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Boletín CF+S > 15 -- Calidad de vida urbana: variedad, cohesión y medio ambiente > http://habitat.aq.upm.es/boletin/n15/arfer.html

Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X


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Auge, integración-degradación y crisis de los movimientos antisistémicos a lo largo del siglo XX


A mediados del siglo XIX, en plena revolución industrial, y tras las revoluciones fallidas que se dan en el espacio europeo en torno a 1848 ("Un fantasma recorre Europa..." -Manifiesto Comunista-), el movimiento obrero se plantea la necesidad, en unas condiciones brutales de explotación económica, de dotarse de organizaciones propias más estables para luchar por sus intereses, una vez que queda clara la confrontación entre el proletariado y la burguesía, que hasta entonces había permanecido diluida en la lucha (hegemonizada por ésta) contra las estructuras del Antiguo Régimen. Ello iba a dar lugar, más tarde, a la creación de la Primera Internacional (1863-1870), en cuya evolución se configuran dos grandes tendencias. La marxista, que iba a poner el énfasis en la necesidad de acceder al poder del Estado-nación (en esa etapa en proceso final de consolidación), para desde ahí modificar las relaciones de poder a favor del proletariado; y la anarquista-libertaria, que resaltaba la necesidad de luchar al mismo tiempo contra la burguesía y su Estado como vía de emancipación.

La primera corriente, expresaba una valoración positiva del desarrollo del industrialismo, es decir de las fuerzas productivas, que sentaría las bases para la revolución mundial, pues ello permitiría la expansión de un sujeto social, el proletariado industrial, con una misión histórica que cumplir: el advenimiento del socialismo, o la sociedad sin clases, mediante la mediación de la lucha de clases. Hecho que acabaría con todo tipo de explotación. Esta corriente era una lógica consecuencia de la fe en el progreso y en la evolución positiva de la historia, hijas de la Ilustración, y de su afán de impulsar soluciones de tipo universal (de carácter eurocéntrico) que se derivaba del siglo de las luces. En la segunda corriente latían de forma confusa otros anhelos. Desde la profunda desconfianza ante las estructuras de poder del Estado para cualquier cambio social, hasta una visión crítica del progreso y el industrialismo, pasando por la necesidad de defender estructuras comunitarias para la emancipación social, y el escepticismo de soluciones de emancipación válidas de manera universal. Pero también otros aspectos importantes diferenciarían ambas corrientes, la minusvaloración del mundo rural por parte de la rama marxista [Douthwaite , 1996], paralela a su fe en el industrialismo y el desarrollo urbano, y su énfasis en la necesidad de creación de estructuras centralizadas del movimiento obrero, en contraste con las posturas a favor del campesinado y de una organización de corte federalista y descentralizada de la corriente anarquista.

La dinámica histórica, de fuerte crecimiento y expansión del capitalismo a nivel mundial durante todo el siglo XIX, con el auge del imperialismo, junto con la reafirmación y desarrollo de las estructuras estatales de los países centrales, y el marco de dominio mundial político-militar y cultural eurocéntrico que propició, sentaron quizás las condiciones para que prosperara la primera de las corrientes, que tendría como lógico desarrollo la creación de la Segunda Internacional (1889) y, posteriormente, de la Tercera Internacional (1919-1943)[1]. Mientras tanto, las otras tendencias iban a entrar históricamente en una especie de vía muerta, con rebrotes ocasionales que no llegaron a cuajar de forma amplia y estable[2]. Se anunciaba pues un siglo XX que iba a estar en general dominado, hasta casi su crepúsculo, por las corrientes estatalistas de la izquierda. En el caso de la Segunda Internacional (partidos socialdemócratas), poniendo el énfasis en la necesidad de acceder a la administración estatal por vías electorales, para desde allí llevar a cabo la política de reformas. Y en lo referente a la Tercera Internacional (partidos comunistas), marcada por la impronta del marxismo-leninismo, bajo la égida de Moscú, reafirmando, en una primera etapa, la vía insurreccional para la toma del poder del Estado, y posteriormente supeditada a la política exterior de la URSS. Por otro lado, los movimientos de liberación nacional en la Periferia pugnaban por emanciparse de la dependencia colonial. Estos ya se habían manifestado en América Latina desde finales del XVIII, y a lo largo del XIX, con una fuerte hegemonía criolla, y habían tenido asimismo una carga cultural eurocéntrica, y en general tan sólo buscaban una independencia de la metrópoli para una mejor defensa de sus intereses propios.

