar su propia
dimensión y garantizar el funcionamiento del mercado (subvenciones
a las grandes empresas, creación de infraestructuras...) y para
gestionar el conflicto de clases, recurriendo a la fuerza si era
necesario. Pero hoy en día está a punto de conseguir los dos
primeros de manera global. El mundo entero está a punto de
convertirse en una mercancía. En todo caso continuará utilizando el
poder estatal para promocionar su propia actuación y poder y
fundamentalmente para lidiar con la ingobernabilidad, con aparatos
represivos: policiales, militares... si falla la capacidad de
seducción, entretenimiento, embrutecimiento y espectáculo de los
mass media y la realidad virtual sobre la población mundial.
Pero esto le va a exponer de una manera más directa al "ojo
público"; pues hasta ahora, sobre todo en el siglo XX, el poder
económico se había parapetado detrás del burladero que le
proporcionaba un Estado crecientemente legitimado (principalmente
en el Centro). Por otro lado, al propio Estado se le va a
visualizar más como un simple apéndice de los intereses del
capital, lo que va a redundar en una deslegitimación mayor de sus
estructuras. Y la enorme capacidad de condicionar las mentes por
parte de la Aldea Global, de promocionar una determinada
subjetividad humana acorde con los intereses del capital
transnacional, así como de desestructuración social y de desmontaje
de la capacidad de antagonismo, tiene también sus límites como se
ha demostrado en el centro del Imperio. Con lo cual será preciso
recurrir cada vez más a mecanismos represivos para mantener un
orden que en su propio despliegue genera cada vez más desorden. Y
en esa dinámica la legitimación de todo el modelo se irá
disolviendo aún más, necesitando cada vez más la fuerza para
mantenerse. Y todo ello sin que se quiebre la lógica de acumulación
del capital. Intentemos detallar, aunque sea mínimamente, estas
tendencias que se vislumbran.
Fecha de referencia: 27-03-2001
| Boletín CF+S > 15 -- Calidad de vida urbana: variedad, cohesión y medio ambiente > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n15/arfer.html |
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
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