El siglo XX se inaugura con fuertes tensiones entre los principales poderes estatales europeos que derivarían en la Gran Guerra. Las políticas liberales impulsadas a lo largo del XIX, especialmente por Gran Bretaña, entran en una profunda crisis en las primeras décadas del siglo XX, ante el auge de los procesos revolucionarios y las crisis políticas y sociales que se producen entre la primera y la segunda guerra mundial. Los principales procesos revolucionarios se dan, en un primer momento, en países más o menos "atrasados" en la dinámica capitalista (Rusia: 1917, México: 1910). En el periodo de entreguerras, se produce también un cambio importante de predominio del poder político ("new deal", políticas keynesianas; y en otro orden, fascismo) sobre el poder económico-financiero, con el fin de hacer frente a la crisis social (y política) que propicia el fin de la primera guerra mundial y más tarde la gran depresión en los años treinta, que sobreviene tras el crack de Wall Street en 1929, y la quiebra del patrón oro y del comercio internacional que arrastra consigo.

El fin de la segunda guerra mundial iba a alumbrar un escenario planetario absolutamente nuevo. Por un lado, en los países centrales (en Europa occidental, principalmente) se desarrolla un pacto entre el capital y el trabajo, de la mano del acceso al gobierno de los partidos socialdemócratas, que iba a derivar en la creación del Estado del Bienestar, impulsando considerables reformas sociales. Esta era la vía aceptada por las élites económicas para hacer viable la gestión del capitalismo postbélico, en una situación de aguda crisis política y social. En el Este, la URSS amplía su área de influencia, proyectando su modelo de economía estatal planificada sobre la Europa oriental. En China, en 1949, triunfa la revolución comunista y se inicia un camino propio en la misma dirección. Y en la Periferia africana y asiática, todavía sujeta a relaciones coloniales con las potencias europeas, el fin de la guerra supone la irrupción con fuerza de los movimientos de liberación nacional. A lo largo de los años cincuenta y sesenta, se asiste a la creación de gran número de Estados en esta Periferia, que intentan copiar las estructuras del Estado-nación occidental. Se produce, por consiguiente, un gran auge de la estatalidad, y de influencia del poder político, en el transcurso del siglo, en especial hasta el último tercio del mismo (hasta los años setenta). En este periodo, el número de Estados en el mundo pasa de unos cuarenta, a primeros de siglo, a unos ciento ochenta, en dicha época [Arrighi et al , 1999].

Los años sesenta, iban a traer consigo un cambio importante en la dinámica de los movimientos antisistémicos, resultado de distintos factores: los límites de las transformaciones impulsadas por la socialdemocracia, la aceptación de la lógica capitalista que supone su acción de gobierno en los países centrales, y los cambios en las estructuras sociales y, en general, la progresiva integración de la clase obrera en el Norte vía consumo; Henry Ford ya lo había avanzado años antes al decir: "Nosotros no sólo producimos coches, también producimos personas"; la burocratización y represión de los modelos de capitalismo de Estado en los países del Este, y en China. Y las limitaciones, degradación y burocratización de los movimientos de liberación nacional en la Periferia. Este contexto iba a crear las condiciones para la irrupción de nuevas dinámicas de contestación, cuyo ejemplo más paradigmático serían los acontecimientos que se desarrollan en muchas partes del mundo en torno a la fecha simbólica de 1968.

En Occidente, la irrupción de los llamados nuevos movimientos sociales (feminista, ecologista, antiimperialista y antimilitarista, ciudadano, de derechos civiles, etc), iba a significar el desplazamiento, en general (otoño caliente italiano, 1969), de la centralidad obrera en las formas de contestación social, así como la progresiva puesta en cuestión del papel que jugaban los sindicatos y partidos, socialdemócratas y comunistas. Ello se ve acentuado por los acontecimientos en el Este. La invasión de Checoslovaquia por la URSS, que pone un fin traumático a la llamada "Primavera de Praga", significa un duro golpe para la imagen de la "patria del socialismo" como faro guía de la "revolución mundial". Imagen que ya se había ido deteriorando paulatinamente desde las brutalidades del periodo estalinista y la ocupación de Hungría (1956). Más tarde, los acontecimientos en Polonia incidirían en la misma dirección. Al mismo tiempo, en China, la llamada "revolución cultural" intenta combatir los procesos de degeneración y burocratización del partido comunista, cayendo en excesos de distinto signo. Y por otro lado, los acontecimientos del 68 llegan a afectar igualmente a algunos países de la Periferia, como en el caso de México (matanza estudiantil en la plaza de Tlatelolco), y empiezan a irrumpir poco a poco nuevos movimientos (campesinos e indígenas, principalmente, y obreros, en menor medida) que ponen en cuestión las pretendidas conquistas desarrolladas por los movimientos de liberación nacional. Al tiempo que las esperanzas depositadas en el movimiento de los "no alineados", iniciado en Bandung (1955), se van evaporando ante las dificultades de establecer una vía de "desarrollo" propia, en el marco de un capitalismo progresivamente mundializado y de la creciente rivalidad Este-Oeste en la Periferia.

Pero el 68 significaría mucho más que todo eso. Sobre todo sus posos de cara al futuro. El 68 es el inicio de: la puesta en cuestión del proletariado como único sujeto social revolucionario; la crítica antiautoritaria a las estructuras burocráticas, monolíticas y jerarquizadas de partidos y sindicatos, y del poder en general; el rechazo de la alienación, colonización y miseria de la vida cotidiana (y el espacio interior) en el capitalismo maduro; la impugnación del trabajo asalariado; la irrupción del cuestionamiento abierto de las relaciones de género y del dominio patriarcal ("lo privado también es político") hasta entonces en gran medida ausente en la corriente dominante de la izquierda[3]; la necesidad de tener en cuenta la explosión de los sentimientos, las diferentes subjetividades y el deseo; la revolución sexual y contracultural ("haz el amor y no la guerra"); el comienzo de la puesta en tela de juicio del dominio del capital sobre la naturaleza, es decir el cuestionamiento del desarrollo capitalista desde la perspectiva ambiental; la reafirmación de la subjetividad contra el pretendido objetivismo científico y positivista, y la crítica al desarrollo tecnológico; la explosión de lo social como nueva expresión de la actividad política al margen de "lo político"; el desplazamiento del conflicto del espacio de la producción al territorio en su conjunto; el predominio de lo micro sobre lo macro, y la puesta en cuestión de la Revolución (con mayúscula) como momento puntual, incapaz de transformar las estructuras de poder ante las que sucumbe a corto o medio plazo; el énfasis en la acción directa y en la transformación de la realidad, aquí y ahora; la reivindicación de la utopía ("sed realistas, pedid lo imposible"), contra el pragmatismo legitimador del discurso modernizador; la crítica a la militancia tradicional, y a los "revolucionarios profesionales"; etc. En definitiva, el 68 enlaza con ciertas componentes de la tradición consejista y libertaria[4], desarrollando nuevas componentes (p.e, la autonomía, en Italia y Alemania, principalmente) que tratan de sintetizar las ideas anarquistas y marxistas, intentando al mismo tiempo superar a ambas.

Una vez que se va sedimentando poco a poco el polvo de la explosión del 68, y que remite la movilización social, los restos pasan a ser administrados en el Centro, en general, en un primer momento, por distintos grupos de la izquierda radical (trotkistas, maoístas, etc), y las corrientes más innovadoras parece que ceden terreno. Surgen, asimismo, en algunos países del Norte, distintos grupos de lucha armada (RAF, Brigadas Rojas, Panteras Negras, IRA, ETA...), algunos de los cuales son ahogados por la fuerte represión estatal de los llamados "años de plomo". Sin embargo, en los setenta, y primeros años de los ochenta, los movimientos sociales todavía mantienen una considerable tensión en los países centrales. En la Periferia van adquiriendo cuerpo los movimientos campesinos e indígenas, que luego irrumpirán con más fuerza, al tiempo que empieza a perder terreno de forma pausada la izquierda tradicional. Y en los países del Este crece la contestación interna, de forma subterránea, y sobre todo la desafección hacia las estructuras de poder, bajo una superficie social en la que parece que nada se mueve y todo se acepta.

Pero quizás uno de los aspectos más importantes (y nunca suficientemente resaltados) de la resaca del 68, fue la diversidad de dinámicas de transformación al margen del sistema, es decir, no sólo directamente de resistencia (aunque también, por supuesto, de resistencia), que empiezan a proliferar de manera más o menos subterránea a partir de entonces. Movimientos de okupación. Creación de comunas rurales y urbanas. Nuevas experiencias de educación popular y alternativa. Prácticas colectivas de agricultura ecológica. Radios libres y formas de comunicación alternativas. Establecimiento de bancos alternativos, formas de trueque (LETS) y monedas locales [Douthwaite , 1996]. Formas de producción y consumo que intentan salirse de la lógica del mercado, etc. Es decir, la enorme potencia transformadora que significó el 68, una vez constatada la dificultad de cambio inmediato del sistema vigente, se orientó, en una importante medida, hacia la creación de experiencias alternativas fuera de la lógica dominante, que la izquierda tradicional, en general, menospreció.

En los años ochenta se producen importantes cambios en las correlaciones de fuerzas entre el poder político y económico, entre los países de Centro y de la Periferia Sur, y entre las estructuras de poder y los movimientos antisistémicos. La paulatina imposición de las políticas neoliberales, y la intensificación de los procesos de globalización económica y financiera[5], suponen la progresiva emancipación del gran capital productivo y especulativo respecto del control político. Una operación que no se produce por generación espontánea, sino que es preparada y organizada desde los principales centros del poder económico y financiero, y desde sus principales centros de difusión ideológica: la "rebelión de las élites" [Lasch , 1996]; [George , 1999]. La brusca elevación de los tipos de interés en EEUU a finales de los setenta (1979), desata la crisis de la deuda externa en los países del Sur, como resultado del abultado endeudamiento en que éstos habían incurrido en los setenta. Este endeudamiento fue incentivado, aparte de por las políticas del BM y del FMI, por el reciclaje de los petrodólares hacia este espacio a lo largo de dicha década; petrodólares amasados por los países productores de petróleo como resultado de la fuerte subida de los precios del crudo en los setenta (crisis energéticas de 1973 y de 1979-80), y que fueron inyectados por los países de la OPEP, para revalorizarlos, en el sistema financiero internacional. La amenaza generalizada de impago de la deuda externa, crea una situación enormemente delicada, de fuerte crisis, al sistema financiero internacional. Esta situación es aprovechada por los centros de poder económico y financiero del Norte para salir de ella reforzados, imponiendo unos durísimos Programas de Ajuste Estructural (PAES) a los países de la Periferia Sur. La imposición de estos programas acaban derivando en las llamadas "revueltas del hambre", que son reprimidas provocando centenares de muertos en muchos casos (en el llamado Caracazo, se habló de más de mil muertos). Los PAES se aplican no sólo con el objetivo de que los países del Sur satisfacieran el servicio de la deuda, con el fin de que no colapsara el sistema financiero internacional, sino que su diseño responde también a objetivos más ambiciosos.

Por un lado, conseguir una mayor apertura a la economía global de las economías del Sur, obligando a orientar sus estructuras productivas hacia la exportación, abaratando además el coste de su fuerza de trabajo como consecuencia de la devaluación de las monedas respectivas que acompaña a los PAES[6]. Por otro, lograr un desmantelamiento y privatización de las empresas públicas que estos países habían ido desarrollando en las décadas de la postguerra, en la que muchos de los Estados del Sur habían intentado una vía propia de "desarrollo". Paralelamente, se propicia una reestructuración de sus aparatos estatales para que éstos respondieran a las nuevas demandas de una economía globalizada. Se trataba en definitiva de, aprovechando las circunstancias, apuntalar la hegemonía del Centro (erosionada tras las crisis de los setenta, y la debacle de EEUU en Vietnam) y conseguir doblegar la capacidad de diseño autónomo de las políticas de los gobiernos del Sur, poniéndolos de rodillas como resultado del yugo de la deuda. Este proceso se iba a llevar a cabo por el FMI y el BM, en colaboración con los llamados Club de Londres (que aglutina a los deudores privados) y el Club de París (que agrupa a los deudores públicos). Y se podría afirmar, que es un ataque en toda regla del Norte sobre el Sur.

Todo ello va acompañado de estrategias para el desmontaje de la capacidad de antagonismo de los movimientos antisistémicos en el Sur y en el Norte. En el Sur, estas estrategias van desde el uso de la potencia de los mass media, para proyectar los valores de la Aldea Global sobre el conjunto del planeta, valga la redundancia. Hasta la promoción de democracias formales en los países periféricos[7], en las que se apoyan descaradamente las opciones políticas más favorables con el capitalismo global, y se desincentivan y condicionan las opciones políticas más alejadas de los intereses de éste (bajo el lema "No Hay Alternativa"). Al tiempo que se promueve la irrupción de un batallón de ONGs, que a través de las políticas de "cooperación" y "desarrollo", logra aglutinar bajo su actividad a parte del activismo social antagonista, disminuyendo la potencia de confrontación, y consiguiendo una cierta capacidad de legitimación de las políticas de los organismos financieros internacionales (en especial, del BM).

En el Norte, el creciente individualismo y desestructuración social que promueven las políticas neoliberales, el cambio de las estructuras sociales (composición de clase) y productivas que conlleva el capitalismo global tardío, la capacidad de integración de importantes sectores de la población vía consumo, la potencia del mensaje mediático para desmontar la capacidad de resistencia antagonista, la dificultad de organización del conflicto social de los sectores precarios y excluidos generados por el neoliberalismo, la integración de la izquierda tradicional en las estructuras de poder, y el endurecimiento de sus estructuras democráticas estatales para poder lidiar, si llega el caso, impunemente, con aquella parte de lo social refractaria a las políticas neoliberales, consigue, conjuntamente, erosionar de forma sensible la capacidad de resistencia social ante las políticas hegemónicas.

Este panorama parece, en principio, que debería agudizarse en los años noventa, con el colapso del llamado "socialismo real" que propicia la caída del muro de Berlín en 1989, y el triunfo ya planetario del capitalismo global[8], que hizo llegar a sentenciar a algún ideólogo de éste [Fukuyama , 1992], que la Historia se había acabado. "En 1989, no sólo el leninismo, sino también los movimientos de liberación nacional, la socialdemocracia y todos los demás herederos del liberalismo revolucionario pos-1789 (fecha de la Revolución Francesa) colapsaron ideológicamente, es decir como estrategias para una acción eficaz para la transformación del mundo" [Arrighi et al , 1999] (el subrayado es nuestro). A partir de entonces, nos dicta Fukuyama, ya sólo había un sistema mundial, el capitalismo liberal, una forma política, el modelo de democracia occidental, y el futuro se presentaba brillante ante la ausencia de capacidad de contestación (y de alternativa) a este modelo. Pues las que habían surgido históricamente se habían desmoronado o sucumbido, sin más.

Sin embargo, a pesar de este aparente triunfo planetario del capitalismo global, y de la pretendida capacidad de instauración del pensamiento único a escala planetaria, se detectan también nuevas e importantes dinámicas sociales de contestación a este "Nuevo (des)Orden Mundial" (como lo llegó a bautizar George Bush, tras la finalización de la Guerra del Golfo -1991-). Con nuevos paradigmas emancipadores: de contenidos y valores, de formas de acción y organización, de nuevos sujetos sociales de resistencia y transformación, etc. Estas dinámicas que, en un primer momento (finales de los ochenta y gran parte de los noventa), se podría decir que tienen un cierto carácter subterráneo, o invisible, porque están en estado embrionario y no llegan todavía a quebrar la imagen especular (mediática) de victoria del capitalismo global, van a irrumpir abiertamente en escena con la noche del milenio (en especial, a partir de Seattle), desbaratando la naturaleza ficticia de dicho éxito. El simulacro de dominio sin réplica está siendo crecientemente erosionado, igualmente, por el auge de los comportamientos desordenados (delictivos, patológicos, desviados), y la consiguiente ingobernabilidad a todos los niveles (la "explosión del desorden") que promueve la expansión incontrolada de la globalización económica y financiera. Sobre todo ello intentaremos profundizar a continuación.

Ramón Fernández Durán

Fecha de referencia: 27-03-2001


1: La Tercera Internacional se crea a partir de la revolución rusa, como respuesta al marasmo que provocó en el movimiento obrero el apoyo de las direcciones de la Segunda Internacional a sus respectivas burguesías nacionales con ocasión de la primera guerra mundial, rompiendo el internacionalismo.
2: Entre los cuales el más importante, sin duda alguna, fue el anarquismo español, especialmente en la década de los años treinta hasta que fue prácticamente aniquilado por el franquismo tras la llamada guerra civil. También el consejismo, de la fallida revolución alemana posterior a la primera guerra mundial, enlaza con estas corrientes.
3: Hasta el movimiento sufragista, que exigía el voto para las mujeres, se desarrolla en Europa occidental, a caballo entre el siglo XIX y XX, en gran medida al margen de los partidos tradicionales de izquierda, aunque más tarde éstos asumen sus reivindicaciones. Este derecho no se conseguiría en los principales países europeos hasta después de la Gran Guerra, y en Francia hasta 1945. En EEUU, los movimientos de mujeres a favor del derecho a voto lograron esta reivindicación a finales del siglo XIX.
4: Cabe resaltar también una cierta influencia ideológica del llamado movimiento situacionista, que llega a crear su propia internacional (1957-1972), uno de cuyos máximos representantes sería Guy Debord [Verdaguer , 1999].
5: La globalización financiera se vería incentivada por la desvinculación del dólar respecto del oro (fin del patrón dólar-oro) que Nixon acomete en 1971, y por el fin de los cambios fijos que se completa en 1973. A partir de entonces se asiste a un progresivo predominio de la economía financiero especulativa sobre la "economía real", que se intensificará en los ochenta y noventa, con la creciente desregulación financiera.
6: Lo que es funcional con la nueva División Internacional del Trabajo. Es decir, la creciente deslocalización industrial del centro hacia la periferia (Sur), que se intensifica a partir de entonces.
7: Una vez superada, "felizmente", la etapa de los sesenta y, sobre todo, los setenta, en la que había sido preciso recurrir al apoyo de dictaduras militares para yugular las vías propias de "desarrollo", el ascenso de gobiernos de izquierda, o la lucha contra los movimientos guerrilleros. En este sentido, el golpe militar de Pinochet (1973) marca un hito, y sirve de verdadero banco de pruebas para la experimentación de las políticas neoliberales de los Chicago Boys, que más tarde se aplicarían en todo el planeta.
8: Pues China hacía años que había iniciado, tras la muerte de Mao, su progresiva apertura e integración en la economía mundo capitalista. Bajo el lema, impulsado por el propio partido comunista: "Enriquecerse es un deber patriótico". Tan sólo quedaban residuos marginales como Cuba, Corea del Norte o Libia; y, en otro orden de cosas, Irán o Afganistán.

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